Del amor de Dios ·Quién halla consuelo en Dios

Capítulo 4 · 6 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Quién halla consuelo en Dios

CONVIENE considerar quiénes son los que se sienten consolados por el pensamiento de Dios. No aquellos, degradados, que de continuo irritan a Dios, y a quienes se dice: “¡Ay de vosotros, ricos! porque tenéis vuestro consuelo;” sino los que pueden decir con verdad: “Mi alma rehusó ser consolada.” Bien pueden los que aún no gozan de la presencia del Amado fijar su mirada en el porvenir; y los que desdeñan aceptar cosa alguna de la corriente del placer pasajero, gozan en abundancia, en esperanza, de aquellos gozos que han de durar para siempre. Tales son los que buscan el rostro del Señor, el Dios de Jacob, y no a sí mismos. El pensamiento de Dios es dulce a los que suspiran por Él, y con cada aliento recuerdan su presencia; mas, lejos de aplacar su hambre de Él, la acrecienta. Esto predijo Él con las palabras: “Los que me comen, aún tendrán hambre,” y, como si hablara quien tiene hambre: “Seré saciado cuando apareciere tu gloria.” Con todo, bienaventurados aun ahora los que tienen hambre y sed de justicia, porque solo ellos serán hartos. ¡Ay de vosotros, raza perversa y malvada; ay de vosotros, pueblo insensato y embrutecido, que no amáis su pensamiento, sino que teméis su aparición! Con razón teméis, porque ya no escaparéis de la red del cazador; pues los que quieren “enriquecerse caen en los lazos del diablo.” En aquel día no dejaréis de caer bajo la terrible, y aun desesperada, sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno.” Mas ¡cuán dulce, cuán tierna es aquella promesa que oímos a la Iglesia hacer cada día en memoria de la Pasión: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna;” lo cual implica que quien honra mi muerte, y a ejemplo mío mortifica su carne sobre la tierra, tendrá vida eterna; o bien, si padecéis conmigo, también conmigo reinaréis. Sin embargo, aun hasta el día de hoy, muchos, al oír aquellas palabras, se vuelven y se van tristes, diciendo con sus obras, si no con sus labios: “Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?” Quienes, en vez de guardar puros sus corazones y ser fieles a Dios, prefieren poner sus afectos en tesoros inciertos, no pueden soportar la mención de la Cruz; el mero pensamiento de la Pasión les parece intolerable. ¿Cómo soportarán tales la sentencia del Juez: “Id, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”? Estas palabras aplastarán, como una peña inmensa, a aquellos sobre quienes caigan. Pero los Santos serán benditos. Como el Apóstol, no tienen otra ambición que “agradar a Dios ausentes de Él, y agradarle también cuando estén presentes.” También ellos oirán su sentencia: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros.” En aquel día, los que no han guardado rectos sus corazones sentirán, demasiado tarde, cuán suave y ligero es el yugo y la carga de Cristo, que orgullosamente rehusaron llevar, por la dureza de su corazón, como si fuera un peso vil y abrumador. Es imposible, pobres esclavos, afanarse por las riquezas de este mundo, y a la vez gloriarse en la Cruz de nuestro Salvador Jesucristo; desear y trabajar al mismo tiempo por las cosas terrenas y gustar la dulzura de nuestro Señor. Muy temible le hallaréis ciertamente algún día, a Aquel cuyo pensamiento nunca ha sido vuestro gozo.

Pero el alma creyente suspira con todo su corazón por Dios, y se detiene en el pensamiento de Él; se gloría en el oprobio de la Cruz, mientras no puede ver a su Salvador cara a cara. Es como la paloma de Cristo, y goza de sueño y de reposo en medio de los bienes que Él le ha concedido. Sus alas son blancas como la plata por la pureza y la inocencia que pertenecen, oh Señor Jesús, al deseo de tu inefable dulzura; y, más aún, su esperanza es que, en la gloria reflejada de tu rostro, sus “plumas resplandecerán como el oro,” y rebosará de gozo y será inundada de luz por tu semblante en el arrobamiento de los Santos. Con razón, pues, puede decir ahora con deleite: “Su izquierda esté debajo de mi cabeza, y su derecha me abrace.” Su izquierda es la memoria de aquel amor cuya grandeza nadie podrá jamás igualar, por el cual entregó su vida por aquellos a quienes amaba. Su derecha es la visión beatífica que ha prometido a los suyos, y el contento con que los llenará y coronará cuando gocen de su divina presencia. Escrito está en los Salmos: “A tu diestra hay deleites hasta el fin.” Con justicia, pues, se hace de su derecha la figura de aquella divina y deificante, aquella inconcebible felicidad que pertenece a la visión de Dios. De igual manera, la izquierda es como el asiento de aquella asombrosa caridad de que he hablado, en la cual nunca podremos pensar demasiado, pues es sobre esta mano donde la Esposa reclina su cabeza y descansa hasta que pase esta iniquidad. Podemos entender por su cabeza la intención de su alma, que ella apoya sobre el brazo de su Esposo, no sea que por flaqueza recaiga en las meras atracciones terrenas; porque la carga terrena y corruptible del cuerpo pesa gravemente sobre el alma, y la arrastra hacia abajo, apartándola de pensamientos a los que no dejaría de elevarse si reposara en la contemplación de una misericordia a la que tan poco derecho tenía, de un amor tan pródigo y tan ampliamente probado, de una mansedumbre y una dulzura tan perseverantes y tan exquisitas, de un honor tan inimaginable. ¿Es posible que estas cosas no eleven la mente que las medita, desprendiéndola de todo afecto indigno, hundiéndola más y más en ellas, y haciéndola despreciar todo lo que no puede saborearse sin renunciar a estos goces más altos? Su dulzura, como raros perfumes, la atrae; ella apresura su paso con alegría, y su corazón arde todo en amor. El sentirse amada tan tiernamente le hace imaginarse fría, aunque el amor sea su vida misma. ¿Qué correspondencia es, para un amor que desciende de tan alto y es tan maravilloso, que un pobre grano de polvo se consuma todo en gratitud y amor? ¿No fue la Majestad del cielo la primera en amar? ¿No se ha revelado como enteramente entregada a la obra de salvarla? Porque “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.” Esto está claramente escrito de Dios el Padre. Y de nuevo: “Derramó su alma hasta la muerte;” esto se dice del Hijo. Y del Espíritu Santo leemos: “El Consolador, a quien mi Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que yo os he dicho.” Por esto vemos que Dios nos ama, y nos ama con todo su ser; pues la Bendita Trinidad toda nos ama, si osamos hablar así del infinito e incomprensible Ser que es uno e indivisible.

Índice

Del amor de Dios Bernard of Clairvaux

Página 1 / 1 · 6 min restantes en el capítulo