Capítulo 3 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El motivo mayor del cristiano para amar
LOS creyentes conocen bien la necesidad que tienen de Jesús crucificado; pero, mientras confiesan y admiran su amor, no sienten turbación por tener tan poco, nada sino a sí mismos, que devolver por una caridad tan condescendiente y tan grande. Su amor es avivado por el sentimiento de ser tanto y tan gratuitamente amados; pues aquel a quien poco amor se le da, poco ama. Ni los judíos ni los paganos sienten el aguijón del amor como lo siente la Iglesia, que dice: “Sostenedme con flores, rodeadme de frutos, porque desfallezco de amor.” Ella ve a Salomón ceñido con la diadema con que su madre lo coronó. Ve al Unigénito del Padre vacilando bajo el peso de la cruz; al Dios de toda majestad demudado por los golpes, cubierto de salivazos; al Autor de la vida y de la gloria colgado de clavos, traspasado con una lanza y escarnecido, entregando su alma amada por sus amigos. Contemplando esto, siente la espada del amor traspasarle el corazón, y clama:
“Sostenedme con flores, rodeadme de frutos, porque desfallezco de amor.” Las granadas que la Esposa, llevada al jardín de su Amado, se deleita en recoger del árbol de la vida tienen el sabor del Pan del Cielo y el color de la Sangre de Cristo. Ella ve el golpe de muerte dado a la muerte, y a su Autor engrandeciendo el triunfo de su Vencedor. Ve al Vencedor levantarse gloriosamente del infierno a la tierra, de la tierra al cielo, acompañado por la hueste de los redimidos; para que “al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra.” Bajo la antigua maldición, la tierra fue condenada a producir espinos y cardos; pero la Esposa la llama ahora, restaurada por la bendición divina, a cubrirla de flores; y, recordando aquellas palabras, “Mi carne ha reflorecido, y con mi voluntad le alabaré,” renueva sus fuerzas con el fruto del árbol de la cruz, y con las flores de la Resurrección, cuyo divino perfume atrae las visitas del Amado. Entonces Él exclama: “He aquí que eres hermosa, amada mía, y agraciada.” Ella muestra su deseo de la venida de Él, y sobre qué se fundan sus esperanzas; no en sus propias perfecciones, sino en la dulzura de las flores recogidas en un campo que el Señor ha bendecido; pues son gratas al Cristo que quiso nacer y criarse en Nazaret. El celestial Esposo, atraído por el aroma, se deleita en venir a la cámara del corazón, cuando la halla adornada de frutos y perfumada de flores. Viene con presteza, y se deleita en morar en las almas que ve entregadas a la meditación, cuidadosamente empeñadas en recoger el fruto de su Pasión, y las gloriosas flores de su Resurrección. Aquella preciosa cosecha que fue madurando a través de las edades del crimen y de la muerte, y en estos últimos días está lista para ser recogida, es la mies de los frutos de su Pasión; pero es en el esplendor de la Resurrección donde brotan las flores de la nueva Primavera que la gracia ha traído sobre la tierra. En el fin de los tiempos, en la resurrección general, la abundancia del fruto será sin medida, “porque ha pasado ya el invierno, la lluvia se fue y se ha ido, y las flores han aparecido en nuestra tierra.” Con estas palabras querría decir la Esposa: Ha vuelto el verano, con Aquel que rompió el hielo del viejo mundo para restaurar la primavera universal, diciendo: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” Su cuerpo, sembrado en muerte, ha florecido en la resurrección, y a semejanza suya, nuestros llanos y valles, que estaban secos y desnudos, o helados, renacen a la vida y al calor.
La frescura de estas flores, la perfección de los frutos, y la hermosura de este jardín que exhala tan exquisito perfume, son gratas también al Padre de Aquel que ha hecho nuevas todas las cosas; y, bendiciéndole, dice: “Mira, el olor de mi Hijo es como el olor de un campo lleno de flores, al cual el Señor ha bendecido;” lleno de flores, en verdad, porque de su plenitud todos hemos recibido. Mas la Esposa, cuando quiera, puede venir con familiaridad y recoger flores y frutos, para engalanar con ellos la cámara de su conciencia, a fin de que el Esposo, a su venida, halle el pequeño lecho de su corazón despidiendo los más dulces olores. Y de igual manera nosotros, si deseamos que Cristo venga a nosotros y permanezca en nosotros, hemos de llenar nuestros corazones de los pensamientos de su muerte y resurrección, y de fiel memoria de la misericordia y el poder de que, por ellas, nos ha dado prueba. Esto quiso decir David con las palabras: “Estas dos cosas he oído: que de Dios es el poder, y tuya, oh Señor, la misericordia.” Y Cristo lo ha probado con sobreabundancia; pues, habiendo muerto para expiar nuestros pecados, resucitó de entre los muertos para nuestra justificación, y envió al Espíritu Santo para nuestra consolación. En adelante volverá para consumar nuestra salvación. En su muerte tenemos la prueba de su misericordia, en su resurrección la de su poder, y la de ambas unidas en lo que resta.
Cuando la Esposa suplica ser sostenida con aromáticas flores y confortada con frutos de dulce fragancia, es porque teme que su amor se enfríe o languidezca; pero busca tales estímulos solo hasta ser recibida en la cámara de su Amado. Sentirá entonces que Él la cubre con los besos que ha anhelado, y exclamará: “Su izquierda esté debajo de mi cabeza, y su derecha me abrace.” Sentirá entonces cuánto el abrazo de la diestra sobrepasa toda dulzura, y que el de la izquierda no puede comparársele, aquel con que la había acariciado en los primeros días de su venida. Entenderá que “la carne nada aprovecha; es el Espíritu el que da vida.” Penetrará en el sentido de sus palabras: “Mi espíritu es más dulce que la miel, y mi heredad más que la miel y el panal.” Si también está escrito, “Mi memoria es para las generaciones sempiternas,” es para mostrar que los elegidos que aún no están saciados por la presencia del Esposo tienen al menos su imagen por consuelo ahora, mientras corre el tiempo. Si está escrito, “Publicarán la memoria de tu inagotable dulzura,” claramente se refiere a aquellos de quienes el Salmista había hablado antes: “Generación y generación alabarán tus obras.” En la tierra no hay sino la memoria del Esposo; en el cielo, su perpetua Presencia. Esta es la gloria de los que ya han arribado a puerto; y aquella, el consuelo de los que todavía luchan entre las olas.