Del amor de Dios ·El derecho de Dios a nuestro amor

Capítulo 2 · 7 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El derecho de Dios a nuestro amor

AQUELLOS que han reconocido lo que he dicho ciertamente han de admitir nuestra obligación de amar a Dios. Pero si hubiere infieles que no quieran conceder ni siquiera esto, Dios tiene con qué confundir su ingratitud en los bienes sin número con que enriquece el alma y el cuerpo. ¿No es de Él de quien recibe el hombre el pan que lo sustenta, la luz que lo alumbra, el aire que respira? Si menciono estos primero, no es porque los tenga por los principales, pues solo atañen al cuerpo, sino porque son los más necesarios. Para hallar nuestros bienes principales hemos de mirar al alma, la parte superior de nuestro ser. Esos bienes son: la excelencia, la inteligencia y la virtud. Cuando hablo de excelencia en el hombre, me refiero al libre albedrío que hay en él, siendo este el que lo levanta por encima de todos los demás seres vivientes y los pone bajo su dominio. La inteligencia le prueba su excelencia, y al mismo tiempo le prueba que no la debe a sí mismo; y, por último, la virtud le hace buscar con ardor, y cuando lo ha hallado, abrazar con vehemencia, a Aquel de quien es obra. Cada uno de estos tres bienes presenta dos aspectos. La excelencia se ve como la prerrogativa propia de la naturaleza humana, y también como causa de aquel temor que el hombre siempre ha inspirado en todo otro ser viviente. La inteligencia percibe la dignidad del hombre, pero al mismo tiempo reconoce que, aunque está en él, no procede de él; y, por último, la virtud, en su doble acción, incita a una búsqueda anhelante de Aquel a quien debemos la existencia, y, una vez hallado, a un aferrarse a Él con igual anhelo. Además, la excelencia sin inteligencia nada vale; y la inteligencia sin virtud solo puede dañar; como lo prueba el siguiente razonamiento. Ninguna inteligencia puede enorgullecerse de su existencia sin saber que existe; pero si, sabiendo que existe, ignora que lo hace no por sí misma, sino por algún otro, y se gloría en sí misma y no en Dios, debería considerar las palabras del Apóstol: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” No dice meramente “¿por qué te glorías?”, sino que añade “como si no lo hubieras recibido”, mostrando que no es censurable gloriarse de tenerlo, sino gloriarse como si no lo hubiera recibido. Con razón se llama a tal jactancia vanagloria, porque no se apoya en la roca firme de la verdad. El Apóstol la distingue de la gloria justa diciendo: “El que se gloría, gloríese en el Señor,” esto es, en la verdad, porque Dios es verdad.

Vemos, pues, que hay dos cosas que conocer: primero, lo que somos; luego, que no lo somos por nosotros mismos. Si nos falta cualquiera de estas dos, o bien no nos gloriaremos en absoluto, o la gloria que nos atribuyamos será “vana.” Por último, “si tú no lo sabes, sal y anda tras los rebaños de tus compañeros.” Esto es en verdad lo que sucede; pues cuando un hombre puesto en honra no conoce su propia dignidad, es justamente comparado, por razón de tal ignorancia, con los animales que comparten con él la corrupción y la vida perecedera de este mundo. No conociéndose a sí misma, la criatura que la razón distingue de las bestias se confunde con ellas; porque, no conociendo su propia gloria, que toda está en lo interior, se entrega a la vana curiosidad y se ocupa de la belleza externa y sensible. Se hunde en la semejanza de las criaturas inferiores por no saber que ha recibido algo mayor que ellas. Y esta es una ignorancia de la que debemos guardarnos con todo esmero. De ningún modo hemos de estimarnos en menos de lo que Dios nos ha hecho. Pero con mayor cuidado aún debemos evitar aquella otra ignorancia que nos hace atribuirnos más de lo que poseemos; lo cual hacemos cuando erróneamente nos imputamos los dones de que podamos tener conciencia. Además de estas dos clases de ignorancia, queda, para ser todavía más detestada y evitada, la presunción que nos llevaría a envanecernos a sabiendas del bien de que tenemos conciencia, sin temor de robar a otro la gloria que le es debida por cosas que bien sabemos no provienen de nosotros. En el primer caso, no nos gloriamos en absoluto. En el segundo, nos gloriamos, pero no en Dios. En el tercero, ya no pecamos por ignorancia, sino deliberadamente, usurpando lo que pertenece a Dios solo. Esta audacia, comparada con la segunda falta, es mayor en esto: que desprecia a Dios, mientras que la otra no lo conocía. Comparada con la primera, nos asemeja a los demonios; mientras que la otra nos hacía semejantes a las bestias. Solo la soberbia, el mayor de todos los males, puede hacernos culpables de usar los dones que hemos recibido como si fueran nuestros por naturaleza, y de robar a nuestro Bienhechor, en provecho propio, la gloria que es suya por derecho. Por tanto, a la excelencia y a la inteligencia debemos añadir la virtud, su fruto propio. Es por la virtud como buscamos y alcanzamos al generoso Autor de todas las cosas, a Aquel a quien en todo debemos rendir la gloria que le pertenece; de lo contrario, sufriremos por haber conocido lo que era recto y haber descuidado hacerlo. El que así lo hace no ha

usado su inteligencia para el bien, sino que “pensó iniquidad sobre su cama;” ha intentado, como un siervo malvado, desviar y apropiarse de la gloria que su buen Señor debía recibir, sabiendo bien, por el don de la inteligencia, que él mismo no tenía derecho alguno a ella. Es claro que la excelencia sin inteligencia es inútil, y que la inteligencia sin virtud lleva a la ruina. Pero, para el hombre que posee la virtud, ni la inteligencia ni la excelencia pueden serle dañosas; alza su voz y alaba a Dios con fervor, diciendo: “No a nosotros, oh Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria;” lo cual quiere decir: “Señor, no pretendemos inteligencia ni excelencia; todo lo referimos a Ti, porque de Ti tenemos todo lo que tenemos.”

Pero nos estamos apartando un tanto, en nuestro deseo de probar que aun quienes no conocen a Cristo están suficientemente enseñados por la ley natural, y por los dones que poseen de cuerpo y alma, para amar a Dios por amor de Dios mismo. Para repetir en pocas palabras lo dicho arriba: ¿Dónde está el infiel que no sepa que de Aquel solo, que hace salir su sol sobre justos e injustos, y llover sobre santos y pecadores, de Él solo ha recibido todo lo necesario para la vida: luz, aire y alimento? ¿Qué hombre, por impío que sea, atribuye la excelencia propia del género humano a algún otro sino a Aquel que dice en el Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”? ¿Quién ve al autor de la inteligencia en algún otro sino en Aquel que enseña a todos los hombres? ¿De qué otra mano pensará nadie recibir la virtud, sino del Dios de la virtud? Tiene, pues, Dios buen derecho a ser amado por Él mismo, aun según el conocimiento del infiel que ignora a Cristo; y quien no ama al Señor su Dios con todo su corazón, y con toda su alma, y con todas sus fuerzas, no tiene excusa; porque su justicia y su razón innatas claman desde lo hondo de su alma que está obligado a amar enteramente a Aquel de quien tiene todas las cosas. Pero es muy difícil, más aún, es imposible por las fuerzas naturales o el poder del libre albedrío referirlo todo a Dios, en vez de reservar algo para nuestra propia alabanza: escrito está: “Todos buscan lo suyo propio;” y en otro lugar: “El intento del corazón del hombre es malo desde su juventud.”

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Del amor de Dios Bernard of Clairvaux

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