Capítulo 1 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Por qué debemos amar a Dios
Deseas que te explique por qué razón y en qué medida debemos amar a Dios.
Diría que Dios mismo es el motivo de nuestro amor hacia Él, y que la medida del amor debido es amar sin medida. ¿Es esto bastante claro? Tal vez lo sea para una persona de entendimiento, pero deseo responder tanto a los doctos como a los sencillos; y, aunque quizá haya dicho lo suficiente para los primeros, debo acordarme también de los demás. Para ellos desplegaré mi pensamiento, y acaso le añada algo más.
Dos cosas hay que nos mueven a amar a Dios por Él mismo: nada es más razonable; nada es más provechoso.
La pregunta ¿Qué nos obliga a amar a Dios? puede significar dos cosas: ¿Cuál es su derecho a nuestro amor? o bien ¿De qué nos aprovecha amar a Dios? A ambas formas de la pregunta no hay sino una sola respuesta: el motivo para amar a Dios es Dios. Ningún título puede ser más fuerte que este: Dios se nos dio a sí mismo, a pesar de nuestra indignidad, y, siendo Dios, ¿qué podría darnos de mayor valor que a sí mismo? Si, pues, al preguntar por qué estamos obligados a amar a Dios, queremos decir cuál es su derecho, la respuesta es: sobre todo, que Él nos amó primero. Esto le da derecho a nuestro amor en correspondencia; y más aún si consideramos quién es el que ama, qué son sus amados, y de qué manera los ama. Pues ¿quién es el que nos ama, sino Aquel de quien todo espíritu da testimonio: “Tú eres mi Dios; no tienes necesidad de mis bienes”? ¿Y no es su amor aquella caridad que no busca sus propios intereses? Mas ¿en quién se fija este amor desinteresado? Responde el Apóstol: “Siendo aún enemigos, fuimos reconciliados con Dios.” Dios nos ha amado desinteresadamente, y cuando todavía éramos sus enemigos. Pero ¿cómo nos ha amado? San Juan lo dice hasta este extremo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.” San Pablo añade: “Que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por nosotros;” y el Hijo dice de sí mismo: “Nadie tiene mayor amor que este, que ponga alguno su vida por sus amigos.” Tales son los derechos que Dios, el Santo, el soberanamente grande y Todopoderoso, tiene sobre el amor del hombre infinitamente pequeño, débil y pecador. Podrá decirse: Sí, esto es verdad respecto del hombre, pero no lo es respecto de los ángeles. Lo sé; pues para los ángeles no fue necesario lo mismo. Además, Aquel que ha socorrido al hombre en su miseria preservó a los ángeles de caer en semejante desdicha; y si el amor de Dios por los hombres les ha hallado un camino de escape, por ese mismo amor guardó a los ángeles de una caída como la nuestra.