La necesidad de la oración ·La oración y la importunidad (continuación)

Capítulo 8 · 9 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la importunidad (continuación)

“Dos terceras partes de la oración que hacemos es por aquello que nos daría el mayor placer posible recibir. Es una especie de autocomplacencia espiritual en la que nos ocupamos, y por consiguiente es exactamente lo opuesto de la disciplina propia. Dios sabe todo esto, y mantiene a sus hijos pidiendo. Con el correr del tiempo -- su tiempo -- nuestras peticiones toman otro cariz, y nosotros, otra actitud espiritual. Dios nos mantiene orando hasta que, en su sabiduría, se digna responder. Y por mucho que tarde antes de hablar, aun entonces, es mucho más pronto de lo que tenemos derecho a esperar o mérito para merecer.” -- ANÓNIMO.

EL sentido general de las enseñanzas de Cristo es declarar que los hombres han de orar con sinceridad -- orar con una sinceridad que no pueda ser negada. El cielo tiene oídos atentos solamente para los de corazón entero, y los hondamente sinceros. La energía, el valor y la perseverancia constante deben respaldar las oraciones que el cielo respeta, y que Dios oye. Todas estas cualidades del alma, tan esenciales para la oración eficaz, se ponen de manifiesto en la parábola del hombre que fue a su amigo por pan, a medianoche. Este hombre emprendió su encargo con confianza. La amistad le prometía éxito. Su súplica era apremiante: en verdad, no podía volver con las manos vacías. La rotunda negativa lo mortificó y lo sorprendió. ¡Aquí hasta la amistad falló! Pero quedaba algo por probar aún -- una resolución firme, una determinación fija e inamovible. Se quedaría y apremiaría su demanda hasta que la puerta se abriese, y la petición fuera concedida. Esto es lo que hizo, y a fuerza de importunidad consiguió lo que la solicitud ordinaria no había logrado obtener.

El éxito de este hombre, alcanzado frente a una rotunda negativa, fue usado por el Salvador para ilustrar la necesidad de la insistencia al suplicar ante el trono de la gracia celestial. Cuando la respuesta no se da de inmediato, el cristiano que ora debe cobrar valor en cada demora, y avanzar en urgencia hasta que llegue la respuesta, la cual es segura, con tal que tenga fe para apremiar su petición con fe vigorosa.

La negligencia, el desaliento, la impaciencia, la timidez serán fatales para nuestras oraciones. Aguardando el embate de nuestra importunidad e insistencia, están el corazón del Padre, la mano del Padre, el infinito poder del Padre, la infinita disposición del Padre a oír y dar a sus hijos.

La oración importuna es el sincero movimiento interior del corazón hacia Dios. Es el arrojar toda la fuerza del hombre espiritual en el ejercicio de la oración. Isaías se lamentaba de que nadie se despertaba para asirse de Dios. Mucha oración se hacía en tiempos de Isaías, pero era demasiado fácil, indiferente y complaciente. No había movimientos poderosos de las almas hacia Dios. No había un despliegue de energías santificadas empeñadas en alcanzar a Dios y luchar con Él, para sacar de Él los tesoros de su gracia. Las oraciones sin fuerza no tienen poder para vencer las dificultades, ni poder para ganar resultados notables, o para lograr victorias completas. Debemos ganar a Dios antes de poder ganar nuestra súplica.

Isaías miraba hacia adelante con ojos esperanzados al día en que la religión florecería, cuando habría tiempos de verdadera oración. Cuando llegaran aquellos tiempos, los centinelas no aflojarían su vigilancia, sino que clamarían de día y de noche, y aquellos que fueran los recordadores del Señor no le darían reposo. Sus esfuerzos apremiantes y persistentes mantendrían ocupados todos los intereses espirituales, y harían giros cada vez mayores sobre los inagotables tesoros de Dios.

La oración importuna nunca desmaya ni se cansa; nunca se desanima; nunca cede a la cobardía, sino que es sostenida y animada por una esperanza que no conoce la desesperación, y una fe que no suelta. La oración importuna tiene paciencia para esperar y fuerza para continuar. Jamás se dispone a dejar de orar, y rehúsa levantarse de sus rodillas hasta que reciba respuesta.

Las conocidas, pero alentadoras palabras de aquel gran misionero, Adoniram Judson, son el testimonio de un hombre que fue importuno en la oración. Él dice:

“Jamás me interesé profundamente por objeto alguno, jamás oré por él sincera y fervientemente, sin que llegara en algún momento, por lejano que fuera el día. De algún modo, de alguna forma, probablemente la última que yo habría ideado, llegó.”

“Pedid, y recibiréis. Buscad, y hallaréis. Llamad, y se os abrirá.” Estos son los resonantes desafíos de nuestro Señor respecto a la oración, y su indicación de que la verdadera oración debe persistir, y avanzar en esfuerzo y urgencia, hasta que la oración sea respondida, y la bendición buscada, recibida.

En las tres palabras pedid, buscad, llamad, en el orden en que Él las coloca, Jesús insta a la necesidad de la importunidad en la oración. Pedir, buscar, llamar son peldaños ascendentes en la escalera de la oración exitosa. Ningún principio es más definidamente inculcado por Cristo que este: que la oración que prevalece debe tener en sí la cualidad que espera y persevera, el valor que jamás se rinde, la paciencia que jamás se fatiga, la resolución que jamás vacila.

En la parábola que precede a la del Amigo a Medianoche se traza una lección muy significativa e instructiva a este respecto. El valor indomable, la pertinacia incesante, la fijeza de propósito figuran entre las principales cualidades incluidas en la estimación que Cristo hace de la forma más alta y exitosa de la oración.

La importunidad se compone de intensidad, perseverancia, paciencia y persistencia. La aparente demora en responder la oración es el fundamento y la exigencia de la importunidad. En el primer caso consignado de un milagro obrado en un ciego, según lo relata Mateo, tenemos una ilustración del modo en que nuestro Señor parecía no atender de inmediato a quienes le buscaban. Pero los dos ciegos continúan su clamor, y le siguen con su continua petición, diciendo: “Ten misericordia de nosotros, Hijo de David.” Pero Él no les respondió, y entró en la casa. Sin embargo, los necesitados le siguieron, y, finalmente, obtuvieron su vista y su súplica.

El caso del ciego Bartimeo es notable en muchos sentidos. Especialmente es notable por la muestra de persistencia que este ciego exhibió al apelar a nuestro Señor. Si es -- como parece -- que su primer clamor se produjo cuando Jesús entraba en Jericó, y que lo continuó hasta que Jesús salió del lugar, es una ilustración tanto más fuerte de la necesidad de la oración importuna y del éxito que llega a los que lo apuestan todo por Cristo, y no le dan reposo hasta que Él les concede el deseo de su corazón.

Marcos pone todo el episodio gráficamente ante nosotros. Al principio, Jesús parece no oír. La multitud reprende el ruidoso clamor de Bartimeo. A pesar de la aparente indiferencia de nuestro Señor, sin embargo, y a pesar de la reprensión de una multitud impaciente y de genio vivo, el mendigo ciego sigue clamando, y aumenta la fuerza de su clamor, hasta que Jesús queda impresionado y conmovido. Finalmente, tanto la multitud como Jesús atienden a la súplica del mendigo y se declaran a favor de su causa. Él gana su caso. Su importunidad prevalece aun frente al aparente descuido de parte de Jesús, y a pesar de la oposición y la reprensión de la gente que le rodea. Su persistencia venció donde la indiferencia a medias con toda seguridad habría fracasado.

La fe tiene su terreno propio, en conexión con la oración, y, por supuesto, tiene su inseparable asociación con la importunidad. Pero esta última cualidad empuja la oración hasta el punto de creer. Un espíritu persistente lleva al hombre al lugar donde la fe se aferra, reclama y se apropia de la bendición.

La imperiosa necesidad de la oración importuna está claramente expuesta en la Palabra de Dios, y necesita ser declarada y vuelta a declarar hoy. Somos propensos a pasar por alto esta verdad vital. El amor a la comodidad, la indolencia espiritual, la pereza religiosa, todo obra en contra de esta clase de oración. Nuestra oración, sin embargo, necesita ser apremiada y proseguida con una energía que jamás se cansa, una persistencia que no se dejará negar, y un valor que jamás falla.

Tenemos necesidad, también, de reflexionar sobre ese misterioso hecho de la oración -- la certeza de que habrá demoras, negativas y aparentes fracasos, en conexión con su ejercicio. Hemos de prepararnos para ellos, sobrellevarlos, y no cesar en nuestra oración apremiante. Como un valiente soldado que, a medida que el combate se hace más duro, exhibe un valor superior al de las etapas iniciales de la batalla; así hace el cristiano que ora, cuando la demora y la negativa le hacen frente, aumenta su sincera petición, y no cesa hasta que la oración prevalece. Moisés proporciona un ilustre ejemplo de importunidad en la oración. En vez de permitir que su cercanía a Dios y su intimidad con Él dispensaran la necesidad de la importunidad, las considera como algo que mejor lo capacita para ejercerla. Cuando Israel levantó el becerro de oro, la ira de Dios se encendió con furor contra ellos, y Jehová, resuelto a ejecutar justicia, dijo a Moisés cuando le reveló lo que se proponía hacer: “¡Déjame!” Pero Moisés no lo dejó. Se postró delante del Señor en una agonía de intercesión a favor de los israelitas que habían pecado, y por cuarenta días y cuarenta noches, ayunó y oró. ¡Qué temporada de oración importuna fue aquella!

Jehová estaba airado también con Aarón, que había actuado como caudillo en este asunto idólatra del becerro de oro. Pero Moisés oró por Aarón tanto como por los israelitas; de no haberlo hecho, tanto Israel como Aarón habrían perecido bajo el fuego consumidor de la ira de Dios.

Aquella larga temporada de ruego delante de Dios dejó su poderosa huella en Moisés. Él había estado en estrecha relación con Dios anteriormente, pero jamás alcanzó su carácter la grandeza que lo distinguió en los días y años que siguieron a esta larga temporada de intercesión importuna.

No puede caber duda de que la oración importuna mueve a Dios, ¡y enaltece el carácter humano! Si estuviéramos más con Dios en esta gran ordenanza de la intercesión, más resplandeciente brillaría nuestro rostro, más ricamente dotadas estarían la vida y el servicio, con las cualidades que ganan la buena voluntad de la humanidad, y traen gloria al Nombre de Dios.

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La necesidad de la oración E. M. Bounds

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