La necesidad de la oración ·La oración y la importunidad

Capítulo 7 · 11 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la importunidad

“¡Con qué ligereza hablamos de orar sin cesar! Y sin embargo, ¡qué prontos estamos a abandonar, si nuestra oración quedara sin respuesta apenas una semana o un mes! Damos por supuesto que, con un golpe de su brazo o un acto de su voluntad, Dios nos dará lo que pedimos. Nunca parece amanecernos que Él es el Señor de la naturaleza, como lo es de la gracia, y que a veces escoge un camino, y a veces otro, para hacer su obra. A veces tarda años en responderse una oración, y cuando es respondida, y miramos hacia atrás, vemos que así fue. Pero Dios lo sabe todo el tiempo, y es su voluntad que oremos, y oremos, y sigamos orando, y así lleguemos a saber, en verdad y de veras, lo que es orar sin cesar.” -- ANÓNIMO.

NUESTRO Señor Jesús declaró que “los hombres deben orar siempre, y no desmayar”, y la parábola en la que aparecen sus palabras fue enseñada con el propósito de librar a los hombres del desaliento y la flaqueza en la oración. Nuestro Señor procuraba enseñar que hay que guardarse de la negligencia, y fomentar y alentar la constancia. No puede haber dos opiniones acerca de la importancia de ejercer esta cualidad indispensable en nuestra oración.

La oración importuna es un poderoso movimiento del alma hacia Dios. Es una conmoción de las fuerzas más profundas del alma hacia el trono de la gracia celestial. Es la capacidad de sostenerse, insistir y esperar. El deseo inquieto, la paciencia reposada y la firmeza del asimiento están todos abarcados en ella. No es un incidente, ni una función, sino una pasión del alma. No es una carencia a medias sentida, sino una pura necesidad.

La cualidad luchadora de la oración importuna no brota de la vehemencia física ni de la energía carnal. No es un impulso de energía, ni mera sinceridad del alma; es una fuerza obrada por dentro, una facultad implantada y despertada por el Espíritu Santo. Es, virtualmente, la intercesión del Espíritu de Dios en nosotros; es, además, “la oración eficaz del justo, que puede mucho”. El Espíritu Divino, que anima cada elemento dentro de nosotros con la energía de su propia lucha, es la esencia de la importunidad que impulsa nuestra oración ante el propiciatorio, a continuar hasta que caiga el fuego y descienda la bendición. Esta brega en la oración quizá no sea bulliciosa ni vehemente, sino callada, tenaz y apremiante. Silenciosa puede ser, cuando no hay salidas visibles para sus poderosas fuerzas.

Nada distingue a los hijos de Dios tan clara y firmemente como la oración. Es la única marca y prueba infalible de ser cristiano. La gente cristiana es dada a la oración; los de mente mundana, sin oración. Los cristianos invocan a Dios; los mundanos ignoran a Dios, y no invocan su Nombre. Pero aun el cristiano tiene necesidad de cultivar la oración continua. La oración ha de ser habitual, pero mucho más que un hábito. Es un deber, pero uno que se eleva muy por encima, y va más allá, de las implicaciones ordinarias del término. Es la expresión de una relación con Dios, un anhelo de comunión divina. Es el fluir hacia afuera y hacia arriba de la vida interior hacia su fuente original. Es una afirmación de la paternidad del alma, una reclamación de la filiación que enlaza al hombre con el Eterno.

La oración tiene todo que ver con moldear el alma a la imagen de Dios, y tiene todo que ver con acrecentar y ensanchar la medida de la gracia divina. Tiene todo que ver con llevar el alma a la plena comunión con Dios. Tiene todo que ver con enriquecer, ampliar y madurar la experiencia que el alma tiene de Dios. No es posible llamar cristiano a ese hombre que no ora. Bajo ningún pretexto puede reclamar derecho alguno al término, ni a su significado implícito. Si no ora, es un pecador, pura y simplemente, porque la oración es el único modo en que el alma del hombre puede entrar en compañerismo y comunión con la Fuente de todo espíritu y toda energía semejantes a Cristo. Por tanto, si no ora, no es de la familia de la fe.

En este estudio, sin embargo, volvemos nuestro pensamiento a una faceta de la oración -- la de la importunidad; el apremiar nuestros deseos ante Dios con urgencia y perseverancia; el orar con esa tenacidad y tensión que ni se relaja ni cesa hasta que su súplica es oída, y su causa es ganada.

El que tiene una visión clara de Dios, y concepciones bíblicas del carácter divino; el que aprecia su privilegio de acercarse a Dios; el que comprende su necesidad interior de todo lo que Dios tiene para él -- ese hombre será solícito, franco e importuno. En las Sagradas Escrituras, el deber mismo de la oración se recomienda en términos que son apenas más fuertes que aquellos en que se expone la necesidad de su importunidad. La oración que influye en Dios se declara ser la del ferviente y eficaz derramamiento del hombre justo. Es decir, es la oración al rojo vivo, sin llama débil ni vacilante, sin destello momentáneo, sino resplandeciendo con un fulgor vigoroso y constante.

Las repetidas intercesiones de Abraham por la salvación de Sodoma y Gomorra presentan un ejemplo temprano de la necesidad de la oración importuna, y del beneficio que de ella se deriva. Jacob, luchando toda la noche con el ángel, da significativo énfasis al poder de una perseverancia tenaz en la oración, y muestra cómo, en las cosas espirituales, la importunidad triunfa tan eficazmente como lo hace en los asuntos relativos al tiempo y a los sentidos.

Como hemos notado en otro lugar, Moisés oró cuarenta días y cuarenta noches, procurando detener la ira de Dios contra Israel, y su ejemplo y su éxito son un estímulo para la fe del día de hoy en su hora más oscura. Elías repitió e insistió en su oración siete veces antes de que la nube de lluvia apareciera sobre el horizonte, anunciando el éxito de su oración y la victoria de su fe. En una ocasión Daniel, aunque débil y desfallecido, insistió en su causa tres semanas, antes de que llegaran la respuesta y la bendición.

Muchas noches durante su vida terrenal pasó el bendito Salvador en oración. En Getsemaní presentó la misma petición, tres veces, con importunidad incesante, apremiante y sin embargo sumisa, que comprometió cada elemento de su alma, y desembocó en lágrimas y en sudor de sangre. Las crisis de su vida estuvieron claramente marcadas, las victorias de su vida todas ganadas, en horas de oración importuna. Y el siervo no es mayor que su Señor.

La Parábola de la Viuda Importuna es un clásico de la oración insistente. Bien haremos en refrescar nuestro recuerdo de ella, en este punto de nuestro estudio:

“Y les dijo también una parábola sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había un juez en una ciudad, el cual ni temía á Dios, ni respetaba á hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía á él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; mas después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo á Dios, ni tengo respeto á hombre, todavía, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, porque al fin no venga y me muela. Y dijo el Señor: Oíd lo que dice el juez injusto. ¿Y Dios no hará justicia á sus escogidos, que claman á él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? Os digo que los defenderá presto.”

Esta parábola subraya la verdad central de la oración importuna. La viuda apremia su causa hasta que el juez injusto cede. Si esta parábola no enseña la necesidad de la importunidad, entonces no tiene ni sentido ni enseñanza. Quitad este solo pensamiento, y no queda nada digno de consignarse. Fuera de toda duda, Cristo quiso que quedase como testimonio de la necesidad que existe de la oración insistente.

Tenemos la misma enseñanza subrayada en el episodio de la mujer sirofenicia, que vino a Jesús a favor de su hija. Aquí la importunidad se demuestra, no como una insolente impertinencia, sino revestida de las vestiduras persuasivas de la humildad, la sinceridad y el fervor. Se nos da un vislumbre de la fe aferrada de una mujer, del amargo dolor de una mujer, y de la perspicacia espiritual de una mujer. El Maestro pasó a aquella tierra de Sidón para que esta verdad quedara reflejada para siempre -- no hay súplica tan eficaz como la oración importuna, ni ninguna a la cual Dios se entregue tan plena y tan libremente.

La importunidad de esta madre afligida le ganó la victoria, y materializó su petición. Sin embargo, lejos de ser una ofensa para el Salvador, arrancó de Él una palabra de asombro y de gozoso agrado. “¡Oh mujer, grande es tu fe! Sea hecho contigo como quieres.”

No ora en absoluto el que no apremia su súplica. Las oraciones frías no tienen derecho alguno sobre el cielo, ni audiencia en las cortes de lo alto. El fuego es la vida de la oración, y al cielo se llega por una importunidad ardiente que asciende en escala creciente.

Volviendo al caso de la viuda importuna, vemos que su viudez, su desamparo y su debilidad de nada valieron ante el juez injusto. La importunidad lo fue todo. “Porque esta viuda me es molesta”, dijo, “le haré justicia presto, no sea que me muela.” Únicamente porque la viuda impuso su carga sobre el tiempo y la atención del juez injusto, ganó su causa.

Dios espera pacientemente mientras, de día y de noche, sus escogidos claman a Él. Le mueven sus peticiones mil veces más de lo que movieron a este juez injusto. Hay un límite puesto a su tardanza, por la oración importuna de su pueblo, y la respuesta se da con largueza. Dios halla fe en su hijo que ora -- la fe que persiste y clama -- y la honra permitiéndole seguir ejerciéndola, a fin de que sea fortalecida y enriquecida. Luego la recompensa concediéndole el peso de su súplica, en plenitud y de modo definitivo.

El caso de la mujer sirofenicia, antes mencionado, es un ejemplo notable de importunidad exitosa, sumamente alentador para todos los que quisieran orar con éxito. Fue un caso notable de insistencia y perseverancia hasta la victoria final, frente a obstáculos y estorbos casi insuperables. Pero la mujer los venció todos con una fe heroica y un espíritu persistente que fueron tan notables como exitosos. Jesús había pasado a la tierra de ella, “y no quería que nadie lo supiese”. Pero ella rompe su propósito, viola su retiro, atrae su atención, y derrama ante Él un conmovedor clamor de necesidad y de fe. Su corazón estaba en su oración.

Al principio, Jesús parece no prestar atención a su angustia, e ignora su clamor por alivio. No le da ni mirada, ni oído, ni palabra. Un silencio hondo y helador acoge su apasionado clamor. Pero ella no se aparta, ni se descorazona. Persiste. Los discípulos, ofendidos por su clamor inoportuno, interceden por ella, pero quedan acallados cuando el Señor declara que la mujer está enteramente fuera del alcance de su misión y de su ministerio.

Pero ni el fracaso de los discípulos en conseguirle audiencia, ni el saber -- desesperante por su misma naturaleza -- que está excluida de los beneficios de su misión, la amedrentan, y solo sirven para dar intensidad y mayor audacia a su acercamiento a Cristo. Se acercó más, partiendo en dos su oración, y postrándose a sus pies, adorándole, y haciendo suya la causa de su hija, clama con puntual brevedad -- “¡Señor, socórreme!” Este último clamor le ganó la causa; su hija fue sanada en aquella misma hora. Esperanzada, apremiante e incansable, ella permanece junto al Maestro, insistiendo y orando hasta que se da la respuesta. ¡Qué estudio de importunidad, de sinceridad, de perseverancia, promovido e impulsado bajo condiciones que habrían descorazonado a cualquiera que no fuese un alma heroica y constante!

En estas parábolas de la oración importuna, nuestro Señor expone, para nuestra información y aliento, las serias dificultades que se interponen en el camino de la oración. Al mismo tiempo enseña que la importunidad conquista toda circunstancia adversa y se alza con la victoria sobre toda una hueste de estorbos. Enseña, además, que una respuesta a la oración está condicionada por la cantidad de fe que acompaña a la petición. Para probar esto, Él demora la respuesta. El que ora superficialmente se hunde en el silencio cuando la respuesta tarda. Pero el hombre de oración persiste, y persiste. El Señor reconoce y honra su fe, y le da una respuesta rica y abundante a su oración importuna, que da prueba de su fe.

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La necesidad de la oración E. M. Bounds

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