La necesidad de la oración ·La oración y el fervor

Capítulo 6 · 8 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y el fervor

“Santa Teresa se levantó de su lecho de muerte para terminar su obra. Inspeccionó, con toda la viveza de su mirada y su amor al orden, la casa entera en la que la habían llevado para morir. Vio que todo se pusiera en su debido lugar, y que cada cual cumpliera con su debido oficio, tras lo cual asistió a los oficios divinos del día. Luego volvió a su lecho, reunió a sus hijas en torno suyo . . . y, con la más penitente de las oraciones penitenciales de David en los labios, Teresa de Jesús salió al encuentro de su Esposo.” -- ALEXANDER WHYTE.

LA oración, sin fervor, nada arriesga en el asunto, porque nada tiene que arriesgar. Viene con las manos vacías. Manos, además, que están lánguidas, tanto como vacías, que jamás han aprendido la lección de aferrarse a la Cruz.

La oración sin fervor no tiene corazón alguno; es cosa vacía, un vaso inservible. El corazón, el alma y la vida han de hallar lugar en toda oración verdadera. Es preciso hacer que el cielo sienta la fuerza de este clamor a Dios.

Pablo fue un ejemplo notable del hombre que poseía un espíritu ferviente de oración. Su súplica lo consumía por entero, fija inamoviblemente en el objeto de su deseo, y en el Dios que era capaz de satisfacerlo.

Las oraciones han de estar al rojo vivo. Es la oración ferviente la que es eficaz y prevalece. La frialdad de espíritu estorba la oración; la oración no puede vivir en una atmósfera invernal. Un entorno gélido congela la súplica y seca los manantiales del ruego. Hace falta fuego para que la oración avance. El calor del alma crea una atmósfera favorable a la oración, porque es favorable al fervor. Por la llama, la oración asciende al cielo. Pero el fuego no es agitación, ni el calor es ruido. El calor es intensidad -- algo que resplandece y arde. El cielo es muy pobre mercado para el hielo.

Dios quiere siervos de corazón ardiente. El Espíritu Santo viene como fuego, para morar en nosotros; hemos de ser bautizados con el Espíritu Santo y con fuego. El fervor es calor del alma. Un temperamento flemático es aborrecible para la experiencia vital. Si nuestra religión no nos enciende, es porque tenemos el corazón helado. Dios habita en una llama; el Espíritu Santo desciende en fuego. Estar absorto en la voluntad de Dios, ser tan sumamente diligente en cumplirla que todo nuestro ser se prenda en llamas, es la condición que capacita al hombre que quiere entregarse a la oración eficaz.

Nuestro Señor nos advierte contra la oración débil. “Los hombres deben orar siempre”, declara, “y no desmayar.” Esto significa que hemos de poseer fervor suficiente para llevarnos a través de los períodos severos y prolongados de la oración suplicante. El fuego hace al hombre alerta y vigilante, y lo saca más que vencedor. La atmósfera que nos rodea está demasiado cargada de fuerzas hostiles para que oraciones flojas o lánguidas puedan abrirse paso. Hacen falta calor, fervor y fuego meteórico para atravesar hasta los cielos superiores, donde Dios mora con sus santos, en luz.

Muchos de los grandes personajes de la Biblia fueron ejemplos notables de fervor de espíritu al buscar a Dios. El salmista declara con gran vehemencia:

“Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo.”

¡Qué fuertes deseos de corazón hay aquí! ¡Qué anhelos sinceros del alma por la Palabra del Dios vivo!

Un fervor aún mayor expresa él en otro lugar:

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré, y pareceré delante de Dios?”

Estas son las palabras de un hombre que vivía en un estado de gracia, la cual había sido obrada profunda y sobrenaturalmente en su alma.

El fervor delante de Dios cuenta en la hora de la oración, y halla pronta y rica recompensa de su mano. El salmista nos ofrece esta declaración de lo que Dios había hecho por el rey, cuando su corazón se volvió hacia su Señor:

“El deseo de su corazón le diste, y no le negaste lo que sus labios pronunciaron.”

En otra ocasión, se expresa así directamente a Dios al presentar su petición:

“Señor, delante de ti están todos mis deseos; y mi gemir no te es oculto.”

¡Qué pensamiento tan alentador! Nuestros gemidos internos, nuestros deseos secretos, los anhelos de nuestro corazón, no están escondidos a los ojos de Aquel con quien tratamos en la oración.

El estímulo para el fervor de espíritu delante de Dios es exactamente el mismo que el que hay para la oración perseverante y sincera. Aunque el fervor no es la oración, sin embargo brota de un alma sincera, y es precioso a los ojos de Dios. El fervor en la oración es el precursor de lo que Dios hará a modo de respuesta. Dios se compromete a darnos el deseo de nuestro corazón en proporción al fervor de espíritu que mostramos al buscar su rostro en la oración.

El fervor tiene su asiento en el corazón, no en el cerebro ni en las facultades intelectuales de la mente. Por tanto, el fervor no es una expresión del intelecto. El fervor de espíritu es algo que trasciende con mucho la fantasía poética o la imaginería sentimental. Es algo distinto de la mera preferencia, del contraste de lo que gusta con lo que disgusta. El fervor es el latido y el ademán de la naturaleza emocional.

Acaso no esté en nuestro poder crear el fervor de espíritu a voluntad, pero podemos pedir a Dios que lo implante. Nos toca entonces nutrirlo y cuidarlo, guardarlo contra la extinción, impedir su merma o su decadencia. El proceso de la salvación personal no consiste solo en orar, en expresar nuestros deseos a Dios, sino en adquirir un espíritu ferviente y procurar, por todos los medios propios, cultivarlo. Nunca está fuera de lugar pedir a Dios que engendre en nosotros, y mantenga vivo, el espíritu de oración ferviente.

El fervor tiene que ver con Dios, así como la oración tiene que ver con Él. El deseo siempre tiene un objeto. Si algo deseamos, deseamos algo. El grado de fervor con que formamos nuestros deseos espirituales servirá siempre para determinar la sinceridad de nuestra oración. A este respecto, Adoniram Judson dice:

“Un espíritu de parto, los dolores de un gran deseo que agobia, pertenecen a la oración. Un fervor bastante fuerte para ahuyentar el sueño, que consagra e inflama el espíritu, y que aparta todos los lazos terrenales, todo esto pertenece a la oración que lucha y que prevalece. El Espíritu, la fuerza, el aire y el alimento de la oración están en tal espíritu.”

La oración ha de estar revestida de fervor, fuerza y poder. Es la fuerza que, centrada en Dios, determina cuánto de sí mismo Él desembolsa para el bien terrenal. Los hombres fervientes de espíritu están empeñados en alcanzar la justicia, la verdad, la gracia y todas las demás gracias sublimes y poderosas que adornan el carácter del hijo de Dios auténtico e indudable.

Dios declaró una vez, por boca de un valiente profeta, a un rey que en otro tiempo había sido fiel a Dios, pero que, por la llegada del éxito y la prosperidad material, había perdido su fe, el siguiente mensaje:

“Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para corroborar á los que tienen corazón perfecto para con él. Locamente has hecho en esto; porque de aquí en adelante habrá guerra contra ti.”

Dios había oído la oración de Asa en su juventud, pero vinieron el desastre y la aflicción, porque él había abandonado la vida de oración y la fe sencilla.

En Romanos 15:30 hallamos la palabra “luchad”, que aparece en la petición que Pablo hizo pidiendo cooperación en la oración.

En Colosenses 4:12 tenemos la misma palabra, pero traducida de otro modo: “Epafras, siempre solícito por vosotros en oraciones.” Pablo encargó a los romanos que “lucharan juntamente con él en oración”, es decir, que le ayudaran en su brega de oración. La palabra significa entrar en una contienda, combatir contra adversarios. Significa, además, empeñarse con ferviente celo por procurar alcanzar algo.

Estos casos consignados del ejercicio y la recompensa de la fe nos dan a ver fácilmente que, en casi todos ellos, la fe estaba mezclada con la confianza hasta el punto de que no es exagerado decir que la primera quedaba absorbida por la segunda. Es difícil distinguir bien las actividades específicas de estas dos cualidades, la fe y la confianza. Pero hay un punto, sin duda alguna, en que la fe queda aliviada de su carga, por así decirlo; donde la confianza llega y dice: “Tú has hecho tu parte, ¡lo demás es mío!”

En el episodio de la higuera estéril, nuestro Señor transfiere a sus discípulos el maravilloso poder de la fe. Ante su exclamación: “¡Cómo se secó en seguida la higuera!”, Él dijo:

“Si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera; mas si á este monte dijereis: Quítate y échate en la mar, será hecho. Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.”

Cuando un creyente cristiano alcanza una fe de proporciones tan magníficas como estas, entra en el reino de la confianza implícita. Se yergue sin un temblor en la cima de su anhelo espiritual. Ha alcanzado la verdadera piedra angular de la fe, que es la confianza inquebrantable, inalterable e inajenable en el poder del Dios vivo.

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La necesidad de la oración E. M. Bounds

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