Capítulo 4 · 13 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración y la confianza
“Una tarde salí de mi oficina en Nueva York, con un viento cortante y helado en el rostro. Llevaba conmigo (según creía) mi gruesa y abrigada bufanda, pero cuando fui a abotonarme contra la tormenta, descubrí que había desaparecido. Volví sobre mis pasos, recorrí las calles con la mirada, registré mi oficina, pero en vano. Comprendí entonces que debía habérseme caído, y rogué a Dios que pudiera encontrarla; pues tal era el estado del tiempo, que seguir adelante sin ella sería correr un gran riesgo. Miré de nuevo, calle arriba y calle abajo por los alrededores, pero sin éxito. De repente vi a un hombre al otro lado de la calzada que sostenía algo en la mano. Crucé y le pregunté si aquello era mi bufanda. Me la entregó diciendo: ‘El viento me la trajo.’ Aquel que cabalga sobre la tormenta había usado el viento como medio de responder a la oración.” — WILLIAM HORST.
La ORACIÓN no está sola. No es un deber aislado ni un principio independiente. Vive en asociación con otros deberes cristianos, está desposada con otros principios, es socia de otras gracias. Pero a la fe, la oración está indisolublemente unida. La fe le da color y tono, moldea su carácter y asegura sus resultados.
La confianza es la fe hecha absoluta, ratificada, consumada. Hay, a fin de cuentas, cierta aventura en la fe y en su ejercicio. Pero la confianza es creencia firme, es la fe en plena flor. La confianza es un acto consciente, un hecho del cual somos conscientes. Según el concepto de las Escrituras, es el ojo del alma recién nacida y el oído del alma renovada. Es el sentir del alma, el ojo espiritual, el oído, el gusto, el sentimiento: todos y cada uno de ellos tienen que ver con la confianza. ¡Cuán luminosa, cuán nítida, cuán consciente, cuán poderosa y, más que todo, cuán bíblica es semejante confianza! ¡Cuán distinta de muchas formas de creencia moderna, tan débiles, secas y frías! Estas nuevas fases de la creencia no traen conciencia de su presencia; ningún “gozo inefable y glorificado” resulta de su ejercicio. Son, en su mayor parte, aventuras en los “acasos” del alma. No hay en nada una confianza segura y cierta. Toda la transacción tiene lugar en el reino del Tal vez y el Quizá.
La confianza, como la vida, es sentimiento, aunque mucho más que sentimiento. Una vida no sentida es una contradicción; una confianza no sentida es un nombre mal puesto, un engaño, una contradicción. La confianza es el más sentido de todos los atributos. Es todo sentimiento, y obra únicamente por el amor. Un amor no sentido es tan imposible como una confianza no sentida. La confianza de la que ahora hablamos es una convicción. ¿Una convicción no sentida? ¡Qué absurdo!
La confianza ve a Dios haciendo cosas aquí y ahora. Y aún más: se eleva a una alta cumbre y, mirando hacia lo invisible y lo eterno, comprende que Dios ha hecho cosas, y las considera ya hechas. La confianza trae la eternidad a los anales y sucesos del tiempo, transmuta la sustancia de la esperanza en la realidad del cumplimiento, y convierte la promesa en posesión presente. Sabemos cuándo confiamos, tal como sabemos cuándo vemos, tal como somos conscientes de nuestro sentido del tacto. La confianza ve, recibe, retiene. La confianza es su propio testigo.
No obstante, con mucha frecuencia la fe es demasiado débil para obtener de inmediato el bien más grande de Dios; así que ha de esperar en obediencia amorosa, fuerte, orante y apremiante, hasta que crezca en fuerza y sea capaz de hacer descender lo eterno a los dominios de la experiencia y del tiempo.
Hasta este punto, la confianza reúne todas sus fuerzas. Aquí se sostiene. Y en la lucha, el asidero de la confianza se hace más poderoso, y se apropia para sí de todo lo que Dios ha hecho por ella en su eterna sabiduría y en la plenitud de su gracia.
En lo que toca a esperar en oración, en la oración más poderosa, la fe se eleva a su plano más alto y llega a ser, en verdad, el don de Dios. Se convierte en la bienaventurada disposición y expresión del alma que se obtiene mediante un trato constante con Dios y una aplicación incansable a Él.
Jesucristo enseñó con claridad que la fe era la condición para que la oración fuera respondida. Cuando nuestro Señor hubo maldecido la higuera, los discípulos quedaron muy sorprendidos de que su marchitamiento hubiese realmente ocurrido, y sus comentarios revelaron su incredulidad. Fue entonces cuando Jesús les dijo: “Tened fe en Dios.”
“Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere á este monte: Quítate, y échate en la mar, y no dudare en su corazón, mas creyere que será hecho lo que dice, lo que dijere le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá.”
En ningún lugar crece la confianza con tanta facilidad y riqueza como en el aposento de oración. Su despliegue y desarrollo son rápidos y sanos cuando se cultivan regular y debidamente. Cuando estas citas son cordiales, plenas y libres, la confianza florece sobremanera. El ojo y la presencia de Dios dan vigorosa vida a la confianza, así como el ojo y la presencia del sol hacen crecer el fruto y la flor, y llenan todas las cosas de alegría y de brillo con una vida más plena.
“Tened fe en Dios”, “Confía en el Señor”, constituyen la nota clave y el fundamento de la oración. Primordialmente, no es confianza en la Palabra de Dios, sino más bien confianza en la Persona de Dios. Pues la confianza en la Persona de Dios debe preceder a la confianza en la Palabra de Dios. “Creéis en Dios, creed también en mí” es la exigencia que nuestro Señor hace a la confianza personal de sus discípulos. La persona de Jesucristo debe ser central para el ojo de la confianza. Esta gran verdad procuró Jesús grabar en Marta, cuando su hermano yacía muerto en el hogar de Betania. Marta afirmó su creencia en el hecho de la resurrección de su hermano:
“Marta le dice: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.”
Jesús eleva su confianza muy por encima del mero hecho de la resurrección, hasta su propia Persona, al decir:
“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Ella le dice: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”
La confianza en un hecho histórico o en un mero relato puede ser algo muy pasivo, pero la confianza en una persona vitaliza esa cualidad, la fructifica, la impregna de amor. La confianza que da alma a la oración se centra en una Persona.
La confianza va aún más lejos que esto. La confianza que inspira nuestra oración debe ser no solo confianza en la Persona de Dios y de Cristo, sino en su capacidad y disposición para conceder aquello que se pide. No es solo “Confiad en Jehová”, sino también “porque en Jehová Dios está la fortaleza de los siglos”.
La confianza que nuestro Señor enseñó como condición de la oración eficaz no es de la cabeza, sino del corazón. Es una confianza que “no duda en su corazón”. Tal confianza tiene la seguridad Divina de que será honrada con respuestas amplias y satisfactorias. La firme promesa de nuestro Señor trae la fe al presente y cuenta con una respuesta presente.
¿Creemos, sin duda alguna? Cuando oramos, ¿creemos, no que recibiremos las cosas que pedimos en un día futuro, sino que las recibimos allí mismo, en ese instante? Tal es la enseñanza de esta inspiradora Escritura. ¡Cómo necesitamos orar: “Señor, auméntanos la fe”, hasta que la duda desaparezca y la confianza absoluta reclame como propias las bendiciones prometidas!
No es esta una condición fácil. Se alcanza solo tras muchos fracasos, tras mucha oración, tras muchas esperas, tras muchas pruebas de la fe. ¡Que nuestra fe crezca de tal modo hasta que hagamos realidad y recibamos toda la plenitud que hay en aquel Nombre que garantiza hacer tanto!
Nuestro Señor pone la confianza como el fundamento mismo de la oración. El trasfondo de la oración es la confianza. Todo el desenvolvimiento del ministerio y la obra de Cristo dependió de una confianza absoluta en su Padre. El centro de la confianza es Dios. Montañas de dificultades, y todos los demás estorbos a la oración, son apartados del camino por la confianza y su vigoroso aliado, la fe. Cuando la confianza es perfecta y sin duda, la oración es sencillamente la mano extendida, dispuesta a recibir. La confianza perfeccionada es la oración perfeccionada. La confianza espera recibir lo que pide, y lo obtiene. La confianza no es creer que Dios puede bendecir, ni que Dios bendecirá, sino que Dios bendice, aquí y ahora. La confianza opera siempre en tiempo presente. La esperanza mira hacia el futuro. La confianza mira al presente. La esperanza aguarda. La confianza posee. La confianza recibe lo que la oración adquiere. De modo que lo que la oración necesita, en todo tiempo, es una confianza permanente y abundante.
La lamentable falta de confianza de los discípulos, y el consiguiente fracaso en hacer aquello para lo que habían sido enviados, se ve en el caso del hijo lunático, que su padre trajo a nueve de ellos mientras su Maestro estaba en el Monte de la Transfiguración. Un muchacho, tristemente afligido, fue traído a estos hombres para ser curado de su mal. Habían sido comisionados precisamente para esta clase de obra. Era parte de su misión. Intentaron echar el demonio del muchacho, pero fracasaron rotundamente. El demonio pudo más que ellos. Quedaron humillados por su fracaso y llenos de vergüenza, mientras sus enemigos triunfaban. En medio de la confusión propia del fracaso, Jesús se acerca. Le informan de las circunstancias y le refieren las condiciones relacionadas con ello. He aquí el relato que sigue:
“Entonces respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación infiel y torcida! ¿hasta cuándo tengo de estar con vosotros? ¿hasta cuándo os tengo de sufrir? Traédmelo acá. Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió de él; y el mozo fué sano desde aquella hora. Entonces, llegándose los discípulos á Jesús aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no lo pudimos echar fuera? Y Él les dijo: Este linaje no sale sino por oración y ayuno.”
¿En qué radicaba la dificultad de estos hombres? Habían sido negligentes en cultivar su fe mediante la oración y, como consecuencia, su confianza falló por completo. No confiaban en Dios, ni en Cristo, ni en la autenticidad de su misión, ni de la suya propia. Así ha sucedido muchas veces desde entonces, en muchas crisis de la Iglesia de Dios. El fracaso ha resultado de una falta de confianza, o de una debilidad de la fe, y esta, a su vez, de una falta de oración. Muchos fracasos en los esfuerzos de avivamiento se han podido rastrear hasta la misma causa. La fe no había sido nutrida ni hecha poderosa por la oración. El descuido del aposento interior es la explicación de la mayoría de los fracasos espirituales. Y esto es tan cierto de nuestras luchas personales con el diablo como lo fue cuando salimos a intentar echar fuera demonios. Estar mucho de rodillas en comunión privada con Dios es la única garantía de que le tendremos con nosotros, sea en nuestras luchas personales, sea en nuestros esfuerzos por convertir a los pecadores.
En todas partes, cuando la gente se acercaba a Él, nuestro Señor ponía en primer plano la confianza en Él y la divinidad de su misión. No dio ninguna definición de la confianza, ni ofrece discusión teológica alguna ni análisis de ella; pues sabía que los hombres verían qué era la fe por lo que la fe hacía; y de su libre ejercicio la confianza brotaba, espontáneamente, en su presencia. Era el producto de su obra, de su poder y de su Persona. Estos proporcionaban y creaban una atmósfera de lo más favorable para su ejercicio y desarrollo. La confianza es, con mucho, demasiado espléndidamente sencilla para una definición verbal; demasiado cordial y espontánea para la terminología teológica. La sencillez misma de la confianza es lo que desconcierta a muchas personas. Buscan a lo lejos que suceda alguna gran cosa, cuando todo el tiempo “cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”.
Cuando a Jairo le llegó la triste noticia de la muerte de su hija, nuestro Señor intervino: “No temas —dijo con calma—, cree solamente.” A la mujer con el flujo de sangre, que estaba temblorosa delante de Él, le dijo:
“Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.”
Cuando los dos ciegos le siguieron, abriéndose paso hasta la casa, Él dijo:
“Conforme á vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos.”
Cuando el paralítico fue descolgado por el techo de la casa donde Jesús enseñaba, y colocado delante de Él por cuatro de sus amigos, se relata de esta manera:
“Y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.”
Cuando Jesús despidió al centurión cuyo criado estaba gravemente enfermo, y que había acudido a Jesús con el ruego de que pronunciara la palabra sanadora sin ir siquiera a su casa, lo hizo de la manera siguiente:
“Y dijo Jesús al centurión: Vé, y como creíste te sea hecho. Y su criado fué sano en aquella misma hora.”
Cuando el pobre leproso cayó a los pies de Jesús y clamó por alivio: “Señor, si quisieres, puedes limpiarme”, Jesús concedió al instante su petición, y el hombre lo glorificó a gran voz. Entonces Jesús le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”
La mujer sirofenicia acudió a Jesús con el caso de su hija afligida, haciendo suyo aquel caso, con el ruego: “¡Señor, socórreme!”, librando una lucha temerosa y heroica. Jesús honra su fe y su oración, diciendo:
“¡Oh mujer, grande es tu fe! sea hecho contigo como quieres. Y fué sana su hija desde aquella hora.”
Después de que los discípulos hubieran fracasado por completo en echar el demonio del muchacho epiléptico, el padre del afligido joven acudió a Jesús con el clamor lastimero y casi desesperado: “Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos.” Pero Jesús respondió: “Si puedes creer, al que cree todo es posible.”
El ciego Bartimeo, sentado junto al camino, oye a nuestro Señor cuando pasa, y clama con lástima y casi con desesperación: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” Los agudos oídos de nuestro Señor perciben al instante el sonido de la oración, y Él dice al mendigo:
“Vé, tu fe te ha salvado. Y luego cobró la vista, y seguía á Jesús en el camino.”
A la mujer penitente que lloraba, lavando sus pies con lágrimas y enjugándolos con los cabellos de su cabeza, Jesús le dirige palabras animadoras que confortan el alma: “Tu fe te ha salvado; vé en paz.”
Un día Jesús sanó a diez leprosos a la vez, en respuesta a su oración unánime: “Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”, y les dijo que fueran a mostrarse a los sacerdotes. “Y aconteció, que yendo ellos, fueron limpios.”