La necesidad de la oración ·La oración y la fe

Capítulo 2 · 12 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la fe

“Un querido amigo mío, gran aficionado a la caza, me contó la siguiente historia: ‘Levantándome temprano una mañana —dijo—, oí el ladrido de una veintena de perros de caza tras su presa. Al mirar hacia un campo amplio y abierto frente a mí, vi a un joven cervatillo que lo atravesaba, dando además señales de que su carrera estaba casi terminada. Al llegar a la cerca del recinto, la saltó y se agazapó a menos de tres metros de donde yo estaba. Un momento después, dos de los perros pasaron por encima; entonces el cervatillo corrió hacia mí y metió la cabeza entre mis piernas. Alcé al pobre animalito contra mi pecho y, girando y girando, ahuyenté a los perros. Sentí, en aquel instante, que todos los perros del Oeste no podían, ni debían, capturar a aquel cervatillo, después de que su debilidad había apelado a mi fuerza.’ Así sucede cuando la impotencia humana apela a Dios todopoderoso. Bien recuerdo cuando los sabuesos del pecado perseguían mi alma, hasta que, al fin, corrí a los brazos de Dios todopoderoso.” — A. C. DIXON.

EN todo estudio de los principios y del proceder de la oración, de sus actividades y empresas, el primer lugar debe, por necesidad, darse a la fe. Es la cualidad inicial en el corazón de todo hombre que intenta hablar con el Invisible. Por pura impotencia, ha de extender las manos de la fe. Debe creer allí donde no puede probar. En última instancia, la oración es sencillamente fe que reclama sus prerrogativas naturales y, no obstante, maravillosas: fe que toma posesión de su herencia ilimitada. La verdadera piedad es tan real, constante y perseverante en el reino de la fe como lo es en el ámbito de la oración. Y aún más: cuando la fe deja de orar, deja de vivir.

La fe hace lo imposible, porque mueve a Dios a obrar por nosotros, y nada hay imposible para Dios. ¡Cuán grande —sin salvedad ni límite— es el poder de la fe! Si el corazón destierra la duda y hace extraña en él a la incredulidad, lo que pidamos a Dios ciertamente se cumplirá, y al creyente se le concede “lo que dijere le será hecho”.

La oración proyecta la fe sobre Dios, y a Dios sobre el mundo. Solo Dios puede mover montañas, pero la fe y la oración mueven a Dios. Al maldecir la higuera, nuestro Señor demostró su poder. Acto seguido, pasó a declarar que grandes poderes habían sido confiados a la fe y a la oración: no para matar, sino para dar vida; no para destruir, sino para bendecir.

En este punto de nuestro estudio, nos volvemos a un dicho de nuestro Señor que es preciso subrayar, pues es la clave misma del arco de la fe y la oración.

“Por tanto, os digo que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá.”

Deberíamos meditar bien esa afirmación: “creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Aquí se describe una fe que hace realidad, que se apropia, que toma. Tal fe es una conciencia de lo Divino, una comunión experimentada, una certeza hecha realidad.

¿Crece o mengua la fe con el paso de los años? ¿Se mantiene la fe firme e inconmovible en estos días, cuando la maldad abunda y el amor de muchos se enfría? ¿Conserva la fe su asidero, mientras la religión tiende a volverse mera formalidad y la mundanalidad prevalece cada vez más? La pregunta de nuestro Señor bien puede ser la nuestra. “Cuando venga el Hijo del hombre —pregunta—, ¿hallará fe en la tierra?”. Creemos que la hallará, y nos toca, en nuestros días, cuidar de que la lámpara de la fe esté despabilada y encendida, no sea que venga aquel que ha de venir, y eso muy pronto.

La fe es el fundamento del carácter cristiano y la seguridad del alma. Cuando Jesús preveía la negación de Pedro y le prevenía contra ella, dijo a su discípulo:

“Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha pedido para zarandearos como á trigo; mas yo he rogado por ti, que tu fe no falte.”

Nuestro Señor declaraba una verdad central: era la fe de Pedro lo que buscaba proteger, pues bien sabía que cuando la fe se derrumba, ceden los cimientos de la vida espiritual y toda la estructura de la experiencia religiosa se viene abajo. Era la fe de Pedro lo que necesitaba resguardo. De ahí la solicitud de Cristo por el bien del alma de su discípulo y su determinación de fortalecer la fe de Pedro mediante su propia oración, siempre poderosa.

En su Segunda Epístola, Pedro tiene presente esta idea al hablar del crecimiento en la gracia como medida de seguridad en la vida cristiana y como algo que implica fecundidad.

“Y además de esto —declara—, poniendo toda diligencia, añadid á vuestra fe virtud; y á la virtud, ciencia; y á la ciencia, templanza; y á la templanza, paciencia; y á la paciencia, piedad.”

En este proceso de ir añadiendo, la fe era el punto de partida, la base de las demás gracias del Espíritu. La fe era el fundamento sobre el cual habían de edificarse las otras cosas. Pedro no exhorta a sus lectores a añadir a las obras, ni a los dones, ni a las virtudes, sino a la fe. Mucho depende de empezar bien en este asunto de crecer en la gracia. Hay un orden Divino, del cual Pedro estaba consciente; y por eso pasa a declarar que hemos de poner diligencia en hacer firme nuestra vocación y elección, elección que se asegura añadiendo a la fe, lo cual, a su vez, se logra mediante una oración constante y ferviente. Así la fe se mantiene viva por la oración, y cada paso que se da en este añadir gracia sobre gracia va acompañado de oración.

La fe que produce una oración poderosa es la fe que se centra en una Persona poderosa. La fe en la capacidad de Cristo para obrar, y para obrar grandemente, es la fe que ora grandemente. Así el leproso se asió del poder de Cristo. “Señor, si quisieres —clamó—, puedes limpiarme.” En este caso se nos muestra cómo la fe se centró en la capacidad de Cristo para obrar, y cómo obtuvo el poder sanador.

Fue precisamente sobre este punto que Jesús interrogó a los ciegos que acudieron a Él para ser sanados:

“¿Creéis que puedo hacer esto? —pregunta—. Ellos dicen: Sí, Señor. Entonces tocó los ojos de ellos, diciendo: Conforme á vuestra fe os sea hecho.”

Fue para inspirar fe en su capacidad de obrar que Jesús dejó tras de sí aquella última y gran declaración que, en el fondo, es un vibrante desafío a la fe. “Toda potestad —declaró— me es dada en el cielo y en la tierra.”

Además, la fe es obediente: va cuando se le manda, como aquel noble que acudió a Jesús en los días de su carne, y cuyo hijo estaba gravemente enfermo.

Y más aún: semejante fe actúa. Como el hombre que nació ciego, va a lavarse al estanque de Siloé cuando se le manda lavarse. Como Pedro en Genesaret, echa la red donde Jesús ordena, al instante, sin pregunta ni duda. Tal fe quita sin demora la piedra del sepulcro de Lázaro. Una fe que ora guarda los mandamientos de Dios y hace aquello que es agradable a sus ojos. Pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, y responde prontamente: “Habla, Señor, que tu siervo oye.” La obediencia ayuda a la fe, y la fe, a su vez, ayuda a la obediencia. Hacer la voluntad de Dios es esencial a la verdadera fe, y la fe es necesaria para la obediencia absoluta.

Con todo, a la fe se le llama, y muy a menudo, a esperar con paciencia delante de Dios, y está preparada para las aparentes tardanzas de Dios en responder a la oración. La fe no se desanima porque la oración no sea atendida de inmediato; toma a Dios en su Palabra y le deja tomar el tiempo que Él quiera para cumplir sus propósitos y llevar adelante su obra. La fe verdadera habrá de conocer mucha demora y largos días de espera; pero la fe acepta las condiciones: sabe que habrá tardanzas en la respuesta a la oración, y considera tales tardanzas como tiempos de prueba, en los que tiene el privilegio de mostrar su temple y la firme materia de que está hecha.

El caso de Lázaro fue un ejemplo de tardanza, en el cual la fe de dos buenas mujeres fue duramente probada: Lázaro estaba gravemente enfermo, y sus hermanas mandaron llamar a Jesús. Pero, sin razón conocida, nuestro Señor demoró su ida en auxilio de su amigo enfermo. La súplica era urgente y conmovedora —“Señor, he aquí, el que amas está enfermo”—, pero el Maestro no se conmueve por ella, y la ferviente petición de las mujeres pareció caer en oídos sordos. ¡Qué prueba para la fe! Y más todavía: la tardanza de nuestro Señor parecía acarrear un desastre irremediable. Mientras Jesús se detenía, Lázaro murió.

Pero la tardanza de Jesús obraba en favor de un bien mayor. Al fin, se encamina al hogar de Betania.

“Entonces, pues, Jesús les dijo claramente: Lázaro es muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos á él.”

No temas, oh creyente tentado y probado: Jesús vendrá, si se ejercita la paciencia y la fe se mantiene firme. Su tardanza servirá para hacer su venida más ricamente bendita. Sigue orando. Sigue esperando. No puedes fracasar. Si Cristo se demora, espéralo. A su debido tiempo, Él vendrá, y no tardará.

La tardanza es a menudo la prueba y la fuerza de la fe. ¡Cuánta paciencia se requiere cuando llegan estos tiempos de prueba! Sin embargo, la fe cobra fuerza esperando y orando. La paciencia tiene su obra perfecta en la escuela de la demora. En algunos casos, la demora es de la esencia misma de la oración. Dios tiene que hacer muchas cosas antes de dar la respuesta final: cosas que son esenciales para el bien duradero de aquel que solicita un favor de sus manos.

Jacob oró, con precisión y ardor, para ser librado de Esaú. Pero antes de que aquella oración pudiera ser respondida, había mucho que hacer con Jacob y por Jacob. Él tenía que ser cambiado, tanto como Esaú. Jacob tenía que ser hecho un hombre nuevo antes de que Esaú pudiera serlo. Jacob tenía que ser convertido a Dios antes de que Esaú pudiera ser convertido a Jacob.

Entre las grandes y luminosas declaraciones de Jesús acerca de la oración, ninguna es más impresionante que esta:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará, porque yo voy á mi Padre. Y todo lo que pidiereis en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

¡Cuán admirables son estas declaraciones de lo que Dios hará en respuesta a la oración! ¡De cuán grande importancia estas palabras resonantes, precedidas, como lo están, de la más solemne verdad! La fe en Cristo es la base de toda obra y de toda oración. Todas las obras admirables dependen de una oración admirable, y toda oración se hace en el Nombre de Jesucristo. ¡Asombrosa lección, de maravillosa sencillez, es esta de orar en el nombre del Señor Jesús! Todas las demás condiciones quedan minimizadas, todo lo demás se renuncia, salvo Jesús solamente. El nombre de Cristo —la Persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo— debe ser soberano supremo en la hora y el trance de la oración.

Si Jesús habita en la fuente de mi vida; si las corrientes de su vida han desplazado y suplantado todas las corrientes del yo; si la obediencia absoluta a Él es la inspiración y la fuerza de cada movimiento de mi vida, entonces Él puede confiar sin peligro la oración a mi voluntad, y comprometerse, por una obligación tan profunda como su propia naturaleza, a que todo lo que se pida será concedido. Nada puede ser más claro, más nítido, más ilimitado tanto en aplicación como en alcance, que la exhortación y la urgencia de Cristo: “Tened fe en Dios.”

La fe abarca tanto las necesidades temporales como las espirituales. La fe disipa toda ansiedad indebida y toda inquietud innecesaria acerca de qué se ha de comer, qué se ha de beber, qué se ha de vestir. La fe vive en el presente y considera que a cada día le basta su propio mal. Vive día a día y disipa todo temor por el mañana. La fe trae gran sosiego a la mente y perfecta paz al corazón.

“Tú guardarás en completa paz á aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti se ha confiado.”

Cuando oramos: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, estamos, en cierta medida, dejando el mañana fuera de nuestra oración. No vivimos en el mañana, sino en el hoy. No buscamos la gracia del mañana ni el pan del mañana. Los que mejor prosperan, y más aprovechan la vida, son los que viven en el presente vivo. Oran mejor quienes oran por las necesidades de hoy, no por las de mañana, ¡las cuales pueden volver nuestras oraciones innecesarias y superfluas por no llegar siquiera a existir!

Las verdaderas oraciones nacen de las pruebas presentes y de las necesidades presentes. El pan para hoy es pan suficiente. El pan dado para hoy es la más firme garantía de que habrá pan mañana. La victoria de hoy es la seguridad de la victoria de mañana. Nuestras oraciones deben enfocarse en el presente. Hemos de confiar en Dios hoy y dejar por entero el mañana en sus manos. El presente es nuestro; el futuro pertenece a Dios. La oración es la tarea y el deber de cada día que llega: oración diaria para necesidades diarias.

Así como cada día reclama su pan, así cada día reclama su oración. Ninguna cantidad de oración hecha hoy bastará para la oración de mañana. Por otra parte, ninguna oración por el mañana tiene gran valor para nosotros hoy. El maná de hoy es lo que necesitamos; mañana Dios proveerá para nuestras necesidades. Esta es la fe que Dios busca inspirar. Deja, pues, el mañana, con sus cuidados, sus necesidades y sus afanes, en las manos de Dios. No cabe almacenar la gracia del mañana ni la oración del mañana; tampoco cabe atesorar la gracia de hoy para atender las necesidades del mañana. No podemos tener la gracia del mañana, no podemos comer el pan del mañana, no podemos hacer la oración del mañana. “Basta al día su propio mal”; y, con toda certeza, si poseemos fe, bastará también el bien.

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La necesidad de la oración E. M. Bounds

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