Capítulo 1 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Prólogo
EDWARD McKENDREE BOUNDS no oraba bien tan solo para poder escribir bien acerca de la oración. Oraba porque las necesidades del mundo pesaban sobre él. Durante largos años oró por asuntos en los que el cristiano acomodado rara vez repara, y por cosas que los hombres de menor reflexión y fe siempre están dispuestos a tildar de imposibles. De sus solitarias vigilias de oración, año tras año, brotó una enseñanza que pocos hombres han igualado en la historia cristiana moderna. Escribió de manera trascendente acerca de la oración porque él mismo era trascendente en su práctica.
Así como la respiración es para nosotros una realidad física, así la oración era una realidad para Bounds. Tomó el mandamiento “Orad sin cesar” casi tan literalmente como la naturaleza animada obedece la ley del sistema nervioso reflejo que gobierna nuestra respiración.
Libros sobre la oración —verdaderos tratados, no formularios de oración— fueron el fruto de este ejercicio espiritual diario. De su pluma no salían breves artículos para la prensa religiosa —aunque durante años había tenido experiencia en ese campo—, ni folletos, sino libros; ese fue el producto y el resultado. Lo estorbaron la pobreza, la oscuridad y la pérdida de prestigio; con todo, su victoria no quedó reservada por entero hasta su muerte.
En 1907 dio al mundo dos pequeñas ediciones. Una de ellas circuló ampliamente en Gran Bretaña. Los años siguientes, hasta su muerte en 1913, estuvieron llenos de labor incesante, y partió al hogar de Dios dejando una colección de manuscritos. Sus cartas contienen la petición de que el presente editor publicara estos frutos de su pluma dotada.
La conservación de los manuscritos de Bounds hasta el presente ha sido, sin duda, providencial. La labor de prepararlos para la imprenta ha sido una obra de amor, que ha consumido años de esfuerzo.
Estos libros son pozos inagotables de los que sacar agua espiritual toda una vida. Son tesoros escondidos, forjados en la oscuridad del alba y en el calor del mediodía, sobre el yunque de la experiencia, y labrados en forma maravillosa por el poderoso golpe de lo Divino. Son voces vivas por las cuales él, aunque muerto, todavía habla. — C.C.
El Prólogo anterior fue escrito por Claude Chilton, Jr., ardiente admirador del Dr. Bounds, a quien debemos muchas obligaciones por sus sugerencias en la edición de los Libros de Vida Espiritual de Bounds. Sepultamos a Claude L. Chilton el 18 de febrero de 1929. ¡Qué encuentro el de estos dos grandes santos de Dios, de reluciente armadura y gracia caballeresca!
HOMER W. HODGE.
Wilkes-Barre, Pa.