La necesidad de la oración ·La oración y la Palabra de Dios

Capítulo 13 · 12 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la Palabra de Dios

“¡Cuán constantemente, en las Escrituras, hallamos palabras como ‘campo’, ‘semilla’, ‘sembrador’, ‘segador’, ‘sementera’, ‘siega’! El emplear tales metáforas interpreta un hecho de la naturaleza mediante una parábola de la gracia. El campo es el mundo, y la buena semilla es la Palabra de Dios. Sea hablada o escrita, la Palabra es poder de Dios para salvación. En nuestra obra de evangelización, el mundo entero es nuestro campo, cada criatura el objeto del esfuerzo, y cada libro y folleto, una semilla de Dios.” — DAVID FANT, JR.

LA Palabra de Dios es un registro de oración: de hombres que oraron y de sus logros, de la garantía divina de la oración, y del aliento dado a los que oran. Nadie puede leer los casos, los mandatos, los ejemplos, las múltiples declaraciones que se ocupan de la oración, sin comprender que la causa de Dios y el éxito de su obra en este mundo están confiados a la oración; que los hombres que oran han sido los vicegerentes de Dios en la tierra; que a los hombres sin oración Él nunca los ha usado.

Una reverencia por el santo Nombre de Dios está íntimamente relacionada con un alto aprecio por su Palabra. Esta santificación del Nombre de Dios; la capacidad de hacer su voluntad en la tierra, como se hace en el cielo; el establecimiento y la gloria del reino de Dios, están tan involucrados en la oración como cuando Jesús enseñó a los hombres la Oración Universal. Que “los hombres deben orar siempre, y no desmayar” es tan fundamental para la causa de Dios hoy, como cuando Jesucristo consagró esa gran verdad en el marco inmortal de la Parábola de la Viuda Importuna.

Así como la casa de Dios es llamada “casa de oración”, porque la oración es el más importante de sus santos oficios, así, por la misma razón, la Biblia puede llamarse el Libro de la Oración. La oración es el gran tema y el contenido de su mensaje a la humanidad.

La Palabra de Dios es el fundamento, como es también el directorio, de la oración de fe. “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros en toda sabiduría —dice san Pablo—, enseñándoos y exhortándoos unos a otros con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor.”

A medida que esta palabra de Cristo, morando en nosotros en abundancia, es transmutada y asimilada, brota en oración. La fe está formada de la Palabra y del Espíritu, y la fe es el cuerpo y la sustancia de la oración.

En muchos de sus aspectos, la oración depende de la Palabra de Dios. Jesús dice:

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”

La Palabra de Dios es el fulcro sobre el que se apoya la palanca de la oración, y por el cual las cosas son poderosamente movidas. Dios se ha comprometido a sí mismo, su propósito y su promesa, a la oración. Su Palabra viene a ser la base, la inspiración de nuestra oración, y hay circunstancias en las que, por la oración importuna, podemos obtener una adición, o un ensanchamiento, de sus promesas. Se dice de los antiguos santos que, “por fe alcanzaron promesas”. Parecería haber en la oración la capacidad de ir aun más allá de la Palabra, de llegar aun más allá de su promesa, hasta la presencia misma de Dios.

Jacob luchó, no tanto con una promesa, como con el Prometedor. Debemos asirnos del Prometedor, no sea que la promesa resulte vana. Bien puede definirse la oración como aquella fuerza que vitaliza y da energía a la Palabra de Dios, asiéndose de Dios mismo. Al asirse del Prometedor, la oración vuelve a emitir la promesa, y la hace personal. “No hay quien se despierte para asirse de mí” es el triste lamento de Dios. “Eche mano de mi fortaleza, y haga paz conmigo” es la receta de Dios para la oración.

Por garantía de la Escritura, la oración puede dividirse en la petición de fe y la de sumisión. La oración de fe se basa en la Palabra escrita, porque “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios”. Recibe su respuesta, inevitablemente: precisamente aquello por lo que ora.

La oración de sumisión carece, por así decirlo, de una palabra definida de promesa, pero se ase de Dios con espíritu humilde y contrito, y le pide y le suplica aquello que el alma desea. Abraham no tenía promesa definida de que Dios perdonaría a Sodoma. Moisés no tenía promesa definida de que Dios perdonaría a Israel; al contrario, estaba la declaración de su ira y de su propósito de destruir. Pero el consagrado caudillo obtuvo su ruego ante Dios, cuando intercedió por los israelitas con incesantes oraciones y muchas lágrimas. Daniel no tenía promesa definida de que Dios le revelaría el significado del sueño del rey, pero oró de manera específica, y Dios respondió de manera definida.

La Palabra de Dios se hace eficaz y operante por el proceso y la práctica de la oración. Vino palabra de Jehová a Elías: “Ve, muéstrate a Acab, y yo daré lluvia sobre la faz de la tierra”. Elías se mostró a Acab; pero la respuesta a su oración no llegó hasta que hubo presentado su ferviente oración ante el Señor siete veces.

Pablo tenía la promesa definida de Cristo de que “sería librado del pueblo y de los gentiles”, pero le hallamos exhortando a los romanos, de manera urgente y solemne, acerca de este mismo asunto:

“Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios, para que sea librado de los incrédulos que están en Judea, y que mi servicio para Jerusalén sea acepto a los santos.”

La Palabra de Dios es una gran ayuda en la oración. Si está alojada y escrita en nuestro corazón, formará una corriente de oración que fluye hacia afuera, plena e irresistible. Las promesas, atesoradas en el corazón, han de ser el combustible del cual la oración recibe vida y calor, así como el carbón, atesorado en la tierra, contribuye a nuestra comodidad en los días de tormenta y en las noches de invierno. La Palabra de Dios es el alimento con que la oración es nutrida y fortalecida. La oración, como el hombre, no puede vivir solo de pan, “sino de toda palabra que sale de la boca del Señor”.

A menos que las fuerzas vitales de la oración sean suministradas por la Palabra de Dios, la oración, aunque sea ferviente, y aun vociferante en su urgencia, es, en realidad, floja, insípida y vacía. La ausencia de fuerza vital en la oración puede rastrearse hasta la ausencia de un suministro constante de la Palabra de Dios, que repare el desgaste y renueve la vida. Quien quiera aprender a orar bien, ha de estudiar primero la Palabra de Dios, y atesorarla en su memoria y en su pensamiento.

Cuando consultamos la Palabra de Dios, hallamos que ningún deber es más obligatorio, más exigente, que el de la oración. Por otro lado, descubrimos que ningún privilegio es más excelso, ningún hábito más ricamente reconocido por Dios. Ninguna promesa es más radiante, más abundante, más explícita, más a menudo reiterada, que las que van unidas a la oración. “Todas las cosas, cualesquiera” se reciben por la oración, porque “todas las cosas, cualesquiera” son prometidas. No hay límite a las provisiones incluidas en las promesas a la oración, ni exclusión de sus promesas. “Todo aquel que pide, recibe.” La palabra de nuestro Señor es de este efecto que todo lo abarca: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

He aquí algunas de las comprensivas y exhaustivas declaraciones de la Palabra de Dios acerca de la oración, de las cosas que han de recibirse por la oración, de la firme promesa hecha en respuesta a la oración:

“Orad sin cesar”; “perseverad en la oración”; “constantes en la oración”; “en todo, por medio de la oración, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios”; “orar siempre, y no desmayar”; “que los hombres oren en todo lugar”; “orando en todo tiempo con toda oración y súplica”.

¡Qué claras y firmes son las declaraciones puestas en el registro divino, para proveernos de una base segura para la fe, y para urgirnos, constreñirnos y alentarnos a orar! ¡Cuán amplio el alcance de la oración, tal como se nos da en la Revelación divina! ¡Cómo nos incitan estas Escrituras a buscar al Dios de la oración, con todas nuestras necesidades, con todas nuestras cargas!

Además de estas declaraciones dejadas por escrito para nuestro aliento, las sagradas páginas rebosan de hechos, ejemplos, incidentes y observaciones que recalcan la importancia y la absoluta necesidad de la oración, y ponen énfasis en su poder que todo lo prevalece.

El máximo alcance y el pleno beneficio de las ricas promesas de la Palabra de Dios deben ser recibidos por nosotros humildemente, y puestos a prueba. El mundo nunca recibirá los plenos beneficios del Evangelio hasta que esto se haga. Ni la experiencia cristiana ni el vivir cristiano serán lo que deben ser hasta que estas promesas divinas hayan sido plenamente probadas por los que oran. Por la oración, traemos estas promesas de la santa voluntad de Dios al reino de lo actual y lo real. La oración es la piedra filosofal que las transmuta en oro.

Si se pregunta qué ha de hacerse para volver reales las promesas de Dios, la respuesta es que debemos orar, hasta que las palabras de la promesa se revistan del rico ropaje del cumplimiento.

Las promesas de Dios son demasiado grandes para ser dominadas por una oración inconstante. Cuando nos examinamos, harto a menudo descubrimos que nuestra oración no está a la altura de las exigencias de la situación; es tan limitada que apenas es más que un mero oasis en medio del yermo y el desierto del pecado del mundo. ¿Quién de nosotros, en su oración, está a la altura de esta promesa de nuestro Señor:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y mayores que estas hará, porque yo voy a mi Padre.”

¡Cuán comprensiva, cuán trascendente, cuán abarcadora! ¡Cuánto hay aquí para la gloria de Dios, cuánto para el bien del hombre! ¡Cuánto para la manifestación del poder entronizado de Cristo, cuánto para la recompensa de la fe abundante! ¡Y cuán grandes y llenos de gracia son los resultados que pueden hacerse derivar del ejercicio de una oración proporcionada y creyente!

Miremos, por un momento, otra de las grandes promesas de Dios, y descubramos cómo podemos ser sostenidos por la Palabra al orar, y sobre qué terreno firme podemos estar para presentar nuestras peticiones a nuestro Dios:

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”

En estas comprensivas palabras, Dios se entrega a la voluntad de su pueblo. Cuando Cristo llega a ser nuestro todo en todo, la oración pone los tesoros de Dios a nuestros pies. El cristianismo primitivo tenía una solución fácil y práctica de la situación, y obtenía todo lo que Dios tenía para dar. Esa sencilla y concisa solución está registrada en la Primera Epístola de Juan:

“Cualquier cosa que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.”

La oración, unida a la obediencia amorosa, es el modo de poner a Dios a prueba, y de hacer que la oración responda a todos los fines y a todas las cosas. La oración, unida a la Palabra de Dios, santifica y consagra todos los dones de Dios. La oración no es simplemente para obtener cosas de Dios, sino para hacer santas aquellas cosas que ya se han recibido de Él. No es meramente para obtener una bendición, sino también para poder dar una bendición. La oración vuelve santas las cosas comunes, y sagradas las cosas seculares. Recibe las cosas de Dios con acción de gracias y las santifica con corazón agradecido y servicio consagrado.

En la Primera Epístola a Timoteo, Pablo nos da estas palabras:

“Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado.”

Esa es una declaración que niega el mero ascetismo. Los buenos dones de Dios han de ser santos, no solo por el poder creador de Dios, sino también porque se nos hacen santos por la oración. Los recibimos, los apropiamos y los santificamos por la oración.

Hacer la voluntad de Dios, y tener su Palabra morando en nosotros, es un imperativo de la oración eficaz. Pero puede preguntarse: ¿cómo hemos de saber cuál es la voluntad de Dios? La respuesta es: estudiando su Palabra, escondiéndola en nuestro corazón, y dejando que la Palabra more en nosotros en abundancia. “La exposición de tus palabras alumbra.”

Para conocer la voluntad de Dios en la oración, hemos de estar llenos del Espíritu de Dios, que intercede por los santos, y en los santos, conforme a la voluntad de Dios. Estar llenos del Espíritu de Dios, estar llenos de la Palabra de Dios, es conocer la voluntad de Dios. Es ser puestos en tal disposición de ánimo, ser hallados en tal estado de corazón, que nos capacite para leer e interpretar rectamente los propósitos del Infinito. Tal llenura del corazón, con la Palabra y el Espíritu, nos da una percepción de la voluntad del Padre, y nos capacita para discernir rectamente su voluntad, y pone dentro de nosotros una disposición de mente y corazón para hacer de ella la guía y la brújula de nuestra vida.

Epafras oraba para que los colosenses estuviesen “perfectos y completos en toda la voluntad de Dios”. Esto es prueba positiva de que no solo podemos conocer la voluntad de Dios, sino que podemos conocer toda la voluntad de Dios. Y no solo podemos conocer toda la voluntad de Dios, sino que podemos hacer toda la voluntad de Dios. Podemos, además, hacer toda la voluntad de Dios, no ocasionalmente, ni por un mero impulso, sino con un hábito asentado de conducta. Más aún, nos muestra que podemos hacer la voluntad de Dios no solo externamente, sino de corazón, haciéndola con gozo, sin renuencia, sin desgano secreto, ni ningún retraimiento o reserva ante la íntima presencia del Señor.

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La necesidad de la oración E. M. Bounds

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