Capítulo 12 · 13 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración y la vigilancia
“A David Brainerd lo perseguían adversarios de otro mundo, resueltos a robarle su galardón. Sabía que jamás debía despojarse de su armadura, sino recostarse a descansar con la coraza atada. Las manchas que empañaban la perfección de su lustroso atavío, los puntos de herrumbre en su reluciente escudo, nos son a nosotros imperceptibles; pero eran, para él, fuente de mucho pesar y de ardiente anhelo.” — VIDA DE DAVID BRAINERD.
LA descripción del soldado cristiano que da Pablo en el capítulo sexto de la Epístola a los Efesios es compacta y comprensiva. Se le presenta como quien está siempre en el conflicto, que tiene muchas estaciones cambiantes: tiempos de prosperidad y de adversidad, de luz y de tinieblas, de victoria y de derrota. Ha de orar en toda ocasión y con toda oración, y esto ha de añadirse a la armadura con que ha de salir a la batalla. En todo tiempo ha de tener la plena panoplia de la oración. El soldado cristiano, si ha de luchar para vencer, debe orar mucho. Solo por este medio le es posible derrotar a su inveterado enemigo, el diablo, junto con los múltiples emisarios del Maligno. “Orando en todo tiempo con toda oración” es la dirección divina que se le da. Esto abarca todas las ocasiones y comprende toda manera de orar.
Los soldados cristianos, que pelean la buena batalla de la fe, tienen acceso a un lugar de retiro, al cual acuden continuamente para orar. “Orando en todo tiempo con toda oración” es una clara declaración de la imperiosa necesidad de mucha oración, y de muchas clases de oración, por parte de quien, peleando la buena batalla de la fe, quiere salir al fin vencedor sobre todos sus enemigos.
La Versión Revisada lo expresa así:
“Con toda oración y ruego orando en todo tiempo en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, para que me sea dada palabra al abrir mi boca, para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual estoy en cadenas.”
Nunca se dirá con demasiada frecuencia que la vida del cristiano es una guerra, un intenso conflicto, una contienda de toda la vida. Es, además, una batalla librada contra enemigos invisibles, que están siempre alertas y siempre procurando atrapar, engañar y arruinar las almas de los hombres. La vida a la que la Santa Escritura llama a los hombres no es día de campo ni jira festiva. No es pasatiempo, ni paseo de placer. Exige esfuerzo, lucha, forcejeo; demanda desplegar toda la energía del espíritu a fin de frustrar al enemigo y salir, al final, más que vencedor. No es senda de flores, ni deleite perfumado de rosas. De principio a fin, es guerra. Desde la hora en que desenvaina por primera vez la espada, hasta aquella en que se despoja de su arnés, el guerrero cristiano se ve obligado a “soportar las penalidades como buen soldado”.
¡Qué idea tan equivocada tienen muchos de la vida cristiana! ¡Cuán poco parece saber el miembro medio de iglesia acerca del carácter del conflicto, y de sus exigencias sobre él! ¡Cuán ignorante parece de los enemigos que ha de enfrentar, si se compromete a servir a Dios fielmente y así lograr llegar al cielo y recibir la corona de la vida! Apenas parece darse cuenta de que el mundo, la carne y el diablo se opondrán a su marcha hacia adelante, y lo derrotarán por completo, a menos que se entregue a constante vigilancia e incesante oración.
El soldado cristiano no lucha contra carne y sangre, sino contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. O, como reza el margen de la Escritura, “espíritus malignos en las alturas”. ¡Qué temible despliegue de fuerzas se halla en contra de quien quiere abrirse paso por el desierto de este mundo hasta los pórticos de la Ciudad Celestial! No es de extrañar, por tanto, que hallemos a Pablo —que tan bien comprendía el carácter de la vida cristiana, y que estaba tan cabalmente informado de la malignidad y el número de los enemigos que el discípulo del Señor ha de enfrentar— exhortándole con cuidado y claridad a “vestirse de toda la armadura de Dios” y a “orar en el Espíritu con toda oración y súplica”. Sabia, con gran sabiduría, sería la presente generación si todos los que profesan nuestra fe pudieran ser inducidos a comprender esta verdad tan importante y vital, tan absolutamente indispensable para una vida cristiana victoriosa.
Es precisamente en este punto donde, en gran parte de la profesión cristiana actual, puede hallarse su mayor defecto. Hay poco, o nada, del elemento del soldado en ella. La disciplina, la abnegación, el espíritu de sacrificio, la resolución, tan prominentes en la vida militar y propios de ella, están, todos ellos, en gran medida ausentes. Y sin embargo la vida cristiana es guerra, de principio a fin.
¡Cuán comprensivas, precisas y notables son todas las instrucciones de Pablo al soldado cristiano, empeñado en frustrar al diablo y en salvar su alma con vida! Ante todo, ha de poseer una idea clara del carácter de la vida en que ha entrado. Luego, ha de saber algo de sus enemigos —los adversarios de su alma inmortal—, de su fuerza, su destreza, su malignidad. Sabiendo, pues, algo del carácter del enemigo, y comprendiendo la necesidad de prepararse para vencerlo, está listo para oír la decisiva conclusión del Apóstol:
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.”
Todas estas instrucciones desembocan en un clímax; y ese clímax es la oración. ¿Cómo puede hacerse aún más valiente al valeroso guerrero de Cristo? ¿Cómo puede hacerse aún más fuerte al fuerte soldado? ¿Cómo puede hacerse aún más victorioso al victorioso combatiente? He aquí las explícitas instrucciones de Pablo para ese fin:
“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos.”
La oración, y más oración, añade a las cualidades combativas y a las victorias más seguras de los buenos guerreros de Dios. El poder de la oración es más eficaz en el campo de batalla, en medio del estruendo y la contienda del conflicto. Pablo fue preeminentemente un soldado de la Cruz. Para él, la vida no era lecho florido de comodidad. No era un soldado de desfile, de días festivos, cuya única ocupación fuera ponerse el uniforme en ocasiones señaladas. La suya fue una vida de intenso conflicto, de enfrentar a muchos adversarios, de ejercer una vigilancia sin sueño y un esfuerzo constante. Y, al final —a la vista del término—, le oímos entonar su último canto de victoria: “he peleado la buena batalla”; y, leyendo entre líneas, ¡vemos que es más que vencedor!
En su Epístola a los Romanos, Pablo indica la naturaleza de su vida de soldado, dándonos algunas visiones de la clase de oración que se necesita para semejante carrera. Escribe:
“Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios, para que sea librado de los incrédulos que están en Judea.”
Pablo tenía enemigos en Judea —enemigos que lo acosaban y se le oponían en forma de “hombres incrédulos”— y esto, sumado a otras graves razones, lo llevó a instar a los cristianos de Roma a “luchar con él en oración”. Aquella palabra “luchar” indicaba forcejeo, el desplegar gran esfuerzo. Esta es la clase de esfuerzo, y este el género de espíritu, que ha de poseer el soldado cristiano.
He aquí un gran soldado, un capitán general, en la gran lucha, enfrentado por fuerzas malignas que buscan su ruina. Su fuerza está casi agotada. ¿Con qué refuerzos puede contar? ¿Qué puede dar ayuda y traer éxito a un guerrero en tan apremiante emergencia? Es un momento crítico del conflicto. ¿Qué fuerza puede añadirse a la energía de sus propias oraciones? La respuesta es: las oraciones de otros, aun las oraciones de sus hermanos que estaban en Roma. Estas, cree él, le traerán ayuda adicional, de modo que pueda ganar su batalla, vencer a sus adversarios y, al fin, prevalecer.
El soldado cristiano ha de orar en toda ocasión, y bajo toda circunstancia. Su oración debe disponerse de modo que cubra sus tiempos de paz tanto como sus horas de conflicto activo. Ha de estar disponible en su marcha y en su pelea. La oración debe difundirse por todo esfuerzo, impregnar toda empresa, decidir todo asunto. El soldado cristiano ha de ser tan intenso en su oración como en su pelea, porque sus victorias dependerán mucho más de su oración que de su pelea. La ferviente súplica ha de añadirse a la firme resolución; la oración y la súplica han de complementar la armadura de Dios. El Espíritu Santo ha de ayudar a la súplica con su propia enérgica intercesión. Y el soldado ha de orar en el Espíritu. En esta, como en otras formas de guerra, la eterna vigilancia es el precio de la victoria; y así, la atención vigilante y la persistente perseverancia han de marcar cada actividad del guerrero cristiano.
La oración del soldado ha de reflejar su profunda preocupación por el éxito y el bienestar de todo el ejército. La batalla no es del todo un asunto personal; la victoria no puede lograrse para uno solo. Hay un sentido en el que todo el ejército de Cristo está involucrado. La causa de Dios, sus santos, sus congojas y pruebas, sus deberes y sus cruces, todo ello debe hallar voz e intercesor en el soldado cristiano cuando ora. No se atreve a limitar su oración a sí mismo. Nada seca las secreciones espirituales tan cierta y completamente; nada envenena la fuente de la vida espiritual tan eficazmente; nada obra de modo tan mortífero, como la oración egoísta.
Nótese con cuidado que la armadura del cristiano de nada le servirá, a menos que se le añada la oración. Este es el eje, el eslabón que une la armadura de Dios. Es esto lo que la mantiene unida y la hace eficaz. El verdadero soldado de Dios planea sus campañas, dispone sus fuerzas de combate y conduce sus conflictos con oración. Es de suma importancia y absolutamente esencial para la victoria que la oración impregne de tal modo la vida, que cada aliento sea una petición, cada suspiro una súplica. El soldado cristiano ha de estar siempre peleando. Debe, por pura necesidad, estar siempre orando.
El soldado cristiano está obligado a un constante servicio de centinela. Ha de estar siempre en guardia. Se enfrenta a un enemigo que nunca duerme, que está siempre alerta, y siempre dispuesto a aprovechar los azares de la guerra. La vigilancia es un principio cardinal del guerrero de Cristo; “velad y orad” resuena para siempre en sus oídos. No puede atreverse a dormirse en su puesto. Semejante descuido no solo lo pone bajo el desagrado del Capitán de su salvación, sino que lo expone a mayor peligro. La vigilancia, por tanto, constituye imperiosamente el deber del soldado del Señor.
En el Nuevo Testamento hay tres palabras distintas que se traducen “velar”. La primera significa “ausencia de sueño”, e implica un estado mental despierto, opuesto a la indolencia; es una exhortación a mantenerse despierto, circunspecto, atento, constante, vigilante. La segunda palabra significa “plenamente despierto” —un estado producido por algún esfuerzo estimulante, que excita la facultad a la atención y al interés, activo, cauteloso, no sea que por descuido o indolencia sobrevenga de súbito alguna calamidad destructora. La tercera palabra significa “estar sereno y sosegado de espíritu”, desapasionado, intocado por influencias soporíferas o que nublan la mente, una cautela contra todos los lazos y engaños.
Las tres definiciones las usa san Pablo. Dos de ellas se emplean en relación con la oración. La vigilancia intensificada es requisito para la oración. La vigilancia ha de guardar y cubrir a todo el hombre espiritual, y disponerlo para la oración. Todo lo que se parezca a la falta de preparación o a la falta de vigilancia es muerte para la oración.
En Efesios, Pablo da relieve al deber de la constante vigilancia: “velando en ello con toda perseverancia y súplica”. ¡Velad, dice, velad, VELAD! “Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.”
El desvelo sin sueño es el precio que uno debe pagar por la victoria sobre sus enemigos espirituales. Ten por seguro que el diablo nunca se duerme. Anda siempre “alrededor, buscando a quien devorar”. Así como el pastor jamás debe ser descuidado ni negligente, no sea que el lobo devore sus ovejas, así el soldado cristiano ha de tener siempre los ojos bien abiertos, lo cual implica que posee un espíritu que ni se adormece ni se vuelve descuidado. Las inseparables compañeras y salvaguardas de la oración son la vigilancia, el estar alerta y la guardia montada. Al escribir a los colosenses, Pablo une estas cualidades inseparables: “Perseverad en la oración —exhorta—, velando en ella con acción de gracias.”
¿Cuándo aprenderán los cristianos más cabalmente la doble lección de que están llamados a una gran guerra, y de que, para obtener la victoria, han de entregarse a una vigilancia sin sueño y a una oración incesante?
“Sed sobrios, y velad —dice Pedro—, porque vuestro adversario el diablo anda alrededor buscando a quien devorar.”
La Iglesia de Dios es una hueste militante. Su guerra es contra las fuerzas invisibles del mal. El pueblo de Dios compone un ejército que pelea por establecer su reino en la tierra. Su objetivo es destruir la soberanía de Satanás y, sobre sus ruinas, erigir el Reino de Dios, que es “justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo”. Este ejército militante se compone de soldados individuales de la Cruz, y la armadura de Dios es necesaria para su defensa. La oración ha de añadirse como aquello que corona el todo.
“Estad, pues, en su gran poder, de toda su fuerza revestidos; mas tomad, para armaros a la lid, la armadura entera de Dios.”
La oración es un deber demasiado sencillo, demasiado evidente, para necesitar definición. La necesidad da ser y forma a la oración. Su importancia es tan absoluta, que la vida del soldado cristiano, en toda su amplitud e intensidad, debiera ser una vida de oración. La vida entera del soldado cristiano —su ser, su intención, su implicación y su acción— depende toda de que sea una vida de oración. Sin oración —no importa qué otra cosa tenga—, la vida del soldado cristiano será débil e ineficaz, y lo constituirá presa fácil de sus enemigos espirituales.
La experiencia cristiana será sin savia, y la influencia cristiana será seca y árida, a menos que la oración tenga un lugar alto en la vida. Sin oración, las gracias cristianas se marchitarán y morirán. Sin oración, podemos añadir, la predicación es sin filo y cosa vana, y el Evangelio pierde sus alas y sus lomos. Cristo es el legislador de la oración, y Pablo es su apóstol de la oración. Ambos declaran su primacía e importancia, y demuestran el hecho de su indispensabilidad. Sus instrucciones sobre la oración cubren todos los lugares, incluyen todos los tiempos y comprenden todas las cosas. ¿Cómo, entonces, puede el soldado cristiano esperar o soñar con la victoria, a menos que esté fortalecido por su poder? ¿Cómo podrá fracasar si, además de vestirse de la armadura de Dios, está, en todo tiempo y ocasión, “velando en oración”?