La necesidad de la oración ·La oración y la obediencia

Capítulo 10 · 16 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la obediencia

“Se manifestó en Fletcher de Madeley una obediencia que quisiera poder describir o imitar. Producía en él una disposición pronta a abrazar toda cruz con presteza y placer. Tenía un singular amor por los corderos del rebaño, y se aplicaba con la mayor diligencia a su instrucción, para lo cual tenía un don peculiar. . . . Todo su trato conmigo estaba tan entretejido de oración y alabanza, que cada ocupación, y cada comida, quedaban, por así decirlo, perfumadas con ellas.” -- JOHN WESLEY.

BAJO la ley mosaica, la obediencia era tenida por “mejor que el sacrificio, y el escuchar, que el sebo de los carneros”. En Deuteronomio 5:29, Moisés presenta al Dios Todopoderoso declarándose acerca de esta misma cualidad de una manera que no dejaba duda alguna en cuanto a la importancia que Él ponía en su ejercicio. Refiriéndose a la terquedad de su pueblo, clama:

“¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen, y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que á ellos y á sus hijos les fuese bien para siempre!”

Incuestionablemente, la obediencia es una virtud elevada, una cualidad de soldado. Obedecer pertenece, de modo preeminente, al soldado. Es su primera y su última lección, y ha de aprender a practicarla todo el tiempo, sin cuestionar, sin quejarse. La obediencia, además, es la fe en acción, y es el desbordamiento, así como la prueba misma, del amor. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquel es el que me ama.”

Es más: la obediencia es la conservadora y la vida del amor.

“Si guardareis mis mandamientos”, dice Jesús, “permaneceréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.”

¡Qué maravillosa declaración de la relación creada y mantenida por la obediencia! ¡El Hijo de Dios es sostenido en el seno del amor del Padre, en virtud de su obediencia! Y el factor que capacita al Hijo de Dios para permanecer siempre en el amor de su Padre se revela en su propia declaración: “Porque yo hago siempre las cosas que le agradan.”

El don del Espíritu Santo en plena medida y en más rica experiencia depende de la obediencia amorosa:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”, es la palabra del Maestro. “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”

La obediencia a Dios es una condición de la prosperidad espiritual, de la satisfacción interior, de la estabilidad del corazón. “Si quisiereis y obedeciereis, comeréis el bien de la tierra.” La obediencia abre las puertas de la Ciudad Santa, y da acceso al árbol de la vida.

“Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para que tengan derecho al árbol de la vida, y entren por las puertas en la ciudad.”

¿Qué es la obediencia? Es hacer la voluntad de Dios: es guardar sus mandamientos. ¿Cuántos de los mandamientos constituyen la obediencia? Guardar la mitad de ellos, y quebrantar la otra mitad -- ¿es eso verdadera obediencia? Guardar todos los mandamientos menos uno -- ¿es eso obediencia? Sobre este punto, el apóstol Santiago es de lo más explícito: “Cualquiera que guardare toda la ley”, declara, “y ofendiere en un punto, es hecho culpado de todos.”

El espíritu que impulsa a un hombre a quebrantar un mandamiento es el mismo espíritu que puede moverlo a quebrantarlos todos. Los mandamientos de Dios son una unidad, y quebrantar uno hiere el principio que subyace y recorre el conjunto entero. El que no vacila en quebrantar un solo mandamiento -- es más que probable -- bajo la misma presión, y rodeado de las mismas circunstancias, los quebrantaría todos.

Se exige la obediencia universal del género humano. Nada menos que la obediencia implícita satisfará a Dios, y el guardar todos sus mandamientos es la demostración de ella que Dios requiere. Pero ¿podemos guardar todos los mandamientos de Dios? ¿Puede el hombre recibir una capacidad moral tal que le permita obedecer cada uno de ellos? Ciertamente puede. Por todos los indicios, el hombre puede, mediante la oración, obtener la capacidad de hacer justamente esto.

¿Da Dios mandamientos que los hombres no pueden obedecer? ¿Es Él tan arbitrario, tan severo, tan falto de amor, como para promulgar mandamientos que no pueden ser obedecidos? La respuesta es que en todos los anales de la Sagrada Escritura no se registra un solo caso en que Dios haya mandado a hombre alguno hacer algo que estuviera fuera de su alcance. ¿Es Dios tan injusto y tan desconsiderado como para requerir del hombre aquello que este es incapaz de rendir? Por cierto que no. Inferirlo es calumniar el carácter de Dios.

Ponderemos este pensamiento un momento: ¿Exigen los padres terrenales de sus hijos deberes que no pueden cumplir? ¿Dónde está el padre que pensaría siquiera en ser tan injusto y tan tiránico? ¿Es Dios menos bondadoso y justo que los defectuosos padres terrenales? ¿Son ellos mejores y más justos que un Dios perfecto? ¡Qué pensamiento tan absolutamente necio e insostenible!

En principio, la obediencia a Dios es la misma cualidad que la obediencia a los padres terrenales. Implica, en su efecto general, la renuncia al propio camino, y el seguir el de otro; la entrega de la voluntad a la voluntad de otro; la sumisión de uno mismo a la autoridad y a las exigencias de un padre. Los mandatos, ya sean de nuestro Padre celestial o de nuestro padre terrenal, son directivas del amor, y todos esos mandatos son para el mayor bien de aquellos a quienes se les manda. Los mandatos de Dios no se dan ni con severidad ni con tiranía. Siempre se dan en amor y para nuestro provecho, y por tanto nos conviene atenderlos y obedecerlos. En otras palabras, y valorado en lo más bajo -- habiendo Dios promulgado sus mandatos hacia nosotros a fin de promover nuestro bien, conviene, por tanto, ser obediente. La obediencia trae su propia recompensa. Dios lo ha ordenado así, y puesto que lo ha hecho, aun la razón humana puede comprender que Él jamás exigiría aquello que está fuera de nuestro poder rendir.

La obediencia es amor que cumple todo mandamiento, amor que se expresa a sí mismo. La obediencia, por tanto, no es una dura exigencia que se nos hace, no más de lo que lo es el servicio que un esposo rinde a su esposa, o una esposa a su esposo. El amor se deleita en obedecer, y en agradar a quien ama. No hay penalidades en el amor. Puede haber exigencias, pero ningún fastidio. No hay tareas imposibles para el amor.

¡Con qué sencillez y de qué manera tan natural dice el apóstol Juan: “Y cualquiera cosa que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él”!

Esto es obediencia, adelantándose a todo mandato y a cada uno de ellos. Es amor, obedeciendo por anticipación. Yerran gravemente, y aun pecan, los que declaran que los hombres están obligados a cometer iniquidad, ya sea por el entorno, o por la herencia, o por la tendencia. Los mandamientos de Dios no son gravosos. Sus caminos son caminos de deleite, y todas sus veredas son paz. La tarea que corresponde a la obediencia no es dura. “Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”

Lejos esté de nuestro Padre celestial exigir imposibles de sus hijos. Es posible agradarle en todas las cosas, porque no es difícil de agradar. Él no es ni un amo duro, ni un señor austero, “que toma lo que no puso, y siega lo que no sembró”. ¡Gracias a Dios, es posible para todo hijo de Dios agradar a su Padre celestial! En realidad es mucho más fácil agradarle a Él que agradar a los hombres. Es más, podemos saber cuándo le agradamos. Este es el testimonio del Espíritu -- la interior seguridad divina, dada a todos los hijos de Dios, de que están haciendo la voluntad de su Padre, y de que sus caminos le son gratos a su vista.

Los mandamientos de Dios son justos y están fundados en la justicia y la sabiduría. “De manera que la ley á la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno.” “Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.” Los mandamientos de Dios, pues, pueden ser obedecidos por todos los que buscan las provisiones de gracia que les capacitan para obedecer. Estos mandamientos deben ser obedecidos. El gobierno de Dios está en juego. Los hijos de Dios están bajo la obligación de obedecerle; la desobediencia no puede permitirse. El espíritu de rebelión es la esencia misma del pecado. Es el repudio de la autoridad de Dios, que Dios no puede tolerar. Jamás lo ha hecho, y una declaración de su actitud fue parte de la razón por la cual el Hijo del Altísimo fue manifestado entre los hombres:

“Porque lo que era imposible á la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando á su Hijo en semejanza de carne de pecado, y á causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme á la carne, mas conforme al espíritu.”

Si alguno se quejara de que la humanidad, bajo la caída, es demasiado débil y desvalida para obedecer estos altos mandamientos de Dios, cabe replicar que, mediante la expiación de Cristo, el hombre es capacitado para obedecer. La Expiación es el Acto Capacitador de Dios. Aquello que Dios obra en nosotros, en la regeneración y por medio de la agencia del Espíritu Santo, otorga gracia capacitadora suficiente para todo lo que se nos requiere, bajo la Expiación. Esta gracia se provee sin medida, en respuesta a la oración. De modo que, aunque Dios manda, Él, al mismo tiempo, se compromete a darnos toda la fuerza de voluntad y la gracia del alma necesarias para cumplir con sus demandas. Siendo esto verdad, el hombre queda sin excusa por su desobediencia y es eminentemente censurable por rehusar, o por no lograr, procurarse la gracia requerida, mediante la cual pueda servir al Señor con reverencia, y con temor piadoso.

Hay una consideración importante que los que declaran imposible guardar los mandamientos de Dios extrañamente pasan por alto, y es la verdad vital que declara que, mediante la oración y la fe, la naturaleza del hombre es cambiada, y hecha participante de la naturaleza divina; que se le quita toda renuencia a obedecer a Dios, y que su natural incapacidad para guardar los mandamientos de Dios, nacida de su estado caído y desvalido, es gloriosamente removida. Por este cambio radical que se obra en su naturaleza moral, el hombre recibe poder para obedecer a Dios en todo, y para rendir plena y gozosa lealtad. Entonces puede decir: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado.” No solo es removida la rebelión propia del hombre natural, sino que es bendecidamente recibido un corazón que obedece con gozo la Palabra de Dios.

Si se pretende que el hombre no regenerado, con todas las incapacidades de la Caída sobre él, no puede obedecer a Dios, no habrá quien lo niegue. Pero declarar que, después de que uno es renovado por el Espíritu Santo, ha recibido una nueva naturaleza, y se ha hecho hijo del Rey, no puede obedecer a Dios, es asumir una actitud ridícula, y desplegar, además, una lamentable ignorancia de la obra y las implicaciones de la Expiación.

La obediencia implícita y perfecta es el estado al que el hombre de oración es llamado. “Levantando manos santas, sin ira ni contienda”, es la condición de la oración obediente. Aquí la fidelidad interior y el amor, junto con la limpieza exterior, se establecen como acompañantes de la oración aceptable.

Juan da la razón de la oración respondida en el pasaje antes citado: “Y cualquiera cosa que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.”

Viendo que el guardar los mandamientos de Dios se expone aquí como la razón por la que Él responde la oración, cabe suponer razonablemente que podemos guardar los mandamientos de Dios, podemos hacer las cosas que le son agradables. ¿Haría Dios del guardar sus mandamientos una condición de la oración eficaz, os parece, si supiera que no podemos guardar sus estatutos? ¡Con toda seguridad, con toda seguridad que no!

La obediencia puede pedir con denuedo ante el Trono de la gracia, y los que la ejercen son los únicos que pueden pedir de ese modo. Los desobedientes son tímidos en su acercamiento y vacilantes en su súplica. Están detenidos a causa de su mal obrar. El hijo que pide y a la vez obedece entra en la presencia de su padre con confianza y denuedo. Su misma conciencia de obediencia le da valor y le libra del temor nacido de la desobediencia.

Hacer la voluntad de Dios sin reparos es el gozo, como es el privilegio, del hombre de oración exitoso. Es el que tiene manos limpias y corazón puro quien puede orar con confianza. En el Sermón del Monte, Jesús dijo:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

A esta gran declaración puede añadirse otra:

“Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.”

“El oficio del cristiano”, dice Lutero, “es la oración.” Pero el cristiano tiene otro oficio que aprender, antes de proceder a aprender los secretos del oficio de la oración. Debe aprender bien el oficio de la obediencia perfecta a la voluntad del Padre. La obediencia sigue al amor, y la oración sigue a la obediencia. El negocio de la verdadera observancia de los mandamientos de Dios acompaña inseparablemente al negocio de la verdadera oración.

Uno que ha sido desobediente puede orar. Puede orar por la misericordia perdonadora y por la paz de su alma. Puede venir al estrado de Dios con lágrimas, con confesión, con corazón penitente, y Dios le oirá y responderá su oración. Pero esta clase de oración no pertenece al hijo de Dios, sino al pecador penitente, que no tiene otro camino por el cual acercarse a Dios. Es posesión del alma no justificada, no de aquel que ha sido salvado y reconciliado con Dios.

Una vida obediente ayuda a la oración. Acelera la oración hacia el trono. Dios no puede menos que oír la oración de un hijo obediente. Siempre ha oído a sus hijos obedientes cuando han orado. La obediencia sin reservas cuenta mucho a la vista de Dios, ante el trono de la gracia celestial. Obra como las mareas confluentes de muchos ríos, y da volumen y plenitud de caudal, así como poder, a la cámara de la oración. Una vida obediente no es simplemente una vida reformada. No es la vida vieja retocada y pintada de nuevo, ni una vida de asistir a la iglesia, ni un buen barniz de actividades. Tampoco es una conformidad externa a los dictados de la moral pública. Mucho más que todo esto se combina en una vida cristiana verdaderamente obediente y temerosa de Dios.

Una vida de plena obediencia; una vida asentada en los términos más íntimos con Dios; donde la voluntad está en plena conformidad con la voluntad de Dios; donde la vida exterior muestra el fruto de la justicia -- tal vida no ofrece obstáculo alguno a la cámara interior, sino que más bien, como Aarón y Hur, levanta y sostiene las manos de la oración.

Si tienes un sincero deseo de orar bien, debes aprender a obedecer bien. Si tienes el deseo de aprender a orar, entonces debes tener un sincero deseo de aprender a hacer la voluntad de Dios. Si deseas orar a Dios, primero debes tener un ardiente deseo de obedecerle. Si quieres tener libre acceso a Dios en la oración, entonces todo obstáculo de la índole del pecado o la desobediencia ha de ser removido. Dios se deleita en las oraciones de los hijos obedientes. Las peticiones que salen de los labios de quienes se deleitan en hacer su voluntad llegan a sus oídos con gran celeridad, y le inclinan a responderlas con prontitud y abundancia. En sí mismas, las lágrimas no son meritorias. Sin embargo, tienen su utilidad en la oración. Las lágrimas deberían bautizar nuestro lugar de súplica. El que jamás ha llorado por sus pecados, jamás ha orado realmente por sus pecados. Las lágrimas son, a veces, la única súplica del penitente. Pero las lágrimas son para el pasado, para el pecado y el mal obrar. Hay otro paso y otra etapa, esperando ser dados. Es el de la obediencia sin reservas, y hasta que se dé, la oración por bendición y sustento continuo será de ningún provecho.

En todas partes de la Sagrada Escritura Dios es presentado como desaprobando la desobediencia y condenando el pecado, y esto es tan cierto en las vidas de sus escogidos como lo es en las vidas de los pecadores. En ninguna parte tolera Él el pecado, ni excusa la desobediencia. Siempre pone Dios el énfasis en la obediencia a sus mandatos. La obediencia a ellos trae bendición, la desobediencia se topa con el desastre. Esto es verdad, en la Palabra de Dios, de principio a fin. Es a causa de esto que los hombres de oración, en las Sagradas Escrituras, tuvieron tal influencia con Dios. Los hombres obedientes, siempre, han estado los más cerca de Dios. Estos son los que han orado bien y han recibido grandes cosas de Dios, los que han hecho que grandes cosas sucedan.

La obediencia a Dios cuenta tremendamente en el reino de la oración. Este hecho no puede recalcarse demasiado ni con demasiada frecuencia. Abogar por una fe religiosa que tolere el pecar es cortar el suelo bajo los pies de la oración eficaz. Excusar el pecar con el pretexto de que la obediencia a Dios no es posible para los hombres no regenerados es rebajar el carácter del nuevo nacimiento, y poner a los hombres donde la oración eficaz no es posible. En cierta ocasión Jesús prorrumpió con una pregunta muy pertinente y personal, que hería justo el corazón de la desobediencia, cuando dijo: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?”

El que quisiera orar, debe obedecer. El que quisiera sacar algo de sus oraciones, debe estar en perfecta armonía con Dios. La oración pone en los que sinceramente oran un espíritu de obediencia, porque el espíritu de desobediencia no es de Dios y no pertenece a las huestes de oración de Dios.

Una vida obediente es una gran ayuda para la oración. En realidad, una vida obediente es una necesidad para la oración, para la clase que logra cosas. La ausencia de una vida obediente hace de la oración una función vacía, un mero nombre mal aplicado. Un pecador penitente busca perdón y salvación y tiene respuesta a sus oraciones aun con una vida manchada y corrompida por el pecado. Pero los reales intercesores de Dios vienen ante Él con vidas reales. El vivir santo promueve la oración santa. Los intercesores de Dios “levantan manos santas”, símbolos de vidas justas y obedientes.

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La necesidad de la oración E. M. Bounds

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