Capítulo 8 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
Reglas generales sin las cuales ninguna concupiscencia será mortificada
Reglas generales sin las cuales ninguna concupiscencia será mortificada — No hay mortificación si el hombre no es creyente — Peligros de que personas no regeneradas intenten la mortificación del pecado — Se considera el deber de los no convertidos en este asunto de la mortificación — De ahí se descubre la vanidad de los intentos y reglas de los papistas para la mortificación.
II. Pasamos a considerar ahora las vías y los medios por los cuales un alma puede proceder a la mortificación de cualquier concupiscencia y pecado particular del que Satanás se aprovecha para inquietarla y debilitarla.
Ahora bien, hay que anteponer algunas consideraciones generales acerca de ciertos principios y fundamentos de esta obra, sin los cuales ningún hombre del mundo, por mucho que lo hayan despertado las convicciones y por muy resuelto que esté a mortificar cualquier pecado, puede llegar a lograrlo.
Las reglas y principios generales sin los cuales ningún pecado será jamás mortificado son estos:—
1. Si un hombre no es creyente — es decir, alguien que está verdaderamente injertado en Cristo —, nunca podrá mortificar ni un solo pecado; no digo si no sabe que lo es, sino si de hecho no lo es.
La mortificación es obra de los creyentes: Romanos 8:13, «Si por el Espíritu», etc.; vosotros, los creyentes, para quienes no hay ninguna condenación, versículo 1. Solo a ellos se los exhorta a ella: Colosenses 3:5, «Haced morir, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra». ¿Quiénes deben mortificar? Vosotros, los que «habéis resucitado con Cristo», versículo 1; cuya «vida está escondida con Cristo en Dios», versículo 3; los que «seréis manifestados con él en gloria», versículo 4. Un hombre no regenerado puede hacer algo que se le parezca; pero la obra misma, de manera que sea aceptable a Dios, nunca podrá realizarla. Sabes qué retrato de ella trazan algunos de los filósofos — Séneca, Tulio, Epicteto —; ¡qué discursos tan sentidos tienen acerca del desprecio del mundo y de uno mismo, de regular y vencer todos los afectos y pasiones desordenados! La vida de la mayoría de ellos mostró que sus máximas distaban tanto de la verdadera mortificación como el sol pintado en el letrero de una posada dista del sol en el firmamento: no tenían ni luz ni calor. Su propio Luciano muestra suficientemente lo que todos ellos eran. No hay muerte del pecado sin la muerte de Cristo. Sabes qué intentos hacen los papistas en pos de ella, con sus votos, penitencias y satisfacciones. Me atrevo a decir de ellos (me refiero a todos los que obran según los principios de su iglesia, como ellos la llaman) lo que Pablo dice de Israel en cuanto a la justicia, Romanos 9:31, 32: han ido en pos de la mortificación, pero no la han alcanzado. ¿Por qué? «Porque no la buscan por fe, sino como por las obras de la ley». Ese mismo es el estado y la condición de todos los que entre nosotros, obedeciendo a sus convicciones y a sus conciencias despertadas, intentan abandonar el pecado: van en pos de ello, pero no lo alcanzan.
Es cierto que se le exige, y se le exigirá, a toda persona, sea quien sea, que oye predicar la ley o el evangelio, que mortifique el pecado. Es su deber, pero no es su deber inmediato; es su deber hacerlo, pero hacerlo a la manera de Dios. Si mandas a tu criado que pague por ti cierta suma de dinero en tal lugar, pero que primero vaya a recogerla a otro, su deber es pagar el dinero señalado, y lo culparás si no lo hace; sin embargo, ese no era su deber inmediato: primero tenía que recogerlo, conforme a tu indicación. Así sucede en este caso: el pecado ha de ser mortificado, pero hay algo que debe hacerse en primer lugar para capacitarnos para ello.
He demostrado que solo el Espíritu puede mortificar el pecado; él ha sido prometido para hacerlo, y todos los demás medios sin él son vacíos y vanos. ¿Cómo, pues, mortificará el pecado el que no tiene el Espíritu? Más fácilmente puede un hombre ver sin ojos o hablar sin lengua que mortificar de veras un solo pecado sin el Espíritu. Ahora bien, ¿cómo se le obtiene? Es el Espíritu de Cristo; y así como dice el apóstol: «Si no tenemos el Espíritu de Cristo, no somos de él», Romanos 8:9, así también, si somos de Cristo, si tenemos parte en él, tenemos el Espíritu, y solo así tenemos poder para la mortificación. El apóstol lo expone extensamente en Romanos 8:8: «Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios». Es la inferencia y conclusión que saca de su discurso anterior sobre nuestro estado y condición natural, y la enemistad que en ese estado tenemos contra Dios y su ley. Si estamos en la carne, si no tenemos el Espíritu, no podemos hacer nada que agrade a Dios. Pero ¿cuál es nuestra liberación de esa condición? Versículo 9: «Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros»; es decir: «Vosotros, creyentes, que tenéis el Espíritu de Cristo, no estáis en la carne». No hay otro camino para ser librado del estado y la condición de estar en la carne sino el Espíritu de Cristo. ¿Y qué ocurre si este Espíritu de Cristo está en vosotros? Pues que entonces estáis mortificados; versículo 10: «el cuerpo está muerto a causa del pecado», o para él; la mortificación sigue adelante; el hombre nuevo es vivificado para la justicia. Esto lo prueba el apóstol en el versículo 11 a partir de la unión que tenemos con Cristo por el Espíritu, la cual producirá en nosotros operaciones semejantes a las que obró en él. Todos los intentos de mortificar cualquier concupiscencia sin tener parte en Cristo son, pues, vanos. Muchos hombres heridos por el pecado y a causa de él —porque las flechas de Cristo para convicción, por la predicación de la palabra o por alguna aflicción, se les han hecho agudas en el corazón— se lanzan con vigor contra esta o aquella concupiscencia particular con la que sus conciencias han estado más inquietas o perplejas. Pero, ¡pobres criaturas!, trabajan para el fuego, y su obra se consume. Cuando el Espíritu de Cristo viene a esta obra, será «como fuego purificador, y como jabón de lavadores», y purificará a los hombres como al oro y como a la plata, Malaquías 3:2, 3: quitará su escoria y su estaño, su inmundicia y su sangre, como en Isaías 4:4; pero los hombres tienen que ser oro y plata en el fondo, o de lo contrario el refinado no les servirá de nada. El profeta nos muestra el triste desenlace de los esfuerzos más extremos de los impíos por mortificarse, sean cuales sean los medios que Dios les conceda: Jeremías 6:29, 30, «Se quemó el fuelle, por el fuego se ha consumido el plomo; en vano fundió el fundidor. Plata desechada los llamarán, porque el Señor los desechó». ¿Y cuál es la razón de esto? Versículo 28: eran «cobre y hierro» cuando los metieron en el horno. Los hombres pueden refinar el cobre y el hierro todo el tiempo que quieran antes de que lleguen a ser buena plata.
Digo, pues, que la mortificación no es la tarea presente de los hombres no regenerados. Dios todavía no los llama a ella; su tarea es la conversión — la conversión del alma entera —, no la mortificación de esta o aquella concupiscencia particular. Te reirías de un hombre al que vieras levantar un gran edificio sin preocuparse nunca de los cimientos; sobre todo si lo vieras tan necio que, habiendo comprobado mil veces que lo que construía un día se derrumbaba al siguiente, siguiera aun así por el mismo camino. Así ocurre con las personas convencidas de pecado: aunque ven claramente que el terreno que ganan contra el pecado un día lo pierden al siguiente, siguen por el mismo camino, sin indagar dónde está la falla destructiva de su avance. Cuando los judíos, convencidos de su pecado, fueron compungidos de corazón, Hechos 2:37, y clamaron: «¿qué haremos?», ¿qué les indica Pedro que hagan? ¿Les manda que vayan y mortifiquen su orgullo, su ira, su malicia, su crueldad y cosas semejantes? No; sabía que esa no era su tarea presente, sino que los llama a la conversión y a la fe en Cristo en general, versículo 38. Sea el alma primero convertida a fondo, y entonces, «mirando a aquel a quien traspasaron», vendrán la humillación y la mortificación. Así, cuando Juan vino a predicar el arrepentimiento y la conversión, dijo: «Ahora el hacha está puesta a la raíz del árbol», Mateo 3:10. Los fariseos habían estado imponiendo cargas pesadas, deberes fatigosos y medios rigurosos de mortificación, con ayunos, lavamientos y cosas semejantes, todo en vano. Dice Juan: «La doctrina de la conversión es para vosotros; el hacha que tengo en la mano está puesta a la raíz». Y nuestro Salvador nos dice lo que hay que hacer en este caso; dice: «¿Se recogen uvas de los espinos?», Mateo 7:16. Pero supongamos que se poda y se recorta bien un espino, y que se toman trabajos con él. «Sí, pero nunca dará higos», versículos 17, 18; no puede ser de otro modo: todo árbol dará fruto según su propia especie. Qué hay que hacer entonces nos lo dice en Mateo 12:33: «haced el árbol bueno, y su fruto bueno». Hay que tratar con la raíz, hay que cambiar la naturaleza del árbol, o no se producirá ningún fruto bueno.
A esto apunto: si un hombre no está regenerado, si no es creyente, todos los intentos que pueda hacer por mortificarse, por vistosos y prometedores que sean — todos los medios que pueda emplear, aunque los siga con toda la diligencia, el empeño, la vigilancia y la aplicación de mente y espíritu que se quiera —, no sirven de nada. En vano multiplicará las medicinas; no será sanado. Más aún, el esfuerzo por cumplir este deber, en personas que solo están convencidas de pecado y nada más, trae consigo diversos males desesperados:—
(1.) La mente y el alma se ocupan de lo que no es el asunto propio del hombre, y así se le aparta de lo que sí lo es. Dios, por su palabra y sus juicios, echa mano de algún pecado suyo, le hiere la conciencia, le inquieta el corazón, le priva del descanso; ya no le sirven otras distracciones; tiene que aplicarse a la obra que tiene delante. Siendo el asunto en cuestión despertar a todo el hombre a la consideración del estado y condición en que se encuentra, para que sea traído de vuelta a Dios, él, en lugar de esto, se pone a mortificar el pecado que lo hiere — lo cual es puro fruto del amor propio, para verse libre de su angustia, y nada tiene que ver con la obra a la que es llamado —, y así se aparta de ella. Así nos habla Dios de Efraín, cuando «extendió sobre ellos su red, los hizo caer como aves del cielo, y los castigó», Oseas 7:12: los atrapó, los enredó, los convenció de que no podían escapar; y dice de ellos: «Se volvieron, mas no al Altísimo»; se aplicaron a abandonar el pecado, pero no de la manera en que Dios lo pedía, mediante una conversión universal. Así se aparta a los hombres de acudir a Dios por los caminos más gloriosos que ellos pueden escoger para acudir a él. Y este es uno de los engaños más comunes con que los hombres arruinan su propia alma. Ojalá algunos cuyo oficio es recubrir con lodo suelto las cosas de Dios no enseñaran este engaño, haciendo errar al pueblo con su ignorancia. ¿Qué hacen los hombres, a qué se les dirige muchas veces, cuando su conciencia está herida por el pecado y por la inquietud que viene del Señor, que ha echado mano de ellos? ¿No es la suma de aquello a lo que se aplican abandonar en la práctica el pecado por cuyos frutos se ven perplejos, y hacerle frente? ¿Y no se pierde con ello el fin evangélico de sus convicciones? Aquí se quedan los hombres, y perecen.
(2.) Siendo este deber una cosa buena en sí misma, en su lugar propio, un deber que evidencia sinceridad y trae paz a la conciencia, el hombre que se halla realmente empeñado en él, con la mente y el corazón puestos contra este o aquel pecado, con el propósito y la resolución de no tener más que ver con él, está pronto a concluir que su estado y condición son buenos, y así engaña a su propia alma. Porque —
[1.] Cuando su conciencia ha enfermado a causa del pecado y no podía hallar descanso, cuando debería acudir al gran Médico de las almas y obtener sanidad en su sangre, el hombre, con este empeño contra el pecado, apacigua y aquieta su conciencia, y se sienta tranquilo sin acudir a Cristo en absoluto. ¡Ah, cuántas pobres almas son así engañadas para toda la eternidad! «Cuando Efraín vio su enfermedad, envió al rey Jareb», Oseas 5:13; lo cual lo mantuvo alejado de Dios. Todo el fardo de la religión papista está hecho de designios y artificios para apaciguar la conciencia sin Cristo; todo ello descrito por el apóstol en Romanos 10:3.
[2.] Por este medio los hombres se convencen de que su estado y condición son buenos, puesto que hacen algo que es una obra buena en sí misma, y no lo hacen para ser vistos. Saben que quisieran que la obra se hiciera con sinceridad, y así se endurecen en una especie de justicia propia.
(3.) Cuando un hombre ha sido así engañado durante un tiempo, y ha engañado a su propia alma, y descubre en el largo curso de su vida que en realidad su pecado no está mortificado, o que si ha cambiado uno ha adquirido otro, empieza al fin a pensar que toda lucha es en vano — que nunca podrá prevalecer —; está levantando un dique contra un agua que crece sobre él. Entonces abandona la lucha, como quien desespera de todo éxito, y se entrega al poder del pecado y a ese hábito de formalismo que ha adquirido.
Y este es el desenlace habitual en quienes intentan la mortificación del pecado sin haber obtenido primero una parte en Cristo. Los engaña, los endurece, los destruye. Por eso vemos que no suele haber en el mundo pecadores más viles y desesperados que aquellos que, empujados por la convicción a este camino, lo hallaron infructuoso y lo abandonaron sin haber descubierto a Cristo. Y esta es la sustancia de la religión y la piedad de los formalistas más escogidos del mundo, y de todos aquellos que en la sinagoga romana son llevados a la mortificación como se lleva a los indios al bautismo o al ganado al agua. Digo, pues, que la mortificación es obra de los creyentes, y solo de los creyentes. Matar el pecado es obra de hombres vivos; donde los hombres están muertos (como lo están todos los incrédulos, aun los mejores de ellos), el pecado está vivo, y vivirá.
2. Es obra de la fe, obra peculiar de la fe. Ahora bien, si hay una obra que realizar que solo se llevará a cabo con un único instrumento, es la mayor locura que alguien intente hacerla sin tener ese instrumento. Pues bien, es la fe la que purifica el corazón, Hechos 15:9; o, como dice Pedro, «purificamos nuestras almas en la obediencia a la verdad, por el Espíritu», 1 Pedro 1:22; y sin ella no se hará.
Supongo que lo dicho basta para dejar establecida mi primera regla general:— Procura con todo cuidado tener parte en Cristo; si pretendes mortificar cualquier pecado sin ello, nunca se hará.
Obj. Dirás: «¿Qué quieres, entonces, que hagan los hombres no regenerados que están convencidos de la maldad del pecado? ¿Han de dejar de luchar contra el pecado, vivir disolutamente, dar rienda suelta a sus concupiscencias y ser tan malos como los peores hombres? Ese sería el modo de sumir al mundo entero en la confusión, de llevar todas las cosas a las tinieblas, de abrir las compuertas de la concupiscencia y soltar las riendas sobre el cuello de los hombres para que se precipiten a todo pecado con deleite y avidez, como caballo que arremete con ímpetu a la batalla».
Resp. 1. ¡Dios no lo quiera! Hay que ver como un gran fruto de la sabiduría, la bondad y el amor de Dios el que, por múltiples vías y medios, le plazca refrenar a los hijos de los hombres para que no se lancen a todo ese exceso y desenfreno al que la depravación de su naturaleza los arrastraría con violencia. Se haga por el camino que se haga, es fruto del cuidado, la benignidad y la bondad de Dios, sin el cual toda la tierra sería un infierno de pecado y confusión.
2. Hay en la palabra un poder peculiar de convicción que a Dios muchas veces le place ejercer, para herir, asombrar y, en cierta manera, humillar a los pecadores, aunque nunca se conviertan. Y la palabra ha de predicarse aunque tenga este efecto, pero no con este fin. Prediqúese, pues, la palabra, y los pecados de los hombres [serán] reprendidos, la concupiscencia será refrenada y se hará cierta oposición al pecado, aunque no sea ese el efecto que se busca.
3. Aunque esta sea obra de la palabra y del Espíritu, y sea buena en sí misma, no es provechosa ni eficaz en cuanto al fin principal para aquellos en quienes se obra; siguen estando en hiel de amargura y bajo la potestad de las tinieblas.
4. Sepan los hombres que es su deber, pero en su lugar propio; no aparto a los hombres de la mortificación, sino que los pongo ante la conversión. El que llama a un hombre que está remendando un agujero en la pared de su casa para que apague un fuego que está consumiendo todo el edificio no es su enemigo. ¡Pobre alma! No es tu dedo dolorido, sino tu fiebre héctica, lo que debes ponerte a considerar. Te pones en contra de un pecado particular, y no consideras que no eres nada sino pecado.
Permíteme añadir esto para quienes son predicadores de la palabra, o se proponen, por la buena mano de Dios, ese oficio: es su deber argüir con los hombres acerca de sus pecados, cargar la mano sobre pecados particulares, pero recuerden siempre que se haga con miras a lo que es el fin propio de la ley y del evangelio; es decir, que se sirvan del pecado contra el que hablan para descubrir el estado y la condición en que se halla el pecador; de lo contrario, quizá lleven a los hombres al formalismo y a la hipocresía, pero poco se logrará del verdadero fin de la predicación del evangelio. No sirve de nada sacar a un hombre de su borrachera para dejarlo en un formalismo sobrio. Un hábil maestro de las congregaciones pone su hacha a la raíz y apunta siempre al corazón. Clamar contra los pecados particulares de personas ignorantes y no regeneradas, de las que la tierra está llena, es una buena obra; pero, aunque se haga con gran eficacia, vigor y éxito, si todo su efecto es que se entreguen a los esfuerzos más diligentes por mortificar los pecados contra los que se ha predicado, todo lo hecho no pasa de ser como batir a un enemigo en campo abierto y empujarlo a un castillo inexpugnable, contra el que no se puede prevalecer. ¿Tienes en algún momento a un pecador en desventaja a causa de algún pecado, sea cual sea? ¿Tienes algo de donde asirlo? Llévalo a su estado y condición, empújalo hasta la raíz, y trata allí con él. Apartar a los hombres de pecados particulares sin quebrantar su corazón es privarnos de las ventajas para tratar con ellos.
Y en esto la mortificación romana está gravemente en falta: empujan a ella a toda clase de personas, sin la menor consideración de si tienen o no un principio para ello. Más aún, tan lejos están de llamar a los hombres a creer para que puedan mortificar sus concupiscencias, que los llaman a la mortificación en lugar de creer. La verdad es que no saben ni qué es creer ni qué pretende la mortificación misma. La fe, para ellos, no es más que un asentimiento general a la doctrina que se enseña en su iglesia; y la mortificación, el que un hombre se obligue por voto a cierto modo de vida en el que se niega algo del uso de las cosas de este mundo, no sin una compensación considerable. Tales hombres no conocen las Escrituras ni el poder de Dios. Su jactancia de mortificación no es sino gloriarse en su vergüenza. Algunos casuistas entre nosotros que, pasando por alto la necesidad de la regeneración, dan abiertamente como dirección a toda clase de personas que se quejan de algún pecado o concupiscencia que hagan voto contra él, al menos por un tiempo, un mes o algo así, parecen tener una pizca de luz en el misterio del evangelio, muy parecida a la de Nicodemo cuando vino por primera vez a Cristo. Mandan a los hombres hacer voto de abstenerse de su pecado durante un tiempo. Esto suele hacer su concupiscencia más impetuosa. Quizá, con gran perplejidad, cumplen su palabra; quizá no, y eso aumenta su culpa y su tormento. ¿Queda con ello mortificado en algo su pecado? ¿Obtienen victoria sobre él? ¿Cambia su condición, aunque logren abandonarlo? ¿No siguen estando en hiel de amargura? ¿No es esto poner a los hombres a hacer ladrillos, si no sin paja, sí, lo que es peor, sin fuerzas? ¿Qué promesa tiene un hombre no regenerado que lo respalde en esta obra? ¿Qué ayuda para llevarla a cabo? ¿Puede matarse el pecado sin tener parte en la muerte de Cristo, o mortificarse sin el Espíritu? Si tales direcciones llegaran a cambiar la vida de los hombres, cosa que rara vez hacen, nunca alcanzan a cambiar su corazón ni su condición. Pueden hacer de los hombres justicieros de sí mismos o hipócritas, no cristianos. Me apena muchas veces ver a pobres almas que tienen celo por Dios y deseo de bienestar eterno, mantenidas por tales directores y direcciones bajo un culto y servicio a Dios duro, gravoso y exterior, con muchos esfuerzos vistosos por la mortificación, en una completa ignorancia de la justicia de Cristo y sin conocer a su Espíritu, todos sus días. Conozco demasiadas personas y cosas de esta clase. Si alguna vez Dios resplandece en sus corazones para darles el conocimiento de su gloria en la faz de su Hijo Jesucristo, verán la necedad de su camino presente.
Capítulo 8 completado
Reglas generales sin las cuales ninguna concupiscencia será mortificada