Capítulo 13 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
Medita en la excelencia de la majestad de Dios
La octava indicación: Medita en la excelencia de la majestad de Dios — Se propone y considera cuán poco le conocemos.
En octavo lugar, acostúmbrate y ejercítate en meditaciones tales que te llenen en todo tiempo de humillación de ti mismo y de pensamientos de tu propia vileza; como, por ejemplo, —
1. Medita mucho en la excelencia de la majestad de Dios y en la distancia infinita e inconcebible que hay entre él y tú. Pensar mucho en ello no puede sino llenarte de un sentido de tu propia vileza, y eso golpea hondo en la raíz de cualquier pecado que more en ti. Cuando Job llega a descubrir con claridad la grandeza y la excelencia de Dios, se llena de aborrecimiento de sí mismo y se ve impulsado a humillarse, Job 42:5, 6. ¿Y en qué estado afirma el profeta Habacuc haber quedado al percibir la majestad de Dios? cap. 3:16. «En Dios», dice Job, «hay una majestad terrible». De ahí el pensamiento de los antiguos de que, si veían a Dios, habían de morir. La Escritura abunda en esta consideración que abate al hombre, y compara a los moradores de la tierra con «langostas», con «vanidad», con el «polvo de la balanza», respecto de Dios. Ocúpate mucho en pensamientos de esta índole, para abatir el orgullo de tu corazón y mantener humilde tu alma dentro de ti. No hay nada que te haga menos propenso a dejarte engañar por los engaños del pecado que semejante disposición del corazón. Piensa en grande de la grandeza de Dios.
2. Piensa mucho en lo poco que le conoces. Aunque sabes lo bastante para mantenerte abatido y humilde, ¡qué pequeña parte es, sin embargo, lo que conoces de él! La contemplación de esto llevó a aquel sabio al concepto de sí mismo que expresa en Proverbios 30:2–4: «Ciertamente más rudo soy yo que ninguno, ni tengo entendimiento de hombre. Yo ni aprendí sabiduría, ni conozco la ciencia del Santo. ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?» Esfuérzate también con esto por abatir el orgullo de tu corazón. ¿Qué sabes tú de Dios? ¡Qué pequeña parte es! ¡Cuán inmenso es él en su naturaleza! ¿Puedes mirar sin terror al abismo de la eternidad? No puedes soportar los rayos de su ser glorioso.
Puesto que considero esta reflexión de gran utilidad para nuestro andar con Dios, en la medida en que sea compatible con aquella confianza filial que se nos da en Jesucristo para acercarnos al trono de la gracia, insistiré más en ella, a fin de dejar una impresión duradera de ella en las almas de quienes desean andar humildemente con Dios.
Considera, pues, digo, para mantener tu corazón en continuo temor reverente ante la majestad de Dios, que aun las personas de más alto y eminente logro, de comunión más cercana y familiar con Dios, conocen, sin embargo, en esta vida muy poco de él y de su gloria. Dios revela su nombre a Moisés —los atributos más gloriosos que ha manifestado en el pacto de gracia, Éxodo 34:5, 6—; y, con todo, no son más que las «espaldas» de Dios. Todo lo que Moisés llega a conocer por ello es poco y bajo, comparado con las perfecciones de su gloria. De ahí que, con particular referencia a Moisés, se diga: «A Dios nadie le vio jamás», Juan 1:18; de él habla en comparación con Cristo, versículo 17; y de él se dice aquí: «A Dios nadie», no, ni siquiera Moisés, el más eminente de todos ellos, «le vio jamás». Hablamos mucho de Dios, podemos conversar de él, de sus caminos, de sus obras, de sus consejos, todo el día; la verdad es que conocemos muy poco de él. Nuestros pensamientos, nuestras meditaciones, nuestras expresiones acerca de él son bajos, muchos de ellos indignos de su gloria, y ninguno alcanza sus perfecciones.
Dirás que Moisés estaba bajo la ley, cuando Dios se envolvía en tinieblas, y envolvía su mente en figuras, nubes y oscuras instituciones; — que bajo el glorioso resplandor del evangelio, que ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad, habiéndose revelado Dios desde su propio seno, ahora le conocemos mucho más claramente, y tal como es; que ahora vemos su rostro, y no solo sus espaldas, como las vio Moisés.
Resp. 1. Reconozco una diferencia enorme y casi inconcebible entre el conocimiento que ahora tenemos de Dios, después de que nos ha hablado por su propio Hijo, y el que tenía la generalidad de los santos bajo la ley; porque, aunque sus ojos eran tan buenos, agudos y claros como los nuestros, su fe y su entendimiento espiritual no iban a la zaga de los nuestros, y el objeto era tan glorioso para ellos como para nosotros, nuestro día es, no obstante, más claro que el suyo: las nubes se han disipado y dispersado, las sombras de la noche se han ido y han huido, el sol ha salido, y el medio de la visión se ha hecho más eminente y claro que antes. Con todo, —
2. Aquella visión particular que Moisés tuvo de Dios, Éxodo 34, fue una visión evangélica, una visión de Dios como «piadoso», etc., y, sin embargo, no se la llama más que sus «espaldas»; es decir, algo bajo y pobre en comparación con sus excelencias y perfecciones.
3. El apóstol, que ensalza al máximo esta gloria de la luz por encima de la de la ley, y muestra que ahora se ha quitado el «velo» que causaba oscuridad, de modo que, mirando «a cara descubierta», o sin velo, «la gloria del Señor», nos dice cómo: «como en un espejo», 2 Corintios 3:18. «Como en un espejo»: ¿cómo es eso? ¿Con claridad, perfectamente? ¡Ay, no! Él te dice cómo es, 1 Corintios 13:12: «Vemos por espejo, en oscuridad», dice. No es un telescopio, de esos que nos ayudan a ver las cosas lejanas, aquello de lo que habla el apóstol; y aun así, ¡qué pobres ayudas son! ¡cuán lejos quedamos de la verdad de las cosas a pesar de su auxilio! Es a un espejo a lo que alude (donde solo hay especies e imágenes oscuras de las cosas, y no las cosas mismas), y es a la visión que en él se tiene a lo que compara nuestro conocimiento. Te dice también que todo lo que vemos, δι’ ἐσόπτρου, «por» o «a través de este espejo», es en αἰνίγματι — en «enigma», en oscuridad y confusión. Y hablando de sí mismo, que sin duda veía con mucha más claridad que cualquiera de los que hoy viven, nos dice que veía solo ἐκ μέρους, — «en parte». No veía sino las espaldas de las cosas celestiales, versículo 12, y compara todo el conocimiento que había alcanzado de Dios con el que tenía de las cosas cuando era niño, versículo 11. Es un μέρος, que no llega a τὸ τέλειον· más aún, es tal que καταργηθήσεται , — «será destruido», o abolido. Sabemos qué nociones y percepciones tan débiles, endebles e inciertas tienen los niños de cualquier cosa de consideración algo abstrusa; cómo, cuando crecen con algún desarrollo de sus facultades y capacidades, esas concepciones se desvanecen y ellos se avergüenzan de ellas. Lo que se alaba en un niño es que ame, honre, crea y obedezca a su padre; pero en cuanto a su ciencia y sus nociones, su padre conoce su puerilidad y su necedad. A pesar de toda nuestra confianza en altos logros, todas nuestras nociones de Dios no son sino infantiles respecto de sus infinitas perfecciones. Balbuceamos y farfullamos, y decimos no sabemos qué, la mayor parte de las veces, en nuestras concepciones y nociones de Dios más precisas, según nos parece. Podemos amar, honrar, creer y obedecer a nuestro Padre; y con ello él acepta nuestros pensamientos infantiles, pues no son más que infantiles. No vemos sino sus espaldas; conocemos poco de él. De ahí aquella promesa con la que tantas veces somos sostenidos y consolados en nuestra aflicción: «Le veremos tal como él es»; le veremos «cara a cara»; «conoceremos como somos conocidos; alcanzaremos aquello para lo cual fuimos alcanzados», 1 Corintios 13:12, 1 Juan 3:2; y, en términos positivos: «Ahora no le vemos»; — todo lo cual concluye que aquí no vemos sino sus espaldas; no como él es, sino en una representación oscura y confusa; no en la perfección de su gloria.
La reina de Sabá había oído mucho de Salomón, y por ello se había formado en su mente grandes ideas de su magnificencia; pero cuando vino y vio su gloria, se vio obligada a confesar que no se le había contado ni la mitad de la verdad. Podemos suponer que aquí hemos alcanzado un gran conocimiento, pensamientos claros y elevados de Dios; pero, ¡ay!, cuando él nos lleve a su presencia, exclamaremos: «Nunca le conocimos como él es; la milésima parte de su gloria, de su perfección y de su bienaventuranza jamás entró en nuestro corazón».
El apóstol nos dice, 1 Juan 3:2, que no sabemos lo que nosotros mismos hemos de ser, — lo que hallaremos que somos al final; mucho menos entrará en nuestro corazón concebir lo que Dios es, y lo que hallaremos que él es. Considera, o bien a aquel que ha de ser conocido, o bien el camino por el cual le conocemos, y esto se verá aún más claramente:—
(1.) Conocemos tan poco de Dios porque es Dios quien ha de ser así conocido, — es decir, aquel que se nos ha descrito en gran medida por esto: que no podemos conocerle. ¿Qué otra cosa quiere decir cuando se llama a sí mismo invisible, incomprensible y cosas semejantes? — es decir, aquel a quien no conocemos ni podemos conocer tal como es. Y nuestro mayor avance consiste más en saber lo que él no es que en saber lo que es. Así se le describe como inmortal, infinito; es decir, él no es, como nosotros, mortal, finito y limitado. De ahí aquella gloriosa descripción de él en 1 Timoteo 6:16: «Quien solo tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver». Su luz es tal que ninguna criatura puede acercarse a ella. No se le ve, no porque no pueda ser visto, sino porque nosotros no podemos soportar su vista. La luz de Dios, en quien no hay ningunas tinieblas, impide todo acceso a él a cualquier criatura, sea cual sea. Nosotros, que no podemos contemplar el sol en su gloria, somos demasiado débiles para soportar los rayos de un resplandor infinito. Por esta consideración, como se dijo, el sabio confiesa ser «más rudo que ninguno, y no tener entendimiento de hombre», Proverbios 30:2; es decir, no sabía nada en comparación con Dios; de modo que parecía haber perdido todo su entendimiento en cuanto se ponía a considerarle a él, su obra y sus caminos.
Desciendan nuestras almas, en esta consideración, a algunos particulares:—
[1.] En cuanto al ser de Dios: estamos tan lejos de conocerlo, de modo que podamos instruirnos unos a otros en ello mediante palabras y expresiones, que formarnos en la mente alguna concepción de él, con las especies e impresiones de las cosas por las que recibimos el conocimiento de todo lo demás, equivale a hacernos un ídolo, y así adorar a un dios de nuestra propia hechura, y no al Dios que nos hizo. Con igual derecho y legitimidad podríamos tallarlo en madera o en piedra que formarle en nuestra mente un ser ajustado a nuestras percepciones. Lo más alto de nuestros mejores pensamientos acerca del ser de Dios es que no podemos tener pensamientos de él. Bajo es nuestro conocimiento de un ser cuando no se eleva más que a saber que no lo conocemos.
[2.] Hay algunas cosas de Dios de las que él mismo nos ha enseñado a hablar, y nos ha enseñado a regular nuestras expresiones acerca de ellas; pero, cuando lo hemos hecho, no vemos las cosas mismas; no las conocemos. Creer y admirar es todo lo que alcanzamos. Profesamos, como se nos ha enseñado, que Dios es infinito, omnipotente, eterno; y sabemos qué disputas y nociones hay acerca de la omnipresencia, la inmensidad, la infinitud y la eternidad. Tenemos, digo, palabras y nociones acerca de estas cosas; pero en cuanto a las cosas mismas, ¿qué sabemos? ¿qué comprendemos de ellas? ¿Puede la mente del hombre hacer otra cosa que sumergirse en un abismo infinito, que es como nada; entregarse a lo que no puede concebir, y mucho menos expresar? ¿No es nuestro entendimiento «rudo» en la contemplación de tales cosas, y como si no existiera? Más aún, la perfección de nuestro entendimiento consiste en no entender, y descansar en ello. No son sino las espaldas de la eternidad y de la infinitud lo que alcanzamos a vislumbrar. ¿Qué diré de la Trinidad, o de la subsistencia de personas distintas en la misma esencia individual, — un misterio negado por muchos porque nadie lo entiende, — un misterio en el que cada letra es misteriosa? ¿Quién puede declarar la generación del Hijo, la procesión del Espíritu, o la diferencia del uno respecto del otro? Pero no me detendré más en particulares. Esa distancia infinita e inconcebible que hay entre él y nosotros nos mantiene a oscuras en cuanto a toda visión de su rostro o percepción clara de sus perfecciones.
Le conocemos más por lo que hace que por lo que es, — más por el bien que nos hace que por su bondad esencial; ¡y cuán pequeña parte de él, como dice Job, se descubre por este medio!
(2.) Conocemos poco de Dios porque es solo por la fe como aquí le conocemos. No trataré ahora de las impresiones que, por naturaleza, aún quedan en el corazón de todos los hombres de que hay un Dios, ni de lo que razonablemente puedan aprender acerca de ese Dios por las obras de su creación y providencia, que ven y contemplan. Es, según se reconoce, y por la triste experiencia de todas las edades, algo tan débil, bajo, oscuro y confuso, que nadie, por ese medio, glorificó jamás a Dios como debía, sino que, a pesar de todo su conocimiento de Dios, estaban en verdad «sin Dios en el mundo».
El principal y, en el fondo, casi el único conocimiento que tenemos de Dios y de sus manifestaciones de sí mismo es por la fe. «Es menester que el que a Dios se allega crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan», Hebreos 11:6. Nuestro conocimiento de él y de su galardón (el fundamento de nuestra obediencia o de nuestro acercarnos a él) es creer. «Porque por fe andamos, no por vista», 2 Corintios 5:7; — Διὰ πίστεως οὐ διὰ εἴδους· por fe, y de tal modo por fe que no tenemos ninguna idea, imagen o especie expresa de aquello que creemos. La fe es toda la prueba que tenemos de «las cosas que no se ven», Hebreos 11:1. Podría insistir aquí en su naturaleza, y mostrar, por todo lo que la acompaña y le atañe, que no conocemos sino las espaldas de lo que conocemos solo por la fe. En cuanto a su origen, se edifica puramente sobre el testimonio de aquel a quien no hemos visto; como dice el apóstol: «¿Cómo podéis amar a aquel a quien no habéis visto?» — es decir, a aquel de quien no sabéis que existe sino por la fe. La fe lo recibe todo sobre el testimonio de él, de quien recibe que existe solo por su propio testimonio. En cuanto a su naturaleza, es un asentimiento fundado en un testimonio, no una evidencia fundada en una demostración; y su objeto, como se dijo antes, está por encima de nosotros. De ahí que nuestra fe, como se observó anteriormente, se llame un «ver por espejo, en oscuridad». Todo lo que conocemos por este camino (y todo lo que conocemos de Dios lo conocemos por este camino) no es sino bajo, oscuro y confuso.
Pero dirás: «Todo esto es verdad, pero quizá solo lo es para quienes no conocen a Dios tal como se ha revelado en Jesucristo; con los que así le conocen es de otro modo. Es verdad que “a Dios nadie le vio jamás”, pero “el unigénito Hijo, él le declaró”, Juan 1:18; y “el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al que es verdadero”, 1 Juan 5:20. La iluminación del “evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” resplandece sobre los creyentes, 2 Corintios 4:4; más aún, “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandece en sus corazones, para darles el conocimiento de su gloria en la faz de su Hijo”, versículo 6. De modo que, “aunque éramos tinieblas”, ahora somos “luz en el Señor”, Efesios 5:8. Y el apóstol dice: “Nosotros todos, mirando a cara descubierta la gloria del Señor”, 2 Corintios 3:18; y ahora estamos tan lejos de hallarnos en tales tinieblas, o a tal distancia de Dios, que “nuestra comunión es con el Padre, y con su Hijo”, 1 Juan 1:3. La luz del evangelio por la que ahora Dios se revela es gloriosa; no una estrella, sino el sol en su hermosura ha salido sobre nosotros, y el velo ha sido quitado de nuestro rostro. De modo que, aunque los incrédulos, y quizá también algunos creyentes débiles, estén en cierta oscuridad, los que tienen algún crecimiento o logros considerables tienen una visión y contemplación claras del rostro de Dios en Jesucristo».
A lo cual respondo, —
[1.] La verdad es que todos nosotros conocemos de él lo suficiente para amarle más de lo que le amamos, para deleitarnos en él y servirle, creerle, obedecerle y poner en él nuestra confianza, por encima de todo lo que hasta ahora hemos alcanzado. Nuestra oscuridad y debilidad no son excusa para nuestra negligencia y desobediencia. ¿Quién ha andado a la altura del conocimiento que ha tenido de las perfecciones, excelencias y voluntad de Dios? El fin de Dios al darnos aquí algún conocimiento de sí mismo es que le «glorifiquemos como a Dios»; es decir, que le amemos, le sirvamos, le creamos y le obedezcamos, — que le demos toda la honra y la gloria que unas pobres criaturas pecadoras deben a un Dios y Creador que perdona el pecado. Todos debemos reconocer que nunca fuimos transformados por completo a la imagen del conocimiento que hemos tenido. Y si hubiéramos usado bien nuestros talentos, se nos habría confiado más.
[2.] Comparativamente, el conocimiento que tenemos de Dios por la revelación de Jesucristo en el evangelio es sumamente eminente y glorioso. Lo es en comparación con cualquier conocimiento de Dios que pudiera alcanzarse de otro modo, o que se entregó en la ley bajo el Antiguo Testamento, la cual tenía solo la sombra de los bienes, no la imagen misma de ellos; esto lo desarrolla extensamente el apóstol en 2 Corintios 3. Cristo, en estos postreros días, ha revelado al Padre desde su propio seno, ha declarado su nombre, ha dado a conocer su mente, su voluntad y su consejo de un modo mucho más claro, eminente y distinto que antes, mientras mantenía a su pueblo bajo la pedagogía de la ley; y esto es lo que, en su mayor parte, se quiere decir en los pasajes antes mencionados. La entrega y declaración clara y nítida de Dios y de su voluntad en el evangelio se exalta expresamente en comparación con cualquier otro modo en que él se haya revelado.
[3.] La diferencia entre creyentes e incrédulos en cuanto al conocimiento no está tanto en la materia de su conocimiento como en el modo de conocer. Algunos incrédulos pueden saber más, y ser capaces de decir más de Dios, de sus perfecciones y de su voluntad, que muchos creyentes; pero no saben nada como deben, nada de la manera debida, nada espiritual y salvíficamente, nada con una luz santa y celestial. La excelencia de un creyente no está en que tenga una amplia comprensión de las cosas, sino en que lo que comprende, que quizá sea muy poco, lo ve a la luz del Espíritu de Dios, en una luz salvadora que transforma el alma; y esto es lo que nos da comunión con Dios, y no los pensamientos indiscretos ni las nociones elaboradas con curiosidad.
[4.] Jesucristo, por su palabra y su Espíritu, revela al corazón de todos los suyos a Dios como Padre, como Dios en pacto, como galardonador, de un modo en todo suficiente para enseñarnos a obedecerle aquí, y para llevarnos a su seno, a reposar allí en el goce de él por la eternidad. Pero aun así, ahora,
[5.] A pesar de todo esto, no es sino una pequeña parte lo que conocemos de él; no vemos sino sus espaldas. Porque, —
1º. El propósito de toda la revelación del evangelio no es desvelar la gloria esencial de Dios, para que le veamos tal como es, sino solamente declarar de él tanto cuanto él sabe que es suficiente para ser fundamento de nuestra fe, amor, obediencia y acercamiento a él, — es decir, de la fe que aquí espera de nosotros; servicios tales como convienen a pobres criaturas en medio de las tentaciones. Pero cuando nos llame a una admiración y contemplación eternas, sin interrupción, hará un nuevo modo de manifestarse a sí mismo, y toda la forma de las cosas, tal como ahora se halla delante de nosotros, pasará como una sombra.
2º. Somos torpes y tardos de corazón para recibir las cosas que están reveladas en la palabra; Dios, por nuestra flaqueza y debilidad, nos mantiene en continua dependencia de él para recibir enseñanzas y revelaciones de sí mismo a partir de su palabra, y nunca lleva en este mundo a alma alguna hasta lo sumo de lo que de la palabra ha de sacarse y descubrirse; de modo que, aunque el camino de la revelación en el evangelio sea claro y evidente, conocemos poco de las cosas mismas que se revelan.
Recuperemos, pues, el uso y el propósito de esta consideración: ¿No llenará al alma una debida percepción de esta grandeza inconcebible de Dios, y de la distancia infinita en que nos hallamos respecto de él, de un temor santo y reverente hacia él, de modo que la mantenga en una disposición contraria al medro o florecimiento de cualquier concupiscencia? Acostúmbrese el alma continuamente a pensamientos reverentes de la grandeza y omnipresencia de Dios, y estará muy alerta frente a cualquier conducta indebida. Considera a aquel con quien tienes que ver, — «nuestro Dios es fuego consumidor»; y en tu mayor turbación ante su presencia y su mirada, sabe que tu misma naturaleza es demasiado estrecha para soportar percepciones adecuadas a su gloria esencial.
Capítulo 13 completado
Medita en la excelencia de la majestad de Dios