Capítulo 14 · 21 min de lectura · 28 min de escucha
Cuando el pecado inquieta el corazón, no le hables paz hasta que Dios la hable
La novena indicación: Cuando el pecado inquieta el corazón, no le hables paz hasta que Dios la hable — La paz sin aborrecimiento del pecado no es sana; tampoco lo es la paz que nos medimos a nosotros mismos — Cómo podemos saber cuándo nos medimos la paz a nosotros mismos — Indicaciones sobre esa cuestión — La vanidad de hablar paz a la ligera; y también la de hacerlo por un solo motivo, y no de manera universal.
En noveno lugar, en caso de que Dios inquiete el corazón acerca de la culpa de sus dolencias, ya sea respecto de su raíz y de su morar en él, ya respecto de cualquiera de sus erupciones, guárdate de hablarte paz a ti mismo antes de que Dios la hable; antes bien, escucha lo que él dice a tu alma. Esta es nuestra siguiente indicación, sin cuya observancia el corazón quedará sumamente expuesto al engaño del pecado.
Este es un asunto de gran importancia. Es cosa triste que un hombre engañe en esto a su propia alma. Todas las advertencias que Dios nos da, por ternura hacia nuestras almas, para que nos probemos y examinemos a nosotros mismos, tienden a prevenir este gran mal de hablarnos paz a nosotros mismos sin fundamento; lo cual, a fin de cuentas, es bendecirnos a nosotros mismos en oposición a Dios. No es mi tarea insistir en el peligro de ello, sino ayudar a los creyentes a prevenirlo, y hacerles saber cuándo lo hacen.
Para aplicar debidamente esta indicación, observa, —
1. Que así como es gran prerrogativa y soberanía de Dios dar gracia a quien le place («Del que quiere tiene misericordia», Romanos 9:18; y de entre todos los hijos de los hombres llama a quien quiere, y santifica a quien quiere), así también, entre los así llamados y justificados, y a quienes él quiere salvar, se reserva todavía este privilegio: hablar paz a quien le place, y en el grado que le place, aun entre aquellos a quienes ha concedido la gracia. Él es el «Dios de toda consolación», de manera especial en su trato con los creyentes; es decir, de los bienes que guarda bajo llave en su familia, y que reparte de ella a todos sus hijos a su voluntad. En esto insiste el Señor en Isaías 57:16–18. Es el caso que estamos considerando el que allí se trata. Cuando Dios dice que sanará sus quebrantos y desconsuelos, se atribuye este privilegio de manera especial: «Yo lo creo», versículo 19; — «Aun respecto de estas pobres criaturas heridas, yo lo creo, y conforme a mi soberanía lo dispenso como me place».
De ahí que, así como sucede con la concesión de la gracia respecto de los que están en estado de naturaleza, — Dios lo hace con gran esmero, y su proceder en ello, al tomar y dejar, va muchas veces, en cuanto a las apariencias externas, enteramente al margen de toda expectativa probable, y aun en contra de ella; así sucede en sus comunicaciones de paz y gozo respecto de los que están en estado de gracia, — muchas veces las reparte enteramente al margen de lo que esperábamos, en cuanto a cualquier fundamento aparente de sus dispensaciones.
2. Así como Dios la crea para quien le place, así es prerrogativa de Cristo hablarla eficazmente a la conciencia. Hablando a la iglesia de Laodicea, que había curado falsamente sus heridas y se había hablado paz a sí misma cuando no debía, toma para sí este título: «Yo soy el Amén, el testigo fiel», Apocalipsis 3:14. Él da testimonio de nuestra condición tal como es en verdad. Nosotros quizá nos equivoquemos, y nos turbemos en vano, o nos lisonjeemos sobre fundamentos falsos; pero él es «el Amén, el testigo fiel»; y lo que él dice de nuestro estado y condición, eso es en verdad. En Isaías 11:3 se dice que él «no juzgará según la vista de sus ojos», — no según una apariencia externa, ni según cosa alguna que pueda estar sujeta a error, como nosotros solemos hacer; sino que juzgará y decidirá cada causa tal como es en verdad.
Ten presentes estas dos observaciones previas, y daré algunas reglas por las que los hombres pueden saber si es Dios quien les habla paz, o si solo se hablan paz a sí mismos:—
1. Ciertamente los hombres se hablan paz a sí mismos cuando al hacerlo no les acompaña el mayor aborrecimiento imaginable de aquel pecado respecto del cual se hablan paz, ni la abominación de sí mismos por causa de él. Cuando los hombres, heridos por el pecado, inquietos y perplejos, y sabiendo que no hay remedio para ellos sino únicamente en las misericordias de Dios, por la sangre de Cristo, miran por tanto a él, y a las promesas del pacto en él, y con ello aquietan su corazón diciéndose que les irá bien, y que Dios será ensalzado para tener piedad de ellos, y, sin embargo, sus almas no son llevadas al mayor aborrecimiento del pecado o pecados por cuya causa están inquietos, — esto es curarse a sí mismos, y no ser curados por Dios. Esto no es más que un viento grande y fuerte, al que el Señor está cercano, pero el Señor no está en el viento. Cuando los hombres verdaderamente «miran a Cristo, a quien traspasaron», sin lo cual no hay curación ni paz, «harán llanto», Zacarías 12:10; harán llanto por él, aun por esta causa, y aborrecerán el pecado que lo traspasó. Cuando vamos a Cristo en busca de curación, la fe lo mira de modo particular como traspasado. La fe contempla a Cristo de diversas maneras, según las ocasiones que tiene de acudir a él y de tener comunión con él. Unas veces contempla su santidad, otras su poder, otras su amor, [otras] su favor ante su Padre. Y cuando va en busca de curación y de paz, mira especialmente la sangre del pacto, sus padecimientos; porque «por su llaga fuimos nosotros curados, y el castigo de nuestra paz fue sobre él», Isaías 53:5. Cuando buscamos curación, hemos de fijar los ojos en sus llagas, — no en la historia exterior de ellas, que es el camino de los devotos papistas, sino en el amor, la bondad, el misterio y el designio de la cruz; y cuando buscamos paz, sus castigos han de estar delante de nuestros ojos. Ahora bien, esto, digo, si se hace conforme a la mente de Dios, y en la fuerza de aquel Espíritu que es derramado sobre los creyentes, engendrará un aborrecimiento de aquel pecado o pecados por los cuales se busca curación y paz. Así en Ezequiel 16:60, 61: «No obstante, yo me acordaré de mi pacto contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo un pacto eterno». ¿Y qué entonces? «Entonces te acordarás de tus caminos, y te avergonzarás». Cuando Dios viene a hablar eficazmente la paz en un pacto seguro de ella, llena el alma de vergüenza por todos los caminos por los que se ha alejado de él. Y una de las cosas que el apóstol menciona como compañeras de aquella tristeza según Dios que va unida al arrepentimiento para salvación, del cual no hay que arrepentirse, es la vindicación: «¡Y qué vindicación!», 2 Corintios 7:11. Ellos miraban sus extravíos con indignación y vindicación, por la necedad que habían cometido en ellos. Cuando Job llega a una curación completa, exclama: «Ahora me aborrezco», Job 42:6; y hasta que lo hizo, no tuvo paz duradera. Quizá podría haberse recompuesto con aquella doctrina de la gracia gratuita tan excelentemente predicada por Eliú, capítulo 33, desde el versículo 14 hasta el 30; pero entonces no habría hecho más que cerrar en falso sus heridas: tiene que llegar al aborrecimiento de sí mismo si ha de llegar a la curación. Así sucedió con aquellos del Salmo 78:33–35, en su gran angustia y perplejidad, por causa del pecado. No dudo que, al acudir a Dios en Cristo (pues que así lo hicieron es evidente por los títulos que le dieron; le llaman su Roca y su Redentor, dos palabras que en todas partes señalan al Señor Cristo), se hablaron paz a sí mismos; pero ¿fue sana y duradera? No; pasó como el rocío de la mañana. Dios no habla una sola palabra de paz a sus almas. Pero ¿por qué no tuvieron paz? Pues porque al acudir a Dios lo lisonjearon. Pero ¿cómo se ve eso? Versículo 37: «Su corazón no era recto con él, ni estuvieron firmes»; no tenían aborrecimiento ni abandono de aquel pecado respecto del cual se hablaban paz. Haga un hombre la gestión que quiera en busca de curación y de paz; hágala ante el verdadero Médico, hágala por el camino correcto, aquiete su corazón en las promesas del pacto; con todo, cuando se habla la paz, si no la acompaña el aborrecimiento y la abominación de aquel pecado que fue la herida y causó la inquietud, esta no es una paz creada por Dios, sino adquirida por nosotros mismos. No es más que cubrir de piel la herida, mientras la podre queda en el fondo, y esta se pudrirá, se corromperá y lo corroerá todo, hasta reventar de nuevo con hedor, tormento y peligro. Que las pobres almas que andan por una senda como esta, que sienten más la molestia del pecado que la contaminación de la inmundicia que lo acompaña; que acuden en busca de misericordia, sí, que acuden al Señor en Cristo en busca de misericordia, pero aun así quieren guardar el dulce bocado de su pecado debajo de la lengua; — que estas, digo, nunca piensen tener una paz verdadera y sólida. Por ejemplo, hallas que tu corazón se va tras el mundo, y eso te perturba en tu comunión con Dios; el Espíritu te dice expresamente: «El que ama al mundo, el amor del Padre no está en él». Esto te lleva a tratar con Dios en Cristo para la curación de tu alma y el sosiego de tu conciencia; pero, aun así, no permanece en ti un aborrecimiento completo del mal mismo; más aún, quizá este te agrada bastante, y solo te pesa por sus consecuencias. Quizá seas salvo, aunque así como por fuego, y Dios tendrá algún trabajo contigo antes de acabar; pero tendrás poca paz en esta vida, — estarás enfermo y desfallecido todos tus días, Isaías 57:17. Este es un engaño que yace en la raíz de la paz de muchos que profesan la fe, y la consume. Tratan con todas sus fuerzas acerca de la misericordia y el perdón, y parecen tener gran comunión con Dios al hacerlo; se postran delante de él, lamentan sus pecados y necedades, de tal modo que cualquiera pensaría, y aun ellos mismos lo piensan, que sin duda ellos y sus pecados ya se han separado; y así reciben una misericordia que satisface su corazón por un breve tiempo. Pero cuando llega a hacerse un examen a fondo, resulta que ha habido alguna reserva secreta en favor de la necedad o necedades de que se trataba, — o al menos no ha habido aquel aborrecimiento completo de ella que es necesario; y toda su paz pronto se revela débil y podrida, y apenas dura más que las palabras con que la suplicaban mientras están en su boca.
2. Cuando los hombres se miden la paz a sí mismos según las conclusiones a que les llevan sus convicciones y principios racionales, esta es una paz falsa, y no durará. Explicaré un poco lo que quiero decir con esto. Un hombre ha recibido una herida por el pecado; tiene en su conciencia la convicción de algún pecado; no ha andado rectamente como conviene al evangelio; no todo está bien y en orden entre Dios y su alma. Considera ahora lo que ha de hacerse. Luz tiene, y sabe qué senda debe tomar, y cómo fue curada su alma en otro tiempo. Considerando que las promesas de Dios son el medio externo de aplicación para la curación de sus llagas y el sosiego de su corazón, acude a ellas, las escudriña, encuentra una o más cuyas expresiones literales se ajustan directamente a su condición. Se dice a sí mismo: «Dios habla en esta promesa; aquí tomaré para mí un emplasto tan largo y ancho como mi herida»; y así aplica la palabra de la promesa a su condición, y se asienta en paz. Esta es otra aparición sobre el monte; el Señor está cercano, pero el Señor no está en ella. No ha sido obra del Espíritu, el único que puede «convencernos de pecado, de justicia y de juicio», sino la mera actividad del alma inteligente y racional. Así como hay tres clases de vida, decimos, — la vegetativa, la sensitiva y la racional o inteligente, — algunas cosas tienen solo la vegetativa; otras tienen también la sensitiva, y esta incluye la primera; otras tienen la racional, que abarca y supone las otras dos. Ahora bien, el que tiene la racional no solo obra conforme a ese principio, sino también conforme a los otros dos, — crece y siente. Así sucede con los hombres en las cosas de Dios. Algunos son meros hombres naturales y racionales; otros tienen además una convicción con iluminación; y otros están verdaderamente regenerados. Ahora bien, el que tiene lo último tiene también las dos primeras cosas; y por eso obra unas veces según los principios del hombre racional, otras según los principios del hombre iluminado. Su verdadera vida espiritual no es el principio de todos sus movimientos; no siempre obra en la fuerza de ella, ni todos sus frutos proceden de esa raíz. En este caso del que hablo, obra meramente según el principio de la convicción y la iluminación, por el cual se elevan sus facultades naturales primeras; pero el Espíritu no sopla en absoluto sobre todas estas aguas. Tomemos un ejemplo: supongamos que la herida y la inquietud del alma se deben a recaídas, — y, sea cual sea el mal o la necedad, aunque en cuanto a su materia sea muy pequeña, no hay heridas más profundas que las que se infligen al alma por ese motivo, ni inquietudes mayores; — en la turbación de su mente, encuentra aquella promesa de Isaías 55:7: «El Señor tendrá misericordia, y el Dios nuestro será amplio en perdonar», — multiplicará o añadirá perdón, lo hará una y otra vez; o aquella de Oseas 14:4: «Yo sanaré su rebelión; los amaré de pura gracia». El hombre considera esto, y con ello concluye paz para sí mismo; si el Espíritu de Dios hace la aplicación o no, si da vida y poder a la letra o no, eso no lo tiene en cuenta. No escucha si Dios el Señor habla paz. No espera en Dios, que quizá todavía esconde su rostro, y ve a la pobre criatura robando la paz y huyendo con ella, sabiendo que llegará el tiempo en que volverá a tratar con él, y lo llamará a una nueva rendición de cuentas; cuando verá que es en vano dar un solo paso adonde Dios no lo lleva de la mano.
Veo aquí, ciertamente, otras diversas preguntas que de esto surgen y se interponen. No puedo ocuparme de todas: hablaré un poco de una.
Puede decirse, entonces: «Puesto que esta parece ser la senda por la que el Espíritu Santo nos guía para la curación de nuestras heridas y el sosiego de nuestro corazón, ¿cómo sabremos cuándo vamos solos, y cuándo nos acompaña también el Espíritu?»
Resp. (1.) Si alguno de vosotros anda descarriado en esto, Dios os lo hará saber prontamente; porque, además de que tenéis su promesa: «Encaminará a los mansos por el juicio, y enseñará a los mansos su camino», Salmo 25:9, no os dejará errar siempre. No permitirá, digo, que vuestra desnudez sea cubierta con hojas de higuera, sino que las quitará, y con ellas toda la paz que tenéis en ellas, y no os dejará reposar sobre tales heces. Pronto sabréis que vuestra herida no está curada; es decir, por el resultado sabréis pronto si es así o no con vosotros. La paz que de este modo os procuráis y obtenéis no durará. Mientras la mente está dominada por sus propias convicciones, no hay asidero donde puedan prenderse las inquietudes. Esperad un poco, y todos estos razonamientos se enfriarán y se desvanecerán ante la primera tentación que surja. Pero, —
(2.) Este camino se toma comúnmente sin esperar; y la espera es la gracia, y aquel ejercicio peculiar de la fe, que Dios demanda que se practique en tal condición. Sé que Dios a veces viene sobre el alma al instante, en un momento, por así decirlo, hiriéndola y curándola, — como estoy persuadido de que sucedió en el caso de David, cuando cortó la orla del manto de Saúl; pero ordinariamente, en tal caso, Dios demanda espera y esfuerzo, aguardando como los ojos del siervo a su señor. Dice el profeta Isaías, capítulo 8:17: «Esperaré, pues, al Señor, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob». Dios quiere que sus hijos estén echados un tiempo a su puerta cuando han huido de su casa, y que no irrumpan al instante en su presencia; a menos que él los tome de la mano y los haga entrar, cuando están tan avergonzados que no se atreven a acudir a él. Ahora bien, los que se curan a sí mismos, o los hombres que se hablan paz a sí mismos, comúnmente se apresuran; no quieren detenerse; no escuchan lo que Dios habla, sino que siguen adelante para ser curados.
(3.) Tal camino, aunque pueda aquietar la conciencia y la mente, la parte racional del alma que saca conclusiones, no endulza el corazón con descanso y con un contentamiento lleno de gracia. La respuesta que recibe se parece mucho a la que Eliseo dio a Naamán: «Vete en paz»; le aquietó la mente, pero dudo mucho que le endulzara el corazón, o le diera gozo alguno en creer, fuera del gozo natural que entonces se despertó en él por su curación. «¿Mis palabras no hacen bien?», dice el Señor, Miqueas 2:7. Cuando Dios habla, no solo hay verdad en sus palabras, que pueda responder a la convicción de nuestro entendimiento, sino que además hacen bien; traen lo que es dulce, bueno y deseable a la voluntad y a los afectos; por ellas «el alma vuelve a su reposo», Salmo 116:7.
(4.) Lo que es peor de todo, no enmienda la vida, no cura el mal, no sana la dolencia. Cuando Dios habla paz, guía y guarda al alma para que «no se convierta a la locura». Cuando la hablamos nosotros mismos, el corazón no queda apartado del mal; más aún, es el camino más seguro del mundo para meter a un alma en el oficio de la reincidencia. Si, después de ponerte tu propio emplasto, te hallas más animado a volver a la batalla que enteramente destetado de ella, es demasiado evidente que has estado trabajando con tu propia alma, pero Jesucristo y su Espíritu no estaban allí. Más aún, muchas veces la naturaleza, habiendo hecho su obra, vendrá antes de pocos días a reclamar su recompensa; y, habiendo sido activa en la obra de curación, estará pronta a argumentar en favor de una nueva herida. Cuando Dios habla paz, viene con ella tanta dulzura, y tal manifestación de su amor, que es una fuerte obligación para el alma de no obrar ya más perversamente.
3. Nos hablamos paz a nosotros mismos cuando lo hacemos a la ligera. De esto se queja el profeta respecto de algunos maestros, Jeremías 6:14: «Curaron la herida de la hija de mi pueblo con liviandad». Y así sucede con algunas personas: hacen de la curación de sus heridas una obra ligera; una mirada, un vistazo de fe a las promesas lo resuelve, y así queda zanjado el asunto. El apóstol nos dice que a algunos «no les aprovechó la palabra», porque «no iba mezclada con fe», Hebreos 4:2, — μὴ συγκεκραμένος· «no estaba bien templada» y mezclada con la fe. No basta una mera mirada a la palabra de misericordia en la promesa, sino que ha de mezclarse con la fe hasta incorporarse a su misma naturaleza; y entonces, en verdad, hace bien al alma. Si has tenido una herida en la conciencia, acompañada de debilidad e inquietud, de la que ahora estás libre, ¿cómo llegaste a ello? «Miré a las promesas de perdón y de curación, y así hallé paz». Sí, pero quizá te apresuraste demasiado, lo hiciste superficialmente, no te alimentaste de la promesa de modo que la mezclaras con fe y toda su virtud se difundiera en tu alma; solo lo hiciste a la ligera. Hallarás que tu herida, antes de mucho, vuelve a reventar; y sabrás que no estás curado.
4. Todo el que se habla paz a sí mismo por un motivo cualquiera, y al mismo tiempo tiene sobre su espíritu otro mal de no menor importancia, acerca del cual no ha tratado con Dios, ese hombre clama «Paz» cuando no la hay. Para explicar un poco lo que quiero decir: un hombre ha descuidado un deber una y otra vez, quizá, cuando en toda justicia le correspondía cumplirlo; su conciencia está perpleja, su alma herida, no tiene reposo en sus huesos a causa de su pecado; acude en busca de curación, y halla paz. Sin embargo, entretanto, quizá la mundanalidad, o el orgullo, o alguna otra necedad, con la que el Espíritu de Dios se contrista en gran manera, yace en el seno de ese hombre, y ni ellas le perturban a él ni él a ellas. No piense ese hombre que parte alguna de su paz procede de Dios. Entonces les irá bien a los hombres, cuando tengan igual respeto a todos los mandamientos de Dios. Dios nos justificará de nuestros pecados, pero no justificará el menor pecado en nosotros: «Él es un Dios demasiado limpio de ojos para ver la iniquidad».
5. Cuando los hombres se hablan paz a la conciencia por sí mismos, rara vez Dios habla humillación a su alma. La paz de Dios es una paz que humilla, una paz que derrite, como sucedió en el caso de David; nunca hubo humillación tan profunda como cuando Natán le trajo la noticia de su perdón.
Pero dirás: «¿Cuándo podemos tomar como nuestro el consuelo de una promesa, respecto de alguna herida particular, para aquietar el corazón?»
Primero, en general, cuando Dios la habla, sea cuando sea, antes o después. Ya dije antes que puede hacerlo en el mismo instante del pecado, y con un poder tan irresistible que el alma no puede sino recibir en ello su mente; otras veces nos hará esperar más: pero cuando él habla, sea antes o después, sea cuando estamos pecando o arrepintiéndonos, sea cual sea la condición de nuestras almas, si Dios habla, hay que recibirlo. No hay nada en nuestra comunión con él, si así puedo decirlo, por lo que el Señor esté más molesto con nosotros que por nuestros temores incrédulos, que nos impiden recibir aquel fuerte consuelo que él está tan dispuesto a darnos.
Pero dirás: «Estamos donde estábamos. Cuando Dios la habla, debemos recibirla, eso es verdad; pero ¿cómo sabremos cuándo habla él?»
(1.) Ojalá todos pudiéramos llegar en la práctica a esto: a recibir la paz cuando estamos convencidos de que Dios la habla, y de que es nuestro deber recibirla. Pero, —
(2.) Hay, si así puedo decirlo, un instinto secreto en la fe, por el cual conoce la voz de Cristo cuando él habla de veras; así como la criatura saltó en el vientre cuando la bendita Virgen llegó a Elisabet, la fe salta en el corazón cuando Cristo de veras se acerca a él. «Mis ovejas», dice Cristo, «conocen mi voz», Juan 10:4; — «Conocen mi voz; están acostumbradas a su sonido»; y saben cuándo sus labios se abren para ellas y están llenos de gracia. La esposa estaba en una triste condición, Cantares 5:2, — dormida en su falsa seguridad; pero, aun así, en cuanto Cristo habla, exclama: «¡Es la voz de mi amado que habla!» Conocía su voz, y estaba tan familiarizada con la comunión con él, que al instante lo descubre; y así lo haréis también vosotros. Si os ejercitáis en el trato y la comunión con él, discerniréis fácilmente entre su voz y la voz de un extraño. Y llevad con vosotros este κριτήριον: cuando él habla, habla como nunca ha hablado hombre alguno; habla con poder, y de un modo u otro hará que «arda vuestro corazón dentro de vosotros», como hizo con los discípulos, Lucas 24. Lo hace «metiendo su mano por el agujero de la puerta», Cantares 5:4, — su Espíritu en vuestro corazón para apoderarse de vosotros.
El que tiene los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien o del mal, habiendo crecido en juicio y experiencia mediante una observación constante de los caminos del trato de Cristo, del modo en que obra el Espíritu y de los efectos que suele producir, es el mejor juez de sí mismo en este caso.
En segundo lugar, si la palabra del Señor hace bien a vuestras almas, es él quien la habla; si humilla, si limpia, y es útil para aquellos fines para los que se dan las promesas, — a saber, para hacernos amar a Dios, para limpiar, para derretir y atar a la obediencia, al vaciamiento de uno mismo, etc. Pero esto no es mi tarea; ni me desviaré más en el desarrollo de esta indicación. Si no se la observa, el pecado tendrá grandes ventajas para endurecer el corazón.
Capítulo 14 completado
Cuando el pecado inquieta el corazón, no le hables paz hasta que Dios la hable