Vida de Antonio
Sus primeros años de vida ascética

Capítulo 3 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Sus primeros años de vida ascética

3. Y entrando de nuevo en la iglesia, oyó al Señor decir en el Evangelio: «No os afanéis por el día de mañana», y ya no pudo quedarse, sino que salió y dio también aquellas cosas a los pobres. Encomendó a su hermana a unas vírgenes conocidas y fieles, y la puso en una casa de vírgenes para que la educaran; y desde entonces se dedicó a la ascesis fuera de su casa, velando sobre sí mismo y ejercitándose con paciencia. Porque todavía no había tantos monasterios en Egipto, y ningún monje conocía siquiera el desierto lejano, sino que todos los que querían velar sobre sí mismos practicaban la ascesis en soledad, cerca de su propia aldea. Había entonces en la aldea vecina un anciano que desde su juventud había llevado vida de ermitaño. Antonio, después de verlo, lo imitó en la piedad. Y al principio comenzó a permanecer en lugares fuera de la aldea; luego, si oía hablar de algún hombre bueno en cualquier parte, como la abeja prudente, salía a buscarlo, y no volvía a su propia morada hasta haberlo visto; y regresaba habiendo recibido del hombre bueno como provisiones para su viaje por el camino de la virtud. Morando, pues, allí al principio, afianzó su propósito de no volver a la casa de sus padres ni al recuerdo de sus parientes, sino de consagrar todo su deseo y su energía a perfeccionar su ascesis. Trabajaba, sin embargo, con sus manos, porque había oído: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma»; y parte de lo que ganaba lo gastaba en pan y parte lo daba a los necesitados. Y era constante en la oración, sabiendo que es necesario orar en secreto sin cesar. Porque había prestado tal atención a lo que se leía que ninguna de las cosas escritas se le caía en tierra, sino que lo recordaba todo, y más adelante su memoria le servía de libros.

4. Comportándose así, Antonio era amado por todos. Se sometía con sinceridad a los hombres buenos que visitaba, y aprendía a fondo en qué lo aventajaba cada uno en celo y en ascesis. Observaba la amabilidad de uno, la oración incesante de otro; advertía en uno la ausencia de ira y en otro la bondad; se fijaba en uno por sus vigilias, en otro por su estudio; admiraba a uno por su resistencia, a otro por sus ayunos y por dormir en el suelo; contemplaba con atención la mansedumbre de uno y la longanimidad de otro, mientras tomaba nota de la piedad hacia Cristo y del amor mutuo que animaba a todos. Lleno así de todo ello, volvía a su propio lugar de ascesis, y desde entonces procuraba reunir en sí las cualidades de cada uno y se esforzaba por mostrar en sí mismo las virtudes de todos. Con los de su misma edad no tenía rivalidad alguna, salvo esta sola: no quedar por detrás de ellos en las cosas más altas. Y lo hacía de tal modo que no hería los sentimientos de nadie, sino que hacía que todos se alegraran por él. Así, todos los de aquella aldea y los hombres buenos con quienes tenía trato, al ver que era un hombre de esta clase, solían llamarlo amado de Dios. Y unos lo acogían como a un hijo, otros como a un hermano.

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