La vida, experiencia y labores del evangelio ·Un Discurso a Quienes Tienen Esclavos

Capítulo 9 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Un Discurso a Quienes Tienen Esclavos

A quienes tienen esclavos, y aprueban esa práctica.

La parte juiciosa de la humanidad tendrá por irrazonable que se espere una conducta superior de nuestra raza por parte de quienes nos estigmatizan como hombres cuya bajeza es incurable, y a quienes, por tanto, se puede mantener en un estado de servidumbre al que un hombre misericordioso no condenaría ni a una bestia; y con todo, hacéis cuanto podéis por impedir que nos levantemos del estado de barbarie en que nos representáis. Pero podemos deciros, por cierto grado de experiencia, que un hombre negro, aunque reducido al estado más abyecto de que es capaz la naturaleza humana, a un paso de la verdadera locura, puede pensar, reflexionar y sentir los agravios, aunque quizá no con el mismo grado de agudo resentimiento y venganza que vosotros, que habéis sido y sois nuestros grandes opresores, manifestaríais si fueseis reducidos a la lamentable condición de esclavo. Creemos que, si hicieseis el experimento de tomar a unos pocos niños negros y cultivar sus mentes con el mismo cuidado, y dejarles la misma perspectiva de vida en el mundo que desearíais para vuestros propios hijos, hallaríais en la prueba que no eran inferiores en dotes mentales. No deseo enojaros, sino despertar la atención para que consideréis cuán aborrecible es la esclavitud a los ojos de aquel Dios que ha destruido a reyes y príncipes por su opresión de los pobres esclavos. Faraón y sus príncipes, con la posteridad del rey Saúl, fueron destruidos por el protector y vengador de los esclavos. ¿No supondríais que los israelitas eran del todo indignos de la libertad, y que les era imposible alcanzar grado alguno de excelencia? Su historia muestra cómo la esclavitud había envilecido sus espíritus. Los hombres han de estar voluntariamente ciegos, y ser en extremo parciales, para no ver los efectos contrarios de la libertad y de la esclavitud sobre la mente del hombre. Confieso en verdad que los viles hábitos adquiridos a menudo en el estado de servidumbre no se desechan con facilidad; el ejemplo de los israelitas lo muestra, quienes, con todo cuanto Moisés pudo hacer por apartarlos de ellos, persistieron más o menos en sus hábitos; ¿y por qué habréis de esperar de nosotros cosa mejor? ¿por qué buscáis uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Es en nuestra posteridad, gozando de los mismos privilegios

que la vuestra, donde debéis buscar cosas mejores.

Cuando se aboga ante vosotros, no respondáis como respondió Faraón: «¿Por qué vosotros, Moisés y Aarón, hacéis cesar al pueblo de su trabajo? He aquí el pueblo de la tierra es ahora mucho, y vosotros les hacéis descansar de sus cargas.» Deseamos que consideréis que Dios mismo fue el primer defensor de la causa de los esclavos.

Aquel Dios que conoce los corazones de todos los hombres, y la propensión del esclavo a aborrecer a su opresor, lo ha prohibido estrictamente a su pueblo escogido: «No aborrecerás al egipcio, porque forastero fuiste en su tierra.» Deut. 23. 7. El manso y humilde Jesús, el gran dechado de humanidad, y de toda otra virtud que puede adornar y dignificar a los hombres, ha mandado amar a nuestros enemigos, hacer bien a los que nos aborrecen y nos ultrajan. Yo siento estas obligaciones; deseo grabarlas en las mentes de nuestros hermanos de color, y que todos podamos perdonaros, como deseamos ser perdonados; tenemos por gran misericordia que toda ira y amargura sea removida de nuestras mentes. Apelo a vuestros propios sentimientos: ¿no es muy inquietante sentirse bajo el dominio de una disposición airada?

Si amáis a vuestros hijos, si amáis a vuestra patria, si amáis al Dios de amor, limpiad vuestras manos de los esclavos; no carguéis con ellos a vuestros hijos ni a vuestra patria. Mi corazón se ha dolido por la sangre derramada de los opresores tanto como de los oprimidos; ambos parecen culpables de la sangre el uno del otro, a los ojos de aquel que ha dicho: el que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.

¿Acaso, porque nos habéis reducido a la infeliz condición en que se halla nuestra raza, alegaréis nuestra incapacidad para la libertad, y nuestra condición contenta bajo la opresión, como causa suficiente para mantenernos bajo el penoso yugo? He mostrado la causa; mostraré también por qué parecen tan contentos como pueden a vuestra vista; pero las espantosas insurrecciones que han hecho cuando se ha ofrecido la ocasión bastan para convencer a un hombre razonable de que grande desasosiego, y no contento, es lo que habita en sus corazones. Dios mismo ha abogado por su causa; de tiempo en tiempo ha levantado instrumentos para ese fin, unas veces bajos y despreciables a vuestra vista, otras

veces se ha valido de tales como le ha placido, con quienes no habéis tenido por indigno de vuestra dignidad contender. Muchos han sido convencidos de su error, han condenado su conducta pasada, y se han vuelto celosos defensores de la causa de aquellos a quienes no permitís abogar por sí mismos.

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