Gracia abundante para el primero de los pecadores
Breve relato del encarcelamiento del autor

Capítulo 5 · 13 min de lectura · 17 min de escucha

Breve relato del encarcelamiento del autor

318. Después de haber hecho profesión del glorioso evangelio de Cristo durante largo tiempo, y de haberlo predicado unos cinco años, fui arrestado en una reunión de gente buena en el campo, entre la cual, si me hubieran dejado en paz, habría predicado aquel día; pero me sacaron de en medio de ellos y me llevaron ante un juez de paz; el cual, después de haber ofrecido yo fianza para comparecer en la siguiente sesión del tribunal, aun así me mandó a prisión, porque mis fiadores no quisieron consentir en obligarse a que yo no predicara más a la gente.

319. En la sesión del tribunal, después de haber sido acusado de promover y sostener asambleas y conventículos ilícitos, y de no conformarme al culto nacional de la Iglesia de Inglaterra, y tras algunas conversaciones allí con los jueces, estos, tomando mi franqueza con ellos por una confesión, como ellos la llamaron, de la acusación, me sentenciaron a destierro perpetuo, porque me negué a conformarme. Así, entregado de nuevo en manos de un carcelero, fui llevado de vuelta a la prisión, y en ella he permanecido ya doce años cumplidos, esperando ver lo que Dios permitiría a aquellos hombres hacer conmigo.

320. En esta condición he continuado con mucho contentamiento, por la gracia, aunque he experimentado muchas vueltas y revueltas en mi corazón, procedentes del Señor, de Satanás y de mi propia corrupción; por todo lo cual, ¡gloria sea a Jesucristo!, he recibido también, entre muchas cosas, mucha convicción, instrucción y entendimiento, de lo cual no hablaré aquí por extenso; solo te daré una o dos indicaciones, una palabra que pueda mover a los piadosos a bendecir a Dios y a orar por mí; y también a cobrar ánimo, si llegara a ser su propio caso, para no temer lo que el hombre pueda hacerles.

321. Nunca en toda mi vida tuve tan grande entrada en la Palabra de Dios como ahora; aquellas escrituras en las que antes no veía nada, en este lugar y estado se hicieron resplandecer sobre mí; tampoco Jesucristo fue nunca más real y manifiesto que ahora; aquí lo he visto y sentido en verdad. ¡Oh, aquella palabra: No os hemos dado a conocer fábulas por arte compuestas, 2 Pedro 1:16, y aquella otra: Dios resucitó a Cristo de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios, fueron para mí palabras benditas en esta condición mía de encarcelado!

322. Estas tres o cuatro escrituras también han sido para mí grandes refrigerios en esta condición: Juan 14:1-4; Juan 16:33; Colosenses 3:3, 4; Hebreos 12:22-24. De modo que a veces, cuando he estado gustando su sabor, he podido reírme de la destrucción y no temer ni al caballo ni a su jinete. He tenido en este lugar dulces visiones del perdón de mis pecados y de mi estar con Jesús en otro mundo. ¡Oh, el monte de Sion, la Jerusalén celestial, la compañía de muchos millares de ángeles, y Dios el Juez de todos, y los espíritus de los justos hechos perfectos, y Jesús, Hebreos 12:22-24, me han sido dulces en este lugar! He visto aquí lo que estoy persuadido de que nunca, mientras esté en este mundo, podré expresar: he visto una verdad en esta escritura: «A quien amáis sin haberle visto; en quien creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso», 1 Pedro 1:8.

323. Nunca supe lo que era que Dios estuviera a mi lado en todo momento, y en cada intento de Satanás de afligirme, etc., como lo he hallado desde que entré aquí; porque, según se presentaban los temores, así se presentaban los apoyos y los ánimos; sí, cuando me he sobresaltado, aun como si no fuera más que de mi propia sombra, Dios, siendo muy tierno conmigo, no ha permitido que fuera molestado, sino que, con una escritura u otra, me fortalecía contra todo; de tal manera que muchas veces he dicho: Si fuera lícito, podría pedir en oración mayor tribulación, por causa del mayor consuelo, Eclesiastés 7:14; 2 Corintios 1:5.

324. Antes de entrar en la cárcel vi lo que venía, y tuve especialmente dos consideraciones vivas en mi corazón; la primera era cómo ser capaz de soportar, si mi encarcelamiento había de ser largo y penoso; la segunda, cómo ser capaz de hacer frente a la muerte, si esa había de ser mi porción. Para la primera de ellas, aquella escritura, Colosenses 1:11, me fue de gran enseñanza, a saber, orar a Dios para ser «fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad con gozo». Antes de ser encarcelado, apenas podía ponerme a orar sin que, durante no menos de un año seguido, esta sentencia o dulce petición se me metiera, por así decirlo, en la mente, y me persuadiera de que, si alguna vez había de pasar por un largo sufrimiento, debía tener paciencia, especialmente si quería soportarlo con gozo.

325. En cuanto a la segunda consideración, me fue de gran utilidad aquel dicho: «tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos», 2 Corintios 1:9. Por esta escritura se me hizo ver que, si alguna vez había de sufrir debidamente, primero debía pronunciar sentencia de muerte sobre todo lo que propiamente puede llamarse cosa de esta vida, aun contarme a mí mismo, a mi esposa, a mis hijos, mi salud, mis goces y todo, como muertos para mí, y a mí mismo como muerto para ellos.

326. La segunda era vivir de Dios, que es invisible, como dijo Pablo en otro lugar; la manera de no desmayar es «no mirar las cosas que se ven, sino las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas», 2 Corintios 4:18. Y así razonaba conmigo mismo: Si me preparo solo para la cárcel, entonces el látigo me viene de improviso, y también la picota. Además, si me preparo solo para estas cosas, entonces no estoy dispuesto para el destierro; más aún, si concluyo que el destierro es lo peor, entonces, si viene la muerte, me toma por sorpresa. De modo que veo que la mejor manera de pasar por los sufrimientos es confiar en Dios por medio de Cristo, en cuanto al mundo venidero; y en cuanto a este mundo, tener el sepulcro por mi casa, hacer mi cama en las tinieblas; decir a la corrupción: Mi padre eres tú; y a los gusanos: Mi madre y mi hermana; es decir, familiarizarme con estas cosas.

327. Pero, a pesar de estas ayudas, me hallé un hombre rodeado de flaquezas; separarme de mi esposa y de mis pobres hijos ha sido muchas veces para mí en este lugar como si me arrancaran la carne de los huesos, y eso no solo porque soy algo demasiado apegado a estas grandes misericordias, sino también porque con frecuencia me venían a la mente las muchas penalidades, miserias y necesidades que mi pobre familia probablemente sufriría si me apartaban de ellos, especialmente mi pobre hija ciega, que estaba más cerca de mi corazón que todo lo demás. ¡Oh, el pensar en las penalidades que mi pobre ciega podría padecer me hacía pedazos el corazón!

328. ¡Pobre niña!, pensaba yo, ¡qué dolor es probable que tengas por porción en este mundo! Tendrás que ser golpeada, mendigar, sufrir hambre, frío, desnudez y mil calamidades, aunque ahora yo no puedo soportar que el viento sople sobre ti. Pero, recobrándome, pensaba: Debo aventuraros a todos con Dios, aunque me hiere en lo vivo dejaros. ¡Oh, vi que en esta condición yo era como un hombre que derriba su casa sobre la cabeza de su mujer y de sus hijos; y, sin embargo, pensaba: Debo hacerlo, debo hacerlo! Y entonces pensé en aquellas dos vacas que criaban, que habían de llevar el arca de Dios a otra tierra y dejar atrás a sus becerros, 1 Samuel 6:10.

329. Pero lo que me ayudó en esta tentación fueron diversas consideraciones, de las cuales nombraré aquí tres en especial. La primera fue la consideración de estas dos escrituras: «Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí se confiarán tus viudas». Y otra vez: «Dijo el Señor: De cierto tu remanente será para bien; de cierto haré que el enemigo te trate bien en el tiempo de la aflicción», Jeremías 49:11; 15:11.

330. Tenía también esta consideración: que, si lo aventuraba todo por Dios, comprometía a Dios a cuidar de mis asuntos; pero, si lo abandonaba en sus caminos por temor a cualquier tribulación que pudiera venir sobre mí o los míos, entonces no solo falsearía mi profesión, sino que daría a entender también que mis asuntos no estaban tan seguros dejados a los pies de Dios, mientras yo me mantenía firme en su nombre y por él, como lo estarían bajo mi propio cuidado, aunque fuera negando el camino de Dios. Esta fue una consideración punzante, y como espuelas para mi carne. También me ayudó mucho a que se me fijara más aquella escritura donde Cristo ora contra Judas, pidiendo que Dios lo defraude en sus pensamientos egoístas, que lo movieron a vender a su maestro. Te ruego que la leas con sobriedad: Salmos 109:6-20.

331. Tenía también otra consideración, y era el pavor de los tormentos del infierno, de los cuales estaba seguro que habrán de participar los que, por temor a la cruz, se retraen de su profesión de Cristo, de sus palabras y leyes, delante de los hijos de los hombres; pensaba también en la gloria que él ha preparado para los que, con fe, amor y paciencia, se mantuvieron firmes en sus caminos delante de ellos. Estas cosas, digo, me han ayudado cuando los pensamientos de la miseria a que, por causa de mi profesión, podríamos estar expuestos yo y los míos me han estado oprimiendo la mente.

332. Cuando en verdad he imaginado que podría ser desterrado por mi profesión, entonces he pensado en aquella escritura: «Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados (de los cuales el mundo no era digno)», Hebreos 11:37, 38; por más que ellos pensaban que eran demasiado malos para morar y permanecer entre ellos. He pensado también en aquel dicho: «El Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio», «que me esperan prisiones y tribulaciones», Hechos 20:23. En verdad he pensado que mi alma y él han razonado a veces acerca del grave y triste estado de una condición de destierro y exilio: cómo los tales estaban expuestos al hambre, al frío, a los peligros, a la desnudez, a los enemigos y a mil calamidades; y al fin, quizá, a morir en una zanja como una pobre oveja desamparada. Pero doy gracias a Dios de que hasta ahora no me han conmovido estos razonamientos tan delicados, sino que más bien, por medio de ellos, he acreditado más mi corazón ante Dios.

333. Te contaré un caso curioso: una vez estuve, más que en todas las demás, en una condición muy triste y abatida durante muchas semanas; y en aquel tiempo, siendo yo todavía un preso joven y desconocedor de las leyes, me pesaba mucho en el espíritu que mi encarcelamiento pudiera terminar en la horca, por lo que yo sabía. Entonces, pues, Satanás me acosó duramente para quitarme el ánimo, sugiriéndome así: Pero ¿y si, cuando de veras llegues a morir, te hallas en esta condición, es decir, sin gustar las cosas de Dios ni tener en tu alma evidencia alguna de un estado mejor en el más allá? Porque, en verdad, en aquel tiempo todas las cosas de Dios estaban ocultas a mi alma.

334. Por tanto, cuando al principio comencé a pensar en esto, me causó gran turbación; porque pensaba conmigo mismo que, en la condición en que entonces me hallaba, no estaba preparado para morir, ni en verdad creía que podría hacerlo si fuera llamado a ello; además, pensaba conmigo mismo que, si a duras penas lograba trepar por la escalera, sin embargo, con temblores u otros síntomas de desfallecimiento, daría ocasión al enemigo para vituperar el camino de Dios y a su pueblo por su cobardía. Esto, pues, pesaba sobre mí con gran turbación, porque me parecía que me avergonzaría morir con el rostro pálido y las rodillas temblorosas en una causa como esta.

335. Por tanto, oré a Dios que me consolara y me diera fuerza para hacer y sufrir lo que él me llamara a hacer y sufrir; sin embargo, no apareció consuelo alguno, sino que todo seguía oculto; también estaba yo en aquel tiempo tan realmente poseído por el pensamiento de la muerte que muchas veces me sentía como si estuviera en la escalera con una soga al cuello; solo esto me daba algún ánimo: pensaba que tal vez tendría entonces oportunidad de decir mis últimas palabras a una multitud, que pensaba que vendría a verme morir; y pensaba: Si así ha de ser, con tal que Dios convierta un alma por mis últimas palabras, no tendré mi vida por desperdiciada ni perdida.

336. Pero aun así todas las cosas de Dios se mantenían fuera de mi vista, y el tentador seguía persiguiéndome con esto: Pero ¿adónde has de ir cuando mueras? ¿Qué será de ti? ¿Dónde se te hallará en el otro mundo? ¿Qué evidencia tienes del cielo y de la gloria, y de una herencia entre los santificados? Así fui zarandeado durante muchas semanas, y no sabía qué hacer; al fin cayó con peso sobre mí esta consideración: que era por la palabra y el camino de Dios por lo que me hallaba en esta condición; por lo cual estaba obligado a no apartarme de ello ni el grueso de un cabello.

337. Pensé también que Dios podía escoger si me daría consuelo ahora o en la hora de la muerte; pero no por eso podía yo escoger si mantendría o no mi profesión; yo estaba obligado, pero él era libre; sí, era mi deber mantenerme firme en su palabra, ya fuera que él me mirara alguna vez o me salvara al final, o no. Por tanto, pensaba yo, siendo así la cuestión, estoy resuelto a seguir adelante y aventurar mi estado eterno con Cristo, tenga consuelo aquí o no. Si Dios no interviene, pensaba, saltaré de la escalera aun con los ojos vendados a la eternidad, me hunda o nade, venga el cielo, venga el infierno; Señor Jesús, si quieres recogerme, hazlo; si no, me aventuraré por tu nombre.

338. Apenas me había afirmado en esta resolución cuando cayó sobre mí esta palabra: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? Como si el acusador hubiera dicho: Señor, Job no es un hombre recto; te sirve por intereses ajenos: ¿no le has cercado tú alrededor? Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu rostro. ¿Cómo es esto?, pensé yo; ¿es esta la señal de un alma recta: desear servir a Dios cuando se le ha quitado todo? ¿Es hombre piadoso el que quiere servir a Dios de balde antes que rendirse? Bendito sea Dios; entonces espero tener un corazón recto, porque estoy resuelto, si Dios me da fuerza, a no negar nunca mi profesión, aunque no tuviera nada en absoluto por mis trabajos; y mientras así consideraba, se me puso delante aquella escritura, Salmos 44:12-26.

339. Ahora estaba mi corazón lleno de consuelo, porque esperaba que era sincero; no habría querido verme sin esta prueba por mucho; me siento consolado cada vez que pienso en ella, y espero bendecir a Dios para siempre por la enseñanza que he recibido por medio de ella. Podría relatar muchos más de los tratos de Dios conmigo, pero estos, tomados de los despojos ganados en las batallas, los he consagrado para sostener la casa de Dios, 1 Crónicas 26:27.

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