Capítulo 4 · 26 min de lectura · 34 min de escucha
Breve relato del llamamiento del autor a la obra del ministerio
265. Y ya que estoy hablando de mi experiencia, intercalaré aquí una o dos palabras acerca de mi predicación de la Palabra, y del trato de Dios conmigo también en ese particular. Porque, cuando llevaba unos cinco o seis años despertado, y se me había ayudado a ver tanto mi necesidad de Jesucristo nuestro Señor como su valor, y también se me había capacitado para aventurar mi alma en él, algunos de los más capaces entre los santos que estaban con nosotros —digo, los más capaces en juicio y en santidad de vida, según ellos lo estimaban— percibieron que Dios me había tenido por digno de entender algo de su voluntad en su santa y bendita Palabra, y me había dado facilidad de palabra, en alguna medida, para expresar a otros lo que yo veía, para su edificación; por lo cual me pidieron, y eso con mucho empeño, que estuviera dispuesto, algunas veces, a encargarme de dirigirles una palabra de exhortación en alguna de las reuniones.
266. Lo cual, aunque al principio abatió y confundió mucho mi espíritu, como seguían pidiéndomelo y rogándomelo, accedí a su petición, y en dos ocasiones, en dos asambleas distintas, aunque en privado y con mucha flaqueza y debilidad, di a conocer mi don entre ellos; a lo cual no solo parecieron, sino que protestaron solemnemente, como en la presencia del gran Dios, que habían sido a la vez conmovidos y consolados, y dieron gracias al Padre de misericordias por la gracia que me había sido concedida.
267. Después de esto, a veces, cuando algunos de ellos iban a enseñar al campo, querían que yo fuera también con ellos; y allí, aunque todavía no hacía uso de mi don públicamente, ni me atrevía a hacerlo, sin embargo, de manera más privada, cuando me hallaba entre la buena gente de aquellos lugares, a veces les dirigía también a ellos una palabra de amonestación; la cual ellos, como los otros, recibían con regocijo por la misericordia de Dios para conmigo, y declaraban que sus almas eran edificadas por ella.
268. Por tanto, para ser breve, al fin, como la iglesia seguía deseándolo, después de solemne oración al Señor, con ayuno, fui llamado de manera más particular y designado para una predicación de la Palabra más ordinaria y pública, no solo a los que creían y entre ellos, sino también para ofrecer el evangelio a los que aún no habían recibido su fe; por aquel tiempo hallé claramente en mi mente un secreto aguijón que me impulsaba a ello; aunque, bendigo a Dios, no por deseo de vanagloria, pues en aquel tiempo estaba yo muy duramente afligido por los dardos de fuego del diablo acerca de mi estado eterno.
269. Pero, aun así, no podía estar contento si no me hallaba en el ejercicio de mi don, a lo cual me animaban grandemente no solo los continuos deseos de los piadosos, sino también aquel dicho de Pablo a los corintios: «Os ruego, hermanos (ya sabéis que la casa de Estéfanas es las primicias de Acaya, y que se han dedicado al ministerio de los santos), que os sujetéis a los tales, y a todos los que ayudan y trabajan» (1 Corintios 16:15, 16).
270. Por este texto se me hizo ver que el Espíritu Santo nunca quiso que los hombres que tienen dones y capacidades los enterraran en la tierra, sino que más bien mandaba y estimulaba a los tales al ejercicio de su don, y también alababa a los que estaban dispuestos y prontos a hacerlo: «Se han dedicado al ministerio de los santos». Esta escritura, en aquellos días, me corría continuamente por la mente, para animarme y fortalecerme en esta obra para Dios; también he sido animado por otras varias escrituras y ejemplos de los piadosos, tanto los que se señalan en la Palabra como los de otras historias antiguas (Hechos 8:4; 18:24, 25; 1 Pedro 4:10; Romanos 12:6; «Hechos y monumentos» de Foxe).
271. Por tanto, aunque de por mí el más indigno de todos los santos, con todo, aunque con gran temor y temblor al ver mi propia debilidad, emprendí la obra, y conforme a mi don y a la medida de mi fe prediqué aquel bendito evangelio que Dios me había mostrado en la santa Palabra de verdad; y cuando la comarca lo supo, acudieron a oír la Palabra a centenares, y eso de todas partes, aunque por muy diversos y distintos motivos.
272. Y doy gracias a Dios de que me dio cierta medida de entrañas y de compasión por sus almas, lo cual también me impulsó a trabajar con gran diligencia y empeño para hallar una palabra tal que, si Dios quería bendecirla, pudiera asir y despertar la conciencia; en lo cual el buen Señor atendió al deseo de su siervo; porque no llevaba mucho tiempo predicando cuando algunos comenzaron a ser tocados por la Palabra, y a ser grandemente afligidos en su mente al comprender la grandeza de su pecado y su necesidad de Jesucristo.
273. Pero al principio yo no podía creer que Dios hablara por medio de mí al corazón de hombre alguno, pues seguía teniéndome por indigno; sin embargo, los que así habían sido tocados me amaban y me tenían un respeto particular; y aunque yo rechazaba la idea de que hubieran sido despertados por mí, ellos seguían confesándolo y afirmándolo delante de los santos de Dios; también bendecían a Dios por mí, ¡indigno miserable que soy!, y me tenían por el instrumento de Dios que les había mostrado el camino de la salvación.
274. Por tanto, viéndolos tan constantes en sus palabras y en sus obras, y también tan fervientes en su corazón en su anhelo por conocer a Jesucristo, y regocijándose de que Dios me hubiera enviado alguna vez adonde ellos estaban, comencé entonces a concluir que podía ser así: que Dios había reconocido en su obra a un necio como yo; y entonces vino a mi corazón, con mucho y dulce refrigerio, aquella palabra de Dios: «La bendición del que se iba a perder venía sobre mí, y al corazón de la viuda yo daba alegría» (Job 29:13).
275. Por esto, pues, me regocijé; sí, las lágrimas de aquellos a quienes Dios despertaba por mi predicación eran para mí a la vez solaz y aliento; porque pensaba en aquellos dichos: «¿Quién será el que me alegre, sino aquel a quien yo contristé?» (2 Corintios 2:2); y otra vez: aunque «para otros no sea apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor» (1 Corintios 9:2). Estas cosas, pues, fueron para mí como otro argumento de que Dios me había llamado a esta obra y me sostenía en ella.
276. En mi predicación de la Palabra observé especialmente una cosa, a saber, que el Señor me llevaba a comenzar donde su Palabra comienza con los pecadores; es decir, a condenar toda carne, y a declarar y sostener que la maldición de Dios, por la ley, pertenece a todos los hombres y se apodera de ellos tal como vienen al mundo, a causa del pecado. Ahora bien, esta parte de mi obra la cumplí con gran sentimiento; porque los terrores de la ley y la culpa por mis transgresiones pesaban gravemente sobre mi conciencia. Predicaba lo que sentía, lo que sentía con dolor punzante, aquello mismo bajo lo cual mi pobre alma gemía y temblaba hasta el pasmo.
277. En verdad, he sido como uno enviado a ellos de entre los muertos; yo mismo iba encadenado a predicarles a ellos, que estaban encadenados; y llevaba en mi propia conciencia aquel fuego del que yo los persuadía a guardarse. Puedo decir con verdad, y eso sin disimulo, que, cuando he ido a predicar, he ido lleno de culpa y de terror hasta la misma puerta del púlpito, y allí se me ha quitado, y he tenido libertad en mi mente hasta terminar mi obra; y luego, inmediatamente, aun antes de poder bajar las escaleras del púlpito, he estado tan mal como antes; sin embargo, Dios me llevó adelante, pero ciertamente con mano fuerte, porque ni la culpa ni el infierno pudieron apartarme de mi obra.
278. Así anduve por espacio de dos años, clamando contra los pecados de los hombres y contra su temible estado a causa de ellos. Después de lo cual el Señor vino a mi propia alma con cierta paz firme y consuelo por medio de Cristo; porque me dio muchos dulces descubrimientos de su bendita gracia por medio de él. Por tanto, cambié entonces mi predicación, pues seguía predicando lo que veía y sentía; ahora, por tanto, me esforcé mucho en presentar al mundo a Jesucristo en todos sus oficios, relaciones y beneficios; y procuré también descubrir, condenar y quitar aquellos falsos apoyos y puntales en los que el mundo se apoya, y por los cuales cae y perece. También en estas cosas me detuve tanto tiempo como en las otras.
279. Después de esto, Dios me introdujo en algo del misterio de la unión con Cristo; por lo cual también eso se lo descubrí y se lo mostré. Y cuando hube recorrido estos tres puntos principales de la Palabra de Dios, por espacio de unos cinco años o más, fui sorprendido en mi presente práctica y echado en la cárcel, donde he permanecido otro tanto y más, para confirmar la verdad por medio del sufrimiento, como antes la había atestiguado conforme a las Escrituras por medio de la predicación.
280. Cuando he estado predicando, doy gracias a Dios, mi corazón muchas veces, durante todo el tiempo de este o aquel ejercicio, ha clamado a Dios con gran fervor para que hiciera la Palabra eficaz para la salvación del alma; afligido siempre de que el enemigo quitara la Palabra de la conciencia, y así quedara sin fruto. Por tanto, me esforzaba en hablar la Palabra de tal manera que, si fuera posible, el pecado y la persona culpable quedaran señalados por ella.
281. También, cuando había terminado el ejercicio, me llegaba al corazón pensar que la Palabra cayera ahora como lluvia sobre pedregales, y deseaba siempre de corazón: ¡Oh, que los que hoy me han oído hablar vieran como yo veo lo que son el pecado, la muerte, el infierno y la maldición de Dios; y también lo que son la gracia, el amor y la misericordia de Dios, por medio de Cristo, para con los hombres que se hallan en el estado en que ellos están, todavía alejados de él! Y, en verdad, muchas veces dije en mi corazón delante del Señor que, si ser ahorcado allí mismo delante de sus ojos fuera un medio para despertarlos y confirmarlos en la verdad, me daría por contento de buena gana.
282. Porque en mi predicación, especialmente cuando me he ocupado de la doctrina de la vida por Cristo, sin obras, he estado como si un ángel de Dios estuviera a mis espaldas para animarme. ¡Oh, ha venido con tal poder y evidencia celestial sobre mi propia alma, mientras me esforzaba en exponerla, en demostrarla y en fijarla en la conciencia de otros, que no podía contentarme con decir: Lo creo y estoy seguro; me parecía que estaba más que seguro, si es lícito expresarme así, de que aquellas cosas que entonces afirmaba eran verdaderas!
283. Cuando comencé a predicar la Palabra fuera, los doctores y sacerdotes de la comarca abrieron ampliamente la boca contra mí. Pero yo estaba persuadido de esto: no devolver maldición por maldición, sino ver a cuántos de sus profesantes carnales podía convencer, por la ley, de su miserable estado, y de su necesidad de Cristo y del valor de él; porque, pensaba yo, esto responderá por mí en el tiempo venidero, cuando ellos sean mi salario delante de sus ojos (Génesis 30:33).
284. Nunca quise entrometerme en cosas que eran controvertidas y estaban en disputa entre los santos, especialmente cosas de la menor importancia; sin embargo, me agradaba mucho contender con gran fervor por la palabra de fe y la remisión de los pecados por la muerte y los sufrimientos de Jesús; pero digo que en cuanto a las demás cosas las dejaba en paz, porque veía que engendraban contiendas, y porque ni haciéndolas ni dejándolas de hacer nos recomendaban a Dios para ser suyos. Además, veía que la obra que tenía por delante corría por otro cauce, a saber, llevar una palabra que despierta; a eso, pues, me atuve y me adherí.
285. Nunca procuré servirme de las líneas de otros hombres, ni me atreví a hacerlo (Romanos 15:18), aunque no condeno a todos los que lo hacen; porque verdaderamente pensaba, y hallé por experiencia, que lo que me había sido enseñado por la Palabra y el Espíritu de Cristo podía ser hablado, sostenido y mantenido por la conciencia más sana y mejor afirmada; y aunque no diré ahora todo lo que sé en esta materia, sin embargo, mi experiencia tiene más parte en aquel texto de la Escritura de lo que muchos entre los hombres se dan cuenta (Gálatas 1:11, 12).
286. Si alguno de los que fueron despertados por mi ministerio volvía atrás después, como a veces sucedió con demasiados, puedo decir con verdad que su pérdida me ha dolido más que si uno de mis propios hijos, engendrado de mi cuerpo, hubiera ido a la tumba; creo, en verdad, que puedo decirlo sin ofender al Señor: nada me ha tocado tan de cerca como eso, a no ser el temor de perder la salvación de mi propia alma. He contado como si tuviera hermosos edificios y señoríos en aquellos lugares donde nacieron mis hijos; mi corazón ha estado tan envuelto en la gloria de esta excelente obra que me he tenido por más bendecido y honrado de Dios por ella que si me hubiera hecho emperador del mundo cristiano, o señor de toda la gloria de la tierra sin ella. ¡Oh, estas palabras!: «El que hace volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma» (Santiago 5:20). «El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio» (Proverbios 11:30). «Los que son sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que a muchos enseñan la justicia, como las estrellas a perpetua eternidad» (Daniel 12:3). «Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Porque vosotros sois nuestra gloria y gozo» (1 Tesalonicenses 2:19, 20). Estas, digo, con muchas otras de semejante naturaleza, han sido para mí gran refrigerio.
287. He observado que, donde he tenido alguna obra que hacer para Dios, he sentido primero, por así decirlo, el impulso de Dios en mi espíritu para desear predicar allí. También he observado que tales y tales almas en particular han sido puestas con fuerza sobre mi corazón, y yo movido a desear su salvación; y que esas mismas almas, después de esto, me han sido dadas como frutos de mi ministerio. También he observado que una palabra dicha de paso ha hecho más efecto en un sermón que todo lo demás que se dijo; a veces también, cuando pensaba que no hacía ningún bien, era cuando más hacía; y otras veces, cuando pensaba que los iba a pescar, no he pescado nada.
288. También he observado que, donde ha habido una obra que hacer en los pecadores, allí el diablo ha comenzado a rugir en los corazones y por la boca de sus siervos. Sí, muchas veces, cuando el mundo impío más se ha enfurecido, ha habido almas despertadas por la palabra. Podría citar casos particulares, pero me abstengo.
289. Mi gran deseo al cumplir mi ministerio era llegar a los lugares más oscuros de la comarca, aun entre aquella gente que estaba más lejos de toda profesión de fe; y no porque no pudiera soportar la luz, pues no temía mostrar mi evangelio a nadie, sino porque hallaba que mi espíritu se inclinaba sobre todo a la obra de despertar y convertir, y la Palabra que yo llevaba se dirigía también principalmente en esa dirección; «Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno» (Romanos 15:20).
290. En mi predicación he estado realmente con dolores, y, por así decirlo, he sufrido dolores de parto para dar hijos a Dios; y no podía quedar satisfecho a menos que aparecieran algunos frutos en mi obra. Si era infructuoso, no me importaba quién me alabara; pero si era fructífero, no me importaba quién me condenara. He pensado en aquello: «El que gana almas es sabio» (Proverbios 11:30); y otra vez: «He aquí, herencia del Señor son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos; no será avergonzado cuando hable con los enemigos en la puerta» (Salmos 127:3-5).
291. No me agradaba nada ver a la gente embeberse de opiniones si parecían ignorar a Jesucristo y el valor de su propia salvación; una sana convicción de pecado, especialmente de incredulidad, y un corazón encendido por ser salvo por Cristo, con fuertes anhelos de un alma verdaderamente santificada: eso era lo que me deleitaba; esas eran las almas que yo tenía por bienaventuradas.
292. Pero en esta obra, como en todas las demás, tuve mis tentaciones que me acompañaban, y de diversas clases; por ejemplo, a veces me asaltaba un gran desaliento en ella, temiendo que no sería capaz de hablar la Palabra en absoluto para edificación; más aún, que no sería capaz de decirle a la gente nada con sentido; y en tales ocasiones se apoderaban de mi cuerpo un desfallecimiento y una falta de fuerzas tan extraños que apenas me podían llevar las piernas al lugar del ejercicio.
293. Otras veces, cuando he estado predicando, he sido violentamente asaltado por pensamientos de blasfemia, y fuertemente tentado a pronunciar las palabras con mi boca delante de la congregación. También algunas veces, aun habiendo comenzado a hablar la Palabra con mucha claridad, evidencia y libertad de expresión, antes de terminar aquella ocasión he quedado tan cegado, y tan ajeno a las cosas que había estado hablando, y tan estrecho en mi hablar, en cuanto a expresarme delante de la gente, que he estado como si no supiera ni recordara lo que estaba haciendo, o como si hubiera tenido la cabeza metida en un saco durante todo el ejercicio.
294. Además, cuando a veces estaba a punto de predicar sobre alguna porción incisiva y abrasadora de la Palabra, he hallado que el tentador me sugería: ¿Qué, vas a predicar esto? Esto te condena a ti mismo; de esto es culpable tu propia alma; por tanto, no prediques de ello en absoluto; o, si lo haces, suavízalo de tal modo que te dejes abierta una salida; no sea que, en lugar de despertar a otros, eches sobre tu propia alma una culpa tal que nunca puedas salir de debajo de ella.
295. Pero, doy gracias al Señor, he sido guardado de consentir a sugerencias tan horribles, y más bien, como Sansón, me he inclinado con todas mis fuerzas para condenar el pecado y la transgresión dondequiera que los hallaba, ¡sí, aunque con ello también trajera culpa sobre mi propia conciencia! «Muera yo», pensaba, «con los filisteos» (Jueces 16:29, 30), antes que tratar corruptamente la bendita Palabra de Dios. «Tú que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?». Mucho mejor es que te juzgues a ti mismo, aun predicando con claridad a otros, que no que tú, por salvarte a ti mismo, encarceles la verdad con injusticia; bendito sea Dios también por su ayuda en esto.
296. También, mientras me hallaba en esta bendita obra de Cristo, he sido tentado muchas veces al orgullo y a la altivez de corazón; y aunque no me atrevo a decir que no haya sido contagiado de ello, en verdad el Señor, por su preciosa misericordia, lo ha dispuesto de tal manera para conmigo que, en la mayor parte de los casos, he tenido poco gusto en dar lugar a semejante cosa; porque ha sido mi porción de cada día que se me hiciera entrar en el mal de mi propio corazón, y que se me hiciera ver en él siempre tal multitud de corrupciones y flaquezas que me ha hecho bajar la cabeza bajo todos mis dones y logros; he sentido este aguijón en la carne, la misma misericordia de Dios para conmigo (2 Corintios 12:7-9).
297. Junto con esto, he tenido también presente delante de mí algún pasaje notable de la Palabra, que contenía alguna sentencia aguda y penetrante acerca de la perdición del alma a pesar de los dones y talentos; como, por ejemplo, este, que me ha sido de gran utilidad: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe» (1 Corintios 13:1, 2).
298. Un címbalo que retiñe es un instrumento de música con el cual un tañedor diestro puede hacer una música tan melodiosa y que tanto inflama el corazón, que todos los que le oyen tocar apenas pueden contenerse de danzar; y, sin embargo, he aquí que el címbalo no tiene vida, ni la música procede de él, sino del arte del que lo toca; así que el instrumento puede al fin venir a nada y perecer, aunque en tiempos pasados se haya hecho en él tal música.
299. Exactamente así vi que es y será con los que tienen dones pero carecen de la gracia salvadora: están en la mano de Cristo como el címbalo en la mano de David; y así como David podía, con el címbalo, producir tal alegría en el servicio de Dios que elevaba el corazón de los adoradores, así Cristo puede usar a estos hombres dotados para conmover por medio de ellos las almas de su pueblo en su iglesia; y, sin embargo, cuando ha hecho todo, los cuelga a un lado como címbalos sin vida, aunque sonoros.
300. Esta consideración, pues, junto con algunas otras, fue, en la mayor parte de los casos, como un mazo sobre la cabeza del orgullo y del deseo de vanagloria. ¿Qué?, pensaba yo, ¿he de enorgullecerme porque soy un metal que resuena? ¿Es tan gran cosa ser un violín? ¿No tiene la menor criatura que tiene vida más de Dios en sí que estos? Además, sabía que era el amor lo que nunca había de morir, pero que estos han de cesar y desvanecerse; así que concluí que un poco de gracia, un poco de amor, un poco del verdadero temor de Dios, es mejor que todos estos dones; sí, y estoy plenamente convencido de que es posible que un alma que apenas sabe dar una respuesta a un hombre, si no es con gran confusión en cuanto al orden, digo que es posible que tal alma tenga mil veces más gracia, y así esté más en el amor y el favor del Señor, que algunos que, en virtud del don de conocimiento, saben expresarse como ángeles.
301. Así, pues, llegué a percibir que, aunque los dones en sí mismos eran buenos para aquello a que están destinados, a saber, la edificación de otros, son, sin embargo, vacíos y sin poder para salvar el alma del que los tiene, si están solos; ni son, como tales, señal alguna de que el estado de un hombre sea dichoso, pues son solo una dispensación de Dios a algunos, de cuyo buen o mal uso habrán de dar cuenta, cuando haya pasado un poco más de vida, a aquel que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos.
302. Esto me mostró también que los dones, cuando están solos, son peligrosos, no en sí mismos, sino a causa de los males que acompañan a quienes los tienen, a saber, el orgullo, el deseo de vanagloria, la presunción, etc., todo lo cual se inflaba fácilmente con el aplauso y la alabanza de cualquier cristiano imprudente, poniendo en peligro a una pobre criatura de caer en la condenación del diablo.
303. Vi, por tanto, que el que tiene dones necesita que se le haga ver la naturaleza de ellos, a saber, que no alcanzan a ponerlo en un estado verdaderamente salvo, no sea que descanse en ellos y así deje de alcanzar la gracia de Dios.
304. Tiene también motivo para andar humildemente con Dios y ser pequeño a sus propios ojos, y para recordar al mismo tiempo que sus dones no son suyos, sino de la iglesia; y que por ellos es hecho siervo de la iglesia; y que al fin ha de dar cuenta de su mayordomía al Señor Jesús; y dar buena cuenta será cosa bienaventurada.
305. Estimen, pues, todos los hombres en mucho lo poco con el temor del Señor; los dones, a la verdad, son deseables, pero mucha gracia y pocos dones es mejor que muchos dones y ninguna gracia. No dice: el Señor dará dones y gloria, sino: el Señor dará gracia y gloria; y bienaventurado aquel a quien el Señor da gracia, verdadera gracia, porque esa es precursora segura de la gloria.
306. Pero cuando Satanás percibió que este tentarme y asaltarme no servía a su designio, a saber, derribar mi ministerio y hacerlo ineficaz en cuanto a sus fines, entonces probó otro camino, que fue incitar los ánimos de los ignorantes y malintencionados a cargarme de calumnias y oprobios; ahora, pues, puedo decir que todo lo que el diablo pudo tramar y sus instrumentos inventar fue esparcido como torbellino por toda la comarca contra mí, pensando, como dije, que por ese medio harían que mi ministerio fuera abandonado.
307. Comenzó, pues, a rumorearse de aquí para allá entre la gente que yo era un brujo, un jesuita, un salteador de caminos, y cosas semejantes.
308. A todo lo cual solo diré: Dios sabe que soy inocente. Pero en cuanto a mis acusadores, prepárense para encontrarse conmigo ante el tribunal del Hijo de Dios, para responder allí por estas cosas, con todas las demás iniquidades suyas, a menos que Dios les dé arrepentimiento por ellas, por lo cual oro con todo mi corazón.
309. Pero lo que se contaba con la más atrevida seguridad era que yo tenía mis amantes, mis rameras, mis bastardos, sí, dos esposas a la vez, y cosas semejantes. Ahora bien, de estas calumnias, con las otras, me glorío, porque no son más que calumnias, mentiras necias o bribonas y falsedades echadas sobre mí por el diablo y su simiente; y si el mundo no me tratara así con maldad, me faltaría una señal de santo y de hijo de Dios. «Bienaventurados sois (dijo el Señor Jesús) cuando os vituperen y os persigan, y digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por mi causa; gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (Mateo 5:11).
310. Estas cosas, pues, por lo que a mí toca, no me inquietan; no, aunque fueran veinte veces más de lo que son. Tengo buena conciencia, y en lo que murmuran de mí como de malhechor, serán avergonzados los que calumnian falsamente mi buena conducta en Cristo.
311. Así pues, ¿qué diré a los que de este modo me han salpicado de lodo? ¿Los amenazaré? ¿Los reprenderé? ¿Los adularé? ¿Les rogaré que callen? No, yo no; si no fuera porque estas cosas hacen maduros para la condenación a quienes son sus autores y cómplices, les diría: Divúlguenlo, porque aumentará mi gloria.
312. Por tanto, me ciño estas mentiras y calumnias como un adorno; pertenece a mi profesión cristiana ser vilipendiado, calumniado, afrentado e injuriado; y puesto que todo esto no es otra cosa, como mi Dios y mi conciencia me son testigos, me gozo en las afrentas por amor de Cristo.
313. Llamo también necios o bribones a todos los que de este modo se han ocupado en afirmar cualquiera de las cosas antes mencionadas acerca de mí, a saber, que he tenido trato deshonesto con otras mujeres, o cosas semejantes. Que hagan cuanto esté en su mano, y la más completa investigación que puedan, para probar verdaderamente contra mí que hay alguna mujer en el cielo, o en la tierra, o en el infierno, que pueda decir que yo en algún tiempo, en algún lugar, de día o de noche, haya siquiera intentado tener trato deshonesto con ella. ¿Y hablo yo así para mendigar de mis enemigos su buena estima? No, yo no: en esto no mendigaré el alivio de nadie; que me crean o no me crean en esto, todo me es igual.
314. Mis enemigos han errado el blanco al dispararme este tiro. Yo no soy ese hombre. Ojalá ellos mismos fueran inocentes. Si todos los fornicarios y adúlteros de Inglaterra fueran colgados del cuello hasta morir, John Bunyan, el objeto de su envidia, seguiría vivo y sano. No sé si existe tal cosa como una mujer que respire bajo la bóveda de todo el cielo, sino por sus vestidos, sus hijos o la fama común, excepto mi esposa.
315. Y en esto admiro la sabiduría de Dios, que me hizo esquivo con las mujeres desde mi primera conversión hasta ahora. Saben, y pueden también dar testimonio de ello, aquellos con quienes he tenido el trato más íntimo, que es cosa rara verme mostrarme afable con una mujer; el saludo habitual a una mujer lo aborrezco, me es odioso en quienquiera que lo vea. Su compañía a solas no la puedo soportar. Rara vez toco siquiera la mano de una mujer, pues pienso que estas cosas no me son tan propias. Cuando he visto a hombres buenos saludar con un beso a las mujeres a quienes visitaban, o que los visitaban a ellos, a veces he puesto objeción a ello, y cuando me han respondido que no era más que una muestra de cortesía, les he dicho que no es un espectáculo decoroso; algunos, en verdad, han alegado el ósculo santo, pero entonces les he preguntado por qué hacían distinciones, por qué saludaban a las más hermosas y dejaban pasar a las poco agraciadas; así, por loables que tales cosas hayan sido a los ojos de otros, han sido impropias a mis ojos.
316. Y ahora, para concluir esta materia, llamo no solo a los hombres, sino a los ángeles, a que prueben que soy culpable de haber tenido trato carnal con mujer alguna fuera de mi esposa; y no temo hacerlo por segunda vez, sabiendo que en tal caso no puedo ofender al Señor: invocar a Dios por testigo sobre mi alma de que en estas cosas soy inocente. No que haya sido guardado así por bondad alguna que haya en mí más que en otro, sino que Dios ha sido misericordioso conmigo y me ha guardado; a él ruego que me siga guardando, no solo de esto, sino de todo camino y obra mala, y me preserve para su reino celestial. Amén.
317. Ahora bien, así como Satanás se esforzó, por medio de afrentas y calumnias, en hacerme vil entre mis paisanos, para que, si fuera posible, mi predicación quedara sin efecto, así se añadió a esto un largo y penoso encarcelamiento, para que por él yo me asustara y abandonara mi servicio a Cristo, y el mundo se aterrorizara y tuviera miedo de oírme predicar; de lo cual te daré a continuación un breve relato.
Capítulo 4 completado
Breve relato del llamamiento del autor a la obra del ministerio