Capítulo 3 · 2 h 41 min de lectura · 3 h 28 min de escucha
Gracia abundante para el primero de los pecadores; o breve relato de la inmensa misericordia de Dios en Cristo para con su pobre siervo John Bunyan
GRACIA ABUNDANTE PARA EL PRIMERO DE LOS PECADORES;
O BREVE RELATO DE LA INMENSA MISERICORDIA DE DIOS EN CRISTO PARA CON SU POBRE SIERVO JOHN BUNYAN
1. En este relato de la obra misericordiosa de Dios en mi alma, no estará de más que, en primer lugar, te dé en pocas palabras una idea de mi linaje y de la manera en que fui criado, para que así la bondad y la generosidad de Dios para conmigo sean más ensalzadas y engrandecidas delante de los hijos de los hombres.
2. En cuanto a mi linaje, pues, era, como muchos saben bien, de una generación baja e insignificante; la casa de mi padre era de la condición más vil y despreciada de todas las familias del país. Por eso no tengo aquí, como otros, sangre noble ni alta cuna de que jactarme según la carne; aunque, considerándolo todo, engrandezco a la Majestad celestial porque por esta puerta me trajo a este mundo, para participar de la gracia y la vida que hay en Cristo por el evangelio.
3. Pero aun así, a pesar de la bajeza y la insignificancia de mis padres, plugo a Dios poner en su corazón que me enviaran a la escuela, para aprender a leer y a escribir; lo cual también logré, al nivel de los hijos de otros hombres pobres; aunque, para vergüenza mía lo confieso, pronto perdí lo poco que había aprendido, y eso casi por completo, y mucho antes de que el Señor hiciera en mi alma su obra misericordiosa de conversión.
4. En cuanto a mi vida natural, durante el tiempo en que estuve sin Dios en el mundo, fue en verdad conforme a la corriente de este mundo, y conforme al «espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia» (Efesios 2:2, 3). Mi deleite era estar «cautivo a voluntad del diablo» (2 Timoteo 2:26). Lleno de toda injusticia, que obraba y se manifestaba con tanta fuerza tanto en mi corazón como en mi vida, y eso desde niño, tenía pocos iguales, sobre todo considerando mis años, que eran tiernos por ser pocos, en maldecir, jurar, mentir y blasfemar el santo nombre de Dios.
5. Sí, tan asentado y arraigado estaba yo en estas cosas que llegaron a ser para mí como una segunda naturaleza; lo cual, como también he considerado después con sobriedad, ofendió tanto al Señor que aun en mi niñez me asustaba y espantaba con sueños temibles y me aterraba con visiones espantosas; porque a menudo, después de haber pasado este o aquel día en pecado, me he visto muy afligido en mi cama, mientras dormía, con la sensación de demonios y espíritus malignos que, según pensaba yo entonces, se esforzaban sin cesar por arrastrarme con ellos, y de los cuales nunca pude librarme.
6. También en aquellos años me afligían y me turbaban mucho los pensamientos del día del juicio, y eso de noche y de día, y temblaba al pensar en los terribles tormentos del fuego del infierno; temiendo siempre que mi suerte fuera hallarme al fin entre aquellos demonios y espíritus infernales que están allí atados con las cadenas y prisiones de las tinieblas eternas «hasta el juicio del gran día».
7. Estas cosas, digo, cuando yo no era más que un niño de nueve o diez años, angustiaban tanto mi alma que, en medio de mis muchos juegos y vanidades infantiles, entre mis compañeros vanos, a menudo me sentía muy abatido y afligido en mi mente por ellas; y sin embargo no podía soltar mis pecados. Sí, también estaba entonces tan vencido por la desesperación de la vida y del cielo que muchas veces deseaba o que no hubiera infierno, o que yo fuera un demonio, suponiendo que estos solo eran atormentadores; para que, si de todos modos tenía que ir allí, fuera más bien atormentador que atormentado.
8. Al cabo de un tiempo me dejaron aquellos sueños terribles, que también olvidé pronto; porque mis placeres borraron enseguida su recuerdo, como si nunca hubieran existido. Por eso, con más avidez aún, conforme a la fuerza de la naturaleza, seguí soltando las riendas a mis pasiones, y me deleitaba en toda transgresión contra la ley de Dios; de modo que, hasta que llegué al estado de matrimonio, fui el cabecilla mismo de todos los jóvenes que me acompañaban en toda clase de vicio e impiedad.
9. Sí, tal dominio tenían las pasiones y los frutos de la carne en esta pobre alma mía que, si un milagro de la preciosa gracia no lo hubiera impedido, no solo habría perecido bajo el golpe de la justicia eterna, sino que me habría expuesto también al golpe de aquellas leyes que llevan a algunos a la deshonra y a la vergüenza pública ante los ojos del mundo.
10. En aquellos días los pensamientos de la religión me resultaban muy penosos; no podía soportarla en mí mismo, ni que otro la tuviera; de modo que, cuando veía a algunos leer en aquellos libros que trataban de la piedad cristiana, era para mí como una prisión. Entonces decía a Dios: «Apártate de mí, porque no quiero el conocimiento de tus caminos» (Job 21:14). Estaba ahora vacío de toda buena consideración; el cielo y el infierno estaban fuera de mi vista y de mi mente; y en cuanto a la salvación y la condenación, eran lo que menos ocupaba mis pensamientos. Oh Señor, tú conoces mi vida, y mis caminos no te eran ocultos.
11. Sin embargo, recuerdo bien esto: que aunque yo mismo podía pecar con el mayor deleite y facilidad, y aun complacerme en la vileza de mis compañeros, con todo, incluso entonces, si alguna vez veía cosas malas en quienes profesaban la piedad, mi espíritu temblaba. Como una vez, por encima de todas las demás, cuando estaba en lo más alto de mi vanidad, al oír jurar a uno que tenían por hombre religioso, aquello golpeó tanto mi espíritu que me dolió el corazón.
12. Pero Dios no me abandonó del todo, sino que siguió tras de mí, ya no con convicciones, sino con juicios; aunque juicios mezclados con misericordia. Pues una vez caí en una ensenada del mar y a duras penas escapé de ahogarme. Otra vez caí de una barca al río de Bedford, pero la misericordia aún me guardó con vida. Además, otra vez, estando en el campo con uno de mis compañeros, sucedió que una víbora cruzó el camino; y yo, que tenía un palo en la mano, le di un golpe en el lomo; y después de aturdirla, le abrí la boca a la fuerza con el palo y le arranqué el aguijón con los dedos; acto con el cual, si Dios no hubiera sido misericordioso, podría haberme acarreado mi propio fin por mi temeridad.
13. También he notado esto con acción de gracias: cuando era soldado, a mí y a otros nos sacaron para ir a cierto lugar a sitiarlo; pero cuando estaba ya a punto de partir, uno de la compañía pidió ir en mi lugar; y cuando yo consentí, ocupó mi puesto; y llegado al sitio, estando de centinela, recibió en la cabeza una bala de mosquete y murió.
14. Aquí, como he dicho, hubo juicios y misericordia, pero ninguno de ellos despertó mi alma a la justicia; por eso seguí pecando, y me volví cada vez más rebelde contra Dios y más descuidado de mi propia salvación.
15. Poco después de esto cambié mi condición por la de casado, y la misericordia quiso que diera con una esposa cuyo padre era tenido por piadoso. Esta mujer y yo, aunque nos unimos tan pobres como se puede ser, sin tener entre los dos ni un plato ni una cuchara de ajuar, ella tenía, sin embargo, como parte suya,El camino del hombre sencillo al cielo y La práctica de la piedad, que su padre le había dejado al morir. En estos dos libros leía yo a veces con ella, y en ellos hallé también algunas cosas que me agradaban un poco; pero en todo este tiempo no recibí ninguna convicción de pecado. Ella también me contaba a menudo qué hombre tan piadoso había sido su padre, y cómo reprendía y corregía el vicio, tanto en su casa como entre sus vecinos; y qué vida tan estricta y santa había llevado en sus días, tanto de palabra como de obra.
16. Por eso estos libros, junto con este relato, aunque no llegaron a mi corazón para despertarlo acerca de mi triste y pecaminoso estado, sí engendraron en mí algunos deseos de religión; de modo que, como no conocía nada mejor, me entregué con mucho afán a la religión de la época; es decir, a ir a la iglesia dos veces al día, y eso entre los primeros; y allí decía y cantaba con mucha devoción, como hacían los demás, aunque conservando mi vida perversa. Pero además estaba tan dominado por un espíritu de superstición que adoraba, y eso con gran devoción, todas las cosas: el altar, el sacerdote, el sacristán, las vestiduras, el oficio y todo lo demás que pertenecía a la iglesia; tenía por santo todo cuanto había en ella, y sobre todo consideraba al sacerdote y al sacristán dichosísimos y, sin duda, grandemente bienaventurados, porque eran, según pensaba yo entonces, los siervos de Dios y ocupaban el primer lugar en el santo templo para hacer allí su obra.
17. Esta idea se hizo en poco tiempo tan fuerte en mi espíritu que, con solo ver a un sacerdote, por sórdida y disoluta que fuera su vida, sentía que mi espíritu se postraba ante él, lo reverenciaba y se apegaba a él; sí, pensaba que, por el amor que les tenía, suponiendo que eran ministros de Dios, habría podido tenderme a sus pies y dejar que me pisotearan; tanto me embriagaban y me hechizaban su nombre, su atuendo y su oficio.
18. Después de haber estado así durante bastante tiempo, me vino otro pensamiento a la mente, y era si nosotros éramos israelitas o no. Pues, al hallar en las Escrituras que ellos fueron en otro tiempo el pueblo especial de Dios, pensé: si yo fuera de esta raza, mi alma sería sin duda dichosa. Entonces volví a sentir dentro de mí un gran anhelo de resolver esta cuestión, pero no sabía cómo hacerlo. Por fin se lo pregunté a mi padre, y él me dijo: No, no lo éramos. Entonces decayó mi espíritu en cuanto a esa esperanza, y así me quedé.
19. Pero en todo este tiempo yo no era consciente del peligro y del mal del pecado; algo me impedía considerar que el pecado me condenaría, cualquiera que fuese la religión que siguiera, a menos que fuera hallado en Cristo. Es más, nunca pensaba en él, ni en si existía o no. Así anda errante el hombre mientras está ciego, y se fatiga con la vanidad, porque no sabe el camino a la ciudad de Dios (Eclesiastés 10:15).
20. Pero un día, entre todos los sermones que predicó nuestro párroco, su tema fue el día de reposo y el mal de quebrantarlo, ya fuera con el trabajo, con juegos o de cualquier otra manera. Ahora bien, yo era, a pesar de mi religión, uno que se deleitaba mucho en toda clase de vicio, y precisamente ese era el día en que más me solazaba en él; por eso mi conciencia cayó bajo su sermón, pues pensé y creí que había predicado aquel sermón a propósito para mostrarme mi mal proceder; y en aquel momento sentí lo que era la culpa, cosa que nunca antes había sentido, que yo recuerde; pero entonces me sentí, por el momento, muy cargado de ella, y así volví a casa, terminado el sermón, con una gran carga sobre mi espíritu.
21. Esto, en aquel instante, entorpeció los nervios de mis mejores deleites y me amargó mis placeres de antes; pero he aquí que no duró, porque antes de haber terminado de comer, la turbación empezó a irse de mi mente, y mi corazón volvió a su antiguo curso. ¡Pero oh, qué contento estaba de que aquella turbación se hubiera apartado de mí, y de que el fuego se hubiera apagado, para poder volver a pecar sin freno! Por eso, cuando hube satisfecho a la naturaleza con la comida, me sacudí el sermón de la mente y volví con gran deleite a mi vieja costumbre de juegos y apuestas.
22. Pero ese mismo día, cuando estaba en medio de una partida de gato, y después de haber dado al gato un primer golpe para sacarlo del hoyo, justo cuando iba a golpearlo por segunda vez, una voz se lanzó de repente desde el cielo a mi alma y me dijo: «¿Quieres dejar tus pecados e ir al cielo, o quedarte con tus pecados e ir al infierno?». Ante esto quedé sumido en un asombro extremo; así que, dejando mi gato en el suelo, miré al cielo, y fue como si hubiera visto con los ojos de mi entendimiento al Señor Jesús mirándome desde lo alto, muy airado conmigo, y como si me amenazara severamente con algún castigo grave por estas y otras prácticas impías.
23. Apenas había concebido esto en mi mente cuando de repente se clavó en mi espíritu esta conclusión, pues la advertencia anterior volvió a poner mis pecados delante de mis ojos: que yo había sido un pecador grande y grave, y que ya era demasiado tarde para buscar el cielo, porque Cristo no me perdonaría ni pasaría por alto mis transgresiones. Entonces me puse a cavilar también sobre esto; y mientras pensaba en ello, temiendo que así fuera, sentí que mi corazón se hundía en la desesperación, concluyendo que era demasiado tarde; y por eso resolví en mi mente seguir en el pecado; porque, pensé, si las cosas son así, mi estado es ciertamente miserable: miserable si dejo mis pecados, y miserable también si los sigo; no puedo sino ser condenado, y si he de serlo, lo mismo me da ser condenado por muchos pecados que por pocos.
24. Así me quedé en medio de mi juego, delante de todos los que estaban presentes; pero no les dije nada. Pero, digo, habiendo llegado a esta conclusión, volví desesperadamente a mi juego; y recuerdo bien que al instante esta clase de desesperación se apoderó de tal modo de mi alma que me convencí de que nunca podría alcanzar otro consuelo que el que obtuviera en el pecado; porque el cielo ya estaba perdido, de modo que en eso no debía pensar; por eso hallé dentro de mí un gran deseo de saciarme de pecado, buscando siempre qué pecado quedaba por cometer, para gustar su dulzura; y me di toda la prisa que pude en llenar mi vientre de sus manjares, no fuera que muriera antes de cumplir mi deseo, porque eso lo temía mucho. En estas cosas, lo declaro delante de Dios, no miento, ni finjo esta manera de hablar; estos eran de veras, con fuerza y con todo mi corazón, mis deseos. El buen Señor, cuya misericordia es insondable, perdone mis transgresiones .
25. Y estoy muy seguro de que esta tentación del diablo es más común entre las pobres criaturas de lo que muchos se dan cuenta: invade su espíritu con una disposición de corazón ruin y cauterizada y con un adormecimiento de la conciencia; disposición que él, callada y astutamente, alimenta con tal desesperación que, aunque el alma no sienta mucha culpa, llevan continuamente dentro una secreta conclusión de que no hay esperanza para ellos; porque han amado sus pecados, «por tanto, tras ellos irán» (Jeremías 2:25; 18:12).
26. Así pues, seguí en el pecado con gran avidez de ánimo, lamentando siempre no poder saciarme de él tanto como quería. Esto me duró como un mes o más; pero un día, estando yo ante el escaparate de la tienda de un vecino, maldiciendo y jurando allí, y haciendo el loco a mi manera acostumbrada, estaba sentada dentro la mujer de la casa, que me oyó; y ella, aunque era una desdichada muy liviana e impía, declaró que yo juraba y maldecía de un modo tan espantoso que la hacía temblar oírme; y me dijo además que yo era el sujeto más impío para jurar que había oído en toda su vida, y que, haciendo así, era capaz de echar a perder a toda la juventud de una ciudad entera, con solo que anduvieran en mi compañía.
27. Ante esta reprensión enmudecí y sentí una vergüenza secreta, y eso también, según me pareció, delante del Dios del cielo; por eso, mientras estaba allí con la cabeza gacha. Deseé con todo mi corazón volver a ser un niño pequeño, para que mi padre me enseñara a hablar sin esta perversa costumbre de jurar; porque, pensaba, estoy tan acostumbrado a ello que es inútil pensar en enmendarme, pues creía que nunca podría ser.
28. Pero no sé cómo sucedió: desde entonces dejé de tal manera de jurar que yo mismo me asombraba al notarlo; y mientras que antes no sabía hablar sin poner un juramento delante y otro detrás para dar autoridad a mis palabras, ahora podía hablar sin ellos mejor y con más agrado que nunca antes. En todo este tiempo yo no conocía a Jesucristo, ni dejé mis juegos y pasatiempos.
29. Pero poco después de esto me encontré en compañía de un pobre hombre que profesaba la religión, quien, según me pareció entonces, hablaba agradablemente de las Escrituras y de los asuntos de la religión; por eso, cobrando cierto amor y gusto por lo que decía, me dediqué a mi Biblia y comencé a hallar gran placer en su lectura, pero sobre todo en su parte histórica; porque en cuanto a las epístolas de Pablo y a las Escrituras de esa índole, no podía soportarlas, siendo aún ignorante tanto de la corrupción de mi naturaleza como de mi necesidad de Jesucristo y del valor que él tiene para salvarme.
30. Por eso emprendí cierta reforma exterior, tanto en mis palabras como en mi vida, y puse los mandamientos delante de mí como mi camino al cielo; mandamientos que también me esforzaba por guardar, y, según pensaba, a veces los guardaba bastante bien, y entonces sentía consuelo; pero de vez en cuando quebrantaba alguno, y así afligía mi conciencia; mas luego me arrepentía, decía que lo sentía y prometía a Dios hacerlo mejor la próxima vez, y así volvía a recobrar ánimo; porque entonces pensaba que agradaba a Dios tanto como cualquier hombre de Inglaterra.
31. Así continué cerca de un año; y durante todo ese tiempo nuestros vecinos me tenían por un hombre muy piadoso, un hombre nuevo y religioso, y se maravillaban mucho de ver un cambio tan grande y tan notorio en mi vida y en mis costumbres; y, en verdad, así era, aunque todavía no conocía a Cristo, ni la gracia, ni la fe, ni la esperanza; y realmente, como he visto bien después, si hubiera muerto entonces, mi estado habría sido de lo más terrible. En fin, esto, digo, continuó unos doce meses o más.
32. Pero, digo, mis vecinos estaban asombrados de esta gran conversión mía, de una profanidad prodigiosa a algo parecido a una vida moral; y, en verdad, bien podían estarlo, porque esta conversión mía era tan grande como si Tom el de Bedlam se volviera un hombre cuerdo. Así que comenzaron a alabarme, a encomiarme y a hablar bien de mí, tanto en mi presencia como a mis espaldas. Ahora, según decían, me había vuelto piadoso; ahora me había vuelto un hombre verdaderamente honrado. ¡Pero oh, cuando supe que estas eran sus palabras y sus opiniones acerca de mí, me agradó sobremanera! Porque, aunque hasta entonces no era más que un pobre hipócrita pintado, me encantaba que hablaran de mí como de uno verdaderamente piadoso. Estaba orgulloso de mi piedad, y todo lo que hacía lo hacía o para ser visto de los hombres, o para que ellos hablaran bien de mí. Y así continué durante unos doce meses o más.
33. Ahora bien, has de saber que antes de esto yo me había deleitado mucho en tocar las campanas; pero, al comenzar a volverse tierna mi conciencia, pensé que tal práctica no era sino vanidad, y por eso me obligué a dejarla; aunque mi mente seguía anhelándola. Por eso iba al campanario y miraba, aunque no me atrevía a tocar. Pero pensé que tampoco esto convenía a la religión; aun así me forzaba y seguía mirando. Pero poco después empecé a pensar: ¿Y si se cayera una de las campanas? Entonces elegí ponerme debajo de una viga maestra que atravesaba el campanario de lado a lado, pensando que allí estaría seguro; pero luego volvía a pensar que, si la campana cayera en pleno vaivén, podría golpear primero la pared y, rebotando contra mí, matarme a pesar de la viga. Esto me hizo quedarme en la puerta del campanario; y ahora, pensaba yo, ya estoy bastante seguro; porque si una campana cayera, puedo escabullirme tras estos gruesos muros y así quedar a salvo a pesar de todo.
34. Así que, después de esto, seguía yendo a verlos tocar, pero no pasaba de la puerta del campanario; mas entonces me vino a la cabeza: ¿Y si se cayera el campanario mismo? Y este pensamiento, puede caerse, que yo sepa, mientras estaba allí mirando, sacudía de tal manera mi mente sin cesar que ya no me atreví a quedarme en la puerta del campanario, sino que me vi obligado a huir, por miedo a que el campanario me cayera encima de la cabeza.
35. Otra cosa era mi afición al baile; pasé un año entero antes de poder dejarla del todo; pero durante todo este tiempo, cuando pensaba que guardaba este o aquel mandamiento, o que hacía, de palabra o de obra, algo que me parecía bueno, tenía una gran paz en mi conciencia; y pensaba para mis adentros: Dios no puede menos que estar ahora contento conmigo; sí, para decirlo a mi manera, pensaba que ningún hombre de Inglaterra podía agradar a Dios mejor que yo.
36. Pero, pobre desdichado de mí, durante todo este tiempo ignoraba a Jesucristo y procuraba establecer mi propia justicia; y habría perecido en ella si Dios, en su misericordia, no me hubiera mostrado más de mi estado natural.
37. Pero un día la buena providencia de Dios me llevó a Bedford a trabajar en mi oficio; y en una de las calles de aquella ciudad llegué a un lugar donde había tres o cuatro mujeres pobres sentadas al sol a la puerta de una casa, hablando de las cosas de Dios; y como ahora tenía ganas de oírlas conversar, me acerqué para escuchar lo que decían, pues yo mismo era ya también un hablador desenvuelto en los asuntos de la religión; pero ahora puedo decir que oí, mas no entendí; porque estaban muy por encima, fuera de mi alcance. Su conversación trataba de un nuevo nacimiento, de la obra de Dios en sus corazones, y también de cómo habían sido convencidas de su miserable estado por naturaleza; hablaban de cómo Dios había visitado sus almas con su amor en el Señor Jesús, y con qué palabras y promesas habían sido refrescadas, consoladas y sostenidas contra las tentaciones del diablo. Además, razonaban en particular sobre las sugestiones y tentaciones de Satanás, y se contaban unas a otras cuáles las habían afligido y cómo habían sido sostenidas bajo sus asaltos. También hablaban de la miseria de su propio corazón y de su incredulidad; y menospreciaban, desdeñaban y aborrecían su propia justicia, como algo inmundo e incapaz de hacerles ningún bien.
38. Y me parecía que hablaban como si el gozo las hiciera hablar; hablaban con tanta gracia en el lenguaje de la Escritura, y con tal apariencia de gracia en todo lo que decían, que me parecían como si hubieran hallado un mundo nuevo, como si fueran un pueblo que habitaba solo, y no era contado entre sus vecinos (Números 23:9).
39. Ante esto sentí que mi propio corazón comenzaba a temblar, sospechando que mi condición no valía nada; porque vi que en todos mis pensamientos acerca de la religión y la salvación el nuevo nacimiento nunca había entrado en mi mente, ni conocía el consuelo de la Palabra y de la promesa, ni el engaño y la traición de mi propio corazón perverso. En cuanto a los pensamientos secretos, no les prestaba atención; ni entendía qué eran las tentaciones de Satanás, ni cómo había que hacerles frente y resistirlas, etc.
40. Así pues, cuando hube oído y considerado lo que decían, las dejé y volví a mi trabajo; pero su conversación y sus palabras se fueron conmigo; también mi corazón se quedaba con ellas, porque me sentía muy conmovido por sus palabras, tanto porque por ellas quedé convencido de que me faltaban las verdaderas señales de un hombre verdaderamente piadoso, como porque por ellas quedé convencido también de la feliz y bienaventurada condición de quien lo era.
41. Por eso me empeñaba a menudo en ir una y otra vez a la compañía de aquella gente pobre, porque no podía mantenerme alejado; y cuanto más andaba entre ellas, más ponía en duda mi condición; y, según recuerdo todavía, pronto hallé dos cosas dentro de mí que a veces me maravillaban, sobre todo considerando qué desdichado tan ciego, ignorante, sórdido e impío había sido yo justo antes. La una era una gran blandura y ternura de corazón, que me hacía caer bajo la convicción de lo que ellas afirmaban por la Escritura; y la otra, una gran inclinación de mi mente a meditar continuamente en ello y en todas las demás cosas buenas que en cualquier momento oía o leía.
42. Con estas cosas mi mente se volvió de tal manera que estaba como una sanguijuela pegada a la vena, clamando sin cesar: Dame, dame (Proverbios 30:15); sí, estaba tan fija en la eternidad y en las cosas del reino de los cielos, es decir, hasta donde yo las conocía, aunque, Dios lo sabe, conocía todavía muy poco, que ni placeres ni ganancias, ni persuasiones ni amenazas podían aflojarla o hacerla soltar su presa; y aunque lo digo con vergüenza, es sin embargo una verdad cierta que entonces me habría resultado tan difícil apartar mi mente del cielo a la tierra como me ha resultado a menudo después volverla de la tierra al cielo.
43. Hay una cosa que no puedo omitir. Había en nuestro pueblo un joven a quien mi corazón estaba unido más que a ningún otro; pero como era una criatura de lo más perversa para maldecir, jurar y fornicar, ahora me aparté de él y dejé su compañía. Pero como tres meses después de haberlo dejado, me lo encontré en cierta callejuela y le pregunté cómo estaba; él, con sus antiguos juramentos y su manera desatinada, me respondió que estaba bien. «Pero, Harry», le dije, «¿por qué juras y maldices así? ¿Qué será de ti si mueres en esta condición?». Me respondió muy irritado: «¿Qué haría el diablo para tener compañía si no fuera por los que son como yo?».
44. Por este tiempo di con algunos libros de los ranters, publicados por algunos compatriotas nuestros, libros que además tenían en gran estima varios profesantes antiguos; leí algunos de ellos, pero no fui capaz de formarme un juicio sobre ellos; por lo cual, mientras los leía y meditaba en ellos, sintiéndome incapaz de juzgar, me entregaba a la oración de corazón de esta manera: Oh Señor, soy un necio, y no sé distinguir la verdad del error: Señor, no me dejes a mi propia ceguera, ni para aprobar ni para condenar esta doctrina; si es de Dios, no permitas que la desprecie; si es del diablo, no permitas que la abrace. Señor, en este asunto pongo mi alma solo a tus pies; no permitas que sea engañado, te lo suplico humildemente. Durante todo este tiempo tuve un compañero íntimo en la religión, y era aquel pobre hombre de quien hablé antes; pero por este tiempo también él se volvió un ranter de lo más diabólico, y se entregó a toda clase de inmundicia, especialmente a la impureza; llegaba a negar que hubiera Dios, ángel o espíritu, y se reía de toda exhortación a la sobriedad. Cuando yo me esforzaba por reprender su maldad, él se reía aún más, y alegaba que había pasado por todas las religiones y que nunca había dado con la verdadera hasta entonces. Me dijo también que dentro de muy poco tiempo veríamos a todos los profesantes volverse a los caminos de los ranters. Por eso, abominando aquellos principios malditos, dejé enseguida su compañía, y llegué a ser para él tan extraño como antes le había sido familiar.
45. Y no fue este hombre mi única tentación; sino que, como mi oficio me llevaba por el campo, me tocó dar con la compañía de varias personas que, aunque antes habían sido estrictas en la religión, también habían sido arrastradas por estos ranters. Estas también me hablaban de sus caminos, y me condenaban como legalista y entenebrecido; alegando que solo ellos habían alcanzado la perfección, pues podían hacer lo que quisieran y no pecar. ¡Oh, estas tentaciones se acomodaban bien a mi carne, pues yo no era más que un hombre joven y mi naturaleza estaba en su apogeo! Pero Dios, que me había destinado, según espero, a cosas mejores, me guardó en el temor de su nombre, y no permitió que aceptara tales principios. Y bendito sea Dios, que puso en mi corazón clamar a él para ser guardado y dirigido, desconfiando siempre de mi propia sabiduría; porque desde entonces he visto el fruto mismo de aquella oración, en que me ha preservado no solo de los errores de los ranters, sino también de los que han brotado después. La Biblia me era preciosa en aquellos días.
46. Y entonces, me parecía, comencé a mirar la Biblia con ojos nuevos, y a leer como nunca antes lo había hecho; y especialmente las epístolas del apóstol Pablo me eran dulces y agradables; y, en verdad, nunca me apartaba entonces de la Biblia, ya leyéndola, ya meditándola; clamando sin cesar a Dios para conocer la verdad, y el camino al cielo y a la gloria.
47. Y mientras avanzaba en la lectura, di con aquel pasaje: «A este es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe», etc. (1 Corintios 12:8, 9). Y aunque, según he visto después, con esta Escritura el Espíritu Santo se refiere en especial a cosas extraordinarias, a mí entonces se me clavó con convicción de que me faltaban las cosas ordinarias, es decir, aquel mismo entendimiento y aquella sabiduría que tenían otros cristianos. Meditaba en esta palabra y no sabía qué hacer; sobre todo esta palabra, fe, me ponía en aprieto, porque no podía evitarlo, sino que a veces no tenía más remedio que preguntarme si tenía fe o no; pues temía que eso me excluyera de todas las bendiciones que Dios había dado a otras buenas personas; pero me resistía a concluir que no tenía fe en mi alma; porque si lo hago, pensaba, entonces me tendré de veras por un réprobo.
48. Ahora bien, me dije, aunque estoy convencido de que soy un necio ignorante, y de que me faltan esos benditos dones de conocimiento y entendimiento que tienen otras buenas personas, aun así, a la ventura, concluiré que no estoy del todo sin fe, aunque no sé qué es la fe. Porque se me mostró, y eso, según he visto después, por obra de Satanás, que quienes concluyen que están en un estado sin fe no tienen ni descanso ni sosiego en el alma; y yo no quería caer del todo en la desesperación.
49. Por eso, a causa de esta sugestión, durante un tiempo tuve yo miedo de ver mi falta de fe; pero Dios no quiso permitir que así perdiera y destruyera mi alma, sino que de continuo, contra esta conclusión mía, ciega y triste, creaba dentro de mí tales sospechas de que en esto podía engañarme a mí mismo, que no pude quedar tranquilo hasta llegar a algún conocimiento cierto de si tenía fe o no; pues esto me rondaba siempre la mente: ¿Y si de veras te falta la fe? ¿Cómo puedes saber si tienes fe? Y, además, veía con certeza que, si no la tenía, sin duda perecería para siempre.
50. De modo que, aunque al principio procuré pasar por alto el asunto de la fe, al poco tiempo, considerando mejor la cuestión, estuve dispuesto a someterme a la prueba de si tenía fe o no. Pero, ¡ay, pobre desdichado!, tan ignorante y tan bruto era, que hasta aquel día no sabía más cómo hacerlo de lo que sé yo hoy cómo empezar y acabar una obra de arte rara y primorosa que nunca he visto todavía ni he considerado jamás.
51. Por eso, mientras así lo consideraba y me veía en aprieto por ello (porque has de saber que todavía no había abierto mi pensamiento sobre este asunto a nadie, sino que solo escuchaba y consideraba), entró el tentador con su engaño: Que no había para mí otro modo de saber que tenía fe sino intentando hacer algún milagro; y me apremiaba con aquellas Escrituras que parecen apuntar en esa dirección, para reforzar y fortalecer su tentación. Más aún, un día, yendo entre Elstow y Bedford, la tentación me acosó con fuerza a probar si tenía fe haciendo algún milagro; y el milagro, en aquella ocasión, era este: había de decir a los charcos que había en las sendas de los caballos: Secaos; y a los lugares secos: Volveos charcos. Y de veras, una vez estuve a punto de decirlo; pero justo cuando iba a hablar, me vino este pensamiento: Pero ve primero detrás de aquel seto y ora para que Dios te dé el poder. Mas cuando hube resuelto orar, me asaltó con fuerza esto: Que si oraba, y volvía e intentaba hacerlo, y aun así no conseguía nada, entonces podía estar seguro de que no tenía fe, sino que era un réprobo y estaba perdido. No, pensé, si es así, no lo intentaré todavía, sino que esperaré un poco más.
52. Así continué muy desconcertado; porque pensaba que, si solo tenían fe quienes podían hacer cosas tan maravillosas, entonces debía concluir que por el momento no la tenía, ni era probable que llegara a tenerla jamás en el tiempo por venir. Así me veía yo zarandeado de un lado a otro entre el diablo y mi propia ignorancia, y tan perplejo, sobre todo en algunos momentos, que no sabía qué hacer.
53. Por este tiempo, el estado y la felicidad de aquella pobre gente de Bedford se me representaron así, en un sueño o visión. Los vi como si estuvieran sentados en la ladera soleada de un monte alto, refrescándose allí con los agradables rayos del sol, mientras yo tiritaba y me encogía en el frío, afligido por la escarcha, la nieve y las nubes oscuras. Me pareció también que entre ellos y yo veía un muro que rodeaba este monte; y mi alma deseaba grandemente pasar a través de este muro; pensando que, si lograba hacerlo, iría hasta el mismo centro de ellos, y allí también me consolaría con el calor de su sol.
54. Me pareció que daba vueltas y más vueltas alrededor de este muro, escudriñando mientras andaba, para ver si encontraba algún camino o paso por el cual pudiera entrar; pero durante algún tiempo no pude hallar ninguno en absoluto. Al fin vi, por decirlo así, una abertura estrecha, como una puertecita en el muro, por la cual intenté pasar; pero como el paso era muy estrecho y angosto, hice muchos esfuerzos por entrar, todos en vano, hasta quedar casi del todo rendido y sin fuerzas de tanto forcejear por entrar; al fin, con gran esfuerzo, me pareció que primero lograba meter la cabeza, y después, forcejeando de lado, los hombros y todo el cuerpo; entonces me alegré en gran manera, y fui y me senté en medio de ellos, y así fui consolado con la luz y el calor de su sol.
55. Ahora bien, este monte y este muro, etc., se me explicaron así: el monte significaba la iglesia del Dios vivo; el sol que brillaba sobre él, el resplandor consolador de su rostro misericordioso sobre los que estaban en ella; el muro, pensé, era la Palabra, que hacía separación entre los cristianos y el mundo; y la abertura que había en este muro, pensé, era Jesucristo, que es el camino a Dios el Padre (Juan 14:6; Mateo 7:14). Pero, como el paso era asombrosamente estrecho, tan estrecho que no podía entrar por él sino con gran dificultad, eso me mostró que nadie podía entrar en la vida sino los que iban de veras en serio, y a menos que dejaran atrás este mundo malvado; porque allí solo había lugar para el cuerpo y el alma, pero no para el cuerpo, el alma y el pecado.
56. Esta figura permaneció en mi espíritu muchos días; y durante todo ese tiempo me veía en una condición desamparada y triste, pero aun así era movido a un hambre y un deseo vehementes de ser uno de aquel número que estaba sentado al sol. También oraba entonces dondequiera que estuviera, en casa o fuera, en la casa o en el campo, y a menudo cantaba además, con el corazón elevado, aquello del Salmo 51: «Oh Señor, considera mi aflicción»; porque todavía no sabía dónde estaba.
57. Tampoco podía llegar aún a ninguna persuasión consoladora de que tenía fe en Cristo; sino que, en lugar de hallar satisfacción, comencé entonces a sentir mi alma asaltada por nuevas dudas acerca de mi felicidad futura; especialmente por estas: ¿Era yo un elegido? ¿Y si el día de la gracia hubiera pasado ya y se hubiera ido?
58. Estas dos tentaciones me afligían e inquietaban mucho; a veces una, y a veces la otra. Y primero, para hablar de la que se refería a mis dudas sobre mi elección, descubrí en aquel tiempo que, aunque yo estaba todo en llamas por hallar el camino al cielo y a la gloria, y aunque nada en el mundo podía apartarme de ello, aun así esta pregunta me ofendía y desanimaba tanto que, sobre todo en algunos momentos, era como si la fuerza misma de mi cuerpo me hubiera sido quitada por su poder y su fuerza. Esta Escritura también parecía pisotear todos mis deseos: «No es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Romanos 9:16).
59. Con esta Escritura yo no sabía qué hacer; porque veía con toda evidencia que, a menos que el gran Dios, por su infinita gracia y bondad, me hubiera escogido voluntariamente para ser un vaso de misericordia, aunque yo lo deseara, y lo anhelara y trabajara hasta romperse mi corazón, nada bueno podría salir de ello. Por eso, esto se me quedaba siempre clavado: ¿Cómo puedes saber que eres elegido? ¿Y si no lo fueras? ¿Qué entonces?
60. Oh Señor, pensé, ¿y si de veras no lo fuera? Puede que no lo seas, dijo el tentador; puede que así sea, en verdad, pensé yo. Pues entonces, dijo Satanás, más te valdría desistir y no esforzarte más; porque si de veras no fueras elegido y escogido por Dios, no se puede hablar de que seas salvo; pues «no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia».
61. Con estas cosas fui llevado al límite de mi ingenio, sin saber qué decir ni cómo responder a estas tentaciones. En verdad, poco pensaba yo que era Satanás quien así me asaltaba, sino más bien que era mi propia prudencia la que planteaba así la cuestión; porque que solo los elegidos alcanzaban la vida eterna, eso lo abrazaba de corazón y sin escrúpulo; pero que yo mismo fuera uno de ellos, ahí estaba toda la cuestión.
62. Así, pues, durante varios días fui grandemente asaltado y turbado, y a menudo, cuando iba caminando, estaba a punto de hundirme allí donde iba, con el desfallecimiento de mi mente; pero un día, después de haber estado tantas semanas oprimido y abatido por ello, cuando ya estaba entregando del todo el último aliento de todas mis esperanzas de alcanzar jamás la vida, cayó con peso sobre mi espíritu esta sentencia: «Mirad las generaciones antiguas, y ved: ¿confió alguno jamás en el Señor, y fue confundido?»
63. Con lo cual mi alma quedó en gran manera aliviada y animada; porque en aquel mismo instante se me explicó de esta manera: Comienza por el principio del Génesis y lee hasta el fin del Apocalipsis, y mira si puedes encontrar que hubo jamás alguno que confiara en el Señor y fuera confundido. Así que, al llegar a casa, me fui enseguida a mi Biblia para ver si podía hallar aquel dicho, sin dudar que lo hallaría enseguida; porque estaba tan fresco en mi espíritu, y con tanta fuerza y consuelo, que era como si me hablara.
64. Pues bien, busqué, pero no lo hallé; solo que permanecía en mí; entonces pregunté primero a un buen hombre y luego a otro si sabían dónde estaba, pero ninguno de ellos conocía tal pasaje. Me maravillaba de que semejante sentencia se apoderara de mi corazón y permaneciera en él tan de repente, y con tanto consuelo y fuerza, y que sin embargo nadie pudiera encontrarla, porque yo no dudaba de que estuviera en la Santa Escritura.
65. Así continué más de un año sin poder encontrar el pasaje; pero al fin, echando la vista a los libros apócrifos, lo hallé en Eclesiástico 2:10. Esto, al principio, me desanimó un tanto; pero como para entonces yo ya tenía más experiencia del amor y la bondad de Dios, me inquietó mucho menos; sobre todo cuando consideré que, aunque no estaba en los textos que llamamos santos y canónicos, como esta sentencia era la suma y sustancia de muchas de las promesas, era mi deber tomar para mí el consuelo que daba; y bendigo a Dios por aquella palabra, porque fue de Dios para mí: esa palabra todavía, de vez en cuando, brilla delante de mi rostro.
66. Después de esto, vino con fuerza sobre mí aquella otra duda: ¿Y si el día de la gracia hubiera pasado y se hubiera ido? ¿Y si has dejado pasar el tiempo de la misericordia? Recuerdo que un día, yendo de camino por el campo, estaba muy absorto en este pensamiento: ¿Y si el día de la gracia ha pasado? Y para agravar mi angustia, el tentador presentó a mi mente aquella buena gente de Bedford, y me sugirió esto: Que, puesto que estos ya estaban convertidos, eran todos los que Dios iba a salvar en aquella comarca; y que yo llegaba demasiado tarde, porque estos habían obtenido la bendición antes de que yo llegara.
67. Entonces me vi en gran angustia, pensando que de veras bien podía ser así; por eso andaba de un lado a otro lamentando mi triste condición, teniéndome por mucho peor que mil necios por haberme mantenido apartado tanto tiempo y haber pasado tantos años en el pecado como lo había hecho; clamando sin cesar: ¡Oh, si me hubiera convertido antes! ¡Oh, si me hubiera convertido hace siete años! También me enojaba conmigo mismo al pensar que no hubiera tenido más juicio que malgastar mi tiempo hasta perder mi alma y el cielo.
68. Pero cuando llevaba largo tiempo atormentado por este temor, y apenas podía dar un paso más, justo por el mismo lugar donde había recibido mi otro aliento, irrumpieron en mi mente estas palabras: «Fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa»; «y aun hay lugar» (Lucas 14:22, 23). Estas palabras, pero sobre todo aquellas otras, «y aun hay lugar», fueron palabras dulces para mí; porque, en verdad, pensé que por medio de ellas veía que había lugar de sobra en el cielo para mí; y, además, que cuando el Señor Jesús pronunció estas palabras, pensaba entonces en mí; y que él, sabiendo que llegaría el tiempo en que yo sería afligido por el temor de que no quedaba lugar para mí en su seno, pronunció de antemano esta palabra y la dejó registrada, para que yo hallara en ella ayuda contra esta vil tentación. Esto lo creí entonces de veras.
69. A la luz y con el aliento de esta palabra anduve un buen tiempo; y el consuelo era mayor cuando pensaba que el Señor Jesús hubiera pensado en mí hace tanto tiempo, y que hubiera dicho aquellas palabras a propósito por amor de mí; porque entonces de veras pensaba que las había dicho a propósito, para animarme con ellas.
70. Pero no me faltaron tentaciones de volverme atrás; tentaciones, digo, tanto de Satanás como de mi propio corazón y de mis conocidos carnales; pero doy gracias a Dios porque estas fueron superadas por aquel hondo sentido de la muerte y del día del juicio, que permanecía, por decirlo así, continuamente ante mi vista; también pensaba a menudo en Nabucodonosor, de quien se dice que se le habían dado todos los reinos de la tierra (Daniel 5:19). Sin embargo, pensaba yo, si este gran hombre tuvo toda su porción en este mundo, una sola hora en el fuego del infierno le haría olvidarlo todo. Esta consideración me fue de gran ayuda.
71. Por este tiempo casi se me hizo ver algo acerca de los animales que Moisés tuvo por limpios e inmundos. Pensé que aquellos animales eran figuras o tipos de los hombres; los limpios, figuras de los que eran pueblo de Dios; pero los inmundos, figuras de los que eran hijos del maligno. Ahora bien, leí que los animales limpios rumiaban; es decir, pensé, nos enseñan que debemos alimentarnos de la Palabra de Dios. También tenían la pezuña hendida; pensé que eso significaba que, si queremos ser salvos, debemos apartarnos de los caminos de los impíos. Y además, leyendo más acerca de ellos, hallé que aunque rumiáramos como la liebre, si andábamos con garras como el perro, o aunque tuviéramos la pezuña hendida como el cerdo, si no rumiábamos como la oveja, seguíamos siendo, con todo, inmundos; porque pensé que la liebre era figura de los que hablan de la Palabra, pero andan en los caminos del pecado; y que el cerdo era como aquel que se aparta de sus contaminaciones exteriores, pero aún carece de la Palabra de fe, sin la cual no podría haber camino de salvación, por devoto que sea un hombre (Deuteronomio 14). Después de esto hallé, leyendo la Palabra, que los que han de ser glorificados con Cristo en el otro mundo deben ser llamados por él aquí; llamados a participar de su Palabra y de su justicia, y de los consuelos y las primicias de su Espíritu, y a tener un interés particular en todas aquellas cosas celestiales que de veras preparan el alma para aquel descanso y casa de gloria que está en los cielos.
72. Aquí, de nuevo, me quedé muy detenido, sin saber qué hacer, temiendo no haber sido llamado; porque, pensaba, si no he sido llamado, ¿qué podrá entonces hacerme bien? Nadie sino los que son llamados eficazmente hereda el reino de los cielos. ¡Pero oh, cuánto amaba ahora aquellas palabras que hablaban del llamamiento del cristiano! Como cuando el Señor dijo a uno: «Sígueme», y a otro: «Ven en pos de mí». ¡Y oh, pensaba yo, si me lo dijera también a mí, con qué alegría correría tras él!
73. No puedo expresar ahora con qué anhelos y quebrantos de mi alma clamaba a Cristo para que me llamara. Así continué por un tiempo, todo en llamas por ser convertido a Jesucristo; y veía también en aquel tiempo tal gloria en el estado de conversión, que no podía contentarme sin tener parte en él. ¡Oro! Si hubiera podido obtenerse con oro, ¡qué no habría dado por ello! Si hubiera tenido yo un mundo entero, todo él se habría ido diez mil veces por esto: que mi alma estuviera en estado de conversión.
74. ¡Qué amables eran ahora a mis ojos todos los que yo creía hombres y mujeres convertidos! Resplandecían, y andaban como un pueblo que llevaba consigo el gran sello del cielo. ¡Oh, veía que la suerte les había caído en lugares deleitosos, y que tenían una hermosa heredad (Salmo 16:6)! Pero lo que me enfermaba era aquello de Cristo, en Marcos: subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él (Marcos 3:13).
75. Esta Escritura me hacía desfallecer y temer, y aun así, al mismo tiempo, encendía fuego en mi alma. Lo que me hacía temer era esto: que Cristo no sintiera inclinación hacia mí, porque llamó «a los que él quiso». ¡Pero oh, la gloria que veía en aquella condición cautivaba aún tanto mi corazón, que rara vez podía leer de alguno a quien Cristo llamara sin desear enseguida: Ojalá hubiera estado yo en su lugar; ojalá hubiera nacido Pedro; ojalá hubiera nacido Juan; u ojalá hubiera estado allí y le hubiera oído cuando los llamó, cómo habría clamado: Oh Señor, llámame también a mí! Pero ¡oh!, temía que no me llamara.
76. Y en verdad el Señor me dejó así muchos meses seguidos y no me mostró nada; ni que ya estuviera llamado, ni que lo fuera a ser más adelante. Pero al fin, después de mucho tiempo y de muchos gemidos a Dios para que me hiciera partícipe del santo y celestial llamamiento, vino sobre mí aquella Palabra: «Y limpiaré la sangre de los que no limpié; y el Señor morará en Sion» (Joel 3:21). Pensé que estas palabras me eran enviadas para animarme a seguir esperando en Dios, y me daban a entender que, si no lo estaba ya entonces, aún podía llegar el tiempo en que me convirtiera de veras a Cristo.
77. Por este tiempo comencé a abrir mi corazón a aquella pobre gente de Bedford y a contarles mi condición; y cuando la oyeron, hablaron de mí al señor Gifford, quien también buscó ocasión de hablar conmigo, y estuvo dispuesto a formarse buena opinión de mí, aunque creo que con poco fundamento; pero me invitó a su casa, donde le oiría conversar con otros acerca de los tratos de Dios con el alma; de todo lo cual recibía cada vez más convicción, y desde entonces comencé a ver algo de la vanidad y la miseria interior de mi malvado corazón, porque hasta entonces no sabía gran cosa de ello; pero ahora comenzó a descubrírseme, y también a obrar maldad como nunca antes lo había hecho. Ahora hallaba con toda evidencia que las concupiscencias y corrupciones se manifestaban con fuerza dentro de mí, en pensamientos y deseos malvados, a los que antes no prestaba atención; mis deseos del cielo y de la vida comenzaron a desfallecer. Hallé también que, mientras antes mi alma estaba llena de anhelo por Dios, ahora mi corazón comenzaba a suspirar por toda necia vanidad; sí, mi corazón no se dejaba mover a atender lo que era bueno; comenzó a volverse descuidado, tanto de mi alma como del cielo; ahora se rezagaba continuamente, tanto para ir a cada deber como en el deber mismo; y era como una traba en la pata de un pájaro que le impide volar.
78. No, pensé, ahora voy de mal en peor; ahora estoy más lejos de la conversión que nunca antes. Por eso comencé a hundirme grandemente en mi alma, y a dar cabida en mi corazón a tal desaliento que me abatió tan bajo como el infierno. Aunque en aquel momento me hubieran quemado en la hoguera, no habría podido creer que Cristo me amaba; ¡ay!, no podía oírle, ni verle, ni sentirle, ni gustar ninguna de sus cosas; era arrastrado como por una tempestad; mi corazón quería ser inmundo; los cananeos querían habitar en la tierra.
79. A veces contaba mi condición al pueblo de Dios, y ellos, al oírla, se compadecían de mí y me hablaban de las promesas; pero lo mismo les habría valido decirme que tenía que alcanzar el sol con el dedo que pedirme que recibiera la promesa o descansara en ella; y en cuanto intentaba hacerlo, todo mi sentir y mi percepción estaban en contra de mí; y veía que tenía un corazón que quería pecar, y que estaba bajo una ley que había de condenarlo.
80. Estas cosas me han hecho pensar a menudo en aquel muchacho que su padre trajo a Cristo, el cual, cuando todavía se acercaba a él, fue derribado por el diablo, y tan sacudido y despedazado por él que quedó tendido revolcándose y echando espumarajos (Lucas 9:42; Marcos 9:20).
81. Además, en aquellos días hallaba que mi corazón se cerraba contra el Señor y contra su santa Palabra. He hallado que mi incredulidad ponía, por decirlo así, el hombro contra la puerta para dejarle fuera, y eso aun en los mismos momentos en que yo clamaba con muchos suspiros amargos: Buen Señor, ábrela por la fuerza; Señor, quebranta estas puertas de bronce y desmenuza estos cerrojos de hierro (Salmo 107:16). Sin embargo, aquella palabra a veces producía en mi corazón una pausa apacible: «Yo te ceñí, aunque tú no me conociste» (Isaías 45:5).
82. Pero en todo este tiempo, en cuanto al acto de pecar, nunca fui más delicado que entonces; no me atrevía a tomar un alfiler ni un palito, aunque no fuera mayor que una paja, porque mi conciencia estaba ahora llagada y escocía a cada toque; ya no sabía cómo decir mis palabras, por temor a ponerlas fuera de lugar. ¡Oh, con qué tiento andaba entonces en todo lo que hacía o decía! Me hallaba como si estuviera sobre un cenagal que temblaba con solo moverme; y allí me sentía abandonado de Dios y de Cristo, y del Espíritu, y de todas las cosas buenas.
83. Pero observo esto: que, aunque fui tan gran pecador antes de mi conversión, Dios nunca cargó mucho sobre mí la culpa de los pecados de mi ignorancia; solo me mostró que estaba perdido si no tenía a Cristo, porque había sido pecador; vi que necesitaba una justicia perfecta para presentarme sin falta delante de Dios, y que esta justicia no se hallaba en ninguna parte sino en la persona de Jesucristo.
84. Pero mi contaminación original e interior, esa, esa era mi plaga y mi aflicción; esa, digo, que de manera espantosa se manifestaba siempre dentro de mí; esa cuya culpa sentía hasta el asombro; a causa de ella yo era más repugnante a mis propios ojos que un sapo; y pensaba que también lo era a los ojos de Dios; el pecado y la corrupción, decía yo, brotaban de mi corazón tan naturalmente como el agua brota de una fuente. Pensaba entonces que todos tenían mejor corazón que yo; habría cambiado de corazón con cualquiera; pensaba que nadie sino el mismo diablo podía igualarme en maldad interior y en contaminación de la mente. Caí, por tanto, al ver mi propia vileza, en una profunda desesperación; porque concluí que esta condición en que me encontraba no podía ser compatible con un estado de gracia. Sin duda, pensaba, estoy abandonado de Dios; sin duda estoy entregado al diablo y a una mente reprobada; y así continué largo tiempo, aun por algunos años seguidos.
85. Mientras así estaba afligido por el temor de mi propia condenación, había dos cosas que me asombraban: una era ver a gente anciana correr tras las cosas de esta vida, como si hubieran de vivir aquí para siempre; la otra, encontrar a profesantes muy angustiados y abatidos cuando sufrían pérdidas exteriores, como de marido, esposa, hijo, etc. Señor, pensaba yo, ¡cuánto alboroto hay aquí por cosas tan pequeñas como estas! ¡Qué afán por las cosas carnales en unos, y qué dolor en otros por su pérdida! Si tanto se afanan por las cosas de esta vida presente, y derraman tantas lágrimas por ellas, ¡cuánto más debo yo ser llorado, compadecido, y cuánto deben orar por mí! Mi alma se está muriendo, mi alma se está condenando. Si tan solo mi alma estuviera en buena condición, y si tan solo yo estuviera seguro de ello, ¡oh, qué rico me tendría, aunque no tuviera otra bendición que pan y agua! Tendría aquellas por aflicciones pequeñas, y las llevaría como cargas ligeras. «¿Quién soportará al ánimo angustiado?»
86. Y aunque así estaba turbado, zarandeado y afligido por la vista, el sentimiento y el terror de mi propia maldad, aun así temía dejar que esta vista y este sentimiento se borraran del todo de mi mente; porque hallé que, a menos que la culpa de la conciencia fuera quitada de la manera debida, es decir, por la sangre de Cristo, el hombre más bien empeoraba que mejoraba al perder su turbación de ánimo. Por eso, si mi culpa pesaba duramente sobre mí, clamaba para que la sangre de Cristo me la quitara; y si se me iba sin ella (porque el sentimiento del pecado a veces era como si fuera a morir y desaparecer del todo), entonces me esforzaba también por traerlo otra vez sobre mi corazón, poniendo ante mi espíritu el castigo del pecado en el fuego del infierno; y clamaba: Señor, que no se aparte de mi corazón sino de la manera debida, sino por la sangre de Cristo y por la aplicación de tu misericordia, por medio de él, a mi alma; porque aquella Escritura pesaba mucho sobre mí: «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Hebreos 9:22). Y lo que más me hacía temer esto era que había visto a algunos que, cuando estaban bajo heridas de conciencia, clamaban y oraban; pero como buscaban más un alivio presente de su turbación que el perdón de su pecado, no les importaba cómo perdían su culpa, con tal de quitársela de la mente; y por eso, habiéndosela quitado de la manera equivocada, no les fue santificada; sino que se volvieron más duros, más ciegos y más malvados después de su turbación. Esto me hacía temer, y me hacía clamar a Dios con más fuerza para que no me ocurriera así a mí.
87. Y entonces me pesaba que Dios me hubiera hecho hombre, porque temía ser un réprobo; tenía al hombre no convertido por la más lastimosa de todas las criaturas. Así, afligido y zarandeado por mi triste condición, me tenía por solo, y por más desdichado que la mayoría de los hombres.
88. Sí, me parecía imposible llegar jamás a tanta bondad de corazón como para dar gracias a Dios por haberme hecho hombre. El hombre, en verdad, es por creación la más noble de todas las criaturas del mundo visible; pero por el pecado se ha hecho la más innoble. Las bestias, las aves, los peces, etc., yo envidiaba su condición, porque no tenían una naturaleza pecaminosa, no eran odiosos a la vista de Dios; no habían de ir al fuego del infierno después de la muerte; por eso me habría alegrado de que mi condición fuera como la de cualquiera de ellos.
89. En esta condición anduve mucho tiempo; pero cuando llegó el tiempo del consuelo, oí a uno predicar un sermón sobre aquellas palabras de Cantares 4:1: «He aquí que tú eres hermosa, amor mío; he aquí que tú eres hermosa». Pero en aquella ocasión hizo de estas dos palabras, «Amor mío», su tema y asunto principal; de las cuales, después de haber explicado un poco el texto, sacó estas varias conclusiones: 1. Que la Iglesia, y así toda alma salvada, es el amor de Cristo, aun cuando no es amable. 2. El amor de Cristo sin causa. 3. El amor de Cristo cuando es aborrecida por el mundo. 4. El amor de Cristo cuando está bajo tentación y bajo desamparo. 5. El amor de Cristo desde el principio hasta el fin.
90. Pero de momento no saqué nada de lo que dijo; solo que, cuando llegó a la aplicación del cuarto punto, esta fue la palabra que dijo: Si es así, que el alma salvada es el amor de Cristo cuando está bajo tentación y desamparo, entonces, pobre alma tentada, cuando seas asaltada y afligida por la tentación y por el ocultamiento del rostro de Dios, piensa aun así en estas dos palabras: «Amor mío».
91. Así que, cuando volvía a casa, estas palabras me vinieron otra vez al pensamiento; y recuerdo bien que, al entrar, dije así en mi corazón: ¿Qué sacaré de pensar en estas dos palabras? Apenas este pensamiento había pasado por mi corazón, cuando las palabras comenzaron a encenderse así en mi espíritu: «Tú eres mi amor, tú eres mi amor», veinte veces seguidas; y mientras así corrían por mi mente, se hacían más fuertes y más cálidas, y comenzaron a hacerme levantar la vista; pero, estando todavía entre la esperanza y el temor, seguía respondiendo en mi corazón: Pero ¿es verdad?, pero ¿es verdad? A lo cual cayó sobre mí aquella sentencia: él «no sabía que era verdad lo que hacía el ángel» (Hechos 12:9).
92. Entonces comencé a dar lugar a la palabra, que con poder hacía resonar una y otra vez este son gozoso dentro de mi alma: Tú eres mi amor, tú eres mi amor; y nada te separará de mi amor; y con eso me vino a la mente Romanos 8:39. Ahora mi corazón estaba lleno de consuelo y de esperanza, y ahora podía creer que mis pecados me serían perdonados; sí, estaba ahora tan cautivado por el amor y la misericordia de Dios, que recuerdo que no sabía cómo contenerme hasta llegar a casa; pensaba que podría haber hablado de su amor y de su misericordia para conmigo aun a los mismos cuervos que se posaban en las tierras aradas delante de mí, si hubieran sido capaces de entenderme; por eso dije en mi alma con mucha alegría: Bien, ojalá tuviera aquí pluma y tinta; escribiría esto antes de seguir adelante, porque ciertamente no lo olvidaré dentro de cuarenta años; pero ¡ay!, en menos de cuarenta días comencé a ponerlo todo en duda otra vez; lo cual me hizo empezar a dudar de todo todavía.
93. Aun así, a veces era ayudado a creer que había sido una verdadera manifestación de la gracia a mi alma, aunque había perdido mucho de su vida y de su sabor. Pues bien, como una semana o quince días después de esto, me perseguía mucho esta Escritura: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido» (Lucas 22:31). Y a veces sonaba tan fuerte dentro de mí, sí, y como si me llamara con tanta fuerza por detrás, que una vez, más que todas las demás, volví la cabeza por encima del hombro, pensando de veras que algún hombre me había llamado desde atrás; aunque estaba a gran distancia, me parecía que llamaba muy fuerte; vino, según he pensado después, para despertarme a la oración y a la vigilancia; vino para avisarme de que una nube y una tormenta se me venían encima, pero yo no lo entendí.
94. Además, según recuerdo, aquella vez que me llamó tan fuerte fue la última vez que sonó en mi oído; pero me parece que todavía oigo con qué voz tan fuerte sonaban en mis oídos estas palabras: Simón, Simón. Pensé de veras, como te he contado, que alguien me había llamado desde media milla detrás de mí; y aunque ese no era mi nombre, me hizo volver de pronto la vista atrás, creyendo que el que llamaba tan fuerte se refería a mí.
95. Pero tan necio e ignorante era yo, que no sabía la razón de este sonido; el cual, como pronto vi y sentí, me fue enviado del cielo como una alarma, para despertarme a prepararme para lo que venía; solo que me hacía cavilar y maravillarme en mi mente, pensando cuál podía ser la razón de que esta Escritura, y de esta manera, tan a menudo y tan fuerte, siguiera sonando y retumbando en mis oídos; pero, como dije antes, poco después percibí el propósito de Dios en ello.
96. Porque como al cabo de un mes, una tormenta muy grande se me vino encima, que me trató veinte veces peor que todo lo que había sufrido antes; vino sobre mí a hurtadillas, ahora por una parte, luego por otra; primero me fue quitado todo mi consuelo, luego se apoderaron de mí las tinieblas, y después de eso torrentes enteros de blasfemias, tanto contra Dios como contra Cristo y las Escrituras, fueron derramados sobre mi espíritu, para gran confusión y asombro mío. Estos pensamientos blasfemos eran tales que también levantaban en mí preguntas contra el mismo ser de Dios y de su único Hijo amado; como si de verdad había un Dios, o un Cristo, o no. ¿Y si las santas Escrituras no eran más bien una fábula y una historia astuta, que la santa y pura Palabra de Dios?
97 El tentador me asaltaba también mucho con esto: ¿Cómo sabes si los turcos no tienen Escrituras tan buenas para probar que su Mahoma es el Salvador como las que tenemos nosotros para probar que lo es nuestro Jesús? ¿Y podía yo pensar que tantas decenas de miles, en tantos países y reinos, estuvieran sin el conocimiento del verdadero camino al cielo, si de veras había un cielo, y que solo nosotros, que vivimos en un rincón de la tierra, fuéramos los únicos bendecidos con él? ¡Cada cual piensa que su propia religión es la más verdadera, tanto judíos como moros y paganos! ¿Y si toda nuestra fe, y Cristo, y las Escrituras, no fueran también más que un «así me parece»?
98. A veces me he esforzado por argumentar contra estas sugestiones, y por oponerles algunas de las sentencias del bendito Pablo; pero, ¡ay!, pronto sentí, cuando así lo hacía, que argumentos como estos volvían otra vez sobre mí: Aunque hacíamos tanto caso de Pablo y de sus palabras, ¿cómo podía yo saber si de verdad él, siendo un hombre sutil y astuto, no se había entregado a engañar con fuertes engaños, y no se había tomado todo aquel trabajo y fatiga para perder y destruir a sus semejantes?
99. Estas sugestiones, con muchas otras que en este momento no puedo ni me atrevo a expresar, ni de palabra ni por escrito, se apoderaron de tal modo de mi espíritu, y pesaron tanto sobre mi corazón, por su número, su continuidad y su fuerza ardiente, que sentía como si no hubiera dentro de mí otra cosa que estas desde la mañana hasta la noche; y como si de veras no pudiera haber lugar para ninguna otra; y concluí también que Dios, en verdadera ira contra mi alma, me había entregado a ellas, para ser arrastrado por ellas como por un poderoso torbellino.
100. Solo por el disgusto que causaban a mi espíritu sentía que había algo en mí que se negaba a abrazarlas. Pero esta consideración solo la tenía cuando Dios me daba un respiro para tragar saliva; de otro modo, el estruendo, la fuerza y el ímpetu de estas tentaciones ahogaban y anegaban, y por decirlo así sepultaban, todos esos pensamientos o el recuerdo de cualquier cosa semejante. Mientras estaba en esta tentación, a menudo hallaba mi mente impulsada de repente a maldecir y jurar, o a decir alguna cosa grave contra Dios, o contra Cristo su Hijo, y contra las Escrituras.
101. Entonces pensaba: sin duda estoy poseído por el diablo; otras veces, de nuevo, pensaba que iba a perder el juicio; porque, en lugar de alabar y engrandecer a Dios el Señor con los demás, si tan solo le oía nombrar, enseguida algún pensamiento blasfemo, de lo más horrible, salía disparado de mi corazón contra él; de modo que, ya pensara que Dios existía, ya pensara que no había tal cosa, no podía sentir dentro de mí ni amor, ni paz, ni disposición alguna de gracia.
102. Estas cosas me hundieron en una desesperación muy profunda; porque concluí que tales cosas no podían en modo alguno hallarse entre los que amaban a Dios. A menudo, cuando estas tentaciones me acometían con fuerza, me comparaba con un niño a quien alguna gitana ha tomado por la fuerza bajo su delantal y se lo lleva lejos de sus amigos y de su tierra; a veces pataleaba, y también gritaba y lloraba; pero aun así estaba como atado en las alas de la tentación, y el viento me arrastraba. Pensaba también en Saúl y en el espíritu malo que lo poseía, y temía en gran manera que mi condición fuera la misma que la suya (1 Samuel 16:14).
103. En aquellos días, cuando oía a otros hablar de cuál era el pecado contra el Espíritu Santo, el tentador me incitaba de tal modo a desear cometer ese pecado, que era como si no pudiera, no debiera, ni fuera a quedar tranquilo hasta haberlo cometido; ahora ningún pecado me bastaba sino ese; si había de cometerse diciendo cierta palabra, entonces me he sentido como si mi boca fuera a pronunciar esa palabra, quisiera yo o no; y con tanta fuerza me acometía esta tentación, que a menudo he estado a punto de ponerme la mano bajo la barbilla para impedir que se me abriera la boca; y con ese mismo fin he tenido otras veces pensamientos de arrojarme de cabeza en algún hoyo de estiércol, para impedir que mi boca hablara.
104. Entonces envidiaba la condición del perro y del sapo, y tenía el estado de todo lo que Dios había hecho por mucho mejor que este espantoso estado mío y el de mis compañeros; sí, con gusto habría estado en la condición de un perro o de un caballo, porque sabía que no tenían un alma que pereciera bajo los pesos eternos del infierno por el pecado, como probablemente le iba a ocurrir a la mía. Más aún, aunque veía esto, lo sentía y estaba hecho pedazos por ello, lo que aumentaba mi dolor era que no podía hallar que deseara la liberación con toda mi alma. Aquella Escritura también desgarraba y despedazaba mi alma en medio de estas aflicciones: «Los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos».
105. Y ahora mi corazón era a veces durísimo; aunque hubiera dado mil libras por una lágrima, no habría podido derramar ni una; no, y a veces apenas deseaba derramarla. Me abatía mucho pensar que esta hubiera de ser mi suerte. Veía que algunos podían llorar y lamentar su pecado; y otros, en cambio, podían regocijarse y bendecir a Dios por Cristo; y otros, a su vez, podían hablar con calma de la Palabra de Dios y recordarla con alegría; mientras yo solo estaba en la tormenta o tempestad. Esto me hundía mucho; pensaba que mi condición era única. Por eso lamentaba mucho mi dura suerte; pero salir de estas cosas, o librarme de ellas, no podía.
106. Mientras duró esta tentación, que fue como un año, no podía asistir a ninguna de las ordenanzas de Dios sino con dolorosa y gran aflicción. Sí, entonces era cuando más me angustiaban las blasfemias; si estaba oyendo la Palabra, la impureza, las blasfemias y la desesperación me tenían allí como cautivo; si estaba leyendo, entonces a veces me venían de repente pensamientos para poner en duda todo lo que leía; otras veces mi mente era arrebatada de manera tan extraña y ocupada por otras cosas, que no he sabido, ni atendido, ni recordado siquiera la frase que acababa de leer.
107. También en la oración he sido muy turbado en este tiempo; a veces he pensado que iba a ver al diablo; más aún, he pensado que le sentía tirarme de la ropa por detrás; también me acosaba continuamente durante la oración para que terminara: déjalo ya, date prisa, ya has orado bastante, no te quedes más, apartando siempre mi mente. A veces, también, me echaba pensamientos tan malvados como estos: que tenía que orarle a él, o por él. He pensado a veces en aquello—Póstrate, o: «si postrado me adoras» (Mateo 4:9).
108. Además, cuando, por haber tenido pensamientos errantes durante este deber, me he esforzado por serenar mi mente y fijarla en Dios, entonces el tentador se ha esforzado con gran fuerza por distraerme y confundirme, y por desviar mi mente, presentando a mi corazón y a mi fantasía la forma de un arbusto, un toro, una escoba, o cosas semejantes, como si hubiera de orar a ellas; y a estas, sobre todo en algunos momentos, me sujetaba de tal modo la mente que era como si no pudiera pensar en otra cosa, ni orar a otra cosa sino a estas, o a otras como ellas.
109. Sin embargo, a veces tenía algunas percepciones fuertes y conmovedoras de Dios, y de la realidad de la verdad de su evangelio; pero, ¡oh, cómo se derramaba mi corazón en tales momentos con gemidos indecibles! Toda mi alma estaba entonces en cada palabra; clamaba con angustias a Dios para que tuviera misericordia de mí; pero entonces volvían a desanimarme ocurrencias como estas: pensaba que Dios se burlaba de estas oraciones mías, diciendo, y eso a oídos de los santos ángeles: Este pobre y simple desdichado suspira por mí como si yo no tuviera otra cosa que hacer con mi misericordia sino darla a gente como él. ¡Ay, pobre necio, cómo te engañas! No es para los que son como tú hallar favor delante del Altísimo.
110. Entonces el tentador ha venido también sobre mí con desalientos como estos—Estás muy ardiente por la misericordia, pero yo te enfriaré; este estado no durará siempre; muchos han estado tan ardientes como tú por un tiempo, pero yo he apagado su celo. Y con esto se ponían delante de mis ojos tales y cuales que habían caído. Entonces temía hacer yo lo mismo; pero, pensaba, me alegro de que esto me venga a la mente. Bien, velaré y tendré todo el cuidado que pueda. Aunque lo hagas, decía Satanás, yo podré más que tú; te enfriaré sin que lo notes, por grados, poco a poco. ¿Qué me importa, dice, tardar siete años en helarte el corazón, si al final lo consigo? El mecer continuo hace dormir al niño que llora. Insistiré sin descanso, pero lograré mi propósito. Aunque ahora estés ardiendo, si consigo apartarte de este fuego, te tendré frío antes de mucho.
111. Estas cosas me pusieron en grandes apuros; porque así como por el momento no me hallaba preparado para morir ahora, así pensaba que vivir mucho tiempo me haría aún menos apto; porque el tiempo me haría olvidarlo todo, y borraría de mi mente y de mi pensamiento hasta el recuerdo del mal del pecado, del valor del cielo y de la necesidad que tenía de la sangre de Cristo para lavarme; pero doy gracias a Cristo Jesús porque estas cosas no me hicieron de momento aflojar en mi clamor, sino que más bien me empujaron más a él, como aquella que se encontró con el adúltero (Deuteronomio 22:27); en aquellos días, después de haber sufrido estas cosas un tiempo, me fue de bien aquella palabra: «Estoy seguro de que ni lo alto, ni lo profundo, ni la vida», etc., «nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús» (Romanos 8:38). Y ahora esperaba que una vida larga no me destruiría ni me haría perder el cielo.
112. Aun así, tuve algunos apoyos en esta tentación, aunque entonces los ponía todos en duda; aquel pasaje del tercer capítulo de Jeremías, al principio, significó algo para mí, y así también la consideración del quinto versículo de aquel capítulo: que aunque hayamos hablado y hecho cuantas maldades pudimos, aun así debemos clamar a Dios: «Padre mío, tú eres el guía de mi juventud»; y volvernos a él.
113. Tuve también una vez una dulce vislumbre de aquello de 2 Corintios 5:21: «Porque al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Recuerdo también que un día, estando sentado en casa de un vecino, y muy triste allí al considerar mis muchas blasfemias, mientras decía en mi mente: ¿Qué fundamento tengo para pensar que yo, que he sido tan vil y abominable, haya de heredar jamás la vida eterna?, de repente vino sobre mí aquella palabra: «¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8:31). También me fue de ayuda aquella: «Porque yo vivo, y vosotros también viviréis» (Juan 14:19). Pero estas no eran más que indicios, toques y visitas breves, aunque muy dulces mientras duraban; solo que no duraban; sino que, como el lienzo de Pedro, eran arrebatadas de repente de mí y subidas otra vez al cielo (Hechos 10:16).
114. Pero después el Señor se me descubrió más plena y bondadosamente; y, en verdad, me libró del todo, no solo de la culpa que por estas cosas había sido echada sobre mi conciencia, sino también de su misma inmundicia; porque la tentación fue quitada, y fui devuelto otra vez a mi sano juicio, como los demás cristianos.
115. Recuerdo que un día, yendo de viaje por el campo, meditando en la maldad y la blasfemia de mi corazón, y considerando la enemistad que había en mí contra Dios, me vino a la mente aquella Escritura: él ha «hecho la paz mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1:20). Por la cual se me hizo ver, una vez, y otra, y otra, aquel día, que Dios y mi alma eran amigos por esta sangre; sí, vi que la justicia de Dios y mi alma pecadora podían abrazarse y besarse por medio de esta sangre. Este fue un buen día para mí; espero no olvidarlo.
116. En otra ocasión, estando sentado junto al fuego en mi casa y meditando en mi miseria, el Señor me hizo también preciosa aquella palabra: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14, 15). Pensé que la gloria de estas palabras pesaba entonces tanto sobre mí, que una y dos veces estuve a punto de desmayarme allí sentado; pero no de dolor y de turbación, sino de sólido gozo y paz.
117. En este tiempo también me sentaba bajo el ministerio del santo señor Gifford, cuya doctrina, por la gracia de Dios, contribuyó mucho a mi estabilidad. Este hombre se ocupaba mucho de librar al pueblo de Dios de todos aquellos defectos y falsos descansos que por naturaleza estamos inclinados a tomar y fabricar para nuestras almas. Nos exhortaba a tener especial cuidado de no aceptar ninguna verdad de oídas —como de este, o de aquel, o de cualquier otro hombre u hombres—, sino a clamar poderosamente a Dios para que nos convenciera de su realidad y nos asentara en ella, por su propio Espíritu, en la santa Palabra; porque, decía él, si haces otra cosa, cuando vengan las tentaciones, si vienen con fuerza, al no haber recibido tú esas verdades con evidencia del cielo, hallarás que te falta aquella ayuda y fuerza para resistir que una vez pensaste tener.
118. Esto fue tan oportuno para mi alma como la lluvia temprana y la tardía en su tiempo; porque yo había hallado, y eso por triste experiencia, la verdad de estas palabras suyas; porque había sentido lo que nadie puede decir, sobre todo cuando es tentado por el diablo: que Jesucristo es el Señor, sino por el Espíritu Santo. Por eso hallé mi alma, por la gracia, muy dispuesta a beber esta doctrina, y a inclinarme a orar a Dios para que, en nada de lo que tocara a la gloria de Dios y a mi propia felicidad eterna, me dejara estar sin su confirmación desde el cielo; porque ahora veía claramente que había una diferencia enorme entre las nociones de la carne y la sangre y las revelaciones de Dios en el cielo; y también una gran diferencia entre la fe que es fingida y conforme a la sabiduría humana, y la que viene de que el hombre sea nacido a ella de Dios (Mateo 16:15-17; 1 Juan 5:1).
119. Pero, ¡oh, cómo era ahora conducida mi alma por Dios de verdad en verdad!, desde el nacimiento y la cuna del Hijo de Dios hasta su ascensión y su segunda venida desde el cielo para juzgar al mundo.
120. En verdad, hallé entonces, en este respecto, que el gran Dios fue muy bueno conmigo; porque, según recuerdo, no hubo cosa alguna que yo clamara entonces a Dios que me diera a conocer y me revelara, que él no se complaciera en hacerlo por mí; quiero decir que no hubo una sola parte del evangelio del Señor Jesús a la que no fuera conducido con orden. Me parecía ver con gran evidencia, por el relato de los cuatro evangelistas, la obra maravillosa de Dios al dar a Jesucristo para salvarnos, desde su concepción y nacimiento hasta su segunda venida para el juicio. Me parecía como si le hubiera visto nacer, como si le hubiera visto crecer, como si le hubiera visto andar por este mundo, desde la cuna hasta su cruz; a la cual, también, cuando llegó, vi con cuánta mansedumbre se entregó para ser colgado y clavado en ella por mis pecados y mis malas obras. También, mientras meditaba en este su camino, cayó sobre mi espíritu aquello de que él estaba destinado al matadero (1 Pedro 1:19, 20).
121. Cuando he considerado también la verdad de su resurrección, y he recordado aquella palabra: «No me toques, María», etc., he visto como si saltara de gozo a la boca del sepulcro por haber resucitado y haber obtenido la victoria sobre nuestros terribles enemigos (Juan 20:17). También he visto en el espíritu que él, hombre, está a la diestra de Dios Padre por mí, y he visto la manera de su venida desde el cielo para juzgar al mundo con gloria, y he sido confirmado en estas cosas por las Escrituras siguientes: Hechos 1:9, 10; 7:56; 10:42; Hebreos 7:24; 8:3; Apocalipsis 1:18; 1 Tesalonicenses 4:17, 18.
122. En una ocasión me turbó mucho saber si el Señor Jesús era tanto hombre como Dios, y tanto Dios como hombre; y en verdad, en aquellos días, dijeran los hombres lo que quisieran, si no lo tenía con evidencia del cielo, todo era como nada para mí; no me tenía por asentado en ninguna verdad de Dios. Pues bien, este punto me turbaba mucho y no sabía cómo resolverlo; al fin me vino a la mente aquello del capítulo quinto del Apocalipsis: «Y miré, y he aquí en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba un Cordero». En medio del trono, pensé, ahí está su divinidad; en medio de los ancianos, ahí está su humanidad; ¡pero oh, cómo me pareció que esto resplandecía! Fue un toque precioso, y me dio dulce satisfacción. También me ayudó mucho en esto aquella otra escritura: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz», etc. (Isaías 9:6).
123. Además de estas enseñanzas de Dios en su Palabra, el Señor se valió de dos cosas para confirmarme en estas verdades: una fueron los errores de los cuáqueros, y la otra, la culpa del pecado; porque así como los cuáqueros se oponían a su verdad, así Dios me confirmaba más en ella, llevándome a las Escrituras que maravillosamente la sostenían.
124. Los errores que esta gente sostenía entonces eran: 1. Que las santas Escrituras no eran la Palabra de Dios. 2. Que todo hombre en el mundo tenía el espíritu de Cristo, gracia, fe, etc. 3. Que Cristo Jesús, crucificado y muerto hace 1600 años, no satisfizo la justicia divina por los pecados del pueblo. 4. Que la carne y la sangre de Cristo estaban dentro de los santos. 5. Que los cuerpos de los buenos y de los malos que están enterrados en el cementerio no volverán a levantarse. 6. Que la resurrección de los hombres buenos ya ha pasado. 7. Que aquel hombre Jesús, que fue crucificado entre dos ladrones en el monte Calvario, en la tierra de Canaán, junto a Jerusalén, no ascendió por encima de los cielos estrellados. 8. Que él, el mismo Jesús que murió a manos de los judíos, no volverá en el último día para juzgar como hombre a todas las naciones, etc.
125. Muchas otras cosas viles y abominables fomentaban ellos en aquellos días, por las cuales me vi impulsado a escudriñar más de cerca las Escrituras, y por su luz y su testimonio no solo fui iluminado, sino grandemente confirmado y consolado en la verdad; y, como dije, la culpa del pecado me ayudó mucho, porque siempre que venía sobre mí, la sangre de Cristo la quitaba otra vez, y otra, y otra, y eso con dulzura, conforme a las Escrituras. ¡Oh amigos! Clamen a Dios para que les revele a Jesucristo; no hay quien enseñe como él.
126. Sería demasiado largo detenerme aquí a contarte en particular cómo Dios me asentó en todas las cosas de Cristo, y cómo, para lograrlo, me condujo a sus palabras; sí, y también cómo me las abrió, las hizo resplandecer delante de mí y me consoló una y otra vez, tanto acerca de su propio ser como del ser de su Hijo, y de su Espíritu, y de su Palabra y de su evangelio.
127. Solo esto, como ya dije, te lo diré otra vez: que en general le agradó seguir este camino conmigo: primero, permitir que yo fuera afligido con tentaciones acerca de ellas, y luego revelármelas; así, a veces yacía bajo una gran culpa por el pecado, aplastado hasta el suelo por ella, y entonces el Señor me mostraba la muerte de Cristo; sí, y rociaba de tal modo mi conciencia con su sangre que yo hallaba, y eso antes de darme cuenta, que en aquella conciencia donde hacía un momento reinaba y se enfurecía la ley, allí mismo reposaban y permanecían la paz y el amor de Dios por medio de Cristo.
128. Ahora tenía, según pensaba, una evidencia de mi salvación venida del cielo, con muchos sellos de oro, todos colgando a mi vista; ahora podía recordar con consuelo esta manifestación y aquel otro descubrimiento de la gracia; y a menudo anhelaba y deseaba que hubiese llegado ya el último día, para ser inflamado para siempre con la vista, el gozo y la comunión de aquel cuya cabeza fue coronada de espinas, cuyo rostro fue escupido, cuyo cuerpo fue quebrantado y cuya alma fue hecha ofrenda por mis pecados; porque, mientras que antes yacía temblando continuamente a la boca del infierno, ahora me parecía haberme alejado tanto de él que, al mirar atrás, apenas podía divisarlo; y ¡oh!, pensaba, ¡ojalá tuviera ahora ochenta años, para morir pronto y que mi alma se fuera a descansar!
129. Pero antes de haber salido así de estas tentaciones mías, anhelaba mucho conocer la experiencia de algún hombre piadoso de antaño, que hubiese escrito algunos cientos de años antes de que yo naciera; porque de los que habían escrito en nuestros días pensaba (y les pido ahora que me perdonen) que solo habían escrito lo que otros sentían, o bien que, por la fuerza de su ingenio y de sus dotes, se habían aplicado a responder las objeciones que veían que inquietaban a otros, sin descender ellos mismos a lo profundo. Pues bien, después de muchos anhelos así en mi mente, el Dios en cuyas manos están todos nuestros días y caminos puso un día en mi mano un libro de Martín Lutero; era su comentario a los Gálatas, y además tan viejo que estaba a punto de deshacerse hoja por hoja con solo pasar las páginas. Me alegró mucho que un libro tan antiguo hubiese caído en mis manos; y cuando lo hube leído apenas un poco, hallé mi condición tratada en su experiencia de manera tan amplia y profunda como si su libro hubiese sido escrito desde mi corazón. Esto me maravilló, porque así pensaba yo: Este hombre no podía saber nada del estado de los cristianos de ahora, sino que por fuerza escribe y habla de la experiencia de tiempos pasados.
130. Además, en ese libro trata también con mucha gravedad del origen de estas tentaciones, a saber, la blasfemia, la desesperación y otras semejantes, mostrando que la ley de Moisés, así como el diablo, la muerte y el infierno, tiene muy grande parte en ellas; lo cual al principio me pareció muy extraño, pero considerándolo y observando, hallé que en verdad era así. Pero aquí no pretendo entrar en detalles; solo esto, me parece, debo dejar dicho delante de todos los hombres: que prefiero este libro de Martín Lutero sobre los Gálatas, exceptuando la Santa Biblia, a todos los libros que jamás he visto, como el más apropiado para una conciencia herida.
131. Y ahora hallé, según pensaba, que amaba entrañablemente a Cristo; ¡oh!, me parecía que mi alma se aferraba a él, que mis afectos se aferraban a él; sentía por él un amor ardiente como el fuego; y ahora, como dijo Job, pensaba que moriría en mi nido; pero pronto descubrí que mi gran amor era bien poco, y que yo, que tenía, según pensaba, un amor tan ardiente a Jesucristo, era capaz de dejarlo ir otra vez por una nimiedad; Dios sabe cómo humillarnos, y puede apartar del hombre la soberbia. Poco después de esto mi amor fue probado de veras.
132. Porque después que el Señor me hubo librado así, tan bondadosamente, de esta grande y dolorosa tentación, y me hubo asentado tan dulcemente en la fe de su santo evangelio, y me hubo dado tan fuerte consolación y tan bendita evidencia del cielo tocante a mi parte en su amor por medio de Cristo, el tentador vino de nuevo sobre mí, y con una tentación más penosa y terrible que la anterior.
133. Y fue esta: Vender y deshacerme de este bendito Cristo, cambiarlo por las cosas de esta vida, por cualquier cosa. La tentación pesó sobre mí por espacio de un año, y me siguió tan continuamente que no me veía libre de ella ni un solo día al mes; no, a veces ni una hora en muchos días seguidos, salvo cuando dormía.
134. Y aunque en mi juicio estaba persuadido de que los que una vez estuvieron eficazmente en Cristo, como yo esperaba, por su gracia, haberme visto a mí mismo, jamás podían perderlo para siempre —porque «la tierra no se venderá para siempre, porque la tierra mía es», dice Dios (Levítico 25:23)—, con todo me era una continua aflicción pensar que hubiera en mí siquiera un pensamiento así contra un Cristo, un Jesús, que había hecho por mí lo que había hecho; y sin embargo, entonces casi no tenía otros pensamientos sino esos blasfemos.
135. Pero ni mi aversión a aquel pensamiento, ni deseo ni esfuerzo alguno por resistirlo, sacudían o disminuían en lo más mínimo su continuidad, ni su fuerza y vigor; porque siempre, en casi cualquier cosa que pensaba, se mezclaba con ella de tal suerte que no podía ni comer mi comida, ni agacharme a recoger un alfiler, ni partir un palo, ni poner los ojos en esto o en aquello, sin que viniera la tentación: Vende a Cristo por esto, o vende a Cristo por aquello; véndelo, véndelo.
136. A veces corría por mis pensamientos no menos de cien veces seguidas: Véndelo, véndelo, véndelo; contra lo cual, puedo decir, durante horas enteras me he visto forzado a estar como inclinando y forzando continuamente mi espíritu contra ello, no fuera que, antes de darme cuenta, surgiera en mi corazón algún pensamiento malvado que consintiera en ello; y a veces también el tentador me hacía creer que había consentido, y entonces quedaba como torturado en el potro durante días enteros.
137. Esta tentación me causaba tales sobresaltos, por temor de que en algún momento, digo, consintiera en ello y fuera vencido, que por la misma fuerza de mi mente, al esforzarme por contradecir y resistir esta maldad, también mi cuerpo se ponía en acción o movimiento, empujando o dando golpes con las manos o los codos, respondiendo tan rápido como el destructor decía: Véndelo; no quiero, no quiero, no quiero, no quiero; no, ni por miles, miles, miles de mundos. Así respondía, no fuera que en medio de estos asaltos le pusiera un precio demasiado bajo, hasta que apenas sabía dónde estaba ni cómo volver a serenarme.
138. En esas temporadas no me dejaba comer en paz; sino que, por cierto, cuando estaba sentado a la mesa comiendo, tenía que irme de allí a orar; tenía que dejar la comida ahora, en este mismo instante; tan santo fingía ser también este diablo. Cuando así era tentado, decía dentro de mí: Ahora estoy comiendo, déjame terminar. No, decía él, debes hacerlo ahora, o desagradarás a Dios y despreciarás a Cristo. Por eso me afligían mucho estas cosas; y a causa de la pecaminosidad de mi naturaleza, imaginando que eran impulsos de Dios, me negaba a hacerlo, como si negara a Dios; y entonces me sentía tan culpable por no obedecer una tentación del diablo como si de veras hubiera quebrantado la ley de Dios.
139. Pero, para ser breve, una mañana, estando acostado en mi cama, fui, como otras veces, asaltado con suma ferocidad por esta tentación de vender y deshacerme de Cristo; la malvada sugerencia corría sin cesar por mi mente: Véndelo, véndelo, véndelo, véndelo, véndelo, tan rápido como un hombre puede hablar; contra lo cual también, en mi mente, como otras veces, respondía: No, no, ni por miles, miles, miles, al menos veinte veces seguidas. Pero al fin, después de mucho forcejear, hasta quedar casi sin aliento, sentí que este pensamiento pasaba por mi corazón: ¡Que se vaya, si quiere! Y pensé también que sentía a mi corazón consentir libremente en ello. ¡Oh, la diligencia de Satanás! ¡Oh, la desesperada maldad del corazón del hombre!
140. Ahora la batalla estaba ganada, y caí, como un pájaro abatido de un disparo en lo alto de un árbol, en gran culpa y en espantosa desesperación. Así, levantándome de la cama, salí abatido al campo; pero Dios sabe que con un corazón tan pesado como, creo yo, pueda soportarlo un hombre mortal; allí, por espacio de dos horas, estuve como un hombre privado de vida, como si ya no tuviera remedio alguno y estuviera sentenciado al castigo eterno.
141. Y con ello, aquella escritura se apoderó de mi alma: «O profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura; porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado; pues no halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas» (Hebreos 12:16,17).
142. Ahora estaba como atado; me sentía encerrado para el juicio venidero; durante dos años seguidos nada permanecía conmigo sino la condenación y la expectativa de la condenación; digo que nada permanecía conmigo sino esto, salvo algunos pocos momentos de alivio, como verás en lo que sigue.
143. Estas palabras eran para mi alma como grillos de bronce en mis piernas, a cuyo continuo sonido anduve varios meses seguidos. Pero un día, hacia las diez o las once, mientras caminaba junto a un seto, lleno de dolor y de culpa, Dios lo sabe, y lamentándome de la dura suerte de que surgiera en mí semejante pensamiento, de repente irrumpió en mí esta frase: La sangre de Cristo remite toda culpa. Ante esto me detuve en mi espíritu; y entonces se apoderó de mí esta palabra: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7).
144. Entonces comencé a concebir paz en mi alma, y me pareció ver como si el tentador me mirara de reojo y se escabullera, avergonzado de lo que había hecho. Al mismo tiempo se me representaron también mi pecado y la sangre de Cristo de tal modo que mi pecado, comparado con la sangre de Cristo, no era para ella más que este pequeño terrón o piedra que tengo delante para este vasto y ancho campo que aquí veo. Esto me dio buen ánimo por espacio de dos o tres horas; durante ese tiempo también me pareció ver, por la fe, al Hijo de Dios sufriendo por mis pecados; pero como no duró, me hundí de nuevo en mi espíritu, bajo una culpa extrema.
145. Pero sobre todo por la escritura antes mencionada, acerca de Esaú que vendió su primogenitura; porque esa escritura se quedaba en mi mente todo el día, toda la semana, sí, todo el año, y me tenía postrado, de modo que de ninguna manera podía levantarme; porque cuando me esforzaba por volverme a esta escritura o a aquella en busca de alivio, aquella sentencia seguía resonando en mí: «Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición—no halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas».
146. A veces, también, recibía un toque de aquello de Lucas 22:32: «He rogado por ti, que tu fe no falte»; pero no permanecía en mí; ni podía en verdad, cuando consideraba mi estado, hallar fundamento para concebir en lo más mínimo que hubiera en mí la raíz de esa gracia, habiendo pecado como había pecado. Ahora estaba desgarrado y destrozado, en un estado lastimoso, durante muchos días seguidos.
147. Entonces comencé, con el corazón triste y lleno de cuidado, a considerar la naturaleza y la magnitud de mi pecado, y a buscar en la Palabra de Dios si podía divisar en algún lugar una palabra de promesa, o alguna frase alentadora en la que hallar alivio. Por eso comencé a considerar aquello del capítulo tercero de Marcos: Todos los pecados y blasfemias serán perdonados a los hijos de los hombres, cualesquiera que sean las blasfemias con que blasfemen. Ese pasaje, me pareció a primera vista, contenía una promesa amplia y gloriosa para el perdón de ofensas graves; pero considerándolo más a fondo, pensé que más bien debía entenderse como referido principalmente a los que, estando aún en su estado natural, hubiesen cometido las cosas allí mencionadas; pero no a mí, que no solo había recibido luz y misericordia, sino que, después de ellas y también contra ellas, había despreciado a Cristo como lo había hecho.
148. Temía, por tanto, que este pecado malvado mío fuera aquel pecado imperdonable del que allí habla así: «Pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que está expuesto a condenación eterna» (Marcos 3:29). Y daba tanto más crédito a esto por aquella sentencia de Hebreos: «Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado; pues no halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas». Y esto se me quedó siempre clavado.
149. Y ahora era a la vez una carga y un terror para mí mismo; nunca supe como entonces lo que es estar cansado de la vida y, sin embargo, tener miedo de morir. ¡Oh, con cuánto gusto habría sido entonces cualquier otro menos yo mismo! ¡Cualquier cosa menos un hombre! ¡Y en cualquier condición menos la mía! Porque nada pasaba con más frecuencia por mi mente que la idea de que me era imposible obtener el perdón de mi transgresión y ser salvado de la ira venidera.
150. Y entonces comencé a esforzarme por hacer volver el tiempo pasado, deseando mil y mil veces que aún estuviera por llegar el día en que sería tentado a semejante pecado, y concluyendo con gran indignación, tanto contra mi corazón como contra todos los asaltos, que habría preferido ser hecho pedazos antes que ser hallado consintiendo en ello. ¡Pero ay!, estos pensamientos, deseos y resoluciones llegaban ya demasiado tarde para ayudarme; el pensamiento había pasado por mi corazón; Dios me ha dejado ir, y he caído. ¡Oh!, pensaba: «¡Quién me tornase como en los meses pasados, como en los días en que Dios me guardaba!» (Job 29:2).
151. Luego, no queriendo de ningún modo perecer, comencé a comparar mi pecado con el de otros, para ver si hallaba que alguno de los que fueron salvos hubiera hecho lo que yo había hecho. Así consideré el adulterio y el asesinato de David, y hallé que eran crímenes atrocísimos, y cometidos además después de haber recibido luz y gracia; pero, considerándolo, percibí que sus transgresiones eran solo de las que iban contra la ley de Moisés, de la cual el Señor Cristo podía librarlo con el consentimiento de su Palabra; pero la mía era contra el evangelio, sí, contra el Mediador del mismo; yo había vendido a mi Salvador.
152. Ahora otra vez me sentía como descoyuntado en la rueda, cuando consideraba que, además de la culpa que me poseía, estuviera tan vacío de gracia, tan hechizado. ¿Qué?, pensaba, ¿no ha de ser otro pecado sino este? ¿Ha de ser por fuerza la gran rebelión (Salmo 19:13)? ¿Ha de tocar mi alma el maligno (1 Juan 5:18)? ¡Oh, qué aguijones hallaba en todas estas sentencias!
153. ¿Qué?, pensaba, ¿no hay más que un pecado imperdonable? ¿Un solo pecado que pone al alma fuera del alcance de la misericordia de Dios, y he de ser yo culpable de ese? ¿Ha de ser por fuerza ese? ¿No hay, entre tantos millones de pecados, más que uno para el cual no hay perdón, y he de cometer yo ese? ¡Oh, pecado desdichado! ¡Oh, hombre desdichado! Estas cosas quebrantaban y confundían de tal modo mi espíritu que no sabía qué hacer; pensaba a veces que me harían perder el juicio; y todavía, para agravar mi miseria, corría por mi mente aquello: «Ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado». ¡Oh, nadie conoce los terrores de aquellos días sino yo!
154. Después de esto pasé a considerar el pecado de Pedro, que cometió al negar a su Maestro; y en verdad, de todos los que pude hallar, era este el que más se acercaba al mío; porque él había negado a su Salvador, como yo, y eso después de recibir luz y misericordia; sí, y además después de habérsele advertido. Consideré también que lo hizo una vez y otra, y eso habiendo tenido tiempo de pensarlo entre una y otra. Pero aunque junté todas estas circunstancias para hallar, si era posible, alguna ayuda, consideré de nuevo que lo suyo no fue más que negar a su Maestro, pero lo mío era vender a mi Salvador. Por eso pensé dentro de mí que yo estaba más cerca de Judas que de David o de Pedro.
155. Aquí de nuevo mi tormento se encendía en llamas y me afligía; sí, me molía, por así decirlo, hasta hacerme polvo, ver la preservación de Dios para con otros mientras yo caía en el lazo; porque al considerar así los pecados de otros hombres y compararlos con los míos, podía ver claramente cómo Dios los preservaba, a pesar de su maldad, y no los dejaba, como me había dejado a mí, llegar a ser hijo de perdición.
156. ¡Pero oh, cuánto apreciaba mi alma en aquel tiempo la preservación con que Dios rodeaba a su pueblo! ¡Ah, con qué seguridad veía caminar a los que Dios había cercado! Estaban bajo su cuidado, su protección y su especial providencia; aunque por naturaleza eran tan malos como yo, sin embargo, porque los amaba, no permitía que cayeran fuera del alcance de la misericordia; pero en cuanto a mí, estaba perdido, lo había hecho; no quería preservarme ni guardarme, sino que me permitió, por ser yo un réprobo, caer como había caído. Entonces aquellos benditos pasajes que hablaban de cómo Dios guarda a su pueblo brillaban delante de mí como el sol, aunque no para consolarme, sino para mostrarme el bendito estado y la heredad de aquellos a quienes el Señor había bendecido.
157. Ahora veía que, así como Dios tenía su mano en todas las providencias y dispensaciones que alcanzaban a sus escogidos, así también la tenía en todas las tentaciones que ellos tenían de pecar contra él; no para animarlos a la maldad, sino para escoger por ellos sus tentaciones y pruebas, y también para dejarlos por un tiempo solo en pecados tales que no los destruyeran, sino que los humillaran; que no los pusieran fuera de su alcance, sino que los colocaran en el camino de la renovación de su misericordia. ¡Pero oh, qué amor, qué cuidado, qué bondad y misericordia veía yo ahora mezclarse con los más severos y temibles de todos los caminos de Dios para con su pueblo! Dejaba caer a David, a Ezequías, a Salomón, a Pedro y a otros, pero no los dejaba caer en el pecado imperdonable, ni en el infierno por el pecado. ¡Oh!, pensaba yo, estos son los hombres a quienes Dios ha amado; estos son los hombres a quienes Dios, aunque los castiga, guarda seguros junto a sí, y a quienes hace morar bajo la sombra del Omnipotente. Pero todos estos pensamientos me añadían tristeza, pena y horror, pues cualquier cosa en que pensaba ahora me resultaba mortal. Si pensaba en cómo Dios guardaba a los suyos, eso me resultaba mortal. Si pensaba en cómo yo mismo iba cayendo, eso me resultaba mortal. Así como todas las cosas obraban juntamente para bien, y para hacer bien a los que eran llamados conforme a su propósito, así pensaba yo que todas las cosas obraban para mi daño y para mi ruina eterna.
158. Entonces, de nuevo, comencé a comparar mi pecado con el pecado de Judas, para hallar, si era posible, que el mío difería de aquel que en verdad es imperdonable. Y, ¡oh!, pensaba, si difiriera de él aunque fuera el ancho de un cabello, ¡qué dichoso estado sería el de mi alma! Y, considerándolo, hallé que Judas hizo lo suyo intencionadamente, pero lo mío fue contra mi oración y mis esfuerzos; además, el suyo fue cometido con mucha deliberación, pero el mío en una precipitación espantosa, de repente; todo este tiempo era sacudido de un lado a otro como la langosta, y arrojado de la angustia a la tristeza, oyendo siempre resonar en mis oídos la caída de Esaú y sus terribles consecuencias.
159. Sin embargo, esta consideración acerca del pecado de Judas me fue por un tiempo de algún pequeño alivio, porque vi que, en cuanto a las circunstancias, no había transgredido tan vilmente como él. Pero esto pronto se desvaneció otra vez, porque pensé dentro de mí que podía haber más de una manera de cometer el pecado imperdonable; pensé también que podía haber grados en él, como en otras transgresiones; por lo cual, según lo que hasta entonces podía percibir, esta iniquidad mía podía ser tal que jamás se pasara por alto.
160. A menudo me avergonzaba ahora de ser semejante a un hombre tan repugnante como Judas; pensaba también cuán aborrecible sería para todos los santos en el día del juicio; tanto que apenas podía ya ver a un hombre bueno, de quien creyera que tenía buena conciencia, sin sentir que mi corazón temblaba ante él mientras estaba en su presencia. ¡Oh, ahora veía la gloria que hay en andar con Dios, y qué misericordia era tener una buena conciencia delante de él!
161. Por este tiempo fui muy tentado a contentarme abrazando alguna opinión falsa: que no habría tal cosa como un día del juicio, que no resucitaríamos, y que el pecado no era cosa tan grave; el tentador me lo sugería así: Porque aun si estas cosas fueran de verdad ciertas, creer lo contrario te daría alivio por el momento. Si has de perecer, no te atormentes tanto de antemano; echa de tu mente los pensamientos de condenación, llenándola de algunas de esas conclusiones de las que los ateos y los ranters suelen valerse para ayudarse.
162. ¡Pero oh!, cuando tales pensamientos han pasado por mi corazón, ¡cuán cerca, como a un paso, he tenido a la vista la muerte y el juicio! Me parecía que el juez estaba a la puerta; era como si ya hubiera llegado; de modo que tales cosas no podían hallar acogida en mí. Pero me parece ver en esto que Satanás usará cualquier medio para apartar al alma de Cristo; no ama un espíritu despierto; la falsa seguridad, la ceguera, las tinieblas y el error son el mismo reino y morada del maligno.
163. Ahora me resultaba un trabajo duro orar a Dios, porque la desesperación me estaba tragando; pensaba que era arrastrado lejos de Dios como por una tempestad, porque siempre que clamaba a Dios pidiendo misericordia, me venía esto: Es demasiado tarde, estoy perdido, Dios me ha dejado caer; no para corregirme, sino para condenarme; mi pecado es imperdonable; y sé, en cuanto a Esaú, que después de haber vendido su primogenitura quiso recibir la bendición, pero fue desechado. Por este tiempo di con aquella terrible historia de aquel mísero mortal, Francisco Spira; un libro que fue para mi espíritu atribulado como sal frotada en una herida reciente; cada frase de aquel libro, cada gemido de aquel hombre, con todo lo demás de sus actos en sus dolores, como sus lágrimas, sus oraciones, su crujir de dientes, su retorcerse las manos, su revolverse y retorcerse, su languidecer y consumirse bajo aquella poderosa mano de Dios que estaba sobre él, eran como cuchillos y puñales en mi alma; especialmente me espantaba aquella frase suya: El hombre conoce el comienzo del pecado, pero ¿quién pone límite a sus consecuencias? Entonces la frase anterior, como conclusión de todo, volvía a caer como un rayo ardiente
sobre mi conciencia; «porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado; pues no halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas».
164. Entonces me sobrevino un temblor muy grande, tanto que a veces podía sentir, durante días enteros, que mi mismo cuerpo, así como mi mente, se estremecía y vacilaba bajo el sentimiento del terrible juicio de Dios que había de caer sobre los que han cometido aquel pecado tan espantoso e imperdonable. Sentía también tal opresión y ardor en el estómago, a causa de este terror mío, que, sobre todo en algunos momentos, era como si se me fuera a partir en dos el esternón; entonces pensaba en lo que se dice de Judas, que, cayendo de cabeza, reventó por en medio, y todas sus entrañas se derramaron (Hechos 1:18).
165. Temía también que esta fuese la señal que el Señor puso sobre Caín: un temor y temblor continuos bajo la pesada carga de culpa que le había impuesto por la sangre de su hermano Abel. Así me retorcía, me revolvía y me encogía bajo la carga que pesaba sobre mí; carga que además me oprimía de tal manera que no podía ni estar de pie, ni andar, ni acostarme con descanso ni sosiego.
166. Sin embargo, a veces me venía a la mente aquel dicho: Tomó dones para los rebeldes (Salmo 68:18). «Los rebeldes», pensé; pues, de seguro son los que una vez estuvieron sujetos a su príncipe, aquellos que, después de haber jurado sujeción a su gobierno, han tomado las armas contra él; y esta, pensé, es exactamente mi condición; una vez lo amé, lo temí, lo serví; pero ahora soy un rebelde; lo he vendido, he dicho: Que se vaya, si quiere; pero aun así él tiene dones para los rebeldes, ¿y por qué no para mí?
167. En esto pensaba a veces, y me esforzaba por asirme de ello, para poder concebir algún refrigerio, aunque fuese pequeño; pero también en esto quedé frustrado en mi deseo; era arrastrado con fuerza más allá de ello; era como un hombre que va camino del lugar de la ejecución, y pasa precisamente junto al lugar donde con gusto se metería a esconderse, pero no puede.
168. Además, después de haber considerado así uno por uno los pecados de los santos, y de hallar que el mío los sobrepasaba, comencé a pensar así dentro de mí: Supongamos que junto todos los suyos y pongo el mío solo frente a ellos, ¿no hallaría entonces algún aliento? Porque si el mío, aunque mayor que cualquiera de ellos, fuera solo igual a todos juntos, entonces hay esperanza; pues la sangre que tiene virtud suficiente para lavar todos los suyos tiene también virtud suficiente para quitar el mío, aunque este solo sea tan grande como todos los suyos juntos, si no mayor. Aquí, de nuevo, consideraba el pecado de David, de Salomón, de Manasés, de Pedro y de los demás grandes transgresores; y me esforzaba también, en cuanto podía hacerlo con justicia, por agravar y engrandecer sus pecados con diversas circunstancias; pero, ¡ay!, todo era en vano.
169. Pensaba dentro de mí que David derramó sangre para encubrir su adulterio, y eso por la espada de los hijos de Amón; una obra que no podía hacerse sino con persistencia y deliberada maquinación, lo cual era un gran agravante de su pecado. Pero entonces esto se volvía contra mí: ¡Ah!, pero esos no eran sino pecados contra la ley, de los cuales fue enviado un Jesús para salvarlos; pero el tuyo es un pecado contra el Salvador, ¿y quién te salvará de él?
170. Luego pensaba en Salomón, y en cómo pecó al amar a mujeres extranjeras, al apartarse en pos de sus ídolos, al edificarles templos, y en que hizo esto después de haber recibido luz, en su vejez, después de haber recibido gran misericordia; pero la misma conclusión que me cortaba el paso en la consideración anterior me lo cortaba en esta; a saber, que todos aquellos no eran sino pecados contra la ley, para los cuales Dios había provisto un remedio; pero yo había vendido a mi Salvador, y ya no quedaba más sacrificio por el pecado.
171. Añadía entonces a los pecados de aquellos hombres los pecados de Manasés: cómo edificó altares a los ídolos en la casa del Señor; también observaba los tiempos, usaba encantamientos, tenía trato con hechiceros, era él mismo hechicero, tenía sus espíritus familiares, quemaba a sus hijos en el fuego en sacrificio a los demonios, e hizo correr por las calles de Jerusalén la sangre de los inocentes. Estos, pensaba yo, son grandes pecados, pecados de color de sangre; sí, pero se volvía otra vez contra mí: Ninguno de ellos es de la naturaleza del tuyo; tú te has deshecho de Jesús, tú has vendido a tu Salvador.
172. Esta sola consideración siempre me mataba el corazón: Mi pecado iba directamente contra mi Salvador; y eso hasta tal punto que había dicho de él en mi corazón: Que se vaya, si quiere. ¡Oh!, me parecía que este pecado era mayor que los pecados de un país, de un reino o del mundo entero; ninguno perdonable, ni todos ellos juntos, podían igualar el mío; el mío los sobrepasaba a todos.
173. Ahora sentía que mi mente huía de Dios como del rostro de un juez terrible; pero este era mi tormento: no podía escapar de su mano: «¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!» (Hebreos 10:31). Pero bendita sea su gracia, aquella escritura, en estas huidas mías, clamaba como corriendo tras de mí: «Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí» (Isaías 44:22). Esto, digo, me venía a la mente cuando huía del rostro de Dios; porque sí huía de su rostro, es decir, mi mente y mi espíritu huían delante de él; a causa de su majestad no podía soportarlo; entonces clamaba el texto: «Vuélvete a mí, porque yo te redimí». En verdad, esto me hacía detenerme un poco y, por así decirlo, mirar por encima del hombro hacia atrás, para ver si podía divisar que el Dios de gracia me seguía con un perdón en la mano; pero apenas lo hacía, todo volvía a nublarse y oscurecerse por aquella sentencia: «Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, no halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas». Por eso no podía volver, sino que huía, aunque a veces clamaba: «Vuelve, vuelve», como si me gritara desde atrás. Pero temía acogerme a ello, no fuera que no viniera de Dios; porque aquella otra, como dije, seguía resonando en mi conciencia: «Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado», etc.
174. Una vez, mientras caminaba de un lado a otro en la tienda de un hombre bueno, lamentándome de mi triste y doloroso estado, afligiéndome con aborrecimiento de mí mismo por este pensamiento malvado e impío; lamentando también esta dura suerte mía de haber cometido un pecado tan grande; temiendo mucho no ser perdonado; orando también en mi corazón que, si este pecado mío difería del pecado contra el Espíritu Santo, el Señor me lo mostrase. Y estando ya a punto de hundirme de miedo, de repente vino sobre mí algo como el ruido de un viento, como si hubiera entrado de golpe por la ventana, pero muy agradable, y como si oyera una voz que decía: ¿Te negaste alguna vez a ser justificado por la sangre de Cristo? Y con ello toda mi vida y mi profesión pasadas se me abrieron en un momento, y se me hizo ver que deliberadamente no lo había hecho; así que mi corazón respondió gimiendo: No. Entonces cayó sobre mí con poder aquella palabra de Dios: «Mirad que no desechéis al que habla» (Hebreos 12:25). Esto hizo una extraña presa en mi espíritu; trajo luz consigo, e impuso silencio en mi corazón a todos aquellos pensamientos tumultuosos que antes solían, como sabuesos del infierno sin amo, rugir y bramar y hacer un ruido espantoso dentro de mí. Me mostró también que Jesucristo tenía todavía una palabra de gracia y misericordia para mí, que no había, como yo temía, abandonado y desechado del todo mi alma; sí, esto era una especie de reprensión por mi propensión a la desesperación; una especie de amenaza si, a pesar de mis pecados y de su atrocidad, no aventuraba mi salvación en el Hijo de Dios. Pero en cuanto a juzgar esta extraña dispensación, no sabía qué era; de dónde vino, no lo sabía. En veinte años todavía no he podido formarme un juicio sobre ella; pensé entonces lo que aquí no me atrevo a decir. Pero, en verdad, aquel viento repentino fue como si un ángel hubiera venido sobre mí; pero tanto eso como la salvación los dejaré hasta el día del juicio; solo digo esto: impuso una gran calma en mi alma, me persuadió de que podía haber esperanza; me mostró, según pensé, qué era el pecado imperdonable, y que mi alma tenía todavía el bendito privilegio de huir a Jesús en busca de misericordia. Pero, digo, acerca de esta dispensación no sé todavía qué decir; lo cual fue también, en verdad, la causa de que al principio no hablara de ella en el libro; y ahora también la dejo a la consideración de los hombres de juicio sano. No hago descansar el peso de mi salvación sobre ella, sino sobre el Señor Jesús, en la promesa; con todo, ya que aquí estoy desplegando mis cosas secretas, pensé que no sería del todo inoportuno dejar que también esto se mostrara, aunque ahora no puedo relatar el asunto tal como entonces lo experimenté. Esto duró, en su sabor, unos tres o cuatro días, y luego comencé de nuevo a desconfiar y a desesperar.
175. Por eso mi vida seguía pendiente de la duda delante de mí, sin saber hacia qué lado me inclinaría; solo esto hallaba que deseaba mi alma: arrojarse a los pies de la gracia por la oración y la súplica. Pero, ¡oh!, qué difícil me era ahora tener cara para orar pidiendo misericordia a este Cristo contra quien tan vilmente había pecado; era un trabajo duro, digo, atreverme a mirar a la cara a aquel contra quien tan vilmente había pecado; y, en verdad, he hallado tan difícil acercarme a Dios en oración, después de haberme apartado de él, como hacer cualquier otra cosa. ¡Oh, la vergüenza que entonces me acompañaba! ¡Sobre todo cuando pensaba que ahora iba a pedir misericordia en oración a aquel a quien tan en poco había tenido poco antes! Estaba avergonzado, sí, aun confundido, porque esta villanía la había cometido yo; pero veía que para mí no había más que un camino: debía ir a él y humillarme ante él, y rogarle que, por su maravillosa misericordia, se compadeciera de mí y tuviera misericordia de mi alma miserable y pecadora.
176. Cuando el tentador lo advirtió, me sugirió con fuerza que no debía orar a Dios; porque la oración no era para nadie en mi caso, ni podía hacerme ningún bien, ya que yo había rechazado al Mediador, por quien toda oración llegaba aceptable a Dios Padre, y sin el cual ninguna oración podía entrar en su presencia. Por tanto, orar ahora no es más que añadir pecado a pecado; sí, orar ahora, viendo que Dios te ha desechado, es el camino más corto para enojarlo y ofenderlo más que nunca.
177. Porque Dios, decía él, está cansado de ti desde hace ya varios años, porque no eres de los suyos; tus clamores en sus oídos no le han sido voz agradable; y por eso te dejó cometer este pecado, para que fueras cortado del todo; ¿y todavía vas a orar? Esto me apremiaba el diablo, y me presentaba aquello de Números, cuando Moisés dijo a los hijos de Israel que, por no haber querido subir a poseer la tierra cuando Dios quería que lo hicieran, desde entonces y para siempre Dios les cerró el paso a ella, aunque oraron con lágrimas que se les permitiera (Números 14:36, 37, etc.).
178. Como se dice en otro lugar (Éxodo 21:14), el hombre que peca con soberbia será quitado del altar de Dios para que muera; así como lo fue Joab por el rey Salomón, cuando pensó hallar refugio allí (1 Reyes 2:28, etc.). Estos pasajes me oprimían muy dolorosamente; sin embargo, siendo mi caso desesperado, pensé dentro de mí: No puedo más que morir; y si así ha de ser, que se diga alguna vez que uno así murió a los pies de Cristo en oración. Esto hice, pero con gran dificultad, Dios lo sabe; y eso porque, junto con esto, aquel dicho acerca de Esaú seguía puesto ante mi corazón, como una espada encendida, para guardar el camino del árbol de la vida, no fuera que yo gustara de él y viviera. ¡Oh, quién sabe cuán difícil me resultó acercarme a Dios en oración!
179. Deseaba también las oraciones del pueblo de Dios por mí, pero temía que Dios no les diera corazón para hacerlo; sí, temblaba en mi alma al pensar que alguno u otro de ellos me diría pronto que Dios les había dicho aquellas palabras que una vez dijo al profeta acerca de los hijos de Israel: «Tú, pues, no ores por este pueblo», porque yo los he desechado (Jeremías 11:14). Así que no ores por él, porque yo lo he desechado. Sí, pensaba que ya se lo había susurrado a algunos de ellos, solo que no se atrevían a decírmelo, ni yo me atrevía a preguntárselo, por temor de que, si así fuera, me hiciera perder del todo el juicio. El hombre conoce el comienzo del pecado, decía Spira, pero ¿quién pone límite a sus consecuencias?
180. Por este tiempo aproveché una ocasión para abrir mi corazón a un cristiano anciano, y le conté todo mi caso; le dije también que temía haber cometido el pecado contra el Espíritu Santo; y él me dijo que también lo creía así. Aquí, pues, no tuve sino un frío consuelo; pero, hablando un poco más con él, hallé que, aunque era un hombre bueno, era ajeno a mucho combate con el diablo. Por eso volví de nuevo a Dios, como mejor pude, pidiendo todavía misericordia.
181. Ahora también comenzó el tentador a burlarse de mí en mi miseria, diciendo que, ya que me había deshecho así del Señor Jesús, y había provocado el desagrado de aquel que se habría interpuesto entre mi alma y la llama del fuego devorador, no quedaba ahora más que un camino, y era orar para que Dios Padre fuera el Mediador entre su Hijo y yo, a fin de que fuéramos reconciliados de nuevo, y de que yo tuviera en él aquel bendito beneficio que gozaban sus benditos santos.
182. Entonces se apoderó de mi alma aquella escritura: Él es de un solo parecer, ¿y quién lo hará cambiar? ¡Oh!, vi que sería tan fácil persuadirlo a hacer un mundo nuevo, un pacto nuevo o una Biblia nueva, además de la que ya tenemos, como orar por tal cosa. Esto era persuadirlo de que lo que ya había hecho era pura necedad, e instarle a alterar, sí, a anular, todo el camino de la salvación; y entonces aquel dicho me desgarraba el alma: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12).
183. Ahora las palabras más libres, plenas y misericordiosas del evangelio eran mi mayor tormento; sí, nada me afligía tanto como los pensamientos de Jesucristo, el recuerdo de un Salvador; porque, como lo había desechado, me traía a la memoria la villanía de mi pecado y lo que por él había perdido; nada atormentaba mi conciencia como esto. Cada vez que pensaba en el Señor Jesús, en su gracia, amor, bondad, benignidad, mansedumbre, humildad, muerte, sangre, promesas y benditas exhortaciones, consuelos y consolaciones, me atravesaba el alma como una espada; porque, junto a estas consideraciones mías acerca del Señor Jesús, estos pensamientos se abrían paso siempre en mi corazón: Sí, este es el Jesús, el Salvador amoroso, el Hijo de Dios, de quien te has deshecho, a quien despreciaste, menospreciaste y ultrajaste. Este es el único Salvador, el único Redentor, el único que pudo amar tanto a los pecadores como para lavarlos de sus pecados en su propia preciosísima sangre; pero tú no tienes parte ni suerte en este Jesús; lo has apartado de ti, has dicho en tu corazón: Que se vaya, si quiere. Ahora, pues, estás separado de él; tú mismo te has separado de él. Mira, pues, su bondad, pero tú no eres partícipe de ella. ¡Oh!, pensaba yo, ¡qué he perdido! ¡De qué me he deshecho! ¡De qué he desheredado a mi pobre alma! ¡Oh, es triste ser destruido por la gracia y la misericordia de Dios; que el Cordero, el Salvador, se vuelva león y destructor! (Apocalipsis 6). También temblaba, como he dicho, ante los santos de Dios, sobre todo ante los que lo amaban mucho y se ocupaban en andar continuamente con él en este mundo; porque ellos, tanto en sus palabras como en su conducta y en todas sus muestras de ternura y de temor de pecar contra su precioso Salvador, condenaban mi alma, le imponían culpa, y le añadían continua aflicción y vergüenza. Su temor estaba sobre mí, y temblaba ante los Samueles de Dios (1 Samuel 16:4).
184. Ahora también el tentador comenzó de nuevo a burlarse de mi alma de otra manera, diciendo que Cristo, en verdad, se compadecía de mi caso y lamentaba mi pérdida; pero, por cuanto yo había pecado y transgredido como lo había hecho, él no podía de ningún modo ayudarme ni salvarme de lo que temía; porque mi pecado no era de la naturaleza de los de aquellos por quienes él sangró y murió, ni fue contado entre los que se pusieron a su cargo cuando colgó del madero. Por tanto, a menos que él bajara del cielo y muriera de nuevo por este pecado, aunque en verdad se compadeciera mucho de mí, yo no podía obtener de él ningún beneficio. Estas cosas pueden parecer ridículas a otros, tan ridículas como lo eran en sí mismas, pero para mí eran pensamientos de lo más atormentadores; cada uno de ellos aumentaba mi miseria: que Jesucristo tuviera tanto amor como para compadecerse de mí cuando no podía ayudarme; y no pensaba que la razón por la que no podía ayudarme fuera que sus méritos eran débiles, o que su gracia y salvación ya se habían agotado en otros, sino que su fidelidad a sus amenazas no le permitía extender su misericordia hacia mí. Además, pensaba, como ya he insinuado, que mi pecado no estaba dentro de los límites de aquel perdón que estaba envuelto en una promesa; y si no lo estaba, entonces sabía con certeza que era más fácil que pasaran el cielo y la tierra que yo tuviera la vida eterna. De modo que el fundamento de todos estos temores míos nacía de una firme creencia que tenía en la estabilidad de la santa Palabra de Dios, y también de estar mal informado acerca de la naturaleza de mi pecado.
185. ¡Pero oh, cómo aumentaba mi aflicción imaginar que fuera culpable de un pecado tal por el cual él no murió! Estos pensamientos me confundían, me aprisionaban y me ataban lejos de la fe de tal modo que no sabía qué hacer; pero, ¡oh!, pensaba, ¡ojalá él volviera a bajar! ¡Oh, si la obra de la redención del hombre estuviera aún por hacer por Cristo! ¡Cómo le rogaría y le suplicaría que contara y pusiera este pecado entre los demás por los cuales murió! Pero esta escritura me derribaba como muerto: «Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él» (Romanos 6:9).
186. Así, por los extraños e insólitos asaltos del tentador, mi alma, como un vaso roto, era empujada como por los vientos, y arrojada unas veces de cabeza a la desesperación, otras al pacto de las obras, y otras a desear que el nuevo pacto y sus condiciones, en cuanto yo me creía afectado, se volvieran hacia otro lado y se cambiaran. Pero en todo esto yo era como los que chocan contra las rocas: más quebrantado, esparcido y desgarrado. ¡Oh, las imaginaciones nunca pensadas, los espantos, temores y terrores que produce una aplicación completa de la culpa, cuando se rinde a la desesperación! Este es el hombre que tiene «su morada en los sepulcros» con los muertos; es decir, que siempre anda dando voces e «hiriéndose con piedras» (Marcos 5:2-5). Pero digo que todo en vano; la desesperación no lo consolará, el antiguo pacto no lo salvará; no, antes pasarán el cielo y la tierra que caiga o sea quitada una jota o una tilde de la Palabra y ley de la gracia. Esto vi, esto sentí, y bajo esto gemí; con todo, obtuve de ello este provecho, a saber, una confirmación mayor de la certeza del camino de la salvación, ¡y de que las Escrituras eran la Palabra de Dios! ¡Oh, no puedo expresar ahora lo que entonces vi y sentí de la firmeza de Jesucristo, la roca de la salvación del hombre! Lo hecho no podía deshacerse, ni añadírsele nada, ni alterarse. Vi, en verdad, que el pecado podía empujar al alma más allá de Cristo, a saber, el pecado imperdonable; pero ¡ay de aquel que fuera así empujado, porque la Palabra lo dejaría fuera!
187. Así me hundía siempre, pensara o hiciera lo que hiciera. Y un día fui caminando a un pueblo vecino, me senté en un banco en la calle y caí en una profundísima meditación acerca del estado tan espantoso al que me había llevado mi pecado; y, después de cavilar largo rato, levanté la cabeza, pero me pareció ver como si el sol que brilla en los cielos me escatimara su luz, y como si las mismas piedras de la calle y las tejas de las casas se volvieran contra mí; me parecía que todas se habían confabulado para desterrarme del mundo; yo les era aborrecible, e indigno de habitar entre ellas o de participar de sus beneficios, porque había pecado contra el Salvador. ¡Oh, cuánto más dichosa que yo era ahora cualquier criatura!, porque ellas permanecían firmes y guardaban su puesto, pero yo estaba perdido y acabado.
188. Entonces, prorrumpiendo en la amargura de mi alma, me dije con un doloroso suspiro: ¿Cómo puede Dios consolar a un miserable como yo? No bien lo hube dicho, cuando esto me volvió, como un eco responde a una voz: Este pecado no es de muerte. Ante lo cual quedé como si me hubieran levantado de una tumba, y clamé de nuevo: Señor, ¿cómo pudiste hallar una palabra como esta? Porque me llenó de admiración lo apropiado y también lo inesperado de la sentencia; lo apropiado de la palabra, lo oportuno del momento, el poder, la dulzura, la luz y la gloria que venían con ella, me resultaron maravillosos. Ahora, por aquel tiempo, quedé libre de duda en cuanto a aquello de lo que tanto había dudado antes; mis temores antes eran que mi pecado no era perdonable, y que por tanto no tenía derecho a orar, a arrepentirme, etc., o que, si lo hacía, no me sería de ninguna ventaja ni provecho. Pero ahora, pensé, si este pecado no es de muerte, entonces es perdonable; por tanto, de aquí tengo aliento para acudir a Dios, por medio de Cristo, en busca de misericordia, y para considerar la promesa de perdón como algo que está con los brazos abiertos para recibirme a mí tanto como a otros. Esto, pues, fue un gran alivio para mi mente; a saber, que mi pecado era perdonable, que no era el pecado de muerte (1 Juan 5:16, 17). Nadie, sino los que saben por su propia experiencia cuál fue mi angustia, puede decir qué alivio vino a mi alma con esta consideración; fue para mí una liberación de mis antiguas ataduras, y un refugio de mi antigua tormenta. Me parecía ahora estar sobre el mismo terreno que los demás pecadores, y tener tanto derecho a la Palabra y a la oración como cualquiera de ellos.
189. Ahora, digo, tenía esperanza de que mi pecado no fuera imperdonable, sino de que pudiera haber esperanza para mí de obtener el perdón. ¡Pero oh, cómo se afanaba ahora Satanás por derribarme otra vez! Pero de ningún modo pudo hacerlo, ni aquel día ni la mayor parte del siguiente, porque esta sentencia se mantenía como un poste de molino a mis espaldas; sin embargo, hacia la tarde del día siguiente, sentí que esta palabra comenzaba a dejarme y a retirarme su sostén, y así volví otra vez a mis antiguos temores, pero con mucha desgana y mal humor, porque temía la tristeza de la desesperación; ni podía mi fe retener ya esta palabra.
190. Pero al día siguiente, al anochecer, estando bajo muchos temores, fui a buscar al Señor; y mientras oraba, clamé, y mi alma clamó a él con estas palabras, con fuertes clamores:—Oh Señor, te ruego que me muestres que me has amado con amor eterno (Jeremías 31:3). No bien lo hube dicho, cuando con dulzura esto me volvió, como un eco o una resonancia: «Con amor eterno te he amado». Entonces me fui a la cama tranquilo; y además, cuando desperté a la mañana siguiente, estaba fresco en mi alma—y lo creí.
191. Pero aun así el tentador no me dejó; porque no pudieron ser menos de cien veces las que aquel día se esforzó por quebrantar mi paz. ¡Oh, los combates y conflictos con que me encontré entonces mientras luchaba por aferrarme a esta palabra! Aquello de Esaú me saltaba a la cara como un relámpago. A veces subía y bajaba veinte veces en una hora; con todo, Dios me sostuvo y mantuvo mi corazón asido a esta palabra, de la cual también, durante varios días seguidos, recibí mucha dulzura y consoladoras esperanzas de perdón; porque así se me hizo entender: Te amaba mientras cometías este pecado, te amaba antes, te amo todavía, y te amaré para siempre.
192. Con todo, veía mi pecado como algo de lo más bárbaro, un crimen inmundo, y no podía sino concluir, y eso con gran vergüenza y asombro, que había ultrajado horriblemente al santo Hijo de Dios; por eso sentí que mi alma lo amaba y se compadecía grandemente de él, y que mis entrañas se conmovían por él; porque vi que todavía era mi Amigo, y que me devolvía bien por mal; sí, el amor y el afecto que entonces ardían dentro de mí hacia mi Señor y Salvador Jesucristo obraron en aquel tiempo un deseo tan fuerte y ardiente de vengarme de mí mismo por el ultraje que le había hecho, que, por hablar como entonces pensaba, si hubiera tenido mil galones de sangre en mis venas, de buena gana los habría derramado todos al mandato y a los pies de este mi Señor y Salvador.
193. Y estando yo así en mis meditaciones y en mis estudios, pensando cómo amar al Señor y cómo expresarle mi amor, me vino aquel dicho: «Señor, si mirares los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero hay perdón cerca de ti, para que seas temido» (Salmo 130:3, 4). Estas fueron buenas palabras para mí, sobre todo su segunda parte; a saber, que hay perdón cerca del Señor, para que él sea temido; es decir, según entonces lo entendí, para que sea amado y reverenciado; porque así se me hizo ver que el gran Dios estimaba en tanto el amor de sus pobres criaturas que, antes que quedarse sin su amor, perdonaría sus transgresiones.
194. Y entonces se cumplió en mí aquella palabra, y también fui recreado por ella: Entonces se avergonzarán y serán confundidos, «y nunca más abrirán la boca a causa de su vergüenza, cuando me aplacare para con ellos de todo lo que hicieron, dice el Señor Dios» (Ezequiel 16:63). Así quedó mi alma en aquel tiempo, y, según yo entonces pensaba, para siempre, libre de volver a ser afligida por mi antigua culpa y mi espanto.
195. Pero antes de que pasaran muchas semanas comencé otra vez a desanimarme, temiendo que, a pesar de todo lo que había gozado, aún pudiera ser engañado y destruido al final; porque esta consideración entró con fuerza en mi mente: que, por mucho consuelo y paz que yo creyera tener por la palabra de la promesa de vida, a menos que en mi refrigerio se hallara concordancia y acuerdo con las Escrituras, pensara yo de ello lo que quisiera y me aferrara a ello cuanto quisiera, al final no hallaría tal cosa; «porque la Escritura no puede ser quebrantada» (Juan 10:35).
196. Entonces mi corazón comenzó otra vez a doler, y a temer que al final me encontrara con un desengaño; por lo cual empecé, con toda seriedad, a examinar mi consuelo anterior, y a considerar si uno que había pecado como yo he pecado podía confiar con seguridad en la fidelidad de Dios, expresada en aquellas palabras con las que yo había sido consolado y en las que me había apoyado. Pero ahora me fueron traídos a la mente aquellos dichos: «Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados, y gustaron el don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron la buena palabra de Dios, y las virtudes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento» (Hebreos 6:4-6). «Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por el pecado, sino una horrenda expectación de juicio, y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios» (Hebreos 10:26, 27). Así también «como Esaú, que por una vianda vendió su primogenitura; porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue reprobado, pues no halló lugar de arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas» (Hebreos 12:16, 17) .
197. Ahora la palabra del evangelio fue arrancada de mi alma, de modo que no había en la Biblia promesa ni aliento alguno para mí; y entonces aquel dicho obraba en mi espíritu para afligirme: «No te alegres, oh Israel, hasta saltar de gozo como los pueblos» (Oseas 9:1). Porque yo veía ciertamente que había motivo de regocijo para los que se aferraban a Jesús; pero en cuanto a mí, yo me había cortado a mí mismo con mis transgresiones, y no me había dejado ni dónde poner el pie ni dónde asir la mano, entre todos los apoyos y sostenes de la preciosa palabra de vida.
198. Y en verdad me sentía ahora hundirme en un abismo, como una casa cuyo fundamento ha sido destruido; me comparaba, en esta condición, con un niño que hubiera caído en la poza de un molino, el cual, aunque pudiera arreglárselas para chapotear y patalear en el agua, sin embargo, porque no hallaba dónde asirse ni con la mano ni con el pie, al final había de morir en esa condición. Tan pronto como este nuevo asalto se hubo aferrado a mi alma, me vino al corazón aquella escritura: «Esto es para muchos días» (Daniel 10:14). Y en efecto así lo hallé; porque no pude ser librado, ni devuelto a la paz, hasta que se cumplieron por completo casi dos años y medio. Por eso estas palabras, aunque de suyo tendían al desaliento, a mí, que temía que esta condición fuera eterna, me eran a veces como una ayuda y un refrigerio.
199. Porque, pensaba yo, muchos días no son para siempre, muchos días tendrán fin; por tanto, viendo que había de ser afligido, no pocos, sino muchos días, aun así me alegraba de que fuera solo por muchos días. Así, digo, podía a veces recobrarme y darme algo de ayuda, porque desde el instante mismo en que las palabras me vinieron a la mente supe que mi aflicción sería larga; pero esto era solo a veces, porque no siempre podía pensar en ello, ni siempre me ayudaba, aunque lo pensara.
200. Mientras estas escrituras estaban delante de mí, y ponían de nuevo el pecado a mi puerta, aquel dicho del capítulo dieciocho de Lucas, junto con otros, me animaba a orar. Entonces el tentador volvió a acosarme muy duramente, sugiriéndome que ni la misericordia de Dios ni la sangre de Cristo tenían nada que ver conmigo, ni podían ayudarme a causa de mi pecado; por tanto, era en vano orar. Sin embargo, pensé yo, oraré. Pero, dijo el tentador, tu pecado es imperdonable. Bien, dije yo, oraré. De nada sirve, dijo él. Aun así, dije yo, oraré. Así que me puse a orar a Dios; y mientras estaba en oración, pronuncié palabras como estas: Señor, Satanás me dice que ni tu misericordia ni la sangre de Cristo bastan para salvar mi alma; Señor, ¿a quién honraré más: a ti, creyendo que quieres y puedes, o a él, creyendo que ni quieres ni puedes? Señor, yo quisiera honrarte a ti, creyendo que quieres y puedes.
201. Y estando yo así delante del Señor, aquella escritura se aferró a mi corazón: «Oh hombre, grande es tu fe» (Mateo 15:28), como si alguien me hubiera dado una palmada en la espalda, estando yo de rodillas delante de Dios. Sin embargo, no fui capaz de creer que aquella era una oración de fe hasta casi seis meses después; porque no podía pensar que yo tuviera fe, ni que hubiera una palabra sobre la cual yo pudiera ejercer la fe; por eso seguía como atascado en las fauces de la desesperación, e iba de acá para allá lamentándome en triste condición, clamando: ¿Se ha acabado del todo su misericordia? ¿Se ha acabado para siempre su misericordia? Y a veces me parecía, aun cuando gemía con estas expresiones, que ellas mismas dejaban en duda si era así o no; aunque yo temía en gran manera que lo fuera.
202. No había ahora nada que yo anhelara más que salir de dudas en cuanto a esta cuestión; y, estando yo deseando con vehemencia saber si de veras había esperanza para mí, me vinieron rodando a la mente estas palabras: «¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a amar? ¿Se ha acabado para siempre su misericordia? ¿Se ha acabado para siempre su promesa? ¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades?» (Salmo 77:7-9). Y todo el tiempo que me corrían por la mente, me parecía tener todavía esta respuesta: Es una pregunta si lo ha hecho o no; puede ser que no lo haya hecho. Sí, la pregunta me parecía llevar en sí una afirmación segura de que en verdad él no había desechado, ni desecharía así, sino que volvería a amar; que su promesa no falla, y que no había olvidado el tener misericordia, ni encerraría con ira su piedad. Había también algo en mi corazón al mismo tiempo, que ahora no puedo recordar, que, junto con este texto, endulzó mi corazón y me hizo concluir que su misericordia quizá no se había acabado del todo, ni se había acabado para siempre.
203. En otra ocasión, recuerdo que estaba otra vez muy agobiado por la pregunta de si la sangre de Cristo bastaba para salvar mi alma. En esa duda permanecí desde la mañana hasta cerca de las siete o las ocho de la noche; y al fin, cuando estaba, por así decirlo, del todo agotado por el temor de que no me alcanzara, estas palabras resonaron de repente dentro de mi corazón: Él es poderoso. Pero me pareció que esta palabra, poderoso, me fue dicha tan alto, se mostró como una palabra tan grande, parecía escrita con letras tan grandes, y dio tal sacudida a mi temor y a mi duda (quiero decir, por el tiempo que se quedó conmigo, que fue cerca de un día), como nunca la tuve en toda mi vida, ni antes ni después (Hebreos 7:25).
204. Pero una mañana, estando otra vez en oración, y temblando bajo el temor de que ninguna palabra de Dios pudiera ayudarme, aquel trozo de una frase se lanzó sobre mí: «Mi gracia es suficiente». Con esto me pareció sentir algún apoyo, como si pudiera haber esperanza. ¡Pero, oh, qué cosa tan buena es que Dios envíe su palabra! Porque unas dos semanas antes yo había estado mirando este mismo pasaje, y entonces pensé que no podía llegar a mi alma con consuelo; por eso arrojé mi libro con enfado. Entonces pensé que no era lo bastante amplio para mí; no, no lo bastante amplio; pero ahora era como si tuviera unos brazos de gracia tan anchos que no solo podían abrazarme a mí, sino a muchos más además.
205. Con estas palabras fui sostenido, aunque no sin conflictos extremos, por espacio de siete u ocho semanas; porque mi paz entraba y salía, a veces veinte veces al día; consuelo ahora, y al instante angustia; paz ahora, y antes de poder andar doscientos pasos, tan lleno de temor y de culpa como jamás corazón pudo contener; y esto no solo de vez en cuando, sino que fue toda mi experiencia de aquellas siete semanas; porque esta palabra sobre la suficiencia de la gracia, y aquella de Esaú que se deshizo de su primogenitura, eran como un par de balanzas dentro de mi mente: a veces un platillo estaba arriba, y a veces otra vez el otro; y según cuál fuera, así era mi paz o mi angustia.
206. Por eso seguía orando a Dios que entrara con esta escritura más plenamente en mi corazón; a saber, que me ayudara a aplicarme la frase entera, porque todavía no podía: lo que él daba, yo lo recogía; pero más allá no podía ir, porque hasta entonces solo me ayudaba a esperar que pudiera haber misericordia para mí: «Mi gracia es suficiente»; y aunque no llegaba más lejos, respondía a mi pregunta anterior, a saber, que había esperanza; pero, como faltaba el «para ti», no estaba contento, sino que oré a Dios también por eso. Así que un día, estando yo en una reunión del pueblo de Dios, lleno de tristeza y terror, porque mis temores volvían a apretarme con fuerza, y pensando yo ya que mi alma no estaba en nada mejor, sino que mi caso era de lo más triste y temible, estas palabras irrumpieron de repente sobre mí con gran poder: «Mi gracia es suficiente para ti, mi gracia es suficiente para ti, mi gracia es suficiente para ti», tres veces seguidas; y, ¡oh!, me pareció que cada palabra era para mí una palabra poderosa; como mi, y gracia, y suficiente, y para ti; eran entonces, y a veces lo son todavía, mucho más grandes que las demás.
207. En aquel momento mi entendimiento fue tan iluminado que fue como si hubiera visto al Señor Jesús mirarme desde el cielo a través de las tejas, y dirigirme estas palabras. Esto me envió llorando a casa, me quebrantó el corazón, me llenó de gozo y me abatió hasta el polvo; solo que no se quedó mucho tiempo conmigo, quiero decir en esta gloria y en este consuelo refrescante; aun así permaneció conmigo varias semanas, y me animó a esperar. Pero tan pronto como aquella poderosa operación se retiró de mi corazón, la otra palabra sobre Esaú volvió sobre mí como antes; de modo que mi alma quedó otra vez colgada como en un par de balanzas, a veces arriba y a veces abajo, ahora en paz, y luego otra vez en terror.
208. Así seguí durante muchas semanas, a veces consolado y a veces atormentado; y, sobre todo en algunos momentos, mi tormento era muy dolorido, porque todas aquellas escrituras ya mencionadas de Hebreos se ponían delante de mí, como las únicas sentencias que me dejarían fuera del cielo. Entonces, a su vez, empezaba a arrepentirme de que aquel pensamiento hubiera pasado jamás por mí; también pensaba así para mí: Vaya, ¿cuántas escrituras hay contra mí? No hay más que tres o cuatro; ¿y no puede Dios pasarlas por alto y salvarme a pesar de todas ellas? Otras veces pensaba: ¡Oh!, si no fuera por estas tres o cuatro palabras, ¡cómo podría ser consolado! Y en algunos momentos apenas podía contenerme de desear que no estuvieran en el libro.
209. Entonces me parecía ver como si Pedro, y Pablo, y Juan, y todos los escritores me miraran con desprecio y se burlaran de mí; y como si me dijeran: Todas nuestras palabras son verdad, cada una con tanta fuerza como la otra. No somos nosotros quienes te hemos cortado, sino que tú mismo te has desechado; no hay ninguna de nuestras sentencias a la que debas asirte sino estas, y otras como estas: «Es imposible; ya no queda sacrificio por el pecado» (Hebreos 6). Y «mejor les hubiera sido no haber conocido» la voluntad de Dios, «que, después de haberla conocido, tornarse atrás del santo mandamiento que les fue dado» (2 Pedro 2:21). «Porque la Escritura no puede ser quebrantada».
210. Estas, como los ancianos de la ciudad de refugio, vi que habían de ser los jueces tanto de mi causa como de mí, mientras yo estaba, con el vengador de la sangre pisándome los talones, temblando a su puerta en busca de liberación; además, con mil temores y desconfianzas, dudaba de que me dejaran fuera para siempre (Josué 20:3, 4).
211. Así estaba yo confundido, sin saber qué hacer, ni cómo quedar satisfecho en esta cuestión: ¿Podían las escrituras concordar en la salvación de mi alma? Temblaba ante los apóstoles; sabía que sus palabras eran verdaderas y que habían de permanecer para siempre.
212. Y recuerdo que un día, estando yo en diversas disposiciones de espíritu, y considerando que estas disposiciones seguían siempre la naturaleza de las distintas escrituras que me venían a la mente (si era esta de la gracia, entonces estaba tranquilo; pero si era aquella de Esaú, entonces atormentado), pensé: Señor, si estas dos escrituras se encontraran a la vez en mi corazón, quisiera ver cuál de ellas me vencería. Así que me pareció tener un deseo anhelante de que vinieran ambas juntas sobre mí; sí, se lo pedí a Dios.
213. Pues bien, unos dos o tres días después, así lo hicieron en efecto; se lanzaron ambas sobre mí a la vez, y obraron y lucharon extrañamente en mí por un tiempo; al fin, la de la primogenitura de Esaú comenzó a debilitarse, a retirarse y a desvanecerse, y esta de la suficiencia de la gracia prevaleció con paz y gozo. Y estando yo meditando en esto, aquella escritura vino a mí con fuerza: «La misericordia se gloría contra el juicio» (Santiago 2:13).
214. Esto fue para mí motivo de asombro; sin embargo, en verdad me inclino a pensar que era de Dios; porque la palabra de la ley y de la ira debe ceder el lugar a la palabra de vida y de gracia; porque, aunque la palabra de condenación sea gloriosa, la palabra de vida y salvación la excede mucho en gloria (2 Corintios 3:8-12; Marcos 9:5-7). Además, Moisés y Elías deben ambos desvanecerse, y dejar solos a Cristo y a sus santos.
215. Esta escritura también visitó mi alma con la mayor dulzura: «Y al que a mí viene, de ninguna manera le echaré fuera» (Juan 6:37). ¡Oh, el consuelo que he tenido de estas palabras, «de ninguna manera»! Como quien dice: por ningún motivo, por nada, haya hecho lo que haya hecho. Pero Satanás se esforzaba mucho por arrancarme esta promesa, diciéndome que Cristo no se refería a mí ni a los que son como yo, sino a pecadores de una categoría más baja, que no habían hecho lo que yo había hecho. Pero yo le respondía: Satanás, en esta palabra no hay tal excepción; sino «al que viene», a él, a cualquiera; «al que a mí viene, de ninguna manera le echaré fuera». Y esto lo recuerdo bien todavía: que, de todas las artimañas que Satanás usó para quitarme esta escritura, nunca llegó a hacerme esta pregunta: Pero ¿vienes como es debido? Y he pensado que la razón era que él sabía que yo entendía muy bien qué era venir como es debido; porque veía que venir como es debido era venir tal como yo era, un pecador vil e impío, y echarme a los pies de la misericordia, condenándome a mí mismo por el pecado. Si alguna vez en toda mi vida Satanás y yo luchamos por alguna palabra de Dios, fue por esta buena palabra de Cristo; él de un extremo y yo del otro. ¡Oh, qué forcejeo hicimos! Fue por esta palabra de Juan, digo, por la que tanto tiramos y luchamos; él tiraba y yo tiraba; pero, alabado sea Dios, le vencí, saqué de ella alguna dulzura.
216. Pero a pesar de todas estas ayudas y benditas palabras de gracia, aquella de Esaú que vendió su primogenitura todavía angustiaba a ratos mi conciencia; porque, aunque yo había sido consolado con la mayor dulzura, y eso justo antes, cuando aquello me venía a la mente me hacía temer de nuevo; no podía librarme del todo de ello, estaba conmigo cada día; por eso emprendí entonces la tarea por otro camino, a saber, considerar la naturaleza de este pensamiento blasfemo; quiero decir, si tomaba las palabras en su sentido más amplio, y les daba su propia fuerza y alcance naturales, cada una de ellas. Y cuando lo hube considerado así, hallé que, si se tomaban con justicia, venían a decir esto: que yo había dejado libremente al Señor Jesucristo a su elección, si quería ser mi Salvador o no; porque las palabras malvadas eran estas: Que se vaya, si quiere. Entonces aquella escritura me dio esperanza: «No te dejaré, ni te desampararé» (Hebreos 13:5). Oh Señor, dije yo, pero yo te he dejado. Entonces respondió otra vez: «Pero yo no te dejaré». También por esto doy gracias a Dios.
217. Aun así, temía gravemente que él me dejara, y me resultaba en extremo difícil confiar en él, viendo que le había ofendido tanto. Me habría alegrado en gran manera de que aquel pensamiento nunca me hubiera sobrevenido, porque entonces, pensaba, habría podido apoyarme en su gracia con mucha más facilidad y libertad. Veo que me sucedía lo que a los hermanos de José: la culpa de su propia maldad los llenaba a menudo de temor de que su hermano al fin los despreciara (Génesis 50:15-17).
218. Pero de todas las escrituras que hasta entonces había encontrado, aquella del capítulo veinte de Josué fue el mayor consuelo para mí, la que habla del homicida que había de huir en busca de refugio. Y si el vengador de la sangre persigue al homicida, entonces, dice Moisés, los que son ancianos de la ciudad de refugio no lo entregarán en su mano, por cuanto hirió a su prójimo por yerro, ni tuvo con él antes enemistad. ¡Oh, bendito sea Dios por esta palabra! Estaba convencido de que yo era el homicida, y de que el vengador de la sangre me perseguía, eso lo sentía con gran terror; solo quedaba ahora que averiguara si tenía derecho a entrar en la ciudad de refugio. Y hallé que no debía entrar el que acechaba para derramar sangre: no era el asesino deliberado, sino el que lo había hecho sin querer, el que había derramado sangre sin saberlo; no por despecho, ni rencor, ni malicia: el que la derramó por yerro, sí, el que no había aborrecido antes a su prójimo. Por tanto:
219. Pensé que verdaderamente yo era el hombre que debía entrar, porque había herido a mi prójimo por yerro, sin haber tenido con él antes enemistad. Yo no le había aborrecido antes; no, yo le oraba, era cuidadoso de no pecar contra él; sí, y contra esta malvada tentación había luchado durante un año entero antes; sí, y también, cuando pasó por mi corazón, fue muy a mi pesar; por lo cual pensé que tenía derecho a entrar en esta ciudad, y que los ancianos, que son los apóstoles, no debían entregarme. Esto, pues, fue un gran consuelo para mí, y me dio mucho fundamento de esperanza.
220. Sin embargo, siendo yo muy escrupuloso, porque mi dolor me había dejado de tal manera que no sabía qué terreno era lo bastante firme para sostenerme, tenía una pregunta sobre la cual mi alma deseaba mucho quedar resuelta; y era esta: ¿Es posible que un alma que de veras ha cometido el pecado imperdonable reciba después de Dios, por medio de Cristo, aunque sea el más mínimo consuelo espiritual verdadero? Y después de haberlo considerado mucho, hallé que la respuesta era: No, no podían, y eso por estas razones:
221. Primero, porque los que han cometido ese pecado están excluidos de toda parte en la sangre de Cristo, y, estando excluidos de ella, por fuerza han de carecer del más mínimo fundamento de esperanza. y por tanto de consuelo espiritual; pues para ellos «ya no queda sacrificio por el pecado» (Hebreos 10:26). Segundo, porque se les niega parte en la promesa de vida; nunca serán perdonados, «ni en este siglo, ni en el venidero» (Mateo 12:32). Tercero, el Hijo de Dios los excluye también de toda parte en su bendita intercesión, avergonzándose para siempre de reconocerlos tanto delante de su santo Padre como de los benditos ángeles del cielo (Marcos 8:38).
222. Cuando hube considerado con mucha deliberación este asunto, y no pude sino concluir que el Señor me había consolado, y eso después de este mi malvado pecado, entonces me pareció que me atrevía a acercarme a aquellas escrituras tan temibles y terribles, con las que durante todo este tiempo me había espantado tanto, y sobre las cuales, en verdad, antes apenas me atrevía a poner los ojos; sí, cien veces me había costado mucho contenerme de desear que no estuvieran en la Biblia, porque pensaba que me destruirían; pero ahora, digo, empecé a cobrar cierta medida de ánimo para acercarme a ellas, para leerlas y considerarlas, y para sopesar su alcance y su intención.
223. Y cuando comencé a hacerlo, hallé que su semblante había cambiado; porque no me miraban con tanta severidad como antes creía yo que lo hacían. Y, primero, llegué al capítulo seis de Hebreos, temblando aún de miedo de que me hiriera; y cuando lo hube considerado, hallé que la caída allí señalada era una caída total; es decir, según yo la entendí, un apartarse de, y una negación absoluta de, el evangelio de la remisión de los pecados por Cristo; porque con ellos comienza el apóstol su argumento (vers. 1-3). Segundo, hallé que esta apostasía debía ser abierta, a la vista misma del mundo, hasta el punto de «exponer a Cristo a vituperio público». Tercero, hallé que aquellos a quienes allí se refiere quedaban para siempre encerrados por Dios en ceguera, dureza e impenitencia: es imposible que sean otra vez renovados para arrepentimiento. Por todos estos detalles hallé, para eterna alabanza de Dios, que mi pecado no era el pecado señalado en este lugar.
Primero, confesé que había caído, pero no que me hubiera apartado del todo, es decir, de la profesión de fe en Jesús para vida eterna. Segundo, confesé que había expuesto a Jesucristo a vituperio con mi pecado, pero no a vituperio público; no le negué delante de los hombres, ni le condené como a uno sin fruto delante del mundo. Tercero, tampoco hallé que Dios me hubiera encerrado, ni me hubiera negado el venir, aunque hallé que era de veras una tarea dura venir a él con dolor y arrepentimiento. Bendito sea Dios por su gracia insondable.
224. Después consideré aquel del capítulo diez de Hebreos, y hallé que el pecado voluntario allí mencionado no es cualquier pecado voluntario, sino aquel que desecha a Cristo, y luego también sus mandamientos. Segundo, que eso además ha de hacerse abiertamente, delante de dos o tres testigos, para responder a aquello de la ley ( vers. 28). Tercero, que este pecado no puede cometerse sino haciendo gran afrenta al Espíritu de gracia, despreciando tanto las advertencias que disuaden de ese pecado como las persuasiones a lo contrario. Pero el Señor sabe que, aunque este pecado mío fue diabólico, no llegó a tanto.
225. Y en cuanto a aquel del capítulo doce de Hebreos, sobre Esaú que vendió su primogenitura, aunque era eso lo que me mataba y estaba como una lanza contra mí, ahora consideré, primero, que el suyo no fue un pensamiento repentino contra el continuo esfuerzo de su mente, sino un pensamiento consentido y además puesto en práctica, y eso después de alguna deliberación (Génesis 25). Segundo, fue una acción pública y abierta, al menos delante de su hermano, si no delante de muchos más; esto hizo su pecado de una naturaleza mucho más atroz de lo que de otro modo habría sido. Tercero, siguió menospreciando su primogenitura: «Y él comió y bebió, y se levantó, y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura» (vers. 34). Sí, veinte años después se halló que todavía la menospreciaba: «Y dijo Esaú: Suficiente tengo yo, hermano mío; sea para ti lo que es tuyo» (Génesis 33:9).
226. Ahora bien, en cuanto a esto de que Esaú buscó lugar de arrepentimiento, pensé así: primero, que no era por la primogenitura, sino por la bendición; esto se ve claro por el apóstol, y el mismo Esaú lo distingue: «Se llevó mi primogenitura (es decir, antes), y he aquí ahora ha tomado mi bendición» (Génesis 27:36). Segundo, considerado esto así, volví al apóstol para ver cuál podía ser el pensamiento de Dios, en el estilo y sentido del Nuevo Testamento, acerca del pecado de Esaú; y, hasta donde pude entender, este era el pensamiento de Dios: que la primogenitura significaba la regeneración, y la bendición la herencia eterna; porque así parece insinuarlo el apóstol: «Que no haya ningún profano, como Esaú, que por una vianda vendió su primogenitura»; como si dijera: Que no haya entre ustedes nadie que deseche todos aquellos benditos comienzos de Dios que ahora están sobre él con miras a un nuevo nacimiento, no sea que llegue a ser como Esaú, y sea después reprobado, cuando quiera heredar la bendición.
227. Porque muchos hay que, en el día de la gracia y la misericordia, desprecian aquellas cosas que son en verdad la primogenitura para el cielo, y que, sin embargo, cuando aparezca el día decisivo, clamarán tan alto como Esaú: «Señor, Señor, ábrenos»; pero entonces, así como Isaac no quiso arrepentirse, tampoco lo hará Dios el Padre, sino que dirá: Yo he bendecido a estos, sí, y benditos serán; pero en cuanto a vosotros, apartaos de mí todos los obreros de iniquidad (Génesis 27:33; Lucas 13:25-27).
228. Cuando hube considerado así estas escrituras, y hallé que entenderlas de este modo no iba en contra de otras escrituras, sino que concordaba con ellas, esto añadió todavía más a mi aliento y consuelo, y además asestó un gran golpe a aquella objeción, a saber, que la escritura no podía concordar en la salvación de mi alma. Y ya solo quedaba la cola de la tormenta, porque el trueno había pasado más allá de mí; solo quedaban algunas gotas que de vez en cuando caían sobre mí; pero, como mis sustos y angustias anteriores habían sido muy dolorosos y profundos, todavía me sucedía a menudo lo que les sucede a los que han sido asustados por el fuego: pensaba que cada voz gritaba ¡Fuego, fuego!; cada pequeño roce hería mi tierna conciencia.
229. Pero un día, pasando yo por el campo, y eso también con algunos golpes en mi conciencia, temiendo que aún no estuviera todo bien, de repente esta frase cayó sobre mi alma: Tu justicia está en el cielo; y me pareció además que veía, con los ojos de mi alma, a Jesucristo a la diestra de Dios; allí, digo, está mi justicia; de modo que, dondequiera que yo estuviera o hiciera lo que hiciera, Dios no podía decir de mí: Le falta mi justicia, porque esta estaba justo delante de él. Vi también, además, que no era mi buena disposición de corazón la que hacía mejor mi justicia, ni mi mala disposición la que la hacía peor; porque mi justicia era Jesucristo mismo, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Hebreos 13:8).
230. Entonces sí se me cayeron de verdad las cadenas de las piernas; fui suelto de mi aflicción y de mis grillos, mis tentaciones habían huido; de modo que, desde aquel momento, aquellas terribles escrituras de Dios dejaron ya de turbarme; entonces también me fui a casa regocijándome por la gracia y el amor de Dios. Así que, cuando llegué a casa, busqué si podía hallar aquella frase, Tu justicia está en el cielo; pero no pude hallar tal dicho, por lo cual mi corazón comenzó a hundirse otra vez; solo que me fue traído a la memoria aquello de que él «nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justicia, y santificación, y redención» por esta palabra vi que la otra frase era verdadera (1 Corintios 1:30).
231. Porque por esta escritura vi que el hombre Cristo Jesús, así como es distinto de nosotros en cuanto a su presencia corporal, así es nuestra justicia y santificación delante de Dios. Aquí, pues, viví por algún tiempo, muy dulcemente en paz con Dios por medio de Cristo. ¡Oh, me parecía, Cristo! ¡Cristo! No había nada sino Cristo delante de mis ojos; no me contentaba con mirar por separado este o aquel beneficio de Cristo, como su sangre, su sepultura o su resurrección, sino que le consideraba como un Cristo entero: como aquel en quien todas estas, y todas sus demás virtudes, relaciones, oficios y operaciones se reunían, y eso tal como está sentado a la diestra de Dios en el cielo.
232. Era glorioso para mí ver su exaltación, y el valor y la eficacia de todos sus beneficios, y eso por esto: ahora podía apartar la mirada de mí mismo y ponerla en él, y debía considerar que todas aquellas gracias de Dios que ahora reverdecían en mí no eran sino como esas monedillas rajadas de cuatro peniques y de cuatro peniques y medio que los ricos llevan en la bolsa, ¡mientras su oro está en los baúles en casa! ¡Oh, vi que mi oro estaba en mi baúl en casa! ¡En Cristo, mi Señor y Salvador! Ahora Cristo lo era todo: toda mi sabiduría, toda mi justicia, toda mi santificación y toda mi redención.
233. Además, el Señor me condujo también al misterio de la unión con el Hijo de Dios: que yo estaba unido a él, que era carne de su carne y hueso de sus huesos; y aquella palabra de Efesios 5:30 fue entonces una palabra dulce para mí. Por esto también se me confirmó más mi fe en él como mi justicia; porque, si él y yo éramos uno, entonces su justicia era mía, sus méritos míos, y también su victoria mía. Ahora podía verme en el cielo y en la tierra a la vez: en el cielo por mi Cristo, por mi cabeza, por mi justicia y mi vida, aunque en la tierra por mi cuerpo o mi persona.
234. Ahora vi que Dios miraba a Cristo Jesús, y que también nosotros debíamos mirarle, como a aquella persona común o pública en quien todo el cuerpo de sus escogidos ha de ser siempre considerado y contado: que cumplimos la ley por él, resucitamos de los muertos por él, obtuvimos la victoria sobre el pecado, la muerte, el diablo y el infierno por él; cuando él murió, nosotros morimos; y lo mismo de su resurrección. «Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán», dice él (Isaías 26:19). Y otra vez: «Nos dará vida después de dos días; al tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él» (Oseas 6:2); lo cual ya se ha cumplido al sentarse el Hijo del Hombre a la diestra de la Majestad en las alturas, conforme a aquello de Efesios: él «juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Efesios 2:6).
235. Ah, estas benditas consideraciones y escrituras, con muchas otras de naturaleza semejante, se hacían en aquellos días brillar ante mis ojos como destellos, de modo que tengo motivo para decir: «Alabad al Señor. Alabad a Dios en su santuario; alabadle en la extensión de su fortaleza. Alabadle por sus proezas; alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza» (Salmo 150:1, 2).
236. Habiéndote dado así, en pocas palabras, una muestra del dolor y la aflicción por los que pasó mi alma, a causa de la culpa y el terror en que me puso este mi malvado pensamiento; y habiéndote dado también una idea de mi liberación de ello, y del dulce y bendito consuelo que hallé después, consuelo que habitó cerca de un año en mi corazón, para mi indecible admiración, ahora, si Dios quiere, antes de seguir adelante, te diré en una o dos palabras cuál fue, según entiendo, la causa de esta tentación; y también, después de eso, qué provecho vino a ser al fin para mi alma.
237. En cuanto a las causas, entendí que eran principalmente dos, de las cuales también estuve profundamente convencido todo el tiempo que esta angustia pesó sobre mí. La primera fue que, cuando fui librado de la tentación anterior, no seguí orando a Dios que me guardara de las tentaciones que estaban por venir; porque, aunque, como puedo decir con verdad, mi alma estaba mucho en oración antes de que esta prueba se apoderara de mí, entonces solo oraba, o a lo sumo principalmente, por la remoción de las angustias presentes y por nuevas revelaciones de su amor en Cristo, lo cual vi después que no era suficiente; debía haber orado también que el gran Dios me guardara del mal que estaba por venir.
238. De esto me hizo profundamente consciente la oración del santo David, quien, estando bajo una misericordia presente, aun así oró que Dios le detuviera del pecado y de la tentación por venir: «Entonces», dice él, «seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión» (Salmo 19:13). Por esta misma palabra fui herido y condenado durante toda esta larga tentación.
239. Hubo también otra palabra que me condenaba mucho por mi necedad al descuidar este deber (Hebreos 4:16): «Lleguémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro». Esto no lo había hecho yo, y por eso se me permitió pecar y caer así, conforme a lo que está escrito: «Orad que no entréis en tentación». Y en verdad esto mismo pesa sobre mí todavía hoy con tanta seriedad y temor que no me atrevo, cuando vengo delante del Señor, a levantarme de las rodillas hasta haberle suplicado ayuda y misericordia contra las tentaciones que están por venir; y te ruego, lector, que aprendas a guardarte de mi negligencia, por la aflicción que por esta causa sufrí con dolor durante días, y meses, y años.
240. Otra causa de esta tentación fue que yo había tentado a Dios; y lo hice de esta manera. En cierta ocasión mi esposa estaba encinta, y antes de que llegara su tiempo, le vinieron unos dolores, como de mujer de parto, fieros y fuertes, como si fuera a ponerse de parto inmediatamente y a dar a luz antes de tiempo. Pues bien, fue precisamente en aquel tiempo cuando yo había sido tan fuertemente tentado a dudar de la existencia de Dios; por lo cual, mientras mi esposa yacía llorando a mi lado, dije, pero con todo el secreto imaginable, pensándolo solo en mi corazón: Señor, si ahora quitas esta triste aflicción a mi esposa, y haces que no sea turbada más por ella esta noche (y en aquel momento sus dolores estaban en lo más fuerte), entonces sabré que tú puedes discernir los pensamientos más secretos del corazón.
241. No bien lo hube dicho en mi corazón, cuando sus dolores le fueron quitados, y cayó en un sueño profundo, y así continuó hasta la mañana; de esto me maravillé en gran manera, sin saber qué pensar; pero después de haber estado despierto un buen rato, y de no oírla quejarse más, me quedé dormido también. Así que, cuando desperté por la mañana, me vino de nuevo a la mente lo que había dicho en mi corazón la noche anterior, y cómo el Señor me había mostrado que conocía mis pensamientos secretos, lo cual fue para mí un gran asombro durante varias semanas después.
242. Pues bien, como un año y medio después, aquel pensamiento malvado y pecaminoso del que ya he hablado pasó por mi malvado corazón, a saber, este pensamiento: Que Cristo se vaya, si quiere; así que, cuando caí bajo la culpa por esto, el recuerdo de mi otro pensamiento, y de su efecto, venía también sobre mí con esta réplica, que llevaba consigo además una reprensión: Ahora puedes ver que Dios sí conoce los pensamientos más secretos del corazón.
243. Y con esto vino sobre mi espíritu lo que pasó entre el Señor y su siervo Gedeón: cómo, porque Gedeón tentó a Dios con su vellón, mojado y seco, cuando debía haber creído y haberse arriesgado sobre sus palabras, por eso el Señor le probó después de tal manera que le envió contra una multitud innumerable de enemigos, y eso, según toda apariencia exterior, sin fuerza ni ayuda alguna (Jueces 6, 7). Así me trató a mí, y con justicia, porque yo debía haber creído su palabra, y no haber puesto un si condicional a la omnisciencia de Dios.
244. Y ahora, para mostrarte algo de los provechos que también obtuve de esta tentación: primero, por ella se me hizo poseer continuamente en mi alma un sentido muy maravilloso tanto de la existencia y la gloria de Dios como de su Hijo amado. En la tentación anterior, mi alma estaba perpleja con incredulidad, blasfemia, dureza de corazón, dudas sobre la existencia de Dios, sobre Cristo, la verdad de la Palabra y la certeza del mundo venidero; digo que entonces fui grandemente asaltado y atormentado por el ateísmo; pero ahora el caso era distinto: ahora Dios y Cristo estaban continuamente delante de mi rostro, aunque no a manera de consuelo, sino a manera de extremo pavor y terror. La gloria de la santidad de Dios me hacía pedazos en aquel tiempo; y las entrañas y la compasión de Cristo me quebrantaban como en la rueda; porque no podía considerarle sino como a un Cristo perdido y rechazado, y su recuerdo era como un continuo quebrantamiento de mis huesos.
245. Las Escrituras también eran ahora cosas maravillosas para mí; vi que su verdad y certeza eran las llaves del reino de los cielos: aquellos a quienes las Escrituras favorecen han de heredar la dicha, pero aquellos a quienes se oponen y condenan han de perecer para siempre. ¡Oh! Esta palabra, «Porque la Escritura no puede ser quebrantada», me rasgaba las telas del corazón; y lo mismo aquella otra: «A los que remitiereis los pecados, les son remitidos; a quienes los retuviereis, serán retenidos». Ahora vi que los apóstoles eran los ancianos de la ciudad de refugio (Josué 20:4): aquellos a quienes ellos recibieran dentro eran recibidos a la vida; pero aquellos a quienes dejaran fuera habían de morir a manos del vengador de la sangre.
246. ¡Oh! Una sola sentencia de la Escritura afligía y aterraba más mi mente (me refiero a aquellas sentencias que estaban contra mí, como a veces pensaba que lo estaban todas), más, digo, que un ejército de cuarenta mil hombres que hubiera podido venir contra mí. ¡Ay de aquel contra quien se vuelven las Escrituras!
247. Por esta tentación se me hizo ver más que nunca antes la naturaleza de las promesas; porque, estando yo ahora temblando bajo la poderosa mano de Dios, continuamente desgarrado y despedazado por los truenos de su justicia, esto me hizo, con corazón cuidadoso y ojo vigilante, con gran seriedad, pasar cada hoja, y con mucha diligencia, mezclada con temblor, considerar cada sentencia, junto con su fuerza y su alcance naturales.
248. Por esta tentación también fui apartado en gran manera de mi necia costumbre anterior de dejar a un lado la palabra de promesa cuando me venía a la mente; porque ahora, aunque no podía sacar de la promesa aquel consuelo y dulzura que había sacado otras veces, sí, como un hombre que se hunde, me agarraba a todo lo que veía; antes pensaba que no debía tocar la promesa si no sentía su consuelo, pero ahora no era momento de hacerlo así: el vengador de la sangre me perseguía demasiado de cerca.
249. Ahora, pues, me alegraba de agarrarme a aquella palabra que aún temía no tener fundamento ni derecho a reclamar como mía; y aun de saltar al seno de aquella promesa que aún temía que me cerraba su corazón. Ahora también me esforzaba por tomar la Palabra tal como Dios la había establecido, sin restringir la fuerza natural de una sola sílaba de ella. ¡Oh, qué vi entonces en aquel bendito capítulo seis de Juan: «Y al que a mí viene, de ninguna manera le echaré fuera» (vers. 37)! Ahora empecé a considerar conmigo mismo que Dios tenía una boca más grande para hablar que yo un corazón para concebir. Pensé también que él no hablaba sus palabras con prisa ni con un ardor irreflexivo, sino con sabiduría y juicio infinitos, y con toda verdad y fidelidad.
250. En aquellos días, a menudo en mis mayores agonías, me lanzaba a trompicones hacia la promesa, como los caballos que, atascados aún en el fango, forcejean hacia el suelo firme, concluyendo, aunque como uno casi privado de juicio por el miedo: En esto descansaré y me apoyaré, y dejaré su cumplimiento al Dios del cielo que la hizo. ¡Oh, cuántos tirones ha tenido mi corazón con Satanás por aquel capítulo seis de Juan! No buscaba ahora, como otras veces, principalmente consuelo, aunque, ¡oh, qué bienvenido me habría sido! Pero ahora una palabra, una palabra sobre la cual apoyar un alma cansada, para no hundirme para siempre: eso era lo que buscaba.
251. Sí, a menudo, cuando me encaminaba hacia la promesa, he visto como si el Señor fuera a rechazar mi alma para siempre. Muchas veces me sentía como si me hubiera lanzado contra las picas, y como si el Señor me hubiera atacado para apartarme de él como con una espada encendida. Entonces pensaba en Ester, que fue a presentar su petición al rey en contra de la ley (Ester 4:16). Pensaba también en los siervos de Ben-adad, que fueron con sogas sobre sus cabezas a sus enemigos a pedir misericordia (1 Reyes 20:31). También la mujer cananea, que no se dejó amedrentar aunque Cristo la llamó perro (Mateo 15:21-28), y el hombre que fue a pedir pan prestado a medianoche (Lucas 11:5-8), fueron de gran aliento para mí.
252. Nunca vi aquellas alturas y profundidades en la gracia, y en el amor, y en la misericordia, como las vi después de esta tentación. Grandes pecados hacen brotar gran gracia; y donde la culpa es más terrible y feroz, allí la misericordia de Dios en Cristo, cuando se muestra al alma, aparece más alta y poderosa. Cuando Job hubo pasado por su cautiverio, tuvo «el doble de lo que antes había tenido» (Job 42:10). Bendito sea Dios por Jesucristo nuestro Señor. Muchas otras cosas podría observar aquí, pero quiero ser breve, y por eso las omitiré esta vez; y ruego a Dios que mis males hagan que otros teman ofender, no sea que también ellos tengan que llevar el yugo de hierro como lo llevé yo.
Dos o tres veces, en el tiempo de mi liberación de esta tentación o por entonces, tuve percepciones tan extrañas de la gracia de Dios que apenas podía sostenerme bajo ella; era tan desmesuradamente asombrosa, cuando pensaba que podía alcanzarme a mí, que de veras creo que, si aquel sentimiento hubiera permanecido mucho tiempo sobre mí, me habría incapacitado para mis ocupaciones.
253. Ahora pasaré a darte relación de otras de las guías del Señor conmigo, de sus tratos conmigo en diversas otras épocas, y de las tentaciones con que entonces me encontré. Comenzaré por lo que me sucedió cuando me uní por primera vez en comunión con el pueblo de Dios en Bedford. Después de haber propuesto a la iglesia que mi deseo era andar con ellos en el orden y las ordenanzas de Cristo, y de haber sido también admitido por ellos, mientras pensaba en aquella bendita ordenanza de Cristo, que fue su última cena con sus discípulos antes de su muerte, aquella escritura, «Haced esto en memoria de mí» (Lucas 22:19), se me hizo una palabra muy preciosa; porque por ella el Señor descendió sobre mi conciencia con la revelación de su muerte por mis pecados; y, según entonces sentí, fue como si me sumergiera en la virtud de ella. Pero, he aquí, no llevaba mucho tiempo participando de aquella ordenanza cuando tentaciones tan fieras y tristes me acometían en ella cada vez, tanto para blasfemar de la ordenanza como para desear algún mal mortal a los que entonces comían de ella, que, para no hacerme culpable en ningún momento de consentir en estos pensamientos malvados y temibles, me veía obligado a esforzarme todo el tiempo en orar a Dios que me guardara de tales blasfemias, y también a clamar a Dios que bendijera el pan y la copa para ellos mientras pasaban de boca en boca. La razón de esta tentación, he pensado después, fue que al principio no me acerqué a participar de ella con la reverencia que me correspondía.
254. Así continué durante tres cuartos de año, sin poder tener nunca descanso ni sosiego; pero al fin el Señor vino sobre mi alma con aquella misma escritura con la que mi alma había sido visitada antes; y desde entonces he estado por lo general muy bien y consolado al participar de aquella bendita ordenanza, y en ella he discernido, confío, el cuerpo del Señor como partido por mis pecados, y que su preciosa sangre ha sido derramada por mis transgresiones.
255. En cierta ocasión estaba yo algo inclinado a la tisis, por lo cual, hacia la primavera, me sobrevino de repente y con violencia una gran debilidad en mi hombre exterior, tanto que pensé que no podría vivir. Entonces comencé de nuevo a entregarme a un examen serio de mi estado y condición para el futuro, y de mis evidencias para aquel bendito mundo venidero; porque ha sido, bendigo el nombre de Dios, mi costumbre habitual, siempre, y especialmente en el día de la aflicción, procurar mantener claro ante mis ojos mi parte en la vida venidera.
256. Pero no bien había comenzado a traer a la memoria mi experiencia anterior de la bondad de Dios para con mi alma, cuando vino agolpándose en mi mente una multitud innumerable de mis pecados y transgresiones, entre los cuales los que más me afligían en aquel tiempo eran estos: mi mortecina insensibilidad, mi torpeza y mi frialdad en los deberes santos; mis divagaciones del corazón, mi cansancio en todas las cosas buenas, mi falta de amor a Dios, a sus caminos y a su pueblo, con esto al final de todo: ¿Son estos los frutos del cristianismo? ¿Son estas las señales de un hombre bienaventurado?
257. Al percibir estas cosas, mi enfermedad se me dobló, porque ahora estaba enfermo en mi hombre interior, mi alma estaba cargada de culpa; ahora también mi experiencia anterior de la bondad de Dios para conmigo fue del todo quitada de mi mente, y escondida como si nunca hubiera existido ni se hubiera visto. Ahora mi alma estaba muy apretada entre estas dos consideraciones: Vivir no debo, morir no me atrevo; ahora me hundí y caí en mi espíritu, y lo estaba dando todo por perdido; pero, mientras andaba de un lado a otro por la casa, como un hombre en el estado más desdichado, aquella palabra de Dios se apoderó de mi corazón: Sois «justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús» (Romanos 3:24). ¡Pero, oh, qué vuelco me dio!
258. Ahora era yo como uno que despierta de un sueño y una pesadilla turbadores, y, escuchando esta sentencia celestial, fue como si la oyera explicada así: Pecador, tú piensas que, a causa de tus pecados y flaquezas, yo no puedo salvar tu alma; pero he aquí que mi Hijo está junto a mí, y a él miro, y no a ti, y te trataré según me complazco en él. Con esto mi mente fue grandemente aliviada, y se me hizo entender que Dios podía justificar a un pecador en cualquier momento; no era más que mirar él a Cristo e imputarnos sus beneficios, y la obra quedaba hecha en el acto.
259. Y estando yo así meditando, aquella escritura vino también con gran poder sobre mi espíritu: «No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia nos salvó», etc. (Tito 3:5; 2 Timoteo 1:9). Ahora fui levantado a lo alto; me vi dentro de los brazos de la gracia y la misericordia; y aunque antes tenía miedo de pensar en la hora de la muerte, ahora clamaba: Déjame morir. Ahora la muerte era amable y hermosa a mis ojos; porque vi que nunca viviremos de veras hasta que hayamos pasado al otro mundo. ¡Oh, me parecía que esta vida no es sino un sopor en comparación con aquella de arriba! En este tiempo vi también en aquellas palabras, «herederos de Dios» (Romanos 8:17), más de lo que jamás podré expresar mientras viva en este mundo. ¡«Herederos de Dios»! Dios mismo es la porción de los santos. Esto lo vi y me maravillé de ello, pero no puedo decirte lo que vi.
260. Otra vez, estando yo en otra ocasión muy enfermo y débil, todo aquel tiempo también el tentador me acosó con fuerza, porque hallo que es muy dado a asaltar el alma cuando comienza a acercarse a la tumba: entonces es su oportunidad; se esforzaba por esconderme mi experiencia anterior de la bondad de Dios, y además ponía delante de mí los terrores de la muerte y el juicio de Dios, tanto que en aquel tiempo, por mi temor de perderme para siempre si moría entonces, estaba como muerto antes de que llegara la muerte, y era como si ya me sintiera descender al abismo; me parecía, digo, que no había otro camino sino que debía ir al infierno; pero he aquí que, justo cuando estaba en medio de aquellos temores, estas palabras de los ángeles que llevaron a Lázaro al seno de Abraham se lanzaron sobre mí, como quien dice: Así será contigo cuando dejes este mundo. Esto reavivó dulcemente mi espíritu y me ayudó a esperar en Dios; y, cuando hube meditado en ello con consuelo un rato, aquella palabra cayó con gran peso sobre mi mente: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Corintios 15:55). Con esto quedé bien de cuerpo y de mente a la vez, porque mi enfermedad se desvaneció al instante, y volví a andar con consuelo en mi obra para Dios.
261. En otra ocasión, aunque justo antes me encontraba bastante bien y con buen gusto en mi espíritu, de repente cayó sobre mí una gran nube de tinieblas, que me ocultó de tal manera las cosas de Dios y de Cristo que era como si nunca las hubiera visto ni conocido en mi vida; y mi alma quedó además tan invadida por una disposición de espíritu insensible y sin ánimo, que no podía sentir que mi alma se moviera ni se agitara en pos de la gracia y la vida por Cristo; era como si tuviera los lomos quebrados, o como si mis manos y mis pies hubieran sido atados o sujetos con cadenas. En este tiempo sentí también que una debilidad se apoderaba de mi hombre exterior, lo cual hacía todavía más pesada y penosa para mí la otra aflicción.
262. Después de haber estado en esta condición unos tres o cuatro días, estando sentado junto al fuego, sentí de repente que esta palabra resonaba en mi corazón: Debo ir a Jesús; con esto huyeron mis tinieblas y mi ateísmo anteriores, y las benditas cosas del cielo fueron puestas a mi vista. Estando yo así tomado de sorpresa de repente, dije: Esposa, ¿hay acaso una escritura que diga: Debo ir a Jesús? Ella dijo que no lo sabía; por eso me quedé sentado meditando todavía, para ver si podía recordar tal pasaje; no había estado sentado más de dos o tres minutos cuando me vino de golpe aquello de «Y a la compañía de muchos millares de ángeles», y al mismo tiempo el capítulo doce de Hebreos, sobre el monte de Sión, fue puesto delante de mis ojos (vers. 22-4).
263. Entonces le dije con gozo a mi esposa: ¡Oh, ahora lo sé, lo sé! Y aquella noche fue una buena noche para mí; pocas he tenido mejores; anhelaba la compañía de algunos del pueblo de Dios para poder compartir con ellos lo que Dios me había mostrado. Cristo fue un Cristo precioso para mi alma aquella noche; apenas podía estar acostado en mi cama de gozo, y paz, y triunfo, por medio de Cristo; esta gran gloria no permaneció sobre mí hasta la mañana, pero aquel capítulo doce de la epístola a los Hebreos (Hebreos 12:22-24) fue una escritura bendita para mí durante muchos días seguidos después de esto.
264. Las palabras son estas: «Os habéis acercado al monte de Sión, y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, y a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel». Por esta bendita sentencia el Señor me condujo una y otra vez, primero a esta palabra y luego a aquella, y me mostró una gloria maravillosa en cada una de ellas. Estas palabras también me han sido a menudo, desde entonces, de gran refrigerio para mi espíritu. Bendito sea Dios por tener misericordia de mí.
Capítulo 3 completado
Gracia abundante para el primero de los pecadores; o breve relato de la inmensa misericordia de Dios en Cristo para con su pobre siervo John Bunyan