Gracia abundante para el primero de los pecadores
Prefacio, o breve relato de la publicación de esta obra

Capítulo 2 · 6 min de lectura · 8 min de escucha

Prefacio, o breve relato de la publicación de esta obra

PREFACIO

O BREVE RELATO DE LA PUBLICACIÓN DE ESTA OBRA

ESCRITO POR SU AUTOR Y DEDICADO A AQUELLOS A QUIENES DIOS LO HA TENIDO POR DIGNO DE ENGENDRAR EN LA FE POR MEDIO DE SU MINISTERIO EN LA PALABRA

HIJOS, la gracia sea con ustedes. Amén. Habiendo sido apartado de ustedes en presencia, y atado de tal manera que no puedo cumplir el deber que Dios me ha impuesto para con ustedes, para su mayor edificación y crecimiento en la fe y la santidad, etc., quiero, sin embargo, que vean que mi alma tiene un cuidado paternal y un anhelo por su bienestar espiritual y eterno. Por eso ahora, una vez más, como antes desde la cumbre de Senir y de Hermón, así ahora desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos (Cantares 4:8), sigo velando por todos ustedes, con un gran anhelo de verlos llegar a salvo al puerto deseado.

Doy gracias a Dios cada vez que me acuerdo de ustedes; y me regocijo, aun mientras estoy atrapado entre los dientes de los leones en el desierto, por la gracia, la misericordia y el conocimiento de Cristo nuestro Salvador que Dios les ha concedido, junto con abundancia de fe y de amor. También su hambre y su sed de conocer más al Padre en su Hijo, la ternura de su corazón, su temblor ante el pecado, y su conducta sobria y santa delante de Dios y de los hombres, son para mí un gran refrigerio; «Porque vosotros sois mi gloria y gozo» (1 Tesalonicenses 2:20).

Les envío aquí adjunta una gota de aquella miel que he sacado del cuerpo de un león (Jueces 14:5-9). Yo mismo también he comido de ella, y me ha reanimado mucho. (Las tentaciones, cuando las encontramos por primera vez, son como el león que rugió contra Sansón; pero si las vencemos, la siguiente vez que las veamos hallaremos dentro de ellas un panal de miel). Los filisteos no me entienden. Es un relato de la obra de Dios en mi propia alma, desde el principio mismo hasta ahora; en él podrán percibir mis abatimientos y mis levantamientos; porque él hiere, y sus manos curan. Está escrito en la Escritura (Isaías 38:19): «El padre hará notoria a los hijos la verdad de Dios». Sí, por esta razón estuve tanto tiempo junto al Sinaí (Deuteronomio 4:10, 11), para ver el fuego, la nube y la oscuridad, a fin de temer al Señor todos los días de mi vida sobre la tierra y contar a mis hijos sus maravillas (Salmo 78:3-5).

Moisés (Números 33:1, 2) escribió las jornadas de los hijos de Israel desde Egipto hasta la tierra de Canaán; y les mandó también que se acordaran de sus cuarenta años de peregrinación por el desierto. «Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído el Señor tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que estaba en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos» (Deuteronomio 8:2). Por eso me he esforzado en hacer esto; y no solo eso, sino también en publicarlo, para que, si Dios quiere, otros recuerden lo que él ha hecho por sus almas al leer su obra en mí.

Es provechoso que los cristianos traigan a menudo a la memoria los comienzos mismos de la gracia en sus almas. «Es noche de guardar al Señor, por haberlos sacado en ella de la tierra de Egipto. Esta noche deben guardar al Señor todos los hijos de Israel en sus generaciones» (Éxodo 12:42). «Dios mío», dice David (Salmo 42:6), «mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de Mizar». Se acordó también del león y del oso cuando fue a pelear contra el gigante de Gat (1 Samuel 17:36, 37).

Era costumbre de Pablo (Hechos 22), aun cuando se le juzgaba a muerte (Hechos 24), exponer siempre ante sus jueces la manera de su conversión: pensaba en aquel día y en aquella hora en que se encontró por primera vez con la gracia, porque hallaba en ello un sostén. Cuando Dios hubo llevado a los hijos de Israel a través del mar Rojo, muy adentro del desierto, aun así tuvieron que dar media vuelta y regresar allí para acordarse de cómo se habían ahogado sus enemigos (Números 14:25). Porque, aunque antes habían cantado su alabanza, «bien pronto olvidaron sus obras» (Salmo 106:11-13).

En este relato mío podrán ver mucho; mucho, digo, de la gracia de Dios para conmigo. Doy gracias a Dios porque puedo considerarla mucha, pues fue mayor que mis pecados y también que las tentaciones de Satanás. Puedo recordar con consuelo mis temores, mis dudas y mis meses de tristeza; son para mí como la cabeza de Goliat en mi mano. Para David no había nada como la espada de Goliat, aquella misma espada que debía haberse hundido en sus entrañas; pues solo verla y recordarla le predicaba la liberación de Dios. ¡Oh, el recuerdo de mis grandes pecados, de mis grandes tentaciones y de mis grandes temores de perecer para siempre! Traen de nuevo a mi mente el recuerdo de mi gran ayuda, de mi gran sostén venido del cielo y de la gran gracia que Dios extendió a un miserable como yo.

Mis queridos hijos, traigan a la memoria los días pasados y los años de los tiempos antiguos; acuérdense también de sus cánticos en la noche, y mediten en su propio corazón (Salmo 77:5-12). Sí, busquen con diligencia y no dejen ningún rincón sin escudriñar, porque allí hay un tesoro escondido, el tesoro de su primera y segunda experiencia de la gracia de Dios para con ustedes. Acuérdense, digo, de la palabra que primero se apoderó de ustedes; acuérdense de sus terrores de conciencia y de su temor a la muerte y al infierno; acuérdense también de sus lágrimas y oraciones a Dios; sí, de cómo suspiraban debajo de cada seto pidiendo misericordia. ¿No tienen ustedes ningún monte de Mizar que recordar? ¿Han olvidado el cercado, la lechería, el establo, el granero y otros lugares semejantes donde Dios visitó su alma? Acuérdense también de la Palabra; de la Palabra, digo, en la cual el Señor les ha hecho esperar. Si han pecado contra la luz; si son tentados a blasfemar; si están hundidos en la desesperación; si piensan que Dios pelea contra ustedes; o si el cielo está escondido de sus ojos, recuerden que así le sucedió a su padre, pero de todo ello me libró el Señor.

Podría haberme extendido mucho en este relato sobre mis tentaciones y mis aflicciones por el pecado, así como sobre la misericordiosa bondad y la obra de Dios en mi alma. También podría haber adoptado un estilo mucho más elevado que este en que aquí he escrito, y podría haberlo adornado todo más de lo que aquí parezco haberlo hecho, pero no me atrevo. Dios no jugaba cuando me convencía de pecado, el diablo no jugaba cuando me tentaba, ni yo tampoco jugaba cuando me hundía como en un abismo sin fondo, cuando se apoderaron de mí las angustias del infierno; por tanto, no puedo jugar al relatarlas, sino que debo ser llano y sencillo, y exponer las cosas tal como fueron. Al que le agrade, que lo reciba; y al que no, que presente algo mejor. Adiós.

Mis queridos hijos, la leche y la miel están más allá de este desierto. Dios tenga misericordia de ustedes y les conceda que no sean perezosos para entrar a poseer la tierra.

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