La libertad de la voluntad
Sección IV. Si la volición puede surgir sin una causa, por la actividad de la naturaleza del alma

Capítulo 9 · 8 min de lectura · 11 min de escucha

Sección IV. Si la volición puede surgir sin una causa, por la actividad de la naturaleza del alma

Sección IV.

Si la volición puede surgir sin una causa, por la actividad de la naturaleza del alma.

El autor del Ensayo sobre la libertad de la voluntad en Dios y en las criaturas, en respuesta a esta objeción contra su doctrina de un poder autodeterminante en la voluntad (pp. 68 – 69): Que nada es, ni sucede, sin una razón suficiente de por qué es, y de por qué es de este modo antes que de otro, admite que así ocurre en las cosas corpóreas, que son, hablando con propiedad y filosóficamente, seres pasivos; pero niega que así ocurra en los espíritus, que son seres de naturaleza activa, que tienen dentro de sí mismos el principio de la acción y pueden determinarse a sí mismos. Con lo cual se supone claramente que un acontecimiento tal como un acto de la voluntad puede suceder en un espíritu sin una razón suficiente de por qué sucede, o de por qué es de este modo antes que de otro. Pero ciertamente este autor, en este asunto, ha de haber sido muy incauto y descuidado. Porque:

1. La objeción o dificultad que él mismo propone parece quedar olvidada en su respuesta o solución. La dificultad misma, tal como él la propone, es esta: ¿cómo puede suceder un acontecimiento sin una razón suficiente de por qué es, o de por qué es de este modo antes que de otro? En lugar de resolver esta dificultad con respecto a la volición, como se propone, se olvida de sí mismo y responde a otra pregunta muy distinta, a saber: ¿cuál es la razón suficiente de por qué es, y de por qué es de este modo antes que de otro? Y asigna como causa la propia determinación del ser activo, y una causa suficiente para el efecto; y deja sin resolver toda la dificultad, a saber: ¿cómo llegó a existir la propia determinación del alma de la que habla, y a ser lo que fue, sin una causa? La actividad del alma puede capacitarla para ser la causa de efectos; pero de ningún modo la capacita para ser el sujeto de efectos que no tienen causa, que es lo que este autor supone acerca de los actos de la voluntad. La actividad de la naturaleza no capacitará a un ser para producir efectos y determinar el modo de su existencia dentro de sí mismo, sin una causa, más de lo que lo capacitaría para hacerlo fuera de sí mismo, en algún otro ser. Pero si un ser activo, mediante su actividad, produjera y determinara un efecto en algún objeto externo, ¡qué absurdo sería decir que el efecto se produjo sin una causa!

2. La cuestión no es tanto cómo un espíritu dotado de actividad llega a actuar, sino por qué ejerce tal acto y no otro, o por qué actúa con tal determinación particular. Si la actividad de la naturaleza es la causa por la cual un espíritu (el alma del hombre, por ejemplo) actúa y no permanece quieto, eso solo, sin embargo, no es la causa por la cual su acción está limitada, dirigida y determinada de tal y tal manera. La naturaleza activa es algo general; es una capacidad o tendencia de la naturaleza a la acción, tomada en general, que puede ser causa de que el alma actúe cuando se da ocasión o razón para ello; pero esto solo no puede ser causa suficiente de que el alma ejerza tal acto particular, en tal momento, antes que otros. Para esto debe haber algo además de una tendencia general a la acción; debe haber también una tendencia particular a esa acción individual. Si se preguntara por qué el alma del hombre usa su actividad de la manera en que lo hace, y se respondiera que el alma usa así su actividad, y no de otro modo, porque tiene actividad, ¿satisfaría tal respuesta a un hombre racional? ¿No se la tendría más bien por una respuesta muy impertinente?

3. Un ser activo no puede producir mediante su actividad otros efectos que los que son consecuencia de su actuar: no produce nada mediante su actividad de otro modo que por el ejercicio de su actividad, y así nada sino los frutos de su ejercicio; no produce nada mediante una actividad latente. Pero el ejercicio de su actividad es acción; y así su acción, o el ejercicio de su actividad, debe ser anterior a los efectos de su actividad. Si un ser activo produce un efecto en otro ser, sobre el cual versa su actividad, siendo el efecto fruto de su actividad, su actividad debe ejercerse o desplegarse primero, y el efecto de ella debe seguir. Así debe ser, con igual razón, si el ser activo es su propio objeto, y su actividad versa sobre sí mismo para producir y determinar algún efecto en sí mismo: aun así, el ejercicio de su actividad debe preceder al efecto que por ella produce y determina. Y por tanto su actividad no puede ser la causa de la determinación de la primera acción, o del ejercicio mismo de la actividad, de donde surgen los efectos de la actividad; porque eso implicaría una contradicción: sería decir que el primer ejercicio de la actividad es anterior al primer ejercicio de la actividad, y es su causa.

4. Que el alma, aunque sea una sustancia activa, no puede diversificar sus propios actos sino actuando primero, ni ser causa determinante de actos diferentes, o de efectos diferentes cualesquiera, unas veces de una clase y otras de otra, de otro modo que como consecuencia de sus propios actos diversos, es manifiesto por esto: que, si así fuera, entonces la misma causa, la misma influencia causal, sin variación en ningún respecto, produciría efectos diferentes en tiempos diferentes. Porque la misma sustancia del alma antes de que actúe, y la misma naturaleza activa del alma antes de que se ejerza (es decir, antes en el orden de la naturaleza), sería la causa de efectos diferentes, a saber, de diferentes voliciones en diferentes tiempos. Pero la sustancia del alma antes de que actúe, y su naturaleza activa antes de que se ejerza, son las mismas sin variación. Porque es algún acto lo que produce la primera variación en la causa en cuanto a cualquier ejercicio, fuerza o influencia causal. Pero si es así que el alma no tiene una causalidad diferente, o una influencia causal diversa, al producir estos efectos diversos, entonces es evidente que el alma no tiene influencia alguna en la diversidad del efecto, y que la diferencia del efecto no puede deberse a nada que esté en el alma; o, lo que es lo mismo, que el alma no determina la diversidad del efecto, lo cual es contrario a la suposición. Es cierto que la sustancia del alma, antes de que actúe y antes de que haya diferencia alguna en ese respecto, puede hallarse en un estado y unas circunstancias diferentes; pero aquellos a quienes me opongo no admitirán que las diferentes circunstancias del alma sean las causas determinantes de los actos de la voluntad, por ser esto contrario a su noción de la autodeterminación.

5. Supongamos, como lo hacen estos teólogos, que no hay actos del alma, hablando estrictamente, sino voliciones libres; entonces se seguirá que el alma es un ser activo solo en la medida en que es un ser voluntario o electivo; y que siempre que produce efectos activamente, los produce voluntaria y electivamente. Pero producir efectos así es lo mismo que producir efectos como consecuencia de su propia elección, y conforme a ella. Y si es así, entonces ciertamente el alma no produce mediante su actividad todos sus propios actos de voluntad o de elección; porque esto, según la suposición, es producir todos sus actos libres de elección voluntaria y electivamente, o como consecuencia de sus propios actos libres de elección, lo cual lleva el asunto directamente a la contradicción antes mencionada: un acto libre de elección anterior al primer acto libre de elección. Según la propia noción de acción de estos señores, si surge en la mente una volición sin un acto libre de la voluntad que la produzca, la mente no es la causa voluntaria de esa volición, porque esta no surge de la elección o del propósito, ni está regulada por ellos. Y por tanto no puede ser que la mente sea la causa activa, voluntaria y determinante de la primera volición, la que dirige, relativa al asunto. El que la mente sea una causa que se propone fines solo la capacita para producir efectos como consecuencia de su propósito; no la capacitará para ser la causa intencional de todos sus propios propósitos. El que la mente sea una causa electiva la capacitará para producir efectos solo como consecuencia de sus elecciones y conforme a ellas; pero no puede capacitarla para ser la causa electiva de todas sus propias elecciones, porque eso supone una elección anterior a la primera elección. Así, el que la mente sea una causa activa la capacita para producir efectos como consecuencia de sus propios actos, pero no puede capacitarla para ser la causa determinante de todos sus propios actos; porque eso es, del mismo modo, una contradicción, ya que supone un acto determinante que versa sobre el primer acto y es anterior a él, y que tiene una influencia causal sobre su existencia y su modo de existencia.

No puedo concebir que pueda significar otra cosa el que el alma, como ser al que Dios ha dado un poder de acción, tenga poder para causar y determinar sus propias voliciones, sino esto: que Dios ha dado poder al alma, al menos algunas veces, para suscitar voliciones a su gusto, o según elija. Y esto ciertamente supone, en todos esos casos, una elección que precede a todas las voliciones así causadas, aun a la primera de ellas. Lo cual desemboca en el gran absurdo antes mencionado.

Por tanto, la actividad de la naturaleza del alma no ofrece alivio alguno a las dificultades que acompañan a la noción de un poder autodeterminante en la voluntad, ni remediará en lo más mínimo sus absurdos e incoherencias.

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