La libertad de la voluntad
Sección V. Se muestra que, aun suponiendo verdaderas las cosas afirmadas en estas evasivas, son del todo impertinentes y no pueden ayudar a la causa de la libertad arminiana; y cómo, siendo este el estado de la cuestión, los autores arminianos se ven obligados a hablar de manera incoherente

Capítulo 10 · 9 min de lectura · 12 min de escucha

Sección V. Se muestra que, aun suponiendo verdaderas las cosas afirmadas en estas evasivas, son del todo impertinentes y no pueden ayudar a la causa de la libertad arminiana; y cómo, siendo este el estado de la cuestión, los autores arminianos se ven obligados a hablar de manera incoherente

Sección V.

Se muestra que, si se supusiera que las cosas afirmadas en estas evasivas son verdaderas, son del todo impertinentes y no pueden ayudar a la causa de la libertad arminiana; y cómo, siendo este el estado de la cuestión, los autores arminianos se ven obligados a hablar de manera incoherente.

LO ÚLTIMO que se observó en la sección precedente puede mostrar no solo que la naturaleza activa del alma no puede ser la razón de que un acto de la voluntad sea, o de que sea de este modo antes que de otro, sino también que, aunque pudiera probarse que las voliciones son acontecimientos contingentes, cuyo ser y modo de ser no están fijados ni determinados por ninguna causa ni por cosa alguna antecedente, esto no serviría en absoluto al propósito de los arminianos de establecer su noción de la libertad como consistente en la determinación de la voluntad por sí misma, la cual supone que todo acto libre de la voluntad está determinado por algún acto de la voluntad que lo precede; puesto que, que la voluntad determine una cosa es lo mismo que el alma determine una cosa queriendo; y no hay otro modo en que la voluntad pueda determinar un acto de la voluntad que queriendo ese acto de la voluntad o, lo que es lo mismo, eligiéndolo. De modo que aquí ha de haber dos actos de la voluntad en el caso, uno que precede al otro, uno que versa sobre el otro, y el segundo objeto del primero y elegido por el primero. Si la voluntad no causa y determina el acto por elección, no lo causa ni determina en absoluto; porque lo que no está determinado por elección no está determinado voluntariamente ni queriendo; y decir que la voluntad determina algo que el alma no determina queriendo es tanto como decir que algo es hecho por la voluntad que el alma no hace con su voluntad.

De modo que, si se sostiene la libertad arminiana de la voluntad, consistente en que la voluntad determina sus propios actos, ha de sostenerse la vieja contradicción absurda de que todo acto libre de la voluntad es causado y determinado por un acto libre de la voluntad que lo precede. Lo cual no es compatible con que los actos libres surjan sin causa alguna y sean contingentes hasta el punto de no estar fijados por nada que los preceda. De modo que hay que abandonar esta evasiva, pues no alivia en absoluto esta clase de libertad, sino que la destruye directamente.

Y si se supusiera que el alma determina sus propios actos de la voluntad de algún otro modo que por un acto previo de la voluntad, aun así eso no ayudará a su causa. Si los determina por un acto del entendimiento, o de alguna otra facultad, entonces la voluntad no se determina a sí misma, y así se abandona el poder autodeterminante de la voluntad. ¿Y qué libertad se ejerce allí, según su propia opinión de la libertad, al ser el alma determinada por algo distinto de su propia elección? Es cierto que los actos de la voluntad pueden ser dirigidos, y eficazmente determinados y fijados; pero no se hace por la propia voluntad y el propio agrado del alma: no hay ejercicio alguno de elección o de voluntad en la producción del efecto; y si la voluntad y la elección no se ejercen en ello, ¿cómo se ejerce en ello la libertad de la voluntad?

De modo que, vuélvanse los arminianos hacia donde quieran con su noción de la libertad, consistente en que la voluntad determina sus propios actos, su noción se destruye a sí misma. Si sostienen que todo acto libre de la voluntad está determinado por la propia elección libre del alma, o por un acto libre previo de la voluntad —previo, ya en el orden del tiempo, ya en el de la naturaleza—, ello implica la burda contradicción de que el primer acto libre perteneciente al asunto está determinado por un acto libre que es anterior a él. O si dicen que los actos libres de la voluntad están determinados por algún otro acto del alma, y no por un acto de la voluntad o de la elección, esto también destruye su noción de la libertad, consistente en que los actos de la voluntad son determinados por la voluntad misma; o si sostienen que los actos de la voluntad no están determinados por nada en absoluto que sea anterior a ellos, sino que son contingentes en el sentido de que no están determinados ni fijados por causa alguna, esto también destruye su noción de la libertad, consistente en que la voluntad determina sus propios actos.

Siendo este el verdadero estado de la noción arminiana de la libertad, los autores que la defienden se ven forzados a burdas incoherencias en lo que dicen sobre este tema. Por poner el ejemplo del doctor Whitby: en su discurso sobre la libertad de la voluntad, se opone a la opinión de los calvinistas, que sitúan la libertad del hombre únicamente en un poder de hacer lo que quiere, como algo en lo que claramente coinciden con el señor Hobbes. Y, sin embargo, él mismo menciona esa misma noción de la libertad como dictamen del sentido y la razón común del género humano, y como regla establecida por la luz de la naturaleza; a saber, que la libertad es un poder de actuar por nosotros mismos, o de HACER LO QUE QUEREMOS. Esto es, como él dice, algo conforme al sentido y la razón común del género humano; no es de extrañar, pues, que lo reconozca inadvertidamente contra sí mismo; pues si la libertad no consiste en esto, ¿qué otra cosa puede idearse en que consista? Si se dice, como insiste en otro lugar el doctor Whitby, que no consiste solo en la libertad de hacer lo que queremos, sino también en una libertad de querer sin necesidad, aun así vuelve la pregunta: ¿en qué consiste esa libertad de querer sin necesidad, sino en un poder de querer como nos plazca, sin ser impedidos por una necesidad contraria?; o, en otras palabras, ¿en una libertad del alma, en su querer, para actuar según su propia elección? Más aún, el mismo autor parece admitir y suponer esto una y otra vez, en el uso que hace de dichos de los Padres, a quienes cita como garantes. Así, cita las palabras de Orígenes, que aduce como testimonio a su favor: «El alma actúa por SU PROPIA ELECCIÓN, y es libre para inclinarse a cualquier parte que ELLA QUIERA». Y las de Justino Mártir: «La doctrina de los cristianos es esta: que nada se hace ni se padece según el hado, sino que cada hombre hace el bien o el mal SEGÚN SU PROPIA ELECCIÓN LIBRE. Y de Eusebio, estas palabras: «Si se establece el hado, quedan derribadas la filosofía y la piedad. Todas estas cosas dependen de la necesidad introducida por los astros, y no de la meditación y el ejercicio QUE PROCEDEN DE NUESTRA PROPIA ELECCIÓN LIBRE. Y también las palabras de MACARIO: «Dios, para preservar la libertad de la voluntad del hombre, permitió que sus cuerpos murieran, para que estuviera EN SU ELECCIÓN volverse al bien o al mal». «Los que son movidos por el Espíritu Santo no están sujetos a necesidad alguna, sino que tienen libertad para volverse y HACER LO QUE QUIERAN en esta vida».

Así, el doctor viene a parar en efecto a esa misma noción de la libertad que tienen los calvinistas, la cual al mismo tiempo condena por coincidir con la opinión del señor Hobbes, a saber: que el alma actúa por su propia elección, que los hombres hacen el bien o el mal según su propia elección libre, que se hallan en ese ejercicio que procede de su propia elección libre, que tienen en su elección volverse al bien o al mal, y que hacen lo que quieren». De modo que, si los hombres ejercen esta libertad en los actos mismos de la voluntad, ha de ser ejerciendo actos de la voluntad según su propia elección libre; o ejerciendo actos de la voluntad que proceden de su elección. Y si es así, que juzgue cada cual si esto no supone una elección libre que precede al acto libre de la voluntad, o si un acto de elección no precede a aquel acto de la voluntad que procede de él. Y si así ocurre con todos los actos libres de la voluntad, que juzgue cada cual si no se seguirá que hay una elección libre que precede al primer acto libre de la voluntad ejercido en el caso. Y, finalmente, que juzgue cada cual si en el esquema de estos autores hay posibilidad alguna de evitar estos absurdos.

Si la libertad consiste, como dice el propio doctor Whitby, en que un hombre haga lo que quiere, y un hombre ejerce esta libertad no solo en las acciones externas, sino en los actos mismos de la voluntad, entonces, en la medida en que la libertad se ejerce en estos últimos, consiste en querer lo que quiere; y si alguien dice tal cosa, ha de querer decir una de estas dos: o bien, 1. Que un hombre tiene poder para querer tal como quiere, porque lo que quiere, lo quiere; y por tanto poder para querer lo que tiene poder para querer. Si este es su sentido, entonces toda esta enorme controversia acerca de la libertad de la voluntad y del poder autodeterminante se reduce por completo a nada; pues todo lo que se sostiene no es más que esto: que la mente del hombre hace lo que hace, y es sujeto de aquello de que es sujeto, o que lo que es, es; en lo cual nadie tiene controversia alguna con ellos. O bien, 2. El sentido ha de ser que un hombre tiene poder para querer como elige querer; es decir, tiene poder para elegir, mediante un acto de elección, otro; mediante un acto antecedente de la voluntad, elegir un acto consecuente, y en ello ejecutar su propia elección. Y si este es su sentido, no es más que andar con evasivas frente a aquellos con quienes disputan y burlar su propia razón. Porque aun así vuelve la pregunta: ¿en qué consiste la libertad del hombre en aquel acto antecedente de la voluntad que eligió el acto consecuente? La respuesta, según los mismos principios, ha de ser que su libertad en esto consiste también en querer como quería, o como elegía, o conforme a otro acto de elección que precedió a este. Y así la pregunta vuelve in infinitum, y la misma respuesta ha de darse in infinitum: para sostener su opinión, no ha de haber ningún comienzo, sino que los actos libres de la voluntad han de haber sido elegidos por actos libres previos de la voluntad en el alma de cada hombre, sin comienzo.

Capítulo 10 completado

Sección V. Se muestra que, aun suponiendo verdaderas las cosas afirmadas en estas evasivas, son del todo impertinentes y no pueden ayudar a la causa de la libertad arminiana; y cómo, siendo este el estado de la cuestión, los autores arminianos se ven obligados a hablar de manera incoherente

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