Capítulo 6 · 9 min de lectura · 11 min de escucha
Sección I. Se muestra la evidente incoherencia de la noción arminiana de la libertad de la voluntad, que consistiría en el poder autodeterminante de la voluntad
Sección I.
Se muestra la evidente incoherencia de la noción arminiana de la libertad de la voluntad, que consistiría en el poder autodeterminante de la voluntad.
Habiendo tomado nota de las cosas que puede ser necesario observar acerca del significado de los principales términos y expresiones que se emplean en las controversias sobre la libertad humana, y habiendo observado en particular qué es la libertad según el lenguaje común y la comprensión general de los hombres, y qué es tal como la entienden y sostienen los arminianos, paso a considerar la noción arminiana de la libertad de la voluntad y la supuesta necesidad de ella para la agencia moral, o para que alguien sea capaz de virtud o de vicio y sea propiamente sujeto de mandato o consejo, alabanza o censura, promesas o amenazas, recompensas o castigos; o bien si aquello que se ha descrito como lo que se entiende por libertad en el habla común no es suficiente, y si no es la única libertad que hace, o puede hacer, a alguien un agente moral, y así propiamente sujeto de estas cosas. En esta parte consideraré si es posible o concebible algo semejante a esa libertad de la voluntad en la que insisten los arminianos; y en la parte siguiente examinaré si alguna libertad de esa clase es necesaria para la agencia moral, etc.
Y ante todo consideraré la noción de un poder autodeterminante en la voluntad, en el cual, según los arminianos, consiste esencialmente la libertad de la voluntad; y examinaré en particular si no es claramente absurdo, y una incoherencia manifiesta, suponer que la voluntad misma determina todos los actos libres de la voluntad.
No insistiré aquí en la gran impropiedad de expresiones como la de que la voluntad se determina a sí misma, ya que las acciones han de atribuirse a los agentes y no propiamente a los poderes de los agentes; manera impropia de hablar que conduce a muchos errores y a mucha confusión, como observa el señor Locke. Pero supondré que los arminianos, cuando hablan de que la voluntad se determina a sí misma, entienden por «voluntad» el alma que quiere. Daré por sentado que, cuando hablan de la voluntad como lo que determina, se refieren al alma en el ejercicio de un poder de querer, o de obrar voluntariamente. Supondré que este es su sentido porque no puede entenderse otra cosa sin caer en el más grosero y patente absurdo. En todos los casos en que hablamos de los poderes o principios de obrar como si hicieran tales cosas, queremos decir que los agentes que tienen esos poderes de obrar las hacen en el ejercicio de esos poderes. Así, cuando decimos que el valor pelea con denuedo, queremos decir que el hombre que está bajo la influencia del valor pelea con denuedo. Cuando decimos que el amor busca al objeto amado, queremos decir que la persona que ama busca ese objeto. Cuando decimos que el entendimiento discierne, nos referimos al alma en el ejercicio de esa facultad. Así también, cuando se dice que la voluntad decide o determina, el sentido ha de ser que la persona, en el ejercicio del poder de querer y elegir, o el alma que obra voluntariamente, determina.
Por tanto, si la voluntad determina todos sus propios actos libres, el alma los determina en el ejercicio de un poder de querer y elegir; o, lo que es lo mismo, los determina por elección; determina sus propios actos eligiendo sus propios actos. Si la voluntad determina la voluntad, entonces la elección ordena y determina la elección; y los actos de elección están sujetos a la decisión y siguen la dirección de otros actos de elección. Y por tanto, si la voluntad determina todos sus propios actos libres, entonces todo acto libre de elección es determinado por un acto de elección precedente que elige ese acto. Y si ese acto precedente de la voluntad es también un acto libre, entonces, según estos principios, también en este acto la voluntad se autodetermina; es decir, este es igualmente un acto que el alma elige voluntariamente; o, lo que es lo mismo, es un acto determinado a su vez por un acto precedente de la voluntad que lo elige. Lo cual nos lleva directamente a una contradicción: porque supone un acto de la voluntad que precede al primer acto de toda la serie y que dirige y determina los demás; o un acto libre de la voluntad antes del primer acto libre de la voluntad. O bien hemos de llegar por fin a un acto de la voluntad que determina los actos consiguientes y en el cual la voluntad no se autodetermina, y que por tanto no es un acto libre según esta noción de libertad; pero si el primer acto de la serie, que determina y fija los demás, no es libre, ninguno de ellos puede ser libre, como es manifiesto a primera vista, pero se demostrará enseguida.
Si la voluntad, que según vemos gobierna los miembros del cuerpo y determina sus movimientos, se gobierna también a sí misma y determina sus propias acciones, sin duda las determina de la misma manera, es decir, mediante voliciones antecedentes. La voluntad determina hacia dónde se moverán las manos y los pies mediante un acto de elección; y no hay otra manera en que la voluntad determine, dirija o mande cosa alguna. Todo lo que la voluntad manda, lo manda mediante un acto de la voluntad. Y si se tiene a sí misma bajo su mando y se determina a sí misma en sus propias acciones, sin duda lo hace de la misma manera en que determina las otras cosas que están bajo su mando. De modo que, si la libertad de la voluntad consiste en que se tiene a sí misma y a sus propias acciones bajo su mando y dirección, y en que sus propias voliciones son determinadas por ella misma, se seguirá que toda volición libre surge de otra volición antecedente que la dirige y la manda; y si esa volición directora es también libre, también en ella la voluntad es determinada; es decir, esa volición directora es determinada por otra que la precede, y así sucesivamente, hasta llegar a la primera volición de toda la serie; y si esa primera volición es libre, y la voluntad se autodetermina en ella, entonces es determinada por otra volición que la precede. Lo cual es una contradicción, porque, según la suposición, no puede tener ninguna antes de ella que la dirija o determine, pues es la primera de la serie. Pero si esa primera volición no es determinada por ningún acto precedente de la voluntad, entonces ese acto no es determinado por la voluntad, y así no es libre según la noción arminiana de libertad, que consiste en la autodeterminación de la voluntad. Y si ese primer acto de la voluntad, que determina y fija los actos subsiguientes, no es libre, ninguno de los actos siguientes que son determinados por él puede ser libre. Si suponemos que hay cinco actos en la serie, el quinto y último determinado por el cuarto, y el cuarto por el tercero, el tercero por el segundo y el segundo por el primero; si el primero no es determinado por la voluntad, y por tanto no es libre, entonces ninguno de ellos es verdaderamente determinado por la voluntad; es decir, que cada uno de ellos sea como es, y no de otro modo, no se debe en primer lugar a la voluntad, sino a la determinación del primero de la serie, que no depende de la voluntad y en cuya determinación la voluntad no tiene parte alguna. Y siendo este el que decide lo que serán los demás y determina su existencia, la primera determinación de su existencia no procede de la voluntad. El caso es exactamente el mismo si, en lugar de una cadena de cinco actos de la voluntad, suponemos una sucesión de diez, o de cien, o de diez mil. Si el primer acto no es libre, por estar determinado por algo fuera de la voluntad, y este determina el siguiente para que se conforme a él, y ese el siguiente, y así sucesivamente, ninguno de ellos es libre, sino que todos dependen originalmente de alguna causa fuera de la voluntad y son determinados por ella; y así queda excluida toda libertad en el caso, y ningún acto de la voluntad puede ser libre según esta noción de libertad. Supongamos una larga cadena de diez mil eslabones, conectados de tal manera que, si el primer eslabón se mueve, moverá al siguiente, y este al siguiente; y así toda la cadena ha de ser determinada al movimiento, y en la dirección de su movimiento, por el movimiento del primer eslabón; y este es movido por alguna otra cosa: en este caso, aunque todos los eslabones menos uno son movidos por otras partes de la misma cadena, resulta evidente que el movimiento de ninguno de ellos, ni la dirección de su movimiento, procede de algún poder automotor o autodeterminante en la cadena, como tampoco procedería si cada eslabón fuera movido inmediatamente por algo que no perteneciera a la cadena. Si la voluntad no es libre en el primer acto, que causa el siguiente, tampoco es libre en el siguiente, que es causado por ese primer acto; porque, aunque en verdad la voluntad lo causó, no lo causó libremente, ya que el acto precedente por el cual fue causado no era libre. Y además, si la voluntad no es libre en el segundo acto, tampoco puede serlo en el tercero, que es causado por aquel; porque, de igual manera, ese tercero fue determinado por un acto de la voluntad que no era libre. Y así podemos pasar al acto siguiente, y de ese al siguiente; y por larga que sea la sucesión de actos, es todo lo mismo: si el primero, del cual depende toda la cadena y que determina todos los demás, no es un acto libre, la voluntad no es libre al causar o determinar ninguno de esos actos, porque el acto por el cual los determina a todos no es un acto libre; y por tanto la voluntad no es más libre al determinarlos que si no los causara en absoluto. Así, esta noción arminiana de la libertad de la voluntad, que consiste en la autodeterminación de la voluntad, se contradice a sí misma y se excluye por completo del mundo.
Capítulo 6 completado
Sección I. Se muestra la evidente incoherencia de la noción arminiana de la libertad de la voluntad, que consistiría en el poder autodeterminante de la voluntad