Capítulo 5 · 8 min de lectura · 10 min de escucha
Sección V. Acerca de la noción de libertad y de agencia moral
Sección V.
Acerca de la noción de libertad y de agencia moral.
El significado llano y evidente de las palabras «libertad» y «albedrío libre», en el habla común, es el poder, la oportunidad o la ventaja que alguien tiene de hacer lo que le place. O, en otras palabras, el estar libre de estorbo o impedimento para hacer o conducirse en cualquier aspecto como quiere. Y lo contrario de la libertad, con cualquier nombre que lo llamemos, es que una persona esté impedida o sea incapaz de conducirse como quiere, o que esté obligada por necesidad a hacer otra cosa.
Si lo que he mencionado es el significado de la palabra «libertad» en el uso ordinario del lenguaje, como confío en que nadie que haya aprendido alguna vez a hablar y esté libre de prejuicios lo negará, entonces se sigue que, hablando con propiedad, ni la libertad ni su contrario pueden atribuirse propiamente a ningún ser o cosa sino a aquello que tiene la facultad, el poder o la propiedad que se llama voluntad. Porque lo que no posee voluntad no puede tener ningún poder u oportunidad de obrar conforme a su voluntad, ni ser obligado por necesidad a obrar contra su voluntad, ni ser impedido de obrar de acuerdo con ella. Y por tanto, hablar de la libertad, o de su contrario, como algo que pertenece a la voluntad misma, no es hablar con sentido, si juzgamos del sentido y del sinsentido por el significado original y propio de las palabras. Porque la voluntad misma no es un agente que tenga voluntad: el poder de elegir no tiene, él mismo, un poder de elegir. Lo que tiene el poder de volición es el hombre, o el alma, y no el poder de volición mismo. Y el que tiene la libertad de obrar conforme a su voluntad es el agente que posee la voluntad, y no la voluntad que él posee. Decimos con propiedad que un pájaro puesto en libertad tiene poder y libertad para volar; pero no que el poder de volar del pájaro tenga poder y libertad para volar. Ser libre es propiedad de un agente que posee poderes y facultades, tanto como lo es ser astuto, valiente, generoso o celoso. Pero estas cualidades son propiedades de personas, y no propiedades de propiedades.
Hay dos cosas contrarias a lo que en el habla común se llama libertad. Una es la constricción, llamada también fuerza, compulsión y coacción, que consiste en que una persona sea obligada por necesidad a hacer algo contra su voluntad. La otra es la restricción, que consiste en que sea impedida y no tenga poder para obrar conforme a su voluntad. Pero lo que no tiene voluntad no puede ser sujeto de estas cosas. Tanto menos necesito decir sobre este punto cuanto que el señor Locke ha expuesto lo mismo con gran claridad en su «Ensayo sobre el entendimiento humano».
Pero quisiera observar una cosa más acerca de lo que vulgarmente se llama libertad: a saber, que por ella no se entiende más que el poder y la oportunidad que uno tiene de hacer y conducirse como quiere, o conforme a su elección, sin incluir en el significado de la palabra nada sobre la causa de esa elección, ni considerar en absoluto cómo llegó la persona a tener tal volición: si fue causada por algún motivo externo o por una propensión habitual interna; si fue determinada por alguna volición interna antecedente o si ocurrió sin causa; si estaba necesariamente conectada con algo anterior o no estaba conectada. Llegue la persona a su elección como llegue, si es capaz y no hay nada en el camino que le impida perseguir y ejecutar su voluntad, el hombre es perfectamente libre según la noción primaria y común de libertad.
Lo dicho puede bastar para mostrar qué se entiende por libertad según las nociones comunes de los hombres y en la acepción usual y primaria de la palabra; pero la palabra, tal como la usan los arminianos, los pelagianos y otros que se oponen a los calvinistas, tiene un significado enteramente distinto. Varias cosas pertenecen a su noción de libertad. 1. Que consiste en un poder autodeterminante en la voluntad, o en cierta soberanía que la voluntad tiene sobre sí misma y sobre sus propios actos, por la cual determina sus propias voliciones, de modo que en sus determinaciones no depende de ninguna causa fuera de sí misma, ni es determinada por nada anterior a sus propios actos. 2. La indiferencia pertenece a la libertad según su noción de ella, es decir, que la mente, antes del acto de volición, esté in equilibrio. 3. La contingencia es otra cosa que le pertenece y le es esencial; no en la acepción común de la palabra, tal como ya se ha explicado, sino en cuanto se opone a toda necesidad, o a cualquier conexión fija y cierta con algún fundamento o razón previa de su existencia. Suponen que la esencia de la libertad consiste tanto en estas cosas que, a menos que la voluntad del hombre sea libre en este sentido, el hombre no tiene verdadera libertad, por mucha libertad que tenga para obrar conforme a su voluntad.
Un agente moral es un ser capaz de aquellas acciones que tienen una cualidad moral y que pueden llamarse propiamente buenas o malas en sentido moral, virtuosas o viciosas, encomiables o culpables. A la agencia moral pertenece una facultad moral, o sentido del bien y del mal moral, o de cosas tales como el merecimiento o la dignidad de alabanza o de censura, de recompensa o de castigo; y una capacidad que tiene el agente de ser influido en sus acciones por incentivos o motivos morales, presentados a la consideración del entendimiento y de la razón, para inclinarlo a una conducta conforme a la facultad moral.
El sol es muy excelente y beneficioso en su acción e influencia sobre la tierra, al calentarla y hacer que produzca su fruto; pero no es un agente moral: su acción, aunque buena, no es virtuosa ni meritoria. El fuego que se declara en una ciudad y consume gran parte de ella es muy dañino en su operación; pero no es un agente moral: lo que hace no es culpable ni pecaminoso, ni merecedor de castigo alguno. Las criaturas irracionales no son agentes morales: las acciones de algunas de ellas son muy provechosas y agradables; otras son muy perjudiciales; sin embargo, puesto que no tienen facultad moral ni sentido del merecimiento, y no obran por una elección guiada por el entendimiento, ni con capacidad de razonar y reflexionar, sino solo por instinto, y no son capaces de ser influidas por incentivos morales, sus acciones no son propiamente pecaminosas ni virtuosas, ni son ellas propiamente sujetos de un trato moral por lo que hacen, como lo son los agentes morales por sus faltas o sus buenas obras.
Aquí puede notarse que hay una diferencia circunstancial entre la agencia moral de un gobernante y la de un súbdito. La llamo circunstancial porque reside solo en la diferencia de los incentivos morales por los que son capaces de ser influidos, la cual surge de la diferencia de circunstancias. Un gobernante, en cuanto obra solo en esa calidad, no es capaz de ser influido por una ley moral y sus sanciones de amenazas y promesas, recompensas y castigos, como lo es el súbdito; aunque ambos pueden ser influidos por el conocimiento del bien y del mal moral. Y por tanto, la agencia moral del Ser Supremo, que obra hacia sus criaturas solo en calidad de gobernante y nunca como súbdito, difiere en ese respecto de la agencia moral de los seres inteligentes creados. Las acciones de Dios, y particularmente las que ejerce como gobernador moral, tienen cualidades morales y son moralmente buenas en el más alto grado. Son perfectísimamente santas y justas; y debemos concebirlo como influido en el más alto grado por aquello que, por encima de todo lo demás, es propiamente un incentivo moral, a saber, el bien moral que él ve en tales o cuales cosas; y por tanto él es, en el sentido más propio, un agente moral, la fuente de toda capacidad y agencia moral, el manantial y la regla de toda virtud y bien moral; aunque, por ser supremo sobre todo, no es posible que esté bajo la influencia de ley o mandato, promesas o amenazas, recompensas o castigos, consejos o advertencias. Las cualidades esenciales de un agente moral están en Dios en la mayor perfección posible: entendimiento para percibir la diferencia entre el bien y el mal moral; capacidad de discernir aquella dignidad y aquel demérito morales por los cuales unas cosas son dignas de alabanza y otras merecedoras de censura y castigo; y también capacidad de elección, y de una elección guiada por el entendimiento, y poder de obrar conforme a su elección o beneplácito, y de ser capaz de hacer aquellas cosas que son dignas de alabanza en el más alto sentido. Y en esto consiste en gran medida aquella imagen de Dios a la cual él hizo al hombre (de la que leemos en Génesis 1:26, 27 y cap. 9:6), por la cual Dios distinguió al hombre de las bestias, a saber, en aquellas facultades y principios de la naturaleza por los que es capaz de agencia moral. En esto consiste en gran medida la imagen natural de Dios; mientras que la imagen espiritual y moral en que el hombre fue hecho al principio consistía en aquella excelencia moral de la que fue dotado.
Capítulo 5 completado
Sección V. Acerca de la noción de libertad y de agencia moral