Capítulo 29 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Sección IV. Es conforme al sentido común y a las nociones naturales de la humanidad suponer que la necesidad moral es compatible con la alabanza y la censura, el premio y el castigo
Sección IV.
Es conforme al sentido común y a las nociones naturales de la humanidad suponer que la necesidad moral es compatible con la alabanza y la censura, el premio y el castigo.
Se tengan o no por satisfactorias las razones que se han dado de por qué a algunas personas les parece difícil reconciliar con el sentido común el alabar o censurar, premiar o castigar aquellas cosas que son moralmente necesarias, de todos modos se ve con la mayor evidencia, por lo que sigue, que si este asunto se entiende rectamente, dejando a un lado todo engaño nacido de la impropiedad y ambigüedad de los términos, esto no es en absoluto incompatible con las percepciones naturales de la humanidad, ni con ese sentir de las cosas que se halla por todas partes en la gente común, que es la que más lejos está de que sus pensamientos sean desviados de su cauce natural por sutilezas metafísicas y filosóficas; sino que, por el contrario, es del todo conforme a ese sentir natural y vulgar, y es su misma voz y dictado.
1. Esto se verá si consideramos cuál es la noción vulgar de lo censurable. La idea que la gente común, en todas las épocas y naciones, tiene de la culpabilidad supongo que es claramente esta: el que una persona sea mala u obre mal con su propia voluntad y agrado; lo cual contiene estas dos cosas: 1. Que obra mal cuando hace lo que le place; 2. Que lo que le place es malo. O, en otras palabras, que quizá expresan su noción de manera más inteligible: que una persona tiene el corazón torcido y obra mal de corazón. Y esto es la suma total del asunto.
La gente común no asciende en sus reflexiones y abstracciones hasta las fuentes, relaciones y dependencias metafísicas de las cosas para formar su noción de culpabilidad o de lo censurable. No espera a haber decidido con sus sutilezas qué es lo que primero determina la voluntad; si esta es determinada por algo extrínseco o intrínseco; si la volición determina la volición, o si el entendimiento determina la voluntad; si existe algo como lo que los metafísicos entienden por contingencia (si es que entienden algo); si hay una especie de extraña e inexplicable soberanía en la voluntad, en cuyo ejercicio, por sus propios actos soberanos, produce todos sus propios actos soberanos. No toman parte alguna de su noción de falta o de culpa de la resolución de semejante cuestión. Si así fuera, hay multitudes, más aún, la parte con mucho mayor de la humanidad, novecientos noventa y nueve de cada mil, que vivirían y morirían sin que les entrara jamás en la cabeza noción alguna como la de falta, o sin que ni uno solo tuviera la menor idea de que alguien hubiera de ser censurado o elogiado por nada. Desde luego, pasaría mucho tiempo antes de que los hombres llegaran a tener tales nociones. Mientras que es manifiesto que son de las primeras nociones que aparecen en los niños, quienes muestran, tan pronto como pueden pensar, hablar u obrar en absoluto como criaturas racionales, un sentido del merecimiento. Y ciertamente, al formar su noción de él, no hacen ningún uso de la metafísica. Todo el fundamento en que se apoyan consiste en estas dos cosas: la experiencia, y una sensación natural de cierta conveniencia o correspondencia que hay en unir un mal moral como el arriba descrito, a saber, el ser malo u obrar mal con la voluntad, con el resentimiento de otros y el dolor infligido a la persona en quien está este mal moral. Sentido natural que es lo que llamamos con el nombre de conciencia.
Es cierto que la gente común y los niños, en su noción de cualquier acto u obra culpable de una persona, suponen que es acto y obra propios de esa persona. Pero esto es todo lo que pertenece a lo que entienden por que una cosa sea obra o acción propia de una persona: a saber, que es algo hecho por ella por elección. Que algún ejercicio o movimiento comience por sí mismo no pertenece a su noción de una acción o de un hacer. Si así fuera, pertenecería a su noción de ella que es algo que es la causa de su propio comienzo; y eso equivale a decir que es antes de comenzar a ser. Tampoco es su noción de una acción la de algún movimiento o ejercicio que comienza accidentalmente, sin causa ni razón alguna; porque eso es contrario a uno de los dictados primeros del sentido común, a saber, que todo lo que comienza a ser tiene alguna causa o razón de por qué es.
La gente común, en su noción de una acción u obra culpable o digna de alabanza hecha por alguien, supone que el hombre la hace en ejercicio de la libertad. Pero su noción de libertad es solo que una persona tenga oportunidad de hacer lo que le place. No tiene noción alguna de una libertad que consista en que la voluntad actúe primero y cause así sus propios actos; y determine, y cause así sus propias determinaciones; o elija, y cause así su propia elección. Tal noción de libertad no la tiene nadie, sino quienes han oscurecido su propia mente con especulaciones metafísicas confusas y con términos abstrusos y ambiguos. Si a un hombre no se le impide obrar como su voluntad determina, ni se le obliga a obrar de otro modo, entonces tiene libertad, según las nociones comunes de libertad, sin meter en la idea la mayor contradicción de todas: que las determinaciones del libre albedrío de un hombre sean efectos de las determinaciones de su libre albedrío. —Ni tienen los hombres comúnmente noción alguna de una libertad que consista en la indiferencia. Porque, si así fuera, sería conforme a su noción que, cuanto mayor fuera la indiferencia con que obran los hombres, con tanta mayor libertad obrarían; mientras que lo verdadero es lo contrario. El que, al obrar, procede con la más plena inclinación hace lo que hace con la mayor libertad, según el sentido común. Y tan lejos está de ser conforme al sentido común que una libertad tal que consista en la indiferencia sea requisito para la alabanza o la censura, que, por el contrario, el dictado del sentido natural de todo hombre en el mundo es que, cuanto más lejos está alguien de ser indiferente al obrar el bien o el mal, y cuanto más hace lo uno o lo otro con plena y fuerte inclinación, tanto más es estimado o aborrecido, elogiado o condenado.
II. Si fuera incompatible con el sentido común de la humanidad que los hombres sean censurados o elogiados por voliciones que tienen o que dejan de tener, en caso de necesidad o imposibilidad moral, entonces seguramente sería también conforme al mismo sentir y razón de la humanidad que, cuanto más se acerca el caso a tal necesidad o imposibilidad moral, ya sea por una fuerte propensión moral antecedente, por una parte, o por una gran oposición y dificultad antecedentes, por la otra, tanto más se acerca a no ser ni censurable ni elogiable; de modo que los actos realizados con tal propensión precedente serían dignos de una alabanza proporcionalmente menor; y, cuando se omitieran, estando el acto acompañado de tal dificultad, la omisión sería digna de menos censura. Así ocurre, como se observó antes, con la necesidad y la imposibilidad naturales, con la propensión y la dificultad naturales: pues es un dictado claro del sentir de toda la humanidad que la necesidad y la imposibilidad naturales quitan toda censura y alabanza; y, por tanto, que cuanto más se acerca uno a ellas, por una propensión o dificultad previa, tanto más disminuyen proporcionalmente la alabanza y la censura. Y si fuera tanto un dictado del sentido común que la necesidad moral de hacer, o la imposibilidad moral de evitar, quita toda alabanza y censura, como que lo hace la necesidad o imposibilidad natural, entonces, por perfecta paridad de razón, sería tanto un dictado del sentido común que una aproximación a la necesidad moral de hacer, o a la imposibilidad de evitar, disminuye la alabanza y la censura, como que lo hace una aproximación a la necesidad y la imposibilidad naturales. Es igualmente voz del sentido común que las personas son excusables en parte cuando descuidan cosas difíciles contra su voluntad, como que son enteramente excusables cuando descuidan cosas imposibles contra su voluntad. Y si no hiciera ninguna diferencia, en cuanto a lo excusable, que la imposibilidad fuera natural y contra la voluntad, o moral y residiera en la voluntad, tampoco haría diferencia alguna que la dificultad, o la aproximación a la necesidad, fuera natural y contra la voluntad, o moral y residiera en la propensión de la voluntad.
Pero es evidente que lo verdadero es lo contrario de estas cosas. Si hay una aproximación a una necesidad moral en el ejercicio que un hombre hace de buenos actos de voluntad, siendo estos el ejercicio de una fuerte propensión al bien y de un amor muy poderoso a la virtud, tan lejos está de ser un dictado del sentido común que sea menos virtuoso y tanto menos digno de ser estimado, amado y alabado, que es conforme a las nociones naturales de toda la humanidad que es un hombre tanto mejor, digno de mayor respeto y de más alto elogio. Y cuanto más fuerte es la inclinación, y cuanto más se acerca a la necesidad en ese respecto, o a la imposibilidad de descuidar el acto virtuoso o de hacer uno vicioso, tanto más virtuoso es, y digno de más alto elogio. Y, por otra parte, si un hombre realiza actos malos de la mente, como, por ejemplo, actos de orgullo o de malicia, nacidos de un hábito o principio arraigado y fuerte de altivez y malignidad, y de una violenta propensión del corazón a tales actos, según el sentir natural de los hombres está tan lejos de ser por ello menos odioso y censurable, que es tanto más digno de ser detestado y condenado por todos los que lo observan.
Además, es manifiesto que no forma parte de la noción que la humanidad tiene comúnmente de un acto de la voluntad censurable o digno de alabanza que sea un acto no determinado por una inclinación o motivo antecedente, sino por el poder soberano de la voluntad misma; porque, si así fuera, cuanto mayor parte tuvieran tales causas en determinar cualquier acto de la voluntad, tanto menos virtuoso o vicioso se le consideraría; y cuanto menor parte, tanto más virtuoso o vicioso. Mientras que lo verdadero es lo contrario: los hombres no piensan que un buen acto sea menos digno de alabanza porque el agente esté muy determinado en él por una buena inclinación o un buen motivo, sino más. Y si la buena inclinación o el buen motivo tienen poca influencia en determinar al agente, no piensan que su acto sea por ello más virtuoso, sino menos. Y lo mismo respecto de los actos malos, que están determinados por motivos o inclinaciones malos.
Más aún, si se supone que las disposiciones buenas o malas están implantadas en el corazón de los hombres por la naturaleza misma (lo cual, es cierto, se supone vulgarmente en innumerables casos), aun así no se supone comúnmente que los hombres no sean dignos de ninguna alabanza o reprobación por tales disposiciones; aunque lo natural es indudablemente necesario, ya que la naturaleza es anterior a todos los actos de la voluntad, cualesquiera que sean. Así, por ejemplo, si un hombre parece ser de disposición muy altiva o maliciosa, y se supone que lo es por su temperamento natural, no es noción vulgar, ni dictado del sentido común y la percepción de los hombres, que tales disposiciones no sean vicios ni males morales, o que tales personas no sean dignas de desestima, o de odio y deshonra; o que los actos orgullosos o maliciosos que fluyen de tales disposiciones naturales no merezcan ningún resentimiento. Más aún, tales disposiciones naturales viles, y su fuerza, se mencionan comúnmente más bien como agravante de los actos malvados que proceden de semejante fuente que como atenuante de ellos. El que sea natural en los hombres obrar así es algo que a menudo señalan los hombres en el colmo de su indignación; dicen: «Es su misma naturaleza; es de un temperamento natural vil; le es tan natural obrar así como respirar; no puede dejar de servir al diablo», etc. Pero no ocurre así con respecto a las cosas dañinas y perjudiciales de las que alguien es sujeto u ocasión por necesidad natural, contra su inclinación. En tal caso, la voz común de la humanidad hablará de la necesidad como de una excusa plena. —Así, es muy claro que el sentido común hace una enorme diferencia entre estas dos clases de necesidad, en cuanto al juicio que forma de su influencia en la calidad moral y el merecimiento de las acciones de los hombres.
Y estos dictados de la mente de los hombres son tan naturales y necesarios que puede dudarse mucho de que los arminianos mismos se hayan librado nunca de ellos; más aún, de sus mayores doctores, que han ido más lejos en la defensa de sus nociones metafísicas de la libertad, y han llevado sus argumentos a su mayor fuerza y, según suponen, a una demostración contra la compatibilidad de la virtud y el vicio con cualquier necesidad; es cuestionable que haya siquiera uno de ellos que, si sufriera mucho por los actos injuriosos de un hombre bajo el poder de una altivez y malignidad de temperamento invencibles, no lo resintiera, por el sentir natural de la mente antes mencionado, de manera muy distinta que si sufrimientos igual de grandes le sobrevinieran del viento que sopla y del fuego que quema, por necesidad natural; y de otro modo que si sufriera otro tanto por la conducta de un hombre completamente delirante; aun cuando este se hubiera acarreado primero su trastorno de algún modo por su propia culpa.
Algunos parecen desdeñar la distinción que hacemos entre necesidad natural y necesidad moral, como si fuera del todo impertinente en esta controversia: «Lo que es necesario (dicen) es necesario; es lo que tiene que ser y no puede impedirse. Y lo que es imposible es imposible, y no puede hacerse; y, por tanto, nadie puede ser culpable de no hacerlo». Y se recurre a comparaciones como la de mandar caminar a un hombre que ha perdido las piernas, y condenarlo y castigarlo por no obedecer; o invitar y llamar a un hombre encerrado en una prisión fuerte a que salga, etc. Pero en estas cosas los arminianos son muy poco razonables. Juzgue el sentido común si no hay una gran diferencia entre estos dos casos: el uno, el de un hombre que ha ofendido a su príncipe y es arrojado a la prisión; y, después de haber estado allí algún tiempo, el rey viene a él, lo llama para que salga a su encuentro, y le dice que, si lo hace, y se postra ante él, y le pide humildemente perdón, será perdonado y puesto en libertad, y además grandemente enriquecido y elevado a honores; el prisionero se arrepiente de corazón de la necedad y maldad de su ofensa contra su príncipe, está plenamente dispuesto a humillarse y a aceptar el ofrecimiento del rey; pero está confinado por fuertes muros, con puertas de bronce y cerrojos de hierro. El otro caso es el de un hombre de espíritu muy irrazonable, de disposición altiva, ingrata y obstinada; y que, además, se ha criado en principios traicioneros, y tiene el corazón poseído por una enemistad extrema e inveterada contra su legítimo soberano; y por su rebelión es arrojado a la prisión, y yace allí largo tiempo, cargado de pesadas cadenas y en circunstancias miserables. Por fin el príncipe compasivo viene a la prisión, ordena que le quiten las cadenas y que se abran de par en par las puertas de la cárcel; lo llama y le dice que, si sale a su encuentro, y se postra ante él, reconoce que lo ha tratado indignamente y le pide perdón, será perdonado, puesto en libertad y colocado en un puesto de gran dignidad y provecho en su corte. Pero él es tan terco y rencoroso, y está tan lleno de altiva malignidad, que no puede estar dispuesto a aceptar el ofrecimiento: su orgullo y su malicia, fuertes y arraigados, tienen pleno poder sobre él, y por así decir lo atan, atándole el corazón; la oposición de su corazón lo domina, pues tiene sobre su mente una influencia muy superior a la gracia y condescendencia del rey, y a todos sus bondadosos ofrecimientos y promesas. Ahora bien, ¿es conforme al sentido común afirmar, y sostener, que no hay diferencia alguna entre estos dos casos en cuanto a que los prisioneros merezcan censura, porque, a decir verdad, hay necesidad en ambos y el acto requerido en cada caso es imposible? Es cierto que las malas disposiciones de un hombre pueden ser tan fuertes e inamovibles como los barrotes de un castillo. Pero ¿quién no ve que, cuando se dice que un hombre, en el segundo caso, es incapaz de obedecer el mandato, la expresión se usa impropiamente, y no en el sentido que tiene originariamente y en el habla común; y que con propiedad puede decirse que está en poder del rebelde salir de la prisión, puesto que puede hacerlo fácilmente si le place, aunque, a causa de la vileza de su corazón, fija y arraigada, es imposible que le plazca?
En suma, presumo que no hay persona de buen entendimiento que, considerando imparcialmente las cosas que se han observado, no conceda que no es evidente, por los dictados del sentido común o por las nociones naturales de la humanidad, que la necesidad moral sea incompatible con la alabanza y la censura. Y, por tanto, si los arminianos quieren probar tal incompatibilidad, ha de ser mediante argumentos filosóficos y metafísicos, y no por el sentido común.
Hay una gran ilusión en la pretendida demostración de los arminianos a partir del sentido común. Toda la fuerza principal de estas demostraciones reside en aquel prejuicio que surge del cambio imperceptible en el uso y el significado de términos como libertad, capaz, incapaz, necesario, imposible, inevitable, invencible, acción, etc., desde su sentido original y vulgar a un sentido metafísico enteramente diverso; y de la fuerte conexión de las ideas de ausencia de culpa, etc., con algunos de estos términos, por un hábito contraído y establecido mientras estos términos se usaban en su primer significado. Este prejuicio y engaño es el fundamento de todas aquellas posiciones que asientan como máximas, por las cuales se interpretan la mayoría de los pasajes de la Escritura que alegan en esta controversia, y de las cuales dependen todas sus pomposas demostraciones a partir de la Escritura y de la razón. De este engaño y prejuicio ocultos sacan casi todas sus ventajas; es la fuerza de sus baluartes y el filo de sus armas. Y este es el fundamento principal de todo el derecho que tienen a tratar a sus prójimos de manera tan presuntuosa, y a insultar a otros, quizá tan sabios y buenos como ellos mismos, como fanáticos débiles, hombres que moran en las oscuras cavernas de la superstición, perversamente obstinados, que cierran tercamente los ojos a la luz del mediodía, enemigos del sentido común, defensores del primogénito de los absurdos, etc., etc. Pero quizá una consideración imparcial de las cosas que se han observado en las partes precedentes de esta Investigación capacite a los amantes de la verdad para juzgar mejor cuál es la doctrina que en verdad resulta absurda, abstrusa, contradictoria consigo misma e incompatible con el sentido común, y repugnante de muchas maneras a los dictados universales de la razón de la humanidad.
Corolario. De las cosas que se han observado se seguirá que es conforme al sentido común suponer que los santos glorificados no tienen su libertad disminuida en ningún aspecto; y que Dios mismo tiene la mayor libertad posible, según el significado verdadero y propio del término; y que él es, en el sentido más alto posible, un agente, y activo en el ejercicio de su infinita santidad, aunque obra en ello en el más alto grado necesariamente; y sus acciones de esta clase son, del modo más alto y más absolutamente perfecto, virtuosas y dignas de alabanza; y lo son por esa misma razón: porque son perfectísimamente necesarias.
Capítulo 29 completado
Sección IV. Es conforme al sentido común y a las nociones naturales de la humanidad suponer que la necesidad moral es compatible con la alabanza y la censura, el premio y el castigo