Capítulo 28 · 14 min de lectura · 18 min de escucha
Sección III. Las razones por las que algunos creen contrario al sentido común suponer que las cosas que son necesarias sean dignas de alabanza o de censura
Sección III.
Las razones por las que algunos creen contrario al sentido común suponer que las cosas que son necesarias sean dignas de alabanza o de censura.
Los escritores arminianos afirman e insisten abundantemente en que es contrario al sentido común, y a las nociones y percepciones naturales de la humanidad, suponer otra cosa sino que la necesidad (sin hacer distinción alguna entre necesidad natural y necesidad moral) es incompatible con la virtud y el vicio, la alabanza y la censura, el premio y el castigo. Y mucho se han ufanado de los argumentos que de aquí sacan, los cuales han dejado no poco perplejos a muchos que han sido amigos de la verdad tal como está claramente revelada en las Sagradas Escrituras: en efecto, les ha parecido difícil reconciliar las doctrinas calvinistas con las nociones que los hombres tienen comúnmente de la justicia y la equidad. Y las verdaderas razones de ello parecen ser las que siguen.
I. Es, en efecto, un dictado muy claro del sentido común que la necesidad natural es del todo incompatible con una justa alabanza o censura. Si los hombres hacen cosas que en sí mismas son muy buenas, dignas de llevarse a cabo y efectos muy felices, propiamente contra su voluntad, y no pueden evitarlo; o las hacen por una necesidad que está fuera de su voluntad, o con la cual su voluntad no tiene relación ni conexión alguna; entonces es un dictado claro del sentido común que no es virtud suya ni bien moral alguno en ellos, y que no son dignos de ser premiados o alabados, ni en absoluto estimados, honrados o amados por ese motivo. Y, por otra parte, que si, por una necesidad semejante, hacen cosas que en sí mismas son muy desdichadas y perniciosas, y las hacen porque no pueden evitarlo; si la necesidad es tal que da lo mismo que las quieran o no, y la razón por la que se hacen es solo la necesidad y no su voluntad: es un dictado muy claro del sentido común que no tienen culpa alguna; que no hay vicio, falta ni mal moral alguno en el efecto producido; ni son aquellos que así están necesitados en modo alguno dignos de ser castigados, aborrecidos o tenidos en lo más mínimo en menos por ese motivo.
Del mismo modo, si cosas en sí mismas buenas y deseables son absolutamente imposibles, con una imposibilidad natural, la razón universal de la humanidad enseña que esto excusa total y perfectamente a las personas por no hacerlas.
Y es también un dictado claro del sentido común que, si hacer cosas en sí mismas buenas, o evitar cosas en sí mismas malas, no es absolutamente imposible con tal imposibilidad natural, sino muy difícil con una dificultad natural —es decir, una dificultad anterior a la voluntad y a la inclinación misma, que en nada consiste en ellas, y que seguiría siendo la misma fuese cual fuese la inclinación—, entonces el descuido u omisión de una persona queda excusado en alguna medida, aunque no del todo; su pecado es menos agravado que si la cosa por hacer fuera fácil. Y si, en lugar de dificultad y estorbo, hay en el estado de las cosas una propensión natural favorable a lo que ha de hacerse, o al efecto que ha de producirse, abstraída de toda consideración de la inclinación del corazón; aunque la propensión no sea tan grande que llegue a ser una necesidad natural, pero siendo cierta aproximación a ella, de modo que hacer el bien proceda en gran parte de esta tendencia natural en el estado de las cosas, y solo un poco de una buena inclinación; entonces es un dictado del sentido común que hay tanto menos virtud en lo que se hace, y por tanto es menos digno de alabanza y de premio. La razón es fácil, a saber: porque tal propensión o tendencia natural es una aproximación a la necesidad natural; y cuanto mayor es la propensión, tanto más cercana es la aproximación a la necesidad. Y, por tanto, así como la necesidad natural quita o excluye toda virtud, así esta propensión se aproxima a una abolición de la virtud; es decir, la disminuye. Y, por otra parte, la dificultad natural en el estado de las cosas es una aproximación a la imposibilidad natural. Y así como esta última, cuando es completa y absoluta, quita enteramente la culpa, así tal dificultad quita algo de la culpa, o la disminuye, y hace que lo hecho sea menos digno de castigo.
II. Los hombres, en su primer uso de expresiones como estas: tener que, no poder, no poder evitarlo, no poder impedirlo, necesario, incapaz, imposible, inevitable, irresistible, etc., las usan para significar una necesidad de coacción o de restricción, una necesidad o imposibilidad natural; o alguna necesidad en la que la voluntad no tiene parte; que puede darse quieran o no los hombres, y que puede suponerse exactamente la misma, sean cuales sean sus inclinaciones y deseos. Esta clase de términos, en su uso original, supongo que en todas las naciones, son relativos; llevan en su significado (como se observó antes) una referencia o relación a alguna voluntad, deseo o esfuerzo contrario que se supone que existe, o puede existir, en el caso. Todos los hombres descubren, y comienzan a descubrir desde la primera infancia, que hay innumerables cosas que desean hacer y que no pueden hacerse; e innumerables cosas que les repugnan y que tienen que ser —no pueden evitarlas, sucederán, las elijan o no—. Es para expresar esta necesidad, que los hombres encuentran tan pronto y tan a menudo, y que tanto y tan temprano los afecta en innumerables casos, para lo que se forman primero tales términos y expresiones; y es para significar tal necesidad para lo que se usan primero, y se usan más constantemente, en los asuntos comunes de la vida; y no para significar una noción tan metafísica, especulativa y abstracta como aquella conexión en la naturaleza o curso de las cosas que existe entre el sujeto y el predicado de una proposición, y que es el fundamento de la verdad cierta de esa proposición; para significar la cual, quienes se ocupan en investigaciones filosóficas sobre el origen primero y las relaciones y dependencias metafísicas de las cosas han tomado prestados estos términos a falta de otros. Pero desde la cuna crecemos en un uso de tales términos y expresiones enteramente distinto de este, y que lleva un sentido sumamente diverso de aquel en que comúnmente se usan en la controversia entre arminianos y calvinistas. Y siendo, como se dijo antes, un dictado del sentir universal de la humanidad, evidente para nosotros tan pronto como empezamos a pensar, que la necesidad significada por estos términos, en el sentido en que primero los aprendemos, sí excusa a las personas y las libra de toda falta o culpa, de ahí que nuestra idea de lo excusable o de la ausencia de falta quede ligada a estos términos y expresiones por un hábito fuerte, que comienza en la infancia, tan pronto como empezamos a hablar, crece con nosotros y se fortalece con el uso y la costumbre constantes, haciéndose la conexión cada vez más fuerte.
La conexión habitual que hay en la mente de los hombres entre la ausencia de culpa y los términos antes mencionados —tener que, no poder, incapaz, necesario, imposible, inevitable, etc.— se vuelve muy fuerte; porque, tan pronto como los hombres empiezan a usar la razón y el habla, tienen ocasión de excusarse, en numerosos casos, por la necesidad natural que estos términos significan: «No puedo hacerlo»; «No pude evitarlo». Y toda la humanidad tiene ocasión constante y diaria de usar tales expresiones en este sentido, para excusarse a sí misma y a otros, en casi todos los asuntos de la vida, respecto de decepciones y de cosas que suceden, que nos conciernen y afectan a nosotros y a otros, que son dañinas o desagradables para nosotros o para ellos, o de cosas deseables que nosotros u otros no alcanzamos.
Que el estar acostumbrado desde la primera infancia a la unión de ideas diferentes hace la conexión habitual sumamente fuerte, como si tal conexión se debiera a la naturaleza, es manifiesto en innumerables casos. Es enteramente por tal conexión habitual de ideas como los hombres juzgan, por su apariencia, el tamaño o la distancia de los objetos de la vista. Así, se debe a tal conexión, establecida temprano y que crece con la persona, el que juzgue que una montaña que ve a diez millas de distancia es más grande que su nariz, o está más lejos que la punta de ella. Habiéndose acostumbrado tanto tiempo a unir una distancia y un tamaño considerables con tal apariencia, los hombres imaginan que es por un dictado del sentido natural; mientras que sería muy distinto con alguien que, habiendo nacido ciego, acabara de abrir los ojos: tendría la misma apariencia visible, pero el sentido natural no le dictaría tal cosa acerca del tamaño o la distancia de lo que aparecía.
III. Cuando los hombres, después de haberse habituado de tal modo a conectar ideas de inocencia o de ausencia de culpa con tales términos que la unión parece efecto de la mera naturaleza, llegan a oír esos mismos términos usados, y aprenden a usarlos ellos mismos, en el sentido nuevo y metafísico antes mencionado, para significar una clase muy distinta de necesidad, que no tiene tal relación con una voluntad y un esfuerzo contrarios que puedan suponerse, la noción de una ausencia de culpa clara y manifiesta se traslada por este medio, a causa de un fuerte prejuicio, insensible e incautamente, a un caso al que de ningún modo pertenece; sin que se advierta ni se repare en el cambio del uso de los términos a un significado muy diverso. Y hay varias razones por las que no se advierte.
1. Los términos, tal como los usan los filósofos, no son muy distintos ni claros en su significado: pocos los usan en un sentido fijo y determinado. Al contrario, su significado es muy vago y confuso —que es lo que comúnmente sucede con las palabras usadas para significar cosas intelectuales y morales, y para expresar lo que el señor Locke llama modos mixtos—. Si los hombres tuvieran una comprensión clara y distinta de lo que se pretende con estos términos metafísicos, podrían compararlos más fácilmente con su sentido original y común; y así no serían llevados al engaño tan fácilmente por ninguna clase de términos en el mundo como por palabras de esta clase.
2. El cambio de significado de los términos es tanto más imperceptible porque las cosas significadas, aunque ciertamente muy diferentes, concuerdan sin embargo en algunos rasgos generales. En la necesidad que vulgarmente se llama así, hay una conexión fuerte entre la cosa que se dice necesaria y alguna cosa que le es antecedente en el orden de la naturaleza; así la hay también en la necesidad filosófica. Y aunque en ambas clases de necesidad la conexión no puede llamarse con ese nombre en relación con una voluntad o un esfuerzo opuesto al que es superior, que es lo que ocurre en la necesidad vulgar, sin embargo, en ambas la conexión es anterior a la voluntad y al esfuerzo, y así, en cierto respecto, superior. En ambas clases de necesidad hay un fundamento para cierta certeza de la proposición que afirma el suceso. —Siendo iguales los términos usados, y concordando las cosas significadas en estas y otras circunstancias generales, y no estando bien definidas las expresiones tal como las usan los filósofos, y siendo por tanto de significado oscuro y laxo, de ahí que las personas no adviertan la gran diferencia; y las nociones de inocencia o de culpabilidad, que tan fuertemente estaban asociadas con ellos, y estrechamente unidas en su mente desde que tienen memoria, permanecen todavía unidas con ellos, como si la unión fuera del todo natural y necesaria; y quienes intentan hacer una separación les parecen hacer gran violencia aun a la naturaleza misma.
IV. Otra razón por la que parece difícil reconciliar con la razón que los hombres sean censurados por aquello que es necesario con una necesidad moral (la cual, como se observó antes, es una especie de necesidad filosófica) es que, por falta de la debida consideración, los hombres abrigan interiormente la idea de que esta necesidad puede estar en contra de su voluntad y de sus esfuerzos sinceros. Se quedan con la noción de que los hombres pueden querer, desear y esforzarse de veras para que sea de otro modo, pero que una necesidad invencible se interpone en el camino. Y muchos piensan así acerca de sí mismos: algunos que son hombres malvados piensan que desean ser buenos, que aman a Dios y la santidad, pero sin embargo no encuentran que sus deseos produzcan el efecto. —Las razones por las que los hombres piensan así son las siguientes: (1.) Encuentran en sí lo que puede llamarse una disposición indirecta a tener una voluntad mejor, del modo antes observado. Porque es imposible, y una contradicción, suponer que la voluntad esté directa y propiamente en contra de sí misma. Y no consideran que esta disposición indirecta es algo enteramente diferente de querer propiamente aquello que es el deber y la virtud requeridos, y que no hay virtud alguna en esa clase de disposición que tienen. No consideran que las voliciones que un hombre malvado pueda tener de que amase a Dios no son en absoluto actos de la voluntad contra el mal moral de no amar a Dios, sino solo contra algunas consecuencias desagradables. Pero hacer la distinción requerida exige más cuidado de reflexión y de pensamiento del que la mayoría de los hombres acostumbra. Y los hombres, por un prejuicio a su propio favor, están dispuestos a pensar bien de sus propios deseos y disposiciones, y a tenerlos por buenos y virtuosos, aunque su consideración de la virtud sea solo indirecta y remota, y no sea en absoluto nada virtuoso lo que verdaderamente excita o termina sus inclinaciones. (2.) Otra cosa que insensiblemente lleva y engaña a los hombres hasta suponer que esta necesidad o imposibilidad moral está, o puede estar, en contra de su voluntad y de sus verdaderos esfuerzos es la derivación y formación de los términos mismos que a menudo se usan para expresarla, la cual es tal que parece señalar directamente a ello y presentarlo. Palabras, por ejemplo, como incapaz, inevitable, imposible, irresistible, que llevan una clara referencia a un poder que se supone ejercido, a esfuerzos empleados, a una resistencia opuesta a la necesidad; y las personas que las oyen, sin considerar ni sospechar sino que se usan en su sentido propio, y entendiendo por tanto ese sentido, ven surgir en su mente de manera natural, y por así decir necesaria, la suposición de que puede ser así en efecto: que puede haber deseos y esfuerzos verdaderos, pero que una necesidad invencible se interpone en el camino y los vuelve vanos y sin efecto.
V. Otra cosa que hace a las personas más propensas a suponer que es contrario a la razón que los hombres estén expuestos a los castigos con que se amenaza al pecado por hacer cosas que son moralmente necesarias, o por no hacer cosas moralmente imposibles, es que la imaginación refuerza el argumento, y añade mucho al poder e influencia de las razones aparentes en contra, por la grandeza de ese castigo. Admitir que puedan estar justamente expuestos a un castigo pequeño no sería tan difícil. Mientras que, si hubiera alguna buena razón en el caso, si fuera verdaderamente un dictado de la razón que tal necesidad es incompatible con la culpabilidad o con un castigo justo, la demostración sería igualmente cierta respecto de un castigo pequeño, o de cualquier castigo, que respecto de uno muy grande; pero no es igualmente fácil para la imaginación. Quienes argumentan contra la justicia de condenar a los hombres por cosas que son necesarias de este modo parecen hacer más fuerte su argumento exponiendo con expresiones vigorosas la grandeza del castigo: —«Que un hombre sea arrojado a las llamas eternas, que se le haga arder en el infierno por toda la eternidad, por cosas que no tenía poder para evitar, y que estaba bajo una necesidad fatal, infrustrable e invencible de hacer».
Capítulo 28 completado
Sección III. Las razones por las que algunos creen contrario al sentido común suponer que las cosas que son necesarias sean dignas de alabanza o de censura