Capítulo 23 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Sección V. Examen particular de aquella sinceridad de deseos y esfuerzos que se supone excusa la omisión de cosas buenas en sí mismas
Sección V.
Examen particular de aquella sinceridad de deseos y esfuerzos que se supone excusa la omisión de cosas buenas en sí mismas.
Muchos insisten mucho en que algunos hombres, aunque no son capaces de cumplir los deberes espirituales, como el arrepentimiento del pecado, el amor a Dios, la aceptación cordial de Cristo tal como se presenta y se ofrece en el evangelio, etc., pueden, sin embargo, desear sinceramente estas cosas y esforzarse por alcanzarlas; y que, por tanto, han de ser excusados, pues no es razonable culparlos por omitir aquellas cosas que sinceramente desean y se esfuerzan por hacer, pero no pueden. Acerca de este asunto pueden observarse las cosas siguientes.
1. Lo que aquí se supone es un gran error y un craso absurdo, a saber, que los hombres pueden elegir y desear sinceramente aquellos deberes espirituales de amor, aceptación, elección, rechazo, etc., que consisten en el ejercicio de la voluntad misma, o en la disposición e inclinación del corazón, y aun así no ser capaces de cumplirlos o ejercerlos. Esto es absurdo, porque es absurdo suponer que un hombre se incline directa, propia y sinceramente a tener una inclinación que, al mismo tiempo, es contraria a su inclinación, pues eso es suponer que no está inclinado a aquello a lo que está inclinado. Si un hombre, en el estado y los actos de su voluntad e inclinación, concuerda propia y directamente con esos deberes, en ello los cumple, pues los deberes mismos consisten precisamente en eso: consisten en que el estado y los actos de la voluntad estén así formados y dirigidos. Si el alma concuerda propia y sinceramente con cierto acto propuesto de voluntad o elección, en ello el alma hace suya esa elección. Así como, cuando un cuerpo en movimiento concuerda con una dirección propuesta para su movimiento, eso es lo mismo que moverse en esa dirección.
2. Lo que se llama deseo y buena disposición hacia esos deberes interiores, en quienes no los cumplen, se refiere a estos deberes solo indirecta y remotamente, y se llama así de manera impropia; no solo porque (como antes se observó) se refiere a esas buenas voliciones solo en una perspectiva distante y con respecto al tiempo futuro, sino también porque, siempre, el objeto en que terminan estas voliciones y deseos no son esas cosas mismas, sino alguna otra cosa ajena.
Un borracho que persiste en su embriaguez, por estar bajo el poder de un violento apetito de bebida fuerte y sin amor alguno a la virtud, pero que es también extremadamente codicioso y tacaño, y está muy inquieto y afligido por la merma de su hacienda y la perspectiva de la pobreza, puede en cierto modo desear la virtud de la templanza; y aunque su voluntad presente es satisfacer su apetito desmedido, puede desear tener un corazón dispuesto a abstenerse de futuros actos de intemperancia y a abandonar sus excesos, por no querer desprenderse de su dinero; pero aun así sigue con su embriaguez; sus deseos y esfuerzos son insuficientes e ineficaces. Un hombre así no tiene una disposición propia, directa y sincera a abandonar este vicio y los actos viciosos que le pertenecen, pues actúa voluntariamente al seguir bebiendo en exceso. Su deseo se llama de manera muy impropia disposición a ser templado; no es un verdadero deseo de esa virtud, pues no es esa virtud aquello en que terminan sus deseos, ni tienen estos referencia directa alguna a ella. Es solo el ahorro de su dinero, o el evitar la pobreza, lo que termina y agota toda la fuerza de su deseo. La virtud de la templanza se considera solo de manera muy indirecta e impropia, a saber, como medio necesario para satisfacer el vicio de la codicia.
Así también, un hombre de corazón sumamente corrompido y malvado, que no tiene amor a Dios ni a Jesucristo, sino que, por el contrario, estando muy profana y carnalmente inclinado, siente el mayor disgusto y enemistad hacia las cosas de la religión; pero que, perteneciendo a una familia cuyos miembros, de generación en generación, han muerto en su mayoría en la juventud a causa de una tisis hereditaria, y teniendo por ello poca esperanza de vivir mucho, y habiendo sido instruido en la necesidad de un amor supremo a Cristo y de gratitud por su muerte y sus sufrimientos para ser salvado de la miseria eterna; si en estas circunstancias, por temor a los tormentos eternos, deseara tener tal disposición, pero, permaneciendo su corazón profano y carnal, continúa todavía en su habitual disgusto y enemistad hacia Dios y la religión, y del todo sin ningún ejercicio de ese amor y gratitud (como sin duda los mismos demonios, a pesar de toda la diablura de su carácter, desearían un corazón santo si por ese medio pudieran salir del infierno): en este caso no hay una disposición sincera a amar a Cristo y a elegirlo como su bien supremo. Estas disposiciones y ejercicios santos no son en absoluto el objeto directo de la voluntad; en verdad no tienen parte alguna en la inclinación o el deseo del alma, sino que todo termina en la liberación del tormento; y estas gracias y voliciones piadosas, a pesar de este consentimiento forzado, se miran como indeseables en sí mismas, como cuando un enfermo desea una dosis que aborrece profundamente, a fin de salvar su vida. De estas cosas resulta:
3. Que esta disposición indirecta no es aquel ejercicio de la voluntad que el mandato exige, sino uno enteramente distinto, pues es una volición de naturaleza diferente, que termina por completo en objetos diferentes y que se queda del todo corta respecto de aquella virtud de la voluntad a la que se refiere el mandato.
4. Esta otra volición, que solo tiene alguna relación indirecta con el deber exigido, no puede excusar la falta de aquella buena voluntad misma que se manda, pues no es lo que responde al mandato y lo cumple, y carece por completo de la virtud que el mandato busca.
Para ilustrar más este asunto: supongamos que un hijo tiene un padre excelentísimo, que siempre lo ha tratado con bondad y ternura paternales y que de todos modos, en el más alto grado, ha merecido su amor y su respeto filial, y que además es muy rico; pero el hijo es de disposición tan vil que odia a su padre empedernidamente; y, sin embargo, advirtiendo que su odio probablemente será su ruina, al llevarlo finalmente a aquellas circunstancias abyectas que son sumamente contrarias a su avaricia y su ambición, desea por tanto que fuera de otro modo; pero, permaneciendo bajo el poder invencible de su disposición vil y maligna, sigue en su odio arraigado hacia su padre. Ahora bien, si la disposición indirecta de tal hijo a amar y honrar a su padre lo absuelve o excusa en algo delante de Dios por no ejercer efectivamente hacia él estas disposiciones que Dios exige, ha de ser por una de estas razones. (1.) O bien porque responde al mandato y lo cumple. Pero esto no lo hace, por la suposición, porque lo que se manda es amor y honra a su digno padre. Si el mandato es propio y justo, como se supone, entonces obliga a lo mandado, y por tanto ninguna otra cosa sino eso puede satisfacer la obligación. O bien, (2.) ha de ser, al menos, porque hay en su disposición indirecta una virtud o bondad equivalente a la virtud exigida, que la equilibra o compensa y suple su falta. Pero eso también es contrario a la suposición. La disposición que el hijo tiene meramente por consideración al dinero y a la honra no tiene bondad alguna que compense la falta del piadoso respeto filial que se exige.
La sinceridad y realidad de aquella disposición indirecta de la que se ha hablado no la hacen mejor. Lo que es real y cordial se llama a menudo sincero, ya sea en la virtud o en el vicio. Algunas personas son sinceramente malas; otras son sinceramente buenas; y otras pueden ser sinceras y cordiales en cosas que por su propia naturaleza son indiferentes, como un hombre puede desear sinceramente comer cuando tiene hambre. Pero ser sincero, cordial y obrar en serio no es virtud alguna, a menos que sea en algo virtuoso. Un hombre puede ser sincero y cordial al unirse a una tripulación de piratas o a una banda de ladrones. Cuando los demonios clamaron y rogaron a Cristo que no los atormentara, no era mero fingimiento; eran muy sinceros en su deseo de no ser atormentados; pero eso no hacía virtuosa su voluntad ni su deseo. Y si los hombres tienen deseos sinceros que en su clase y naturaleza no son mejores, eso no puede servir de excusa por la falta de ninguna virtud exigida.
Y así como la sinceridad de un hombre en un deseo o disposición indirecta de cumplir su deber, como el que se ha mencionado, no puede excusar la falta de cumplimiento, así sucede con los esfuerzos que nacen de tal disposición. Los esfuerzos no pueden tener más bondad que la voluntad de la que son efecto y expresión. Y, por tanto, por sinceros y reales y por grandes que sean los esfuerzos de una persona, sí, aunque lleguen al máximo de su capacidad, a menos que la voluntad de la que proceden sea verdaderamente buena y virtuosa, no pueden tener ningún valor ni peso, en absoluto, en sentido moral. Lo que no es verdaderamente virtuoso no sirve para nada a los ojos de Dios, y por tanto no puede tener valor ni influencia alguna en su cuenta para suplir ningún defecto moral. Porque nada puede contrapesar el mal sino el bien. Si el mal está en un platillo de la balanza, y ponemos en el otro una gran cantidad de deseos sinceros y fervientes y de muchos y grandes esfuerzos, pero en todo ello no hay bondad real, no hay peso en ello, y así no hace nada por equilibrar el peso real que hay en el platillo opuesto. Es solo como quitar mil ceros de delante de un número real, lo cual deja la suma tal como estaba.
Es cierto que tales esfuerzos pueden tener una influencia negativamente buena. Las cosas que no tienen virtud positiva no tienen influencia moral positiva; sin embargo, pueden ser ocasión de que las personas eviten algunos males positivos. Como si un hombre estuviera en el agua con un vecino al que tiene mala voluntad, y que no sabe nadar, sosteniéndolo de la mano; y este vecino le debe mucho dinero.— El hombre siente la tentación de dejarlo hundirse y ahogarse, pero se niega a ceder a la tentación, no por amor a su vecino, sino por amor al dinero, y porque, si se ahogara, perdería lo que se le debe; lo que hace al preservar a su vecino de ahogarse no es nada bueno a los ojos de Dios; sin embargo, con ello evita la culpa mayor que habría contraído si hubiera dejado deliberadamente que su vecino se hundiera y pereciera. Pero cuando los arminianos, en sus disputas con los calvinistas, insisten tanto en los deseos y esfuerzos sinceros como aquello que ha de excusar a los hombres, que ha de ser aceptado por Dios, etc., es manifiesto que se refieren a algún peso o influencia moral positiva de esos deseos y esfuerzos. Aceptar, justificar o excusar en razón de los esfuerzos sinceros (como se los llama), y de que los hombres hagan lo que pueden, etc., guarda relación con algún valor moral, algo que se acepta como bueno y que, como tal, compensa algún defecto.
Pero hay un engaño grande e inadvertido que surge de la ambigüedad de la expresión «esfuerzos sinceros». En verdad, hay una vasta falta de distinción y de fijeza en la mayoría, o al menos en muchísimos, de los términos que se usan para expresar cosas pertenecientes a materias morales y espirituales, de donde surgen innumerables errores, fuertes prejuicios, una confusión inextricable y una controversia interminable.— La palabra «sincero» se usa las más de las veces para significar algo bueno: los hombres están habituados a entender por ella lo mismo que «honrado» y «recto», términos que suscitan la idea de algo bueno en el sentido más estricto y elevado, bueno a los ojos de aquel que no solo ve la apariencia exterior, sino el corazón. Y, por tanto, piensan que, si una persona es sincera, será ciertamente aceptada. Si se dice que alguien es sincero en sus esfuerzos, esto sugiere que su corazón es bueno, que no hay defecto en el deber en cuanto a la inclinación virtuosa; que desea y se esfuerza honrada y rectamente por hacer lo que se le exige; y esto los lleva a suponer que sería muy duro e irrazonable castigarlo solo porque no tiene éxito en sus esfuerzos, estando lo que procura más allá de su poder.— Mientras que debería observarse que la palabra «sincero» tiene estos diferentes significados.
1. La sinceridad, tal como a veces se usa la palabra, no significa más que la realidad de la voluntad y del esfuerzo con respecto a cualquier cosa que se profesa o se aparenta, sin consideración alguna de la naturaleza del principio o del propósito de donde surgen esta voluntad real y este esfuerzo verdadero. Si un hombre tiene algún deseo real, directo o indirecto, de obtener una cosa, o se esfuerza realmente por ella, se dice que la desea o se esfuerza por ella sinceramente, sin consideración alguna de la bondad del principio por el que actúa, ni de la excelencia o dignidad del fin para el que actúa. Así, un hombre que es amable con la esposa de su vecino, que está enferma y languideciente, y que le presta mucha ayuda en su situación, da muestras de desear y procurar que recobre la salud y el vigor; y no solo da tales muestras, sino que hay realidad en su apariencia: desea de corazón y con ahínco que recobre la salud, y emplea para ello sus esfuerzos verdaderos y máximos. Se dice que lo desea y procura sinceramente, porque lo hace verdadera o realmente; aunque quizá el principio por el que actúa no sea otro que una pasión vil y escandalosa: habiendo vivido en adulterio con ella, desea ardientemente que recobre la salud y el vigor para poder volver a sus placeres criminales. O bien,
2. Por sinceridad se entiende no meramente una realidad de voluntad y de esfuerzo de algún tipo, y por alguna consideración u otra, sino una sinceridad virtuosa. Es decir, que en la realización de aquellos actos particulares que son materia de virtud o de deber, no haya solo la materia, sino la forma y esencia de la virtud, que consiste en el propósito que gobierna el acto y en el principio que se ejerce en él. No hay solo la realidad del acto, que es, por así decirlo, el cuerpo del deber, sino también el alma que propiamente debería pertenecer a tal cuerpo. En este sentido, se dice que un hombre es sincero cuando actúa con una intención pura, no por miras torcidas: no solo desea y busca en realidad que se haga la cosa, o que se obtenga la cualidad, para un fin u otro, sino que quiere la cosa directa y propiamente, sin ser forzado ni sobornado; la virtud de la cosa es propiamente el objeto de la voluntad.
En el primer sentido, se dice que un hombre es sincero en oposición a un mero fingimiento y apariencia de la cosa particular que ha de hacerse o mostrarse, sin deseo ni esfuerzo real alguno. En el segundo sentido, se dice que un hombre es sincero en oposición a aquella apariencia de virtud que hay en hacer meramente la materia del deber, sin la realidad de la virtud misma en el alma. Un hombre puede ser sincero en el primer sentido y, sin embargo, en el segundo, ser un vil hipócrita a los ojos de Dios, que escudriña el corazón.
Solo en la segunda clase de sinceridad hay algo verdaderamente valioso o aceptable a los ojos de Dios. Y esto es lo que en la Escritura se llama sinceridad, rectitud, integridad, «la verdad en lo íntimo» y «un corazón perfecto». Y si hay tal sinceridad, y en el grado en que debe haberla, y hay alguna otra cosa que el hombre no es capaz de realizar, o que no resulta conectada con sus deseos y esfuerzos sinceros, el hombre queda enteramente excusado y absuelto a los ojos de Dios; su voluntad será ciertamente aceptada por el hecho; y tal voluntad y esfuerzo sinceros es todo lo que, en rigor, se le exige por cualquier mandato de Dios. Pero en cuanto a la otra clase de sinceridad de deseos y esfuerzos, al no tener virtud alguna (como antes se observó), no puede servir de nada delante de Dios, en ningún caso, para recomendar, satisfacer o excusar, y no tiene peso ni influencia moral positiva alguna.
Corolario 1. De aquí puede inferirse que nada en la razón y naturaleza de las cosas aparece, a partir de la consideración de algún peso moral en la primera clase de sinceridad, que nos lleve a suponer que Dios haya hecho promesas positivas de salvación, o de gracia, o de alguna ayuda salvadora, o de cualquier beneficio espiritual, a los deseos, oraciones, esfuerzos, luchas u obediencia de quienes hasta ahora no tienen verdadera virtud ni santidad en el corazón; aunque supusiéramos toda la sinceridad y el máximo grado de esfuerzo que es posible que haya en una persona sin santidad.
Algunos objetan contra el que Dios exija, como condición de la salvación, aquellos ejercicios santos que son el resultado de una renovación sobrenatural, como un respeto supremo a Cristo, el amor a Dios, el amor a la santidad por sí misma, etc., que estas disposiciones y ejercicios interiores están por encima del poder de los hombres tal como son por naturaleza; y que, por tanto, podemos concluir que, cuando los hombres llegan a ser sinceros en sus esfuerzos y hacen lo mejor que pueden, son aceptados; y que esto ha de ser todo lo que Dios exige para que sean recibidos como objetos de su favor, y ha de ser lo que Dios ha establecido como condición de la salvación. Acerca de esto, quisiera observar que en tal manera de hablar, como «los hombres son aceptados porque son sinceros y hacen lo mejor que pueden», hay evidentemente la suposición de alguna virtud, de algún grado de aquello que es verdaderamente bueno, aunque no llegue tan lejos como sería de desear. Porque si los hombres hacen lo que pueden, a menos que lo hagan por algún buen principio, disposición o ejercicio del corazón, alguna inclinación o acto virtuoso de la voluntad, el hacer lo que pueden no es, en cierto respecto, ni un ápice mejor que si no hicieran nada en absoluto. En tal caso, no hay más bondad moral positiva en que un hombre haga lo que puede que en que un molino de viento haga lo que puede, porque la acción no procede más de la virtud en un caso que en el otro; y no hay nada en tal sinceridad de esfuerzo, o en hacer lo que podemos, que deba convertirlo en una recomendación más apropiada para el favor y la aceptación positivos, o en la condición de alguna recompensa o beneficio real, que el no hacer nada; pues tanto lo uno como lo otro son igualmente nada en cuanto a cualquier verdadero peso o valor moral.
Corolario 2. De aquí se sigue también que no hay nada que aparezca en la razón y naturaleza de las cosas que pueda llevarnos justamente a determinar que Dios dará ciertamente los medios necesarios de salvación, o que de algún modo u otro concederá verdadera santidad y vida eterna, a aquellos paganos que son sinceros (en el sentido explicado arriba) en sus esfuerzos por descubrir la voluntad de la Deidad y agradarle, conforme a su luz, para escapar de su futuro desagrado e ira y obtener la felicidad en el estado futuro mediante su favor.
Capítulo 23 completado
Sección V. Examen particular de aquella sinceridad de deseos y esfuerzos que se supone excusa la omisión de cosas buenas en sí mismas