Capítulo 20 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
Sección II. Los actos de la voluntad del alma humana de Jesucristo, necesariamente santos y, sin embargo, verdaderamente virtuosos, dignos de alabanza y de recompensa, etc.
Sección II.
Los actos de la voluntad del alma humana de Jesucristo, necesariamente santos y, sin embargo, verdaderamente virtuosos, dignos de alabanza, dignos de recompensa, &c.
YA HE considerado cómo el Dr. Whitby insiste en que una libertad, no solo de coacción, sino también de necesidad, es requisito ya para la virtud o el vicio, ya para la alabanza o el vituperio, la recompensa o el castigo. Insiste asimismo en esa misma libertad como absolutamente requerida para que una persona sea sujeto de una ley, de preceptos o de prohibiciones, en el libro antes mencionado (p. 301, 314, 328, 339, 340, 341, 342, 347, 361, 373, 410). Y para que lo sea de promesas y amenazas (p. 298, 301, 305, 311, 339, 340, 363). Y como requisito para un estado de prueba, p. 297, &c.
Ahora bien, con la mirada puesta en estas cosas, quisiera examinar la conducta y las prácticas morales de nuestro Señor Jesucristo, tal como las mostró en su naturaleza humana, en su estado de humillación. Y, en primer lugar, quisiera mostrar que su conducta santa fue necesaria; o que era imposible que fuera de otro modo que comportarse santamente, y que fuera perfectamente santo en cada uno de los actos de su vida. Y, en segundo lugar, que su conducta santa tuvo propiamente la naturaleza de la virtud y fue digna de alabanza; y que él fue sujeto de ley, precepto o mandamientos, de promesas y recompensas; y que estuvo en un estado de prueba.
I. Era imposible que los actos de la voluntad del alma humana de Cristo fueran, en ningún caso, grado o circunstancia, otra cosa que santos y conformes a la naturaleza y a la voluntad de Dios. Las siguientes consideraciones lo ponen en evidencia.
1. Dios había prometido preservarlo y sostenerlo por su Espíritu, en medio de todas sus tentaciones, de un modo tan eficaz que no pudiera fallar en el fin para el cual vino al mundo; y habría fallado si hubiera caído en pecado. Tenemos una promesa así (Isaías 42:1–4): «He aquí mi siervo, yo lo sostendré; mi escogido, en quien mi alma toma contentamiento: he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá juicio a las naciones. No clamará, ni alzará, ni hará oír su voz en las calles.— Sacará el juicio a verdad. No se cansará ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio; y las islas esperarán su ley». Esta promesa de que el Espíritu de Dios sería puesto sobre él, y de que no clamaría ni alzaría su voz, etc., se refiere al tiempo de la aparición de Cristo en la tierra, como es manifiesto por la naturaleza de la promesa y también por la aplicación que de ella se hace en el Nuevo Testamento (Mateo 12:18). Y las palabras implican la promesa de que sería sostenido por el Espíritu de Dios de tal manera que sería preservado del pecado; en particular, del orgullo y de la vanagloria, y de ser vencido por cualquier tentación que le sobreviniera de aspirar a la gloria de este mundo, a la pompa de un príncipe terrenal o al aplauso y la alabanza de los hombres; y que sería sostenido de tal modo que de ninguna manera dejaría de alcanzar el fin de su venida al mundo, de sacar el juicio a victoria y de establecer su reino de gracia en la tierra. Y en los versículos siguientes esta promesa se confirma con la mayor solemnidad imaginable: «Así dice el Señor, el Creador de los cielos, y el que los extiende; el que extiende la tierra y lo que de ella brota; el que da aliento al pueblo que mora sobre ella, y espíritu a los que por ella andan: Yo el Señor te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por Pacto del pueblo, por Luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas. YO SOY EL SEÑOR; este es mi nombre», &c.
Muy paralela a estas promesas es otra (Isaías 49:7, 8, 9), que también se refiere manifiestamente al tiempo de la humillación de Cristo en la tierra: «Así dice el Señor, el Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos: Verán reyes, y se levantarán príncipes, y adorarán por causa del Señor; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió. Así dijo el Señor: En tiempo aceptable te oí, y en el día de salvación te ayudé; y te guardaré, y te daré por pacto del pueblo, para que levantes la tierra», &c.
Y en Isaías 50:5, 6 tenemos al Mesías expresando su seguridad de que Dios le ayudaría, abriéndole el oído, o inclinando su corazón a los mandamientos de Dios, de tal manera que no sería rebelde, sino que perseveraría y no apostataría ni volvería la espalda; que, con la ayuda de Dios, sería inconmovible en la obediencia bajo grandes pruebas de oprobio y sufrimiento, poniendo su rostro como un pedernal; de modo que sabía que no sería avergonzado ni frustrado en su propósito, y que finalmente sería aprobado y justificado por haber hecho fielmente su obra: «El Señor Dios me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban el cabello; no escondí mi rostro de las injurias y de los esputos. Porque el Señor Dios me ayudará; por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado. Cercano está de mí el que me justifica; ¿quién contenderá conmigo? Juntémonos. ¿Quién es el adversario de mi causa? Acérquese a mí. He aquí que el Señor Dios me ayudará; ¿quién hay que me condene? He aquí que todos ellos se envejecerán como ropa de vestir; los comerá la polilla».
2. Lo mismo es evidente por todas las promesas que Dios hizo al Mesías acerca de su gloria futura, de su reino y del éxito de su oficio y carácter de Mediador; gloria que no habría podido obtenerse si su santidad hubiera fallado y él hubiera incurrido en pecado. La promesa absoluta de Dios hace necesarias las cosas prometidas, y absolutamente imposible que dejen de cumplirse; y, de igual manera, hace necesarias aquellas cosas de las que depende lo prometido y sin las cuales no puede tener efecto. Por tanto, resulta que era del todo imposible que la santidad de Cristo fallara, a la vista de promesas absolutas como estas (Salmo 110:4): «Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec». Y de todas las demás promesas de ese salmo, contenidas en cada uno de sus versículos. (Y Salmo 2:6, 7): «Yo publicaré el decreto: El Señor me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones», &c. (Salmo 45:3, 4, &c.): « Cíñete tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad. Y en tu gloria sé prosperado». Y así todo lo que se dice desde allí hasta el final del salmo. (Véase Isaías 52:13–15 y 53:10–12.) Y todas aquellas promesas que Dios hace al Mesías de éxito, dominio y gloria en el carácter de Redentor (Isaías, capítulo 49).
3. A menudo se prometió a la iglesia de Dios en la antigüedad, para su consuelo, que Dios le daría un Salvador justo y sin pecado. (Jeremías 23:5, 6): «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que levantaré a David un renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: El Señor, justicia nuestra». (Así también Jeremías 33:15): «Haré brotar a David un Renuevo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra». (Isaías 9:6, 7): «Porque un niño nos es nacido; — sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto». (Capítulo 11:1, &c.): «Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces; y reposará sobre él el Espíritu del Señor,— espíritu de conocimiento y de temor del Señor: — juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad: — y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de sus riñones». (Capítulo 52:13): «Mi siervo obrará prudentemente». (Capítulo 53:9): «Porque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca». Si es imposible que estas promesas fallen, y es más fácil que pasen el cielo y la tierra que pase una jota o una tilde de ellas, entonces era imposible que Cristo cometiera pecado alguno.— Cristo mismo dio a entender que era imposible que no se cumplieran las cosas que de él estaban dichas. (Lucas 24:44): «Era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos». (Mateo 26:53, 54): «¿Cómo, pues, se cumplirían las Escrituras, que así conviene que sea hecho?». (Marcos 14:49): «Pero es así, para que se cumplan las Escrituras». Y así el apóstol (Hechos 1:16, 17): «Convino que se cumpliese la Escritura».
4. Todas las promesas que se hicieron a la iglesia de antaño acerca del Mesías como Salvador futuro, desde la que se dio a nuestros primeros padres en el paraíso hasta la que fue entregada por el profeta Malaquías, muestran que era imposible que Cristo no perseverara en perfecta santidad. Las antiguas predicciones dadas a la iglesia de Dios acerca del Mesías como Salvador tenían la naturaleza de promesas, como es evidente por las predicciones mismas y por la manera en que fueron dadas. Pero, además, en el Nuevo Testamento se las llama expresamente y muy a menudo promesas (como en Lucas 1:54, 55, 72, 73; Hechos 13:32, 33; Romanos 1:1–3 y capítulo 15:8; Hebreos 6:13, &c.). Estas promesas se hicieron con frecuencia con gran solemnidad y fueron confirmadas con juramento; como (Génesis 22:16, 17): «Por mí mismo he jurado, dice el Señor, que bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar: — y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». (Compárese Lucas 1:72, 73 y Gálatas 3:8, 15, 16.) El apóstol, en Hebreos 6:17, 18, hablando de esta promesa hecha a Abraham, dice: «Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas INMUTABLES, en las cuales es IMPOSIBLE que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo». En estas palabras se declara plenamente la necesidad del cumplimiento o, lo que es lo mismo, la imposibilidad de lo contrario. Así también confirmó Dios con juramento la promesa de la gran salvación del Mesías hecha a David (Salmo 89:3, 4): «Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo: Para siempre confirmaré tu simiente, y edificaré tu trono por todas las generaciones». No hay nada que la Escritura presente tan abundantemente como cierto e irrefragable como esta promesa y este juramento hechos a David. (Véase Salmo 89:34–36; 2 Samuel 23:5; Isaías 55:4; Hechos 2:29, 30 y 13:34.) La Escritura habla expresamente de ello como algo del todo imposible: que esta promesa y este juramento hechos a David, acerca del dominio eterno del Mesías, fallaran. (Jeremías 33:15, &c.): «En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un Renuevo de justicia.— Porque así ha dicho el Señor: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel». (Vv. 20, 21): «Si pudierais invalidar mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de manera que no haya día ni noche a su tiempo, podrá también invalidarse mi pacto con mi siervo David, para que deje de tener hijo que reine sobre su trono». (Así también en los vv. 25, 26.) Tan abundante es la Escritura en representar cuán imposible era que fallaran las promesas hechas antiguamente acerca de la gran salvación y del reino del Mesías; lo cual implica que era imposible que este Mesías, el segundo Adán, la simiente prometida de Abraham y de David, cayera de su integridad como cayó el primer Adán.
5. Todas las promesas que se hicieron a la iglesia de Dios bajo el Antiguo Testamento acerca del gran ensanchamiento de la iglesia y del acrecentamiento de su gloria en los días del evangelio, después de la venida del Mesías —el aumento de su luz, libertad, santidad y gozo, su triunfo sobre sus enemigos, &c.—, de las cuales consta una parte tan grande del Antiguo Testamento; que se repiten tan a menudo, se presentan de maneras tan variadas, se introducen con tanta frecuencia con gran pompa y solemnidad, y están tan abundantemente selladas con representaciones típicas y simbólicas; todas estas promesas, digo, implican que el Mesías llevaría a la perfección la obra de la redención; y esto implica que perseveraría en la obra que el Padre le había encomendado, conformándose en todo a su voluntad. Estas promesas fueron confirmadas a menudo con juramento. (Véase Isaías 54:9 con el contexto; capítulo 62:8.) Y se representa como del todo imposible que estas promesas fallen. (Isaías 49:15 con el contexto; capítulo 54:10 con el contexto; capítulo 51:4–8; capítulo 40:8 con el contexto.) Y, por tanto, era imposible que el Mesías fallara o cometiera pecado.
6. Era imposible que el Mesías dejara de perseverar en la integridad y la santidad, como dejó de hacerlo el primer Adán, porque esto habría sido incompatible con las promesas que Dios hizo a la bienaventurada Virgen, su madre, y a su esposo; las cuales implicaban que él «salvaría a su pueblo de sus pecados», que Dios «le daría el trono de David su padre», que «reinaría sobre la casa de Jacob para siempre», y que «de su reino no habrá fin». Estas promesas eran seguras, y era imposible que fallaran; y, por tanto, la Virgen María, al confiar plenamente en ellas, obró razonablemente, pues tenía un fundamento inconmovible para su fe; como observa Elisabet (v. 45): «Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor».
7. Que hubiera sido posible que Cristo pecara, y fallara así en la obra de nuestra redención, no concuerda con el propósito y decreto eterno de Dios, revelado en las Escrituras, de que proveería salvación para el hombre caído en Jesucristo y por medio de él, y de que esa salvación sería ofrecida a los pecadores mediante la predicación del evangelio. Esto, por lo menos, está implicado en muchos pasajes de la Escritura (como 1 Corintios 2:7; Efesios 1:4, 5 y capítulo 3:9–11; 1 Pedro 1:19, 20). Los arminianos admiten que un decreto absoluto como este está significado en muchos textos; su elección de naciones y sociedades, y la elección general de la iglesia cristiana, y la elección condicional de personas particulares, lo implican. Dios no podría haber decretado antes de la fundación del mundo salvar a todos los que creyeran en Cristo y le obedecieran, a menos que hubiera decretado absolutamente que la salvación sería provista y eficazmente obrada por Cristo. Y puesto que (como los propios arminianos sostienen con firmeza) un decreto de Dios infiere necesidad, se sigue que era necesario que Cristo perseverara y obrara efectivamente la salvación para nosotros, y que no fallara cometiendo pecado.
8. Que hubiera sido posible que la santidad de Cristo fallara no es compatible con lo que Dios prometió a su Hijo antes de todos los siglos. Porque que la salvación sería ofrecida a los hombres por medio de Cristo, y otorgada a todos sus fieles seguidores, está al menos implicado en aquella promesa cierta e infalible de la que habla el apóstol (Tito 1:2): «En la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no puede mentir, prometió antes de los tiempos de los siglos». Esto no parece ser objeto de controversia por parte de los arminianos.
9. Que fuera posible que Cristo dejara de hacer la voluntad de su Padre es incompatible con la promesa que el Hijo hizo al Padre —el Logos que estaba con el Padre desde el principio— antes de tomar la naturaleza humana, como puede verse en Salmo 40:6–8 (comparado con la interpretación del apóstol, Hebreos 10:5–9): «Sacrificio y ofrenda no te agradan; has abierto mis oídos (u horadado); holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón». Aquí hay una alusión manifiesta al pacto que el siervo voluntario, que amaba el servicio de su amo, hacía con su amo, de ser su siervo para siempre, el día en que se le horadaba la oreja; pacto que probablemente se inscribía en los registros públicos, llamados EL ROLLO DEL LIBRO, por los jueces que eran llamados a tomar conocimiento de la transacción (Éxodo 21). Si el Logos, que estaba con el Padre antes del mundo y que hizo el mundo, se comprometió así por pacto a hacer la voluntad del Padre en la naturaleza humana, y la promesa quedó, por así decirlo, registrada para que fuera firme, sin duda era imposible que fallara; y así, era imposible que Cristo dejara de hacer la voluntad del Padre en la naturaleza humana.
10. Si hubiera sido posible que Cristo dejara de hacer la voluntad de su Padre, y fallara así en obrar eficazmente la redención de los pecadores, entonces la salvación de todos los santos que fueron salvos desde el principio del mundo hasta la muerte de Cristo no estaba edificada sobre un fundamento firme. El Mesías, y la redención que había de obrar por su obediencia hasta la muerte, era el fundamento salvador de todos cuantos han sido salvos. Por tanto, si cuando a los santos del Antiguo Testamento se les prometía el perdón de sus pecados y el favor de Dios, y se les otorgaba la salvación, todavía era posible que el Mesías, cuando viniera, cometiera pecado, entonces todo esto descansaba sobre un fundamento que no era firme ni estable, sino expuesto al mal; sobre algo que era posible que nunca llegara a ser. Dios, por así decirlo, confió en lo que su Hijo se había comprometido y había prometido hacer en tiempo futuro, y dependió tanto de ello que procedió efectivamente a salvar a los hombres en virtud de ello, aunque todavía no estaba hecho. Pero esta confianza y dependencia de Dios, en el supuesto de que Cristo estuviera expuesto a dejar de hacer su voluntad, habría sido apoyarse en un báculo débil, que posiblemente podía quebrarse. Los santos de antaño confiaron en las promesas de una redención futura que el Mesías había de obrar y consumar, y edificaron sobre ella su consuelo: Abraham vio el día de Cristo y se gozó; y él y los demás patriarcas murieron en la fe de su promesa (Hebreos 11:13). Pero, en este supuesto, su fe, su consuelo y su salvación estaban edificados sobre un fundamento falible; Cristo no era para ellos «piedra probada, cimiento estable» (Isaías 28:16). David descansaba enteramente en el pacto de Dios con él acerca del futuro dominio glorioso y la salvación del Mesías; y decía que era toda su salvación y todo su deseo; y se consuela con que este pacto era un «pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y seguro» (2 Samuel 23:5). Pero si la virtud de Cristo podía fallar, estaba equivocado: su gran consuelo no estaba edificado tan «seguro» como él pensaba, pues estaba fundado enteramente en las determinaciones del libre albedrío del alma humana de Cristo, que no estaba sujeta a necesidad alguna y podía determinarse en un sentido o en otro. Asimismo, la dependencia de aquellos que «esperaban la redención en Jerusalén, y esperaban la consolación de Israel» (Lucas 2:25 y 38), y la confianza de los discípulos de Jesús, que lo dejaron todo y le siguieron para gozar de los beneficios de su reino futuro, estaban edificadas sobre un fundamento de arena.
11. El hombre Cristo Jesús, antes de haber terminado su carrera de obediencia, y mientras estaba en medio de tentaciones y pruebas, abundó en predecir positivamente su propia gloria futura en su reino, el ensanchamiento de su iglesia, la salvación de los gentiles por medio de él, &c., y en promesas de las bendiciones que otorgaría a sus verdaderos discípulos en su reino futuro; promesas en las cuales exigía la plena confianza de sus discípulos (Juan 14). Pero los discípulos no habrían tenido fundamento para tal confianza si Cristo hubiera estado expuesto a fallar en su obra; y Cristo mismo habría sido culpable de presunción al abundar tanto en promesas perentorias de grandes cosas que dependían de una mera contingencia, a saber, de las determinaciones de su libre albedrío, consistente en una libertad ad utrumque, para el pecado o para la santidad, situada en la indiferencia y expuesta, en miles de casos futuros, a ir en un sentido o en otro.
Así, es evidente que era imposible que los actos de la voluntad del alma humana de Cristo fueran otra cosa que santos y conformes a la voluntad del Padre; o, en otras palabras, que eran necesariamente conformes a ella.
Me he extendido más en la prueba de este asunto por ser algo que niegan algunos de los más grandes arminianos, en particular Episcopio; y porque lo considero un punto que decide clara y absolutamente la controversia entre calvinistas y arminianos acerca de la necesidad de una libertad de la voluntad como la que estos últimos exigen para la agencia moral, la virtud, el mandato o la prohibición, la promesa o la amenaza, la recompensa o el castigo, la alabanza o el vituperio, el mérito o el demérito. Paso, pues, ahora,
II. A considerar si CRISTO, en su conducta santa en la tierra, no fue así un agente moral, sujeto a mandamientos, promesas, &c.
El Dr. Whitby habla muy a menudo de lo que él llama una libertad ad utrumlibet, sin necesidad, como requisito para la ley y los mandamientos; y habla de la necesidad como enteramente incompatible con los mandatos y las prohibiciones. Y, sin embargo, leemos que Cristo fue sujeto de los mandamientos de su Padre (Juan 10:18 y 15:10). Y Cristo nos dice que todo cuanto dijo o hizo fue en cumplimiento de los «mandamientos que había recibido del Padre» (Juan 12:49, 50 y 14:31). Y a menudo leemos de la obediencia de Cristo a los mandamientos de su Padre (Romanos 5:19; Filipenses 2:8; Hebreos 5:8).
El escritor antes mencionado representa las promesas ofrecidas como motivos para que las personas cumplan su deber, o el ser movido e inducido por promesas, como del todo incompatibles con un estado en el que las personas no tienen una libertad ad utrumlibet, sino que están necesariamente determinadas a una sola cosa. (Véanse en particular las p. 298 y 311.) Pero lo que este escritor afirma es demostrablemente falso, si la religión cristiana es verdadera. Si hay alguna verdad en el cristianismo o en las Santas Escrituras, el hombre Cristo Jesús tenía su voluntad infalible e inalterablemente determinada al bien, y solo al bien; y, sin embargo, se le hicieron promesas de gloriosas recompensas con la condición de que perseverara en la obra que Dios le había encomendado y la llevara a la perfección (Isaías 53:10, 11, 12; Salmos 2 y 110; Isaías 49:7, 8, 9). En Lucas 22:28, 29, Cristo dice a sus discípulos: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones; yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí». La palabra significa, con la mayor propiedad, asignar por pacto o promesa. El sentido llano de las palabras de Cristo es este: «Así como habéis participado de mis tentaciones y pruebas, y habéis sido firmes y habéis vencido, os prometo haceros partícipes de mi recompensa y daros un reino, así como el Padre me ha prometido a mí un reino por permanecer firme y vencer en esas pruebas». Y estas palabras quedan bien explicadas por las de Apocalipsis 3:21: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono». Y Cristo no solo tuvo promesas de éxito glorioso y de recompensas hechas a su obediencia y a sus sufrimientos, sino que las Escrituras lo representan claramente usando estas promesas como motivos e incentivos para obedecer y sufrir; y en particular aquella promesa de un reino que el Padre le había asignado, o de sentarse con el Padre en su trono (como en Hebreos 12:1, 2): «despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual, por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios».
¡Y cuán extraño sería oír a un cristiano afirmar que el carácter y la conducta santos y excelentes de Jesucristo, y aquella obediencia que rindió bajo tan grandes pruebas, no fueron virtuosos ni dignos de alabanza, porque su voluntad no era libre ad utrumque, para la santidad o para el pecado, sino que estaba inalterablemente determinada a una sola cosa; que, por esta razón, no hay virtud alguna en toda la humildad de Cristo, en su mansedumbre, su paciencia, su caridad, su perdón de los enemigos, su desprecio del mundo, su mentalidad celestial, su sumisión a la voluntad de Dios, su obediencia perfecta a sus mandamientos hasta la muerte, y muerte de cruz, su gran compasión por los afligidos, su amor sin igual por la humanidad, su fidelidad a Dios y a los hombres bajo tan grandes pruebas, su oración por sus enemigos aun mientras lo clavaban en la cruz; que la virtud, aplicada a estas cosas, no es más que un nombre vacío; que no hubo mérito en ninguna de ellas; es decir, que Cristo no fue digno de nada en absoluto por causa de ellas, digno de ninguna recompensa, de ninguna alabanza, de ningún honor ni respeto de parte de Dios ni de los hombres; porque su voluntad no era indiferente, ni libre para estas cosas o para sus contrarias, sino que estaba bajo una inclinación o propensión tan fuerte hacia lo excelente que le hacía imposible elegir lo contrario; que, por esta razón, para usar el lenguaje del Dr. Whitby, sería sensiblemente irrazonable que la naturaleza humana fuera recompensada por ninguna de estas cosas!
Según esta doctrina, aquella criatura que la Escritura presenta evidentemente como el primogénito de toda criatura, como quien tiene en todo la preeminencia, y como la más alta de todas las criaturas en virtud, honor y dignidad de estima, alabanza y gloria a causa de su virtud, es menos digna de recompensa o de alabanza que el más pequeño de los santos; sí, no más digna que un reloj o una mera máquina, que es puramente pasiva y se mueve por necesidad natural.
Si juzgamos por las representaciones que la Escritura hace de las cosas, tenemos razón para suponer que Cristo tomó nuestra naturaleza y habitó con nosotros en este mundo, en un estado de sufrimiento, no solo para satisfacer por nuestros pecados, sino para que, estando en nuestra naturaleza y en nuestras circunstancias, y bajo nuestras pruebas, fuera nuestro ejemplo, guía y capitán más idóneo y apropiado en el ejercicio de una virtud gloriosa y victoriosa, y fuera un ejemplo visible del glorioso fin y recompensa de ella; para que viéramos en él la belleza, el encanto, el verdadero honor y gloria y el inmenso beneficio de aquella virtud que es propio que nosotros, seres humanos, practiquemos; y para que así aprendiéramos y fuéramos animados a buscar semejante gloria y honor, y a obtener semejante gloriosa recompensa. (Véase Hebreos 2:9–14 con 5:8, 9 y 12:1, 2, 3; Juan 15:10; Romanos 8:17; 2 Timoteo 2:11, 12; 1 Pedro 2:19, 20 y 4:1–3.) Pero si no hubo nada de virtud ni de mérito, ni dignidad alguna de recompensa, gloria, alabanza o encomio en todo lo que hizo, porque todo era necesario y él no podía evitarlo, ¿cómo hay aquí algo tan apropiado para animarnos e incitarnos a nosotros, criaturas libres, a buscar, perseverando en hacer el bien, honra, gloria y virtud?
Dios habla de sí mismo como especialmente complacido en la justicia de este siervo distinguido (Isaías 42:21): «El Señor se complació por amor de su justicia». De los sacrificios antiguos se habla como de olor grato a Dios, pero de la obediencia de Cristo como mucho más aceptable que ellos (Salmo 40:6, 7): «Sacrificio y ofrenda no te agradan; has abierto mis oídos [como a tu siervo que rinde obediencia voluntaria]; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo [como siervo que responde de buen grado al llamado de su amo]: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón». (Mateo 17:5): «Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia». Y Cristo nos dice expresamente que el Padre lo ama por aquel admirable ejemplo de su obediencia, su entrega voluntaria a la muerte en cumplimiento del mandamiento del Padre (Juan 10:17, 18): «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida: — Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo — Este mandamiento recibí de mi Padre».
Y si no hubo mérito en la obediencia de Cristo hasta la muerte, si no fue digna de alabanza y de las más gloriosas recompensas, las huestes celestiales estaban sumamente equivocadas, según el relato que se da de ellas (Apocalipsis 5:8–12): «Los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso; — y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado.— Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era miríadas de miríadas, y millares de millares, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, y las riquezas, y la sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria, y la alabanza».
Cristo habla de la vida eterna que había de recibir como recompensa de su obediencia a los mandamientos del Padre (Juan 12:49, 50): «Yo no he hablado por mi propia cuenta; sino que el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho». — Dios promete darle parte con los grandes, &c., por haber sido su siervo justo, por su gloriosa virtud bajo tan grandes pruebas y aflicciones (Isaías 53:11, 12): «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte». Las Escrituras representan a Dios recompensándolo muy por encima de todos sus demás siervos (Filipenses 2:7–9): «Tomó forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre». (Salmo 45:7): «Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros».
No hay lugar para pretender que los gloriosos beneficios otorgados como consecuencia de la obediencia de Cristo no tienen propiamente la naturaleza de una recompensa. ¿Qué es una recompensa, en el sentido más propio, sino un beneficio otorgado como consecuencia de algo moralmente excelente en la cualidad o en la conducta, en testimonio de complacencia en esa excelencia moral, y de respeto y favor por esa causa? Si consideramos la naturaleza de una recompensa del modo más estricto, y la llevamos a su máxima expresión, y añadimos a lo contenido en esta descripción el mérito o la dignidad propiamente dichos, y el otorgamiento del beneficio como consecuencia de una promesa, aun así se hallará que no hay nada que le pertenezca que la Escritura no atribuya del modo más expreso a la gloria otorgada a Cristo después de sus sufrimientos, como se desprende de lo ya observado: hubo un beneficio glorioso otorgado como consecuencia de algo moralmente excelente, que es llamado Justicia y Obediencia; hubo gran favor, amor y complacencia, por esta justicia y obediencia, en quien lo otorgó; hubo mérito propiamente dicho, o dignidad del beneficio, en la obediencia; fue otorgado en cumplimiento de promesas hechas a esa obediencia; y fue otorgado por eso, o porque él había rendido esa obediencia.
Puedo añadir a todo esto que Jesucristo, mientras estuvo aquí en la carne, se halló manifiestamente en un estado de prueba. El postrer Adán, como se llama a Cristo (1 Corintios 15:45; Romanos 5:14), al tomar la naturaleza humana, y así la forma de siervo, y al estar bajo la ley para presentarse y obrar por nosotros, fue puesto en un estado de prueba, como lo fue el primer Adán.— El Dr. Whitby menciona estas tres cosas como evidencias de que las personas se hallan en un estado de prueba (en Los cinco puntos, p. 298, 299): a saber, que se hable de sus aflicciones como de sus pruebas o tentaciones, que sean sujetos de promesas y que estén expuestas a las tentaciones de Satanás. Pero Cristo fue manifiestamente sujeto de cada una de ellas. De las promesas que se le hicieron ya he hablado. Las dificultades y aflicciones que encontró en el curso de su obediencia se llaman sus tentaciones o pruebas (Lucas 22:28): «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones o pruebas». (Hebreos 2:18): «Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado [o probado], es poderoso para socorrer a los que son tentados». Y (capítulo 4:15): «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». Y en cuanto a que fue tentado por Satanás, es algo que nadie discutirá.
Capítulo 20 completado
Sección II. Los actos de la voluntad del alma humana de Jesucristo, necesariamente santos y, sin embargo, verdaderamente virtuosos, dignos de alabanza y de recompensa, etc.