La libertad de la voluntad
Sección I. La excelencia moral de Dios es necesaria y, sin embargo, virtuosa y digna de alabanza

Capítulo 19 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

Sección I. La excelencia moral de Dios es necesaria y, sin embargo, virtuosa y digna de alabanza

Sección I.

La excelencia moral de Dios es necesaria y, sin embargo, virtuosa y digna de alabanza.

Habiendo considerado lo primero que me propuse, relativo a esa libertad de la voluntad que sostienen los arminianos, a saber, si tal cosa existe, ha existido alguna vez o puede llegar a existir, paso ahora a lo segundo que me propuse como objeto de investigación, a saber, si semejante clase de libertad es requisito para la agencia moral, la virtud y el vicio, la alabanza y la censura, la recompensa y el castigo, etc.

Comenzaré con alguna consideración de la virtud y la agencia del supremo Agente moral, Fuente de toda agencia y de toda virtud.

El Dr. Whitby, en su Discurso sobre los cinco puntos (p. 14), dice: «Si todas las acciones humanas son necesarias, la virtud y el vicio han de ser nombres vacíos, pues no seríamos capaces de nada que sea censurable o que merezca alabanza; porque ¿quién puede censurar a una persona por hacer solo lo que no podía evitar, o juzgar que merece alabanza solo por lo que no podía dejar de hacer?». En el mismo sentido habla en innumerables lugares, especialmente en su Discurso sobre la libertad de la voluntad, sosteniendo constantemente que una libertad no solo de coacción, sino también de necesidad, es absolutamente requisito para que las acciones sean dignas de censura o merecedoras de alabanza. Y con esto concuerda, como es bien sabido, la doctrina corriente de los escritores arminianos, quienes en general sostienen que sin esta libertad no hay virtud ni vicio, recompensa ni castigo, nada que encomiar ni censurar. Y, sin embargo, el Dr. Whitby (p. 300) admite que Dios carece de esta libertad; y los arminianos, hasta donde he tenido ocasión de observar, reconocen generalmente que Dios es necesariamente santo y que su voluntad está necesariamente determinada a lo que es bueno.

De modo que, juntando estas cosas, el Dios infinitamente santo —que el pueblo de Dios siempre ha tenido no solo por virtuoso, sino por un Ser en quien está toda virtud posible, en la más absoluta pureza y perfección, resplandor y amabilidad; el modelo más perfecto de virtud, de quien toda la virtud de los demás no es sino como rayos que proceden del sol; y de quien se ha supuesto (pues así se le representa en todas partes en la Escritura) que, a causa de su virtud y santidad, es infinitamente más digno de ser estimado, amado, honrado, admirado, encomiado, ensalzado y alabado que cualquier criatura—, este Ser, según esta noción del Dr. Whitby y de otros arminianos, no tiene virtud alguna; la virtud, cuando se le atribuye, no es sino un nombre vacío; y no merece encomio ni alabanza alguna, porque está bajo necesidad, no puede dejar de ser santo y bueno como es; por tanto, no hay por qué agradecérselo. Parece que la santidad, la justicia, la fidelidad, etc., del Altísimo no deben tenerse por de la naturaleza de lo que es virtuoso y digno de alabanza. No negarán que estas cosas son buenas en Dios; pero entonces hemos de entender que no son más virtuosas, ni de la naturaleza de nada encomiable, que el bien que hay en cualquier otro ser que no es agente moral: así como el resplandor del sol y la fertilidad de la tierra son buenos, pero no virtuosos, porque estas propiedades son necesarias a esos cuerpos y no fruto de un poder autodeterminante.

Para los cristianos familiarizados con la Biblia, esta noción no necesita otra refutación que la de exponerla y presentarla en detalle. Aducir textos de la Escritura en los que se presenta a Dios como virtuoso en todo respecto y en el más alto grado, y supremamente digno de alabanza, sería interminable, y es del todo innecesario para quienes se han criado a la luz del evangelio.

Sería de desear que el Dr. Whitby y otros teólogos de la misma clase se hubieran explicado cuando afirmaron que lo que es necesario no merece alabanza, a la vez que reconocían que la perfección de Dios es necesaria, y presentaban así, en efecto, a Dios como no merecedor de alabanza. Ciertamente, si sus palabras tienen algún sentido, por alabanza han de entender el ejercicio o testimonio de estima, respeto o consideración honrosa. ¿Y dirán entonces que los hombres son dignos de esa estima, respeto y honra por su virtud, por pequeña e imperfecta que sea, de la cual, sin embargo, Dios no es digno por su infinita justicia, santidad y bondad? Si es así, ha de ser a causa de alguna clase de excelencia peculiar del hombre virtuoso, que es su prerrogativa, en la que realmente tiene la preferencia; alguna dignidad enteramente distinta de cualquier excelencia o amabilidad que haya en Dios; no en dependencia, sino en preeminencia; que, por tanto, no recibe de Dios, ni es Dios su fuente ni su modelo; ni puede Dios, en ese respecto, competir con él como objeto de honra y consideración; sino que el hombre puede reclamar una estima, un encomio y una gloria peculiares a los que Dios no puede tener pretensión alguna. Más aún, Dios no tiene derecho, en virtud de su santidad necesaria, a entrometerse en ese agradecido respeto y alabanza debidos al hombre virtuoso que elige la virtud en el ejercicio de una libertad ad utrumque, como tampoco lo tiene una piedra preciosa, que no puede dejar de ser dura y hermosa.

Y si es así, explíquese cuál es ese respeto peculiar debido al hombre virtuoso que difiere en naturaleza y en especie, por alguna forma de preeminencia, de todo lo que se debe a Dios. ¿Cuál es el nombre o la descripción de ese afecto peculiar? ¿Es estima, amor, admiración, honra, alabanza o gratitud? La Escritura presenta en todas partes a Dios como el objeto más alto de todos ellos: allí leemos del alma que engrandece al Señor, de «amarlo de todo el corazón, y de toda el alma, y de toda la mente, y de todas las fuerzas»; de admirarlo a él y sus actos de justicia, o de tenerlos en gran estima, como maravillosos y portentosos; de honrarlo, glorificarlo, exaltarlo, ensalzarlo, bendecirlo, darle gracias y alabarlo; de darle a él toda la gloria del bien que se hace o se recibe, antes que a los hombres, «para que ninguna carne se jacte en su presencia», sino que se le tenga por el Ser a quien se debe toda gloria. ¿Qué es, pues, ese respeto? ¿Qué pasión, afecto o ejercicio es ese que los arminianos llaman alabanza, distinto de todas estas cosas, del cual los hombres son dignos por su virtud, y del cual Dios no es digno en ningún grado?

Si esa necesidad que acompaña a las perfecciones y acciones morales de Dios es tan incompatible con ser digno de alabanza como una necesidad de coacción —como se implica claramente en el discurso del Dr. Whitby o se infiere de él—, entonces ¿por qué habríamos de dar gracias a Dios por su bondad más que si estuviera forzado a ser bueno, o más de lo que daríamos gracias a uno de nuestros semejantes que nos hiciera bien, no libremente y de buena voluntad, ni por bondad de corazón, sino por mera compulsión o necesidad extrínseca? Los arminianos suponen que Dios es necesariamente un ser bueno y lleno de gracia, pues hacen de esto el fundamento de algunos de sus principales argumentos contra muchas doctrinas sostenidas por los calvinistas; dicen que estas son ciertamente falsas, y que es imposible que sean verdaderas, porque no son compatibles con la bondad de Dios. Esto supone que es imposible que Dios no sea bueno; porque si es posible que sea de otro modo, entonces, según su propio argumento, cesa esa imposibilidad de que tales doctrinas sean verdaderas.

Que la virtud en Dios no sea, en el sentido más propio, recompensable no se debe a falta de mérito en sus perfecciones y acciones morales, suficiente para merecer recompensas de sus criaturas, sino a que él está infinitamente por encima de toda capacidad de recibir recompensa alguna. Ya es infinita e inmutablemente feliz, y nosotros no podemos serle de provecho. Pero aun así es digno de nuestra suprema benevolencia por su virtud; y sería digno de nuestra beneficencia, que es el fruto y la expresión de la benevolencia, si nuestro bien pudiera alcanzarle. Si Dios merece que se le den gracias y se le alabe por su bondad, merecería, por la misma razón, que también le correspondiéramos por su bondad, si eso fuera posible. «¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios?» es el lenguaje natural de la gratitud; y, en cuanto está de nuestra parte, es nuestro deber corresponder conforme a los beneficios recibidos. Y para que tuviéramos ocasión de una expresión tan natural de nuestra gratitud a Dios como es la beneficencia, a pesar de estar él infinitamente fuera de nuestro alcance, ha designado a otros para que sean sus receptores y ocupen su lugar como objetos de nuestra beneficencia; tales son, especialmente, nuestros hermanos necesitados.

Página 1 / 1 · 8 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente