Capítulo 2 · 18 min de lectura · 23 min de escucha
Sección II. Sobre la determinación de la voluntad
Sección II.
Sobre la determinación de la voluntad.
Por determinar la voluntad, si la expresión se usa con algún significado, ha de entenderse causar que el acto de la voluntad, o elección, sea así y no de otro modo; y se dice que la voluntad está determinada cuando, como consecuencia de alguna acción o influencia, su elección se dirige hacia un objeto particular y se fija en él. Del mismo modo que, cuando hablamos de la determinación del movimiento, queremos decir causar que el movimiento de un cuerpo vaya en tal dirección antes que en otra.
La determinación de la voluntad supone un efecto, el cual ha de tener una causa. Si la voluntad está determinada, hay un determinante. Esto ha de suponerse que lo dan a entender incluso quienes dicen que la voluntad se determina a sí misma. Si es así, la voluntad es a la vez determinante y determinada; es una causa que actúa y produce efectos sobre sí misma, y es el objeto de su propia influencia y acción.
Respecto a esa gran cuestión, «¿Qué determina la voluntad?», sería muy tedioso, e innecesario por ahora, examinar todas las diversas opiniones que se han propuesto acerca de este asunto; ni hace falta que entre en una discusión particular de todos los puntos debatidos en las disputas sobre aquella otra cuestión, «¿Sigue siempre la voluntad el último dictamen del entendimiento?». Para mi propósito presente basta con decir que lo que determina la voluntad es aquel motivo que, tal como se presenta a la vista de la mente, es el más fuerte. Pero quizá sea necesario que explique un poco lo que quiero decir.
Por motivo entiendo todo aquello que mueve, excita o invita a la mente a la volición, ya sea una sola cosa aislada o muchas cosas juntas. Muchas cosas particulares pueden concurrir y unir su fuerza para inducir a la mente; y, cuando así sucede, todas juntas son como un único motivo complejo. Y cuando hablo del motivo más fuerte, me refiero a la fuerza del conjunto que opera para inducir un acto particular de volición, ya sea la fuerza de una sola cosa o la de muchas juntas.
Todo lo que objetivamente es un motivo, en este sentido, ha de ser algo que exista en la vista o aprehensión del entendimiento, o facultad perceptiva. Nada puede inducir o invitar a la mente a querer o hacer cosa alguna más allá de lo que es percibido, o de lo que está de un modo u otro a la vista de la mente; porque lo que es del todo impercibido y está perfectamente fuera de la vista de la mente no puede afectarla en absoluto. Es evidentísimo que nada está en la mente, ni llega a ella, ni hace presa alguna en ella, de otro modo que en cuanto es percibido o pensado.
Y creo que todos deben admitir también que todo aquello que propiamente se llama motivo, estímulo o incentivo para un agente que percibe y quiere tiene alguna clase y grado de tendencia, o ventaja, para mover o excitar la voluntad, anterior al efecto, o al acto de la voluntad que es excitado. Esta tendencia previa del motivo es lo que llamo la fuerza del motivo. Aquel motivo que tiene un grado menor de ventaja previa, o de tendencia a mover la voluntad, o que parece menos atractivo tal como se presenta a la vista de la mente, es lo que llamo un motivo más débil. Por el contrario, aquel que parece más atractivo y que, por lo que de él aparece al entendimiento o a la aprehensión, tiene el mayor grado de tendencia previa a excitar e inducir la elección, es lo que llamo el motivo más fuerte. Y en este sentido supongo que la voluntad está siempre determinada por el motivo más fuerte.
Las cosas que existen a la vista de la mente tienen su fuerza, tendencia o ventaja para mover o excitar su voluntad a partir de muchas cosas que pertenecen a la naturaleza y circunstancias de la cosa vista, a la naturaleza y circunstancias de la mente que ve, y al grado y modo de su visión; de todo lo cual quizá sería difícil hacer una enumeración perfecta. Pero creo que, en general, puede establecerse sin lugar a controversia lo siguiente: todo lo que es percibido o aprehendido por un agente inteligente y voluntario, y que tiene la naturaleza e influencia de un motivo para la volición o elección, es considerado o visto como bueno; y no tiene tendencia alguna a ganar la elección del alma en mayor grado que aquel en que parece serlo. Porque decir lo contrario sería decir que las cosas que aparecen tienen una tendencia, por la apariencia que presentan, a mover a la mente a elegirlas de algún otro modo que no sea el parecerle elegibles; lo cual es absurdo. Y, por tanto, ha de ser verdad, en algún sentido, que la voluntad es siempre conforme al mayor bien aparente. Solo que, para entender esto correctamente, deben observarse bien y por separado dos cosas.
1. Debe observarse en qué sentido uso el término «bueno», a saber, como de igual significado que «agradable». Parecer bueno a la mente, tal como uso la expresión, es lo mismo que parecerle agradable, o resultarle grato. Ciertamente, nada parece atractivo y elegible a la mente, ni tiende a ganar su inclinación y elección, si se considera como malo o desagradable; ni tampoco, en verdad, si se considera indiferente, ni agradable ni desagradable. Antes bien, si tiende a atraer la inclinación y mover la voluntad, ha de ser bajo la noción de aquello que conviene a la mente. Y, por tanto, ha de tener la mayor tendencia a atraerla y ganarla aquello que, tal como se presenta a la vista de la mente, mejor le conviene y más le agrada; y, en ese sentido, es el mayor bien aparente. Decir lo contrario no está lejos, si es que lo está en algo, de una contradicción directa y manifiesta.
La palabra «bueno», en este sentido, incluye en su significado la remoción o evitación del mal, o de aquello que es desagradable e inquietante. Es agradable y grato evitar lo que es desagradable y molesto, y ver removida la inquietud. De modo que aquí queda incluido lo que el señor Locke supone que determina la voluntad. Porque, cuando habla de la «inquietud» como aquello que determina la voluntad, ha de entenderse que supone que el fin o propósito que gobierna en la volición, o acto de preferencia, es evitar o remover esa inquietud; y eso es lo mismo que elegir y buscar lo que es más cómodo y agradable.
2. Cuando digo que la voluntad es conforme al mayor bien aparente, o (como lo he explicado) que la volición tiene siempre por objeto la cosa que parece más agradable, debe observarse con cuidado, para evitar confusiones y objeciones innecesarias, que hablo del objeto directo e inmediato del acto de volición, y no de algún objeto con el cual el acto de la voluntad tiene solo una relación indirecta y remota. Muchos actos de volición tienen alguna relación remota con un objeto que es diferente de la cosa querida y elegida de modo más inmediato. Así, cuando un borracho tiene su licor delante y ha de elegir si beberlo o no, los objetos inmediatos de los que se ocupa su volición presente, y entre los cuales su elección decide ahora, son sus propios actos de beber el licor o de dejarlo; y esto se hará ciertamente según lo que, en la vista presente de su mente, tomada en su totalidad, le resulte más agradable. Si elige beberlo y no dejarlo, entonces esta acción, tal como se presenta a la vista de su mente, con todo lo que pertenece a su apariencia allí, es más agradable y grata que dejarlo.
Pero los objetos con los que este acto de volición puede relacionarse más remotamente, y entre los cuales su elección puede decidir más indirectamente, son el placer presente que el hombre espera al beber y la desdicha futura que juzga que será su consecuencia; puede juzgar que esa desdicha futura, cuando llegue, será más desagradable e ingrata de lo que sería ahora abstenerse de beber. Pero estas dos cosas no son los objetos propios de los que se ocupa en primer término el acto de volición del que hablamos. Porque el acto de la voluntad del que hablamos se refiere a beber ahora, o abstenerse de beber. Si quiere beber, entonces beber es el objeto propio del acto de su voluntad; y beber, por una u otra razón, le parece ahora lo más agradable y lo que mejor le conviene. Si elige abstenerse, entonces abstenerse es el objeto inmediato de su voluntad, y es lo que más le agrada. Si, en la elección que hace en ese caso, prefiere un placer presente a una ventaja futura que juzga que será mayor cuando llegue, entonces un placer presente menor le parece más agradable que una ventaja mayor a distancia. Si, por el contrario, se prefiere una ventaja futura, entonces esta es la que parece más agradable y la que mejor le conviene. Y así, una vez más, la volición presente es conforme al mayor bien aparente en el presente.
He preferido expresarme así, «que la voluntad es siempre conforme al mayor bien aparente», o «conforme a lo que parece más agradable», antes que decir «que la voluntad está determinada por el mayor bien aparente», o «por lo que parece más agradable», porque el que algo parezca lo más agradable a la mente y el que la mente lo prefiera apenas parecen distintos. Si se insiste en la estricta propiedad del lenguaje, puede decirse con más propiedad que la acción voluntaria, que es la consecuencia inmediata de la elección de la mente, está determinada por lo que parece más agradable, antes que la elección misma; pero que la volición misma está siempre determinada por aquello que, en la vista que la mente tiene del objeto o en torno a ella, hace que este parezca lo más agradable. Digo «en la vista que la mente tiene del objeto o en torno a ella» porque lo que influye para que un objeto a la vista resulte agradable no es solo lo que aparece en el objeto visto, sino también el modo de verlo y el estado y las circunstancias de la mente que lo ve. Enumerar en particular todas las cosas pertenecientes a la vista que la mente tiene de los objetos de la volición, y que influyen en que estos le parezcan agradables, sería asunto de no poca dificultad, podría requerir un tratado aparte y no es necesario para mi propósito presente. Por tanto, solo mencionaré algunas cosas en general.
I. Una cosa que hace agradable un objeto propuesto a la elección es la naturaleza aparente y las circunstancias del objeto. Y hay diversas cosas de esta clase que influyen en que el objeto resulte más o menos agradable; como: 1. Lo que aparece en el objeto y lo hace hermoso y grato, o deforme y enojoso a la mente, viéndolo tal como es en sí mismo.
2. El grado aparente de placer o molestia que acompaña al objeto, o que es consecuencia de él. Tales concomitantes y consecuencias, al ser vistos como circunstancias del objeto, han de considerarse como pertenecientes a él y como si fueran partes de él, tal como se presenta a la vista de la mente como objeto propuesto a la elección.
3. El estado aparente del placer o la molestia que aparece, respecto a la distancia en el tiempo, según esté más cerca o más lejos. Es cosa en sí misma agradable a la mente tener el placer pronto, y desagradable que se demore; de modo que, si se ponen a la vista de la mente dos grados iguales de placer, y todas las demás cosas son iguales, pero uno se contempla como cercano y el otro como lejano, el más cercano parecerá más agradable y, por tanto, será elegido. Porque, aunque lo agradable de los objetos sea exactamente igual vistos en sí mismos, no lo es vistos en sus circunstancias, ya que uno de ellos tiene el atractivo adicional de la circunstancia de la cercanía.
II. Otra cosa que contribuye a lo agradable de un objeto de elección, tal como se presenta a la vista de la mente, es el modo de verlo. Si el objeto es algo que aparece conectado con un placer futuro, no solo influirá el grado de placer aparente, sino también el modo de verlo, especialmente en dos aspectos.
1. Respecto al grado de asentimiento con que la mente juzga que el placer es futuro. Porque es más agradable tener una felicidad cierta que una incierta; y un placer visto como más probable, siendo iguales todas las demás cosas, es más agradable a la mente que uno visto como menos probable.
2. Respecto al grado de la idea o aprehensión del placer futuro. En cuanto a las cosas que son objeto de nuestros pensamientos, ya sean pasadas, presentes o futuras, tenemos de unas mucha más idea o aprehensión que de otras; es decir, nuestra idea es mucho más clara, viva y fuerte. Así, las ideas que tenemos de las cosas sensibles por sensación inmediata suelen ser mucho más vivas que las que tenemos por mera imaginación, o por contemplarlas cuando están ausentes. Mi idea del sol cuando lo miro es más vívida que cuando solo pienso en él. Nuestra idea del dulce sabor de una fruta deliciosa suele ser más fuerte cuando la probamos que cuando solo la imaginamos. Y a veces las ideas que tenemos de las cosas por contemplación son mucho más fuertes y claras que en otras ocasiones. Así, un hombre tiene en un momento una idea mucho más fuerte del placer que ha de disfrutar comiendo cierta clase de alimento que le gusta que en otro. Ahora bien, la fuerza de la idea, o el sentido que los hombres tienen del bien o del mal futuros, es una cosa que tiene gran influencia en su mente para excitar la volición. Cuando se presentan para la elección dos clases de placer futuro, aunque el juicio suponga que ambos son exactamente iguales, y ambos igualmente ciertos, si la mente tiene de uno un sentido mucho más vivo que del otro, este último tiene con mucho la mayor ventaja para afectar y atraer la mente y mover la voluntad. Le es ahora más agradable a la mente tomar el placer del que tiene un sentido fuerte y vivo que aquel del que tiene solo una idea débil. La vista del primero va acompañada del apetito más fuerte, y la mayor inquietud acompaña su carencia; y es agradable a la mente ver removida su inquietud y satisfecho su apetito. Y si se presentan juntos varios goces futuros, como competidores por la elección de la mente, de los cuales unos se juzgan mayores y otros menores; teniendo además la mente una idea más viva del bien de unos y menos viva del de otros; y viéndose unos como de mayor certeza o probabilidad que otros; y pareciendo los goces que son más agradables en uno de estos aspectos menos agradables en los otros: en este caso, siendo iguales todas las demás cosas, lo agradable de un objeto propuesto a la elección estará, en cierto grado, compuesto de algún modo por el grado de bien que supone el juicio, el grado de probabilidad o certeza aparente de ese bien y el grado de viveza de la idea que la mente tiene de ese bien; porque todos juntos concurren a constituir el grado en que el objeto parece agradable en el presente, y conforme a ello se determinará la volición.
Podría observar además que el estado de la mente que ve un objeto propuesto a la elección es otra cosa que contribuye a que ese objeto resulte agradable o desagradable: el temperamento particular que la mente tiene por naturaleza, o que ha sido introducido y afianzado por la educación, el ejemplo, la costumbre o algún otro medio; o la disposición o estado en que se halla la mente en una ocasión particular. El objeto que a uno le parece agradable no se lo parece a otro. Y el mismo objeto no siempre parece igualmente agradable a la misma persona en momentos diferentes. A algunos hombres les es más agradable seguir su razón, y a otros seguir sus apetitos; a algunos les es más agradable negar una inclinación viciosa que satisfacerla; a otros lo que mejor les conviene es satisfacer los apetitos más viles. A algunos hombres les es más desagradable que a otros contrariar una resolución anterior. En estos aspectos, y en muchos otros que podrían mencionarse, cosas diferentes serán las más agradables para personas diferentes; y no solo eso, sino también para las mismas personas en momentos diferentes.
Pero quizá sea innecesario mencionar el «estado de la mente» como fundamento de lo agradable de los objetos, distinto de los otros dos mencionados antes, a saber, la naturaleza aparente y las circunstancias de los objetos vistos, y el modo de verlos. Quizá, si consideramos el asunto con rigor, el diferente temperamento y estado de la mente no altera lo agradable de los objetos de otro modo que en cuanto hace que los objetos mismos parezcan diversamente hermosos o deformes, acompañados de placer o dolor aparentes; y, en cuanto da ocasión a que el modo de verlos sea diferente, hace que la idea de belleza o deformidad, de placer o inquietud, sea más o menos viva. Sin embargo, creo que esto es cierto: que la volición, en ningún caso que pueda mencionarse, es de otro modo que conforme al mayor bien aparente, en el sentido que se ha explicado. La elección de la mente nunca se aparta de aquello que, en ese momento y respecto a los objetos directos e inmediatos de la decisión, parece más agradable y grato, consideradas todas las cosas. Si los objetos inmediatos de la voluntad son las propias acciones de un hombre, entonces quiere aquellas acciones que le parecen más agradables. Si ahora le es más agradable, consideradas todas las cosas, caminar, entonces ahora quiere caminar. Si ahora, en el conjunto de lo que de momento se le presenta, le es más agradable hablar, entonces elige hablar; si lo que mejor le conviene es guardar silencio, entonces elige guardar silencio. Apenas hay un dictamen más claro y universal del sentido y la experiencia de la humanidad que este: que cuando los hombres actúan voluntariamente y hacen lo que les place, hacen lo que mejor les conviene, o lo que les es más agradable. Decir que hacen lo que les place, pero no lo que les es agradable, es lo mismo que decir que hacen lo que les place, pero no obran según su gusto; y eso es decir que hacen lo que les place y, sin embargo, no hacen lo que les place.
De estas cosas se desprende que, en algún sentido, la voluntad sigue siempre el último dictamen del entendimiento. Pero entonces el entendimiento ha de tomarse en un sentido amplio, como algo que incluye toda la facultad de percepción o aprehensión, y no meramente lo que se llama razón o juicio. Si por el dictamen del entendimiento se entiende lo que la razón declara ser lo mejor, o lo que más conviene a la felicidad de la persona tomando la totalidad de su duración, no es verdad que la voluntad siga siempre el último dictamen del entendimiento. Tal dictamen de la razón es un asunto muy distinto de que las cosas parezcan ahora más agradables, reunidas todas las cosas que, en cualquier aspecto, pertenecen a las percepciones presentes de la mente; si bien ese dictamen de la razón, cuando tiene lugar, interviene en la influencia compuesta que mueve la voluntad, y debe tenerse en cuenta al estimar el grado de esa apariencia de bien que la voluntad sigue siempre, ya sea añadiendo su influencia a las otras cosas o sustrayéndola de ellas. Cuando tal dictamen de la razón concurre con otras cosas, su peso se añade al de ellas, como puesto en el mismo platillo de la balanza; pero cuando está en contra de ellas, es como un peso en el platillo opuesto, que resiste la influencia de las otras cosas; con todo, su resistencia es a menudo vencida por el mayor peso de estas, y así el acto de la voluntad queda determinado en oposición a él.
Espero que estas cosas sirvan, en alguna medida, para ilustrar y confirmar la proposición establecida al principio de esta sección, a saber, «que la voluntad está siempre determinada por el motivo más fuerte», o por aquella vista de la mente que tiene el mayor grado de tendencia previa a excitar la volición. Pero, haya tenido o no el acierto de explicar correctamente en qué consiste la fuerza de los motivos, mi fallo en esto no derribará la proposición misma, que lleva consigo gran parte de su propia evidencia y es un punto de capital importancia para el propósito del discurso que sigue; y su verdad, espero, aparecerá con gran claridad antes de que haya terminado lo que tengo que decir sobre el tema de la libertad humana.
Capítulo 2 completado
Sección II. Sobre la determinación de la voluntad