Capítulo 18 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
Sección XIII. Ya supongamos que las voliciones de los agentes morales están conectadas con algo antecedente, ya que no, en todo caso han de ser necesarias en un sentido tal que derriba la libertad arminiana
Sección XIII.
Ya supongamos que las voliciones de los agentes morales están conectadas con algo antecedente, ya que no, en todo caso han de ser necesarias en un sentido tal que derriba la libertad arminiana.
Todo acto de la voluntad tiene una causa, o no la tiene. Si tiene una causa, entonces, según lo ya demostrado, no es contingente, sino necesario, pues el efecto depende necesariamente de su causa y se sigue necesariamente de ella, sea cual sea esa causa. Si la causa es la voluntad misma, que elige y determina mediante actos antecedentes, aun así el acto determinado y causado ha de ser un efecto necesario. El acto que es el efecto determinado del acto anterior, que es su causa, no puede impedir la eficiencia de su causa, sino que ha de estar enteramente sujeto a su determinación y mandato, tanto como los movimientos de las manos y los pies. Los actos consiguientes de la voluntad que son mandados son tan pasivos y tan necesarios, con respecto a los actos antecedentes que los determinan, como lo son las partes del cuerpo respecto de las voliciones que las determinan y les mandan. Y, por tanto, si todos los actos libres de la voluntad son efectos determinados por la voluntad misma, es decir, por una elección antecedente, entonces todos son necesarios; todos están sujetos al acto anterior que es su causa, y decisivamente fijados por él; sí, incluso el mismo acto determinante, pues este ha de ser determinado y fijado por otro acto que lo preceda, si es un acto libre y voluntario, y así ha de ser necesario. De modo que, por esto, todos los actos libres de la voluntad son necesarios, y no pueden ser libres a menos que sean necesarios, porque no pueden ser libres, según la noción arminiana de la libertad, a menos que sean determinados por la voluntad; y esto es ser determinados por una elección antecedente, la cual, siendo su causa, prueba que son necesarios. Y, sin embargo, dicen que la necesidad es del todo incompatible con la libertad. De modo que, según su sistema, los actos de la voluntad no pueden ser libres a menos que sean necesarios, ¡y, sin embargo, no pueden ser libres si son necesarios!
Pero si se toma la otra parte del dilema —que los actos libres de la voluntad no tienen causa y no están conectados con nada en absoluto que los preceda y los determine, a fin de mantener su contingencia propia y absoluta— y se concede que esto es posible, aun así no les servirá de nada. Porque si la volición sucede por pura contingencia y sin causa alguna, entonces es cierto que ningún acto de la voluntad, ningún acto previo del alma, fue la causa; ninguna determinación o elección del alma tuvo parte en ello. La voluntad, o el alma, fue ciertamente el sujeto de lo que le sucedió accidentalmente, pero no fue la causa. La voluntad no es activa al causar o determinar, sino puramente el sujeto pasivo; al menos, según su noción de acción y pasión. En este caso, la contingencia impide la determinación de la voluntad tanto como una causa propiamente dicha; y, en cuanto a la voluntad, la volición fue necesaria y no podía ser de otro modo. Porque suponer que podría haber sido de otro modo, si a la voluntad o al alma le hubiera placido, es suponer que el acto depende de algún acto previo de elección o de beneplácito, contrariamente a lo que ahora se supone; es suponer que podría haber sido de otro modo si su causa lo hubiera ordenado de otro modo. Pero esto no concuerda con que no tenga causa ni ordenador alguno. Ha de ser necesario, en cuanto al alma, aquello que no depende de ningún acto libre del alma; pero lo que carece de causa no depende de ningún acto libre del alma, porque, por la suposición, no depende de nada y no está conectado con nada. En tal caso, el alma está necesariamente sujeta a lo que el azar va trayendo de tiempo en tiempo, tanto como la tierra inerte está necesariamente sujeta a lo que cae sobre ella. Pero esto no es compatible con la noción arminiana de la libertad, que es el poder de la voluntad de determinarse a sí misma en sus propios actos, y de ser enteramente activa en ello, sin pasividad y sin estar sujeta a la necesidad.— Así, la contingencia pertenece a la noción arminiana de la libertad y, sin embargo, es incompatible con ella.
Quisiera observar aquí que el autor del Ensayo sobre la libertad de la voluntad, en Dios y en la criatura (pp. 76, 77) dice lo siguiente: «La palabra azar significa siempre algo hecho sin designio. El azar y el designio están en oposición directa el uno al otro; y el azar nunca puede aplicarse con propiedad a los actos de la voluntad, que es el manantial de todo designio, y que se propone elegir cuanto elige, haya o no alguna conveniencia superior en la cosa que elige; y se propone determinarse a una cosa, cuando se le proponen dos cosas perfectamente iguales, meramente porque quiere». Pero en esto aparece una inadvertencia muy grande. Porque si la voluntad es el manantial de todo designio, como él dice, entonces ciertamente no siempre es el efecto de un designio; y los actos mismos de la voluntad han de suceder a veces sin brotar de un designio, y, en consecuencia, suceder por azar, según su propia definición del azar. Y si la voluntad se propone elegir cuanto elige, y se propone determinarse a sí misma, como él dice, entonces se propone determinar todos sus designios. Lo cual nos hace retroceder de un designio a un designio anterior que lo determina, y a otro que determina a este, y así in infinitum. El primerísimo designio ha de ser efecto de un designio anterior, o de lo contrario ha de ser por azar, según su noción del mismo.
Aquí puede proponerse otra alternativa, relativa a la conexión de los actos de la voluntad con algo anterior que es su causa, no muy distinta de la otra, y es esta: o bien la libertad humana puede muy bien coexistir con que las voliciones estén necesariamente conectadas con las percepciones del entendimiento, y así es compatible con la necesidad; o bien es incompatible con tal conexión y necesidad, y contraria a ellas. Lo primero subvierte directamente la noción arminiana de la libertad, que consiste en estar libre de toda necesidad. Y si se elige lo segundo, y se dice que la libertad es incompatible con cualquier conexión necesaria de la volición con las percepciones anteriores del entendimiento, puesto que consiste en estar libre de toda necesidad de la voluntad como la que tal conexión implicaría, entonces la libertad del alma consiste, al menos en parte, en estar libre de la restricción, limitación y gobierno del entendimiento en sus actuaciones, y en la libertad y propensión a obrar en contra de las percepciones y dictados del entendimiento; y, en consecuencia, cuanto más tenga el alma de esta desvinculación en su obrar, tanta más libertad tendrá. Considérese ahora a qué queda reducido este noble principio de la libertad humana, particularmente cuando se posee y se disfruta en su perfección, a saber: una libertad plena y perfecta, y una propensión, a obrar enteramente al azar, sin la menor conexión con ningún dictado de la razón ni con cosa alguna aprehendida, considerada o percibida por el entendimiento, ni restricción ni gobierno por parte de ellos, por ser incompatible con la soberanía plena y perfecta de la voluntad sobre sus propias determinaciones.— La noción que la humanidad se ha formado de la libertad es la de cierta dignidad o privilegio, algo digno de reclamarse. Pero ¿qué dignidad o privilegio hay en estar entregado a una contingencia tan desatinada como esta, en estar perfecta y constantemente expuesto a obrar irracionalmente, y tan sin la guía del entendimiento como si no lo tuviéramos, o estuviéramos tan desprovistos de percepción como el humo que arrastra el viento?
Capítulo 18 completado
Sección XIII. Ya supongamos que las voliciones de los agentes morales están conectadas con algo antecedente, ya que no, en todo caso han de ser necesarias en un sentido tal que derriba la libertad arminiana