La libertad de la voluntad
Sección IX. De la conexión de los actos de la voluntad con los dictámenes del entendimiento

Capítulo 14 · 16 min de lectura · 20 min de escucha

Sección IX. De la conexión de los actos de la voluntad con los dictámenes del entendimiento

Sección IX.

De la conexión de los actos de la voluntad con los dictámenes del entendimiento.

ES manifiesto que ningún Acto de la Voluntad es contingente en el sentido de estar libre de toda necesidad, o de modo que no sea necesario con una necesidad de consecuencia y Conexión; porque todo Acto de la Voluntad está de algún modo conectado con el Entendimiento, y es conforme al mayor bien aparente, de la manera que ya se ha explicado; a saber, que el alma siempre quiere o elige aquello que, en la visión presente de la mente, considerada en la totalidad de esa visión y en todo lo que a ella pertenece, parece más agradable. Porque, como antes se observó, nada es más evidente que esto: que cuando los hombres actúan voluntariamente y hacen lo que les place, hacen lo que les parece más agradable; y decir lo contrario equivaldría a afirmar que los hombres no eligen lo que les parece convenirles más, o lo que les parece más grato; o que no eligen lo que prefieren. Lo cual reduce el asunto a una contradicción.

Y así como es muy evidente en sí mismo que los Actos de la voluntad tienen alguna conexión con los dictámenes o las visiones del entendimiento, así también lo admiten algunos de los principales escritores arminianos, en particular el Dr. Whitby y el Dr. Samuel Clark. El Dr. Turnbull, aunque gran enemigo de la doctrina de la necesidad, admite lo mismo. En su Filosofía cristiana (p. 196) cita con mucha aprobación a otro filósofo, como de su mismo parecer, en estas palabras: «Ningún hombre (dice un excelente filósofo) emprende cosa alguna sino en virtud de alguna consideración u otra que le sirve de razón para lo que hace; y cualesquiera que sean las facultades que emplee, el Entendimiento, con la luz que tenga, bien o mal formada, guía constantemente; y por esa luz, verdadera o falsa, son dirigidas todas sus potencias operativas. La Voluntad misma, por absoluta e incontrolable que se la crea, nunca deja de obedecer a los dictámenes del entendimiento. Los templos tienen sus imágenes sagradas, y vemos qué influencia han tenido siempre sobre gran parte de la humanidad; pero, en verdad, las ideas e imágenes que hay en la mente de los hombres son los poderes invisibles que los gobiernan constantemente, y a ellas rinden todos universalmente una pronta sumisión». Pero deseo que ahora se considere con imparcialidad si esto guarda una justa coherencia con ellos mismos y con sus propias nociones de la libertad.

El Dr. Whitby supone claramente que los actos y determinaciones de la Voluntad siguen siempre a la visión que el entendimiento tiene del mayor bien que se ha de obtener o del mal que se ha de evitar; o, en otras palabras, que las determinaciones de la Voluntad siguen constante e infaliblemente a estas dos cosas en el Entendimiento: 1. El grado de bien que se ha de obtener y de mal que se ha de evitar, propuesto al entendimiento, y aprehendido, contemplado y advertido por él. 2. El grado de la aprehensión que el entendimiento tiene de ese bien o mal, el cual aumenta con la atención y la consideración. Que esta es una opinión en la que se muestra sumamente categórico (como lo es en toda opinión que sostiene en su controversia con los calvinistas), desdeñando la opinión contraria como absurda y contradictoria en sí misma, se verá por las siguientes palabras de su Discurso sobre los cinco puntos.

«Ahora bien, es cierto que lo que naturalmente hace percibir al Entendimiento es la evidencia propuesta y aprehendida, considerada o advertida: porque nada más puede requerirse para hacernos llegar al conocimiento de la verdad. Asimismo, lo que hace elegir a la Voluntad es algo aprobado por el Entendimiento y que, en consecuencia, aparece al alma como bueno. Y todo lo que rechaza es algo representado por el Entendimiento, y que así aparece a la Voluntad, como malo. De donde todo lo que Dios requiere de nosotros es, y solo puede ser, esto: desechar lo malo y escoger lo bueno. Por tanto, decir que la evidencia propuesta, aprehendida y considerada no basta para hacer que el Entendimiento apruebe; o que el mayor bien propuesto y el mayor mal amenazado, cuando se creen y se meditan por igual, no bastan para inclinar a la Voluntad a escoger el bien y rechazar el mal, es en efecto decir que aquello que es lo único que mueve a la Voluntad a elegir o a rechazar no basta para inclinarla a hacerlo; lo cual, siendo contradictorio en sí mismo, ha de ser por necesidad falso. Sea, pues, que tengamos naturalmente aversión a las verdades que se nos proponen en el evangelio; eso solo puede indisponernos para atender a ellas, pero no puede impedir nuestra convicción cuando las aprehendemos y les prestamos atención.— Sea que haya también en nosotros una renitencia al bien que debemos elegir; eso solo puede indisponernos para creer que lo es y para aprobarlo como nuestro bien supremo. Sea que seamos propensos al mal que deberíamos evitar; eso solo puede hacernos más difícil creer que es el peor de los males. Pero, con todo, lo que de veras creemos que es nuestro bien supremo seguirá siendo elegido; y lo que aprehendemos como el peor de los males será, mientras permanezcamos bajo esa convicción, rechazado por nosotros. Por tanto, para estos fines solo puede requerirse que el buen Espíritu ilumine de tal modo nuestro Entendimiento que, atendiendo a lo que tenemos delante y considerándolo, aprehendamos nuestro deber y nos convenzamos de él; y que las bendiciones del evangelio se nos propongan de tal modo que podamos discernir que son nuestro bien supremo, y las miserias con que amenaza, de tal modo que podamos convencernos de que son el peor de los males; para que elijamos las unas y rechacemos las otras».

Obsérvese aquí cuán clara y categóricamente se afirma que el mayor bien propuesto y el mayor mal amenazado, cuando se creen y se meditan por igual, bastan para inclinar a la voluntad a escoger el bien y rechazar el mal, y son lo único que mueve a la Voluntad a elegir o a rechazar; y que suponer lo contrario es contradictorio en sí mismo y, por tanto, ha de ser por necesidad falso; y que, entonces, lo que de veras creemos que es nuestro bien supremo seguirá siendo elegido, y lo que aprehendemos como el peor de los males será, mientras permanezcamos bajo esa convicción, rechazado por nosotros. Nada podría haberse dicho más a propósito para dar a entender plenamente que las determinaciones de la Voluntad han de seguir siempre a la iluminación, la convicción y la advertencia del Entendimiento con respecto al mayor bien y al mayor mal propuestos, contando tanto el grado de bien y de mal entendido como el grado de Entendimiento, advertencia y convicción de ese bien y ese mal propuestos; y que esto es así necesariamente y no puede ser de otro modo en ningún caso, puesto que se afirma que suponer que alguna vez sea de otro modo implica una contradicción.

Soy consciente de que lo que el Doctor pretende con estas afirmaciones va dirigido contra los calvinistas: mostrar, en oposición a ellos, que no hay necesidad de ninguna operación física del Espíritu de Dios sobre la Voluntad para cambiarla y determinarla a una buena elección, sino que la operación y la asistencia de Dios son solo morales, y consisten en sugerir ideas al Entendimiento; lo cual supone él que basta, si se atiende a esas ideas, para obtener infaliblemente el fin. Pero, cualquiera que fuese su designio, nada puede probar más directa y plenamente que toda determinación de la Voluntad, al elegir y al rechazar, es necesaria; en contra directamente de su propia noción de la libertad de la Voluntad. Porque si la determinación de la Voluntad sigue siempre, de esta manera, a la luz, la convicción y la visión del Entendimiento acerca del mayor bien y del mayor mal, y esto es lo único que mueve a la Voluntad, y es una contradicción suponer lo contrario, entonces es así necesariamente: la Voluntad sigue necesariamente esta luz o visión del entendimiento, no solo en algunos de sus actos, sino en todo acto de elegir y de rechazar. De modo que la Voluntad no se determina a sí misma en ninguno de sus propios actos; sino que todo acto de elección y de rechazo depende de alguna causa antecedente y está necesariamente conectado con ella; causa que no es la Voluntad misma, ni ningún acto suyo, ni cosa alguna perteneciente a esa facultad, sino algo que pertenece a otra facultad, cuyos actos preceden a la voluntad en todos sus actos, y los gobiernan y determinan.

Si aquí se replicara que, aunque es verdad que, según el Doctor, la determinación final de la Voluntad depende siempre de la convicción y advertencia que el Entendimiento tiene del mayor bien, y está infaliblemente conectada con ellas, los Actos de la voluntad no son, sin embargo, necesarios, porque esa convicción del Entendimiento depende primero de un Acto previo de la Voluntad, al determinarse a tomar en cuenta la evidencia presentada, por cuyo medio la mente obtiene aquel grado de convicción que es suficiente y eficaz para determinar la elección consiguiente y última de la Voluntad; y que la Voluntad, con respecto a ese acto previo por el que determina si atender o no, no es necesaria; y que en esto consiste la libertad de la Voluntad: en que, cuando Dios presenta suficiente luz objetiva, la Voluntad está en libertad de dirigir hacia ella la atención de la mente o no.

Nada puede ser más débil e irreflexivo que una réplica como esta. Porque ese Acto previo de la Voluntad, al determinarse a atender y considerar, sigue siendo un Acto de la Voluntad; si en él consiste la Libertad de la Voluntad, como se supone, entonces, siendo un Acto de la Voluntad, es un acto de elección o de rechazo. Y por tanto, si lo que el Doctor afirma es verdad, está determinado por alguna luz antecedente en el Entendimiento acerca del mayor bien o mal aparente. Porque él afirma que es esa luz lo único que mueve a la voluntad a elegir o a rechazar. Y por tanto la Voluntad ha de ser movida por ella al elegir atender a la luz objetiva ofrecida, con vistas a otro acto consiguiente de elección; de modo que este acto no es menos necesario que el otro. Y si suponemos otro Acto de la voluntad, anterior todavía a estos dos mencionados, que determine a ambos, también ese ha de ser un Acto de la Voluntad, un acto de elección; y así, por los mismos principios, ha de estar infaliblemente determinado por algún grado cierto de luz en el Entendimiento acerca del mayor bien. Y supongamos tantos Actos de la Voluntad, uno anterior a otro, como queramos; aun así, cada uno de ellos está necesariamente determinado por un cierto grado de luz en el entendimiento acerca del bien mayor y más digno de elección en ese caso; y así, ninguno de ellos es libre según la noción de libertad del Dr. Whitby. Y si se dice que la razón por la que los hombres no atienden a la luz que se les presenta son los malos hábitos contraídos por actos malos cometidos antes, por los cuales su mente queda indispuesta para considerar la verdad que se les presenta, la dificultad no se evita en absoluto: la pregunta sigue volviendo: ¿qué determinó a la Voluntad en esos actos malos anteriores? Según los principios del Dr. Whitby, ha de ser todavía la visión del Entendimiento acerca del mayor bien y del mayor mal. Si esta visión del Entendimiento es lo único que mueve a la Voluntad a elegir o a rechazar, como afirma el Doctor, entonces todo acto de elección o de rechazo, desde la primera existencia del hombre, es movido y determinado por esta visión; y esta visión del Entendimiento, que suscita y gobierna el acto, ha de ser anterior al acto. Y por tanto la Voluntad está necesariamente determinada, en cada uno de sus actos, desde la primera existencia del hombre, por una causa distinta de la voluntad, y una causa que no procede de ningún acto de la Voluntad ni depende de él en absoluto. Lo cual suprime de una vez por completo todo el esquema de Libertad de la Voluntad del Doctor; y él, de un solo golpe, ha cortado los nervios de todos sus argumentos tomados de la bondad, la justicia, la fidelidad y la sinceridad de Dios en sus mandamientos, promesas, amenazas, llamamientos, invitaciones y reconvenciones, de los que se sirve bajo los encabezamientos de la reprobación, la elección, la redención universal, la gracia suficiente y eficaz, y la libertad de la voluntad del hombre; y ha hecho vanas todas sus exclamaciones contra la doctrina de los calvinistas, como si acusara a Dios de manifiesta injusticia, infidelidad, hipocresía, engaño y crueldad.

El Dr. Samuel Clark, en su Demostración del ser y los atributos de Dios, para eludir el argumento que prueba la necesidad de la volición a partir de su Conexión necesaria con el último Dictamen del Entendimiento, supone que este no es diverso del Acto mismo de la voluntad. Pero, aunque sea así, eso no altera el caso en cuanto a la necesidad del Acto. Si el Dictamen del Entendimiento es lo mismo que la determinación de la Voluntad, como supone el Dr. Clark, entonces esta determinación no es fruto ni efecto de la elección; y si es así, ninguna libertad de elección tiene parte en ella: es necesaria; es decir, la elección no puede impedirla. Si el último Dictamen del Entendimiento es lo mismo que la determinación de la volición misma, entonces la existencia de esa determinación ha de ser necesaria en cuanto a la volición; puesto que la volición no puede tener oportunidad de determinar si ella existirá o no, ya que tiene existencia antes de que la volición tenga oportunidad de determinar cosa alguna. Es ella misma el surgimiento y la existencia misma de la volición. Pero una cosa, después de existir, no tiene oportunidad de determinar nada en cuanto a su propia existencia; es demasiado tarde para eso.

Si la libertad consiste en lo que suponen los arminianos, a saber, en que la voluntad determine sus propios actos, teniendo libre oportunidad y estando libre de toda necesidad, esto es lo mismo que decir que la libertad consiste en que el alma tenga poder y oportunidad de tener las determinaciones de la voluntad que le plazcan. Y si las determinaciones de la Voluntad y los últimos Dictámenes del Entendimiento son la misma cosa, entonces la libertad consiste en que la mente tenga poder y oportunidad de elegir sus propios Dictámenes del entendimiento. Pero esto es absurdo; porque es hacer de la determinación de la elección algo anterior al Dictamen del Entendimiento, y su fundamento; lo cual no puede avenirse con que el Dictamen del Entendimiento sea la determinación misma de la elección.

Aquí no hay otra alternativa que recurrir al viejo absurdo de una determinación anterior a otra, y causa de ella; y otra anterior, que determina a aquella; y así in infinitum. Si el último Dictamen del Entendimiento es la determinación misma de la Voluntad, y el alma es libre con respecto a ese Dictamen, según la noción arminiana de libertad, entonces el alma, antes de que exista ese dictamen de su Entendimiento, determina voluntariamente y según su propia elección, en cada caso, cuál ha de ser ese Dictamen del Entendimiento; de lo contrario, ese Dictamen es necesario en cuanto a la voluntad, y los actos determinados por él han de ser también necesarios. De modo que hay una determinación de la mente anterior a ese Dictamen del Entendimiento, un acto de elección que lo precede, que elige y determina cuál ha de ser ese Dictamen del Entendimiento; y este acto previo de elección, siendo un Acto libre de la Voluntad, ha de ser también lo mismo que otro último Dictamen del Entendimiento; y si la mente es libre también en ese Dictamen del Entendimiento, este ha de estar determinado a su vez por otro; y así para siempre.

Además, si el Dictamen del Entendimiento y la determinación de la voluntad son lo mismo, esto confunde el Entendimiento y la voluntad, y los hace una misma cosa. Si son lo mismo o no, no lo discutiré ahora; solo quisiera observar que, si es así, y la noción arminiana de libertad consiste en un poder autodeterminante en el Entendimiento, libre de toda necesidad, independiente, no determinado por nada anterior a sus propios actos y determinaciones, de modo que cuanto más independiente y soberano sea así el Entendimiento sobre sus propias determinaciones, más libre será, entonces la libertad del alma, como agente moral, ha de consistir en la independencia del Entendimiento respecto de toda evidencia o apariencia de las cosas, o de cualquier cosa que se presente a la vista de la mente antes de la determinación del Entendimiento. ¡Y qué libertad es esta, que consiste en una capacidad, una libertad y una facilidad de juzgar, ya conforme a la evidencia, ya en contra de ella; teniendo en todo tiempo un dominio soberano sobre sí mismo para juzgar de acuerdo o en desacuerdo con lo que se presenta claramente a su propia vista! Ciertamente, no es una libertad que haga de las personas sujetos propios del razonamiento persuasivo, de los argumentos, las reconvenciones y otros medios e incentivos morales semejantes. El uso de los cuales con los hombres es uno de los principales argumentos de los arminianos para defender su noción de una libertad sin necesidad alguna. Porque, según esto, cuanto más libres son los hombres, menos están bajo el gobierno de tales medios, menos sujetos al poder de la evidencia y de la razón, y más independientes de su influencia en sus determinaciones.

Y sean o no lo mismo el Entendimiento y la Voluntad, como parece suponer el Dr. Clark, para mantener la noción arminiana de una libertad sin necesidad, la Voluntad libre no está determinada por el Entendimiento ni necesariamente conectada con él; y cuanto más lejos esté de tal Conexión, mayor será la libertad. Y cuando la libertad es plena y completa, las determinaciones de la voluntad no tienen Conexión alguna con los Dictámenes del Entendimiento. Y si es así, en vano son todas las apelaciones al Entendimiento a fin de inducir a algún acto libre y virtuoso; y así, en vano son todas las instrucciones, consejos, invitaciones, reconvenciones, y todos los argumentos y persuasiones, cualesquiera que sean: porque no son sino apelaciones al Entendimiento, y una presentación clara y viva de los objetos de elección a la vista de la mente. Pero si, después de todo, la voluntad ha de ser autodeterminada e independiente del Entendimiento, ¿con qué fin se representan así las cosas al Entendimiento para determinar la elección?

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