La libertad de la voluntad
Sección VII. Sobre la noción de una libertad de la voluntad que consiste en la indiferencia

Capítulo 12 · 20 min de lectura · 26 min de escucha

Sección VII. Sobre la noción de una libertad de la voluntad que consiste en la indiferencia

Sección VII.

Sobre la noción de una libertad de la voluntad que consiste en la indiferencia.

Lo dicho en la sección anterior tiende en cierta medida a poner de manifiesto lo absurdo de la opinión de quienes sitúan la Libertad en la Indiferencia, o en aquel equilibrio por el cual la voluntad carece de toda inclinación previa; de modo que la determinación de la Voluntad hacia uno u otro lado procedería enteramente de ella misma, y se debería solo a su propio poder y a la soberanía que tiene sobre sí misma el que vaya por este camino y no por aquel.

Pero, puesto que esta opinión es tan antigua, ha sido tan generalmente recibida y tanto han insistido en ella pelagianos, semipelagianos, jesuitas, socinianos, arminianos y otros, quizá merezca una consideración más completa. Por eso pasaré ahora a una indagación más particular y minuciosa de esta noción.

Ahora bien, para que nadie suponga que no entiendo a quienes sitúan la Libertad en la Indiferencia, o me acuse de tergiversar su opinión, quisiera advertir que soy consciente de que hay algunos que, cuando hablan de la Libertad de la Voluntad como consistente en la Indiferencia, se expresan como si no quisieran que se los entendiera en el sentido de una Indiferencia de la inclinación o tendencia de la Voluntad, sino de una Indiferencia del poder de querer del alma; es decir, que la voluntad, en cuanto a su poder o capacidad de elegir, es indiferente, puede ir indiferentemente en cualquier dirección, a la derecha o a la izquierda, actuar o abstenerse de actuar, tanto lo uno como lo otro. Esto parece, en verdad, un refinamiento solo de algunos escritores particulares, y de reciente invención, que de ningún modo se aviene con la manera de expresarse empleada en general por los defensores de la Libertad de Indiferencia. Quisiera que tales refinadores considerasen a fondo si conocen con claridad lo que ellos mismos quieren decir cuando distinguen entre una Indiferencia del alma en cuanto a su poder o capacidad de elegir y la Indiferencia del alma en cuanto a la preferencia o la elección misma; y si no se engañan a sí mismos al imaginar que tienen en absoluto algún significado definido. La Indiferencia del alma en cuanto a su capacidad o poder de querer ha de ser lo mismo que la Indiferencia del estado del poder o facultad de la voluntad, o la indiferencia del estado en que el alma misma, que posee ese poder o facultad, permanece hasta entonces en cuanto al ejercicio de dicho poder en la elección que habrá de hacer dentro de poco.

Pero, sin insistir más en la inexplicable oscuridad de esta distinción, supóngase lo que se quiera acerca del significado que le dan quienes la usan; al menos esto deben entender los arminianos cuando hablan de la Indiferencia como esencial a la Libertad de la Voluntad, si es que quieren decir algo que de algún modo sirva a su propósito, a saber: que es una Indiferencia tal que deja a la voluntad no determinada todavía, sino libre de toda posesión actual y vacía de predeterminación, hasta el punto de que haya lugar para el ejercicio del poder autodeterminante de la Voluntad; y que la libertad de la Voluntad consiste en este vacío y en esta oportunidad que se le deja a la voluntad misma para ser la que determine el acto que ha de ser el acto libre, o depende de ellos.

Y aquí quisiera observar, en primer lugar, que para sostener este esquema de Libertad la Indiferencia ha de ser perfecta y absoluta; debe haber una perfecta libertad respecto de toda preponderancia o inclinación previa. Porque si la Voluntad ya está inclinada antes de ejercer sobre sí misma su propio poder soberano, entonces su inclinación no se debe enteramente a ella misma: si, cuando se proponen al alma dos opuestos para que elija, la propuesta no encuentra al alma enteramente en un estado de Indiferencia, entonces no la encuentra en un estado de Libertad para la mera autodeterminación.— El menor grado de una inclinación previa ha de ser incompatible con su noción de libertad. Porque mientras la inclinación anterior posea la voluntad y no sea removida, aquella ata a esta, de modo que es absolutamente imposible que la Voluntad actúe de otra manera que conforme a ella. Ciertamente, la Voluntad no puede actuar ni elegir en contra de una inclinación de la Voluntad que permanece y prevalece. Suponer lo contrario equivaldría a suponer que la Voluntad se inclina en contra de su inclinación prevaleciente actual, o en contra de aquello a lo que está inclinada. Hacia aquello que la voluntad prefiere, considerado todo, hacia eso se inclina y prepondera. Es tan imposible que la Voluntad elija en contra de su propia inclinación preponderante, presente y persistente, como que prefiera en contra de su propia preferencia presente, o que elija en contra de su propia elección presente. Por tanto, la Voluntad, mientras esté bajo la influencia de una antigua inclinación preponderante, no está en Libertad para un nuevo acto libre, ni para ningún acto que haya de ser ahora un acto de autodeterminación. Aquello que es un acto libre autodeterminado ha de ser uno que la voluntad determina en posesión y uso de una clase peculiar de libertad; tal como la que consiste en estar libre de todo aquello que, si estuviera presente, haría imposible que la Voluntad, en ese momento, fuera de otro modo que en la dirección a la que tiende.

Si alguien dijera que no es necesario que la Indiferencia sea perfecta, sino que, aunque persista una inclinación anterior, si esta no es muy fuerte, la fuerza de la Voluntad quizá pueda oponérsele y vencerla:— esto es groseramente absurdo; porque la fuerza de la voluntad, por grande que sea, no le da tal soberanía y dominio como para hacer que ella misma prefiera y no prefiera al mismo tiempo, o que elija en contra de su propia elección presente.

Por consiguiente, si hay el menor grado de preponderancia previa de la Voluntad, esta tiene que ser perfectamente abolida antes de que la Voluntad pueda estar en libertad de determinarse en sentido contrario. Y si la Voluntad se determina en el mismo sentido, no fue una determinación libre, porque al hacerlo la Voluntad no está enteramente en libertad; su determinación no procede del todo de ella misma, sino que en parte estaba determinada de antemano, en su inclinación anterior; y toda la libertad que la voluntad ejerce en el caso está en un aumento de inclinación que ella se da a sí misma, añadido a lo que tenía por una inclinación precedente; tanto procede de ella misma, y tanto procede de una indiferencia perfecta. Porque, aunque la Voluntad tenía una tendencia previa en esa dirección, respecto de ese grado adicional de inclinación no tenía ninguna tendencia. Por tanto, la tendencia previa no cuenta para nada respecto del acto en que la voluntad es libre. De modo que se llega a lo mismo que se dijo al principio: que en cuanto al acto de la voluntad en que la voluntad es libre, debe haber indiferencia perfecta, o equilibrio.

Para ilustrarlo: supongamos un poder soberano de automovimiento en un cuerpo natural; pero que el cuerpo ya está en movimiento por una inclinación previa, por ejemplo, la gravitación hacia el centro de la tierra, y tiene un grado de movimiento en virtud de esa tendencia previa; pero, por su poder de automovimiento, añade un grado más a su movimiento, y se mueve tanto más velozmente hacia el centro de la tierra de lo que lo haría solo por su gravedad: es evidente que todo lo que en este caso se debe a un poder de automovimiento es el grado adicional de movimiento, y que el otro grado, que tenía por la gravedad, no cuenta para nada en el caso; el efecto es exactamente el mismo que si el cuerpo hubiera recibido de sí mismo un grado de movimiento a partir de un estado de reposo perfecto. Así también, si suponemos un poder de automovimiento dado al platillo de una balanza que tiene un peso de un grado más que el platillo opuesto, y le atribuimos la capacidad de añadirse otro grado de fuerza en el mismo sentido por su poder de automovimiento, esto es exactamente lo mismo que atribuirle un poder de darse a sí mismo un grado de preponderancia a partir de un equilibrio perfecto; y cuanto poder tenga el platillo para darse una sobrecarga a partir de un equilibrio perfecto, tanto poder de automovimiento y autopreponderancia tiene, y no más. De modo que su poder libre en este sentido ha de medirse siempre a partir del equilibrio perfecto.

No necesito decir más para probar que, si la Indiferencia es esencial a la libertad, ha de ser Indiferencia perfecta; y que en la medida en que la voluntad carece de ella, en esa misma medida carece de aquella libertad por la cual está en capacidad de ser su propia determinante, sin ser en absoluto pasiva, ni estar sujeta al poder y al dominio de alguna otra cosa en sus movimientos y determinaciones.

Observadas estas cosas, examinemos ahora si esta noción de la Libertad de la Voluntad como consistente en la Indiferencia y el equilibrio, y de la autodeterminación de la Voluntad en tal estado, no es absurda e incoherente.

Y aquí quisiera establecer como axioma de verdad indudable que todo acto libre se realiza EN un estado de libertad, y no solo después de tal estado. Si un acto de la Voluntad es un acto en el que el alma es libre, ha de ejercerse en un estado de libertad y en el tiempo de la libertad. No basta con que el acto siga inmediatamente a un estado de libertad; sino que la Libertad debe continuar todavía y coexistir con el acto, permaneciendo el alma en posesión de la Libertad. Porque esa es la noción de un acto libre del alma: un acto en el que el alma usa o ejerce la Libertad. Pero si el alma, en el momento mismo del acto, no está en posesión de la Libertad, no puede en ese momento estar haciendo uso de ella.

Ahora bien, la cuestión es si el alma del hombre produce alguna vez un acto de Voluntad mientras permanece todavía en un estado de Libertad, a saber, en cuanto este implica un estado de Indiferencia; o si el alma ejerce alguna vez un acto de preferencia mientras, en ese mismo momento, la Voluntad está en perfecto equilibrio, sin inclinarse más hacia un lado que hacia otro. El mero planteamiento de la pregunta basta para mostrar lo absurdo de la respuesta afirmativa: ¡pues qué ridículo sería que alguien sostuviera que el alma elige una cosa antes que otra cuando, en ese mismo instante, es perfectamente indiferente respecto de ambas! Esto es lo mismo que decir que el alma prefiere una cosa a otra en el mismo momento en que no tiene preferencia alguna.—La elección y la preferencia no pueden darse en un estado de Indiferencia más de lo que el movimiento puede darse en un estado de reposo, o la preponderancia del platillo de una balanza en un estado de equilibrio. El movimiento puede darse en el instante siguiente al reposo, pero no puede coexistir con él en ninguna parte, ni siquiera la más pequeña, de este. Así, la elección puede darse inmediatamente después de un estado de Indiferencia, pero no puede coexistir con él: ni siquiera su mismo comienzo se da en un estado de Indiferencia. Y por tanto, si esto es la Libertad, ningún acto de la Voluntad, en grado alguno, se realiza jamás en un estado de Libertad, o en el tiempo de la Libertad. La volición y la Libertad están tan lejos de concordar entre sí y de ser esenciales la una a la otra, que son contrarias la una a la otra, y la una excluye y destruye a la otra, tanto como el movimiento y el reposo, la luz y las tinieblas, o la vida y la muerte. De modo que la Voluntad no actúa en absoluto, ni siquiera comienza a actuar, en el tiempo de tal Libertad: la libertad ha dejado de existir en el primer momento de la acción; y por tanto la Libertad no puede alcanzar a la acción para afectarla, cualificarla o darle una denominación, como tampoco podría hacerlo si hubiera dejado de existir veinte años antes de que la acción comenzara. En el momento en que la Libertad deja de existir, deja de ser cualificación de cosa alguna. Si la luz y las tinieblas se suceden instantáneamente, la luz, una vez extinguida, no cualifica nada para hacerlo luminoso o brillante en el primer momento de la oscuridad perfecta, como tampoco meses o años después. La vida no denomina vital a nada en el primer momento de la muerte perfecta. Así, la libertad, si consiste en la Indiferencia o la implica, no puede denominar libre a nada en el primer momento de la preferencia o la preponderancia. Es, pues, manifiesto que ninguna Libertad que el alma posea o use alguna vez en cualquiera de sus actos de volición consiste en la Indiferencia; y que la opinión de quienes suponen que la Indiferencia pertenece a la esencia misma de la Libertad es absurda y contradictoria en el más alto grado.

Si alguien imaginara que esta manera de argumentar no es más que un truco y un engaño, y para eludir el razonamiento dijera que aquello en lo que la Voluntad ejerce su Libertad no está en el acto mismo de elección o preponderancia, sino en determinarse a sí misma a una cierta elección o preferencia; que el acto de la Voluntad en el que es libre y usa su propia soberanía consiste en causar o determinar el cambio o tránsito de un estado de indiferencia a una cierta preferencia, o en determinarse a dar cierto giro a la balanza, que hasta entonces ha estado nivelada; y que la Voluntad ejerce este acto en un estado de Libertad, o mientras la Voluntad permanece todavía en equilibrio y perfectamente dueña de sí misma.—Digo que, si alguien prefiere expresar su noción de la Libertad de esta manera, o de alguna semejante, veamos si le va mejor que antes.

Lo que se afirma es que la Voluntad, mientras permanece todavía en perfecto equilibrio, sin preferencia, se determina a cambiarse a sí misma de ese estado y a suscitar en sí una cierta elección o preferencia. Veamos ahora si esto no viene a parar en el mismo absurdo que teníamos antes. Si es así que la Voluntad, mientras permanece todavía perfectamente indiferente, se determina a sacarse de ese estado y a darse una cierta preponderancia, entonces yo preguntaría si el alma no determina esto por elección; o si el que la Voluntad llegue a determinarse a hacerlo no es lo mismo que el que el alma llegue a elegir hacerlo. Si el alma no determina esto por elección, o en el ejercicio de la elección, entonces no lo determina voluntariamente. Y si el alma no lo determina voluntariamente, o por su propia voluntad, ¿en qué sentido lo determina entonces su Voluntad? Y si la Voluntad no lo determina, ¿cómo se ejerce entonces la Libertad de la Voluntad en esa determinación? ¿Qué clase de Libertad ejerce el alma en aquellas determinaciones en las que no hay ejercicio de elección, que no son voluntarias y en las que la Voluntad no interviene? Pero si se concede que esta determinación es un acto de elección, y se insiste en que el alma, mientras permanece todavía en un estado de Indiferencia perfecta, elige sacarse de ese estado y volverse hacia un lado, entonces el alma ya ha llegado a una elección, y elige ese lado. Y así tenemos exactamente el mismo absurdo que teníamos antes. He aquí el alma en un estado de elección y en un estado de equilibrio, ambas cosas al mismo tiempo: el alma eligiendo ya un camino mientras permanece en un estado de Indiferencia perfecta y no tiene elección de un camino más que del otro.— Y en verdad, esta manera de hablar, aunque pueda ocultar un poco el absurdo en la oscuridad de la expresión, aumenta la incoherencia. Decir que el acto libre de la Voluntad, o el acto que la voluntad ejerce en un estado de libertad e Indiferencia, no implica preferencia, sino que es lo que la voluntad hace para causar o producir una preferencia, equivale a decir que el alma elige (pues querer y elegir son la misma cosa) sin elección, y prefiere sin preferencia, para causar o producir el comienzo de una preferencia, o la primera elección. ¡Y eso es decir que la primera elección se ejerce sin elección para producirse a sí misma!

Si alguno, para eludir estas cosas, admitiera que un estado de libertad y un estado de Indiferencia no son lo mismo, y que el primero puede darse sin el segundo, pero dijera que la Indiferencia sigue siendo esencial a la libertad en cuanto es necesario que la preceda inmediatamente, siendo esencial a la libertad de un acto de Voluntad que surja directa e inmediatamente de un estado de Indiferencia, esto tampoco ayudará a la causa de la Libertad arminiana ni la hará coherente consigo misma. Porque si el acto brota inmediatamente de un estado de Indiferencia, entonces no surge de una elección o preferencia previa. Pero si el acto surge directamente de un estado de Indiferencia, sin ninguna elección intermedia que lo determine, entonces el acto, al no estar determinado por la elección, no está determinado por la voluntad; la mente no ejerce ninguna elección libre en el asunto, y la libre elección y el libre albedrío no tienen parte alguna en la determinación del acto. Lo cual es enteramente incompatible con su noción de la libertad de la volición.

Si alguno supusiera que estos absurdos pueden evitarse diciendo que la Libertad de la mente consiste en un poder de suspender el acto de la voluntad, y mantenerla así en un estado de Indiferencia hasta que haya habido oportunidad de considerar; y dijera, por tanto, que, aunque la Indiferencia no es esencial a la Libertad de tal manera que la mente deba hacer su elección en un estado de Indiferencia, lo cual es una incoherencia, ni que el acto de voluntad deba brotar inmediatamente de la Indiferencia, la Indiferencia puede, sin embargo, ser esencial a la Libertad de los actos de la Voluntad en este respecto, a saber: que la Libertad consiste en un poder de la mente para abstenerse del acto de volición o suspenderlo, y mantener la mente por el momento en un estado de Indiferencia, hasta que haya habido oportunidad para una deliberación adecuada; digo que, si alguno imagina que esto arregla el asunto, se equivoca gravemente: no reconcilia ninguna incoherencia ni alivia ninguna dificultad.— Porque aquí deben observarse las cosas siguientes:

1. Que esta suspensión de la volición, si es que propiamente existe tal cosa, es en sí misma un acto de volición. Si la mente se determina a suspender su acto, lo determina voluntariamente; elige, por alguna consideración, suspenderlo. Y esta elección o determinación es un acto de la Voluntad. Y en verdad, así se supone en la hipótesis misma; porque se supone que la Libertad de la Voluntad consiste en su poder de hacer esto, y que el hacerlo es precisamente aquello en lo que la Voluntad ejerce su Libertad. Pero ¿cómo puede la Voluntad ejercer Libertad en ello, si no es un acto de la Voluntad? La Libertad de la Voluntad no se ejerce en nada sino en lo que la Voluntad hace.

2. Este determinarse a suspender la acción no solo es un acto de la voluntad, sino que se supone que es el único acto libre de la Voluntad; porque se dice que es aquello en lo que consiste la Libertad de la Voluntad.— Si es así, entonces este es todo el acto de Voluntad que tenemos que considerar en esta controversia. Y ahora la pregunta anterior vuelve sobre nosotros, a saber: ¿en qué consiste la libertad de la voluntad en aquellos actos en que es libre? Y si este acto de determinar una suspensión es el único acto en que la Voluntad es libre, ¿en qué consiste entonces la libertad de la Voluntad con respecto a este acto de suspensión? ¿Y cómo es la Indiferencia esencial a este acto? La respuesta, según lo que se supone en la evasiva que estamos considerando, ha de ser que la libertad de la Voluntad en este acto de suspensión consiste en un poder de suspender incluso este acto hasta que haya habido oportunidad para una deliberación completa. Pero esto será precipitarse directamente en el más burdo sinsentido: porque es del acto mismo de suspensión de lo que estamos hablando, y no hay lugar para un espacio de deliberación y suspensión a fin de determinar si suspenderemos o no. Porque eso supone que incluso la suspensión misma puede diferirse, lo cual es absurdo; pues el mismo diferir la determinación de suspender, para considerar si suspenderemos o no, será ya suspender de hecho. Porque durante el espacio de suspensión, mientras se considera si suspender, el acto queda, ipso facto, suspendido. No hay término medio entre suspender la acción y actuar inmediatamente; y por tanto no hay posibilidad de evitar lo uno o lo otro ni por un momento.

Y además, esto acarrea un absurdo ridículo por otro lado: porque ahora, al parecer, la Libertad consiste enteramente en que la mente tenga poder de suspender su determinación de suspender o no, para que haya tiempo de considerar si es mejor suspender. Y si la Libertad consiste solo en esto, entonces esta es la Libertad que se examina. Tenemos que indagar ahora cómo la Libertad, con respecto a este acto de suspender una determinación de suspensión, consiste en la Indiferencia, o cómo la Indiferencia le es esencial. La respuesta, según la hipótesis en que estamos, ha de ser que consiste en un poder de suspender incluso este último acto mencionado, para tener tiempo de considerar si suspender aquel. Y entonces las mismas dificultades e interrogantes vuelven de nuevo con respecto a este; y así hasta el infinito. Lo cual, si mostrara algo, mostraría solo que no existe tal cosa como un acto libre. Empuja el ejercicio de la libertad hacia atrás in infinitum; y eso es expulsarlo del mundo.

Y además de todo esto, hay en el asunto un engaño y una burda contradicción latente por otro lado; puesto que, al explicar cómo, o en qué respecto, es libre la Voluntad en relación con un acto particular de volición, se dice que su Libertad consiste en un poder de determinarse a suspender ese acto, lo cual sitúa la Libertad no en el acto de volición sobre el que versa la indagación, sino enteramente en otro acto anterior. Lo cual contradice lo que se supone tanto en la pregunta como en la respuesta. La pregunta es: ¿en qué consiste la libertad de la mente en un acto particular cualquiera de volición? Y la respuesta, al pretender mostrar en qué reside la Libertad de la mente en ese acto, dice en efecto que no reside en absoluto en ese acto, sino en otro, a saber, en una volición de suspender ese acto. Y por tanto la respuesta es a la vez contradictoria y del todo impertinente y ajena al propósito. Porque no muestra en qué consiste la Libertad de la Voluntad en el acto en cuestión; en lugar de ello, supone que no consiste en absoluto en ese acto, sino en otro distinto de él, a saber, una volición de suspender ese acto y tomarse tiempo para considerarlo. Y ni siquiera se pretende dar cuenta de en qué es libre la mente con respecto a aquel acto en el que esta respuesta supone que consiste realmente la Libertad de la mente, a saber, el acto de suspensión, o de determinar la suspensión.

En suma, es sumamente manifiesto que la Libertad de la mente no consiste en la Indiferencia, y que la Indiferencia no le es esencial ni necesaria, ni le pertenece en absoluto, como suponen los arminianos; pues esa opinión no está llena de otra cosa que de contradicción consigo misma.

Página 1 / 1 · 20 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente