La libertad de la voluntad
Sección VI. Sobre la determinación de la voluntad en cosas que son perfectamente indiferentes a la vista de la mente

Capítulo 11 · 15 min de lectura · 20 min de escucha

Sección VI. Sobre la determinación de la voluntad en cosas que son perfectamente indiferentes a la vista de la mente

Sección VI.

Sobre la determinación de la voluntad en cosas que son perfectamente indiferentes a la vista de la mente.

UN gran argumento en favor del poder autodeterminante es la supuesta experiencia, que todos tenemos, de una capacidad para determinar nuestra voluntad en casos en que no se presenta ningún motivo predominante: la voluntad, según se supone, ha de elegir entre dos o más cosas que son perfectamente iguales a la vista de la mente; y la voluntad es, en apariencia, del todo indiferente; y, sin embargo, no hallamos dificultad alguna en llegar a una elección; la voluntad puede determinarse al instante por una de ellas, mediante un poder soberano que tiene sobre sí misma, sin ser movida por ningún incentivo preponderante.

Así, el autor antes mencionado de un Ensayo sobre la libertad de la voluntad, etc. (pp. 25, 26, 27), supone «que hay muchos casos en que la voluntad no es determinada ni por la inquietud presente, ni por el mayor bien aparente, ni por el último dictamen del entendimiento, ni por ninguna otra cosa, sino meramente por sí misma, como un poder soberano y autodeterminante del alma; y que el alma no quiere esta o aquella acción, en algunos casos, por ninguna otra influencia sino porque quiere. Así, dice él, puedo volver el rostro hacia el sur o hacia el norte; puedo señalar con el dedo hacia arriba o hacia abajo. Y así, en algunos casos, la voluntad se determina a sí misma de una manera muy soberana, porque quiere, sin una razón tomada del entendimiento; y con ello descubre su propio poder perfecto de elección, que surge de dentro de sí misma y está libre de toda influencia o restricción de cualquier clase». Y (pp. 66, 70, 73, 74) este autor supone muy expresamente que la voluntad, en muchos casos, no es determinada por ningún motivo en absoluto, y que actúa del todo sin motivo o fundamento de preferencia. Aquí quisiera observar:

1. La suposición misma que aquí se hace se contradice y se derriba directamente a sí misma. Porque lo que se supone, y en lo que consiste este gran argumento, es que, entre varias cosas, la voluntad elige efectivamente una antes que otra al mismo tiempo que es perfectamente indiferente; lo cual es exactamente lo mismo que decir que la mente tiene una preferencia al mismo tiempo que no tiene ninguna preferencia. Lo que se quiere decir no puede ser que la mente es indiferente antes de llegar a tener una elección, o hasta que tiene una preferencia; porque ciertamente este autor no imaginaba tener controversia con nadie al suponer esto. Además, de hecho resulta que lo que él supone es, no que la voluntad elige una cosa antes que otra, respecto de la cual es indiferente antes de elegir, sino que la voluntad es indiferente cuando elige; y que el dejar de ser indiferente no ocurre sino después, como consecuencia de su elección; que el que la cosa elegida aparezca preferible y más agradable que otra surge de la elección ya hecha. Sus palabras son (p. 30): «Donde los objetos propuestos parecen igualmente aptos o buenos, la voluntad queda sin guía ni director; y por tanto debe hacer su propia elección, por su propia determinación, siendo propiamente un poder autodeterminante. Y en tales casos la voluntad, por así decirlo, se hace un bien para sí misma mediante su propia elección, es decir, crea su propio placer o deleite en este bien elegido por sí misma. Así como un hombre, al apoderarse de un terreno desocupado en una región deshabitada, lo hace su posesión y propiedad, y como tal se regocija en él. Donde las cosas eran antes indiferentes, la voluntad no halla nada que las haga más agradables, consideradas meramente en sí mismas, sino el placer que siente al surgir de su propia elección y de su perseverancia en ella. Amamos muchas cosas que hemos elegido, y puramente porque las elegimos».

Esto es tanto como decir que primero comenzamos a preferir muchas cosas puramente porque las hemos preferido y elegido antes. Estas cosas tienen que haber sido dichas de manera irreflexiva por este autor. La elección o preferencia no puede ser anterior a sí misma en el mismo caso, ni en el orden del tiempo ni en el de la naturaleza: no puede ser el fundamento de sí misma, ni la consecuencia de sí misma. El acto mismo de elegir una cosa antes que otra es preferir esa cosa, y eso es atribuir un valor más alto a esa cosa. Pero el que la mente atribuya un valor más alto a una cosa que a otra no es, en primer lugar, el fruto de que atribuya un valor más alto a esa cosa.

Este autor dice (p. 36): «La voluntad puede ser perfectamente indiferente y, sin embargo, la voluntad puede determinarse a sí misma a elegir lo uno o lo otro». Y de nuevo, en la misma página: «Soy enteramente indiferente a lo uno y a lo otro; y, sin embargo, mi voluntad puede determinarse a sí misma a elegir». Y de nuevo: «Lo que yo elija debe ser determinado por el mero acto de mi voluntad». Si la elección es determinada por un mero acto de la voluntad, entonces la elección es determinada por un mero acto de elección. Y acerca de este asunto, a saber, que el acto mismo de la voluntad es determinado por un acto de elección, este autor es explícito (p. 72). Hablando del caso en que no hay una aptitud superior en los objetos presentados, dice estas palabras: «Allí debe actuar por su propia elección, y determinarse a sí misma como le PLAZCA». Con lo cual se supone que la determinación misma, que es el fundamento y principio del acto de la voluntad, es un acto de elección y de agrado, en el cual un acto es más agradable que otro; y esta preferencia y este agrado superior son el fundamento de todo lo que hace en el caso. Y si es así, la mente no es indiferente cuando se determina a sí misma, sino que prefiere determinarse de un modo antes que de otro. Y por tanto la voluntad no actúa en absoluto en la indiferencia, ni siquiera en el primer paso que da. Aunque fuera posible que el entendimiento actuara en la indiferencia, ciertamente la voluntad nunca lo hace; porque el que la voluntad comience a actuar es exactamente lo mismo que el que comience a elegir o preferir. Y si en el primerísimo acto de la voluntad la mente prefiere algo, entonces la idea de esa cosa preferida prepondera en ese momento, o prevalece en la mente; o, lo que es lo mismo, la idea de ella tiene una influencia predominante sobre la voluntad. De modo que esto destruye por completo lo que se supone, a saber, que la mente puede, por un poder soberano, elegir una de dos o más cosas que a la vista de la mente son en todo respecto perfectamente iguales, de las cuales ninguna prepondera en absoluto ni tiene sobre la mente una influencia predominante por encima de otra.

De modo que este autor, en su gran argumento en favor de la capacidad de la voluntad para elegir una de dos o más cosas respecto de las cuales es perfectamente indiferente, niega en efecto al mismo tiempo lo que supone, a saber, que la voluntad, al elegir, no está sujeta a ninguna influencia predominante de la vista de la cosa elegida. Y en verdad es imposible presentar este argumento sin derribarlo, siendo lo que en él se supone algo que se niega a sí mismo. Suponer que la voluntad actúa en absoluto en un estado de perfecta indiferencia es afirmar que la mente elige sin elegir. Decir que, cuando es indiferente, puede hacer como le plazca es decir que puede seguir su agrado cuando no tiene agrado alguno que seguir. Y por tanto, si hay alguna dificultad en los ejemplos de dos pasteles, o dos huevos, etc., que son exactamente iguales, tan bueno el uno como el otro, respecto de los cuales este autor supone que la mente de hecho tiene una elección, y así supone en efecto que tiene una preferencia, a él le concernía resolver la dificultad tanto como a aquellos a quienes se opone. Porque si estos ejemplos prueban algo para su propósito, prueban que un hombre elige sin elección. Y, sin embargo, esto no sirve a su propósito; porque si esto es lo que afirma, sus propias palabras están tanto contra él, y lo contradicen tanto, como pueden hacerlo las palabras de aquellos contra quienes disputa.

2. No hay gran dificultad en mostrar, en ejemplos como los que se alegan, no solo que necesariamente ha de ser así, que la mente ha de ser influida en su elección por algo que tiene sobre ella una influencia preponderante, sino también cómo lo es. Un poco de atención a nuestra propia experiencia y una consideración atenta de los actos de nuestra propia mente en tales casos bastarán para aclarar el asunto.

Así, supongamos que tengo delante un tablero de ajedrez y que, porque me lo exige un superior, o me lo pide un amigo, o por alguna otra consideración, estoy determinado a tocar con el dedo uno de los puntos o escaques del tablero. No estando limitado ni dirigido, en la propuesta inicial, a ninguno en particular, y no habiendo nada en los escaques, considerados en sí mismos, que recomiende a uno de los sesenta y cuatro más que a otro, en este caso mi mente se determina a entregarse a lo que vulgarmente se llama azar, determinándose a tocar el escaque que resulte estar más a la vista, en el que mi ojo esté especialmente puesto en ese momento, o el que resulte estar entonces más presente en mi mente, o aquel al que me dirija algún otro azar semejante. Aquí hay varios pasos de la mente que avanza (aunque todo pueda hacerse, por así decirlo, en un momento). El primer paso es su determinación general de tocar uno de los escaques. El siguiente paso es otra determinación general de entregarse al azar de cierto modo determinado, como tocar el que esté más presente al ojo o a la mente en ese momento, o algún otro azar semejante. El tercero y último paso es una determinación particular de tocar un punto individual concreto, a saber, aquel escaque que, por la clase de azar que la mente ha escogido, se ha ofrecido de hecho por encima de los demás. Ahora bien, es evidente que en ninguno de estos varios pasos procede la mente con indiferencia absoluta, sino que en cada uno de ellos es influida por un incentivo preponderante. Así ocurre en el primer paso, la determinación general de la mente de tocar uno de los sesenta y cuatro puntos: la mente no es absolutamente indiferente a si lo hace o no; es inducida a ello por hacer algún experimento, o por el deseo de un amigo, o por algún otro motivo que prevalece. Así ocurre en el segundo paso, en que la mente se determina a entregarse al azar tocando el que esté más presente al ojo, o cuya idea prevalezca más en la mente, etc. La mente no es absolutamente indiferente a si procede según esta regla o no, sino que la elige porque en ese momento le parece un recurso conveniente y requerido para cumplir el propósito general. Y así ocurre en el tercero y último paso, que es determinarse a tocar aquel punto individual que efectivamente prevalece a la vista de la mente. La mente no es indiferente respecto de esto, sino que es influida por un incentivo y una razón predominantes, a saber, que esto es la ejecución de la determinación precedente, que parecía requerida y quedó fijada antes, en el segundo paso.

El azar siempre servirá a un hombre en tal caso, sin estorbarle ni un momento. Entre varios objetos a la vista, uno prevalecerá en el ojo, o en la idea, por encima de los demás. Cuando tenemos los ojos abiertos a la clara luz del sol, muchos objetos hieren el ojo a la vez, y los rayos de luz pueden pintar en él a la vez innumerables imágenes; pero la atención de la mente no alcanza a varias de ellas a la vez; o, si alcanza, no continúa así por ningún tiempo. Y lo mismo ocurre con respecto a las ideas de la mente en general: varias ideas no están con igual fuerza a la vista y en la atención de la mente a la vez; o, al menos, no permanecen así por ninguna duración sensible. No hay nada en el mundo que varíe más constantemente que las ideas de la mente; no permanecen exactamente en el mismo estado por el menor espacio de tiempo perceptible; como es evidente por esto: que todo tiempo es percibido por la mente únicamente mediante los cambios sucesivos de sus propias ideas. Por tanto, mientras las percepciones de la mente permanecen exactamente en el mismo estado, no hay duración perceptible de tiempo, porque no hay sucesión sensible alguna.

Así como los actos de la voluntad, en cada paso del procedimiento antes mencionado, no suceden sin una causa particular, sino que cada acto se debe a un incentivo predominante, así también el azar, como lo he llamado, o aquello que sucede en el curso inescrutable de las cosas, al que la mente se entrega y por el que se guía, no es algo que suceda sin una causa. La mente, al determinarse a guiarse por él, no es determinada por algo que no tiene causa, como tampoco lo sería si se determinara a guiarse por una suerte o por el tiro de un dado. Porque, aunque el que el dado caiga de tal manera sea accidental para el que lo tira, nadie supondrá que no hay causa de que caiga como cae. Los cambios involuntarios en la sucesión de nuestras ideas, aunque su causa no se observe, tienen tanta causa como los movimientos cambiantes de las motas que flotan en el aire, o los cambios sucesivos, continuos e infinitamente variados de las desigualdades de la superficie del agua.

Hay especialmente dos cosas que probablemente ocasionan confusión en la mente de quienes insisten en que la voluntad actúa en una indiferencia propiamente dicha, y sin ser movida por incentivo alguno, en sus determinaciones en casos como los que se han mencionado.

1. Parecen equivocar el punto en cuestión, o al menos no tenerlo claramente a la vista. La cuestión que disputan es si la mente es indiferente respecto de los objetos presentados, uno de los cuales ha de ser tomado, tocado, señalado, etc., como dos huevos o dos pasteles que parecen igualmente buenos. Mientras que la cuestión que debe considerarse es si la persona es indiferente con respecto a sus propias acciones; si no prefiere, por una u otra consideración, un acto respecto de estos objetos antes que otro. La mente, en su determinación y elección en estos casos, no versa del modo más inmediato y directo sobre los objetos presentados, sino sobre los actos que han de hacerse respecto de estos objetos. Los objetos pueden parecer iguales, y puede que la mente nunca haga propiamente elección alguna entre ellos; pero, versando el siguiente acto de la voluntad sobre las acciones externas que han de realizarse —tomar, tocar, etc.—, estas pueden no parecer iguales, y una acción puede ser propiamente elegida antes que otra. En cada paso del progreso de la mente, la determinación no versa sobre los objetos, salvo indirecta e impropiamente, sino sobre las acciones, que elige por otras razones que no son ninguna preferencia de los objetos, y por razones que no se toman en absoluto de los objetos.

No hay necesidad de suponer que la mente elija nunca propiamente uno de los objetos antes que otro, ni antes de haberlo tomado ni después. Ciertamente, el hombre elige tomar o tocar uno antes que otro; pero no porque elija la cosa tomada o tocada, sino por consideraciones ajenas a ella. Puede darse el caso de que, de dos cosas ofrecidas, un hombre, por ciertas razones, prefiera tomar la que menos estima y elija desatender la que su mente prefiere. En tal caso, elegir la cosa tomada y elegir tomar son cosas diversas; y lo son también en un caso en que las cosas presentadas son iguales en la estima de la mente y ninguna de ellas es preferida. Todo lo que el hecho y la experiencia hacen evidente es que la mente elige una acción antes que otra. Y por tanto los argumentos que aducen, para servir a su propósito, deberían probar que la mente elige la acción con perfecta indiferencia con respecto a esa acción, y no probar que la mente elige la acción con perfecta indiferencia con respecto al objeto; lo cual es muy posible, sin que por ello la voluntad actúe en absoluto sin un incentivo prevaleciente y una preponderancia propiamente dicha.

2. Otra razón de la confusión y la dificultad en este asunto parece ser el no distinguir entre una indiferencia general, o una indiferencia respecto de lo que ha de hacerse considerado de un modo más remoto y general, y una indiferencia particular, o una indiferencia respecto del acto inmediato siguiente, considerado con sus circunstancias particulares y presentes. Un hombre puede ser perfectamente indiferente con respecto a sus propias acciones en el primer sentido, y sin embargo no en el segundo. Así, en el ejemplo anterior de tocar uno de los escaques de un tablero de ajedrez, cuando se propone por primera vez que toque uno de ellos, puedo ser perfectamente indiferente en cuanto a cuál toco, porque todavía considero el asunto de manera remota y general, estando solo en el primer paso del progreso de la mente en el asunto. Pero, con todo, cuando he llegado de hecho al último paso, y lo siguiente que ha de determinarse es cuál ha de ser tocado, habiendo determinado ya que tocaré el que resulte estar más presente a mi ojo o a mi mente, y estando mi mente ya fija en uno en particular, el acto de tocar ese, considerado así inmediatamente y en estas circunstancias particulares presentes, no es algo respecto de lo cual mi mente sea absolutamente indiferente.

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