Capítulo 40 · 1 min de lectura · 1 min de escucha
Guardemos en la Iglesia el orden establecido por Dios
Siéndonos, pues, manifiestas estas cosas, y puesto que hemos penetrado en las profundidades del conocimiento divino, conviene que hagamos con [el debido] orden todas las cosas que el Señor nos ha mandado cumplir en los tiempos señalados. Él ha ordenado que [se le presenten] ofrendas y que se [le] rinda servicio, y eso no a la ligera ni sin orden, sino en los tiempos y horas establecidos. Dónde y por quiénes quiere que se hagan estas cosas, él mismo lo ha fijado por su suprema voluntad, a fin de que todas las cosas, hechas piadosamente según su beneplácito, le sean aceptables. Así pues, los que presentan sus ofrendas en los tiempos señalados son aceptados y bienaventurados; porque, al seguir las leyes del Señor, no pecan. Pues al sumo sacerdote le están asignados sus propios oficios, a los sacerdotes se les ha prescrito su propio lugar, y a los levitas les corresponden sus propios ministerios. El laico está sujeto a las leyes que corresponden a los laicos.
Capítulo 40 completado
Guardemos en la Iglesia el orden establecido por Dios