Primera epístola de Clemente a los corintios
No hay razón para la vanidad

Capítulo 39 · 1 min de lectura · 2 min de escucha

No hay razón para la vanidad

Hombres necios e insensatos, que no tienen sabiduría ni instrucción, se burlan de nosotros y nos escarnecen, deseosos de exaltarse a sí mismos en sus propias fantasías. Porque ¿qué puede hacer un hombre mortal? ¿O qué fuerza hay en uno hecho del polvo? Porque está escrito: «No había figura delante de mis ojos; solo oí un susurro y una voz [que decía]: ¿Qué, pues? ¿Será el hombre puro delante del Señor? ¿O será [tenido por] intachable en sus obras, si él no confía en sus siervos, y aun a sus ángeles acusa de perversidad? El cielo no es limpio delante de sus ojos; ¡cuánto menos los que habitan en casas de barro, de las cuales también nosotros mismos fuimos hechos! Los hirió como a la polilla; y de la mañana a la tarde no subsisten. Porque no pudieron valerse a sí mismos, perecieron. Sopló sobre ellos, y murieron, porque no tenían sabiduría. Pero da voces ahora, si hay quien te responda, o si te vuelves a alguno de los santos ángeles; porque la ira mata al necio, y la envidia da muerte al que anda errado. Yo he visto a los necios echar raíces, pero su morada fue consumida en seguida. Estén sus hijos lejos de la salvación; sean despreciados a las puertas de los que son menos que ellos, y no habrá quien los libre. Porque lo que estaba preparado para ellos lo comerán los justos; y ellos no serán librados del mal».

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