Capítulo 9 · 11 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración y una norma religiosa definida
“El ángel Gabriel lo describió como ‘aquel Santo’ antes de que naciera. Como Él fue, así somos también nosotros, en nuestra medida, en este mundo.”—Dr. Alexander Whyte.
Mucha de la debilidad, esterilidad y escasez de la religión resulta de no tener una norma escritural y razonable en la religión, por la cual formar el carácter y medir los resultados; y esto resulta en gran parte de la omisión de la oración, o de no poner la oración en la norma. Nos es del todo imposible marcar nuestros avances en la religión si no hay un punto hacia el cual avanzamos de manera definida. Siempre debe haber algo definido ante los ojos de la mente hacia lo cual apuntamos y hacia lo cual nos dirigimos. No podemos contrastar la buena forma con la deformidad si no hay un modelo conforme al cual moldearnos. Ni puede haber inspiración si no hay un alto fin que nos estimule.
Muchos cristianos están descoyuntados y sin rumbo porque no tienen delante un modelo conforme al cual haya de formarse la conducta y el carácter. Simplemente avanzan sin rumbo, con la mente en un estado nublado, sin modelo a la vista, sin punto a la vista, sin norma tras la cual se esfuercen. No hay norma alguna por la cual valorar y medir sus esfuerzos. No hay imán que llene sus ojos, apresure sus pasos, y los atraiga y los mantenga firmes.
Toda esta idea vaga de la religión brota de nociones imprecisas acerca de la oración. Lo que ayuda a hacer clara y definida la norma de la religión es la oración. Lo que contribuye a colocar esa norma en alto es la oración. Los que oran son los que tienen algo definido a la vista. De hecho, la oración misma es algo muy definido, apunta a algo específico, y tiene un blanco al cual apunta. La oración apunta a la más definida, la más alta y la más dulce experiencia religiosa. Los que oran quieren todo lo que Dios tiene reservado para ellos. No se satisfacen con nada parecido a una vida religiosa baja, superficial, vaga e indefinida. Los que oran no solo buscan una “obra más profunda de gracia,” sino que quieren la más profunda obra de gracia posible y prometida. No buscan ser salvos de algún pecado, sino salvos de todo pecado, tanto interior como exterior. Buscan no solo la liberación del pecar, sino del pecado mismo, de su ser, su poder y su contaminación. Buscan la santidad de corazón y de vida.
La oración cree en la más alta vida religiosa que se nos presenta en la Palabra de Dios, y la busca. La oración es la condición de esa vida. La oración señala la única senda hacia tal vida. La norma de una vida religiosa es la norma de la oración. La oración es tan vital, tan esencial, tan trascendente, que entra en toda la religión, y coloca la norma clara y definida ante los ojos. El grado en que estimamos la oración fija nuestras ideas de la norma de una vida religiosa. La norma de la religión bíblica es la norma de la oración. Cuanta más oración hay en la vida, más definidas y más altas son nuestras nociones de la religión.
Solo las Escrituras establecen la norma de la vida y de la experiencia. Cuando hacemos nuestra propia norma, hay engaño y falsedad, pues nuestros deseos, nuestra conveniencia y nuestro placer forman la regla, y esa es siempre una regla carnal y baja. De ella quedan excluidos todos los principios fundamentales de una religión conforme a Cristo. Toda norma de religión que provea para la carne es contraria a la Escritura y dañina.
Tampoco sirve dejar que otros fijen por nosotros la norma de la religión. Cuando permitimos que otros hagan nuestra norma de religión, esta suele ser deficiente, porque en la imitación los defectos se transfieren al imitador con mayor facilidad que las virtudes, y una segunda edición de un hombre queda estropeada por sus defectos.
El daño más grave al determinar así lo que es la religión por lo que otros dicen, está en permitir que la opinión corriente, el contagio del ejemplo, el grado de religión reinante entre nosotros, moldee nuestras opiniones y caracteres religiosos. Adoniram Judson escribió una vez a un amigo: “Permíteme rogarte que no te des por contento con la religión vulgar que ahora está tan extendida.”
La religión vulgar es agradable a la carne y a la sangre. No hay en ella negación de sí mismo, ni llevar la cruz, ni crucifixión de sí mismo. Es lo bastante buena para nuestros prójimos. ¿Por qué habríamos de ser singulares y rígidos? Otros viven en un plano bajo, en un nivel de concesiones, viviendo como vive el mundo. ¿Por qué habríamos de ser peculiares, celosos de buenas obras? ¿Por qué habríamos de luchar por ganar el cielo mientras tantos navegan hacia allá sobre “lechos floridos de reposo”? ¿Acaso la multitud despreocupada, descuidada y ociosa, que vive vidas sin oración, va camino del cielo? ¿Es el cielo un lugar apropiado para gente que no ora, que vive con relajamiento y ama la comodidad? Esa es la pregunta suprema.
Pablo da la siguiente advertencia acerca de hacer de la alegre y placentera compañía religiosa que nos rodea la norma de nuestra medida:
“Porque no osamos contarnos ni compararnos con algunos que se alaban á sí mismos; mas ellos, midiéndose á sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos. Nosotros, empero, no nos gloriaremos fuera de nuestra medida, sino conforme á la medida de la regla que Dios nos repartió, medida para llegar aun hasta vosotros.”
Ninguna norma de religión merece un momento de consideración si deja la oración fuera de la cuenta. Ninguna norma vale pensamiento alguno si no hace de la oración lo principal en la religión. Tan necesaria es la oración, tan fundamental en el plan de Dios, tan importante para todo lo que se parezca a una vida religiosa, que entra en toda la religión bíblica. La oración misma es una norma, definida, enfática, escritural. Una vida de oración es la regla Divina. Este es el patrón, así como nuestro Señor, siendo un hombre de oración, es el único patrón que hemos de copiar. La oración forma el patrón de una vida religiosa. La oración es la medida. La oración moldea la vida.
La visión vaga, indefinida y popular de la religión no tiene oración en ella. En su programa, la oración queda enteramente excluida, o se coloca tan abajo y se hace tan insignificante que apenas vale la pena mencionarla. La norma humana de la religión no tiene nada de oración.
Es a la norma de Dios a la que hemos de apuntar, no a la del hombre. No son las opiniones de los hombres, no lo que ellos dicen, sino lo que dicen las Escrituras. Las nociones imprecisas de la religión brotan de nociones bajas de la oración. La falta de oración engendra ideas imprecisas, nubladas e indefinidas de lo que es la religión. El vivir sin rumbo y la falta de oración van de la mano. La oración fija algo definido en la mente. La oración busca algo específico. Cuanto más definidas sean nuestras ideas en cuanto a la naturaleza y la necesidad de la oración, más definidas serán nuestras ideas de la experiencia cristiana y del recto vivir, y menos vagas nuestras ideas de la religión. Una norma baja de religión mora muy cerca de una norma baja de oración.
Todo en una vida religiosa depende de ser definido. Lo definido de nuestras experiencias religiosas y de nuestro vivir dependerá de lo definido de nuestras ideas de lo que es la religión y de las cosas de que consta.
Las Escrituras ponen siempre ante nosotros la única norma de la plena consagración a Dios. Esta es la regla Divina. Este es el lado humano de esta norma. El sacrificio aceptable a Dios ha de ser completo, entero, un holocausto total. Esta es la medida establecida en la Palabra de Dios. Nada menos que esto puede ser agradable a Dios. Nada tibio puede agradarle. “Un sacrificio vivo,” santo, y perfecto en todas sus partes, es la medida de nuestro servicio a Dios. Una plena renuncia de sí mismo, un franco reconocimiento del derecho de Dios sobre nosotros, y una sincera ofrenda de todo a Él —este es el requisito Divino. Nada indefinido hay en eso. Nada hay en eso que esté gobernado por las opiniones de otros ni afectado por cómo viven los hombres a nuestro alrededor.
Y aunque una vida de oración está comprendida en tal plena consagración, al mismo tiempo la oración conduce hasta el punto en que se hace a Dios una consagración completa. La consagración no es sino la expresión silenciosa de la oración. Y la más alta norma religiosa es la medida de la oración y de la dedicación de uno mismo a Dios. La vida de oración y la vida consagrada son socias en la religión. Están tan estrechamente unidas que nunca se separan. La vida de oración es el fruto directo de la entera consagración a Dios. La oración es el flujo natural de una vida realmente consagrada. La medida de la consagración es la medida de la verdadera oración. Ninguna consagración es agradable a Dios si no es perfecta en todas sus partes, así como ningún holocausto de un judío fue jamás aceptable a Dios a menos que fuera un “holocausto entero.” Y una consagración de esta clase, conforme a esta medida Divina, tiene en sí, como principio básico, el ejercicio de la oración. La consagración se hace a Dios. La oración tiene que ver con Dios. La consagración es poner a uno mismo enteramente a disposición de Dios. Y Dios quiere y manda que todos sus consagrados sean personas de oración. Esta es la única norma definida a la que debemos apuntar. Más bajo que esto no podemos permitirnos buscar.
Una norma escritural de la religión incluye una clara experiencia religiosa. La religión no es nada si no es experimental. La religión apela a la conciencia interior. Es una experiencia, si es algo, y una experiencia además de una vida religiosa. Está la parte interna de la religión tanto como la externa. No solo hemos de “obrar nuestra salvación con temor y temblor,” sino que “Dios es el que en nosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” Hay una “buena obra en vosotros,” tanto como una vida exterior que ha de vivirse. El nuevo nacimiento es una experiencia cristiana definida, comprobada por señales infalibles, que apela a la conciencia interior. El testimonio del Espíritu no es algo indefinido y vago, sino una seguridad interior definida y clara, dada por el Espíritu Santo, de que somos hijos de Dios. De hecho, todo lo que pertenece a la experiencia religiosa es claro y definido, trayendo gozo, paz y amor conscientes. Y esta es la norma Divina de la religión, una norma alcanzada por medio de la oración ferviente y constante, y una experiencia religiosa mantenida viva y ampliada por el mismo medio de la oración.
Un fin que alcanzar, hacia el cual dirigir el esfuerzo, es importante en toda empresa para darle unidad, energía y constancia. En la vida cristiana, tal fin es de suma importancia. Sin una alta norma delante de nosotros que hayamos de alcanzar, y que busquemos con fervor, la desidia debilitará el esfuerzo, y la experiencia pasada se corromperá o se evaporará en mero sentimentalismo, o se endurecerá en un principio frío y sin amor.
Debemos seguir adelante. “Por tanto, dejando la palabra del comienzo en la doctrina de Cristo, vamos adelante á la perfección.” El terreno que ahora ocupamos ha de conservarse haciendo avances, y todo el futuro ha de ser cubierto e iluminado por ellos. En la religión, no solo debemos seguir adelante. Debemos saber a dónde vamos. Esto es de suma importancia. Es esencial que, al avanzar en la experiencia religiosa, tengamos algo definido a la vista, y nos lancemos hacia ese único punto. Seguir adelante siempre y no saber a qué lugar vamos es del todo demasiado vago e indefinido, y es como un hombre que emprende un viaje y no tiene destino alguno a la vista. Es importante que no perdamos de vista el punto de partida en una vida religiosa, y que midamos los pasos ya andados. Pero es igualmente necesario que el fin se mantenga a la vista y que los pasos necesarios para alcanzar la norma estén siempre ante los ojos.