Capítulo 10 · 12 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración nacida de la compasión
“Abre tu Nuevo Testamento, llévalo contigo cuando te arrodilles, y pon delante de ti a Jesucristo sacándolo de sus páginas. ¿Eres como David en el Salmo sesenta y tres? ¿Tiene sed tu alma de Dios, y anhela tu carne a Dios en tierra seca y árida donde no hay aguas? Entonces pon a Jesús junto al pozo de Samaria ante los ojos de tu corazón sediento. Y, otra vez, ponlo delante de tu corazón cuando en el último día, aquel gran día de la fiesta, se puso en pie y clamó, diciendo: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.’ ¿O eres como David después del asunto de Urías? ‘Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de estío.’ Entonces pon delante de ti a Aquel que dice: ‘No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos.’… ¿O eres el padre infeliz de un hijo pródigo? Entonces pon siempre delante de ti a tu Padre celestial, y pon siempre delante de ti al Hijo de Dios mientras compone y predica para ti y para tu hijo la parábola de todas las parábolas.”
—Dr. Alexander Whyte.
Hablamos aquí de manera más particular de la compasión espiritual, aquella que nace en un corazón renovado y que halla allí hospedaje. Esta compasión tiene en sí la cualidad de la misericordia, es de la naturaleza de la piedad, y mueve el alma con ternura de sentimiento hacia los demás. La compasión se conmueve ante la vista del pecado, del dolor y del sufrimiento. Se sitúa en el extremo opuesto de la indiferencia del espíritu ante las carencias y aflicciones de los demás, y está muy lejos de la insensibilidad y de la dureza de corazón en medio de la necesidad, la angustia y la miseria. La compasión acompaña la simpatía hacia los demás, se interesa por ellos y se preocupa por ellos.
Lo que despierta y desarrolla la compasión y la pone a trabajar es la vista de las multitudes en necesidad y aflicción, incapaces de socorrerse a sí mismas. El desamparo apela especialmente a la compasión. La compasión es silenciosa, pero no permanece recluida. Sale al encuentro ante la vista de la angustia, del pecado y de la necesidad. La compasión se derrama en oración ferviente, ante todo, por aquellos por quienes siente y hacia quienes tiene simpatía. La oración por los demás nace de un corazón compasivo. La oración es natural y casi espontánea cuando la compasión ha sido engendrada en el corazón. La oración pertenece al hombre compasivo.
Existe cierta compasión que pertenece al hombre natural, que gasta su fuerza en simples dádivas a los necesitados, y que no ha de despreciarse. Pero la compasión espiritual, la que nace en un corazón renovado, la que es cristiana en su naturaleza, es más profunda, más amplia y más semejante a la oración. La compasión cristiana siempre mueve a orar. Esta clase de compasión va más allá del alivio de las meras necesidades corporales, y del decir: “Calentaos y saciaos.” Alcanza mucho más hondo y llega mucho más lejos.
La compasión no es ciega. Más bien deberíamos decir que la compasión no nace de la ceguera. Quien tiene compasión del alma tiene, ante todo, ojos para ver las cosas que despiertan la compasión. Quien no tiene ojos para ver la excesiva pecaminosidad del pecado, las carencias y las aflicciones de la humanidad, jamás tendrá compasión por la humanidad. De nuestro Señor está escrito que “viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas.” Primero, ver las multitudes, con su hambre, sus aflicciones y su condición desamparada; luego, la compasión. Después, la oración por las multitudes. Duro es, y muy lejos está de ser semejante a Cristo, aquel que ve las multitudes y permanece inconmovible ante la vista de su triste estado, de su desdicha y de su peligro. No tiene corazón de oración por los hombres.
La compasión puede no siempre mover a los hombres, pero siempre es movida hacia los hombres. La compasión puede no siempre volver los hombres a Dios, pero volverá, y de hecho vuelve, a Dios hacia el hombre. Y donde más impotente es para aliviar las necesidades de los demás, allí puede al menos prorrumpir en oración a Dios por los demás. La compasión nunca es indiferente, egoísta ni olvidadiza de los demás. La compasión no tiene que ver sino con los demás. El hecho de que las multitudes fueran como ovejas que no tienen pastor fue lo único que apeló a la naturaleza compasiva de nuestro Señor. Luego su hambre lo conmovió, y la vista de los padecimientos y enfermedades de aquellas multitudes movió la piedad de su corazón.
“Padre de misericordias, envía tu gracia
todopoderosa desde lo alto,
para formar en nuestras almas obedientes
la imagen de tu amor.
“Oh, que nuestros pechos compasivos [Pg 104]
conozcan ese generoso placer;
de compartir con bondad el gozo ajeno,
y llorar por el dolor ajeno.”
Pero la compasión no tiene que ver solamente con el cuerpo y sus flaquezas y necesidades. El estado angustioso del alma, sus necesidades y su peligro, todo apela a la compasión. El más alto estado de gracia se reconoce por la señal infalible de la compasión por los pobres pecadores. Esta clase de compasión pertenece a la gracia, y no ve solamente los cuerpos de los hombres, sino sus espíritus inmortales, manchados por el pecado, infelices en su condición sin Dios, y en inminente peligro de perderse para siempre. Cuando la compasión contempla esta vista de hombres moribundos que se apresuran al tribunal de Dios, entonces es cuando prorrumpe en intercesiones por los hombres pecadores. Entonces es cuando la compasión habla de esta manera:
“Mas débil se muestra mi compasión,
y solo puede llorar donde más ama;
emplea tú tu propio brazo salvador,
y torna estas gotas de dolor en gozo.”
El profeta Jeremías declara esto acerca de Dios, dando la razón por la cual los pecadores no son consumidos por su ira:
“Por la misericordia de Jehová no somos consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.”
Y es esta cualidad divina en nosotros lo que nos hace tan semejantes a Dios. Así vemos al salmista describir al hombre justo a quien Dios declara bienaventurado: “Es clemente, y misericordioso, y justo.”
Y para dar gran aliento a los pecadores penitentes que oran, el salmista consigna así algunos de los atributos notables del carácter divino: “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia.”
No es de extrañar, entonces, que encontremos consignado varias veces de nuestro Señor mientras estuvo en la tierra que “tuvo compasión.” ¿Puede alguien dudar de que su compasión lo movió a orar por aquellos que sufrían y se afligían y que se cruzaban en su camino?
Pablo se interesaba maravillosamente por el bienestar religioso de sus hermanos judíos, se preocupaba por ellos, y su corazón se encendía extrañamente con tierna compasión por su salvación, aun siendo maltratado y duramente perseguido por ellos. Al escribir a los Romanos, lo oímos expresarse así:
“Verdad digo en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón; porque deseara yo mismo ser apartado de Cristo por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne.”
¡Qué maravillosa compasión se describe aquí por la propia nación de Pablo! No es de extrañar que un poco más adelante consigne su deseo y su oración:
“Hermanos, ciertamente el deseo de mi corazón, y mi oración a Dios sobre Israel, es para salud.”
Tenemos un caso interesante en Mateo, que nos da un relato de lo que en cierta ocasión excitó tan grandemente la compasión de nuestro Señor:
“Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban derramadas y esparcidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.”
Parece, por relatos paralelos, que nuestro Señor había apartado a sus discípulos para reposar un poco, agotados como él y ellos estaban por las excesivas exigencias que recaían sobre ellos, por el contacto incesante con las personas que iban y venían sin cesar, y por su fatigoso trabajo al ministrar a las inmensas multitudes. Pero las multitudes se le adelantan, y en lugar de hallar la soledad, la quietud y el reposo del desierto, halla grandes multitudes ansiosas de ver y oír, y de ser sanadas. Su compasión se conmueve. Las mieses maduras necesitan obreros. No llamó a estos obreros de inmediato, por autoridad soberana, sino que encarga a los discípulos que acudan a Dios en oración, pidiéndole que envíe obreros a su mies.
Aquí está la urgencia de la oración reforzada por la compasión de nuestro Señor. Es oración nacida de la compasión por una humanidad que perece. La oración se impone a la Iglesia para que se envíen obreros a la mies del Señor. La mies se echará a perder y se perderá sin los obreros, mientras que los obreros han de ser escogidos por Dios, enviados por Dios y comisionados por Dios. Pero Dios no envía a estos obreros a su mies sin oración. La falta de obreros se debe a la falta de oración. La escasez de obreros en la mies se debe al hecho de que la Iglesia no ora por obreros conforme a su mandamiento.
La recolección de las mieses de la tierra para los graneros del cielo depende de las oraciones del pueblo de Dios. La oración asegura obreros suficientes en cantidad y en calidad para todas las necesidades de la mies. Los obreros escogidos por Dios, los obreros dotados por Dios y los obreros enviados por Dios son los únicos que verdaderamente irán, llenos de la compasión de Cristo y revestidos del poder de Cristo, cuya ida tendrá eficacia; y estos se aseguran por la oración. El pueblo de Cristo de rodillas, con la compasión de Cristo en sus corazones por los hombres moribundos y por las almas necesitadas, expuestas al peligro eterno, es la prenda de que habrá obreros en número y en carácter para satisfacer las carencias de la tierra y los propósitos del cielo.
Dios es soberano de la tierra y del cielo, y la elección de los obreros en su mies no la delega en nadie más. La oración lo honra como soberano y lo mueve a su sabia y santa elección. Habremos de poner la oración al frente antes de que los campos del paganismo sean cultivados con éxito para Cristo. Dios conoce a sus hombres, y conoce igualmente muy bien su obra. La oración logra que Dios envíe a los mejores hombres, a los más aptos y a los mejor calificados para trabajar en la mies. Mover la causa misionera con fuerzas de este lado de Dios ha sido su ruina, su debilidad y su fracaso. La compasión por el mundo de los pecadores, caídos en Adán pero redimidos en Cristo, moverá a la Iglesia a orar por ellos y la incitará a rogar al Señor de la mies que envíe obreros a la mies.
“Señor de la mies, oye
el clamor de tus siervos necesitados;
responde a la oración eficaz de nuestra fe,
y suple todas nuestras carencias.
“Convierte y envía a más
a tu Iglesia en tierras lejanas;
y que hablen tu palabra de poder,
como colaboradores de su Dios.”
¡Qué consuelo y qué esperanza llenan nuestro pecho cuando pensamos en Aquel que en el cielo vive siempre para interceder por nosotros, porque “nunca decayeron sus misericordias”! Por encima de todo, tenemos un Salvador compasivo, uno “que se puede compadecer de los ignorantes y extraviados, pues que él también está rodeado de flaqueza.” La compasión de nuestro Señor lo capacita cabalmente para ser el Gran Sumo Sacerdote de la raza caída, perdida y desamparada de Adán.
Y si él está lleno de tal compasión que lo mueve, a la diestra del Padre, a interceder por nosotros, entonces por toda razón deberíamos tener nosotros la misma compasión por los ignorantes y por los extraviados, expuestos a la ira divina, que nos moviera a orar por ellos. Justamente en la medida en que seamos compasivos, seremos hombres de oración por los demás. La compasión no gasta su fuerza en decir simplemente: “Calentaos y saciaos,” sino que nos empuja de rodillas en oración por aquellos que necesitan a Cristo y su gracia.
“Al Hijo de Dios en lágrimas
los ángeles atónitos ven;
¡asómbrate, oh alma mía!
Él derramó esas lágrimas por ti.
“Lloró para que nosotros llorásemos;
cada pecado reclama una lágrima;
solo en el cielo no se halla pecado,
y allí no hay llanto.”
Jesucristo fue enteramente hombre. Aunque era el Hijo divino de Dios, al mismo tiempo era el Hijo humano de Dios. Cristo tuvo un lado eminentemente humano, y en él reinó la compasión. Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. ¡Cómo parece haber flaqueado la carne en cierto momento bajo la terrible tensión que recaía sobre él, y cómo debió de encogerse interiormente bajo el dolor y el desgarro! Alzando los ojos al cielo, ora: “Padre, sálvame de esta hora.” ¡Cómo el espíritu se arma y se sostiene!: “mas por esto he venido a esta hora.” Solo puede resolver este misterio quien ha seguido a su Señor en los aprietos, en la tiniebla y en el dolor, y ha comprendido que “el espíritu a la verdad está presto, mas la carne es enferma.”
Todo esto no hizo sino capacitar a nuestro Señor para ser un Salvador compasivo. No es pecado sentir el dolor ni percibir la tiniebla en la senda por la cual Dios nos conduce. Es solamente humano clamar contra el dolor, el terror y la desolación de aquella hora. Es divino clamar a Dios en aquella hora, aun mientras se encoge y se abate: “Para esto he venido a esta hora.” ¿Habré de fracasar por la debilidad de la carne? No. “Padre, glorifica tu nombre.” ¡Cuánto nos fortalece, y cuán verdaderos nos hace, tener una sola estrella polar que nos guíe hacia la gloria de Dios!