Lo esencial de la oración ·La oración y la consagración

Capítulo 8 · 15 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la consagración

“Eudámidas, ciudadano de Corinto, murió en la pobreza; pero, teniendo dos amigos acaudalados, Arcteo y Carixeno, dejó el siguiente testamento: En virtud de mi última voluntad, lego a Arcteo mi madre y a Carixeno mi hija, para que sean llevadas a sus casas y sostenidas por el resto de sus vidas. Este testamento ocasionó mucha alegría y risa. Los dos legatarios se alegraron y ejecutaron el testamento con afecto. Si los paganos confiaban unos en otros, ¿por qué no había yo de abrigar una confianza mucho mayor en mi amado Maestro, Jesús? Por tanto, por la presente lo nombro a Él mi único heredero, encomendándole mi alma y mis hijos y hermanas, para que Él los adopte, proteja y provea para ellos por su poderosa fuerza para salvación. Todo el resto de la herencia será confiado a su santo consejo.”—Gotthold.

Cuando estudiamos la multiplicidad de facetas de la oración, nos sorprende la cantidad de cosas con las que está relacionada. No hay fase de la vida humana a la que no afecte, y tiene que ver con todo lo que atañe a la salvación humana. La oración y la consagración están estrechamente relacionadas. La oración conduce a la consagración y la gobierna. La oración precede a la consagración, la acompaña, y es un resultado directo de ella. Mucho pasa bajo el nombre de consagración sin que haya consagración alguna en ello. Mucha de la consagración de nuestros días es defectuosa, superficial y espuria, sin valor alguno en cuanto al oficio y los fines de la consagración. La consagración popular falla tristemente porque tiene poca o ninguna oración en ella. Ninguna consagración vale un pensamiento si no es el fruto directo de mucha oración, y si no logra introducir a uno en una vida de oración. La oración es lo único prominente en una vida consagrada.

La consagración es mucho más que una vida de lo que se llama servicio. Es, ante todo, una vida de santidad personal. Es lo que trae poder espiritual al corazón y aviva a todo el hombre interior. Es una vida que reconoce siempre a Dios, y una vida entregada a la verdadera oración.

La plena consagración es el más alto tipo de vida cristiana. Es el único modelo Divino de experiencia, de vida y de servicio. Es la única cosa a la que el creyente debe aspirar. Nada menos que la entera consagración debe satisfacerlo.

Nunca ha de estar contento hasta ser plena y enteramente del Señor por su propio consentimiento. Su oración, natural e involuntariamente, conduce a este único acto suyo.

La consagración es la dedicación voluntaria y deliberada de uno mismo a Dios, una ofrenda hecha de manera definida, y hecha sin reserva alguna. Es el apartar todo lo que somos, todo lo que tenemos, y todo lo que esperamos tener o ser, a Dios ante todo. No es tanto el darnos a la Iglesia, ni el mero ocuparnos en alguna rama de la obra de la Iglesia. El Dios Todopoderoso está a la vista, y Él es el fin de toda consagración. Es una separación de uno mismo para Dios, una entrega de todo lo que uno es y tiene a un uso sagrado. Algunas cosas pueden dedicarse a un propósito especial, pero eso no es consagración en el verdadero sentido. La consagración tiene una naturaleza sagrada. Está dedicada a fines santos. Es el poner voluntariamente a uno mismo en las manos de Dios para ser usado de manera sagrada, santa, con fines santificadores a la vista.

La consagración no es tanto el apartarse de las cosas pecaminosas y de los fines perversos, sino más bien la separación de las cosas mundanas, seculares e incluso legítimas, si entran en conflicto con los planes de Dios, para dedicarlas a usos santos. Es el consagrar todo lo que tenemos a Dios para su uso específico. Es una separación de las cosas dudosas, o aun legítimas, cuando hay que elegir entre las cosas de esta vida y las demandas de Dios.

La consagración que satisface las demandas de Dios y que Él acepta ha de ser plena, completa, sin reserva mental, sin retener nada. No puede ser parcial, como tampoco podía serlo un holocausto entero en los tiempos del Antiguo Testamento. Todo el animal había de ser ofrecido en sacrificio. Reservar cualquier parte del animal habría viciado gravemente la ofrenda. Así, hacer una consagración tibia y parcial es no hacer consagración alguna, y es fracasar por completo en obtener la aceptación Divina. Comprende todo nuestro ser, todo lo que tenemos y todo lo que somos. Todo es puesto de manera definida y voluntaria en las manos de Dios para su supremo uso.

La consagración no es todo lo que hay en la santidad. Muchos cometen serios errores en este punto. La consagración nos hace relativamente santos. Somos santos solo en el sentido de que ahora estamos estrechamente relacionados con Dios, con quien no lo estábamos antes. La consagración es el lado humano de la santidad. En este sentido, es autosantificación, y solo en este sentido. La santificación o santidad, en su sentido más verdadero y más alto, es Divina, el acto del Espíritu Santo obrando en el corazón, limpiándolo y poniendo en él en mayor grado los frutos del Espíritu.

Esta distinción es claramente expuesta y mantenida a la vista por Moisés en el “Levítico,” donde muestra el lado humano y el lado Divino de la santificación o santidad:

“Santificaos, pues, y sed santos, porque yo soy el Señor vuestro Dios. Y guardaréis mis estatutos, y los pondréis por obra: yo soy el Señor que os santifico.”

Aquí hemos de santificarnos a nosotros mismos, y luego, en la palabra siguiente, se nos enseña que es el Señor quien nos santifica. Dios no nos consagra a su servicio. Nosotros no nos santificamos a nosotros mismos en este sentido más alto. He aquí el doble significado de la santificación, y una distinción que necesita tenerse siempre presente.

Siendo la consagración el acto inteligente y voluntario del creyente, este acto es el resultado directo de la oración. Ningún hombre sin oración concibe jamás la idea de una plena consagración. La falta de oración y la consagración no tienen absolutamente nada en común. Una vida de oración conduce naturalmente a la plena consagración. No conduce a ninguna otra parte. De hecho, una vida de oración no se satisface con nada que no sea la entera dedicación de uno mismo a Dios. La consagración reconoce plenamente que Dios es nuestro dueño. Asiente con gozo a la verdad expuesta por Pablo:

“No sois vuestros; porque comprados sois por precio: glorificad, pues, á Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”

Y la verdadera oración conduce por ese camino. No puede llegar a ningún otro destino. Forzosamente ha de desembocar en esta estación. Este es su resultado natural. Esta es la clase de obra que produce la oración. La oración hace personas consagradas. No puede hacer de ninguna otra clase. Empuja hacia este fin. Apunta precisamente a este propósito.

Así como la oración conduce a la plena consagración y la produce, así también la oración impregna por completo una vida consagrada. La vida de oración y la vida consagrada son compañeras íntimas. Son gemelas siamesas, inseparables. La oración entra en cada fase de una vida consagrada. Una vida sin oración que se dice consagrada es un nombre falso, falsa, una imitación.

La consagración es en realidad el apartarse uno mismo para una vida de oración. Significa no solo orar, sino orar habitualmente, y orar con mayor eficacia. Es el hombre consagrado quien más logra por su oración. Dios ha de oír al hombre enteramente entregado a Dios. Dios no puede negar las peticiones de aquel que ha renunciado a todo derecho sobre sí mismo, y que se ha dedicado por completo a Dios y a su servicio. Este acto del hombre consagrado lo coloca “en terreno de oración y en condiciones de suplicar” ante Dios. Lo pone al alcance de Dios en la oración. Lo sitúa donde puede asirse de Dios, y donde puede influir en Dios para que haga cosas que de otro modo no haría. La consagración trae respuestas a la oración. Dios puede contar con los hombres consagrados. Dios puede permitirse comprometerse en la oración con aquellos que se han comprometido plenamente con Dios. Quien todo lo da a Dios, todo lo recibirá de Dios. Habiendo dado todo a Dios, puede reclamar todo lo que Dios tiene para él.

Así como la oración es la condición de la plena consagración, así la oración es el hábito, la regla, de aquel que se ha dedicado por entero a Dios. La oración es propia de la vida consagrada. La oración no es cosa extraña en tal vida. Hay una peculiar afinidad entre la oración y la consagración, pues ambas reconocen a Dios, ambas se someten a Dios, y ambas tienen su meta y su fin en Dios. La oración es parte integrante de la vida consagrada. La oración es la constante, la inseparable, la íntima compañera de la consagración. Caminan y conversan juntas.

Hoy se habla mucho de consagración, y a muchos se les llama personas consagradas que no conocen ni el abecé de ella. Mucha de la consagración moderna queda muy por debajo del modelo de la Escritura. En realidad no hay verdadera consagración en ella. Así como hay mucha oración sin que haya en ella verdadera oración, así hay mucha de la llamada consagración corriente, hoy, en la Iglesia, que no tiene verdadera consagración en ella. Mucho pasa por consagración en la Iglesia, y recibe los elogios y aplausos de profesantes superficiales y formalistas, pero que está muy lejos del blanco. Hay mucho correr de un lado a otro, de aquí para allá, mucho aspaviento y ostentación, mucho ir y venir y hacer muchas cosas, y a quienes se afanan de esta manera se les llama hombres y mujeres consagrados. El problema central de toda esta falsa consagración es que no hay oración en ella, ni es en sentido alguno el resultado directo de la oración. Las personas pueden hacer muchas cosas excelentes y encomiables en la Iglesia y ser del todo extrañas a una vida de consagración, así como pueden hacer muchas cosas y carecer de oración.

He aquí la verdadera prueba de la consagración. Es una vida de oración. A menos que la oración sea preeminente, a menos que la oración esté al frente, la consagración es defectuosa, engañosa, mal llamada. ¿Ora él? Esa es la pregunta de prueba de todo el que se dice consagrado. ¿Es un hombre de oración? Ninguna consagración vale un pensamiento si carece de oración. Es más aún: si no es preeminente y primordialmente una vida de oración.

Dios quiere hombres consagrados porque pueden orar y orarán. Puede usar a los hombres consagrados porque puede usar a los hombres de oración. Así como los hombres sin oración le estorban el camino, lo obstaculizan e impiden el éxito de su causa, así también los hombres no consagrados le son inútiles, y lo estorban en llevar a cabo sus bondadosos planes, y en ejecutar sus nobles propósitos en la redención. Dios quiere hombres consagrados porque quiere hombres de oración. La consagración y la oración se encuentran en el mismo hombre. La oración es la herramienta con la que trabaja el hombre consagrado. Los hombres consagrados son los agentes por medio de los cuales obra la oración. La oración ayuda al hombre consagrado a mantener su actitud de consagración, lo mantiene vivo para con Dios, y lo asiste en hacer la obra a la que es llamado y a la que se ha entregado. La consagración contribuye a la oración eficaz. La consagración capacita a uno para sacar el máximo provecho de su oración.

Que Aquel a quien ahora pertenecemos
haga valer su soberano derecho;
y reciba todo canto agradecido,
y todo corazón que ama.

“Con justicia nos reclama por suyos,
Aquel que nos compró por precio;
el cristiano vive solo para Cristo,
y solo para Cristo muere.”

Hemos de insistir en que el propósito primordial de la consagración no es el servicio en el sentido ordinario de esa palabra. En la mente de no pocos, el servicio no significa nada más que ocuparse en alguna de las muchas formas de las actividades modernas de la Iglesia. Hay una multitud de tales actividades, suficientes para ocupar el tiempo y la mente de cualquiera, sí, más que suficientes. Algunas de ellas pueden ser buenas, otras no tanto. La Iglesia de hoy está llena de maquinaria, organizaciones, comités y sociedades, tanto que el poder que tiene es del todo insuficiente para hacer funcionar la maquinaria, o para proveer vida suficiente para hacer toda esta obra externa. La consagración tiene un fin mucho más alto y noble que el de simplemente gastarse en estas cosas externas.

La consagración apunta a la clase correcta de servicio: la clase que enseña la Escritura. Busca servir a Dios, pero en una esfera enteramente distinta de la que hay en la mente de los líderes y obreros de la Iglesia de hoy. La primerísima clase de servicio mencionada por Zacarías, padre de Juan el Bautista, en su maravillosa profecía y declaración de Lucas 1:74, fue esta:

“Que nos concediese que, sin temor, librados de nuestros enemigos, le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días nuestros.”

Aquí tenemos la idea de “servir a Dios en santidad y en justicia todos los días de nuestra vida.”

Y la misma clase de servicio se menciona en el vigoroso tributo de Lucas al padre y a la madre de Juan el Bautista antes del nacimiento de este:

“Y eran ambos justos delante de Dios, andando sin reprensión en todos los mandamientos y estatutos del Señor.”

Y Pablo, al escribir a los filipenses, da la misma nota clave al poner el énfasis en la intachabilidad de la vida:

“Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa, en medio de una nación maligna y perversa, entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo; reteniendo la palabra de vida.”

Hemos de mencionar una verdad extrañamente pasada por alto en estos días por los que se llaman obreros personales: que en las Epístolas de Pablo y de otros no son las llamadas actividades de la Iglesia las que se ponen al frente, sino más bien la vida personal. Es el buen comportamiento, la conducta justa, el vivir santo, la conversación piadosa, los temperamentos rectos —cosas que pertenecen primordialmente a la vida personal en la religión. En todas partes se enfatiza esto, se pone en primer plano, se le da importancia y se insiste en ello. La religión, ante todo, pone a uno a vivir rectamente. La religión se manifiesta en la vida. Así ha de probar la religión su realidad, su sinceridad y su Divinidad.

Que así expresen nuestros labios y vidas
el santo Evangelio que profesamos;
que así brillen nuestras obras y virtudes
para probar que la doctrina es toda Divina.

“Así proclamaremos mejor por doquier
las honras de Dios nuestro Salvador;
cuando la salvación reina en el interior
y la gracia doma el poder del pecado.”

El primer gran fin de la consagración es la santidad de corazón y de vida. Es glorificar a Dios, y esto no puede hacerse de ninguna manera más eficaz que por una vida santa que brota de un corazón limpiado de todo pecado. La gran carga del corazón que se impone a todo el que llega a ser cristiano radica precisamente aquí. Esto ha de tenerlo siempre presente, y para promover esta clase de vida y esta clase de corazón, ha de velar, orar, y aplicar toda su diligencia en usar todos los medios de gracia. El que es verdadera y plenamente consagrado, vive una vida santa. Busca la santidad de corazón. No se satisface sin ella. Para este mismo propósito se consagra a Dios. Se entrega enteramente a Dios a fin de ser santo en corazón y en vida.

Así como la santidad de corazón y de vida está enteramente impregnada de oración, así la consagración y la oración están estrechamente unidas en la religión personal. Se requiere oración para introducir a uno en semejante vida consagrada de santidad al Señor, y se requiere oración para mantener tal vida. Sin mucha oración, semejante vida de santidad se derrumbará. La gente santa es gente de oración. La santidad de corazón y de vida pone a la gente a orar. La consagración pone a la gente a orar de veras.

Las personas sin oración son extrañas a todo lo que se parezca a la santidad de corazón y a la limpieza de corazón. Los que no están familiarizados con el aposento no tienen interés alguno en la consagración y la santidad. La santidad prospera en el lugar de la oración secreta. Los ambientes del aposento de oración son favorables a su ser y a su cultivo. En el aposento se halla la santidad. La consagración introduce a uno en la santidad de corazón, y la oración está muy cerca cuando esto se realiza.

El espíritu de la consagración es el espíritu de la oración. La ley de la consagración es la ley de la oración. Ambas leyes obran en perfecta armonía sin el más leve choque ni discordia. La consagración es la expresión práctica de la verdadera oración. Las personas consagradas se conocen por sus hábitos de oración. La consagración se expresa así en la oración. Quien no tiene interés en la oración no tiene interés en la consagración. La oración crea un interés en la consagración; luego la oración introduce a uno en un estado del corazón donde la consagración es motivo de deleite, trayendo gozo al corazón, satisfacción al alma, contentamiento al espíritu. El alma consagrada es el alma más feliz. No hay fricción alguna entre aquel que está plenamente entregado a Dios y la voluntad de Dios. Hay perfecta armonía entre la voluntad de tal hombre y Dios, y su voluntad. Y estando las dos voluntades en perfecto acuerdo, esto trae reposo al alma, ausencia de fricción, y la presencia de perfecta paz.

Señor, en la fuerza de la gracia,
con un corazón alegre y libre,
a mí mismo, y el resto de mis días,
te consagro a Ti.

“Tu siervo rescatado, yo
te restituyo lo que es tuyo;
y desde este momento, viva o muera,
para servir a mi Dios tan solo.”

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Lo esencial de la oración E. M. Bounds

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