Lo esencial de la oración ·La oración y la obra de Dios

Capítulo 7 · 16 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la obra de Dios

“Si a Jacob se le hubiera concedido su deseo a tiempo para poder dormir bien esa noche, quizá nunca habría llegado a ser el príncipe de la oración que hoy conocemos. Si la oración de Ana por un hijo hubiera sido respondida en el momento que ella misma se había fijado, la nación quizá nunca habría conocido al poderoso varón de Dios que halló en Samuel. Ana solo quería un hijo, pero Dios quería más. Quería un profeta, y un salvador, y un gobernante para su pueblo. Alguien dijo que ‘Dios tuvo que conseguir una mujer antes de poder conseguir un hombre.’ Esta mujer la halló en Ana precisamente por medio de aquellas semanas y meses y años; vino una mujer con una visión semejante a la de Dios, con alma templada y espíritu apacible y una voluntad madurada, dispuesta a ser la clase de madre para la clase de hombre que Dios sabía que la nación necesitaba.”—W. E. Biederwolf.

Dios tiene entre manos una gran obra en este mundo. Esta obra está comprendida en el plan de salvación. Abarca la redención y la providencia. Dios gobierna este mundo, con sus seres inteligentes, para su propia gloria y para el bien de ellos. ¿Cuál es, entonces, la obra de Dios en este mundo? O más bien, ¿cuál es el fin que busca en su gran obra? No es nada menos que la santidad de corazón y de vida en los hijos del caído Adán. El hombre es una criatura caída, nacida con una naturaleza mala, con una mala inclinación, propensiones impías, deseos pecaminosos, inclinaciones perversas. El hombre es impío por naturaleza, nace así. “Se descarriaron desde la matriz, hablando mentira.”

Todo el plan de Dios es apoderarse del hombre caído y procurar cambiarlo y hacerlo santo. La obra de Dios consiste en hacer hombres santos de hombres impíos. Este es el fin mismo de la venida de Cristo al mundo:

“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”

Dios es santo en su naturaleza y en todos sus caminos, y quiere hacer al hombre semejante a Él mismo.

“Como aquel que os ha llamado es santo, así también sed vosotros santos en toda manera de conversación; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”

Esto es ser semejante a Cristo. Esto es seguir a Jesucristo. Este es el fin de todo esfuerzo cristiano. Este es el ferviente y sincero deseo de toda alma verdaderamente regenerada. Esto es lo que ha de pedirse constante y fervientemente en oración. Es que seamos hechos santos. No que hayamos de hacernos santos a nosotros mismos, sino que hemos de ser limpiados de todo pecado por la preciosa sangre expiatoria de Cristo, y hechos santos por la acción directa del Espíritu Santo. No que hayamos de hacer lo santo, sino más bien de ser santos. El ser debe preceder al hacer. Primero ser, luego hacer. Primero obtener un corazón santo, luego vivir una vida santa. Y para este alto y bondadoso fin Dios ha hecho las más amplias provisiones en la obra expiatoria de nuestro Señor y por medio de la acción del Espíritu Santo.

La obra de Dios en el mundo es la implantación, el crecimiento y el perfeccionamiento de la santidad en su pueblo. Tened esto siempre presente. Pero podríamos preguntar ahora mismo: ¿avanza esta obra en la Iglesia? ¿Están siendo hechos santos los hombres y las mujeres? ¿Está la Iglesia de hoy ocupada en el asunto de hacer hombres y mujeres santos? Esta no es una pregunta vana ni especulativa. Es práctica, pertinente y de suma importancia.

La Iglesia de hoy tiene una vasta maquinaria. Sus actividades son grandes, y su prosperidad material no tiene igual. El nombre de la religión está ampliamente difundido y es bien conocido. Mucho dinero entra en el tesoro del Señor y sale de él. Pero he aquí la pregunta: ¿marcha la obra de la santidad al mismo paso que todo esto? ¿Es el anhelo de las oraciones del pueblo de la Iglesia el ser hechos santos? ¿Son nuestros predicadores verdaderamente hombres santos? O, para retroceder un poco más, ¿tienen hambre y sed de justicia, deseando la leche sincera de la Palabra para crecer por ella? ¿Buscan realmente ser hombres santos? Por supuesto, hombres de inteligencia hacen mucha falta en el púlpito, pero antes que eso, y de manera primordial, está el hecho de que necesitamos hombres santos que se pongan delante de hombres que mueren y les proclamen la salvación de Dios.

Los ministros, como los laicos, y no más que los laicos, deben ser hombres santos en la vida, en la conversación y en el carácter. Deben ser ejemplos del rebaño de Dios en todas las cosas. Por sus vidas han de predicar tanto como por sus palabras. Se necesitan en el púlpito hombres que sean intachables en su vida, circunspectos en su conducta, “sin reprensión e irreprensibles en medio de una nación maligna y perversa, entre los cuales han de resplandecer en el mundo.” ¿Son nuestros predicadores hombres de esta clase? Simplemente hacemos la pregunta. Que el lector forme su propio juicio. ¿Progresa la obra de la santidad entre nuestros predicadores?

Preguntemos de nuevo: ¿son nuestros laicos principales ejemplos de santidad? ¿Buscan la santidad de corazón y de vida? ¿Son hombres de oración, orando siempre para que Dios los forme conforme a su modelo de santidad? ¿Están sus modos de hacer negocios sin mancha de pecado, y sus ganancias libres de la mácula del mal proceder? ¿Tienen el fundamento de una honradez sólida, y los eleva la rectitud a posición e influencia? ¿Corren la integridad y la probidad en los negocios en paralelo con la actividad religiosa y con la práctica eclesiástica?

Luego, mientras proseguimos nuestra investigación, buscando luz sobre si la obra de Dios entre su pueblo progresa, preguntemos además acerca de nuestras mujeres. ¿Están las mujeres principales de nuestras iglesias muertas a las modas de este mundo, separadas del mundo, no conformadas a las máximas y costumbres del mundo? ¿Es su conducta como corresponde a la santidad, enseñando a las jóvenes por palabra y por vida las lecciones de la sobriedad, la obediencia y el cuidado del hogar? ¿Se distinguen nuestras mujeres por sus hábitos de oración? ¿Son modelos de oración?

¡Cuán escrutadoras son todas estas preguntas! ¿Y se atreverá alguien a decir que son impertinentes y fuera de lugar? Si la obra de Dios es hacer santos a los hombres y a las mujeres, y Él ha hecho amplias provisiones en la ley de la oración para hacer precisamente esto, ¿por qué habría de tenerse por impertinente e inútil el plantear preguntas tan personales y directas como estas? Tienen que ver directamente con la obra, con su progreso y con su perfeccionamiento. Van al asiento mismo de la enfermedad. Dan en el blanco.

Bien podemos afrontar la situación de una vez. De nada sirve cerrar los ojos a los hechos reales. Si la Iglesia no realiza esta clase de obra —si la Iglesia no hace avanzar a sus miembros en la santidad de corazón y de vida— entonces todo nuestro despliegue de actividades y toda nuestra ostentación de obra eclesiástica son un engaño y un lazo.

Pero preguntemos acerca de otra clase numerosa e importante de personas en nuestras iglesias. Son la esperanza de la Iglesia del futuro. Hacia ellos se vuelven todos los ojos. ¿Están nuestros jóvenes, hombres y mujeres, creciendo en sensatez y reverencia, y en todas esas gracias que tienen su raíz en el corazón renovado, que señalan un avance sólido y permanente en la vida Divina? Si no estamos creciendo en santidad, entonces no estamos haciendo nada religioso ni permanente.

La prosperidad material no es la señal infalible de la prosperidad espiritual. La primera puede existir mientras la segunda está notablemente ausente. La prosperidad material puede fácilmente cegar los ojos de los líderes de la Iglesia, tanto que la harán un sustituto de la prosperidad espiritual. ¡Cuán grande es la necesidad de velar en ese punto! La prosperidad en asuntos de dinero no significa crecimiento en santidad. Las épocas de prosperidad material rara vez son épocas de avance espiritual, ni para el individuo ni para la Iglesia. Es tan fácil perder de vista a Dios cuando los bienes aumentan. Es tan fácil apoyarse en agentes humanos y dejar de orar y de confiar en Dios cuando la prosperidad material llega a la Iglesia.

Si se sostiene que la obra de Dios progresa, y que estamos creciendo en santidad, entonces surgen algunas preguntas desconcertantes que serán difíciles de responder. Si la Iglesia avanza por las líneas de una profunda espiritualidad —si somos un pueblo de oración, distinguido por sus hábitos de oración— si nuestro pueblo tiene hambre de santidad— entonces preguntemos: ¿por qué tenemos ahora tan pocas derramaduras poderosas del Espíritu Santo sobre nuestras iglesias principales y nuestras congregaciones más importantes? ¿Por qué es que tan pocos de nuestros avivamientos brotan de la vida del pastor, distinguido por su profunda espiritualidad, o de la vida de nuestra iglesia? ¿Acaso se ha acortado la mano del Señor para no poder salvar? ¿Se ha agravado su oído para no poder oír? ¿Por qué es que, para tener los llamados avivamientos, hemos de contar con una presión externa, con la reputación y la sensación de algún evangelista renombrado? Esto es en gran parte cierto en nuestras congregaciones más grandes y con nuestros hombres principales. ¿Por qué es que el pastor no es suficientemente espiritual, santo y en comunión con Dios, de modo que no puede sostener sus propios cultos de avivamiento, ni tener grandes derramaduras del Espíritu Santo sobre la Iglesia, la comunidad y sobre sí mismo? No puede haber sino una sola solución para todo este estado de cosas. Hemos cultivado otras cosas con descuido de la obra de la santidad. Hemos permitido que nuestras mentes se preocupen con las cosas materiales en la Iglesia. Por desgracia, sea de manera deliberada o no, hemos sustituido lo externo por lo interno. Hemos puesto al frente lo que se ve y hemos excluido lo que no se ve. Es demasiado cierto respecto a la Iglesia que estamos mucho más avanzados en los asuntos materiales que en los espirituales.

Pero la causa de este triste estado de cosas puede rastrearse más atrás. Se debe en gran medida a la decadencia de la oración. Pues con el declive de la obra de la santidad ha venido el declive del ejercicio de la oración. Como la oración y la santidad van juntas, así el declive de una significa la decadencia de la otra. Por más que lo excusemos, por más que justifiquemos el estado actual de las cosas, es demasiado evidente que el énfasis en la obra de la Iglesia de hoy no se pone en la oración. Y así como esto ha ocurrido, el énfasis se ha quitado de la gran obra de Dios puesta en marcha en la expiación: la santidad de corazón y de vida. La Iglesia no está produciendo hombres y mujeres de oración, porque la Iglesia no está intensamente ocupada en la única gran obra de la santidad.

En cierta ocasión, Juan Wesley vio que había un declive perceptible en la obra de la santidad, y se detuvo en seco para indagar la causa; y si somos tan honestos y espirituales como él lo fue, veremos ahora las mismas causas obrando para detener la obra de Dios entre nosotros. En una carta a su hermano Carlos, en cierta ocasión, va directamente al grano, y lo trata de manera breve e incisiva. He aquí cómo comienza su carta:

“¿Qué ha estorbado la obra? Quiero considerar esto. ¿Y no debemos decir primero que nosotros somos los principales? Si fuéramos más santos en corazón y en vida, enteramente consagrados a Dios, ¿no se encenderían todos los predicadores, y no lo llevarían consigo por toda la tierra?

“¿No es el siguiente estorbo la pequeñez de la gracia (más que la de los dones) en una parte considerable de nuestros predicadores? No tienen toda la mente que hubo en Cristo. No andan de continuo como Él anduvo. Y, por tanto, la mano del Señor está detenida, aunque no del todo; aunque Él sigue obrando todavía. Pero no en el grado en que ciertamente lo haría, si ellos fuesen santos como es santo Aquel que los ha enviado.

“¿No es el tercer estorbo la pequeñez de la gracia en la generalidad de nuestro pueblo? Por eso oran poco, y con poco fervor por una bendición general. Y, por tanto, su oración tiene poco poder con Dios. No cierra ni abre el cielo, como antaño.

“Añádase a esto que, así como hay mucho del espíritu del mundo en sus corazones, así hay mucha conformidad con el mundo en sus vidas. Deberían ser luces claras y resplandecientes, pero ni arden ni resplandecen. No son fieles a las reglas que profesan observar. No son santos en toda manera de conversación. Es más, muchos de ellos son sal que ha perdido su sabor, el poco sabor que una vez tuvieron. ¿Con qué, entonces, será sazonado el resto de la tierra? ¿Qué maravilla que sus prójimos sean tan impíos como siempre?”

Da en el punto exacto. Acierta en el centro. Gradúa la causa. Confiesa sin reservas que él y Carlos son la primera causa de este declive de la santidad. Los principales ocupan puestos de responsabilidad. Según van ellos, así va la Iglesia. Ellos dan color a la Iglesia. Determinan en gran medida su carácter y su obra. ¡Qué santidad debería distinguir a estos hombres principales! ¡Qué celo debería caracterizarlos siempre! ¡Qué espíritu de oración debería verse en ellos! ¡Cuán influyentes deberían ser para con Dios! Si la cabeza está débil, entonces todo el cuerpo sentirá el golpe.

Los pastores vienen a continuación en su catálogo. Cuando los pastores principales y los que están bajo ellos, los pastores inmediatos, detienen su avance en la santidad, el pánico llegará hasta el final de la fila. Como son los pastores, así será por regla general el pueblo. Si los pastores no oran, entonces el pueblo seguirá sus pasos. Si el predicador guarda silencio sobre la obra de la santidad, entonces no habrá hambre ni sed de santidad en los laicos. Si el predicador es descuidado en cuanto a obtener lo más alto y lo mejor que Dios tiene para él en la experiencia religiosa, entonces el pueblo lo imitará.

Una afirmación de Wesley necesita repetirse con énfasis. La pequeñez de la gracia, más que la escasez de los dones —tal es en gran medida el caso de los predicadores. Puede enunciarse como un axioma: que la obra de Dios fracasa, por regla general, más por la falta de gracia que por la falta de dones. Es más que esto. Es más que esto, pues una provisión plena de gracia trae un aumento de los dones. Puede repetirse que los resultados escasos, una experiencia pobre, una vida religiosa baja, y una predicación sin sentido y sin poder, siempre brotan de una falta de gracia. Y la falta de gracia brota de la falta de oración. La gran gracia viene de la gran oración.

¿Cuál es la gloriosa esperanza de nuestro llamado
sino la santidad interior?
Por esto a Jesús levanto los ojos,
por esto espero con calma.

“Espero hasta que Él me toque y limpie,
me imparta vida y poder;
dame la fe que echa fuera el pecado,
y purifica el corazón.”

Al llevar adelante su gran obra en el mundo, Dios obra por medio de agentes humanos. Obra por medio de su Iglesia colectivamente y por medio de su pueblo individualmente. Para que puedan ser agentes eficaces, han de ser “vaso para honra, santificado, y útil para los usos del Señor, y aparejado para toda buena obra.” Dios obra de la manera más eficaz por medio de hombres santos. Su obra progresa en las manos de hombres de oración. Pedro nos dice que los maridos que quizá no fueran alcanzados por la Palabra de Dios, podrían ser ganados por la conducta de sus esposas. Son aquellos que son “sin culpa y sencillos, hijos de Dios,” quienes pueden sostener la palabra de vida “en medio de una nación maligna y perversa.”

El mundo juzga la religión no por lo que dice la Biblia, sino por cómo viven los cristianos. Los cristianos son la Biblia que leen los pecadores. Estos son las epístolas que han de ser leídas por todos los hombres. “Por sus frutos los conoceréis.” El énfasis, pues, ha de ponerse en la santidad de vida. Pero, por desgracia, en la Iglesia de hoy el énfasis se ha puesto en otra parte. Al seleccionar obreros para la Iglesia y al escoger oficiales eclesiásticos, la cualidad de la santidad no se toma en cuenta. La aptitud para la oración parece no tenerse en cuenta, cuando era precisamente al revés en todos los movimientos de Dios y en todos sus planes. Él buscaba hombres santos, aquellos distinguidos por sus hábitos de oración. Los guías en la oración escasean. La conducta de oración no se considera como la más alta cualificación para los cargos en la Iglesia.

No podemos maravillarnos de que se logre tan poco en la gran obra que Dios tiene entre manos en el mundo. Lo cierto es que resulta sorprendente que se haya hecho tanto con agentes tan débiles y defectuosos. “Santidad al Señor” necesita de nuevo escribirse en los estandartes de la Iglesia. Una vez más necesita resonar en los oídos de los cristianos modernos. “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.”

Dígase una y otra vez que este es el modelo Divino de la religión. Nada menos que esto satisfará el requisito Divino. ¡Oh el peligro del engaño en este punto! ¡Cuán cerca puede uno llegar de estar en lo correcto y, sin embargo, estar equivocado! Algunos hombres pueden llegar muy cerca de pronunciar la palabra de prueba, “Shibboleth,” pero no la aciertan. “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor,” dice Jesucristo, pero declara además que entonces les dirá: “Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.”

Los hombres pueden hacer muchas cosas buenas y, sin embargo, no ser santos de corazón ni justos en su conducta. Pueden hacer muchas cosas buenas y carecer de esa cualidad espiritual del corazón llamada santidad. ¡Cuán grande es la necesidad de escuchar las palabras de Pablo que nos guardan contra el autoengaño en la gran obra de la salvación personal:

“No os engañéis: Dios no puede ser burlado: que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.”

Oh, que yo siempre me aparte del pecado;
un corazón sabio y entendido,
Jesús, me sea dado a mí;
y déjame por tu Espíritu saber
glorificar a mi Dios aquí abajo,
y hallar mi camino al cielo.

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Lo esencial de la oración E. M. Bounds

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