Lo esencial de la oración ·La oración y la aflicción (continuación)

Capítulo 6 · 9 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la aflicción (continuación)

“Mi primer mensaje pidiendo alivio celestial fue cantando por millones de millas del espacio en 1869, y trajo alivio a mi corazón atribulado. Pero, gracias sean dadas a Él, he recibido muchas respuestas deliciosas y provechosas durante los últimos cincuenta años. Pensaría que el comercio de los cielos se había declarado en quiebra si no escuchara con frecuencia, desde que he aprendido a pedir y a recibir.”—Rev. H. W. Hodge.

En el Nuevo Testamento se emplean tres palabras que abarcan la aflicción. Son tribulación, sufrimiento y aflicción, palabras que difieren un tanto entre sí, y sin embargo cada una de ellas significa en la práctica algún tipo de aflicción. Nuestro Señor advirtió a sus discípulos que podían esperar tribulación en esta vida, enseñándoles que la tribulación pertenecía a este mundo y que no podían esperar escapar de ella; que no serían llevados por esta vida sobre lechos floridos de reposo. ¡Qué difícil es aprender esta lección tan sencilla y evidente! “En el mundo tendréis aflicción; mas confiad, yo he vencido al mundo.” Ahí está el aliento. Así como Él había vencido al mundo y sus tribulaciones, así también podían hacerlo ellos.

Pablo enseñó la misma lección a lo largo de su ministerio, cuando, al confirmar las almas de los hermanos y exhortarlos a permanecer en la fe, les dijo que “es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” Él mismo lo sabía por su propia experiencia, pues su senda fue cualquier cosa menos llana y florida.

Es él quien usa la palabra “sufrimiento” para describir las aflicciones de la vida, en aquel pasaje consolador en el que contrasta las aflicciones de la vida con la gloria final del cielo, que será la recompensa de todos los que soportan con paciencia los males de la Divina Providencia:

“Porque tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son dignas de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada.”

Y es él quien habla de las aflicciones que vienen sobre el pueblo de Dios en este mundo, y las considera leves en comparación con el peso de gloria que aguarda a todos los que son sumisos, pacientes y fieles en todas sus aflicciones:

“Porque lo que al presente es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno peso de gloria.”

Pero estas aflicciones presentes solo pueden obrar en favor nuestro cuando cooperamos con Dios en la oración. Como Dios obra por medio de la oración, es solo por este medio que puede llevar a cabo sus más altos fines para con nosotros. Su Providencia obra con el mayor efecto en los que oran. Estos conocen los usos de la aflicción y sus designios llenos de gracia. El mayor valor de la aflicción llega a los que se inclinan más hondo ante el trono.

Pablo, al instar a la paciencia en la tribulación, la relaciona directamente con la oración, como si solo la oración pudiera colocarnos donde podamos ser pacientes cuando llega la tribulación. “Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración.” Aquí une la tribulación y la oración, mostrando su estrecha relación y el valor de la oración para engendrar y cultivar la paciencia en la tribulación. En efecto, no puede manifestarse paciencia alguna cuando llega la aflicción, sino en la medida en que se obtiene mediante la oración constante y continua. En la escuela de la oración es donde la paciencia se aprende y se practica.

La oración nos introduce en ese estado de gracia donde la tribulación no solo se soporta, sino donde bajo ella hay un espíritu de gozo. Al mostrar los beneficios llenos de gracia de la justificación, en Romanos 5:3, Pablo dice:

“Y no sólo esto, mas aun nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado.”

¡Qué cadena de gracias se presenta aquí como brotando de la tribulación! ¡Qué pasos sucesivos hacia un alto estado de experiencia religiosa! ¡Y qué ricos frutos resultan aun de la dolorosa tribulación!

En el mismo sentido van las palabras de Pedro en su Primera Epístola, en su intensa oración por aquellos cristianos a quienes escribe; mostrando así que el sufrimiento y el más alto estado de gracia están estrechamente unidos; e insinuando que es por medio del sufrimiento como hemos de ser llevados a esas regiones más altas de la experiencia cristiana:

“Mas el Dios de toda gracia, que nos ha llamado á su gloria eterna por Jesucristo, después que hubiereis un poco de tiempo padecido, él mismo os perfeccione, confirme, corrobore y establezca.”

Es en los fuegos del sufrimiento donde Dios purifica a sus santos y los lleva a las cosas más altas. Es en el horno donde su fe es probada, su paciencia es puesta a prueba, y son desarrollados en todas esas ricas virtudes que componen el carácter cristiano. Es mientras pasan por aguas profundas cuando Él muestra cuán cerca puede llegar a sus santos que oran y creen.

Se requiere una fe de alto grado y una experiencia cristiana muy por encima de la religión promedio de nuestros días para tener por gozo el ser llamados a pasar por la tribulación. El más alto propósito de Dios al tratar con su pueblo es desarrollar el carácter cristiano. Anhela engendrar en nosotros esas ricas virtudes que pertenecen a nuestro Señor Jesucristo. Busca hacernos semejantes a Él mismo. No es tanto obra lo que desea de nosotros. No es grandeza. Es la presencia en nosotros de paciencia, mansedumbre, sumisión a la voluntad Divina, un espíritu de oración que todo lo lleva a Él. Busca engendrar su propia imagen en nosotros. Y la aflicción, en alguna forma, tiende a hacer precisamente esto, pues este es el fin y el propósito de la aflicción. Esta es su obra. Esta es la tarea que se le encomienda cumplir. No es un incidente casual de la vida, sino que tiene un designio a la vista, así como tiene tras de sí a un Diseñador Todo-Sabio, que hace de la aflicción su agente para producir los mayores resultados.

El autor de la Epístola a los Hebreos nos ofrece un directorio perfecto de la aflicción, amplio, claro y digno de ser estudiado. Aquí está el “castigo,” otra palabra para la aflicción, que viene de la mano de un Padre, mostrando que Dios está en todos los sucesos tristes y afligentes de la vida. Aquí están su naturaleza y su designio lleno de gracia. No es castigo en el sentido exacto de esa palabra, sino el medio que Dios emplea para corregir y disciplinar a sus hijos al tratar con ellos en la tierra. Luego tenemos el hecho de la evidencia de ser su pueblo, a saber, la presencia del castigo. El fin último es que seamos “participantes de su santidad,” lo cual no es sino otra manera de decir que todo este proceso disciplinario tiene por fin que Dios nos haga semejantes a Él mismo. ¡Qué aliento, también, que el castigo no sea evidencia de ira o de disgusto por parte de Dios, sino la firme prueba de su amor! Leamos el directorio entero sobre este importante tema:

“Y estáis ya olvidados de la exhortación que como con hijos habla con vosotros, diciendo: Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor, ni desmayes cuando eres de él reprendido; porque el Señor al que ama castiga, y azota á cualquiera que recibe por hijo. Si sufrís el castigo, Dios se os presenta como á hijos; porque ¿qué hijo es aquel á quien el padre no castiga? Mas si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos participantes, luego sois bastardos, y no hijos.

“Por otra parte, tuvimos por castigadores á los padres de nuestra carne, y los reverenciábamos; ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, á la verdad, por pocos días nos castigaban como á ellos les parecía; mas éste para lo que nos es provechoso, para que recibamos su santidad. Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible de justicia á los que en él son ejercitados.”

Así como la oración es amplia en su alcance, abarcándolo todo, así la aflicción es infinitamente variada en sus usos y designios. A veces hace falta la aflicción para captar la atención, para detener a los hombres en el ajetreo afanoso de la vida, y para despertarlos a la conciencia de su impotencia, su necesidad y su pecado. No fue sino hasta que el rey Manasés fue atado con espinas y llevado a una tierra extraña, y cayó en profunda aflicción, cuando despertó y fue vuelto a Dios. Fue entonces cuando se humilló y comenzó a invocar a Dios.

El Hijo Pródigo era independiente y autosuficiente cuando estaba en la prosperidad, pero cuando el dinero y los amigos se marcharon, y comenzó a padecer necesidad, fue entonces cuando “volvió en sí,” y decidió regresar a la casa de su padre, con oración y confesión en los labios. Muchos hombres que han olvidado a Dios han sido detenidos, llevados a considerar sus caminos, y traídos a acordarse de Dios y a orar por medio de la aflicción. ¡Bendita es la aflicción cuando logra esto en los hombres!

Es por esta razón, entre otras, que Job dice:

“He aquí, bienaventurado es el hombre á quien Dios castiga: por tanto no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es el que hace la llaga, y él la vendará: él hiere, y sus manos curan. En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal.”

Podría mencionarse una cosa más. La aflicción hace que la tierra sea indeseable y hace que el cielo se alce grande en el horizonte de la esperanza. Hay un mundo donde la aflicción nunca llega. Pero la senda de la tribulación conduce a ese mundo. Los que están allí llegaron allá por medio de la tribulación. ¡Qué mundo se pone delante de nuestros ojos anhelantes, que apela a nuestras esperanzas, mientras las tristezas como un ciclón se abaten sobre nosotros! Escuchad a Juan, mientras habla de ese mundo y de los que allí están:

“¿Estos que están vestidos de luengas ropas blancas, quiénes son, y de dónde han venido?… Y él me dijo: Estos son los que han venido de grande tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.… Y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos.”

“Allí bañaré mi alma cansada,
en mares de celestial reposo,
y ni una ola de aflicción vendrá,
a turbar mi pecho apacible.”

¡Oh, hijos de Dios, vosotros que habéis sufrido, que habéis sido duramente probados, cuyas tristes experiencias tantas veces han traído espíritus quebrantados y corazones sangrantes, cobrad ánimo! Dios está en todas vuestras aflicciones, y Él cuidará de que todas “a bien obren juntamente,” con tal que seáis pacientes, sumisos y dados a la oración.

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Lo esencial de la oración E. M. Bounds

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