Capítulo 12 · 10 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La universalidad de la oración
“Se requiere más del poder del Espíritu para santificar la granja, el hogar, la oficina, la tienda, el taller, que para santificar la Iglesia. Se requiere más del poder del Espíritu para santificar el sábado que para santificar el domingo. Se requiere mucho más del poder del Espíritu para ganar dinero para Dios que para pronunciar un discurso para Dios. Mucho más para vivir una gran vida para Dios que para predicar un gran sermón.”—Edward M. Bounds.
La oración es de amplio alcance en su influencia y de dimensión mundial en sus efectos. Afecta a todos los hombres, los afecta en todas partes y los afecta en todas las cosas. Toca el interés del hombre en el tiempo y en la eternidad. Se aferra a Dios y lo mueve a intervenir en los asuntos de la tierra. Mueve a los ángeles a ministrar a los hombres en esta vida. Refrena y derrota al diablo en sus ardides para arruinar al hombre. La oración va a todas partes y pone su mano sobre todo. Hay una universalidad en la oración. Cuando hablamos de la oración y de su obra, debemos usar términos universales. Es individual en su aplicación y en sus beneficios, pero al mismo tiempo es general y mundial en sus buenas influencias. Bendice al hombre en cada suceso de la vida, le proporciona ayuda en cada emergencia, y le da consuelo en cada aflicción. No hay experiencia por la que el hombre sea llamado a pasar en que la oración no esté allí como ayudadora, consoladora y guía.
Cuando hablamos de la universalidad de la oración, descubrimos muchas facetas en ella. Primero, cabe observar que todos los hombres deben orar. La oración está destinada a todos los hombres, porque todos los hombres necesitan a Dios y necesitan lo que Dios tiene y lo que solo la oración puede asegurar. Como se llama a los hombres a orar en todas partes, por consecuencia todos los hombres deben orar, pues los hombres están en todas partes. Se usan términos universales cuando se manda a los hombres orar, y hay una promesa en términos universales para todos los que invocan a Dios en busca de perdón, de misericordia y de ayuda:
“Porque no hay diferencia; porque el mismo que es Señor de todos, rico es para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Como no hay diferencia en el estado de pecado en que se hallan los hombres, y todos los hombres necesitan la gracia salvadora de Dios, que es la única que puede bendecirlos, y como esta gracia salvadora se obtiene solo en respuesta a la oración, por lo tanto todos los hombres son llamados a orar a causa de sus propias necesidades.
Es una regla de la interpretación de la Escritura que, dondequiera que se emite un mandato sin limitación, es universal en su fuerza obligatoria. Así vienen al caso las palabras del Señor en Isaías:
“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
De modo que, como la maldad es universal, y como todos los hombres necesitan el perdón, así todos los hombres deben buscar a Jehová mientras puede ser hallado, y deben llamarle en tanto que está cercano. La oración pertenece a todos los hombres porque todos los hombres son redimidos en Cristo. Es un privilegio para todo hombre orar, pero no es menos un deber ineludible para ellos invocar a Dios. Ningún pecador está excluido del propiciatorio. Todos son bienvenidos a acercarse al trono de la gracia con todas sus carencias y aflicciones, con todos sus pecados y cargas.
“Venid, mundo entero; ven, tú, pecador;
todo está pronto ahora en Cristo.”
Dondequiera que un pobre pecador vuelva sus ojos a Dios, sin importar dónde esté ni cuál sea su culpa y su pecaminosidad, el ojo de Dios está sobre él y su oído está abierto a sus oraciones.
Pero los hombres pueden orar en todas partes, puesto que Dios es accesible en todo clima y bajo toda circunstancia. “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos limpias, sin ira ni contienda.”
Ningún lugar de la tierra está demasiado distante de Dios para alcanzar el cielo. Ningún lugar es tan remoto que Dios no pueda ver ni oír a quien mira hacia él y busca su rostro. Oliver Holden pone en un himno estas palabras:
“Entonces, alma mía, en todo aprieto,
ven a tu Padre y espera;
Él responderá a toda oración;
Dios está presente en todas partes.”
Existe solo esta salvedad a la idea de que uno puede orar en todas partes. Algunos lugares, a causa del mal negocio que allí se lleva a cabo, o a causa del ambiente que les es propio, que brota del lugar mismo, del carácter moral de quienes conducen el negocio y de quienes lo sostienen, son lugares donde la oración no estaría en su sitio. Podríamos citar la taberna, el teatro, la ópera, la mesa de juego, el baile y otros lugares semejantes de diversión mundana. La oración está tan fuera de lugar en tales sitios que nadie se atrevería jamás a orar. La oración sería una intrusión, así considerada por los dueños, los clientes y los sostenedores de tales lugares. Además, quienes frecuentan tales sitios no son gente de oración. Pertenecen casi por entero a la muchedumbre mundana que no ora.
Aunque hemos de orar en todas partes, indudablemente ello significa que no hemos de frecuentar los lugares donde no podemos orar. Orar en todas partes es orar en todos los lugares legítimos, y frecuentar especialmente aquellos lugares donde la oración es bien recibida y se le da una acogida bondadosa. Orar en todas partes es preservar el espíritu de oración en los lugares de negocio, en nuestro trato con los hombres, y en la intimidad del hogar en medio de todos sus cuidados domésticos.
La Oración Modelo de nuestro Señor, llamada familiarmente “el Padrenuestro,” es la oración universal, porque está peculiarmente adaptada a todos los hombres, en todas partes, en toda circunstancia y en todo tiempo de necesidad. Puede ponerse en la boca de todos los pueblos, en todas las naciones y en todos los tiempos. Es un modelo de oración que no necesita enmienda ni alteración alguna para toda familia, pueblo y nación.
Además, la oración tiene su aplicación universal en que todos los hombres han de ser objeto de oración. Por todos los hombres, en todas partes, se ha de orar. La oración debe abarcar a toda la raza caída de Adán, porque todos los hombres cayeron en Adán, fueron redimidos en Cristo, y son beneficiados por las oraciones que se hacen por ellos. Esta es la doctrina de Pablo en su directorio de oración, en I Timoteo 2:1:
“Amonesto, pues, ante todas cosas, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y hacimientos de gracias por todos los hombres.”
Hay, por tanto, firme fundamento escritural para extendernos y abrazar a todos los hombres en nuestras oraciones, puesto que no solo se nos manda orar así por ellos, sino que la razón dada es que Cristo se dio a sí mismo en rescate por todos los hombres, y todos los hombres son provisionalmente beneficiarios de la muerte expiatoria de Jesucristo.
Pero, por último, y con más detenimiento, la oración tiene un lado universal en que se ha de orar acerca de todas las cosas que nos conciernen, y todas las cosas que son para nuestro bien —físico, social, intelectual, espiritual y eterno— son objeto de oración. Antes, sin embargo, de considerar esta faceta de la oración, detengámonos y miremos de nuevo la oración universal por todos los hombres. Como una clase especial por la cual orar, podemos mencionar a quienes tienen el mando en el estado o a quienes ejercen autoridad en la Iglesia. La oración tiene poderosas potencias. Hace buenos gobernantes, y los hace mejores gobernantes. Refrena al desenfrenado y al déspota. Por los gobernantes se ha de orar. No están fuera del alcance ni del dominio de la oración, porque no están fuera del alcance ni del dominio de Dios. El malvado Nerón estaba en el trono de Roma cuando Pablo escribió estas palabras a Timoteo, urgiendo la oración por los que están en autoridad.
Los labios cristianos han de exhalar oraciones por los gobernantes crueles e infames del estado, tanto como por los gobernadores y príncipes justos y benignos. La oración ha de ser de tan amplio alcance como la raza: “por todos los hombres.” La humanidad ha de cargar nuestros corazones mientras oramos, y todos los hombres han de ocupar nuestros pensamientos al acercarnos al trono de la gracia. En nuestras horas de oración, todos los hombres han de tener un lugar. Las carencias y aflicciones de toda la raza han de ensanchar y enternecer nuestras simpatías, y encender nuestras peticiones. Ningún hombre pequeño puede orar. Ningún hombre con conceptos estrechos de Dios, de su plan para salvar a los hombres y de las necesidades universales de todos los hombres, puede orar eficazmente. Se necesita un hombre de mente amplia, que comprenda a Dios y sus propósitos en la expiación, para orar bien. Ningún cínico puede orar. La oración es la más divina filantropía, así como la más grande magnanimidad del corazón. La oración procede de un corazón grande, lleno de pensamientos acerca de todos los hombres y de simpatías por todos los hombres.
La oración corre paralela a la voluntad de Dios, “el cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.”
La oración se eleva hasta el cielo, y trae el cielo a la tierra. La oración tiene en sus manos una doble bendición. Recompensa a quien ora, y bendice a aquel por quien se ora. Trae paz a las pasiones en guerra y calma los elementos en pugna. La tranquilidad es el dichoso fruto de la verdadera oración. Hay una calma interior que le viene a quien ora, y también una calma exterior. La oración crea “vida quieta y reposada en toda piedad y honestidad.”
La oración recta no solo hace la vida hermosa en paz, sino fragante en justicia y de peso en influencia. La honestidad, la gravedad, la integridad y el peso en el carácter son los frutos naturales y esenciales de la oración.
Es esta clase de oración de dimensión mundial, magnánima y desinteresada la que agrada bien a Dios, y la que es aceptable a su vista, porque coopera con su voluntad y corre en gráciles corrientes hacia todos los hombres y hacia cada hombre. Es esta clase de oración la que el hombre Cristo Jesús hizo mientras estuvo en la tierra, y la misma clase que él hace ahora a la diestra de su Padre en el cielo, como nuestro Poderoso Intercesor. Él es el modelo de la oración. Él está entre Dios y el hombre, el único Mediador, que se dio a sí mismo en rescate por todos los hombres, y por cada hombre.
Así es que la verdadera oración se enlaza con la voluntad de Dios, y corre en corrientes de solicitud, de compasión y de intercesión por todos los hombres. Como Jesucristo murió por todo aquel que estuvo comprendido en la caída, así la oración ciñe a cada uno y se entrega en beneficio de cada uno. Como nuestro único Mediador entre Dios y el hombre, quien ora se sitúa a mitad de camino entre Dios y el hombre, con oraciones, súplicas, “y fuertes clamores y lágrimas.” La oración tiene en su mano los movimientos de la raza del hombre, y abraza los destinos de los hombres por toda la eternidad. Tanto el rey como el mendigo son afectados por ella. Toca el cielo y mueve la tierra. La oración sostiene la tierra unida al cielo y pone al cielo en estrecho contacto con la tierra.
“A tus guías y hermanos lleva
por siempre en tu memoria;
extiende los brazos de la poderosa oración
abarcando a toda la humanidad.”