Capítulo 9 · 43 min de lectura · 56 min de escucha
Libro IX
Capítulo I
Oh Señor, yo soy tu siervo; yo soy tu siervo, hijo de tu sierva: tú rompiste mis prisiones. Te ofreceré sacrificio de alabanza. Alábente mi corazón y mi lengua; y digan todos mis huesos: Señor, ¿quién como tú? Díganlo, y respóndeme tú, y di a mi alma: Yo soy tu salvación. ¿Quién soy yo, y qué soy yo? ¿Qué mal no hubo en mis obras, o, si no en mis obras, en mis palabras, o, si no en mis palabras, en mi voluntad? Pero tú, Señor, eres bueno y misericordioso, y tu diestra miró la profundidad de mi muerte, y vació desde el fondo de mi corazón aquel abismo de corrupción. Y todo este don tuyo consistía en no querer lo que yo quería y en querer lo que tú querías. Mas ¿dónde estuvo durante tantos años, y de qué escondido y profundo rincón fue llamado en un momento mi libre albedrío, para someter mi cuello a tu yugo fácil y mis hombros a tu carga ligera, oh Cristo Jesús, ayudador mío y redentor mío? ¡Qué dulce se me hizo de pronto carecer de las dulzuras de aquellas bagatelas! Y lo que antes temía perder, ahora era un gozo dejarlo. Porque tú las arrojabas de mí, tú, verdadera y suma dulzura. Tú las arrojabas, y en su lugar entrabas tú mismo, más dulce que todo deleite, aunque no para la carne y la sangre; más claro que toda luz, pero más escondido que toda profundidad; más alto que todo honor, pero no para los que se tienen por altos en su propia opinión. Ya estaba mi alma libre de los cuidados mordaces de pretender y de adquirir, de revolcarse en el cieno y de rascarse la sarna de la concupiscencia. Y mi lengua infantil hablaba libremente contigo, claridad mía, riqueza mía y salud mía, Señor Dios mío.
Capítulo II
Y resolví en tu presencia no arrancar con estrépito, sino retirar suavemente, el servicio de mi lengua de los mercados de la charlatanería, para que los jóvenes, estudiosos no de tu ley ni de tu paz, sino de mentirosas locuras y contiendas forenses, no compraran más de mi boca armas para su furor. Y muy oportunamente faltaban ya muy pocos días para las vacaciones de la vendimia, y resolví soportarlos, para despedirme luego de manera ordenada y, rescatado por ti, no volver más a venderme. Nuestro propósito, pues, te era conocido a ti; pero a los hombres, fuera de nuestros amigos, no lo era. Porque habíamos convenido entre nosotros no divulgarlo a nadie; aunque a nosotros, que subíamos ya del valle de lágrimas y cantábamos aquel cántico gradual, tú nos habías dado saetas agudas y brasas devastadoras contra la lengua engañosa, que, so color de aconsejarnos, nos contrariaría, y por amor nos devoraría, como hace con su comida.
Tú habías traspasado nuestros corazones con tu caridad, y llevábamos tus palabras como clavadas en las entrañas; y los ejemplos de tus siervos, a quienes de negros habías hecho resplandecientes y de muertos, vivos, amontonados en el seno de nuestros pensamientos, encendían y consumían aquella nuestra pesada torpeza, para que no nos hundiéramos en el abismo; y nos inflamaban con tal vehemencia que todos los soplos de las lenguas engañosas de los contradictores solo podían encendernos con más ardor, no apagarnos. Sin embargo, como por amor de tu nombre, que has santificado por toda la tierra, este nuestro voto y propósito podía hallar también quienes lo alabaran, parecía ostentación no esperar las vacaciones ya tan próximas, sino abandonar de antemano una profesión pública que estaba a la vista de todos; de modo que todos, al mirar este acto mío y observar cuán cercano estaba el tiempo de la vendimia que yo quería anticipar, hablarían mucho de mí, como si hubiera querido parecer algún gran personaje. ¿Y de qué me habría servido que la gente juzgara y disputara sobre mi propósito, y que se hablara mal de nuestro bien?
Además, al principio me había turbado que aquel mismo verano mis pulmones empezaran a flaquear por el excesivo trabajo literario, y a respirar con dificultad, y a mostrar con el dolor del pecho que estaban lastimados, y a rehusar todo discurso pleno o prolongado; esto me había turbado, porque casi me obligaba por necesidad a deponer aquella carga de la enseñanza o, si podía curarme y restablecerme, al menos a interrumpirla. Pero cuando surgió en mí y se afirmó el pleno deseo de reposo, para ver que tú eres el Señor, Dios mío, tú lo sabes, empecé incluso a alegrarme de tener esta excusa secundaria, y no fingida, que podría moderar en algo el disgusto de aquellos que, por causa de sus hijos, querían que yo nunca tuviera la libertad de tus hijos. Lleno, pues, de este gozo, aguanté hasta que transcurrió aquel intervalo de tiempo; serían unos veinte días, y sin embargo los aguanté con entereza; los aguanté, porque la codicia, que antes llevaba parte de este pesado negocio, me había abandonado, y yo quedaba solo, y habría sucumbido si la paciencia no hubiese ocupado su lugar. Quizá alguno de tus siervos, hermanos míos, diga que pequé en esto, que, con el corazón plenamente puesto en tu servicio, consentí en sentarme siquiera una hora en la cátedra de la mentira. No quiero porfiar. Pero tú, oh Señor misericordiosísimo, ¿no perdonaste y remitiste también este pecado, junto con mis otros pecados horribilísimos y mortales, en el agua santa?
Capítulo III
Verecundo se consumía de inquietud por esta nuestra dicha, porque, retenido por lazos que lo ataban estrechísimamente, veía que había de separarse de nosotros. Pues él aún no era cristiano, aunque su esposa era de los fieles; y, sin embargo, precisamente por esto, más rígidamente que por ninguna otra cadena, se veía estorbado e impedido para el camino que nosotros habíamos emprendido. Porque no quería, decía, ser cristiano de otra manera que de aquella que no podía. Con todo, nos ofreció cortésmente su casa de campo para que permaneciéramos en ella todo el tiempo que estuviéramos allí. Tú, oh Señor, se lo recompensarás en la resurrección de los justos, pues ya le has dado la suerte de los justos. Porque, aunque en nuestra ausencia, estando ya nosotros en Roma, fue atacado de una enfermedad corporal, y en ella, hecho cristiano y uno de los fieles, partió de esta vida, tuviste misericordia no solo de él, sino también de nosotros, para que, recordando la extraordinaria bondad de nuestro amigo para con nosotros sin poder contarlo entre tu rebaño, no fuéramos atormentados por un dolor intolerable. Gracias a ti, Dios nuestro, tuyos somos: tus inspiraciones y consuelos nos lo dicen. Fiel en tus promesas, tú pagas ahora a Verecundo su casa de campo de Casiciaco, donde descansamos en ti de la fiebre del mundo, con la eterna frescura de tu paraíso; porque le has perdonado sus pecados sobre la tierra, en aquel monte fértil, monte que mana leche, monte tuyo.
Él, pues, tenía entonces tristeza, pero Nebridio gozo. Porque, aunque también él, no siendo aún cristiano, había caído en el hoyo de aquel perniciosísimo error, creyendo que la carne de tu Hijo era un fantasma, saliendo de allí creía como nosotros; aún no iniciado en ningún sacramento de tu Iglesia, pero buscador ardentísimo de la verdad. A él, poco después de nuestra conversión y regeneración por tu bautismo, siendo ya también miembro fiel de la Iglesia católica y sirviéndote en perfecta castidad y continencia entre los suyos en África, después de que toda su casa se hiciera cristiana por medio de él, lo libraste de la carne; y ahora vive en el seno de Abraham. Sea lo que fuere lo que se significa por aquel seno, allí vive mi Nebridio, mi dulce amigo, e hijo tuyo, oh Señor, adoptivo de liberto: allí vive. Porque ¿qué otro lugar hay para un alma tal? Allí vive, en aquel lugar acerca del cual tanto me preguntaba a mí, pobre hombre inexperto. Ya no pone su oído junto a mi boca, sino su boca espiritual junto a tu fuente, y bebe cuanto puede recibir, sabiduría a la medida de su sed, feliz sin fin. Y no creo que se embriague de ella hasta el punto de olvidarse de mí, pues tú, Señor, a quien él bebe, te acuerdas de nosotros. Así estábamos entonces, consolando a Verecundo, que se entristecía, salva la amistad, de que nuestra conversión fuera de tal suerte, y exhortándolo a hacerse fiel según su medida, a saber, la del estado de casado; y esperando que Nebridio nos siguiera, lo cual, estando tan cerca, estaba a punto de hacer. Y así, he aquí que aquellos días pasaron al fin; pues largos y muchos me parecían, por el amor que tenía a la libertad sosegada, para cantarte desde lo más íntimo de mis entrañas: Mi corazón te ha dicho: He buscado tu rostro; tu rostro, Señor, buscaré.
Capítulo IV
Llegó, pues, el día en que de hecho había de quedar libre de mi cátedra de retórica, de la que en pensamiento ya estaba libre. Y así se hizo. Libraste mi lengua de donde ya antes habías librado mi corazón. Y te bendecía gozoso, retirándome con todos los míos a la quinta. Lo que allí hice en materia de escritos, puestos ya a tu servicio aunque todavía, en esta como pausa para respirar, jadeantes de la escuela de la soberbia, lo atestiguan mis libros, tanto lo que discutí con otros como lo que traté a solas conmigo delante de ti; y lo que traté con Nebridio, que estaba ausente, lo atestiguan mis cartas. ¿Y cuándo tendré tiempo de referir todos tus grandes beneficios para con nosotros en aquel tiempo, sobre todo apresurándome hacia misericordias aún mayores? Porque mi memoria me llama, y me es grato, oh Señor, confesarte con qué aguijones interiores me domaste, y cómo me allanaste, abatiendo los montes y collados de mis altivos pensamientos, enderezando mis torceduras y suavizando mis asperezas; y cómo sometiste también al hermano de mi corazón, Alipio, al nombre de tu Unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que él al principio no se dignaba consentir que se insertase en nuestros escritos. Pues prefería que olieran a los altos cedros de las escuelas, que el Señor ya ha quebrantado, antes que a las saludables hierbas de la Iglesia, antídoto contra las serpientes.
¡Oh, con qué acentos te hablaba, Dios mío, cuando leía los Salmos de David, cánticos de fe y sones de piedad que no admiten espíritu hinchado, siendo todavía catecúmeno y novicio en tu verdadero amor, mientras descansaba en aquella quinta con Alipio, también catecúmeno, y con mi madre unida a nosotros, con atuendo de mujer y fe de varón, con la serenidad de la vejez, el amor de madre y la piedad cristiana! ¡Oh, qué acentos te dirigía en aquellos Salmos, y cómo me inflamaban en ti, y ardía en deseos de recitarlos, si fuera posible, al mundo entero contra la soberbia del género humano! Y, sin embargo, se cantan en todo el mundo, y no hay quien se esconda de tu calor. ¡Con qué vehemente y amarga indignación me airaba contra los maniqueos! Y a la vez los compadecía, porque no conocían aquellos sacramentos, aquellas medicinas, y se enfurecían contra el antídoto que podía haberlos sanado de su locura. Cómo hubiera querido que estuvieran entonces en algún lugar cerca de mí y, sin saber yo que estaban allí, hubieran podido ver mi rostro y oír mis palabras cuando leía el salmo cuarto en aquel tiempo de mi reposo, y cómo obraba en mí aquel salmo: Cuando clamé, me oyó el Dios de mi justicia; en la angustia tú me ensanchaste. Ten misericordia de mí, oh Señor, y oye mi oración. ¡Ojalá pudieran oír lo que yo decía sobre estas palabras, sin saber yo si me oían, no fueran a pensar que lo decía por causa de ellos! Porque en verdad ni diría yo las mismas cosas, ni del mismo modo, si advirtiera que me oían y me veían; ni ellos, si las dijera, las recibirían así, como cuando las decía por mí y para mí delante de ti, desde los afectos naturales de mi alma.
Temblé de temor, y a la vez me encendí de esperanza y de gozo en tu misericordia, oh Padre; y todo brotaba por mis ojos y por mi voz cuando tu Espíritu bueno, volviéndose a nosotros, decía: Oh hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis tardos de corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Porque yo había amado la vanidad y buscado la mentira. Y tú, oh Señor, ya habías engrandecido a tu Santo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a tu diestra, desde donde, de lo alto, enviaría su promesa, el Consolador, el Espíritu de verdad. Y ya lo había enviado, pero yo no lo sabía; lo había enviado porque ya estaba engrandecido, resucitando de entre los muertos y subiendo al cielo. Porque hasta entonces aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no estaba aún glorificado. Y clama el profeta: ¿Hasta cuándo, tardos de corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed esto: que el Señor ha engrandecido a su Santo. Clama: ¿Hasta cuándo? Clama: Sabed esto; y yo, tanto tiempo sin saberlo, amé la vanidad y busqué la mentira; y por eso oía y temblaba, porque se decía a quienes eran tales como yo me acordaba de haber sido. Pues en aquellos fantasmas que había tenido por verdades había vanidad y mentira; y dije en voz alta muchas cosas, con fuerza y con vehemencia, en la amargura de mi recuerdo. ¡Ojalá las hubieran oído los que todavía aman la vanidad y buscan la mentira! Quizá se habrían turbado y la habrían vomitado; y tú los oirías cuando clamaran a ti; porque con verdadera muerte en la carne murió por nosotros aquel que ahora intercede ante ti por nosotros.
Leí además: Airaos, y no pequéis. ¡Y cómo me conmovía, oh Dios mío, a mí, que había aprendido ya a airarme contra mí mismo por lo pasado, para no pecar en lo por venir! Sí, a airarme con justicia; porque no era otra naturaleza, la de un pueblo de tinieblas, la que pecaba en mí, como dicen los que no se airan contra sí mismos y atesoran ira para el día de la ira y de la manifestación de tu justo juicio. Ni estaban ya mis bienes fuera, ni los buscaba con ojos de carne en este sol terreno; porque los que quieren gozar de lo exterior pronto se desvanecen y se derraman en las cosas que se ven y son temporales, y con sus pensamientos hambrientos lamen sus propias sombras. Ojalá se cansaran de su hambre y dijeran: ¿Quién nos mostrará el bien? Y nosotros diríamos, y ellos oirían: Sellada está sobre nosotros la luz de tu rostro. Porque no somos nosotros aquella luz que alumbra a todo hombre, sino que somos alumbrados por ti, para que, habiendo sido en otro tiempo tinieblas, seamos luz en ti. Ojalá pudieran ver aquel Eterno interior que yo, después de haberlo gustado, me afligía de no poder mostrarles mientras me traían el corazón en los ojos, vagabundos lejos de ti, y decían: ¿Quién nos mostrará el bien? Porque allí, donde me había airado contra mí mismo en mi aposento, donde había sido compungido interiormente, donde había ofrecido sacrificio, inmolando mi hombre viejo y comenzando el propósito de una vida nueva, poniendo mi confianza en ti —allí habías comenzado tú a hacerte dulce para mí, y habías dado alegría a mi corazón. Y yo clamaba al leer esto por fuera y hallarlo por dentro. Ni quería multiplicarme en bienes terrenos, consumiendo el tiempo y consumido por el tiempo, pues tenía en tu eterna y simple Esencia otro trigo, y vino, y aceite.
Y con un gran clamor de mi corazón clamé en el verso siguiente: ¡Oh, en paz! ¡Oh, en el Mismo! ¡Oh, lo que dijo: Me acostaré y dormiré! Porque ¿quién nos lo estorbará cuando se cumpla la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria? Y tú eres en grado sumo el Mismo, que no te mudas; y en ti está el reposo que olvida todo trabajo, porque no hay otro contigo, ni hemos de buscar aquellas otras muchas cosas que no son lo que tú eres; sino que tú, Señor, solo tú me has hecho habitar en esperanza. Leía y me encendía; y no hallaba qué hacer con aquellos sordos y muertos, de los cuales yo mismo había sido, hombre pestilente, ladrador amargo y ciego contra aquellas letras endulzadas con la miel del cielo y luminosas con tu propia luz; y me consumía de celo contra los enemigos de esta Escritura.
¿Cuándo recordaré todo lo que sucedió en aquellos días de descanso? Mas ni lo he olvidado, ni pasaré en silencio la severidad de tu azote y la admirable rapidez de tu misericordia. Me atormentabas entonces con dolor de muelas; y cuando llegó a tal punto que no podía hablar, me vino al corazón pedir a todos mis amigos presentes que rogaran por mí a ti, Dios de toda salud. Y lo escribí en una tablilla de cera y se la di a leer. En cuanto doblamos las rodillas con humilde devoción, aquel dolor desapareció. Pero ¿qué dolor? ¿O cómo desapareció? Me espanté, oh Señor mío, Dios mío; porque desde la infancia nunca había experimentado cosa semejante. Y se me grabó hondamente el poder de tu querer, y, gozándome en la fe, alabé tu nombre. Y aquella fe no me dejaba estar tranquilo respecto de mis pecados pasados, que aún no me habían sido perdonados por tu bautismo.
Capítulo V
Terminadas las vacaciones de la vendimia, avisé a los milaneses que proveyeran a sus estudiantes de otro vendedor de palabras, porque yo había elegido servirte a ti, y por la dificultad de respirar y el dolor de pecho no estaba en condiciones de desempeñar la cátedra. Y por cartas hice saber a tu obispo, el santo varón Ambrosio, mis errores pasados y mis deseos presentes, pidiéndole consejo sobre qué parte de tus Escrituras me convenía más leer para hacerme más dispuesto y apto para recibir tan gran gracia. Él me recomendó al profeta Isaías: creo que porque es, más que los otros, el anunciador más claro del Evangelio y del llamamiento de los gentiles. Pero yo, no entendiendo la primera lectura de él, y pensando que todo sería semejante, lo dejé a un lado, para reanudarlo cuando estuviera más ejercitado en el lenguaje de nuestro Señor.
Capítulo VI
Después, llegado el tiempo en que debía dar mi nombre, dejamos el campo y volvimos a Milán. Quiso también Alipio renacer conmigo en ti, revestido ya de la humildad conveniente a tus sacramentos, y domador valentísimo del cuerpo, hasta el punto de pisar, con osadía insólita, el suelo helado de Italia con los pies descalzos. Unimos a nosotros al niño Adeodato, nacido de mí según la carne, de mi pecado. Excelentemente lo habías hecho tú. Tenía apenas quince años, y en ingenio superaba a muchos hombres graves y doctos. Te confieso tus dones, oh Señor Dios mío, Creador de todo y sobradamente poderoso para reformar nuestras deformidades; porque yo no tenía en aquel niño nada mío sino el pecado. Pues que lo criáramos en tu disciplina, tú, y nadie más, nos lo habías inspirado. Te confieso tus dones. Hay un libro nuestro que se titula El Maestro; es un diálogo entre él y yo. Tú sabes que todo lo que allí se atribuye al que conversa conmigo eran ideas suyas, a los dieciséis años. Muchas otras cosas, y aún más admirables, hallé en él. Aquel ingenio me sobrecogía. ¿Y quién sino tú podía ser el artífice de tales maravillas? Pronto le quitaste la vida de la tierra; y ahora lo recuerdo sin inquietud, no temiendo nada por su niñez ni por su juventud ni por su persona entera. Lo unimos a nosotros, coetáneo nuestro en la gracia, para ser educado en tu disciplina; y fuimos bautizados, y huyó de nosotros la inquietud por la vida pasada. Ni me saciaba en aquellos días de la admirable dulzura de considerar la profundidad de tus designios acerca de la salvación del género humano. ¡Cuánto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido hondamente por las voces de tu Iglesia, que tan dulcemente resonaba! Aquellas voces se derramaban en mis oídos, y la Verdad se destilaba en mi corazón, y de allí se desbordaban los afectos de mi piedad, y corrían las lágrimas, y era feliz con ellas.
Capítulo VII
No hacía mucho que la Iglesia de Milán había comenzado a practicar este género de consuelo y exhortación, uniéndose los hermanos con gran fervor en la armonía de las voces y de los corazones. Pues hacía un año, o no mucho más, que Justina, madre del emperador Valentiniano, todavía niño, perseguía a tu siervo Ambrosio en favor de su herejía, a la que la habían seducido los arrianos. El pueblo devoto velaba en la iglesia, dispuesto a morir con su obispo, tu siervo. Allí mi madre, tu sierva, que llevaba buena parte de aquellas inquietudes y vigilias, vivía entregada a la oración. Nosotros, aún no encendidos por el calor de tu Espíritu, nos sentíamos con todo conmovidos al ver la ciudad atónita y turbada. Fue entonces cuando por primera vez se estableció que, a la manera de las Iglesias de Oriente, se cantasen himnos y salmos, para que el pueblo no desfalleciera con el tedio de la tristeza; y desde aquel día hasta hoy se conserva la costumbre, y muchas (más aún, casi todas) de tus congregaciones, en las demás partes del mundo, la siguen en esto.
Entonces, por medio de una visión, revelaste a tu ya nombrado obispo el lugar donde yacían ocultos los cuerpos de los mártires Gervasio y Protasio (a quienes habías guardado incorruptos tantos años en el tesoro de tu secreto), para sacarlos a su debido tiempo y reprimir el furor de una mujer, aunque emperatriz. Porque, cuando fueron descubiertos y desenterrados, y trasladados con el honor debido a la basílica Ambrosiana, no solo quedaron curados los que eran atormentados por espíritus inmundos (confesándose los mismos demonios), sino que cierto hombre, ciego desde hacía muchos años, ciudadano bien conocido en la ciudad, al preguntar y oír la causa del alborozo confuso del pueblo, se levantó de un salto y pidió a su lazarillo que lo condujera allá. Conducido allí, suplicó que le dejasen tocar con su pañuelo el féretro de tus santos, cuya muerte es estimada a tus ojos. Hecho esto, y llevado el pañuelo a los ojos, al instante se le abrieron. De allí se extendió la fama, de allí ardieron y resplandecieron tus alabanzas; de allí el ánimo de aquella enemiga, aunque no se volvió a la sanidad de la fe, sí se apartó de su furor de perseguir. ¡Gracias a ti, Dios mío! ¿De dónde y hacia dónde has conducido así mi memoria, para que te confiese también estas cosas, que, con ser tan grandes, había yo pasado por alto en el olvido? Y, sin embargo, entonces, cuando tan fragante era el olor de tus ungüentos, no corríamos en pos de ti. Por eso lloraba yo más entre los cantos de tus himnos, yo que antes había suspirado por ti y al fin respiraba en ti, cuanto puede entrar el aire en esta nuestra casa de hierba.
Capítulo VIII
Tú, que haces habitar en una casa a los de un mismo sentir, nos uniste también a Evodio, joven de nuestra propia ciudad. Este, siendo agente de la corte, se había convertido a ti y había sido bautizado antes que nosotros, y, abandonando la milicia del siglo, se había ceñido para la tuya. Estábamos juntos, resueltos a vivir juntos en nuestro santo propósito. Buscábamos dónde podríamos servirte con más provecho, y regresábamos juntos a África; y, estando ya en Ostia, camino de allá, mi madre partió de esta vida. Mucho omito, porque mucho me apresuro. Recibe mis confesiones y acciones de gracias, Dios mío, por innumerables cosas que callo. Pero no omitiré nada de cuanto mi alma quiera dar a luz acerca de aquella sierva tuya que me dio a luz a mí, ya en la carne, para que naciese a esta luz temporal, ya en el corazón, para que naciese a la Luz eterna. No hablaré de los dones de ella, sino de los tuyos en ella; porque ni ella se hizo a sí misma ni se educó a sí misma. Tú la creaste, y ni su padre ni su madre sabían qué clase de persona había de salir de ellos. Y fue el cetro de tu Cristo, la disciplina de tu Hijo unigénito, en una casa cristiana, miembro bueno de tu Iglesia, lo que la educó en tu temor. Sin embargo, de su buena crianza solía alabar no tanto la diligencia de su madre como la de cierta criada ya decrépita, que había llevado en brazos a su padre cuando era niño, como suelen llevar a los pequeños a cuestas las muchachas mayores. Por esta razón, y por su mucha edad y su excelente conducta, era muy respetada por los señores en aquella familia cristiana. De ahí que se le confiara también el cuidado de las hijas de sus amos, al que atendía con diligencia, refrenándolas con energía, cuando era necesario, con una santa severidad, y enseñándolas con grave discreción. Porque, fuera de las horas en que comían con mucha templanza a la mesa de sus padres, no les permitía, aunque se abrasaran de sed, beber ni siquiera agua, previniendo así una mala costumbre y añadiendo este saludable consejo: «Ahora bebéis agua porque no tenéis el vino a vuestro alcance; pero cuando os caséis y seáis señoras de bodegas y despensas, despreciaréis el agua, pero la costumbre de beber permanecerá». Con este método de enseñanza y con la autoridad que tenía, refrenaba la avidez de la niñez y amoldaba la misma sed de las niñas a tan excelente moderación que lo que no debían, eso no lo querían.
Y, sin embargo (según me contaba a mí, su hijo, tu sierva), se le había ido insinuando una afición al vino. Porque cuando (como era costumbre) sus padres la mandaban, como a doncella sobria, a sacar vino de la cuba, al meter el vaso por la abertura, antes de echar el vino en la jarra, sorbía un poquito con la punta de los labios, pues más no se lo consentía su natural repugnancia. Y esto no lo hacía por deseo alguno de bebida, sino por la exuberancia de la edad, que hierve y se desborda en travesuras alegres, las cuales suelen reprimirse en los ánimos juveniles con la gravedad de los mayores. Y así, añadiendo a aquel poco otros pocos de cada día (porque quien desprecia lo poco, poco a poco caerá), había caído en tal hábito que bebía con avidez su copita casi llena de vino. ¿Dónde estaba entonces aquella discreta anciana y sus severas prohibiciones? ¿Valdría algo contra una enfermedad oculta, si tu mano sanadora, oh Señor, no velase sobre nosotros? Ausentes el padre, la madre y las ayas, presente tú, que creaste, que llamas, que también por medio de los que están puestos sobre nosotros obras algún bien para la salvación de nuestras almas, ¿qué hiciste entonces, Dios mío? ¿Cómo la curaste? ¿Cómo la sanaste? ¿No sacaste de otra alma una burla dura y punzante, como un bisturí de tu arsenal secreto, y con un solo corte extirpaste toda aquella podredumbre? Porque una criada con la que solía bajar a la bodega, riñendo (como sucede) con su pequeña señora, estando a solas con ella, le echó en cara este defecto con amarguísimo insulto, llamándola borrachina. Herida en lo vivo por esta burla, vio ella la fealdad de su falta, y al instante la condenó y la abandonó. Así como los amigos aduladores pervierten, así los enemigos que injurian corrigen las más de las veces. Pero tú no les pagas según lo que haces por medio de ellos, sino según lo que ellos se propusieron. Porque aquella, en su enojo, quiso mortificar a su joven señora, no enmendarla; y lo hizo en secreto, o bien porque el tiempo y el lugar de la riña así las encontraron, o bien por temor de exponerse ella misma al enojo por haberlo descubierto tan tarde. Pero tú, Señor, que gobiernas todas las cosas en el cielo y en la tierra, que tuerces hacia tus designios las corrientes más profundas y el ordenado tumulto del curso de los tiempos, sanaste un alma por medio de la enfermedad misma de otra; para que nadie, al observar esto, lo atribuya a su propio poder, aun cuando otro, a quien deseaba ver enmendado, se enmiende por sus palabras.
Capítulo IX
Criada así en la modestia y la sobriedad, y sujeta más bien por ti a sus padres que por sus padres a ti, en cuanto tuvo edad de casarse, fue entregada a un marido, a quien sirvió como a señor; y puso todo su empeño en ganarlo para ti, predicándote a él con su conducta, con la cual tú la adornabas, haciéndola respetablemente amable y admirable a los ojos de su marido. Y de tal modo soportó las ofensas hechas a su lecho que jamás tuvo por ello riña alguna con su marido, porque esperaba de ti misericordia para él, a fin de que, creyendo en ti, se hiciera casto. Por lo demás, él era tan fogoso en sus afectos como en su ira; pero ella había aprendido a no resistir a un marido airado, no solo de obra, pero ni siquiera de palabra. Solo cuando lo veía ya sosegado y tranquilo, y en disposición de escucharla, le daba razón de lo que había hecho, si acaso él se había ofendido con demasiada ligereza. En suma, mientras muchas matronas, que tenían maridos más mansos, llevaban sin embargo en el mismo rostro las señales de la afrenta, y en sus conversaciones familiares censuraban la vida de sus maridos, ella censuraba la lengua de ellas, dándoles, como en broma, un consejo muy serio: «Que desde el momento en que oyeron leer las tablas matrimoniales debían tenerlas por escrituras de contrato por las que quedaban hechas siervas; y así, acordándose de su condición, no debían alzarse contra sus señores». Y cuando ellas, sabiendo qué marido tan colérico soportaba, se maravillaban de que nunca se hubiera oído, ni por indicio alguno se hubiera notado, que Patricio hubiese golpeado a su mujer, o que hubiera habido entre ellos desavenencia doméstica ni siquiera por un día, y le preguntaban en confianza la razón, ella les enseñaba la norma que he dicho arriba. Las que la guardaban, comprobaban su bien y le daban las gracias; las que no la guardaban, no hallaban alivio y seguían sufriendo.
También a su suegra, irritada al principio contra ella por los chismes de criadas malas, la venció de tal manera con sus atenciones, su constante paciencia y su mansedumbre, que ella misma, por propia iniciativa, descubrió a su hijo las lenguas entrometidas que habían turbado la paz doméstica entre ella y su nuera, y le pidió que las castigara. Y cuando él, por obedecer a su madre y por el buen orden de la familia, hubo castigado con azotes a las delatadas, según la voluntad de quien las había delatado, ella prometió igual recompensa a cualquiera que, por congraciarse con ella, le hablase mal de su nuera; y, no atreviéndose ya ninguna, vivieron juntas con una notable dulzura de mutua benevolencia.
Este gran don concediste también, Dios mío, misericordia mía, a aquella buena sierva tuya, en cuyo seno me creaste: que entre cualesquiera personas desavenidas y discordes, donde podía, se mostraba tan pacificadora que, oyendo de una y otra parte cosas amarguísimas, como las que suele vomitar la cólera hinchada y mal digerida, cuando la crudeza de las enemistades se exhala en ácidos discursos ante un amigo presente contra un enemigo ausente, jamás descubría a la una de la otra nada que no sirviera para reconciliarlas. Pequeño bien me parecería este, si no conociera, para dolor mío, a innumerables personas que, por un horrible y extendidísimo contagio de pecado, no solo descubren a los enemistados lo que se dijo con ira, sino que añaden además cosas que nunca se dijeron; siendo así que a una humanidad verdaderamente humana debería parecerle poco no atizar ni aumentar la enemistad con malas palabras, si no procura además extinguirla con palabras buenas. Así era ella, enseñándole tú mismo, su Maestro interior, en la escuela del corazón.
Finalmente, también a su propio marido, ya al término de su vida temporal, lo ganó para ti; y no tuvo que lamentar en él, ya creyente, lo que había soportado de él antes de que creyera. Era además sierva de tus siervos; cualquiera de ellos que la conocía te alababa, honraba y amaba mucho en ella, porque por el testimonio de los frutos de una santa conducta percibía tu presencia en su corazón. Pues había sido esposa de un solo marido, había correspondido a sus padres, había gobernado piadosamente su casa, tenía testimonio de buenas obras, había criado hijos, volviendo a estar de parto de ellos cuantas veces los veía apartarse de ti. Por último, a todos nosotros, tus siervos, oh Señor (a quienes por merced de tu don permites hablar), a nosotros, que antes de que ella se durmiera en ti vivíamos ya unidos, habiendo recibido la gracia de tu bautismo, nos cuidó como si hubiera sido madre de todos, y nos sirvió como si hubiera sido hija de todos.
Capítulo X
Estando ya próximo el día en que había de salir de esta vida (día que tú conocías y nosotros ignorábamos), sucedió, disponiéndolo tú, según creo, por tus caminos secretos, que ella y yo nos encontráramos solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia, donde, apartados del bullicio de la gente, reparábamos las fatigas de un largo viaje en espera de la travesía. Conversábamos, pues, los dos solos, con gran dulzura, y, olvidando lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante, indagábamos entre nosotros, en presencia de la Verdad, que eres tú, cómo había de ser la vida eterna de los santos, que ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre. Pero abríamos con ansia la boca del corazón hacia aquellos raudales celestiales de tu fuente, la fuente de la vida, que está contigo, para que, rociados de ella según nuestra capacidad, pudiéramos de algún modo meditar en tan alto misterio.
Y cuando nuestra conversación llegó al punto de que el mayor deleite de los sentidos carnales, en la más pura luz corpórea, comparado con la dulzura de aquella vida no solo no era digno de comparación, pero ni siquiera de mención, elevándonos con un afecto más ardiente hacia el «Ser mismo», recorrimos gradualmente todas las cosas corpóreas, aun el mismo cielo, desde donde el sol, la luna y las estrellas alumbran la tierra; y subíamos todavía más arriba, meditando interiormente, hablando y admirando tus obras; y llegamos a nuestras almas y las sobrepasamos, para alcanzar aquella región de abundancia inagotable, donde tú apacientas a Israel eternamente con el alimento de la verdad, y donde la vida es la Sabiduría por quien son hechas todas estas cosas, así las que han sido como las que serán, y ella no es hecha, sino que es como fue y así será siempre; o, más bien, el «haber sido» y el «haber de ser» no están en ella, sino solo el «ser», pues es eterna, ya que el «haber sido» y el «haber de ser» no son eternos. Y mientras hablábamos de ella y la anhelábamos, la tocamos levemente con todo el impulso de nuestro corazón; y suspiramos, y dejamos allí prendidas las primicias del Espíritu, y volvimos al sonido de nuestra boca, donde la palabra tiene principio y fin. ¿Y qué hay semejante a tu Verbo, Señor nuestro, que permanece en sí mismo sin envejecer y hace nuevas todas las cosas?
Decíamos, pues: si para alguien callase el tumulto de la carne, callasen las imágenes de la tierra, de las aguas y del aire, callase también la bóveda del cielo, y aun el alma misma callase para sí y, no pensando en sí, se sobrepasase a sí misma; si callasen los sueños y las revelaciones imaginarias, toda lengua y todo signo y todo cuanto existe solo de paso, puesto que, si alguien los oyera, todos ellos dicen: «No nos hicimos nosotros a nosotros mismos, sino que nos hizo el que permanece para siempre»; si, dicho esto, enmudecieran también, habiendo despertado nuestro oído hacia aquel que los hizo, y hablase él solo, no por medio de ellas, sino por sí mismo, de modo que oyéramos su Palabra, no por lengua de carne, ni por voz de ángel, ni por estruendo de trueno, ni por el oscuro enigma de una semejanza, sino que oyéramos a aquel a quien amamos en estas cosas, lo oyéramos a él mismo sin ellas (como ahora nosotros dos nos esforzábamos y, con rápido pensamiento, tocábamos aquella Sabiduría eterna que permanece sobre todas las cosas); si esto se prolongara, y se retiraran las demás visiones de índole muy inferior, y esta sola arrebatara, absorbiera y envolviera a su contemplador en estos gozos interiores, de modo que la vida fuese para siempre como aquel instante de comprensión por el que ahora suspirábamos, ¿no sería esto: «Entra en el gozo de tu señor»? ¿Y cuándo será esto? ¿Acaso cuando todos resucitemos, aunque no todos seamos transformados?
Tales cosas decía yo, y, si no de este modo y con estas mismas palabras, tú sabes, Señor, que aquel día, mientras hablábamos de estas cosas y este mundo con todos sus deleites se nos volvía despreciable a medida que hablábamos, mi madre dijo: «Hijo, en lo que a mí toca, ya nada me deleita en esta vida. No sé qué hago ya aquí ni para qué estoy aquí, cumplidas ya mis esperanzas en este mundo. Una sola cosa había por la que deseaba detenerme un poco en esta vida: verte cristiano católico antes de morir. Mi Dios me lo ha concedido con creces, pues te veo ya, despreciando la felicidad terrena, hecho siervo suyo. ¿Qué hago yo aquí?».
Capítulo XI
Qué le respondí a estas cosas, no lo recuerdo. Porque apenas cinco días después, o no mucho más, cayó enferma de fiebre; y en aquella enfermedad un día perdió el sentido y quedó por un rato ajena a las cosas visibles. Acudimos corriendo a su lado; pero pronto volvió en sí, y, mirándonos a mí y a mi hermano, que estábamos junto a ella, nos dijo como quien pregunta: «¿Dónde estaba?». Y luego, mirándonos fijamente, a nosotros, atónitos de dolor, dijo: «Aquí enterraréis a vuestra madre». Yo callaba y contenía el llanto; pero mi hermano dijo algo, deseándole, como suerte más dichosa, que no muriese en tierra extraña, sino en su patria. Al oír esto, ella, con rostro angustiado, reprendiéndolo con la mirada porque todavía gustaba de tales cosas, y mirándome después a mí, dijo: «Mira lo que dice»; y luego, a los dos: «Poned este cuerpo en cualquier parte; no os inquiete en modo alguno su cuidado; solo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor, dondequiera que estéis». Y habiendo expresado este sentir con las palabras que pudo, calló, atormentada por la enfermedad, que se agravaba.
Pero yo, considerando tus dones, Dios invisible, que infundes en los corazones de tus fieles, de donde brotan frutos admirables, me alegraba y te daba gracias, recordando lo que ya sabía: cuán solícita y ansiosa había estado siempre por el lugar de su sepultura, que se había provisto y preparado junto al cuerpo de su marido. Porque, como habían vivido juntos en gran concordia, quería también (tan poco capaz es el alma humana de abarcar las cosas divinas) añadir esto a aquella felicidad, y que se recordara entre los hombres que, después de su peregrinación allende el mar, se había concedido a lo terreno de aquella pareja unida quedar unido bajo una misma tierra. Pero cuándo había empezado a desaparecer de su corazón esta vanidad por la plenitud de tu bondad, yo no lo sabía, y me alegraba admirando lo que así me había descubierto; aunque, en verdad, ya en aquella conversación nuestra en la ventana, cuando dijo: «¿Qué hago yo aquí todavía?», no apareció en ella deseo alguno de morir en su patria. Supe además después que, estando ya en Ostia, un día, en mi ausencia, con confianza de madre, habló con algunos amigos míos sobre el desprecio de esta vida y el bien de la muerte; y, como ellos se asombraran de semejante valor, que tú habías dado a una mujer, y le preguntaran «si no temía dejar su cuerpo tan lejos de su ciudad», respondió: «Nada está lejos para Dios; y no hay que temer que, al fin del mundo, no reconozca él de dónde ha de resucitarme». Así pues, al noveno día de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de su edad y a los treinta y tres de la mía, aquella alma religiosa y santa fue liberada del cuerpo.
Capítulo XII
Le cerré los ojos, y afluía a la vez a mi corazón una tristeza inmensa que se desbordaba en lágrimas; pero mis ojos, al mismo tiempo, por el violento mandato de mi mente, absorbían su fuente hasta dejarla del todo seca; ¡y qué mal lo pasaba yo en semejante lucha! Mas cuando ella exhaló el último aliento, el niño Adeodato prorrumpió en un fuerte llanto; luego, reprimido por todos nosotros, calló. Del mismo modo, también algo pueril que había en mí, y que por la voz juvenil de mi corazón buscaba salida en el llanto, fue reprimido y acallado. Porque no juzgábamos conveniente celebrar aquel funeral con quejas llorosas y gemidos, ya que con ellos se suele expresar casi siempre el dolor por los difuntos, como si fuesen desdichados o hubieran muerto del todo; mas ella ni moría desdichada ni moría del todo. De esto estábamos seguros por buenas razones: el testimonio de su buena conducta y su fe no fingida.
¿Qué era, pues, lo que me dolía gravemente por dentro, sino la herida reciente causada por el súbito desgarrón de aquella dulcísima y queridísima costumbre de vivir juntos? Me gozaba, ciertamente, de su testimonio, cuando en aquella su última enfermedad, mezclando sus caricias con mis atenciones, me llamaba «hijo piadoso», y recordaba con gran afecto de amor que nunca había oído salir de mi boca contra ella palabra alguna áspera o injuriosa. Pero, con todo, oh Dios mío, que nos hiciste, ¿qué comparación hay entre el honor que yo le tributaba y la servidumbre que ella había soportado por mí? Así, pues, privado de tan grande consuelo como era ella, mi alma quedó herida, y aquella vida que de la suya y de la mía se había hecho una sola quedó como desgarrada.
Calmado, pues, el llanto del niño, Evodio tomó el Salterio y comenzó a cantar, respondiéndole toda nuestra casa, el salmo «Misericordia y juicio te cantaré, oh Señor». Pero, al enterarse de lo que hacíamos, se reunieron muchos hermanos y mujeres religiosas; y mientras aquellos a quienes correspondía ese oficio preparaban la sepultura, según la costumbre, yo, en una parte de la casa donde decorosamente podía hacerlo, junto con los que no creían conveniente dejarme solo, conversaba sobre algún asunto apropiado a la ocasión; y con este bálsamo de la verdad mitigaba aquel tormento, conocido de ti, mientras ellos lo ignoraban y escuchaban atentamente, y me creían sin sentimiento alguno de dolor. Pero en tus oídos, donde ninguno de ellos me oía, reprochaba yo la flaqueza de mi afecto y contenía el torrente de mi pena, que cedía un poco ante mí; pero volvía de nuevo, como en una marea, aunque no tanto que estallase en lágrimas ni llegase a mudarme el semblante; mas yo bien sabía lo que estaba sofocando en mi corazón. Y, muy disgustado de que tuvieran tanto poder sobre mí estas cosas humanas, que por el debido orden y la disposición de nuestra condición natural han de suceder forzosamente, con un nuevo dolor me dolía de mi dolor, y así me consumía una doble tristeza.
Y he aquí que el cadáver fue llevado a sepultar; fuimos y volvimos sin lágrimas. Porque ni siquiera en aquellas oraciones que derramamos ante ti, cuando se ofrecía por ella el Sacrificio de nuestro rescate, estando ya el cadáver junto a la sepultura antes de ser depositado en ella, como allí se acostumbra, ni siquiera durante aquellas oraciones lloré; pero todo el día anduve en secreto gravemente triste, y con la mente turbada te rogaba, como podía, que sanases mi dolor, y tú no lo hacías; imprimiendo, según creo, en mi memoria, con este solo ejemplo, cuán fuerte es el vínculo de toda costumbre, aun sobre un alma que ya no se alimenta de palabra engañosa. Me pareció también bien ir a bañarme, porque había oído que el baño tomó su nombre (balneum) del griego Balaneion, porque ahuyenta la tristeza del ánimo. Y también esto confieso a tu misericordia, Padre de los huérfanos: que me bañé y quedé igual que antes de bañarme. Porque la amargura de la tristeza no pudo exudar de mi corazón. Luego dormí, y al despertar encontré mi dolor no poco aliviado; y, estando solo en mi lecho, recordé aquellos verdaderos versos de tu Ambrosio. Porque tú eres el
«Creador de todas las cosas, el Señor,
y Rector de las alturas,
que, vistiendo el día de luz, derramas
sobre la noche el dulce sueño,
para que a nuestros miembros la fuerza
del trabajo se renueve,
y se alcen los corazones que desfallecen y se acobardan,
y queden vencidas las penas».
Y luego, poco a poco, fui recobrando mis antiguos pensamientos acerca de tu sierva, de su santa conducta para contigo, de su santa ternura y solicitud para con nosotros, de la cual me veía de repente privado; y quise llorar en tu presencia por ella y por mí, en su favor y en el mío. Y di rienda suelta a las lágrimas que antes había contenido, para que corrieran cuanto quisieran, recostando sobre ellas mi corazón; y en ellas halló descanso, porque estaba en tus oídos, no en los de algún hombre que hubiera interpretado con desdén mi llanto. Y ahora, Señor, te lo confieso por escrito. Léalo quien quiera e interprételo como quiera; y si halla pecado en que yo llorase a mi madre durante una pequeña parte de una hora (a la madre que por un tiempo había muerto a mis ojos, la que durante tantos años me había llorado para que yo viviese a los tuyos), no se burle de mí; antes bien, si es persona de gran caridad, llore él mismo por mis pecados ante ti, Padre de todos los hermanos de tu Cristo.
Capítulo XIII
Mas ahora, con el corazón ya sanado de aquella herida, en la que podía parecer culpable de un afecto carnal, derramo ante ti, Dios nuestro, en favor de aquella sierva tuya, otro género muy distinto de lágrimas, que brotan de un espíritu sacudido por la consideración de los peligros de toda alma que muere en Adán. Y aunque ella, vivificada en Cristo aun antes de verse libre de la carne, vivió de tal modo que tu nombre fuese alabado por su fe y su conducta, no me atrevo, sin embargo, a decir que desde que la regeneraste por el bautismo no salió de su boca palabra alguna contra tu mandamiento. Tu Hijo, la Verdad, ha dicho: «Cualquiera que dijere a su hermano: “Fatuo”, será culpado del infierno del fuego». ¡Y ay aun de la vida loable de los hombres si, dejando a un lado la misericordia, tú la examinases! Mas porque no eres riguroso en inquirir los pecados, esperamos confiadamente hallar algún lugar junto a ti. Pero quienquiera que te enumera sus verdaderos méritos, ¿qué te enumera sino tus propios dones? ¡Oh, si los hombres se conociesen a sí mismos como hombres, y el que se gloría, se gloriase en el Señor!
Yo, pues, oh alabanza mía y vida mía, Dios de mi corazón, dejando a un lado por un momento sus buenas obras, por las cuales te doy gracias con gozo, te ruego ahora por los pecados de mi madre. Escúchame, te lo suplico, por la Medicina de nuestras heridas, que pendió del madero y que, sentado ahora a tu diestra, intercede ante ti por nosotros. Sé que ella obró con misericordia y que de corazón perdonó a sus deudores sus deudas; perdónale tú también sus deudas, cualesquiera que haya contraído en tantos años después del agua de la salvación. Perdónala, Señor, perdónala, te lo suplico; no entres en juicio con ella. Que tu misericordia se gloríe sobre tu justicia, pues tus palabras son verdaderas y has prometido misericordia a los misericordiosos; los cuales lo son porque tú se lo concediste, tú que tendrás misericordia de quien tengas misericordia, y te compadecerás de quien te hayas compadecido.
Y creo que ya has hecho lo que te pido; pero acepta, oh Señor, los sacrificios voluntarios de mi boca. Porque ella, cercano ya el día de su partida, no se preocupó de que su cuerpo fuese suntuosamente amortajado o embalsamado con aromas, ni deseó un monumento escogido, ni ser sepultada en su tierra. No fue esto lo que nos encargó, sino que tan solo deseó que se hiciese memoria de su nombre ante tu altar, al que había servido sin faltar un solo día; pues sabía que desde allí se dispensa el santo Sacrificio, por el cual fue borrada la cédula que nos era contraria; por el cual se triunfó del enemigo, que, contando nuestros delitos y buscando de qué acusarnos, nada halló en aquel en quien vencemos. ¿Quién le devolverá la sangre inocente? ¿Quién le pagará el precio con que nos compró, para arrebatarnos de él? A este sacramento de nuestro rescate ató tu sierva su alma con el vínculo de la fe. Que nadie la aparte de tu protección; que no se interponga ni por la fuerza ni por el engaño el león ni el dragón. Porque ella no responderá que nada debe, no sea que la convenza y la prenda el astuto acusador, sino que responderá que sus pecados le han sido perdonados por aquel a quien nadie puede devolver el precio que él, sin deber nada, pagó por nosotros.
Descanse, pues, en paz con su marido, antes del cual y después del cual no tuvo ningún otro; a quien obedeció, dándote fruto con paciencia, para ganarlo también a él para ti. E inspira, oh Señor Dios mío, inspira a tus siervos, mis hermanos, a tus hijos, mis señores, a quienes sirvo con la voz, con el corazón y con la pluma, para que cuantos lean estas Confesiones se acuerden ante tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, en otro tiempo su esposo, por cuyos cuerpos me introdujiste en esta vida, no sé cómo. Acuérdense con piadoso afecto de los que fueron mis padres en esta luz pasajera, y mis hermanos bajo ti, nuestro Padre, en la Madre católica, y mis conciudadanos en la Jerusalén eterna, por la que suspira tu pueblo peregrino desde su salida hasta su regreso. Para que así la última petición que me hizo mi madre se le cumpla más abundantemente por las oraciones de muchos, gracias a mis confesiones, más que por mis propias oraciones.
Capítulo 9 completado
Libro IX