Confesiones
Libro X

Capítulo 10 · 1 h 21 min de lectura · 1 h 45 min de escucha

Libro X

Capítulo I

Que te conozca yo, oh Señor, a ti que me conoces; que te conozca como soy conocido. Fuerza de mi alma, entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y la poseas sin mancha ni arruga. Esta es mi esperanza; por eso hablo, y en esta esperanza me gozo, cuando me gozo sanamente. Las demás cosas de esta vida tanto menos merecen ser lloradas cuanto más se las llora, y tanto más merecen ser lloradas cuanto menos las lloran los hombres. Porque he aquí, tú amas la verdad, y el que obra verdad viene a la luz. Esto quiero hacer yo en mi corazón, delante de ti, en confesión; y en mi escrito, delante de muchos testigos.

Capítulo II

Y a ti, oh Señor, a cuyos ojos está desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría ocultársete en mí, aunque yo no quisiera confesártelo? Pues te escondería a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora, puesto que mi gemido es testigo de que me desagrado a mí mismo, tú resplandeces, y agradas, y eres amado y deseado, para que me avergüence de mí, y me deseche a mí mismo, y te elija a ti, y no agrade ni a ti ni a mí sino en ti. Ante ti, pues, oh Señor, estoy patente, sea yo lo que sea; y con qué fruto me confieso a ti, ya lo he dicho. Y no lo hago con palabras y sonidos de la carne, sino con las palabras del alma y el clamor del pensamiento, que tu oído conoce. Porque, cuando soy malo, confesarme a ti no es otra cosa que desagradarme a mí mismo; y cuando soy piadoso, no es otra cosa que no atribuírmelo a mí; porque tú, oh Señor, bendices al justo, pero antes lo justificas cuando es impío. Así pues, Dios mío, mi confesión se hace en tu presencia callada y no callada: callada en el sonido, pero en el afecto clama a gritos. Porque ni digo yo a los hombres cosa alguna recta que tú no hayas oído antes de mí, ni oyes tú de mí cosa semejante que no me hayas dicho tú primero.

Capítulo III

¿Qué tengo yo, pues, que ver con los hombres, para que oigan mis confesiones —como si ellos hubieran de sanar todas mis dolencias—, raza curiosa por conocer la vida ajena y perezosa para enmendar la propia? ¿Por qué buscan oír de mí lo que soy, ellos que no quieren oír de ti lo que son? ¿Y cómo saben, cuando me oyen hablar de mí mismo, si digo verdad, puesto que nadie de los hombres sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Pero si oyen de ti lo que ellos son, no podrán decir: «Miente el Señor». Porque ¿qué es oír de ti lo que ellos son, sino conocerse a sí mismos? ¿Y quién es el que conoce y dice: «Es falso», sino el que miente él mismo? Mas, porque la caridad todo lo cree (se entiende, entre aquellos a quienes, uniéndolos consigo, hace uno), también yo, oh Señor, me confesaré a ti de tal manera que lo oigan los hombres, a quienes no puedo demostrar si confieso la verdad; pero me creen aquellos cuyos oídos me abre la caridad.

Pero tú, Médico mío íntimo, muéstrame con claridad qué fruto saco de hacerlo. Porque las confesiones de mis pecados pasados, que tú has perdonado y cubierto para hacerme dichoso en ti, transformando mi alma por la fe y por tu sacramento, cuando se leen y se oyen, despiertan el corazón para que no se duerma en la desesperación ni diga «No puedo», sino que vele en el amor de tu misericordia y en la dulzura de tu gracia, por la cual es fuerte todo el que es débil, cuando por ella cobra conciencia de su propia debilidad. Y a los buenos les deleita oír los males pasados de quienes ya están libres de ellos; no porque sean males, sino porque fueron y ya no son. ¿Con qué fruto, pues, oh Señor Dios mío, a quien mi conciencia se confiesa cada día, más confiada en la esperanza de tu misericordia que en su propia inocencia, con qué fruto, te ruego, confieso también a los hombres, en tu presencia, por medio de este libro, lo que soy ahora, no lo que he sido? Porque aquel otro fruto ya lo he visto y lo he dicho. Pero lo que ahora soy, en este mismo tiempo de mis confesiones, muchos desean conocerlo, tanto los que me han conocido como los que no, los que han oído algo de mí o acerca de mí; pero su oído no está junto a mi corazón, donde yo soy lo que soy. Quieren, pues, oírme confesar lo que soy por dentro, adonde no pueden llegar ni su ojo, ni su oído, ni su entendimiento; lo quieren, dispuestos a creerme; pero ¿acaso lo conocerán? Porque la caridad, por la cual son buenos, les dice que en mis confesiones no miento; y ella, en ellos, me cree.

Capítulo IV

Pero ¿con qué fruto quieren oír esto? ¿Desean alegrarse conmigo cuando oigan cuánto me acerco a ti por tu don, y orar por mí cuando oigan cuánto me retarda mi propio peso? A tales me descubriré. Porque no es fruto pequeño, oh Señor Dios mío, que muchos te den gracias por nosotros y que muchos te rueguen por nosotros. Ame en mí el ánimo fraterno lo que tú enseñas que debe amarse, y lamente en mí lo que tú enseñas que debe lamentarse. Hágalo un ánimo fraterno, no extraño; no el de los hijos extraños, cuya boca habla vanidad, y su diestra es diestra de iniquidad, sino aquel ánimo fraterno que, cuando me aprueba, se alegra por mí, y cuando me desaprueba, se entristece por mí; porque, ya me apruebe, ya me desapruebe, me ama. A tales me descubriré: que respiren aliviados con mis buenas obras y suspiren por las malas. Mis buenas obras son disposiciones tuyas y dones tuyos; las malas son delitos míos y juicios tuyos. Respiren aliviados con aquellas, suspiren por estas; y suban a tu presencia himnos y llanto desde los corazones de mis hermanos, incensarios tuyos. Y tú, oh Señor, complacido en el incienso de tu santo templo, ten piedad de mí conforme a tu gran misericordia, por amor de tu nombre; y no abandonando en modo alguno lo que has comenzado, perfecciona mis imperfecciones.

Este es el fruto de mis confesiones, no de lo que he sido, sino de lo que soy: confesarlo no solo delante de ti, con secreta exultación mezclada de temblor y con secreta tristeza mezclada de esperanza, sino también a oídos de los creyentes hijos de los hombres, compañeros de mi gozo y consortes de mi mortalidad, conciudadanos míos y peregrinos conmigo, los que me han precedido y los que han de seguirme, compañeros de mi camino. Estos son tus siervos, hermanos míos, a quienes quisiste hijos tuyos; mis señores, a quienes me mandas servir si quiero vivir contigo y de ti. Pero poca cosa sería este tu Verbo si solo mandara hablando y no fuera delante obrando. Esto, pues, hago yo de obra y de palabra; esto hago bajo tus alas, con harto grande peligro, si no fuera porque bajo tus alas mi alma se te ha sometido y mi flaqueza te es conocida. Pequeño soy, pero mi Padre vive siempre y mi Tutor me basta. Porque él es el mismo que me engendró y me defiende; y tú mismo eres todo mi bien; tú, Omnipotente, que estás conmigo aun antes de que yo esté contigo. A estos, pues, a quienes me mandas servir, descubriré, no lo que he sido, sino lo que soy ya y lo que todavía soy. Pero tampoco me juzgo a mí mismo. Así, pues, quiero ser oído.

Capítulo V

Porque tú, Señor, eres quien me juzga; pues aunque nadie de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él, hay, sin embargo, algo del hombre que ni siquiera el mismo espíritu del hombre que está en él conoce. Pero tú, Señor, que lo hiciste, sabes todas sus cosas. Y yo, aunque en tu presencia me desprecio y me tengo por polvo y ceniza, sé, sin embargo, algo de ti que no sé de mí. Y en verdad, ahora vemos por espejo, en oscuridad, no todavía cara a cara. Por tanto, mientras estoy ausente de ti, estoy más presente a mí mismo que a ti; y, sin embargo, sé de ti que en modo alguno eres pasible; mas yo no sé a qué tentaciones puedo resistir y a cuáles no. Y hay esperanza, porque tú eres fiel, que no nos dejarás ser tentados más de lo que podemos llevar, antes darás también juntamente con la tentación la salida, para que podamos aguantar. Confesaré, pues, lo que sé de mí; confesaré también lo que de mí ignoro. Porque lo que sé de mí, lo sé porque tú me iluminas; y lo que de mí ignoro, lo seguiré ignorando hasta que mis tinieblas se hagan como el mediodía ante tu rostro.

Capítulo VI

No con duda, sino con conciencia cierta, te amo, Señor. Heriste mi corazón con tu palabra, y te amé. Pero también el cielo y la tierra y todo cuanto hay en ellos, he aquí que por todas partes me dicen que te ame; y no cesan de decírselo a todos, para que no tengan excusa. Pero más hondamente tendrás misericordia del que tendrás misericordia, y te compadecerás de aquel de quien te has compadecido; de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a oídos sordos. Pero ¿qué amo cuando te amo? No la hermosura de los cuerpos, ni el grato concierto del tiempo, ni el resplandor de la luz, tan amable a nuestros ojos, ni las dulces melodías de cantos de toda suerte, ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas, ni el maná y la miel, ni los miembros gratos a los abrazos de la carne. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios; y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta melodía, y cierta fragancia, y cierto manjar, y cierto abrazo cuando amo a mi Dios: luz, melodía, fragancia, manjar y abrazo de mi hombre interior, donde resplandece para mi alma lo que no cabe en el espacio, y donde suena lo que el tiempo no arrebata, y donde exhala su aroma lo que el viento no esparce, y donde sabe lo que el comer no disminuye, y donde se estrecha lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.

¿Y qué es esto? Pregunté a la tierra, y me respondió: «No soy yo»; y todas las cosas que hay en ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los seres vivientes que se arrastran, y respondieron: «No somos tu Dios; búscalo por encima de nosotros». Pregunté al aire que se mueve, y el aire todo, con sus moradores, respondió: «Se engañó Anaxímenes; yo no soy Dios». Pregunté al cielo, al sol, a la luna, a las estrellas: «Tampoco nosotros —dicen— somos el Dios que buscas». Y dije a todas las cosas que rodean la puerta de mi carne: «Me habéis dicho de mi Dios que no sois vosotras; decidme algo de él». Y exclamaron a grandes voces: «Él nos hizo». Mi pregunta era mi atención puesta en ellas, y su respuesta, su hermosura. Y me volví hacia mí mismo, y me dije: «¿Tú quién eres?». Y respondí: «Un hombre». Y he aquí que en mí se me presentan alma y cuerpo: el uno exterior, la otra interior. ¿Por cuál de ellos debía buscar a mi Dios? Lo había buscado ya por el cuerpo, desde la tierra hasta el cielo, hasta donde pude enviar como mensajeros los rayos de mis ojos. Pero mejor es lo interior, porque a él, como a quien preside y juzga, daban cuenta todos los mensajeros corporales de las respuestas del cielo y de la tierra y de todas las cosas que hay en ellos, que decían: «No somos Dios, pero él nos hizo». Estas cosas conoció el hombre interior por ministerio del exterior: yo, el interior, las conocí; yo, la mente, por medio de los sentidos de mi cuerpo. Pregunté a la mole entera del mundo acerca de mi Dios, y me respondió: «No soy yo, pero él me hizo».

¿No se muestra esta figura corpórea a todos los que tienen sanos los sentidos? ¿Por qué, entonces, no les habla a todos lo mismo? Los animales, pequeños y grandes, la ven, pero no pueden preguntarle, porque no hay en ellos una razón puesta por encima de los sentidos para juzgar lo que estos le refieren. Los hombres, en cambio, pueden preguntar, de modo que las cosas invisibles de Dios se echan de ver, siendo entendidas por las cosas que son hechas; pero, por amarlas, se les someten, y los súbditos no pueden juzgar. Ni responden las criaturas a quienes les preguntan, si estos no saben juzgar; ni cambian su voz (es decir, su apariencia), de modo que, si uno solo ve y otro ve y pregunta, se muestren de una manera a este y de otra a aquel; sino que, mostrándose de la misma manera a ambos, para uno son mudas y al otro le hablan; o, más bien, hablan a todos, pero solo las entienden aquellos que confrontan su voz, recibida de fuera, con la verdad de dentro. Porque la verdad me dice: «Ni el cielo, ni la tierra, ni cuerpo alguno es tu Dios». Esto lo dice la naturaleza misma de esas cosas a quien las mira: «Son una mole, y una mole es menor en una de sus partes que en su todo». Ya a ti te hablo, alma mía: tú eres mi parte mejor, pues tú vivificas la mole de mi cuerpo dándole vida, lo cual ningún cuerpo puede dar a un cuerpo; pero tu Dios es para ti incluso la Vida de tu vida.

Capítulo VII

¿Qué es, pues, lo que amo cuando amo a mi Dios? ¿Quién es ese que está por encima de la cumbre de mi alma? Por mi alma misma subiré hasta él. Trascenderé esa fuerza mía por la que estoy unido al cuerpo y lleno de vida todo su organismo. No es por esa fuerza como puedo hallar a mi Dios; porque así podrían hallarlo también el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento, ya que es la misma fuerza por la que viven también sus cuerpos. Pero hay otra fuerza: no solo aquella con la que vivifico, sino también aquella con la que doto de sentidos a mi carne, que el Señor me fabricó, mandando al ojo que no oiga y al oído que no vea, sino al ojo que por él vea yo, y al oído que por él oiga yo; y a cada uno de los demás sentidos lo que es propio de sus sedes y oficios; cosas que, siendo diversas, realizo yo por medio de ellos, siendo una sola mente. Trascenderé también esta fuerza mía, porque también la tienen el caballo y el mulo, pues también ellos sienten por medio del cuerpo.

Capítulo VIII

Trascenderé, pues, también esta fuerza de mi naturaleza, subiendo por grados hacia aquel que me hizo. Y llego a los campos y anchos palacios de mi memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes, traídas a ella de cosas de toda suerte percibidas por los sentidos. Allí está guardado todo cuanto además pensamos, ya aumentando, ya disminuyendo, ya variando de cualquier otro modo las cosas que el sentido alcanzó; y todo lo demás que se le ha confiado y depositado, mientras el olvido no lo ha absorbido y sepultado. Cuando entro allí, pido que se me presente lo que quiero, y algunas cosas acuden al instante; otras han de buscarse más largamente y se sacan como de unos receptáculos más escondidos; otras se precipitan en tropel, y, mientras se desea y se pide otra cosa, saltan en medio como diciendo: «¿No seré yo, acaso?». A estas las aparto con la mano del corazón de la faz de mi recuerdo, hasta que lo que deseo se descubre y aparece a la vista, saliendo de su escondrijo. Otras cosas se presentan con facilidad y en serie ordenada, según se las llama; las primeras ceden el paso a las siguientes, y, al cederlo, se ocultan, prontas a volver cuando yo quiera. Todo lo cual sucede cuando digo algo de memoria.

Allí se guardan todas las cosas distintamente y por géneros, habiendo entrado cada una por su propia vía: la luz y todos los colores y formas de los cuerpos, por los ojos; por los oídos, toda clase de sonidos; todos los olores, por la vía de la nariz; todos los sabores, por la boca; y por el sentido de todo el cuerpo, lo duro o blando, lo caliente o frío, o áspero, lo pesado o ligero, ya exterior, ya interior al cuerpo. Todo esto lo recibe aquel gran puerto de la memoria en sus innumerables, secretos e inefables senos, para tenerlo a mano y sacarlo cuando sea menester, entrando cada cosa por su puerta y quedando allí depositada. Y no entran las cosas mismas, sino que allí están, prontas para el pensamiento que las evoca, las imágenes de las cosas sentidas. ¿Quién podrá decir cómo se forman esas imágenes, aunque se vea claramente por qué sentido fue introducida y guardada cada una? Porque, aun habitando yo en tinieblas y en silencio, puedo, si quiero, evocar en la memoria los colores, y distinguir entre el blanco y el negro y los demás que quiera; y no irrumpen los sonidos a perturbar la imagen recibida por los ojos que estoy considerando, aunque también ellos están allí, como dormidos y guardados aparte. Pues también a ellos los llamo, y al punto se presentan. Y aunque mi lengua esté queda y mi garganta muda, canto cuanto quiero; y aquellas imágenes de los colores, que no obstante están allí, no se entrometen ni interrumpen cuando se reclama aquel otro caudal que entró por los oídos. Así recuerdo a mi antojo las demás cosas que fueron introducidas y amontonadas por los otros sentidos. Y distingo el aroma de los lirios del de las violetas sin oler nada; y prefiero la miel al vino dulce, lo liso a lo áspero, sin gustar ni palpar cosa alguna en ese momento, sino solo recordando.

Todo esto lo hago dentro, en el aula inmensa de mi memoria. Porque allí están presentes para mí el cielo, la tierra y el mar, con todo cuanto he podido pensar en ellos, fuera de lo que he olvidado. Allí me encuentro también conmigo mismo y me recuerdo a mí mismo: qué hice, cuándo y dónde, y qué sentía cuando lo hacía. Allí está todo lo que recuerdo, sea por mi propia experiencia, sea por haberlo creído a otros. Del mismo caudal saco yo, y combino con las pasadas, nuevas y nuevas imágenes de cosas que he experimentado o que, a partir de lo experimentado, he creído; y de ahí infiero también acciones, sucesos y esperanzas futuras, y todo esto lo contemplo de nuevo como presente. «Haré esto o aquello», me digo en aquel gran seno de mi alma, lleno de las imágenes de tantas y tan grandes cosas, «y se seguirá esto o aquello». «¡Oh, si sucediera esto o aquello!». «¡Aparte Dios esto o aquello!». Así me hablo a mí mismo; y cuando hablo, están presentes las imágenes de todo cuanto digo, sacadas del mismo tesoro de la memoria; y no diría nada de ello si faltaran las imágenes.

Grande es esta fuerza de la memoria, grande sobremanera, Dios mío; un recinto amplio y sin límites. ¿Quién ha llegado a su fondo? Y, con todo, es una facultad mía y pertenece a mi naturaleza; y ni yo mismo abarco todo lo que soy. Luego la mente es demasiado estrecha para contenerse a sí misma. ¿Y dónde estará aquello de sí que no cabe en ella? ¿Acaso fuera de ella, y no dentro? ¿Cómo, entonces, no se abarca? Una gran admiración me sobreviene, el asombro se apodera de mí ante esto. Y van los hombres a admirar las alturas de los montes, y las ingentes olas del mar, y las anchísimas corrientes de los ríos, y la inmensidad del océano, y el giro de los astros, y pasan de largo junto a sí mismos; y no se maravillan de que, al hablar yo de todas estas cosas, no las viera con los ojos, y de que, sin embargo, no hubiera podido hablar de ellas si no viera entonces dentro, en mi memoria, los montes, las olas, los ríos y los astros que había visto, y el océano que creo que existe, y eso con espacios tan vastos entre ellos como si los viera fuera. Y, sin embargo, no los absorbí en mí al verlos cuando los contemplé con mis ojos; ni están conmigo ellos mismos, sino solo sus imágenes. Y sé por qué sentido del cuerpo se me imprimió cada uno.

Capítulo IX

Pero no son solo estas cosas las que retiene la inmensurable capacidad de mi memoria. Aquí está también todo lo aprendido de las artes liberales y aún no olvidado, apartado como en un lugar interior que, sin embargo, no es lugar; y no son sus imágenes, sino las cosas mismas. Porque qué es la literatura, qué el arte de disputar, cuántas clases de cuestiones hay, todo cuanto de esto sé, existe en mi memoria de tal manera que no he recibido la imagen dejando fuera la cosa, ni es algo que haya sonado y pasado como una voz fijada en el oído por aquella impresión mediante la cual pudiera recordarse como si sonara cuando ya no suena; o como un olor que, mientras pasa y se desvanece en el aire, afecta al olfato, y desde allí lleva a la memoria una imagen de sí, que al recordar renovamos; o como el alimento, que ciertamente en el vientre ya no tiene sabor y, sin embargo, en la memoria todavía sabe en cierto modo; o como cualquier cosa que el cuerpo percibe por el tacto y que, apartada de nosotros, la memoria aún concibe. Porque esas cosas no pasan a la memoria, sino que solo sus imágenes son captadas con admirable rapidez y guardadas como en maravillosos aposentos, y de allí, maravillosamente, por el acto de recordar, son sacadas.

Capítulo X

Pero ahora, cuando oigo que hay tres clases de cuestiones: «¿Existe la cosa? ¿Qué es? ¿De qué clase es?», retengo, en efecto, las imágenes de los sonidos de que se componen esas palabras, y sé que esos sonidos pasaron por el aire con ruido y ya no existen. Pero las cosas mismas que esos sonidos significan nunca las alcancé con ningún sentido de mi cuerpo, ni las vi jamás en otra parte que en mi mente; y, sin embargo, en mi memoria no guardé sus imágenes, sino a ellas mismas. Cómo entraron en mí, que lo digan ellas si pueden; porque he recorrido todas las puertas de mi carne y no hallo por cuál entraron. Pues los ojos dicen: «Si tenían color, nosotros dimos noticia de ellas». Los oídos dicen: «Si sonaron, nosotros las dimos a conocer». Las narices dicen: «Si olían, pasaron por nosotras». El gusto dice: «Si no tienen sabor, no me preguntes». El tacto dice: «Si no tiene tamaño, no lo palpé; y si no lo palpé, no di aviso de ello». ¿De dónde y cómo entraron estas cosas en mi memoria? No sé cómo. Porque cuando las aprendí, no di crédito a la mente de otro, sino que las reconocí en la mía; y, aprobándolas como verdaderas, se las encomendé, guardándolas como en un depósito de donde pudiera sacarlas cuando quisiera. Estaban, pues, en mi corazón aun antes de aprenderlas, pero en mi memoria no estaban. ¿Dónde, entonces? ¿O por qué, cuando me las dijeron, las reconocí y dije: «Así es, es verdad», sino porque ya estaban en la memoria, pero tan apartadas y sepultadas como en cavidades más hondas, que, si la sugerencia de otro no las hubiera sacado de allí, quizá no habría podido concebirlas?

Capítulo XI

Por lo cual hallamos que aprender estas cosas, cuyas imágenes no absorbemos por los sentidos, sino que las percibimos dentro de nosotros por sí mismas, sin imágenes, tal como son, no es otra cosa que recibir mediante la concepción, y procurar mediante la atención que aquellas cosas que la memoria ya contenía dispersas y desordenadas queden guardadas como a la mano en esa misma memoria donde antes yacían desconocidas, esparcidas y descuidadas, y así acudan fácilmente a la mente ya familiarizada con ellas. Y cuántas cosas de esta clase lleva mi memoria que ya han sido halladas y, como dije, colocadas como a la mano, que se dice que hemos aprendido y llegado a conocer, las cuales, si por un breve espacio de tiempo dejara yo de traerlas a la mente, de nuevo quedan tan sepultadas y se deslizan otra vez como a cavidades más profundas, que es preciso pensarlas de nuevo y sacarlas de allí como si fueran nuevas, pues no tienen otra morada; antes bien, hay que juntarlas otra vez para que puedan ser conocidas; es decir, hay que recogerlas como de su dispersión: de donde se deriva la palabra «cogitación». Porque cogo (recojo) y cogito (vuelvo a recoger) guardan entre sí la misma relación que ago y agito, facio y factito. Pero la mente se ha apropiado esta palabra (cogitación), de modo que no lo que se «recoge» de cualquier manera, sino lo que se «vuelve a recoger», es decir, se reúne, en la mente, es lo que propiamente se dice cogitado, o pensado.

Capítulo XII

La memoria contiene también las razones y leyes innumerables de los números y de las dimensiones, ninguna de las cuales ha impreso sentido corporal alguno, pues no tienen color, ni sonido, ni sabor, ni olor, ni tacto. He oído el sonido de las palabras con que se las designa cuando se discute sobre ellas; pero los sonidos son una cosa y las cosas otra. Porque los sonidos son unos en griego y otros en latín; pero las cosas no son ni griegas, ni latinas, ni de ninguna otra lengua. He visto líneas de arquitectos, finísimas, como el hilo de una araña; pero aquellas son otra cosa, no son las imágenes de las líneas que me mostró el ojo de la carne: las conoce quienquiera que, sin concepción alguna de cuerpo, las reconoce dentro de sí. He percibido también, con todos los sentidos de mi cuerpo, los números de las cosas que contamos; pero aquellos números con que contamos son distintos, y no son las imágenes de estos, y por eso existen verdaderamente. Que se ría de mí por decir estas cosas el que no los ve, y yo me compadeceré de él mientras se ríe de mí.

Capítulo XIII

Todas estas cosas las recuerdo, y recuerdo cómo las aprendí. He oído también, y lo recuerdo, muchas cosas objetadas contra ellas con suma falsedad; las cuales, aunque sean falsas, no es falso que yo las recuerde; y recuerdo también que he distinguido entre aquellas verdades y estas falsedades que se les objetaban. Y advierto que una cosa es distinguir ahora estas cosas y otra recordar que las distinguí muchas veces, cuando a menudo pensaba en ellas. Recuerdo, pues, haber entendido muchas veces estas cosas; y lo que ahora distingo y entiendo lo guardo en mi memoria, para recordar después que ahora lo entiendo. Así pues, recuerdo también haber recordado; de modo que si más adelante traigo a la memoria que ahora he podido recordar estas cosas, por la fuerza de la memoria lo traeré a la memoria.

Capítulo XIV

La misma memoria contiene también los afectos de mi mente, no del mismo modo en que los contiene la mente misma cuando los siente, sino de modo muy distinto, según una fuerza que le es propia. Porque sin alegrarme recuerdo haberme alegrado; y sin tristeza rememoro mi tristeza pasada. Y que alguna vez temí, lo repaso sin temor; y sin deseo traigo a la mente un deseo pasado. A veces, por el contrario, recuerdo con gozo mi tristeza ya pasada, y con tristeza el gozo. Lo cual no es de extrañar en lo que toca al cuerpo; porque una cosa es la mente y otra el cuerpo. Si, pues, recuerdo con gozo algún dolor pasado del cuerpo, no es tan de extrañar. Pero ahora, siendo esta misma memoria la mente (pues cuando encargamos algo para que se guarde en la memoria, decimos: «Procura tenerlo en mente»; y cuando olvidamos, decimos: «No me vino a la mente», y «Se me fue de la mente», llamando mente a la memoria misma); siendo esto así, ¿cómo es que, cuando recuerdo con gozo mi tristeza pasada, la mente tiene gozo y la memoria tristeza; que la mente, por el gozo que hay en ella, está gozosa, y la memoria, por la tristeza que hay en ella, no está triste? ¿Acaso la memoria no pertenece a la mente? ¿Quién dirá tal cosa? La memoria es, pues, como el vientre de la mente, y la alegría y la tristeza, como un alimento dulce y amargo; que, cuando se confían a la memoria, pasan como al vientre, donde pueden guardarse, pero no saborearse. Ridículo es imaginar que estas cosas sean semejantes; y, sin embargo, no son del todo desemejantes.

Pero he aquí que de mi memoria lo saco cuando digo que hay cuatro perturbaciones de la mente: deseo, alegría, miedo y tristeza; y todo cuanto puedo disputar sobre ellas, dividiendo cada una en sus especies subordinadas y definiéndola, en mi memoria hallo qué decir y de allí lo saco; y, sin embargo, no me turba ninguna de estas perturbaciones cuando, trayéndolas a la mente, las recuerdo; antes bien, aun antes de que las evocara y las trajera de nuevo, estaban allí; y por eso pudieron ser sacadas de allí por el recuerdo. Quizá, pues, así como el alimento sube del vientre al rumiarlo, así estas suben de la memoria al recordarlas. ¿Por qué, entonces, el que disputa, al recordarlas así, no gusta en la boca de su meditación la dulzura de la alegría o la amargura de la tristeza? ¿Es desemejante la comparación en esto, porque no es semejante en todo? Pues ¿quién hablaría de buena gana de ello, si cada vez que nombramos el dolor o el miedo nos viéramos obligados a entristecernos o a temer? Y, sin embargo, no podríamos hablar de ellos si no halláramos en nuestra memoria no solo los sonidos de los nombres según las imágenes impresas por los sentidos del cuerpo, sino también las nociones de las cosas mismas, que nunca recibimos por ninguna puerta del cuerpo, sino que la mente misma, percibiéndolas por la experiencia de sus propias pasiones, confió a la memoria, o la memoria retuvo por sí misma sin que se le confiaran.

Capítulo XV

Pero si es por imágenes o no, ¿quién podrá decirlo fácilmente? Así, nombro una piedra, nombro el sol, sin que las cosas mismas estén presentes a mis sentidos, pero sí sus imágenes a mi memoria. Nombro un dolor del cuerpo, y, sin embargo, no está presente en mí cuando nada me duele; pero si su imagen no estuviera presente en mi memoria, no sabría qué decir de él, ni al discurrir distinguiría el dolor del placer. Nombro la salud del cuerpo; estando sano de cuerpo, la cosa misma está presente en mí; y, sin embargo, si su imagen no estuviera también presente en mi memoria, de ningún modo podría recordar lo que significa el sonido de este nombre. Ni los enfermos, al nombrarse la salud, reconocerían lo que se dice si la misma imagen no estuviera retenida por la fuerza de la memoria, aunque la cosa misma estuviese ausente del cuerpo. Nombro los números con que contamos; y no son sus imágenes, sino ellos mismos, los que están presentes en mi memoria. Nombro la imagen del sol, y esa imagen está presente en mi memoria. Porque no evoco la imagen de su imagen, sino que la imagen misma me está presente cuando la traigo a la mente. Nombro la memoria, y reconozco lo que nombro. ¿Y dónde lo reconozco, sino en la memoria misma? ¿Acaso también ella está presente a sí misma por su imagen, y no por sí misma?

Capítulo XVI

¿Y qué decir cuando nombro el olvido y a la vez reconozco lo que nombro? ¿De dónde lo reconocería, si no lo recordara? No hablo del sonido del nombre, sino de la cosa que significa; y si la hubiera olvidado, no podría reconocer lo que ese sonido significa. Así pues, cuando recuerdo la memoria, la memoria misma está presente a sí misma por sí misma; pero cuando recuerdo el olvido, están presentes a la vez la memoria y el olvido: la memoria, con la que recuerdo; el olvido, que recuerdo. Pero ¿qué es el olvido, sino la privación de la memoria? ¿Cómo, entonces, está presente para que yo lo recuerde, si cuando está presente no puedo recordar? Pero si lo que recordamos lo retenemos en la memoria, y si, a no ser que recordáramos el olvido, jamás podríamos, al oír su nombre, reconocer la cosa que con él se significa, entonces el olvido es retenido por la memoria. Está presente, pues, para que no olvidemos, y, estando presente, olvidamos. De esto ha de entenderse que el olvido, cuando lo recordamos, no está presente a la memoria por sí mismo, sino por su imagen; porque si estuviera presente por sí mismo, no haría que recordáramos, sino que olvidáramos. ¿Quién investigará ahora esto? ¿Quién comprenderá cómo es?

Señor, yo, en verdad, trabajo en ello, y trabajo en mí mismo; me he vuelto una tierra pesada que exige sobrado sudor de la frente. Porque no estamos ahora escudriñando las regiones del cielo, ni midiendo las distancias de los astros, ni indagando el equilibrio de la tierra. Soy yo mismo el que recuerdo, yo, la mente. No es tan de extrañar que lo que yo no soy esté lejos de mí. Pero ¿qué hay más cercano a mí que yo mismo? Y he aquí que no comprendo la fuerza de mi propia memoria, aunque sin ella no puedo siquiera nombrarme a mí mismo. Pues ¿qué diré, cuando me consta que recuerdo el olvido? ¿Diré que no está en mi memoria lo que recuerdo? ¿O diré que el olvido está en mi memoria para que yo no olvide? Ambas cosas serían absurdísimas. ¿Qué tercera vía hay? ¿Cómo puedo decir que es la imagen del olvido la que retiene mi memoria, y no el olvido mismo, cuando lo recuerdo? ¿Cómo podría decir tampoco esto, siendo así que, cuando la imagen de alguna cosa se imprime en la memoria, es preciso que primero esté presente la cosa misma, de la cual pueda imprimirse esa imagen? Porque así recuerdo Cartago, así todos los lugares en que he estado, así los rostros de los hombres que he visto, y las cosas que me refirieron los demás sentidos; así la salud o la enfermedad del cuerpo. Pues cuando estas cosas estaban presentes, mi memoria recibió de ellas imágenes que, estando presentes en mí, pudiera contemplar y volver a traer en mi mente cuando las recordara en su ausencia. Si, pues, este olvido se retiene en la memoria por su imagen y no por sí mismo, es claro que él mismo estuvo presente alguna vez, para que pudiera tomarse su imagen. Pero cuando estaba presente, ¿cómo escribió su imagen en la memoria, siendo así que el olvido, con su presencia, borra aun lo que encuentra ya anotado? Y, sin embargo, de cualquier modo que sea, aunque ese modo sea inconcebible e inexplicable, estoy cierto de que recuerdo también el olvido mismo, por el cual se borra lo que recordamos.

Capítulo XVII

Grande es la fuerza de la memoria, algo que estremece, oh Dios mío, una multiplicidad profunda e infinita; y esto es la mente, y esto soy yo mismo. ¿Qué soy, pues, oh Dios mío? ¿Qué naturaleza soy? Una vida varia y multiforme, y sobremanera inmensa. He aquí que en los campos, y antros, y cavernas de mi memoria, innumerables e innumerablemente llenos de innumerables clases de cosas, ya por sus imágenes, como todos los cuerpos; ya por su presencia misma, como las artes; ya por ciertas nociones o impresiones, como los afectos de la mente, que la memoria retiene aun cuando la mente no los siente, aunque todo lo que está en la memoria está también en la mente; por todas estas cosas corro, vuelo; me sumerjo de un lado y de otro cuanto puedo, y no hay fin. Tan grande es la fuerza de la memoria, tan grande la fuerza de la vida, aun en la vida mortal del hombre. ¿Qué haré, pues, oh tú, mi vida verdadera, Dios mío? Traspasaré también esta fuerza mía que se llama memoria; sí, la traspasaré para acercarme a ti, oh dulce Luz. ¿Qué me dices? He aquí que voy subiendo por mi mente hacia ti, que permaneces por encima de mí. Sí, traspasaré ahora esta fuerza mía que se llama memoria, deseoso de llegar a ti por donde se puede llegar a ti, y de unirme a ti por donde es posible unirse a ti. Porque también las bestias y las aves tienen memoria; de otro modo no podrían volver a sus guaridas y nidos, ni a tantas otras cosas a que están acostumbradas; ni podrían, en verdad, acostumbrarse a cosa alguna sino por la memoria. Traspasaré, pues, también la memoria, para llegar a aquel que me separó de los cuadrúpedos y me hizo más sabio que las aves del cielo; traspasaré también la memoria, y ¿dónde te hallaré, oh tú, bondad verdadera y dulzura segura? ¿Y dónde te hallaré? Si te hallo fuera de mi memoria, es que no te retengo en mi memoria. ¿Y cómo te hallaré, si no te recuerdo?

Capítulo XVIII

Porque la mujer que había perdido su dracma y la buscó con un candil, si no la hubiera recordado, nunca la habría hallado. Pues, una vez hallada, ¿cómo habría sabido si era la misma, si no la recordaba? Recuerdo haber buscado y hallado muchas cosas; y esto sé por ello: que cuando buscaba alguna de ellas y me preguntaban: «¿Es esto?», «¿Es aquello?», yo seguía diciendo «No» hasta que se me ofrecía lo que buscaba. Y si no lo hubiera recordado (fuera lo que fuera), aunque se me ofreciera, no lo hallaría, porque no podría reconocerlo. Y así sucede siempre que buscamos y hallamos alguna cosa perdida. Con todo, cuando algo se pierde por casualidad de la vista, no de la memoria (como cualquier cuerpo visible), su imagen se retiene aún dentro, y se busca hasta que se restituye a la vista; y cuando se halla, se reconoce por la imagen que está dentro; y no decimos que hemos hallado lo que se había perdido si no lo reconocemos, ni podemos reconocerlo si no lo recordamos. Pero esto se había perdido para los ojos, y se retenía en la memoria.

Capítulo XIX

Pero ¿qué sucede cuando es la memoria misma la que pierde algo, como ocurre cuando olvidamos y buscamos para recordar? ¿Dónde buscamos, al fin, sino en la memoria misma? Y allí, si por acaso se nos ofrece una cosa en lugar de otra, la rechazamos, hasta que nos sale al encuentro lo que buscamos; y cuando sale, decimos: «Esto es»; lo cual no diríamos si no lo reconociéramos, ni lo reconoceríamos si no lo recordáramos. Ciertamente, pues, lo habíamos olvidado. ¿O no se nos había escapado todo entero, sino que por la parte que reteníamos se buscaba la parte perdida, porque la memoria sentía que no llevaba consigo junto todo lo que solía, y, como mutilada por el menoscabo de su antigua costumbre, reclamaba la restitución de lo que le faltaba? Por ejemplo, si vemos o pensamos en alguien conocido y, habiendo olvidado su nombre, tratamos de recobrarlo, cualquier otro que se presente no se une con él, porque no solía pensarse junto con él, y por eso se rechaza, hasta que se presenta aquel en el que el conocimiento reposa sosegadamente como en su objeto acostumbrado. ¿Y de dónde se presenta, sino de la memoria misma? Pues aun cuando lo reconocemos porque otro nos lo recuerda, es de allí de donde viene. Porque no lo creemos como algo nuevo, sino que, al recordarlo, aprobamos que lo nombrado es lo correcto. Pero si se hubiera borrado por completo de la mente, no lo recordaríamos ni aun cuando nos lo recordaran. Porque aún no hemos olvidado del todo aquello que recordamos haber olvidado. Lo que hemos olvidado por completo, pues, aunque perdido, ni siquiera podemos buscarlo.

Capítulo XX

¿Cómo, pues, te busco, oh Señor? Porque cuando te busco a ti, Dios mío, busco la vida feliz. Te buscaré para que viva mi alma. Porque mi cuerpo vive por mi alma, y mi alma vive por ti. ¿Cómo, pues, busco la vida feliz, si no la tengo hasta que pueda decir, allí donde debo decirlo: «Basta»? ¿Cómo la busco? ¿Por el recuerdo, como si la hubiera olvidado, recordando que la había olvidado? ¿O deseando aprenderla como cosa desconocida, ya porque nunca la conocí, ya porque la olvidé de tal modo que ni siquiera recuerdo haberla olvidado? ¿No es la vida feliz lo que todos quieren, y no hay nadie que en absoluto no la quiera? ¿Dónde la conocieron, para quererla así? ¿Dónde la vieron, para amarla así? Verdaderamente la tenemos; cómo, no lo sé. Sí, hay otro modo en que, cuando uno la tiene, entonces es feliz; y hay quienes son bienaventurados en esperanza. Estos la tienen de un modo inferior al de quienes la tienen en la realidad misma; pero están mejor que aquellos que no son felices ni en la realidad ni en la esperanza. Y aun estos, si no la tuvieran de algún modo, no querrían tanto ser felices; y que lo quieren es certísimo. La han conocido, pues, no sé cómo, y así la tienen por cierta clase de conocimiento, cuál, no lo sé; y estoy perplejo sobre si está en la memoria; pues si lo está, entonces fuimos felices alguna vez: si cada uno por separado, o en aquel hombre que pecó primero, en quien también todos morimos y de quien todos nacemos con miseria, no lo indago ahora; sino solo si la vida feliz está en la memoria. Porque no la amaríamos si no la conociéramos. Oímos el nombre, y todos confesamos que deseamos la cosa; pues no nos deleita el mero sonido. Porque cuando un griego lo oye en latín, no se deleita, al no saber qué se dice; pero nosotros, los latinos, nos deleitamos, como se deleitaría él si lo oyera en griego; porque la cosa misma no es ni griega ni latina, y por ella griegos y latinos, y los hombres de todas las demás lenguas, suspiran con tanto ardor. Conocida es, por tanto, de todos; pues si se les preguntara a una voz: «¿Queréis ser felices?», responderían sin duda alguna: «Lo queremos». Y esto no podría ser, si la cosa misma cuyo nombre es no se conservara en su memoria.

Capítulo XXI

Pero ¿es acaso como recuerda Cartago quien la ha visto? No. Porque la vida feliz no se ve con los ojos, ya que no es un cuerpo. ¿Como recordamos, entonces, los números? No. Porque quien los tiene en su conocimiento no busca alcanzarlos más allá; pero la vida feliz la tenemos en nuestro conocimiento, y por eso la amamos, y aun así deseamos alcanzarla para ser felices. ¿Como recordamos, entonces, la elocuencia? No. Porque, aunque al oír también este nombre algunos traen a la mente la cosa sin ser todavía elocuentes, y muchos que desean serlo, de donde se ve que está en su conocimiento, estos, sin embargo, han observado por los sentidos corporales que otros son elocuentes, y se han deleitado en ello, y desean ser semejantes (aunque, en verdad, no se deleitarían si no fuera por algún conocimiento interior de ella, ni desearían ser semejantes si no se deleitaran así); mientras que la vida feliz no la experimentamos en otros por ningún sentido corporal. ¿Como recordamos, entonces, el gozo? Quizá; pues recuerdo mi gozo aun estando triste, como recuerdo la vida feliz siendo infeliz; y nunca con sentido corporal vi, oí, olí, gusté ni toqué mi gozo, sino que lo experimenté en mi mente cuando me gocé; y su conocimiento quedó adherido a mi memoria, de modo que puedo recordarlo unas veces con disgusto, otras con anhelo, según la naturaleza de las cosas en que recuerdo haberme gozado. Porque aun de cosas torpes me he visto inundado de cierta clase de gozo, que ahora, al recordarlo, detesto y abomino; otras veces, de cosas buenas y honestas, que recuerdo con anhelo, aunque quizá ya no estén presentes; y por eso recuerdo con tristeza el gozo de antaño.

¿Dónde, pues, y cuándo experimenté mi vida feliz, para recordarla, y amarla, y anhelarla? Y no soy yo solo, ni unos pocos conmigo, sino que todos queremos ser felices; y si no lo supiéramos por algún conocimiento cierto, no lo desearíamos con voluntad tan cierta. Pero ¿cómo es que, si a dos hombres se les pregunta si quieren ir a la guerra, quizá uno responda que sí y el otro que no; pero si se les pregunta si quieren ser felices, ambos dirían al instante, sin duda alguna, que sí; y no por otra razón iría el uno a la guerra y el otro no, sino para ser felices? ¿Será acaso que, así como uno busca su gozo en esto y otro en aquello, todos convienen en su deseo de ser felices, como convendrían (si se les preguntara) en que desean tener gozo, y a este gozo lo llaman vida feliz? Aunque, pues, uno obtenga este gozo por un medio y otro por otro, todos tienen un mismo fin que se esfuerzan por alcanzar, a saber, el gozo. Y siendo esta una cosa que todos han de confesar haber experimentado, por eso se halla en la memoria, y se la reconoce siempre que se menciona el nombre de la vida feliz.

Capítulo XXII

Lejos, Señor, lejos del corazón de tu siervo que aquí se confiesa a ti, lejos esté que, sea cual fuere el gozo, me tenga yo por feliz a causa de él. Porque hay un gozo que no se concede a los impíos, sino a los que te aman por ti mismo, cuyo gozo eres tú mismo. Y esta es la vida feliz: gozarse hacia ti, de ti, por ti; esta es, y no hay otra. Porque los que piensan que hay otra persiguen otro gozo, y no el verdadero. Con todo, su voluntad no se aparta de cierta imagen del gozo.

Capítulo XXIII

No es cierto, entonces, que todos quieran ser felices, puesto que los que no quieren gozarse en ti, que eres la única vida feliz, no desean verdaderamente la vida feliz. ¿O es que todos los hombres la desean, pero, como la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, de modo que no pueden hacer lo que quieren, se vuelcan sobre lo que pueden y con ello se contentan, porque lo que no pueden hacer no lo quieren con tanta fuerza como bastaría para hacerlos capaces? Porque pregunto a cualquiera si prefiere gozarse en la verdad o en la falsedad. Tan poco dudarán en decir «en la verdad» como en decir «que desean ser felices»; porque la vida feliz es el gozo de la verdad, ya que este es un gozarse en ti, que eres la Verdad, oh Dios, luz mía, salud de mi rostro, Dios mío. Esta es la vida feliz que todos desean; esta vida, la única feliz, todos la desean; gozarse en la verdad, todos lo desean. He conocido a muchos que querían engañar; que quisiera ser engañado, a nadie. ¿Dónde, pues, conocieron esta vida feliz, sino donde conocen también la verdad? Porque también la aman, pues no quieren ser engañados. Y cuando aman la vida feliz, que no es otra cosa que el gozarse en la verdad, aman también entonces la verdad; la cual, sin embargo, no amarían si no hubiera alguna noticia de ella en su memoria. ¿Por qué, pues, no se gozan en ella? ¿Por qué no son felices? Porque están más fuertemente absorbidos por otras cosas, que tienen más poder para hacerlos desdichados que el que tiene para hacerlos felices aquello que recuerdan tan débilmente. Porque aún hay un poco de luz en los hombres; anden, anden, para que no los sorprendan las tinieblas.

Pero ¿por qué «la verdad engendra odio», y el hombre tuyo que predica la verdad se les vuelve enemigo, siendo así que se ama la vida feliz, que no es otra cosa que el gozarse en la verdad? ¿No será que la verdad se ama de tal modo que quienes aman alguna otra cosa quisieran que lo que aman fuera la verdad, y, como no quieren ser engañados, no quieren que se les convenza de que lo están? Por eso odian la verdad, por causa de aquella cosa que amaron en lugar de la verdad. Aman la verdad cuando los ilumina; la odian cuando los reprende. Porque, como no quieren ser engañados y quieren engañar, la aman cuando se les descubre a sí misma, y la odian cuando los descubre a ellos. Por eso les pagará de tal suerte que a quienes no querían ser manifestados por ella, a esos, aun contra su voluntad, los pondrá de manifiesto, y ella misma no se les manifestará. Así, así, sí, así el alma humana, así ciega y enferma, torpe y deforme, quiere estar oculta, pero no quiere que nada se le oculte a ella. Mas se le devuelve lo contrario: que ella no quede oculta a la Verdad, sino que la Verdad quede oculta a ella. Con todo, aun así de miserable, prefiere gozarse en las cosas verdaderas antes que en las falsas. Feliz será, pues, cuando, sin que se interponga distracción alguna, se goce en aquella única Verdad por la cual son verdaderas todas las cosas.

Capítulo XXIV

Mira cuánto espacio he recorrido en mi memoria buscándote, oh Señor; y no te he hallado fuera de ella. Ni he hallado cosa alguna acerca de ti que no haya guardado en la memoria desde que te conocí. Porque desde que te conocí, no te he olvidado. Pues donde hallé la Verdad, allí hallé a mi Dios, la Verdad misma; y desde que la conocí, no la he olvidado. Así, desde que te conocí, resides en mi memoria; y allí te hallo cuando te traigo al recuerdo y me deleito en ti. Estas son mis santas delicias, que me has dado en tu misericordia, mirando a mi pobreza.

Capítulo XXV

Pero ¿dónde resides en mi memoria, oh Señor, dónde resides allí? ¿Qué clase de morada te has labrado? ¿Qué clase de santuario te has edificado? Has concedido a mi memoria el honor de residir en ella; pero en qué parte de ella resides, eso es lo que estoy considerando. Porque, al pensar en ti, pasé más allá de aquellas partes suyas que también tienen las bestias, pues no te hallé allí, entre las imágenes de las cosas corpóreas; y llegué a aquellas partes a las que confié los afectos de mi alma, y tampoco te hallé allí. Y entré en la sede misma de mi alma (que esta tiene en mi memoria, puesto que el alma se recuerda también a sí misma), y tampoco estabas allí; porque así como no eres imagen corpórea, ni afecto de un ser viviente (como cuando nos alegramos, nos condolemos, deseamos, tememos, recordamos, olvidamos o cosa semejante), así tampoco eres el alma misma, porque tú eres el Señor Dios del alma; y todas estas cosas se mudan, pero tú permaneces inmutable sobre todas ellas, y con todo te has dignado morar en mi memoria desde que te conocí. ¿Y por qué busco ahora en qué lugar de ella moras, como si hubiera lugares en ella? Cierto estoy de que moras en ella, puesto que te he recordado desde que te conocí, y allí te hallo cuando te traigo al recuerdo.

Capítulo XXVI

¿Dónde, pues, te hallé para conocerte? Porque en mi memoria no estabas antes de que te conociera. ¿Dónde, pues, te hallé para conocerte, sino en ti, por encima de mí? Lugar no hay ninguno; nos alejamos y nos acercamos, y no hay lugar. En todas partes, oh Verdad, das audiencia a todos los que te consultan, y a la vez respondes a todos, aunque te consulten sobre asuntos muy diversos. Claramente respondes, aunque no todos oyen claramente. Todos te consultan sobre lo que quieren, aunque no siempre oyen lo que quieren. Tu mejor siervo es aquel que no atiende tanto a oír de ti lo que él quiere, cuanto a querer más bien lo que de ti oye.

Capítulo XXVII

¡Tarde te amé, oh hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro, y yo fuera, y allí te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre esas hermosas formas que tú hiciste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no existirían en absoluto. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera. Exhalaste tu fragancia, y respiré, y suspiro por ti. Gusté de ti, y tengo hambre y sed. Me tocaste, y ardí en deseos de tu paz.

Capítulo XXVIII

Cuando me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya para mí en ninguna parte dolor ni fatiga; y mi vida será viva del todo, llena toda de ti. Pero ahora, como a quien tú llenas lo elevas, y yo no estoy lleno de ti, soy una carga para mí mismo. Mis alegrías dignas de llanto contienden con mis tristezas dignas de gozo, y de qué lado está la victoria, no lo sé. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí. Mis tristezas malas contienden con mis alegrías buenas, y de qué lado está la victoria, no lo sé. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí. ¡Ay de mí! He aquí que no escondo mis llagas; tú eres el médico, yo el enfermo; tú misericordioso, yo miserable. ¿No es toda la vida del hombre sobre la tierra una prueba? ¿Quién quiere molestias y dificultades? Tú mandas que se soporten, no que se amen. Nadie ama lo que soporta, aunque ame el soportarlo. Porque, aunque se alegre de soportar, preferiría que no hubiera nada que soportar. En la adversidad deseo la prosperidad; en la prosperidad temo la adversidad. ¿Qué lugar intermedio hay entre ambas, donde la vida del hombre no sea toda prueba? ¡Ay de las prosperidades del mundo, una y otra vez, por el temor de la adversidad y por la corrupción del gozo! ¡Ay de las adversidades del mundo, una y otra vez, y aun una tercera, por el anhelo de la prosperidad, y porque la adversidad misma es cosa dura, y por temor de que quiebre la paciencia! ¿No es toda la vida del hombre sobre la tierra una prueba, sin tregua alguna?

Capítulo XXIX

Y toda mi esperanza no está en ninguna parte sino en tu grandísima misericordia. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Nos mandas la continencia; y, como dice uno, cuando supe que nadie puede ser continente si Dios no se lo da, también esto era parte de la sabiduría: saber de quién es este don. Por la continencia, en verdad, somos recogidos y reconducidos a la unidad, de la cual nos habíamos disipado en la multiplicidad. Porque demasiado poco te ama quien ama algo junto contigo que no ama por ti. ¡Oh amor, que siempre ardes y nunca te apagas! Oh caridad, Dios mío, enciéndeme. Mandas la continencia: da lo que mandas, y manda lo que quieras.

Capítulo XXX

Ciertamente me mandas la continencia de la concupiscencia de la carne, de la concupiscencia de los ojos y de la ambición del mundo. Me mandas abstenerme del concubinato; y aun respecto del matrimonio mismo, me aconsejaste algo mejor que lo que permitiste. Y puesto que tú me lo diste, así se hizo, aun antes de que yo fuera dispensador de tu Sacramento. Pero todavía viven en mi memoria (de la cual tanto he hablado) las imágenes de aquellas cosas que allí fijó mi mala costumbre; las cuales me asaltan, sin fuerza, cuando estoy despierto; pero en el sueño, no solo hasta causar deleite, sino aun hasta obtener consentimiento, y algo muy semejante al acto mismo. Sí, tanto prevalece la ilusión de la imagen, en mi alma y en mi carne, que, estando dormido, falsas visiones me persuaden a aquello a que, estando despierto, no me persuaden las verdaderas. ¿No soy entonces yo mismo, oh Señor, Dios mío? ¡Y sin embargo, cuánta diferencia hay entre yo mismo y yo mismo en aquel instante en que paso de la vigilia al sueño, o vuelvo del sueño a la vigilia! ¿Dónde está entonces la razón, que, despierta, resiste tales sugestiones, y que, aun cuando se le presentaran las cosas mismas, permanece inconmovible? ¿Se cierra junto con los ojos? ¿Se adormece con los sentidos del cuerpo? ¿Y de dónde viene que a menudo, aun en sueños, resistimos, y, acordándonos de nuestro propósito y permaneciendo castísimamente en él, no damos consentimiento alguno a tales halagos? Y, sin embargo, tanta es la diferencia que, cuando sucede de otro modo, al despertar volvemos a la paz de la conciencia; y por esta misma diferencia descubrimos que no fuimos nosotros quienes hicimos aquello que, no obstante, nos duele que de algún modo se haya hecho en nosotros.

¿No eres poderoso, Dios todopoderoso, para sanar todas las dolencias de mi alma, y con tu gracia más abundante apagar aun los movimientos impuros de mi sueño? Acrecentarás, Señor, más y más tus dones en mí, para que mi alma me siga hacia ti, desenredada de la liga de la concupiscencia; para que no se rebele contra sí misma, y aun en sueños no solo no cometa, por medio de imágenes sensibles, esas torpezas degradantes hasta la polución de la carne, sino que ni siquiera consienta en ellas. Porque hacer que nada de esta clase tenga sobre los afectos puros aun de quien duerme el más mínimo influjo, ni siquiera tanto como el que un pensamiento podría refrenar, y esto no solo durante la vida, sino aun en mi edad presente, no es difícil para el Todopoderoso, que eres poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos. Pero lo que todavía soy en esta clase de mal mío, lo he confesado a mi buen Señor, alegrándome con temblor en lo que tú me has dado, y doliéndome de aquello en que aún soy imperfecto, esperando que tú perfeccionarás en mí tus misericordias hasta la paz perfecta que mi hombre exterior e interior tendrán contigo, cuando sea sorbida la muerte con victoria.

Capítulo XXXI

Hay otro mal del día, y ojalá le bastara con él. Porque comiendo y bebiendo reparamos los desgastes diarios de nuestro cuerpo, hasta que tú destruyas el vientre y las viandas, cuando des muerte a mi indigencia con una maravillosa plenitud y vistas esto corruptible de una incorrupción eterna. Pero ahora esta necesidad me es dulce, y contra esa dulzura combato para no ser hecho cautivo; y sostengo una guerra diaria con ayunos, poniendo muchas veces mi cuerpo en servidumbre; y mis dolores se disipan con el placer. Porque el hambre y la sed son, en cierto modo, dolores: queman y matan como la fiebre, si no acude en nuestra ayuda la medicina de los alimentos. Y como esta se halla a mano por los consuelos de tus dones, con los que la tierra, el agua y el aire sirven a nuestra flaqueza, a nuestra calamidad se la llama deleite.

Esto me has enseñado: que me disponga a tomar los alimentos como se toma una medicina. Pero mientras paso de la molestia de la necesidad al sosiego de la saciedad, en ese mismo paso me tiende su lazo la concupiscencia. Porque ese paso es placer, y no hay otro camino para pasar allí adonde por fuerza hemos de pasar. Y siendo la salud la causa del comer y del beber, se le junta como acompañante un placer peligroso, que las más de las veces se esfuerza por adelantarse a ella, de modo que haga yo por causa de él lo que digo hacer, o quiero hacer, por causa de la salud. Y no tienen ambos la misma medida, pues lo que basta para la salud es poco para el placer. Y muchas veces no se sabe con certeza si es el cuidado necesario del cuerpo el que todavía pide sustento, o si es un engaño voluptuoso de la gula el que ofrece sus servicios. En esta incertidumbre se alegra el alma desdichada, y en ella prepara una excusa con que escudarse, contenta de que no aparezca qué es lo que basta para la moderación de la salud, a fin de encubrir bajo el pretexto de la salud el negocio del deleite. A estas tentaciones procuro resistir cada día, e invoco tu diestra, y a ti remito mis perplejidades, porque en esto no tengo todavía un consejo firme.

Oigo la voz de mi Dios que manda: «Que vuestros corazones no sean cargados de glotonería y embriaguez». La embriaguez está lejos de mí; tú tendrás misericordia para que no se me acerque. Pero la hartura se insinúa a veces en tu siervo; tú tendrás misericordia para que se aleje de mí. Porque nadie puede ser continente si tú no se lo das. Muchas cosas nos das cuando te las pedimos; y todo el bien que recibimos antes de pedirlo, de ti lo recibimos; más aún, lo recibimos antes precisamente para que después lo supiéramos. Borracho no lo fui nunca, pero he conocido borrachos hechos sobrios por ti. Obra tuya fue, pues, que no lo fueran quienes nunca lo habían sido, como obra tuya fue que no lo fueran para siempre quienes lo habían sido; y obra tuya fue que unos y otros supieran de quién venía. Oí otra voz tuya: «No vayas en pos de tus concupiscencias, y apártate de tu deleite». Sí, por tu favor oí también aquello que tanto he amado: «Ni porque comamos tendremos más, ni porque no comamos tendremos menos»; es decir, ni lo uno me hará rico ni lo otro desdichado. Oí también otra: «He aprendido a contentarme con lo que tengo; sé tener abundancia y sé padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». He ahí un soldado del campamento celestial, no el polvo que nosotros somos. Pero acuérdate, Señor, de que somos polvo, y de que del polvo hiciste al hombre; y se había perdido, y fue hallado. Ni pudo él hacer esto por sí mismo, porque aquel a quien tanto amé, que decía esto por el soplo de tu inspiración, era del mismo polvo. «Todo lo puedo —dice— en aquel que me fortalece». Fortaléceme, para que pueda. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Él confiesa haberlo recibido, y cuando se gloría, en el Señor se gloría. Oí a otro que rogaba para recibir: «Quita de mí —dice— los apetitos del vientre»; por donde se ve, oh Dios mío santo, que eres tú quien da, cuando se hace lo que mandas que se haga.

Me has enseñado, Padre bueno, que «todas las cosas son limpias para los limpios», pero que «malo es al hombre que come con escándalo»; y que «todo lo que tú creaste es bueno, y nada hay que desechar, tomándose con acción de gracias»; y que «la vianda no nos hace más aceptos a Dios»; y que «nadie nos juzgue en comida o en bebida»; y que «el que come, no menosprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come». Estas cosas he aprendido, gracias a ti, alabanza a ti, Dios mío, Maestro mío, que llamas a mis oídos e iluminas mi corazón: líbrame de toda tentación. No temo la inmundicia del manjar, sino la inmundicia del apetito. Sé que a Noé se le permitió comer toda clase de carne apta para alimento; que Elías fue alimentado con carne; que Juan, dotado de una admirable abstinencia, no se contaminó por alimentarse de seres vivos, las langostas. Sé también que Esaú fue engañado por el apetito de unas lentejas; y que David se reprochó a sí mismo haber deseado un trago de agua; y que nuestro Rey fue tentado no con carne, sino con pan. Y por eso también el pueblo en el desierto mereció ser reprendido, no por desear carne, sino porque, en su deseo de comida, murmuró contra el Señor.

Puesto, pues, en medio de estas tentaciones, lucho cada día contra la concupiscencia en el comer y en el beber. Porque no es de tal naturaleza que pueda resolverme a cortarla de una vez para siempre y no tocarla nunca más, como pude hacerlo con el concubinato. Así pues, el freno de la garganta ha de sostenerse templado entre la flojedad y la tirantez. ¿Y quién es, oh Señor, el que no se deja llevar un poco más allá de los límites de la necesidad? Quienquiera que sea, es grande: engrandezca tu nombre. Pero yo no soy tal, porque soy hombre pecador. Con todo, también yo engrandezco tu nombre; y por mis pecados intercede ante ti aquel que venció al mundo, contándome entre los miembros débiles de su cuerpo; porque tus ojos vieron lo que en él hay de imperfecto, y en tu libro todos serán escritos.

Capítulo XXXII

De los atractivos de los olores no me preocupo mucho. Cuando faltan, no los echo de menos; cuando están presentes, no los rechazo; y siempre estoy dispuesto a carecer de ellos. Así me parece a mí mismo; quizá me engaño. Porque también es una lamentable oscuridad aquella por la cual se me ocultan las capacidades que hay en mí, de modo que mi mente, al indagar en sí misma acerca de sus propias fuerzas, no se atreve fácilmente a creerse a sí misma, porque aun lo que hay en ella le está oculto las más de las veces, si la experiencia no lo pone de manifiesto. Y nadie debe estar seguro en esta vida, que toda entera se llama prueba, de que quien pudo de peor hacerse mejor no pueda igualmente de mejor hacerse peor. Nuestra única esperanza, nuestra única confianza, nuestra única promesa firme es tu misericordia.

Capítulo XXXIII

Los deleites del oído me habían enredado y sometido con más fuerza; pero tú me desataste y me libraste. Ahora, en esas melodías a las que tus palabras infunden alma, cuando se cantan con voz dulce y bien templada, descanso un poco; pero no de modo que quede prendido en ellas, sino de manera que pueda desasirme cuando quiera. Sin embargo, junto con las palabras que son su vida y por las cuales hallan entrada en mí, buscan ellas en mi afecto un lugar de alguna estima, y apenas acierto a asignarles el que les conviene. Porque unas veces me parece que les doy más honor del que es decoroso, al sentir que nuestras almas se elevan más santa y fervientemente a la llama de la devoción por esas mismas santas palabras cuando así se cantan que cuando no; y que los diversos afectos de nuestro espíritu tienen, en dulce variedad, sus medidas propias en la voz y en el canto, por una oculta correspondencia con la cual se despiertan. Pero este contento de la carne, al que no se debe entregar el alma para que la enerve, me engaña a menudo, cuando el sentido no acompaña a la razón de modo que la siga pacientemente, sino que, habiendo sido admitido solo por causa de ella, se esfuerza incluso por correr delante de ella y guiarla. Así peco en estas cosas sin advertirlo, pero después lo advierto.

Otras veces, por evitar con exceso de inquietud este mismo engaño, yerro por demasiada severidad, y a veces hasta tal punto que quisiera desterrar de mis oídos, y de los de la Iglesia también, toda la melodía de los dulces cantos con que suele acompañarse el Salterio de David; y me parece más seguro aquel modo que recuerdo haber oído contar muchas veces de Atanasio, obispo de Alejandría, quien hacía que el lector del salmo lo pronunciara con tan leve inflexión de la voz que más se parecía a recitar que a cantar. Pero, por otra parte, cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cantos de tu Iglesia en los comienzos de mi fe recobrada, y cómo ahora me conmueve no el canto, sino lo que se canta, cuando se canta con voz clara y modulación muy apropiada, reconozco la gran utilidad de esta costumbre. Así fluctúo entre el peligro del placer y la experiencia de su provecho; inclinándome más bien, aunque sin pronunciar una sentencia irrevocable, a aprobar la costumbre de cantar en la iglesia, para que por el deleite de los oídos el ánimo más débil se eleve al afecto de la devoción. Con todo, cuando me sucede que me conmueve más el canto que lo que se canta, confieso que peco de manera digna de castigo, y entonces preferiría no oír cantar. ¡Ved ahora mi estado! Llorad conmigo y llorad por mí, vosotros que regís de tal modo vuestros afectos interiores que de ellos se siguen buenas obras. Porque a vosotros, que no obráis así, estas cosas no os tocan. Pero tú, oh Señor, Dios mío, escucha; mira y ve, y ten misericordia y sáname, tú, en cuya presencia me he convertido en un problema para mí mismo; y esa es mi dolencia.

Capítulo XXXIV

Queda el deleite de estos ojos de mi carne, acerca del cual he de hacer mis confesiones a oídos de tu templo, esos oídos fraternos y piadosos; y así concluir las tentaciones de la concupiscencia de la carne, que todavía me asaltan mientras gimo, deseando ser sobrevestido de aquella mi habitación celestial. Los ojos aman las formas hermosas y variadas, y los colores brillantes y suaves. Que no ocupen estas cosas mi alma; ocúpela más bien Dios, que hizo estas cosas, buenas en gran manera, sí, pero él es mi bien, no ellas. Y ellas me afectan despierto, todo el día, y no se me concede descanso de ellas, como se me concede de los cantos, a veces en el silencio, de todas las voces. Porque esta reina de los colores, la luz, que baña todo cuanto contemplamos, dondequiera que esté yo durante el día, deslizándose junto a mí en formas variadas, me acaricia aun cuando estoy ocupado en otras cosas y no reparo en ella. Y con tal fuerza se insinúa, que si se la retira de pronto, se la busca con anhelo, y si falta mucho tiempo, entristece el ánimo.

¡Oh Luz, la que veía Tobías cuando, cerrados estos ojos, enseñaba a su hijo el camino de la vida, y él mismo iba delante con los pies de la caridad, sin desviarse jamás! ¡O la que veía Isaac cuando, cargados y cerrados por la vejez sus ojos carnales, se le concedió bendecir a sus hijos no conociéndolos, sino conocerlos bendiciéndolos! ¡O la que veía Jacob cuando también él, ciego por su mucha edad, con el corazón iluminado, alumbró en las personas de sus hijos las diversas tribus del pueblo futuro, prefiguradas en ellos; y puso sus manos, misteriosamente cruzadas, sobre sus nietos nacidos de José, no como el padre de estos, con su vista exterior, las corregía, sino como él mismo interiormente discernía! Esta es la luz, ella es una, y son uno todos los que la ven y la aman. Pero aquella luz corporal de que hablaba sazona la vida de este mundo para sus ciegos amadores con una dulzura seductora y peligrosa. Mas los que saben alabarte también por ella, «oh Dios creador de todas las cosas», la toman para tus himnos y no son tomados por ella en su sueño. Así quisiera ser yo. Resisto estas seducciones de los ojos, para que no se enreden mis pies con que ando por tu camino; y levanto hacia ti mis ojos invisibles, para que tú saques mis pies de la red. Tú los sacas una y otra vez, porque se enredan. No cesas de sacarlos, mientras yo a menudo me enredo en los lazos tendidos por todas partes; porque «no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel».

¡Cuántos innumerables objetos, hechos con diversas artes y oficios, en vestidos, calzados, vasijas y toda clase de obras, y también en pinturas y en imágenes diversas, y estas excediendo con mucho todo uso necesario y moderado y todo sentido piadoso, han añadido los hombres para tentar con ellos sus propios ojos; siguiendo por fuera lo que ellos mismos hacen, abandonando por dentro a aquel que los hizo a ellos, y destruyendo lo que ellos mismos fueron hechos! Pero yo, Dios mío y gloria mía, también de aquí saco un himno para ti, y consagro alabanza a aquel que me consagra, porque los bellos diseños que a través de las almas de los hombres pasan a sus manos hábiles proceden de aquella Belleza que está por encima de las almas, por la cual mi alma suspira día y noche. Pero los artífices y seguidores de las bellezas exteriores sacan de allí la norma para juzgarlas, pero no la norma para usarlas. Y él está allí, aunque no lo perciban, para que no se extravíen, sino que guarden para ti su fortaleza, y no la disipen en placenteras fatigas. Y yo, aunque digo esto y lo veo, enredo mis pasos en estas bellezas exteriores; pero tú me sacas, oh Señor, tú me sacas, porque tu misericordia está delante de mis ojos. Porque yo soy apresado miserablemente, y tú me sacas misericordiosamente; a veces sin que yo lo advierta, cuando apenas había caído levemente en ellas; otras veces con dolor, porque me había quedado prendido en ellas.

Capítulo XXXV

A esto se añade otra forma de tentación, peligrosa de muchas más maneras. Porque, además de la concupiscencia de la carne, que consiste en el deleite de todos los sentidos y placeres, en la cual se consumen y perecen sus esclavos, los que se alejan de ti, el alma tiene, por medio de esos mismos sentidos del cuerpo, cierto deseo vano y curioso, disfrazado con el nombre de conocimiento y de ciencia, no de deleitarse en la carne, sino de hacer experiencias por medio de la carne. Y como su asiento está en el apetito de conocer, y la vista es el sentido que más se emplea para adquirir conocimiento, en el lenguaje divino se la llama «la concupiscencia de los ojos». Porque ver es propio de los ojos; pero usamos esta palabra también de los demás sentidos cuando los empleamos para conocer. En efecto, no decimos: «oye cómo destella», ni «huele cómo resplandece», ni «gusta cómo brilla», ni «palpa cómo reluce»; porque todo esto se dice que se ve. Y, sin embargo, no solo decimos: «mira cómo brilla», cosa que solo los ojos pueden percibir, sino también: «mira cómo suena», «mira cómo huele», «mira qué sabor tiene», «mira qué duro es». Y así, la experiencia general de los sentidos, como se ha dicho, se llama «concupiscencia de los ojos», porque el oficio de ver, en el que los ojos tienen la primacía, se lo apropian por semejanza los demás sentidos cuando buscan algún conocimiento.

Pero por aquí se puede discernir con más evidencia cuándo es el placer y cuándo la curiosidad lo que mueve a los sentidos; porque el placer busca lo hermoso, lo melodioso, lo fragante, lo sabroso, lo suave; pero la curiosidad, por probar, busca también lo contrario, no para sufrir molestia, sino por el afán de experimentar y conocer. Porque ¿qué placer hay en ver en un cadáver destrozado lo que te hará estremecer? Y, sin embargo, si yace cerca, acuden en tropel allí para entristecerse y palidecer. Hasta en sueños temen verlo. ¡Como si, estando despiertos, alguien los obligase a verlo, o alguna fama de su hermosura los atrajese allí! Así sucede también en los demás sentidos, que sería largo recorrer. De esta enfermedad de la curiosidad proceden todos esos espectáculos extraños que se exhiben en el teatro. De aquí que los hombres pasen a escudriñar las fuerzas ocultas de la naturaleza (lo cual está fuera de nuestro fin), cuyo conocimiento de nada aprovecha, y en las cuales los hombres no desean otra cosa que saber. De aquí también que, con ese mismo fin de un saber pervertido, se consulte por medio de artes mágicas. De aquí también que en la religión misma se tiente a Dios, cuando se le piden señales y prodigios, no deseados para ningún buen fin, sino solo por hacer la prueba.

En este desierto tan vasto, lleno de lazos y peligros, he aquí que muchas de estas cosas las he cortado y arrojado de mi corazón, según tú me lo has concedido, oh Dios de mi salvación. Y, sin embargo, ¿cuándo me atreveré a decir, puesto que tantas cosas de esta clase zumban por todas partes en torno a nuestra vida cotidiana, cuándo me atreveré a decir que ninguna de ellas atrae mi atención o despierta en mí un interés ocioso? Es verdad que ya no me arrebatan los teatros, ni me cuido de conocer el curso de los astros, ni mi alma consultó jamás a las sombras de los difuntos; detesto todos los misterios sacrílegos. ¡De ti, oh Señor, Dios mío, a quien debo un servicio humilde y sencillo, con qué artificios y sugestiones me trabaja el enemigo para que desee alguna señal! Pero te ruego, por nuestro Rey y por nuestra patria pura y santa, Jerusalén, que así como ahora está lejos de mí todo consentimiento a ello, así esté siempre más y más lejos. Mas cuando te ruego por la salvación de alguno, mi fin y mi intención son muy otros. Tú me das, y me darás, seguirte de buen grado, haciendo lo que tú quieras.

Con todo, ¿quién podrá contar en cuántas cosas pequeñísimas y despreciables es tentada cada día nuestra curiosidad, y cuántas veces cedemos? ¡Cuántas veces empezamos como tolerando a quienes cuentan historias vanas, para no ofender a los débiles, y luego poco a poco nos ponemos a escucharlas con interés! Ya no voy al circo a ver a un perro corriendo tras una liebre; pero en el campo, si paso por allí, esa caza quizá me distraiga aun de algún pensamiento grave y me arrastre tras ella: no que desvíe el cuerpo de mi cabalgadura, pero sí inclino hacia allí mi ánimo. Y si tú, mostrándome mi flaqueza, no me amonestaras prontamente a elevarme hacia ti por alguna consideración a partir de la misma vista, o a despreciarla del todo y pasar de largo, me quedo allí embobado. ¿Qué decir cuando, estando sentado en casa, una lagartija que caza moscas, o una araña que enreda a las que se precipitan en sus redes, atrae muchas veces mi atención? ¿Acaso es distinta la cosa porque se trate de animales pequeños? De ellos paso a alabarte a ti, Creador admirable y Ordenador de todas las cosas, pero no es eso lo que primero atrae mi atención. Una cosa es levantarse pronto y otra no caer. Y de tales cosas está llena mi vida, y mi única esperanza es tu maravillosa y grande misericordia. Porque cuando nuestro corazón se hace receptáculo de tales cosas y se carga con muchedumbres de esta abundante vanidad, entonces también nuestras oraciones son por ello a menudo interrumpidas y distraídas, y mientras en tu presencia dirigimos la voz de nuestro corazón a tus oídos, este tan grande negocio queda cortado por la irrupción de no sé qué pensamientos ociosos. ¿Contaremos, pues, también esto entre las cosas de poca importancia, o habrá algo que nos devuelva la esperanza, sino tu misericordia completa, puesto que has comenzado a cambiarnos?

Capítulo XXXVI

Y tú sabes cuánto me has cambiado ya, tú que primero me sanaste del ansia de vindicarme, para así perdonar todas mis demás iniquidades, y sanar todas mis dolencias, y rescatar mi vida de la corrupción, y coronarme de misericordia y compasión, y saciar de bien mi deseo; tú que refrenaste mi soberbia con tu temor y domaste mi cerviz a tu yugo. Y ahora lo llevo y me es ligero, porque así lo prometiste y así lo hiciste; y en verdad así era, y yo no lo sabía, cuando temía tomarlo.

Pero, oh Señor, tú, el único Señor sin soberbia, porque eres el único Señor verdadero, que no tienes señor: ¿ha cesado también en mí esta tercera clase de tentación, o puede cesar en toda esta vida? Me refiero a querer ser temido y amado por los hombres, no con otro fin que el de hallar en ello un gozo que no es gozo. ¡Vida miserable es esta, y vil jactancia! De aquí procede sobre todo que los hombres ni te amen ni te teman con pureza. Y por eso resistes a los soberbios y das gracia a los humildes; sí, tronas sobre las ambiciones del mundo, y se estremecen los fundamentos de los montes. Porque, como ciertos oficios de la sociedad humana hacen necesario ser amados y temidos por los hombres, el adversario de nuestra verdadera bienaventuranza nos acosa con fuerza, tendiendo por todas partes sus lazos de «¡bien hecho, bien hecho!», para que, al atraparlos con avidez, seamos cogidos desprevenidos, y apartemos nuestro gozo de tu verdad y lo pongamos en el engaño de los hombres; y nos complazca ser amados y temidos, no por causa de ti, sino en lugar de ti; y así, hechos semejantes a él, nos tenga por suyos, no en los lazos de la caridad, sino en las cadenas del castigo: él, que se propuso asentar su trono en el aquilón, para que, oscuros y helados, le sirvieran a él, que te imita de manera perversa y torcida. Pero nosotros, oh Señor, he aquí que somos tu manada pequeña; poséenos como tuyos, extiende tus alas sobre nosotros, y déjanos acogernos bajo ellas. Sé tú nuestra gloria; que seamos amados por ti, y que en nosotros sea temida tu palabra. Quien quiera ser alabado por los hombres cuando tú lo censuras no será defendido por los hombres cuando tú juzgues, ni librado cuando tú condenes. Pero cuando —no se alaba al pecador en los deseos de su alma, ni se bendice al que obra impíamente, sino— se alaba a un hombre por algún don que tú le has dado, y él se alegra más de la alabanza para sí mismo que de tener el don por el que es alabado, también este es alabado mientras tú lo reprendes; y mejor es el que alabó que el alabado. Porque al uno le agradó el don de Dios en el hombre; al otro le agradó más el don del hombre que el de Dios.

Capítulo XXXVII

Con estas tentaciones somos asaltados cada día, oh Señor; sin cesar somos asaltados. Nuestro horno cotidiano es la lengua de los hombres. Y también en esto nos mandas la continencia. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Tú conoces en esta materia los gemidos de mi corazón y los ríos de mis ojos. Porque no alcanzo a saber cuánto más limpio estoy de esta plaga, y temo mucho mis pecados ocultos, que tus ojos conocen y los míos no. Pues en las otras clases de tentaciones tengo algún medio de examinarme; en esta, casi ninguno. Porque, al refrenar mi alma de los placeres de la carne y de la vana curiosidad, veo cuánto he adelantado cuando prescindo de ellos, ya renunciando a ellos, ya no teniéndolos. Entonces me pregunto cuánto más o menos me molesta no tenerlos. Asimismo las riquezas, que se desean para que sirvan a una, o a dos, o a las tres concupiscencias: si el alma no puede discernir si, teniéndolas, las desprecia, puede desprenderse de ellas para probarse así a sí misma. Pero para carecer de alabanza y probar en ello nuestras fuerzas, ¿habremos de vivir mal, y aun tan perdida y atrozmente que nadie nos conozca sin detestarnos? ¿Qué mayor locura puede decirse o pensarse? Y si la alabanza suele y debe acompañar a la buena vida y a las buenas obras, tan poco debemos renunciar a su compañía como a la buena vida misma. Con todo, no sé si puedo prescindir bien o mal de algo, a menos que me falte.

¿Qué es, pues, lo que te confieso, oh Señor, en esta clase de tentación? ¿Qué, sino que me deleita la alabanza, pero más que la alabanza la verdad misma? Porque si se me propusiera elegir entre ser alabado por todos los hombres, delirando y errando en todas las cosas, o ser vituperado por todos, siendo constante y firmísimo en la verdad, veo bien lo que escogería. Sin embargo, quisiera que la aprobación ajena ni siquiera aumentara mi gozo por algún bien que haya en mí. Pero confieso que lo aumenta; y no solo eso, sino que el vituperio lo disminuye. Y cuando me turbo por esta miseria mía, se me ocurre una excusa cuyo valor tú, Dios, conoces, pues a mí me deja incierto. Porque, como no solo nos has mandado la continencia, es decir, de qué cosas hemos de retraer nuestro amor, sino también la justicia, es decir, en qué hemos de ponerlo, y has querido que no te amemos solo a ti, sino también al prójimo, a menudo, cuando me agrada una alabanza inteligente, me parece que me complazco en el adelanto o en la buena disposición de mi prójimo, o que me duelo del mal que hay en él cuando le oigo vituperar lo que no entiende o lo que es bueno. Pues a veces me entristece mi propia alabanza, ya cuando se alaba en mí aquello que a mí mismo me desagrada, ya cuando se estiman más de lo debido bienes menores y ligeros. Pero, a su vez, ¿cómo sé si me siento así porque no quiero que quien me alaba discrepe de mí acerca de mí mismo, no movido por el interés de su bien, sino porque esos mismos bienes que me agradan en mí me agradan más cuando agradan también a otro? Pues, de algún modo, no soy yo el alabado cuando no se alaba el juicio que tengo de mí mismo, por cuanto o se alaban cosas que me desagradan, o se alaban más las que menos me agradan. ¿Soy, pues, incierto para mí mismo en este asunto?

He aquí que en ti, oh Verdad, veo que no debo conmoverme por mis propias alabanzas por causa de mí mismo, sino por el bien del prójimo. Y si así sucede en mí, no lo sé. Porque en esto me conozco menos a mí que a ti. Te ruego ahora, oh Dios mío, que me descubras también a mí mismo, para que confiese a mis hermanos, que han de orar por mí, en qué me hallo herido. Volveré a examinarme con más diligencia. Si en mi alabanza me mueve el bien del prójimo, ¿por qué me conmueve menos que otro sea vituperado injustamente que si lo soy yo? ¿Por qué me hiere más el oprobio lanzado contra mí que el lanzado contra otro, con la misma injusticia, en mi presencia? ¿Tampoco esto lo sé? ¿O será, en fin, que me engaño a mí mismo y no obro la verdad delante de ti en mi corazón y en mi lengua? Aparta de mí esta locura, oh Señor, no sea que mi propia boca me sea el óleo del pecador que unja mi cabeza. Afligido y necesitado soy; pero estoy mejor cuando, entre gemidos ocultos, me desagrado a mí mismo y busco tu misericordia, hasta que lo que falta a mi estado defectuoso sea renovado y perfeccionado, hasta llegar a aquella paz que no conoce el ojo del soberbio.

Capítulo XXXVIII

Sin embargo, la palabra que sale de la boca y las obras conocidas de los hombres traen consigo una tentación peligrosísima por el amor de la alabanza, la cual, para afianzar cierta excelencia propia, solicita y recoge los sufragios ajenos. Tienta aun cuando yo mismo la repruebo en mí, precisamente por el hecho de reprobarla; y a menudo se gloría con más vanidad del mismo desprecio de la vanagloria; y así ya no es desprecio de la vanagloria aquello de que se gloría, pues no la desprecia cuando se gloría.

Capítulo XXXIX

Dentro también, dentro hay otro mal, que nace de una tentación semejante, por el cual se envanecen los que se complacen en sí mismos, aunque no agraden a los demás, o les desagraden, o no se cuiden de agradarles. Pero, complaciéndose en sí mismos, te desagradan mucho a ti, deleitándose no solo en cosas que no son buenas como si lo fueran, sino en tus bienes como si fueran suyos; o, aun teniéndolos por tuyos, como si se debieran a sus propios méritos; o, aun teniéndolos por fruto de tu gracia, no alegrándose fraternalmente, sino envidiando esa gracia a los demás. En todos estos y semejantes peligros y trabajos, tú ves el temblor de mi corazón; y más bien siento que tú curas mis heridas que no que yo deje de causármelas.

Capítulo XL

¿Dónde no has caminado conmigo, oh Verdad, enseñándome de qué guardarme y qué desear, cuando yo te refería lo que podía descubrir aquí abajo y te consultaba? Con mis sentidos exteriores recorrí el mundo como pude, y observé la vida que mi cuerpo recibe de mí, y estos mis sentidos. De allí entré en los recovecos de mi memoria, aquellas múltiples y espaciosas estancias, maravillosamente provistas de innumerables riquezas; y consideré, y quedé atónito; pues nada de esto podía discernir sin ti, y no hallaba que ninguna de estas cosas fuera tú. Ni lo era yo mismo, que descubrí estas cosas, que las recorrí todas y me esforcé por distinguirlas y valorar cada una según su dignidad, recibiendo unas por el informe de mis sentidos, interrogando acerca de otras que sentía mezcladas conmigo mismo, enumerando y distinguiendo a los informantes mismos, y en el vasto tesoro de mi memoria revolviendo unas cosas, guardando otras, sacando otras. Ni tampoco yo mismo cuando hacía esto, es decir, aquella facultad mía con que lo hacía, ni ella era tú, porque tú eres la luz permanente a la que consultaba acerca de todas estas cosas, si existían, qué eran y en cuánto debían estimarse; y te oía enseñándome y mandándome; y esto hago a menudo, esto me deleita, y en cuanto puedo librarme de las ocupaciones necesarias, a este deleite me acojo. Y en todas estas cosas que recorro consultándote no hallo lugar seguro para mi alma sino en ti, donde se recojan mis miembros dispersos y nada de mí se aparte de ti. Y a veces me introduces en un afecto muy desacostumbrado en lo íntimo de mi alma, que se eleva a una dulzura extraña, la cual, si llegara a ser perfecta en mí, no sé qué habría en ella que no perteneciera a la vida venidera. Pero por el peso miserable de mis estorbos vuelvo a caer en estas cosas de abajo, y la costumbre de antes me arrastra de nuevo, y me retiene, y lloro mucho, pero mucho me retiene. Tanto nos agobia el fardo de la mala costumbre. Aquí puedo estar, pero no quiero; allí quiero, pero no puedo; miserable por ambas partes.

Capítulo XLI

Así, pues, he considerado las dolencias de mis pecados en aquella triple concupiscencia, y he invocado tu diestra en mi auxilio. Porque con el corazón herido he contemplado tu resplandor y, rechazado, dije: «¿Quién puede llegar hasta allí? Cortado soy de delante de tus ojos». Tú eres la Verdad que presides sobre todas las cosas; pero yo, por mi codicia, no quería ciertamente perderte, sino poseer contigo la mentira; así como nadie quiere hablar falsamente de tal modo que él mismo ignore la verdad. Así te perdí, porque no te dignas ser poseído junto con la mentira.

Capítulo XLII

¿A quién podría hallar que me reconciliara contigo? ¿Había de recurrir a los ángeles? ¿Con qué oraciones? ¿Con qué sacramentos? Muchos que se esforzaban por volver a ti y no podían por sí mismos lo intentaron, según oigo, y cayeron en el deseo de visiones curiosas, y merecieron ser engañados. Porque ellos, altivos, te buscaban con el orgullo de la ciencia, hinchando el pecho más bien que golpeándolo, y así, por la afinidad de su corazón, atrajeron hacia sí a los príncipes del aire, cómplices de su soberbia, por los cuales fueron engañados mediante artes mágicas, buscando un mediador por quien ser purificados; y no lo había. Porque era el diablo, que se transfigura en ángel de luz. Y mucho sedujo a la carne soberbia que él no tuviera cuerpo de carne. Porque ellos eran mortales y pecadores; pero tú, Señor, con quien ellos con soberbia buscaban reconciliarse, eres inmortal y sin pecado. Mas un mediador entre Dios y los hombres debía tener algo semejante a Dios y algo semejante a los hombres; no fuera que, siendo en ambas cosas semejante al hombre, estuviera lejos de Dios; o, siendo en ambas semejante a Dios, estuviera demasiado lejos del hombre, y así no fuera mediador. Aquel mediador engañoso, pues, por quien en tus secretos juicios la soberbia mereció ser burlada, tiene una cosa en común con el hombre, a saber, el pecado; otra quería aparentar tener en común con Dios, y, no estando revestido de la mortalidad de la carne, se jactaba de ser inmortal. Pero, como la paga del pecado es muerte, tiene esto en común con los hombres: que con ellos sea condenado a muerte.

Capítulo XLIII

Pero el verdadero Mediador, a quien en tu secreta misericordia mostraste a los humildes y enviaste, para que también por su ejemplo aprendieran esa misma humildad, aquel Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, apareció entre los pecadores mortales y el Justo inmortal; mortal con los hombres, justo con Dios: para que, puesto que la paga de la justicia es vida y paz, por una justicia unida a Dios anulara aquella muerte de los pecadores, ya justificados, muerte que él quiso tener en común con ellos. Por eso fue manifestado a los santos antiguos, para que ellos se salvaran por la fe en su Pasión venidera, como nosotros por la fe en su Pasión ya cumplida. Porque en cuanto Hombre es Mediador; pero en cuanto Verbo no está en medio entre Dios y el hombre, porque es igual a Dios, y Dios con Dios, y juntamente un solo Dios.

¡Cómo nos has amado, Padre bueno, que no perdonaste a tu único Hijo, antes lo entregaste por nosotros, impíos! ¡Cómo nos has amado, por quienes aquel que no tuvo por usurpación ser igual a ti se hizo obediente hasta la muerte de cruz, él solo libre entre los muertos, que tenía poder para poner su vida y poder para volverla a tomar: por nosotros, ante ti, Vencedor y Víctima, y Vencedor precisamente por ser Víctima; por nosotros, ante ti, Sacerdote y Sacrificio, y Sacerdote precisamente por ser Sacrificio; haciéndonos para ti, de siervos, hijos, naciendo de ti y sirviéndonos a nosotros! Con razón, pues, es firme mi esperanza en él de que sanarás todas mis dolencias por medio de aquel que está sentado a tu diestra e intercede por nosotros; de otro modo, desesperaría. Porque muchas y grandes son mis dolencias; muchas son, y grandes; pero tu medicina es más poderosa. Podríamos pensar que tu Verbo estaba lejos de toda unión con el hombre, y desesperar de nosotros mismos, si no hubiera sido hecho carne y habitado entre nosotros.

Aterrado por mis pecados y por el peso de mi miseria, había revuelto en mi corazón y me había propuesto huir al desierto; pero tú me lo impediste y me fortaleciste, diciendo: Por eso Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, mas para aquel que murió por ellos. He aquí, Señor, que echo sobre ti mi cuidado, para que viva y mire las maravillas de tu ley. Tú conoces mi impericia y mis dolencias; enséñame y sáname. Él, tu único Hijo, en quien están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento, me ha redimido con su sangre. No me calumnien los soberbios, porque medito en mi rescate, y lo como y lo bebo, y lo reparto; y, pobre, deseé saciarme de él entre aquellos que comen y son saciados; y alabarán al Señor los que le buscan.

Capítulo 10 completado

Libro X

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