Confesiones
Libro IV

Capítulo 4 · 35 min de lectura · 46 min de escucha

Libro IV

Capítulo I

Durante aquel espacio de nueve años (desde los diecinueve hasta los veintiocho de mi edad) vivimos seducidos y seduciendo, engañados y engañando, en diversas concupiscencias; públicamente, por medio de las ciencias que llaman liberales; en secreto, bajo una religión de falso nombre; aquí soberbios, allí supersticiosos, en todas partes vanos. Aquí, persiguiendo la vaciedad del aplauso popular, hasta los aplausos del teatro, y los premios de poesía, y las contiendas por coronas de hierba, y las necedades de los espectáculos, y la intemperancia de los deseos. Allí, deseando purificarnos de estas inmundicias, llevando alimentos a los que se llamaban «elegidos» y «santos», para que con ellos, en el taller de sus estómagos, nos fabricasen ángeles y dioses por los cuales fuésemos purificados. Estas cosas seguía yo y practicaba con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Búrlense de mí los arrogantes, y los que todavía no han sido, para salud de su alma, heridos y abatidos por ti, oh Dios mío; que yo, con todo, quiero confesarte mis propias vergüenzas en alabanza tuya. Permíteme, te lo ruego, y concédeme la gracia de recorrer con mi memoria presente los extravíos de mi tiempo pasado, y de ofrecerte sacrificio de alabanza. Porque ¿qué soy yo para mí sin ti, sino un guía hacia mi propio despeñadero? ¿O qué soy, aun en lo mejor de mí, sino un niño que mama la leche que tú le das y se alimenta de ti, comida que no perece? Pero ¿qué clase de hombre es un hombre cualquiera, siendo como es solo un hombre? Ríanse ahora de nosotros los fuertes y los poderosos; pero nosotros, pobres y menesterosos, confesémonos a ti.

Capítulo II

En aquellos años enseñaba yo retórica y, vencido por la codicia, vendía una locuacidad con que vencer. Prefería, sin embargo (Señor, tú lo sabes), tener alumnos honrados (según se los tiene por tales), y a estos, sin artificio, les enseñaba artificios, no para que los usasen contra la vida del inocente, aunque alguna vez sí en favor de la vida del culpable. Y tú, oh Dios, desde lejos me veías tropezar en aquel camino resbaladizo, y en medio de mucho humo despedir algunas chispas de lealtad, que mostraba en aquella mi dirección de los que amaban la vanidad y buscaban la mentira, siendo yo mismo su compañero. En aquellos años tenía yo una mujer, no unida a mí en lo que se llama matrimonio legítimo, sino hallada por la inquietud de una pasión falta de juicio; pero una sola, y aun a ella le guardaba fidelidad; con la cual experimenté en mi propio caso cuánta diferencia hay entre la templanza del pacto conyugal, contraído en orden a la descendencia, y el trato de un amor lascivo, en el que los hijos nacen contra la voluntad de los padres, aunque, una vez nacidos, obligan a ser amados.

Recuerdo también que, cuando me dispuse a entrar en un certamen de poesía teatral, un hechicero me preguntó qué le daría por hacerme vencer; pero yo, detestando y aborreciendo aquellos ritos inmundos, le respondí: «Aunque la corona fuera de oro imperecedero, no consentiría que se matase una mosca para que yo la ganara». Porque él había de matar algunos animales en sus sacrificios, y con aquellos honores invitar a los demonios a que me favorecieran. Pero también este mal lo rechacé, no por un amor puro a ti, oh Dios de mi corazón; porque no sabía amarte yo, que no sabía concebir nada más allá de un resplandor corpóreo. ¿Y acaso el alma que suspira por tales ficciones no fornica apartándose de ti, y confía en cosas falsas, y se apacienta de viento? Y, sin embargo, no quería yo, por cierto, que se ofrecieran por mí sacrificios a los demonios, a quienes yo mismo me sacrificaba con aquella superstición. Porque ¿qué otra cosa es apacentar el viento sino apacentarlos a ellos, es decir, llegar a ser con nuestros extravíos su deleite y su burla?

Capítulo III

Por eso a aquellos embaucadores que llaman matemáticos los consultaba sin escrúpulo, porque parecía que no empleaban sacrificio alguno ni dirigían plegarias a espíritu ninguno para sus adivinaciones; arte que, no obstante, la verdadera piedad cristiana rechaza y condena con toda coherencia. Porque bueno es confesarte a ti, y decir: Ten misericordia de mí; sana mi alma, porque contra ti he pecado; y no abusar de tu misericordia como licencia para pecar, sino acordarse de la palabra del Señor: He aquí, has sido sanado; no peques más, porque no te venga alguna cosa peor. Todo este saludable consejo se afanan ellos por destruirlo, diciendo: «La causa de tu pecado está determinada inevitablemente en el cielo», y «Esto lo hizo Venus, o Saturno, o Marte»; para que el hombre, que es carne y sangre y soberbia podredumbre, quede sin culpa, y la culpa haya de cargarla el Creador y Ordenador del cielo y de las estrellas. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, la misma suavidad y fuente de la justicia, que pagas a cada uno conforme a sus obras, y al corazón contrito y humillado no despreciarás?

Había en aquel tiempo un hombre sabio, muy diestro en la medicina y célebre en ella, que con su propia mano de procónsul había puesto la corona del certamen sobre mi cabeza enferma, pero no como médico; porque esta enfermedad solo la curas tú, que resistes a los soberbios y das gracia a los humildes. Pero ¿acaso me faltaste tú aun por medio de aquel anciano, o dejaste de sanar mi alma? Pues habiéndome hecho más familiar suyo, y pendiendo asidua y atentamente de su conversación (porque, aunque en palabras sencillas, era viva, animada y grave), cuando por mis palabras entendió que me daba a los libros de los que levantan horóscopos, con bondad y como un padre me aconsejó que los arrojase, y que no gastase inútilmente en aquellas vanidades el cuidado y la diligencia que hacen falta para cosas provechosas; diciéndome que él, en sus primeros años, había estudiado aquel arte con intención de hacer de él la profesión con que ganarse la vida, y que, pues entendía a Hipócrates, bien pudo haber entendido también un estudio como aquel; y que, sin embargo, lo había dejado y se había dado a la medicina, no por otra razón sino porque lo halló enteramente falso, y él, hombre serio, no quería ganarse la vida engañando a la gente. «Pero tú», me decía, «tienes la retórica para sustentarte, de modo que sigues esto por libre elección, no por necesidad; tanto más, pues, debes darme crédito en esto a mí, que me esforcé por aprenderlo tan perfectamente que pensaba vivir de él solo». Y como yo le preguntase cómo, entonces, se predecían por él muchas cosas verdaderas, me respondió (según pudo) «que esto lo producía la fuerza del azar, difundida por todo el orden de las cosas. Porque si cuando uno abre al acaso las páginas de algún poeta que cantaba y pensaba en algo muy distinto, sale muchas veces un verso maravillosamente acomodado al asunto presente, no habría que maravillarse de que del alma del hombre, sin que ella sepa lo que en sí misma ocurre, por algún instinto superior saliese una respuesta, por azar y no por arte, que correspondiera a los asuntos y a los hechos del que pregunta».

Y esto, ya de él, ya por medio de él, me lo comunicaste tú, y trazaste en mi memoria lo que más adelante habría yo de examinar por mí mismo. Pero en aquel tiempo ni él ni mi queridísimo Nebridio, joven singularmente bueno y de santo temor, que se burlaba de toda clase de adivinación, pudieron persuadirme a que la dejase, porque la autoridad de sus autores me movía todavía más, y aún no había hallado yo ninguna prueba cierta (como la que buscaba) por la cual apareciera sin ninguna duda que lo que verdaderamente habían predicho los consultados era fruto del azar, y no del arte de los astrólogos.

Capítulo IV

En aquellos años, cuando comencé a enseñar retórica en mi ciudad natal, había hecho amigo mío a uno que me era demasiado querido por la comunidad de estudios, de mi misma edad y, como yo, en la primera flor abierta de la juventud. Había crecido conmigo desde niño, y habíamos sido juntos compañeros de escuela y de juegos. Pero no era todavía mi amigo como lo fue después, ni aun entonces lo era como lo es la verdadera amistad; porque verdadera no puede serlo sino entre aquellos a quienes tú unes, adheridos a ti por el amor que está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado. Y, sin embargo, era dulcísima en exceso, madurada al calor de estudios afines; porque yo lo había desviado también a él de la verdadera fe (que, como joven, no había bebido sólida y profundamente) hacia aquellas fábulas supersticiosas y perniciosas por las que mi madre me lloraba. Conmigo erraba ya en su espíritu aquel hombre, y mi alma no podía estar sin él. Pero he aquí que tú ibas pisando los talones de tus fugitivos, a la vez Dios de las venganzas y fuente de las misericordias, que nos conviertes a ti por modos admirables; y arrebataste a aquel hombre de esta vida cuando apenas había cumplido un año entero de mi amistad, dulce para mí más que toda la dulzura de aquella mi vida.

¿Quién puede contar todas tus alabanzas, aun las que ha experimentado en sí solo? ¿Qué hiciste entonces, Dios mío, y cuán inescrutable es el abismo de tus juicios? Porque, enfermo largo tiempo de una fiebre, yacía sin sentido en un sudor de muerte; y, desesperándose de su recobro, fue bautizado sin saberlo; cosa de la que yo hice poco caso, presumiendo que su alma retendría más bien lo que había recibido de mí que lo que se obraba en su cuerpo inconsciente. Pero sucedió muy de otra manera: porque se repuso y quedó sano. Al punto, en cuanto pude hablar con él (y pude tan pronto como él pudo, porque nunca me apartaba de su lado y demasiado dependíamos el uno del otro), intenté bromear con él, como si él hubiera de bromear conmigo acerca de aquel bautismo que había recibido estando del todo ausente de mente y de sentido, pero que ya sabía haber recibido. Mas él se apartó de mí con horror, como de un enemigo, y con una libertad admirable y repentina me advirtió que, si quería seguir siendo su amigo, dejase de hablarle de aquel modo. Yo, atónito y turbado, reprimí todas mis emociones hasta que se restableciese y su salud estuviese bastante firme para tratar con él como yo quisiera. Pero él fue arrebatado a mi locura, para ser guardado junto a ti para consuelo mío; pocos días después, estando yo ausente, le acometió de nuevo la fiebre, y así partió.

Con este dolor se entenebreció del todo mi corazón, y cuanto miraba era muerte. Mi patria era para mí un tormento, y la casa paterna una extraña desdicha; y todo lo que había compartido con él se me convertía, faltándome él, en una tortura enloquecedora. Mis ojos lo buscaban por todas partes, y no se les concedía; y aborrecía todos los lugares porque no lo tenían a él, y ya no podían decirme: «Ya viene», como cuando vivía y estaba ausente. Me había hecho para mí mismo un gran enigma, y preguntaba a mi alma por qué estaba triste y por qué me conturbaba tanto; y ella no sabía qué responderme. Y si yo le decía: Espera en Dios, con toda razón no me obedecía, porque aquel amigo queridísimo que había perdido era, siendo hombre, más verdadero y mejor que aquel fantasma en que se le mandaba esperar. Solo las lágrimas me eran dulces, porque habían ocupado el lugar de mi amigo en lo más querido de mis afectos.

Capítulo V

Y ahora, Señor, estas cosas ya pasaron, y el tiempo ha aliviado mi herida. ¿Podré aprender de ti, que eres la Verdad, y acercar el oído de mi corazón a tu boca, para que me digas por qué el llanto es dulce a los desdichados? ¿Acaso tú, aunque presente en todas partes, has arrojado lejos de ti nuestra miseria? Tú permaneces en ti mismo, mas nosotros somos zarandeados en diversas pruebas. Y, sin embargo, si no gimiéramos a tus oídos, no nos quedaría esperanza alguna. ¿De dónde, pues, se recoge fruto dulce de la amargura de la vida, de los gemidos, las lágrimas, los suspiros y los lamentos? ¿Es esto lo que la endulza, que esperamos que tú nos oyes? Esto es verdad de la oración, porque en ella hay un anhelo de llegar hasta ti. Pero ¿lo es también del dolor por una cosa perdida y de la pena que entonces me abrumaba? Porque yo ni esperaba que él volviese a la vida, ni pedía esto con mis lágrimas; solo lloraba y me dolía. Porque era desdichado y había perdido mi gozo. ¿O es el llanto cosa amarga de suyo, y, por el hastío mismo de las cosas que antes gozábamos, nos agrada entonces, cuando de ellas nos apartamos?

Capítulo VI

Pero ¿a qué hablo de estas cosas? Porque ahora no es tiempo de inquirir, sino de confesarme a ti. Desdichado era yo, y desdichada es toda alma atada por la amistad de las cosas perecederas: se despedaza cuando las pierde, y entonces siente la desdicha que ya tenía antes de perderlas. Así me sucedía entonces: lloraba amarguísimamente y hallaba mi descanso en la amargura. Así era yo desdichado, y aquella vida desdichada la tenía por más querida que a mi amigo. Porque, aunque de buena gana la habría cambiado, me resistía más a perderla a ella que a él; más aún, no sé si la habría dado ni siquiera por él, como se cuenta (si no es ficción) de Pílades y Orestes, que de buena gana habrían muerto el uno por el otro, o juntos, porque no vivir juntos les era peor que la muerte. Pero en mí había nacido un sentimiento no sé cómo explicable, del todo contrario a este, porque a la vez me hastiaba sobremanera de vivir y temía morir. Supongo que cuanto más lo amaba a él, tanto más odiaba y temía (como a un enemigo crudelísimo) a la muerte, que me lo había arrebatado; y me imaginaba que pronto acabaría con todos los hombres, puesto que había podido con él. Así me sucedía, lo recuerdo. He aquí mi corazón, oh Dios mío; mira y ve dentro de mí, porque bien lo recuerdo, oh Esperanza mía, que me purificas de la inmundicia de tales afectos, dirigiendo mis ojos hacia ti y sacando mis pies de la red. Porque me maravillaba de que los demás mortales viviesen, puesto que había muerto aquel a quien yo había amado como si nunca hubiera de morir; y más me maravillaba aún de que yo, que era para él otro yo, pudiese vivir, muerto él. Bien dijo uno de su amigo: «Mitad de mi alma»; porque yo sentí que mi alma y la suya habían sido «una sola alma en dos cuerpos»; y por eso la vida me causaba horror, porque no quería vivir a medias. Y por eso quizá temía morir, no fuese que muriese del todo aquel a quien tanto había amado.

Capítulo VII

¡Oh locura, que no sabe amar a los hombres como hombres! ¡Oh necio de mí, que entonces soportaba con impaciencia la suerte humana! Me agitaba entonces, suspiraba, lloraba, me turbaba; no tenía ni descanso ni consejo. Porque llevaba conmigo un alma despedazada y ensangrentada, impaciente de ser llevada por mí, y no hallaba dónde ponerla a descansar. No en los bosques apacibles, no en los juegos ni en los cantos, ni en los lugares fragantes, ni en los banquetes refinados, ni en los placeres del lecho y del diván; ni, finalmente, en los libros ni en la poesía hallaba reposo. Todo me parecía espantoso, aun la misma luz; todo lo que no era lo que él era me resultaba repugnante y odioso, excepto los gemidos y las lágrimas, pues solo en ellos hallaba un poco de alivio. Pero, en cuanto mi alma se apartaba de ellos, me oprimía una enorme carga de miseria. A ti, Señor, debía haberla levantado, para que tú la aligeraras; lo sabía, pero ni podía ni quería; tanto más cuanto que, al pensar en ti, no eras para mí algo sólido y firme. Porque no eras tú, sino un vano fantasma, y mi error era mi Dios. Si intentaba descargar en él mi peso para que descansara, resbalaba por el vacío y volvía a caer de golpe sobre mí; y yo había quedado para mí mismo un lugar desdichado, donde no podía estar ni del que podía salir. Porque ¿adónde huiría mi corazón de mi corazón? ¿Adónde huiría yo de mí mismo? ¿Adónde no me seguiría a mí mismo? Y, con todo, huí de mi patria; porque así mis ojos lo buscarían menos donde no estaban acostumbrados a verlo. Y así, de Tagaste, vine a Cartago.

Capítulo VIII

Los tiempos no pierden el tiempo, ni ruedan ociosos; por medio de nuestros sentidos obran efectos extraños en el alma. He aquí que iban y venían día tras día, y, viniendo y yéndose, introducían en mi mente otras imaginaciones y otros recuerdos, y poco a poco me iban remendando con mis antiguos géneros de deleites, ante los cuales cedía aquel mi dolor. Y, sin embargo, le sucedían, no ciertamente otros dolores, pero sí las causas de otros dolores. Porque ¿de dónde había penetrado tan fácilmente aquel dolor hasta lo más íntimo de mi alma, sino de que yo había derramado mi alma sobre el polvo, amando a uno que había de morir como si nunca hubiera de morir? Porque lo que principalmente me restauraba y me rehacía eran los consuelos de otros amigos, con quienes amaba lo que en lugar de ti amaba; y esto era una gran fábula y una prolongada mentira, con cuyo adúltero estímulo nuestra alma, que sentía comezón en los oídos, se iba corrompiendo. Pero aquella fábula no moría para mí, por más que muriese alguno de mis amigos. Había otras cosas que en ellos cautivaban más mi alma: conversar y bromear juntos, prestarnos servicios amables por turno; leer juntos libros dulces como la miel; hacer el necio o hablar en serio juntos; disentir a veces sin enojo, como un hombre consigo mismo, y sazonar con la misma rareza de estos disentimientos nuestros más frecuentes acuerdos; enseñar a veces, y a veces aprender; añorar con impaciencia a los ausentes, y recibir con alegría a los que llegaban. Estas y semejantes muestras, que procedían de los corazones de quienes se amaban y eran amados a su vez, por medio del rostro, de la lengua, de los ojos y de mil gestos gratísimos, eran como otros tantos incentivos que fundían nuestras almas y de muchas hacían una sola.

Capítulo IX

Esto es lo que se ama en los amigos; y se ama de tal modo que la conciencia del hombre se condena a sí misma si no ama al que le ama, o no corresponde con amor al que le amó primero, sin buscar de su persona otra cosa que las muestras de su amor. De ahí aquel luto si uno muere, y las tinieblas de los dolores, y aquel empaparse el corazón en lágrimas, toda dulzura convertida en amargura; y, por la vida perdida de los que mueren, la muerte de los que viven. Bienaventurado el que te ama a ti, y al amigo en ti, y al enemigo por ti. Porque solo no pierde a ningún ser querido aquel para quien todos son queridos en Aquel que no se puede perder. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, el Dios que hizo el cielo y la tierra y los llena, porque llenándolos los creó? A ti nadie te pierde sino el que te deja. Y el que te deja, ¿adónde va o adónde huye, sino de ti apacible a ti airado? Porque ¿dónde no encuentra tu ley en su propio castigo? Y tu ley es la verdad, y la verdad eres tú.

Capítulo X

«Conviértenos, oh Dios de los ejércitos, muéstranos tu rostro, y seremos salvos». Pues adondequiera que se vuelva el alma del hombre, si no es hacia ti, queda clavada en dolores, aunque se clave en cosas hermosas. Y, sin embargo, esas cosas, fuera de ti y fuera del alma, no existirían si no procedieran de ti. Nacen y se ponen; y al nacer comienzan, por así decirlo, a ser; crecen para alcanzar su perfección; y, una vez perfectas, envejecen y perecen; y no todas envejecen, pero todas perecen. Así pues, cuando nacen y tienden a ser, cuanto más deprisa crecen para ser, tanto más se apresuran a no ser. Tal es su ley. Esto es lo que les asignaste, porque son partes de cosas que no existen todas a la vez, sino que, pasando unas y sucediéndoles otras, completan juntas ese universo del cual son partes. Y así también se completa nuestro lenguaje mediante signos que emiten sonido: pero tampoco este se perfecciona si una palabra no pasa, una vez que ha sonado su parte, para que otra le suceda. Que mi alma te alabe por todas estas cosas, oh Dios, Creador de todo; pero que no quede pegada a ellas con la liga del amor, a través de los sentidos del cuerpo. Porque ellas van adonde habían de ir, a dejar de ser; y la desgarran con anhelos pestilentes, porque ella anhela ser, y sin embargo ama reposar en lo que ama. Pero en estas cosas no hay lugar de reposo: no permanecen, huyen; ¿y quién puede seguirlas con los sentidos de la carne? Más aún, ¿quién puede asirlas, aun cuando las tiene al alcance de la mano? Porque el sentido de la carne es lento, por ser sentido de la carne; y en eso está su límite. Basta para aquello para lo que fue hecho; pero no basta para detener las cosas que corren su curso desde el punto de partida señalado hasta el término señalado. Porque en tu Verbo, por el cual son creadas, oyen su decreto: «de aquí y hasta aquí».

Capítulo XI

No seas necia, alma mía, ni ensordezcas el oído de tu corazón con el tumulto de tu necedad. Escucha tú también.

El Verbo mismo te llama a volver; y allí está el lugar del reposo imperturbable, donde el amor no es abandonado si él mismo no abandona. He aquí que estas cosas pasan para que otras ocupen su lugar, y así este universo inferior se complete con todas sus partes. ¿Acaso me marcho yo a alguna parte?, dice el Verbo de Dios. Fija allí tu morada, confía allí todo cuanto de allí tienes, alma mía, al menos ahora que estás cansada de vanidades. Confía a la Verdad todo lo que tienes de la Verdad, y nada perderás; y lo que en ti se ha marchitado volverá a florecer, y todas tus dolencias serán sanadas, y lo que en ti es mortal será reformado y renovado, y ceñido en torno a ti; y no te arrastrarán adonde ellas descienden, sino que permanecerán firmes contigo y perdurarán para siempre ante Dios, que permanece y está firme para siempre.

¿Por qué, pues, pervertida, sigues a tu carne? Que sea ella la que, convertida, te siga a ti. Todo lo que por ella sientes es parcial; y el todo, del cual estas cosas son partes, no lo conoces; y, sin embargo, te deleitan. Pero si el sentido de tu carne fuera capaz de abarcar el todo, y no hubiera sido también él, para castigo tuyo, justamente restringido a una parte del todo, desearías que todo cuanto existe en el presente pasara, para que el conjunto te agradara más. Porque también lo que hablamos lo oyes por ese mismo sentido de la carne; y, sin embargo, no querrías que las sílabas se detuvieran, sino que volaran, para que vinieran otras y oyeras el todo. Y así siempre, cuando una cosa está compuesta de muchas que no existen todas juntas, todas en conjunto agradarían más que cada una por separado, si pudieran percibirse todas en conjunto. Pero mucho mejor que todas ellas es aquel que hizo todas las cosas; y él es nuestro Dios, y no pasa, porque nada le sucede.

Capítulo XII

Si te agradan los cuerpos, alaba a Dios con ocasión de ellos, y vuelve tu amor hacia su Hacedor, no sea que en las cosas que te agradan le desagrades tú. Si te agradan las almas, ámalas en Dios; porque también ellas son mudables, pero en él quedan firmemente establecidas; de otro modo pasarían y perecerían. Ámalas, pues, en él, y lleva contigo hacia él cuantas almas puedas, y diles: «A él amemos, a él amemos: él hizo estas cosas, y no está lejos. Porque no las hizo y luego se marchó, sino que de él proceden y en él están. Mirad, allí está él, donde se ama la verdad. Está en lo más íntimo del corazón, pero el corazón se ha extraviado de él. Volved al corazón, prevaricadores, y adheríos a aquel que os hizo. Permaneced con él, y permaneceréis firmes. Descansad en él, y tendréis reposo. ¿Adónde vais por caminos ásperos? ¿Adónde vais? El bien que amáis procede de él; pero es bueno y suave en cuanto se refiere a él, y con justicia se volverá amargo, porque injustamente se ama cualquier cosa que procede de él, si por ella se le abandona a él. ¿Para qué, pues, seguís y seguís andando por estos caminos difíciles y penosos? No hay descanso donde lo buscáis. Buscad lo que buscáis, pero no está donde lo buscáis. Buscáis la vida bienaventurada en la región de la muerte; no está allí. Pues ¿cómo habrá vida bienaventurada donde ni siquiera hay vida?

«Pero nuestra verdadera Vida descendió hasta aquí, y cargó con nuestra muerte, y la mató con la abundancia de su propia vida; y tronó, clamando a gran voz que volviéramos de aquí a él, a aquel lugar secreto de donde salió hacia nosotros, primero al seno de la Virgen, donde desposó consigo a la criatura humana, nuestra carne mortal, para que no fuera mortal para siempre; y de allí, como un esposo que sale de su tálamo, se alegró cual gigante para correr el camino. Porque no se demoró, sino que corrió, clamando con palabras, con hechos, con su muerte, con su vida, con su descenso, con su ascensión; clamando para que volviéramos a él. Y se apartó de nuestros ojos, para que volviéramos a nuestro corazón y allí lo halláramos. Porque se fue, y he aquí que está aquí. No quiso estar mucho tiempo con nosotros, y sin embargo no nos dejó; pues se fue allí de donde nunca se apartó, porque el mundo fue hecho por él. Y en este mundo estaba, y a este mundo vino para salvar a los pecadores; a él se confiesa mi alma, y él la sana, porque contra él ha pecado. Oh hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis tardos de corazón? Aun ahora, después de que la Vida ha descendido a vosotros, ¿no queréis subir y vivir? Pero ¿adónde subís, si estáis en lo alto y ponéis en el cielo vuestra boca? Descended, para que podáis subir, y subir hasta Dios. Porque caísteis por subir contra él». Diles esto, para que lloren en el valle de lágrimas, y llévalos así contigo hacia Dios; porque es por su espíritu como les hablas así, si les hablas ardiendo en el fuego de la caridad.

Capítulo XIII

Yo no sabía entonces estas cosas, y amaba estas bellezas inferiores, y me iba hundiendo hasta lo más profundo, y decía a mis amigos: «¿Amamos acaso algo que no sea lo bello? ¿Qué es, pues, lo bello? ¿Y qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y nos gana hacia las cosas que amamos? Porque si no hubiera en ellas cierta gracia y hermosura, de ningún modo podrían atraernos hacia sí». Y observaba y advertía que en los cuerpos mismos había una belleza que procede de formar una especie de todo, y otra que procede de la adecuada y mutua correspondencia, como la de una parte del cuerpo con su conjunto, o la de un calzado con el pie, y otras semejantes. Y esta consideración brotó en mi mente desde lo más íntimo de mi corazón, y escribí «Sobre lo bello y lo apto», creo que dos o tres libros. Tú lo sabes, oh Señor, porque yo lo he olvidado; pues no los tengo, sino que se me extraviaron, no sé cómo.

Capítulo XIV

Pero ¿qué me movió, oh Señor Dios mío, a dedicar estos libros a Hierio, orador de Roma, a quien no conocía de vista, pero a quien amaba por la fama de su saber, que en él era eminente, y porque le había oído algunas palabras que me habían agradado? Pero más me agradaba porque agradaba a otros, que lo ensalzaban grandemente, asombrados de que de un sirio, instruido primero en la elocuencia griega, hubiera llegado a formarse después un admirable orador latino, y muy docto en las materias pertenecientes a la filosofía. Se alaba a alguien y, sin haberlo visto, se le ama: ¿entra acaso este amor en el corazón del oyente por la boca del que alaba? No es así. Sino que uno que ama enciende a otro. Porque de ahí viene que se ame al que es alabado, cuando se cree que quien lo ensalza lo hace con corazón sincero; es decir, cuando lo alaba alguien que lo ama.

Así amaba yo entonces a los hombres, según el juicio de los hombres, no según el tuyo, oh Dios mío, en quien nadie se engaña. Pero ¿por qué no lo amaba por cualidades como las de un famoso auriga, o de un luchador con fieras en el teatro, conocidos por doquier por la popularidad del vulgo, sino de manera muy distinta, y con seriedad, y tal como yo mismo quisiera ser alabado? Porque yo no querría ser alabado ni amado como lo son los actores (aunque yo mismo los alababa y los amaba), sino que preferiría ser desconocido antes que conocido así, y aun odiado antes que amado así. ¿Dónde se guardan en una sola alma los impulsos hacia tan variadas y diversas clases de amores? ¿Por qué, siendo igualmente hombres, amo en otro lo que, si no lo odiara, no despreciaría ni rechazaría de mí mismo? Porque no vale decir que, así como ama un buen caballo quien no querría, aunque pudiera, ser aquel caballo, lo mismo puede decirse de un actor, que comparte nuestra naturaleza. ¿Amo, pues, en un hombre lo que odio ser yo, que soy hombre? Gran abismo es el hombre mismo, cuyos cabellos tú cuentas, oh Señor, y no caen a tierra sin ti. Y, sin embargo, más fáciles de contar son los cabellos de su cabeza que sus afectos y los movimientos de su corazón.

Pero aquel orador era de aquellos a quienes yo amaba deseando ser yo mismo como ellos; y erraba por una soberbia hinchada, y era llevado de acá para allá por todo viento, pero aun así era gobernado por ti, aunque muy secretamente. ¿Y de dónde sé, y de dónde te confieso con seguridad, que lo había amado más por el amor de quienes lo alababan que por las cosas mismas por las que era alabado? Porque si no hubiera sido alabado, y esos mismos hombres lo hubieran vituperado, y con vituperio y desprecio hubieran contado de él esas mismas cosas, nunca me habría encendido ni movido a amarlo. Y, sin embargo, las cosas no habrían sido otras, ni él mismo otro, sino solo los afectos de quienes las referían. ¡Mira dónde yace postrada el alma impotente que aún no está sostenida por la solidez de la verdad! Según soplan los vientos de las lenguas desde el pecho de los que opinan, así es llevada de un lado a otro, empujada hacia adelante y hacia atrás, y se le anubla la luz, y no ve la verdad. Y he aquí que está delante de nosotros. Y era para mí cosa de gran importancia que mis discursos y trabajos fueran conocidos por aquel hombre: si él los aprobaba, me encendería más; pero si los desaprobaba, mi corazón vano, vacío de tu solidez, habría quedado herido. Y, sin embargo, aquello de «lo bello y lo apto», sobre lo cual le había escrito, me complacía en meditarlo, y lo contemplaba y lo admiraba, aunque nadie se uniera a mí en ello.

Capítulo XV

Pero aún no veía en qué se fundaba esta gran cuestión en tu sabiduría, oh tú, Omnipotente, que solo haces maravillas; y mi mente recorría las formas corpóreas; y definía y distinguía lo «bello», que lo es en sí mismo, y lo «apto», cuya belleza está en su correspondencia con otra cosa; y esto lo apoyaba con ejemplos corpóreos. Y me volví a la naturaleza del alma, pero la falsa noción que tenía de las cosas espirituales no me dejaba ver la verdad. Sin embargo, la fuerza misma de la verdad relampagueaba ante mis ojos, y yo apartaba mi alma anhelante de la sustancia incorpórea hacia los contornos, los colores y las magnitudes voluminosas. Y como no podía ver estas cosas en la mente, pensaba que no podía ver mi mente. Y puesto que en la virtud amaba la paz, y en el vicio aborrecía la discordia, en la primera advertía una unidad, y en el otro una especie de división. Y en aquella unidad me figuraba que consistían el alma racional y la naturaleza de la verdad y del sumo bien; y en esta división imaginaba miserablemente que había cierta sustancia desconocida de vida irracional, y la naturaleza del sumo mal, que no solo sería una sustancia, sino también verdadera vida, y que, sin embargo, no procedía de ti, oh Dios mío, de quien son todas las cosas. Y, con todo, a aquella primera la llamaba Mónada, como si fuera un alma sin sexo; y a la segunda, Díada;—la ira en los actos de violencia, y la lujuria en las infamias—; sin saber lo que decía. Porque no había conocido ni aprendido que ni el mal es una sustancia, ni nuestra alma es aquel bien supremo e inmutable.

Porque así como surgen los actos de violencia si se corrompe aquel movimiento del alma de donde brota la acción impetuosa, que se agita con insolencia y desorden; y las lujurias, cuando no se gobierna aquel afecto del alma por el que se beben los placeres carnales, así también los errores y las falsas opiniones manchan la vida, si se corrompe la misma alma racional; como lo estaba entonces en mí, que no sabía que ella debe ser iluminada por otra luz para ser partícipe de la verdad, puesto que ella misma no es la naturaleza de la verdad. Porque tú alumbrarás mi lámpara, oh Señor Dios mío, tú alumbrarás mis tinieblas; y de tu plenitud tomamos todos, porque tú eres la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; porque en ti no hay mudanza ni sombra de variación.

Pero yo me esforzaba por llegar a ti, y era rechazado por ti, para que gustase la muerte; porque tú resistes a los soberbios. Pero ¿qué mayor soberbia que sostener yo, con extraña locura, que era por naturaleza lo que tú eres? Porque, siendo yo mudable (cosa que me era manifiesta, pues mi mismo deseo de llegar a ser sabio era el anhelo de pasar de peor a mejor), prefería, sin embargo, imaginarte a ti mudable antes que admitir que yo no era lo que tú eres. Por eso era rechazado por ti, y tú resistías mi vana obstinación, y yo imaginaba formas corpóreas, y, siendo carne, acusaba a la carne; y, soplo que va y no vuelve, no volvía a ti, sino que seguía y seguía hacia cosas que no tienen ser, ni en ti, ni en mí, ni en el cuerpo. Ni las había creado para mí tu verdad, sino que mi vanidad las forjaba a partir de las cosas corpóreas. Y solía preguntar a tus pequeños fieles, mis conciudadanos (de quienes, sin saberlo, vivía desterrado), solía preguntarles, parlanchín y necio: «¿Por qué yerra, pues, el alma que Dios creó?». Pero no quería que se me preguntara: «¿Por qué yerra, pues, Dios?». Y sostenía que tu sustancia inmutable erraba forzada, antes que confesar que mi sustancia mudable se había extraviado voluntariamente y ahora, como castigo, yacía en el error.

Tenía yo entonces unos veintiséis o veintisiete años cuando escribí aquellos volúmenes, revolviendo dentro de mí ficciones corpóreas que zumbaban en los oídos de mi corazón, los cuales yo volvía, oh dulce verdad, hacia tu melodía interior, mientras meditaba sobre «lo bello y lo apto», anhelando estar en pie y escucharte, y gozarme grandemente de la voz del Esposo; pero no podía, porque las voces de mis propios errores me arrastraban afuera, y por el peso de mi propia soberbia me hundía en el abismo más profundo. Porque tú no me hacías oír gozo y alegría, ni se recreaban los huesos que aún no habían sido humillados.

Capítulo XVI

¿Y de qué me aprovechó que, con apenas veinte años, cayera en mis manos un libro de Aristóteles que llaman las diez Categorías (de cuyo solo nombre yo pendía, como de algo grande y divino, cada vez que mi maestro de retórica de Cartago, y otros tenidos por doctos, lo pronunciaban con las mejillas hinchadas de orgullo), y que lo leyera y entendiera sin ayuda de nadie? Y cuando lo comenté con otros, que decían haberlo entendido a duras penas con maestros muy capaces, que no solo se lo explicaban de palabra, sino que dibujaban muchas cosas en la arena, no supieron decirme de él más de lo que yo había aprendido leyéndolo por mi cuenta. Y me parecía que el libro hablaba con mucha claridad de las sustancias, como «hombre», y de sus cualidades, como la figura del hombre, de qué clase es; y de su estatura, de cuántos pies de alto; y de su relación, de quién es hermano; o dónde está situado; o cuándo nació; o si está de pie o sentado; o si va calzado o armado; o si hace o padece algo; y de todas las innumerables cosas que pueden ordenarse bajo estas nueve Categorías, de las que he dado algunas muestras, o bajo aquella Categoría principal de la Sustancia.

¿De qué me sirvió todo esto, si hasta me estorbó? Pues, imaginando que todo cuanto existía estaba comprendido bajo aquellas diez Categorías, intenté entender de ese modo, Dios mío, también tu maravillosa e inmutable Unidad, como si también tú estuvieras sujeto a tu propia grandeza o hermosura, de manera que estas existieran en ti (como en los cuerpos) como en su sujeto; cuando tú mismo eres tu grandeza y tu hermosura, mientras que un cuerpo no es grande ni hermoso por ser cuerpo, ya que, aunque fuera menos grande o menos hermoso, no dejaría por ello de ser cuerpo. Pero era falsedad lo que de ti concebía, no verdad; ficciones de mi miseria, no las realidades de tu bienaventuranza. Porque tú habías mandado, y así se cumplía en mí, que la tierra me produjera espinos y cardos, y que con el sudor de mi frente comiera mi pan.

¿Y de qué me aprovechó que yo, vil esclavo de viles pasiones, leyera por mí mismo y entendiera todos los libros que pude procurarme de las llamadas artes liberales? Me deleitaba en ellos, pero no sabía de dónde procedía todo lo que en ellos había de verdadero o cierto. Porque tenía la espalda vuelta hacia la luz y el rostro hacia las cosas iluminadas; por lo cual mi rostro, con el que veía las cosas iluminadas, no era él mismo iluminado. Todo cuanto se había escrito sobre retórica o dialéctica, geometría, música y aritmética, lo entendí por mí mismo sin mucha dificultad y sin maestro alguno, tú lo sabes, oh Señor, Dios mío; porque tanto la rapidez para comprender como la agudeza para discernir son don tuyo; y sin embargo no te ofrecía por ello sacrificio alguno. Así pues, no me sirvió de provecho, sino más bien de perdición, pues me empeñé en tener bajo mi propia custodia tan buena parte de mi hacienda; y no guardé para ti mi fortaleza, sino que me alejé de ti a una provincia apartada, para malgastarla en rameras. ¿De qué me aprovechaban buenas dotes, si no las empleaba en buenos usos? Pues no advertía que aquellas artes se alcanzan con gran dificultad aun por los estudiosos y talentosos, hasta que intentaba explicárselas a ellos; y el que más sobresalía en ellas era el que me seguía no del todo despacio.

Pero ¿de qué me sirvió esto, imaginando que tú, oh Señor Dios, la Verdad, eras un cuerpo inmenso y luminoso, y yo un fragmento de ese cuerpo? ¡Perversidad desmedida! Pero así era yo. Y no me avergüenzo, Dios mío, de confesarte tus misericordias para conmigo, y de invocarte a ti, yo que no me avergoncé entonces de proclamar ante los hombres mis blasfemias y de ladrar contra ti. ¿De qué me aprovechó entonces mi ágil ingenio en aquellas ciencias, y todos aquellos volúmenes tan intrincados, desenredados por mí sin ayuda de enseñanza humana, si erraba tan torpemente, y con tan sacrílega vileza, en la doctrina de la piedad? ¿O qué estorbo era un ingenio mucho más lento para tus pequeñuelos, puesto que no se apartaban lejos de ti, para que en el nido de tu Iglesia echaran plumas con seguridad y nutrieran las alas de la caridad con el alimento de una fe sana? Oh Señor, Dios nuestro, esperemos bajo la sombra de tus alas; protégenos y llévanos. Tú nos llevarás cuando somos pequeños, y hasta las canas nos llevarás tú; porque nuestra firmeza, cuando eres tú, entonces es firmeza; pero cuando es nuestra, es flaqueza. Nuestro bien vive siempre contigo, y cuando nos apartamos de él, nos pervertimos. Volvamos ya, oh Señor, para que no seamos derribados, porque contigo vive sin mengua alguna nuestro bien, que eres tú mismo; y no hemos de temer que no haya lugar adonde volver por haber caído nosotros de él: porque durante nuestra ausencia no se derrumbó nuestra morada, que es tu eternidad.

Capítulo 4 completado

Libro IV

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