Capítulo 3 · 28 min de lectura · 37 min de escucha
Libro III
Capítulo I
Llegué a Cartago, y por todas partes resonaba en mis oídos el hervor de una caldera de amores impuros. Aún no amaba, pero amaba amar, y, desde una necesidad hondamente arraigada, me odiaba a mí mismo por no necesitar más. Buscaba qué amar, enamorado del amar, y odiaba la seguridad y el camino sin lazos. Porque dentro de mí había hambre de aquel alimento interior, de ti mismo, Dios mío; y, sin embargo, aquella hambre no me hacía sentirme hambriento, sino que estaba sin deseo alguno del sustento incorruptible, no porque estuviese saciado de él, sino porque, cuanto más vacío estaba, más lo aborrecía. Por eso mi alma estaba enferma y llena de llagas, y se arrojaba fuera de sí miserablemente, ansiosa de rascarse con el contacto de las cosas sensibles. Mas si estas no tuvieran alma, no serían objeto de amor. Amar, pues, y ser amado me era dulce; pero más aún cuando llegaba a gozar de la persona amada. Así manchaba la fuente de la amistad con la inmundicia de la concupiscencia, y enturbiaba su claridad con el infierno de la lujuria; y, siendo así torpe y deshonesto, pretendía, por exceso de vanidad, parecer elegante y cortés. Me precipité, pues, en el amor en que deseaba quedar prendido. Dios mío, misericordia mía, ¿con cuánta hiel rociaste para mí, en tu gran bondad, aquella dulzura? Porque fui amado, y llegué en secreto al lazo del goce, y me dejaba atar con alegría con ataduras que traían dolor, para ser azotado con las varas de hierro candente de los celos, y de las sospechas, y de los temores, y de las iras, y de las riñas.
Capítulo II
Me arrebataban también los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis miserias y de combustible para mi fuego. ¿Por qué será que el hombre quiere entristecerse contemplando cosas dolorosas y trágicas que, sin embargo, de ningún modo querría padecer él mismo? Y aun así desea, como espectador, sentir dolor por ellas, y ese mismo dolor es su placer. ¿Qué es esto sino una miserable locura? Porque tanto más se conmueve uno con tales acciones cuanto menos libre está de semejantes afectos. Con todo, cuando padece en su propia persona, suele llamarse miseria; cuando se compadece de otros, entonces es misericordia. Pero ¿qué clase de compasión es esta, ante pasiones fingidas y escénicas? Porque al oyente no se le llama a socorrer, sino solo a dolerse; y tanto más aplaude al actor de estas ficciones cuanto más se duele. Y si las desgracias de aquellos personajes (ya sean de tiempos antiguos, ya pura ficción) se representan de tal modo que el espectador no se mueve a lágrimas, se marcha disgustado y criticando; pero si se le mueve a la pasión, permanece atento y llora de gozo.
¿Se aman, pues, también los dolores? Ciertamente todos desean el gozo. ¿O es que, aunque nadie quiere ser desdichado, sí le agrada ser misericordioso? Y como esto no puede darse sin pasión, ¿por esta sola razón se aman las pasiones? También esto brota de aquella vena de la amistad. Pero ¿adónde va esa vena?, ¿hacia dónde fluye?, ¿por qué corre a dar en aquel torrente de pez hirviente, que arroja las monstruosas mareas de la inmunda lujuria, en las que se muda y se transforma voluntariamente, precipitada y corrompida por su propia voluntad desde su claridad celestial? ¿Habrá que desechar entonces la compasión? De ningún modo. Ámense, pues, a veces los dolores. Pero guárdate de la impureza, oh alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, digno de alabanza y ensalzado sobre todas las cosas por los siglos; guárdate de la impureza. Porque tampoco ahora he dejado de compadecerme; pero entonces, en los teatros, me alegraba con los amantes cuando gozaban perversamente el uno del otro, aunque esto no fuera sino imaginario, en la representación. Y cuando se perdían el uno al otro, me entristecía con ellos, como si fuera muy compasivo, y, sin embargo, me deleitaba en ambas cosas. Pero ahora me compadezco mucho más del que se alegra en su maldad que del que se tiene por desgraciado porque le falta algún placer pernicioso y pierde alguna miserable felicidad. Esta es, ciertamente, la misericordia más verdadera, pero en ella el dolor no deleita. Porque, aunque al que se duele del desdichado se le alabe por su oficio de caridad, quien es verdaderamente compasivo preferiría, sin embargo, que no hubiera nada de qué dolerse. Porque si la buena voluntad fuese malévola (lo cual nunca puede ser), entonces podría quien se compadece sincera y verdaderamente desear que hubiera algunos desdichados para poder compadecerse de ellos. Puede, pues, admitirse algún dolor, pero no amarse ninguno. Pues así obras tú, oh Señor Dios, que amas las almas mucho más puramente que nosotros, y te compadeces de ellas de modo más incorruptible, y no te hiere dolor alguno. ¿Y para estas cosas quién es suficiente?
Pero yo, miserable, amaba entonces dolerme, y buscaba de qué dolerme, cuando, en la desgracia ajena, y esa fingida y representada, la actuación que más me agradaba y con más vehemencia me atraía era la que me arrancaba lágrimas. ¿Qué maravilla que yo, oveja desdichada, extraviada de tu rebaño e impaciente de tu custodia, me viera infectado de una enfermedad inmunda? De ahí el amor a los dolores; no a los que penetraran hondo en mí, pues no amaba padecer lo que amaba contemplar, sino a los que, al oír sus ficciones, rasparan ligeramente la superficie; a lo cual, como tras el rasguño de uñas envenenadas, seguían la hinchazón inflamada, los apostemas y una llaga podrida. Siendo tal mi vida, ¿era vida, oh Dios mío?
Capítulo III
Y tu fiel misericordia revoloteaba sobre mí desde lejos. ¡En qué graves iniquidades me consumí, siguiendo una curiosidad sacrílega que, tras haberte abandonado, me condujese al abismo traicionero y al servicio engañoso de los demonios, a quienes sacrificaba mis malas acciones; y en todas estas cosas tú me azotabas! Me atreví incluso, mientras se celebraban tus solemnidades dentro de los muros de tu Iglesia, a desear y a procurar un negocio digno de muerte por sus frutos, por lo cual me azotaste con graves castigos, aunque nada en comparación con mi culpa, oh tú, misericordia mía inmensa, Dios mío, refugio mío frente a aquellos terribles destructores entre los cuales anduve errante con dura cerviz, apartándome cada vez más de ti, amando mis caminos y no los tuyos, amando una libertad de fugitivo.
También aquellos estudios que se tenían por honrosos miraban a sobresalir en los tribunales de pleitos; tanto más alabado era uno cuanto más astuto. Tal es la ceguera de los hombres, que se glorían aun de su ceguera. Y ya era yo el primero en la escuela de retórica, de lo cual me gozaba con soberbia y me hinchaba de arrogancia, aunque (Señor, tú lo sabes) mucho más sosegado y del todo apartado de los trastornos de aquellos «Trastornadores» (pues este nombre siniestro y diabólico era la divisa misma de la elegancia), entre los cuales vivía con una desvergonzada vergüenza de no ser siquiera como ellos. Con ellos vivía, y a veces me deleitaba en su amistad, aunque siempre aborrecí sus hechos, es decir, sus «trastornos», con los que perseguían caprichosamente el pudor de los forasteros, perturbándolo con burlas gratuitas y alimentando con ello su maligna diversión. Nada puede parecerse más a las acciones mismas de los demonios que esto. ¿Con qué nombre, pues, podían llamarse con más verdad que «Trastornadores»?, trastornados ellos primero y del todo pervertidos, pues los espíritus engañadores se burlaban de ellos y los seducían en secreto en aquello mismo en que ellos se deleitan en burlarse de otros y engañarlos.
Capítulo IV
Entre gentes como estas, en aquella edad mía tan inestable, estudiaba yo los libros de elocuencia, en la cual deseaba sobresalir, con un fin condenable y vanaglorioso, por el goce de la vanidad humana. Siguiendo el curso ordinario de los estudios, di con cierto libro de Cicerón, cuya lengua admiran casi todos, no así su corazón. Este libro suyo contiene una exhortación a la filosofía y se titula «Hortensio». Pues bien, este libro cambió mis afectos, y volvió hacia ti mismo mis súplicas, oh Señor, e hizo que tuviera otros propósitos y deseos. De pronto toda vana esperanza perdió su valor para mí, y ansiaba con increíble ardor del corazón la inmortalidad de la sabiduría, y comencé ya a levantarme para volver a ti. Porque no para afilar mi lengua (que era lo que parecía estar comprando con la asignación de mi madre, en aquel mi año decimonoveno, muerto ya mi padre dos años antes), no para afilar mi lengua me servía yo de aquel libro; ni era su estilo lo que me infundía, sino su contenido.
¡Cómo ardía entonces, Dios mío, cómo ardía por remontarme de las cosas terrenas hacia ti, sin saber lo que tú harías conmigo! Porque contigo está la sabiduría. Mas el amor a la sabiduría se llama en griego «filosofía», y de ella me inflamaba aquel libro. Hay quienes seducen por medio de la filosofía, coloreando y disfrazando sus propios errores con un nombre grande, suave y honorable; y casi todos los que tales fueron en aquella época y en las anteriores están señalados y censurados en aquel libro. Allí se pone también de manifiesto aquel saludable aviso de tu Espíritu por medio de tu buen y piadoso siervo: Mirad que nadie os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo; porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad. Y como en aquel tiempo (tú lo sabes, oh luz de mi corazón) no conocía yo aún la Escritura apostólica, me deleitaba aquella exhortación solo en cuanto me movía con fuerza, y me encendía, y me inflamaba a amar, y buscar, y alcanzar, y retener, y abrazar no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma, cualquiera que fuese; y lo único que me refrenaba en medio de tanto ardor era que no estaba allí el nombre de Cristo. Porque este nombre, por tu misericordia, oh Señor, este nombre de mi Salvador, tu Hijo, lo había bebido piadosamente mi tierno corazón ya con la leche de mi madre, y lo guardaba en lo más hondo; y todo lo que carecía de este nombre, por erudito, pulido o verdadero que fuese, no se adueñaba de mí por entero.
Capítulo V
Resolví, pues, aplicar mi mente a las santas Escrituras, para ver cómo eran. Y he aquí que veo una cosa no comprendida por los soberbios ni descubierta a los niños, humilde a la entrada, sublime en su interior y velada de misterios; y no era yo capaz de entrar en ella ni de inclinar la cerviz para seguir sus pasos. Porque cuando me volví a aquellas Escrituras no sentí lo que ahora digo; sino que me parecieron indignas de compararse con la majestad de Tulio; porque mi hinchada soberbia rehuía su humildad, y mi agudo ingenio no penetraba su interior. Y, sin embargo, eran tales que crecerían con los pequeños. Pero yo desdeñaba ser pequeño y, hinchado de orgullo, me tenía por grande.
Capítulo VI
Así fue como caí entre hombres de una soberbia delirante, carnales en extremo y charlatanes, en cuyas bocas estaban los lazos del diablo, untados con la liga de una mezcla de las sílabas de tu nombre, y del de nuestro Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, el Paráclito, nuestro Consolador. Estos nombres no se apartaban de su boca, pero solo en cuanto sonido y ruido de la lengua, porque su corazón estaba vacío de verdad. Y, sin embargo, clamaban: «Verdad, verdad», y me hablaban mucho de ella, y no estaba en ellos; sino que decían falsedades, no solo de ti (que verdaderamente eres la Verdad), sino aun de los elementos de este mundo, criaturas tuyas. Y yo, ciertamente, debería haber dejado atrás incluso a los filósofos que decían verdad acerca de ellos, por amor a ti, Padre mío, sumamente bueno, Hermosura de todas las cosas hermosas. ¡Oh Verdad, Verdad, cuán íntimamente suspiraba por ti, ya entonces, la médula de mi alma, cuando ellos, a menudo y de muchas maneras, y en muchos y enormes libros, te hacían resonar ante mí, aunque no fuera más que un eco! Y estos eran los platos en que a mí, hambriento de ti, me servían, en lugar de ti, el sol y la luna, hermosas obras tuyas, pero al fin obras tuyas, no tú mismo, ni siquiera tus primeras obras. Porque tus obras espirituales son anteriores a estas obras corpóreas, por celestes y resplandecientes que sean. Mas yo no tenía hambre y sed ni siquiera de aquellas primeras obras tuyas, sino de ti mismo, la Verdad, en quien no hay mudanza ni sombra de variación; y, sin embargo, ellos seguían poniéndome delante, en aquellos platos, fantasías relumbrantes, en comparación con las cuales mejor sería amar este mismo sol (que es real al menos para nuestra vista) que aquellas fantasías que, por medio de los ojos, engañan nuestra mente. Con todo, como pensaba que eran tú, me alimentaba de ellas; no con avidez, porque en ellas no me sabías a lo que eres, pues no eras tú aquellas vaciedades, ni me nutría de ellas, sino que más bien me agotaban. El alimento soñado es muy parecido al alimento de la vigilia; y, sin embargo, los que duermen no se nutren con él, porque duermen. Pero aquellas cosas no se parecían en modo alguno a ti, tal como ahora me has hablado; porque eran fantasías corpóreas, cuerpos falsos, en comparación con los cuales estos cuerpos verdaderos, celestes o terrestres, que contemplamos con nuestra vista carnal, son mucho más ciertos: estas cosas las perciben las bestias y las aves igual que nosotros, y son más ciertas que cuando las imaginamos. Y, a su vez, con más certeza las imaginamos que conjeturamos por ellas otros cuerpos más vastos e infinitos que no tienen ser alguno. De tales vainas vacías me alimentaba entonces, y no me alimentaba. Pero tú, Amor de mi alma, en cuya búsqueda desfallezco para hacerme fuerte, no eres esos cuerpos que vemos, aunque estén en el cielo, ni aquellos que allí no vemos; porque tú los creaste, y ni siquiera los cuentas entre las principales de tus obras. ¡Cuán lejos estás, pues, de aquellas fantasías mías, fantasías de cuerpos que en absoluto existen, en comparación con las cuales son mucho más ciertas las imágenes de los cuerpos que existen, y más ciertos aún los cuerpos mismos, que, sin embargo, tú no eres; no, ni tampoco el alma, que es la vida de los cuerpos! Así pues, mejor y más cierta es la vida de los cuerpos que los cuerpos. Pero tú eres la vida de las almas, la vida de las vidas, que tienes vida en ti mismo y no cambias, vida de mi alma.
¿Dónde estabas tú entonces para mí, y cuán lejos de mí? Lejos, en verdad, andaba yo extraviado de ti, privado aun de las algarrobas de los cerdos, a quienes alimentaba con algarrobas. Porque ¿cuánto mejores son las fábulas de los poetas y de los gramáticos que estos lazos? Pues los versos, y los poemas, y la «Medea voladora» son en verdad más provechosos que los cinco elementos de estos hombres, disfrazados de diversos modos, correspondientes a cinco antros de tinieblas, que no tienen ser alguno y, sin embargo, dan muerte al que cree en ellos. Porque los versos y los poemas puedo convertirlos en verdadero alimento; y la «Medea voladora», aunque la cantaba, no la sostenía como cierta; aunque la oía cantar, no la creía; pero aquellas otras cosas sí las creí. ¡Ay, ay, por qué peldaños fui bajado a las profundidades del infierno!, afanándome y atormentándome por falta de la Verdad, porque te buscaba a ti, Dios mío (a ti te lo confieso, que tuviste misericordia de mí cuando aún no te confesaba), no según la inteligencia de la mente, por la que quisiste que yo aventajara a las bestias, sino según el sentido de la carne. Pero tú eras más íntimo a mí que lo más íntimo mío, y más alto que lo más alto mío. Di con aquella mujer atrevida, simple e ignorante, figurada en Salomón, que se sienta a la puerta y dice: Comed de buena gana el pan escondido, y bebed las aguas hurtadas, que son dulces; ella me sedujo, porque halló mi alma viviendo fuera de sí, en el ojo de mi carne, y rumiando el alimento que por él había devorado.
Capítulo VII
Porque, fuera de esto, no conocía lo que verdaderamente es; y, como por agudeza de ingenio, me dejaba persuadir a asentir a necios engañadores cuando me preguntaban: «¿De dónde viene el mal?», «¿Está Dios limitado por una forma corpórea, y tiene cabellos y uñas?», «¿Han de tenerse por justos los que tenían muchas mujeres a la vez, y mataban hombres, y sacrificaban animales?». Ante lo cual yo, en mi ignorancia, me turbaba mucho, y, apartándome de la verdad, me parecía que caminaba hacia ella; porque aún no sabía que el mal no es sino privación del bien, hasta que finalmente una cosa deja del todo de ser; ¿y cómo había de verlo yo, cuya vista de los ojos no alcanzaba más que a los cuerpos, y la de la mente, a un fantasma? Y no sabía que Dios es Espíritu, no uno que tenga partes extendidas a lo largo y a lo ancho, o cuyo ser sea una masa; porque toda masa es menor en una parte que en el todo; y, si es infinita, ha de ser menor en aquella parte que está delimitada por cierto espacio que en su infinitud; y así no está toda entera en todas partes, como el Espíritu, como Dios. Y qué habría en nosotros por lo que fuésemos semejantes a Dios, y pudiera decirse con razón que estamos hechos a imagen de Dios, lo ignoraba por completo.
Ni conocía aquella verdadera justicia interior que no juzga según la costumbre, sino según la rectísima ley de Dios todopoderoso, por la cual se disponían las costumbres de los lugares y de los tiempos conforme a esos tiempos y lugares, permaneciendo ella, entretanto, la misma siempre y en todas partes, no una cosa en un lugar y otra en otro; según la cual fueron justos Abraham, e Isaac, y Jacob, y Moisés, y David, y todos aquellos a quienes alabó la boca de Dios; pero a quienes juzgaban injustos los hombres necios, que juzgan con juicio humano y miden las costumbres morales de todo el género humano por sus propios y mezquinos hábitos. Como si en una armería alguien, ignorando lo que corresponde a cada miembro, quisiera cubrirse la cabeza con grebas, o calzarse con un yelmo, y se quejara de que no le ajustan; o como si, en un día en que por la tarde se suspenden públicamente los negocios, alguien se enojara porque no se le permite tener abierta la tienda, ya que la tuvo por la mañana; o cuando en una casa ve que algún criado toma en la mano una cosa que al copero no se le permite tocar, o que se permite fuera de la casa algo que está prohibido en el comedor, y se enojara de que en una misma casa y una misma familia no se asigne lo mismo en todas partes y a todos. Así son los que se irritan al oír que algo fue lícito en otro tiempo para los justos, y ahora no lo es; o que Dios, por ciertas razones temporales, mandó a aquellos una cosa y a estos otra, obedeciendo unos y otros a la misma justicia; cuando ven, en un mismo hombre, en un mismo día y en una misma casa, que cosas distintas convienen a miembros distintos, y que algo antes lícito, pasado cierto tiempo, ya no lo es; que en un rincón se permite o se manda, y en otro con razón se prohíbe y se castiga. ¿Es, pues, la justicia variable o mudable? No; sino que los tiempos, que ella preside, no corren parejos, porque son tiempos. Pero los hombres, cuyos días sobre la tierra son pocos, como por sus sentidos no pueden armonizar las causas de las cosas en los siglos pasados y en otras naciones, de las que no tienen experiencia, con estas de las que sí la tienen, mientras que en un mismo cuerpo, día o familia ven fácilmente lo que conviene a cada miembro, y tiempo, y parte, y persona, a lo uno ponen reparos y a lo otro se someten.
Estas cosas no las sabía entonces ni las advertía; me herían la vista por todas partes, y no las veía. Componía versos, en los que no me era lícito colocar cualquier pie en cualquier lugar, sino de diverso modo en los diversos metros; ni aun en un mismo metro el mismo pie en todos los lugares. Y, sin embargo, el arte mismo con que los componía no tenía principios distintos para estos casos distintos, sino que lo abarcaba todo en uno. Y aun así no veía cómo aquella justicia a la que obedecían los hombres buenos y santos contenía en uno, de modo mucho más excelente y sublime, todas aquellas cosas que Dios mandó, sin variar en parte alguna; aunque en los diversos tiempos no lo prescribía todo a la vez, sino que distribuía y ordenaba lo que convenía a cada uno. Y yo, en mi ceguera, censuraba a los santos Padres, no solo en cuanto usaban de las cosas presentes según Dios les mandaba e inspiraba, sino también en cuanto predecían las cosas venideras, según Dios las revelaba en ellos.
Capítulo VIII
¿Puede ser injusto en algún tiempo o lugar amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo? Por eso, aquellos torpes delitos que van contra la naturaleza han de ser detestados y castigados en todas partes y en todo tiempo, como lo fueron los de los hombres de Sodoma; y si todas las naciones los cometieran, todas serían reas del mismo crimen ante la ley de Dios, que no hizo a los hombres para que así abusaran unos de otros. Porque se viola aun aquel trato que debe haber entre Dios y nosotros cuando esa misma naturaleza, de la que él es Autor, es mancillada por la perversidad de la concupiscencia. Mas aquellas acciones que son delitos contra las costumbres de los hombres han de evitarse según las costumbres que rigen en cada lugar, de modo que lo convenido y confirmado por la costumbre o la ley de una ciudad o de un pueblo no sea violado por el capricho sin ley de nadie, sea ciudadano o extranjero. Porque toda parte que no concuerda con su todo es ofensiva. Pero cuando Dios manda hacer algo contra las costumbres o los pactos de un pueblo, aunque nunca antes lo hubiera hecho, ha de hacerse; y si se interrumpió, ha de restablecerse; y si nunca se instituyó, ha de instituirse ahora. Porque si es lícito a un rey, en el Estado sobre el que reina, mandar lo que nadie antes de él, ni él mismo hasta entonces, había mandado, y obedecerle no puede ir contra el bien común del Estado (antes bien, iría contra él si no se le obedeciera, pues obedecer a los príncipes es pacto general de la sociedad humana), ¡cuánto más sin vacilar debemos obedecer a Dios, Soberano de todas sus criaturas, en todo lo que manda! Porque así como entre las potestades de la sociedad humana se obedece a la autoridad mayor antes que a la menor, así a Dios por encima de todas.
Así también en los actos de violencia, donde hay deseo de dañar, sea con afrenta o con agravio; y esto, o por venganza, como un enemigo contra otro; o por apoderarse de un bien ajeno, como el salteador contra el caminante; o por evitar algún mal, como contra aquel a quien se teme; o por envidia, como el menos afortunado contra el que lo es más, o el que ha prosperado en algo contra aquel a quien teme ver igualado consigo, o cuya igualdad le duele; o por el solo placer del dolor ajeno, como los espectadores de los gladiadores, o los que se burlan y hacen escarnio de los demás. Estas son las cabezas de la iniquidad que brotan de la concupiscencia de la carne, de la de los ojos o de la del dominio, ya de una sola, ya de dos juntas, ya de todas a la vez; y así viven mal los hombres contra los tres y los siete, aquel salterio de diez cuerdas, tus diez mandamientos, oh Dios altísimo y dulcísimo. Pero ¿qué torpezas puede haber contra ti, que no puedes ser mancillado? ¿O qué actos de violencia contra ti, que no puedes ser dañado? Pero tú castigas lo que los hombres cometen contra sí mismos, porque aun cuando pecan contra ti obran impíamente contra sus propias almas, y la iniquidad se miente a sí misma, ya corrompiendo y pervirtiendo su naturaleza, que tú creaste y ordenaste, ya por el uso desmedido de las cosas permitidas, ya ardiendo en las no permitidas hacia aquel uso que es contra la naturaleza; o se hacen reos enfureciéndose de corazón y de palabra contra ti, dando coces contra el aguijón; o cuando, rompiendo los límites de la sociedad humana, se gozan audazmente en alianzas o banderías a su antojo, según tengan algo que ganar o algo que les ofenda. Y estas cosas se hacen cuando se te abandona a ti, oh Fuente de la vida, que eres el único y verdadero Creador y Gobernador del universo, y por una soberbia obstinada se escoge de entre todo una sola cosa falsa y se la ama. Así, pues, por una humilde piedad volvemos a ti; y tú nos limpias de nuestras malas costumbres, y eres propicio a los pecados de los que confiesan, y oyes el gemido de los presos, y nos sueltas de las cadenas que nosotros mismos nos forjamos, con tal que no levantemos contra ti los cuernos de una falsa libertad, perdiéndolo todo por la codicia de tener más, amando más nuestro bien particular que a ti, Bien de todos.
Capítulo IX
Entre estos delitos de torpeza y de violencia, y tantas iniquidades, están los pecados de los que, en conjunto, van aprovechando; los cuales, quienes juzgan con rectitud reprueban según la regla de la perfección, pero alaban a las personas por la esperanza del fruto venidero, como en la hierba verde del trigo que crece. Y hay algunas acciones que se parecen a los delitos de torpeza o de violencia y que, sin embargo, no son pecados, porque no ofenden ni a ti, Señor Dios nuestro, ni a la sociedad humana; a saber, cuando se procuran para el servicio de la vida cosas propias de un tiempo determinado, y no sabemos si por concupiscencia de poseer; o cuando la autoridad constituida castiga algo para corregirlo, y no sabemos si por concupiscencia de dañar. Muchas acciones, pues, que a los ojos de los hombres son reprobadas, son aprobadas por tu testimonio; y muchas que los hombres alaban son condenadas, siendo tú testigo; porque la apariencia de la acción, y el ánimo del que la hace, y la oculta exigencia del tiempo varían cada una por su parte. Pero cuando tú de repente mandas algo insólito e impensado, sí, aunque alguna vez lo hayas prohibido, y por un tiempo ocultes la razón de tu mandato, y aunque vaya contra lo establecido por alguna sociedad de hombres, ¿quién duda que ha de hacerse, puesto que es justa la sociedad de los hombres que te sirve? ¡Pero bienaventurados los que conocen tus mandatos! Porque todas aquellas cosas fueron hechas por tus siervos, o para mostrar algo necesario para el presente, o para anunciar de antemano las cosas por venir.
Capítulo X
Ignorando yo estas cosas, me burlaba de aquellos tus santos siervos y profetas. ¿Y qué ganaba con burlarme de ellos, sino que tú te burlaras de mí, siendo arrastrado insensiblemente y paso a paso a aquellas necedades, hasta creer que la higuera lloraba cuando le arrancaban un higo, y que el árbol, su madre, derramaba lágrimas de leche? Y, no obstante, si algún santo maniqueo se hubiera comido ese higo (arrancado por culpa ajena, no suya) y lo hubiera mezclado con sus entrañas, exhalaría de él ángeles, sí, en cada gemido o suspiro de su oración brotarían partículas de la divinidad, partículas del Dios altísimo y verdadero que habrían quedado atadas en aquel higo si no las hubieran puesto en libertad los dientes o el vientre de algún santo «elegido». Y yo, desdichado, creía que había que tener más misericordia con los frutos de la tierra que con los hombres, para quienes fueron creados. Porque si algún hambriento que no fuera maniqueo pidiera algo de ellos, aquel bocado que se le diera parecería como condenado a la pena capital.
Capítulo XI
Y enviaste tu mano desde lo alto, y sacaste mi alma de aquella profunda oscuridad, mientras mi madre, tu fiel sierva, lloraba por mí ante ti más de lo que lloran las madres la muerte corporal de sus hijos. Porque ella, por aquella fe y aquel espíritu que de ti tenía, veía la muerte en que yo yacía; y tú la escuchaste, oh Señor; la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo a raudales, regaban la tierra bajo sus ojos en cada lugar donde oraba; sí, tú la escuchaste. Pues ¿de dónde vino aquel sueño con que la consolaste, de modo que consintió que yo viviera con ella y comiera a la misma mesa en la casa, cosa que había empezado a rehuir, aborreciendo y detestando las blasfemias de mi error? Se vio a sí misma de pie sobre una regla de madera, y que venía hacia ella un joven resplandeciente, alegre y sonriéndole, mientras ella estaba afligida y abrumada de dolor. Y como él le preguntara (para enseñarla, como suelen, no para ser enseñado) las causas de su aflicción y de sus lágrimas diarias, y ella respondiera que lloraba mi perdición, él le mandó que se tranquilizara, y le dijo que mirara y advirtiera «que donde ella estaba, allí estaba yo también». Y cuando ella miró, me vio de pie junto a ella en la misma regla. ¿De dónde vino esto, sino de que tus oídos estaban atentos a su corazón? ¡Oh tú, Bien omnipotente, que así cuidas de cada uno de nosotros como si solo de él cuidaras, y así de todos como si fueran uno solo!
¿De dónde vino también que, cuando ella me hubo contado esta visión, y yo quería torcerla para que significara «que más bien ella no debía desesperar de llegar a ser algún día lo que yo era», ella al instante, sin vacilar en lo más mínimo, me respondió: «No; porque no se me dijo: “Donde él, allí también tú”, sino: “Donde tú, allí también él”»? Te confieso, oh Señor, que, según lo que mejor recuerdo (y lo he contado muchas veces), aquella respuesta tuya por medio de mi madre despierta —el que no se turbara ante lo verosímil de mi falsa interpretación, y viera tan pronto lo que había que ver, y que yo ciertamente no había percibido antes de que ella hablara— me conmovió ya entonces más que el sueño mismo, por el cual se le anunció a la santa mujer, tanto tiempo antes, para consuelo de su angustia presente, un gozo que había de cumplirse tanto tiempo después. Porque pasaron casi nueve años en que me revolqué en el cieno de aquel hondo abismo y en las tinieblas de la falsedad, intentando a menudo levantarme y siendo derribado con más violencia. Y durante todo ese tiempo aquella viuda casta, piadosa y sobria (de las que tú amas), ya más animada por la esperanza, pero sin aflojar en nada su llanto y sus gemidos, no cesaba en todas las horas de sus oraciones de llorar mi caso ante ti. Y sus oraciones entraban en tu presencia; y, sin embargo, tú todavía me dejabas envolverme y revolverme en aquella oscuridad.
Capítulo XII
Le diste entretanto otra respuesta, que traigo a la memoria; porque paso por alto muchas cosas, apresurándome hacia aquellas que más me urgen a confesarte, y muchas no las recuerdo. Le diste, pues, otra respuesta por medio de un sacerdote tuyo, cierto obispo criado en tu Iglesia y bien versado en tus libros. Cuando aquella mujer le rogó que se dignara conversar conmigo, refutar mis errores, desenseñarme lo malo y enseñarme lo bueno (pues solía hacerlo cuando hallaba personas dispuestas a recibirlo), él se negó, y con prudencia, según comprendí después. Porque le respondió que yo era todavía indócil, hinchado como estaba con la novedad de aquella herejía, y que ya había enredado a muchos inexpertos con preguntas capciosas, según ella misma le había contado. «Pero déjalo estar un tiempo —le dijo—; solo ruega a Dios por él; él mismo, leyendo, descubrirá cuál es aquel error y cuán grande su impiedad». Al mismo tiempo le contó cómo él mismo, siendo pequeño, había sido entregado a los maniqueos por su madre, que había sido seducida por ellos, y no solo había leído, sino copiado muchas veces casi todos sus libros, y había visto (sin que nadie le diera argumento ni prueba alguna) cuánto había que huir de aquella secta, y había huido de ella. Y como, después de decirle esto, ella no se diera por satisfecha, sino que le insistiera más, con ruegos y muchas lágrimas, para que me viera y discutiera conmigo, él, algo molesto por su importunidad, le dijo: «Vete en paz, y Dios te bendiga, que no es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». Respuesta que ella recibió (según me recordaba a menudo en sus conversaciones conmigo) como si hubiera resonado desde el cielo.
Capítulo 3 completado
Libro III