Confesiones
Libro V

Capítulo 5 · 33 min de lectura · 43 min de escucha

Libro V

Capítulo I

Recibe el sacrificio de mis confesiones de manos de mi lengua, que tú formaste y moviste para que confesara tu nombre. Sana todos mis huesos, y digan ellos: Señor, ¿quién como tú? Porque el que se confiesa a ti no te enseña lo que pasa dentro de él; pues un corazón cerrado no cierra el paso a tu mirada, ni la dureza del hombre rechaza tu mano, sino que tú la deshaces cuando quieres, ya compadeciéndote, ya castigando, y no hay quien se esconda de tu calor. Pero alábete mi alma para que te ame, y confiese ante ti tus misericordias para que te alabe. No cesa ni calla en tus alabanzas toda tu creación: ni el espíritu del hombre con su voz vuelta hacia ti, ni la creación animada o inanimada, por la voz de quienes la contemplan; para que nuestras almas, levantándose de su cansancio, se alcen hacia ti, apoyándose en las cosas que tú creaste y pasando hasta ti mismo, que las hiciste maravillosamente; y allí está el refrigerio y la verdadera fortaleza.

Capítulo II

Váyanse y huyan de ti los inquietos, los impíos; pero tú los ves, y separas las tinieblas. Y he aquí que el universo, con ellos y todo, es hermoso, aunque ellos sean feos. ¿Y en qué te han dañado? ¿O en qué han deshonrado tu gobierno, que desde los cielos hasta esta tierra ínfima es justo y perfecto? Porque ¿adónde huyeron cuando huyeron de tu presencia? ¿O dónde no los hallas tú? Pero huyeron para no verte a ti, que los veías, y para tropezar ciegos contigo (porque tú no abandonas nada de cuanto hiciste); para que los injustos, digo, tropezaran contigo y con justicia fueran heridos, sustrayéndose a tu blandura, tropezando con tu rectitud y cayendo sobre su propia aspereza. ¡Ignoran, en verdad, que tú estás en todas partes, a quien ningún lugar encierra! y que solo tú estás cerca aun de los que se alejan de ti. Conviértanse, pues, y búsquente; porque no como ellos abandonaron a su Creador, así has abandonado tú a tu criatura. Conviértanse y búsquente; y he aquí que tú estás allí, en su corazón, en el corazón de los que se confiesan a ti y se arrojan en tus brazos y lloran en tu seno después de todos sus ásperos caminos. Entonces tú enjugas blandamente sus lágrimas, y ellos lloran más y se gozan en el llanto; porque eres tú, Señor —no un hombre de carne y sangre, sino tú, Señor, que los hiciste—, quien los rehace y los consuela. Pero ¿dónde estaba yo cuando te buscaba? Tú estabas delante de mí, pero yo me había apartado de ti; y ni a mí mismo me hallaba, ¡cuánto menos a ti!

Capítulo III

Quiero exponer ante mi Dios aquel año vigésimo noveno de mi edad. Había llegado entonces a Cartago cierto obispo de los maniqueos, llamado Fausto, gran lazo del diablo, y muchos quedaban enredados en él por el cebo de su suave elocuencia; la cual yo, aunque la alababa, sabía distinguir de la verdad de las cosas que ansiaba aprender; y no atendía tanto a la vasija de la oratoria como a la ciencia que aquel Fausto, tan celebrado entre ellos, me ponía delante para que me alimentara de ella. La fama me lo había anunciado de antemano como muy docto en toda noble enseñanza y exquisitamente versado en las artes liberales. Y como yo había leído a muchos de los filósofos y los conservaba bien en la memoria, comparaba algunas de sus doctrinas con aquellas largas fábulas de los maniqueos, y me parecían más probables las de aquellos, aunque solo alcanzaron a juzgar de este mundo inferior, sin que pudieran en modo alguno hallar a su Señor. Porque grande eres tú, oh Señor, y atiendes al humilde, mas al altivo miras de lejos. Ni te acercas sino a los contritos de corazón, ni te dejas hallar por los soberbios, no, aunque con curiosa pericia cuenten las estrellas y la arena, y midan las regiones estrelladas, y rastreen los caminos de los astros.

Porque con su entendimiento e ingenio, que tú les diste, investigan estas cosas; y mucho han descubierto; y predijeron con muchos años de antelación los eclipses de aquellas lumbreras, el sol y la luna —qué día y a qué hora, y en cuántos dígitos—, y no falló su cálculo, y sucedió como lo predijeron; y pusieron por escrito las reglas que habían hallado, y se leen hoy día, y por ellas predicen otros en qué año, y en qué mes del año, y en qué día del mes, y a qué hora del día, y en qué parte de su luz ha de eclipsarse la luna o el sol, y así sucederá, tal como se anuncia. De estas cosas se maravillan y se asombran los hombres que ignoran este arte, y los que lo saben se regocijan y se engríen; y, apartándose de ti por una impía soberbia y quedándose sin tu luz, prevén con tanta anticipación el defecto de la luz del sol que ha de venir, y no ven el suyo propio, que ya existe. Porque no investigan con piedad de dónde les viene el ingenio con que investigan esto. Y hallando que tú los hiciste, no se entregan a ti, para que conserves lo que hiciste, ni te sacrifican lo que ellos mismos se han hecho; ni degüellan sus propias imaginaciones encumbradas, como aves del cielo, ni sus propias curiosidades sumergidas (con las que, como peces del mar, recorren las sendas ignoradas del abismo), ni su propia lujuria, como bestias del campo, para que tú, Señor, fuego consumidor, consumas esos cuidados muertos que tienen y los recrees para la inmortalidad.

Pero no conocieron el camino, tu Verbo, por quien hiciste estas cosas que ellos cuentan, y a ellos mismos que cuentan, y el sentido con que perciben lo que cuentan, y el entendimiento con que cuentan; ni que de tu sabiduría no hay número. Pero el Unigénito mismo nos ha sido hecho sabiduría, y justificación, y santificación, y fue contado entre nosotros, y pagó tributo al César. No conocieron este camino por el cual descender de sí mismos hasta él, y por él subir hasta él. No conocieron este camino, y se creyeron encumbrados entre las estrellas y resplandecientes; y he aquí que cayeron a tierra, y su necio corazón fue entenebrecido. Dicen muchas cosas verdaderas acerca de la criatura; pero a la Verdad, artífice de la criatura, no la buscan piadosamente, y por eso no la hallan; o si la hallan, conociendo a Dios, no le glorifican como a Dios, ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus discursos y dicen ser sabios, atribuyéndose lo que es tuyo; y por ello, con ceguera perversísima, se empeñan en atribuirte a ti lo que es de ellos, forjando mentiras contra ti, que eres la Verdad, y trocando la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro pies, y de serpientes, cambiando tu verdad en mentira, y honrando y sirviendo a la criatura antes que al Creador.

Con todo, retuve de estos hombres muchas verdades acerca de la criatura, y veía su razón por los cálculos, por la sucesión de los tiempos y por los testimonios visibles de los astros; y las comparaba con los dichos de Manes, que en su delirio escribió copiosísimamente sobre estas materias; pero no hallaba en él razón alguna de los solsticios, ni de los equinoccios, ni de los eclipses de las lumbreras mayores, ni de cosa alguna de este género que yo hubiera aprendido en los libros de la sabiduría profana. Mas se me mandaba creer; y, sin embargo, aquello no concordaba con lo que estaba establecido por los cálculos y por mis propios ojos, sino que era todo lo contrario.

Capítulo IV

¿Acaso, oh Señor, Dios de verdad, quien sabe estas cosas te agrada ya por eso? Desdichado, en verdad, el hombre que sabe todas ellas y no te conoce a ti; pero dichoso el que te conoce, aunque no sepa aquellas. Y el que te conoce a ti y a ellas no es más dichoso por ellas, sino solo por ti, si, conociéndote, te glorifica como a Dios y te da gracias, y no se desvanece en sus discursos. Pues así como vale más quien sabe poseer un árbol y te da gracias por el uso que de él hace, aunque no sepa cuántos codos tiene de alto ni cuánto se extiende a lo ancho, que quien lo mide y cuenta todas sus ramas, y ni lo posee ni conoce ni ama a su Creador; así el creyente, de quien es todo este mundo de riquezas, y que, como no teniendo nada, lo posee todo, uniéndose a ti, a quien todas las cosas sirven, aunque no sepa ni siquiera los giros de la Osa Mayor, es necedad dudar que está en mejor estado que el que mide los cielos, y cuenta las estrellas, y pesa los elementos, y te descuida a ti, que todo lo dispusiste con número, peso y medida.

Capítulo V

Pero, con todo, ¿quién pidió a aquel Manes que escribiera también de estas cosas, cuyo conocimiento no era parte alguna de la piedad? Porque tú dijiste al hombre: He aquí que la piedad es la sabiduría; de la cual podría estar ignorante aunque tuviese perfecto conocimiento de aquellas cosas; pero estas, puesto que sin conocerlas se atrevió con la mayor impudencia a enseñarlas, es claro que no podía tener conocimiento de la piedad. Porque es vanidad hacer profesión de estas cosas mundanas aun cuando se conozcan; pero confesarte a ti es piedad. Por eso este extraviado habló mucho de estas cosas, para que, refutado por quienes las habían aprendido de verdad, se hiciera manifiesto qué entendimiento tenía en las otras cosas más recónditas. Porque no quería que se le tuviera en poco, sino que procuraba persuadir a los hombres de «que el Espíritu Santo, Consolador y Enriquecedor de tus fieles, estaba personalmente en él con plena autoridad». Así pues, cuando se descubrió que había enseñado falsedades acerca del cielo y de las estrellas, y de los movimientos del sol y de la luna (aunque estas cosas no pertenecen a la doctrina de la religión), bastante evidente se haría su sacrílega presunción, pues enseñaba cosas que no solo ignoraba, sino que eran falsas, con tan loca vanidad de soberbia que pretendía atribuírselas a sí mismo como a persona divina.

Porque cuando oigo a algún hermano cristiano que ignora estas cosas y se equivoca en ellas, puedo ver con paciencia a ese hombre mantener su opinión; ni veo que pueda dañarle ignorancia alguna acerca de la situación o naturaleza de la creación corpórea, con tal que no crea nada indigno de ti, oh Señor, Creador de todas las cosas. Pero sí le daña si imagina que ello pertenece a la forma misma de la doctrina de la piedad, y aun se atreve a afirmar con demasiada obstinación lo que ignora. Y, aun así, tal flaqueza, en la infancia de la fe, la soporta nuestra madre la Caridad, hasta que el recién nacido crezca hasta un varón perfecto, para no ser llevado por doquiera de todo viento de doctrina. Pero en aquel que de tal modo presumió ser maestro, fuente, guía y cabeza de todos cuantos pudo persuadir, de suerte que quien le seguía pensaba seguir, no a un simple hombre, sino a tu Espíritu Santo, ¿quién no juzgaría que tamaña locura, una vez convicta de haber enseñado alguna falsedad, había de ser detestada y desechada por completo? Pero yo no había averiguado aún con claridad si las variaciones de los días y las noches más largos y más cortos, y del día y la noche mismos, con los eclipses de las lumbreras mayores, y cuanto de este género había leído en otros libros, podían explicarse de modo coherente con sus dichos; de manera que, si de algún modo podían, me quedaba aún la duda de si era así o no; pero yo podía, a causa de su reputada santidad, apoyar mi creencia en su autoridad.

Capítulo VI

Y durante casi todos aquellos nueve años en que, con ánimo vacilante, fui su discípulo, había esperado con un anhelo demasiado intenso la llegada de este Fausto. Porque los demás de la secta con quienes me había topado por azar, cuando no podían resolver mis objeciones acerca de estas cosas, me prometían siempre la venida de este Fausto, con cuya conversación se me aclararían con suma facilidad y abundancia estas y otras dificultades mayores, si las tuviera. Cuando, pues, llegó, hallé en él un hombre de trato agradable, que hablaba con soltura y en mejores términos, pero en suma las mismas cosas que ellos solían decir. Mas ¿de qué servía a mi sed el más pulcro copero, si yo ansiaba una bebida más preciosa? Mis oídos estaban ya hartos de tales cosas, y no me parecían mejores por estar mejor dichas, ni verdaderas por ser elocuentes, ni sabia el alma porque el rostro fuera agraciado y el lenguaje elegante. Pero los que me lo prometían no eran buenos jueces de las cosas, y por eso les parecía entendido y sabio, porque les agradaba su hablar. Sentía, en cambio, que otra clase de personas sospechaban aun de la verdad, y se negaban a asentir a ella si se les ofrecía en un discurso pulido y copioso. Pero tú, Dios mío, ya me habías enseñado por caminos maravillosos y secretos, y por eso creo que fuiste tú quien me enseñó, porque es la verdad, y no hay fuera de ti otro maestro de la verdad, dondequiera y de dondequiera que resplandezca. De ti, pues, había aprendido ya que ni debe parecer dicha con verdad una cosa por estar dicha con elocuencia, ni con falsedad porque el sonido de los labios sea poco armonioso; ni, a la inversa, verdadera por estar dicha toscamente, ni falsa porque el lenguaje sea rico; sino que la sabiduría y la necedad son como manjares sanos y malsanos, y las palabras adornadas o sencillas como vasijas cortesanas o rústicas, y que una y otra clase de manjares puede servirse en una y otra clase de vajilla.

Así pues, aquella avidez con que tanto tiempo había esperado a aquel hombre se deleitaba, en verdad, con su gesto y su afecto al disputar, y con la propiedad y prontitud de las palabras con que vestía sus ideas. Me deleitaba, pues, y con otros muchos, y aun más que ellos, lo alababa y ensalzaba. Me molestaba, sin embargo, que en la reunión de sus oyentes no se me permitiera intervenir y comunicarle, en trato familiar con él, las cuestiones que me inquietaban. Y cuando pude hacerlo, y con mis amigos comencé a ocupar su atención en ocasiones en que no le era impropio discutir conmigo, y le propuse las cosas que me movían, lo hallé, en primer lugar, del todo ignorante de las artes liberales, salvo la gramática, y aun esta de un modo vulgar. Pero como había leído algunos discursos de Tulio, poquísimos libros de Séneca, algunas cosas de los poetas y los pocos volúmenes de su secta que estaban escritos en latín con elegancia, y se ejercitaba a diario en hablar, había adquirido cierta elocuencia, que resultaba tanto más agradable y seductora cuanto que la gobernaba un buen ingenio y la acompañaba cierta gracia natural. ¿No es así, como lo recuerdo, oh Señor Dios mío, juez de mi conciencia? Delante de ti están mi corazón y mi memoria, tú que entonces me guiabas por el secreto escondido de tu providencia y ponías delante de mi rostro aquellos vergonzosos errores míos, para que los viera y los aborreciera.

Capítulo VII

Porque después que quedó claro que ignoraba aquellas artes en que yo lo creía sobresaliente, comencé a desesperar de que pudiera abrirme y resolverme las dificultades que me tenían perplejo (de las cuales, en verdad, aun ignorándolas, habría podido poseer las verdades de la piedad, si no hubiera sido maniqueo). Porque sus libros están llenos de prolijas fábulas acerca del cielo y de las estrellas, del sol y de la luna, y yo ya no lo creía capaz de decidir satisfactoriamente lo que tanto deseaba: si, comparando estas cosas con los cálculos que había leído en otras partes, la explicación que daban los libros de Manes era preferible, o al menos igualmente buena. Y cuando se lo propuse para que lo considerara y discutiera, él, con modestia en esto, rehusó la carga. Porque sabía que no sabía estas cosas, y no se avergonzó de confesarlo. Pues no era de aquellos habladores, muchos de los cuales había tenido que soportar, que se empeñaban en enseñarme estas cosas y no decían nada. Este hombre tenía un corazón que, si no era recto para contigo, tampoco era del todo falso consigo mismo. Porque no ignoraba del todo su propia ignorancia, ni quería enredarse temerariamente en una disputa de la que no pudiera retirarse ni desenredarse con decoro. Aun por esto me agradó más. Porque más hermosa es la modestia de un alma sincera que el conocimiento de aquellas cosas que yo deseaba; y tal lo hallé en todas las cuestiones más difíciles y sutiles.

Embotado así mi celo por los escritos de Manes, y desesperando aún más de sus otros maestros, puesto que en diversas cosas que me tenían perplejo aquel, tan renombrado entre ellos, había resultado tal, comencé a ocuparme con él en el estudio de aquellas letras a que también él era muy aficionado (y que yo, como lector de retórica, enseñaba entonces a los jóvenes estudiantes de Cartago), y a leer con él o lo que él mismo deseaba oír, o lo que yo juzgaba apropiado a su ingenio. Pero todos mis esfuerzos con que me había propuesto avanzar en aquella secta, una vez conocido aquel hombre, llegaron del todo a su fin; no que me separara de ellos por completo, sino que, como quien no halla nada mejor, había resuelto contentarme entretanto con aquello en que de un modo u otro había caído, a menos que por ventura me amaneciera algo más digno de elección. Así aquel Fausto, que para tantos fue lazo de muerte, había comenzado ya, sin quererlo ni saberlo, a aflojar aquel en que yo estaba preso. Porque tus manos, Dios mío, en el secreto designio de tu providencia, no abandonaban mi alma; y de la sangre del corazón de mi madre, por sus lágrimas derramadas día y noche, se te ofrecía sacrificio por mí; y tú obraste conmigo por caminos maravillosos. Tú lo hiciste, Dios mío; porque por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y él dispondrá su camino. ¿O cómo alcanzaremos la salvación sino de tu mano, que rehace lo que hizo?

Capítulo VIII

Tú obraste conmigo para que me persuadieran a ir a Roma y a enseñar allí, más bien, lo que enseñaba en Cartago. Y cómo fui persuadido a ello no dejaré de confesártelo, porque también en esto deben considerarse y confesarse los más hondos secretos de tu sabiduría y tu misericordia, tan presente para con nosotros. No quise, pues, ir a Roma porque los amigos que me persuadían a ello me aseguraran mayores ganancias y mayores dignidades (aunque también estas cosas pesaban entonces en mi ánimo), sino que mi razón principal y casi única fue que oía que allí los jóvenes estudiaban con más sosiego y se les mantenía tranquilos bajo el freno de una disciplina más ordenada, de modo que no irrumpían a su antojo y con insolencia en la escuela de un maestro cuyos discípulos no eran, ni siquiera eran admitidos sin su permiso. En Cartago, en cambio, reina entre los estudiantes una licencia de lo más vergonzosa y desenfrenada. Irrumpen con descaro y, con ademanes casi de furiosos, trastornan todo el orden que cualquiera haya establecido para el provecho de sus alumnos. Cometen, con una estolidez asombrosa, diversos atropellos que la ley castigaría si la costumbre no los amparase; costumbre que los muestra tanto más miserables cuanto que hacen ya como lícito lo que por tu ley eterna nunca será lícito; y creen hacerlo impunemente, cuando son castigados con la misma ceguera con que lo hacen, y padecen incomparablemente más daño del que causan. Así, las costumbres que, siendo estudiante, no quise hacer mías, me veía obligado como maestro a soportarlas en otros; y por eso me agradó ir adonde todos los que lo conocían me aseguraban que no se hacía nada semejante. Pero tú, refugio mío y mi porción en la tierra de los vivientes, para que mudara mi morada terrena por la salvación de mi alma, me aguijoneabas en Cartago para que por ello me arrancara de allí, y en Roma me ofrecías halagos con que atraerme hacia allá, por medio de hombres enamorados de una vida que muere, los unos haciendo locuras, los otros prometiendo vanidades; y para enderezar mis pasos te servías en secreto de la perversidad de ellos y de la mía. Porque tanto los que turbaban mi sosiego estaban cegados por un frenesí vergonzoso, como los que me invitaban a otra parte sabían a tierra. Y yo, que aquí detestaba una miseria verdadera, buscaba allá una felicidad falsa.

Pero por qué me iba de aquí y me iba allá, tú lo sabías, oh Dios, y no se lo mostrabas ni a mí ni a mi madre, que lloró amargamente mi partida y me siguió hasta el mar. Pero la engañé cuando me retenía con fuerza, empeñada en hacerme volver o en venirse conmigo, y fingí que tenía un amigo al que no podía dejar hasta que tuviera viento favorable para zarpar. Y mentí a mi madre, ¡y a tal madre!, y me escapé; pues también esto me lo has perdonado misericordiosamente, preservándome, lleno como estaba de inmundicias execrables, de las aguas del mar para el agua de tu gracia, con la cual, una vez lavado yo, se secarían los ríos de los ojos de mi madre, con los que por mí regaba cada día la tierra bajo su rostro. Y como se negaba a volver sin mí, a duras penas la persuadí de que pasara aquella noche en un lugar cercano a nuestra nave, donde había un oratorio en memoria del bienaventurado Cipriano. Aquella noche partí a escondidas, y ella no se quedó atrás en llantos y oraciones. ¿Y qué te pedía, oh Señor, con tantas lágrimas, sino que no me dejaras zarpar? Pero tú, en la profundidad de tus designios, escuchando lo esencial de su deseo, no atendiste a lo que entonces pedía, para hacer de mí lo que ella siempre pedía. Sopló el viento, hinchó nuestras velas y apartó de nuestra vista la orilla; y ella, a la mañana siguiente, estaba allí, enloquecida de dolor, y llenaba tus oídos de quejas y gemidos, y tú entonces no hacías caso de ellos, mientras por medio de mis deseos me arrebatabas para poner fin a todo deseo, y la parte terrena de su afecto hacia mí era castigada con el justo azote de los dolores. Porque ella amaba tenerme a su lado, como suelen las madres, pero mucho más que muchas; y no sabía cuán grande gozo ibas a obrar para ella con mi ausencia. No lo sabía; por eso lloraba y se lamentaba, y en esa agonía aparecía en ella la herencia de Eva, buscando con dolor lo que con dolor había dado a luz. Y, sin embargo, después de acusar mi traición y mi dureza, volvió de nuevo a interceder ante ti por mí, se fue a su lugar acostumbrado, y yo a Roma.

Capítulo IX

Y he aquí que allí me recibió el azote de una enfermedad corporal, y descendía ya al infierno cargando con todos los pecados que había cometido contra ti, contra mí mismo y contra otros, muchos y graves, además de aquel vínculo del pecado original por el que todos morimos en Adán. Porque no me habías perdonado ninguna de estas cosas en Cristo, ni él había abolido por su cruz la enemistad que por mis pecados había contraído contigo. ¿Y cómo iba a hacerlo por la crucifixión de un fantasma, que es lo que yo creía que era? Tan verdadera era, pues, la muerte de mi alma como me parecía falsa la de su carne; y cuanto más verdadera era la muerte de su cuerpo, tanto más falsa era la vida de mi alma, que no la creía. Y, agravándose ya la fiebre, me iba y me perdía para siempre. Porque si entonces hubiera partido de aquí, ¿adónde habría ido sino al fuego y a los tormentos que merecían mis maldades según la verdad de tu ordenación? Y ella no lo sabía, y sin embargo, ausente, oraba por mí. Pero tú, presente en todas partes, la escuchabas allí donde ella estaba, y allí donde yo estaba tenías compasión de mí, para que recobrara la salud del cuerpo, aunque frenético todavía en mi corazón sacrílego. Porque en todo aquel peligro no deseé tu bautismo; y mejor era yo de niño, cuando lo supliqué a la piedad de mi madre, como ya he referido y confesado. Pero había crecido para mi propia vergüenza, y me burlaba como un loco de las prescripciones de tu medicina, tú que no permitiste que, siendo yo tal, muriera con doble muerte. Si con semejante herida hubiera sido traspasado el corazón de mi madre, nunca habría podido sanar. Porque no puedo expresar el amor que me tenía, y con cuánta más vehemente angustia me estaba dando a luz en el espíritu que cuando me dio a luz en la carne.

No veo, pues, cómo habría podido sanar si una muerte así de mi parte hubiera atravesado las entrañas de su amor. ¿Y dónde habrían quedado aquellas oraciones suyas tan fuertes y continuas, elevadas sin interrupción a ti solo? ¿Acaso tú, Dios de las misericordias, habrías despreciado el corazón contrito y humillado de aquella viuda casta y sobria, tan asidua en las limosnas, tan llena de solicitud y servicio para con tus santos, que no dejaba pasar un día sin llevar la ofrenda a tu altar, que dos veces al día, mañana y tarde, sin falta alguna, acudía a tu iglesia, no para chismes ociosos ni fábulas de viejas, sino para oírte a ti en tus palabras y para que tú la oyeras a ella en sus oraciones? ¿Podías tú despreciar y rechazar de tu auxilio las lágrimas de una mujer así, con las que no te pedía oro ni plata, ni bien alguno mudable o pasajero, sino la salvación del alma de su hijo? ¿Tú, por cuyo don ella era tal? Nunca, Señor. Al contrario, estabas cerca, y escuchabas y obrabas, en el orden en que de antemano habías determinado que se hiciera. Lejos de ti engañarla en tus visiones y respuestas, algunas de las cuales he mencionado y otras no, que ella guardaba en su corazón fiel y, orando siempre, te las presentaba con instancia como si fueran tu propia firma. Porque tú, ya que para siempre es tu misericordia, te dignas hacerte también deudor por tus promesas de aquellos a quienes perdonas todas sus deudas.

Capítulo X

Me sanaste, pues, de aquella enfermedad, y curaste al hijo de tu sierva, por entonces en el cuerpo, para que viviera y tú le concedieras después una salud mejor y más duradera. Y aun entonces, en Roma, me uní a aquellos «santos» engañados y engañadores; no solo con sus discípulos (de cuyo número era aquel en cuya casa había enfermado y convalecido), sino también con los que ellos llaman «los Elegidos». Porque todavía pensaba «que no éramos nosotros los que pecábamos, sino no sé qué otra naturaleza que pecaba en nosotros»; y halagaba mi soberbia verme libre de culpa y, cuando había hecho algún mal, no confesar que lo había hecho, para que sanaras mi alma, porque había pecado contra ti; sino que me gustaba excusarlo y acusar a no sé qué otra cosa que estaba conmigo, pero que no era yo. Pero en verdad todo era yo, y mi impiedad me había dividido contra mí mismo; y aquel pecado era tanto más incurable cuanto que no me juzgaba pecador; y execrable iniquidad era que prefiriese que tú, tú, oh Dios todopoderoso, fueras vencido en mí para mi perdición, antes que yo por ti para mi salvación. Aún no habías puesto, pues, guarda a mi boca ni puerta de custodia en torno a mis labios, para que no se inclinara mi corazón a palabras malignas, a buscar excusas a los pecados con los que obran iniquidad; y por eso seguía unido todavía a sus Elegidos.

Pero, desesperando ya de hacer progresos en aquella falsa doctrina, aun aquellas cosas (con las que había resuelto contentarme si no hallaba nada mejor) las sostenía ahora con más flojedad y descuido. Porque me surgió a medias el pensamiento de que aquellos filósofos a quienes llaman académicos habían sido más sabios que los demás, por cuanto sostenían que de todo se ha de dudar y establecían que ninguna verdad puede ser comprendida por el hombre; pues así, sin entender entonces siquiera su sentido, me convencí plenamente de que ellos pensaban lo que comúnmente se dice de ellos. Con todo, disuadía franca y abiertamente a aquel huésped mío de la excesiva confianza que le notaba en aquellas fábulas de que están llenos los libros de Maniqueo. Sin embargo, vivía en más estrecha amistad con ellos que con otros que no eran de esa herejía. Ya no la defendía con mi antiguo ardor; aun así, mi trato familiar con aquella secta (pues Roma abrigaba en secreto a muchos de ellos) me hacía más lento para buscar otro camino; sobre todo porque desesperaba de hallar la verdad, de la que ellos me habían apartado, en tu Iglesia, oh Señor del cielo y de la tierra, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y me parecía muy indecoroso creer que tenías la figura de la carne humana y que estabas limitado por los contornos corporales de nuestros miembros. Y como, cuando quería pensar en mi Dios, no sabía pensar sino en una masa de cuerpos (pues lo que no era tal no me parecía ser nada), esta era la mayor y casi la única causa de mi inevitable error.

De aquí venía que creyera también que el mal era una sustancia de esa clase, y que tenía su propia mole, fea y deforme, ya fuese grosera, a la que llamaban tierra, ya tenue y sutil (como el cuerpo del aire), que imaginan ser una mente maligna que se desliza a través de aquella tierra. Y como una piedad, tal cual era, me obligaba a creer que el Dios bueno no había creado ninguna naturaleza mala, concebía dos masas contrarias entre sí, ambas infinitas, pero la mala más estrecha y la buena más extensa. Y de este principio pestilente se me siguieron los demás desvaríos sacrílegos. Porque cuando mi mente se esforzaba por volver a la fe católica, era rechazada, ya que no era la fe católica la que yo pensaba que lo era. Y me parecía más reverente creer de ti, Dios mío (a quien tus misericordias confiesan por mi boca), que eras infinito, al menos por los otros lados, aunque por aquel en que la masa del mal se te oponía me veía obligado a confesarte limitado, que imaginarte por todos lados limitado por la forma de un cuerpo humano. Y me parecía mejor creer que no habías creado ningún mal (que a mí, en mi ignorancia, no solo me parecía alguna sustancia, sino una sustancia corporal, porque no podía concebir la mente sino como un cuerpo sutil, y aun difundido por espacios determinados), que creer que la naturaleza del mal, tal como yo la concebía, pudiera proceder de ti. Y aun a nuestro mismo Salvador, tu Unigénito, lo creía como extendido (por así decirlo) para nuestra salvación desde la masa de tu sustancia lucidísima, de modo que no creía de él sino lo que podía imaginar en mi vanidad. Pensaba, pues, que una naturaleza como la suya no podía nacer de la Virgen María sin mezclarse con la carne; y cómo podía mezclarse sin mancharse aquello que yo me había figurado así, no lo veía. Temía, por tanto, creerlo nacido en la carne, por no verme obligado a creerlo manchado por la carne. Ahora tus espirituales se sonreirán de mí con mansedumbre y amor, si leen estas mis confesiones. Pero así era yo.

Capítulo XI

Además, lo que los maniqueos habían censurado en tus Escrituras pensaba yo que no podía defenderse; y sin embargo a veces, en verdad, deseaba conferir cada uno de esos puntos con alguien muy versado en aquellos libros y probar qué pensaba él al respecto; porque las palabras de un tal Elpidio, que hablaba y disputaba cara a cara contra los dichos maniqueos, habían empezado a moverme ya en Cartago, por cuanto aducía de las Escrituras cosas a las que no era fácil resistir, y la respuesta de los maniqueos me parecía débil. Y esta respuesta no gustaban de darla en público, sino solo a nosotros en privado. Consistía en que las Escrituras del Nuevo Testamento habían sido corrompidas por no sé quiénes, que quisieron injertar la ley de los judíos en la fe cristiana; y sin embargo ellos mismos no presentaban ningún ejemplar incorrupto. Pero yo, que no concebía sino cosas corporales, estaba sobre todo sujeto, vehementemente oprimido y en cierto modo sofocado por aquellas «masas», bajo las cuales, jadeando por el aliento de tu verdad, no podía respirarlo puro y sin mancha.

Capítulo XII

Comencé, pues, a ejercer con diligencia aquello para lo que había venido a Roma, a enseñar retórica; y primero, a reunir en mi casa a algunos, a quienes, y por medio de quienes, había empezado a ser conocido; y he aquí que me encontré con otras ofensas que se cometían en Roma y a las que no estaba expuesto en África. Es cierto que allí no se practicaban aquellas «trastornos» de los jóvenes disolutos, según me dijeron; pero de repente, decían, para no pagar el salario a su maestro, muchos jóvenes se conjuran y se pasan a otro: quebrantadores de la palabra dada, que por amor al dinero tienen en poco la justicia. También a estos los aborrecía mi corazón, aunque no con odio perfecto; porque quizá los aborrecía más por lo que yo había de sufrir de ellos que porque hicieran cosas del todo ilícitas. En verdad, tales personas son viles, y fornican apartándose de ti, amando estas burlas fugaces de las cosas temporales y una ganancia sucia que mancha la mano que la toma; abrazándose al mundo que pasa y despreciándote a ti, que permaneces, y llamas de nuevo, y perdonas al alma adúltera del hombre cuando vuelve a ti. Y ahora aborrezco a tales personas depravadas y torcidas, aunque las amo si son corregibles, de modo que prefieran al dinero la doctrina que adquieren, y a la doctrina, a ti, oh Dios, verdad y plenitud del bien seguro y paz purísima. Pero entonces, más por mi propio interés no los quería malos, que por el tuyo los quería y deseaba buenos.

Capítulo XIII

Así pues, cuando los de Milán enviaron a Roma al prefecto de la ciudad para que les proveyera de un maestro de retórica para su ciudad, con viaje a cargo del erario público, solicité yo (por medio de aquellos mismos que estaban embriagados de vanidades maniqueas, de las que iba a ir a liberarme, sin que ni ellos ni yo lo supiéramos) que Símaco, entonces prefecto de la ciudad, me pusiera a prueba proponiéndome algún tema, y me enviara así. Vine a Milán, al obispo Ambrosio, conocido en todo el mundo como uno de los mejores hombres, devoto siervo tuyo, cuya elocuente palabra dispensaba entonces copiosamente a tu pueblo la flor de tu trigo, la alegría de tu aceite y la sobria embriaguez de tu vino. A él era yo conducido por ti sin saberlo, para ser conducido por él a ti sabiéndolo. Aquel hombre de Dios me recibió como un padre y acogió mi llegada con una bondad verdaderamente episcopal. Desde entonces comencé a amarlo, al principio no ciertamente como maestro de la verdad (de la que desesperaba por completo en tu Iglesia), sino como a un hombre bondadoso conmigo. Y lo escuchaba con diligencia cuando predicaba al pueblo, no con la intención que debía, sino como tanteando su elocuencia, por ver si respondía a su fama o si fluía más o menos caudalosa de lo que se decía; y quedaba pendiente de sus palabras con atención, pero del asunto era yo un espectador descuidado y desdeñoso; y me deleitaba con la suavidad de su discurso, más erudito, aunque en la forma menos ameno y armonioso que el de Fausto. En cuanto al fondo, sin embargo, no había comparación; porque el uno andaba extraviado entre los engaños maniqueos, y el otro enseñaba la salvación con toda solidez. Pero lejos está de los pecadores la salvación, y tal era yo entonces, de pie ante él; y sin embargo me iba acercando poco a poco y sin darme cuenta.

Capítulo XIV

Porque, aunque no me esforzaba por aprender lo que decía, sino solo por oír cómo lo decía (pues solo este vano cuidado me había quedado, desesperado ya de que hubiera para el hombre un camino abierto hacia ti), con todo, junto con las palabras que me agradaban, entraban también en mi mente las cosas que desdeñaba, porque no podía separarlas. Y mientras abría mi corazón para acoger «cuán elocuentemente hablaba», entraba también «cuán verdaderamente hablaba»; pero esto poco a poco. Porque primero empezaron a parecerme también estas cosas susceptibles de defensa; y la fe católica, en favor de la cual había pensado que nada podía decirse frente a las objeciones de los maniqueos, ahora pensaba que podía sostenerse sin desvergüenza, sobre todo después de haber oído resolver uno u otro pasaje del Antiguo Testamento, y muchas veces «en figura», pasajes que, cuando yo los entendía a la letra, me daban muerte espiritualmente. Explicados, pues, muchísimos pasajes de aquellos libros, reprochaba ya mi desesperación por haber creído que no se podía responder a los que aborrecían y escarnecían la Ley y los Profetas. Pero no por eso veía entonces que debiera seguirse el camino católico, porque también él pudiera tener doctos defensores capaces de responder a las objeciones con amplitud y con alguna apariencia de razón; ni que lo que yo sostenía debiera por eso condenarse, porque ambas partes pudieran defenderse. Porque la causa católica me parecía de tal suerte no vencida, que todavía no era vencedora.

Entonces apliqué con ahínco mi mente a ver si de algún modo podía convencer de falsedad a los maniqueos con alguna prueba cierta. Si hubiera podido concebir una sustancia espiritual, al punto habrían quedado derribadas todas sus fortalezas y arrojadas por completo de mi mente; pero no podía. Sin embargo, acerca de la fábrica de este mundo y de toda la naturaleza que alcanzan los sentidos de la carne, a medida que más y más consideraba y comparaba las cosas, juzgaba mucho más probables las opiniones de la mayoría de los filósofos. Así pues, dudando de todo a la manera de los académicos (según se los tiene por tales) y fluctuando entre todas las cosas, me resolví al menos a esto: a abandonar a los maniqueos, juzgando que, aun en medio de la duda, no debía permanecer en aquella secta a la que ya anteponía a algunos filósofos; filósofos a los que, no obstante, por estar sin el nombre salvador de Cristo, me negué rotundamente a encomendar la curación de mi alma enferma. Determiné, pues, ser catecúmeno en la Iglesia católica, que me habían encomendado mis padres, hasta que brillara para mí alguna certeza hacia donde dirigir mi rumbo.

Capítulo 5 completado

Libro V

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