Capítulo 2 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
Libro II
Capítulo I
Quiero ahora traer a la memoria mis pasadas torpezas y las corrupciones carnales de mi alma, no porque las ame, sino para amarte a ti, Dios mío. Por amor de tu amor lo hago, repasando mis caminos perversísimos en la amargura misma de mi recuerdo, para que tú me seas dulce (tú, dulzura que nunca falla, dulzura dichosa y segura), y recogiéndome de aquella disipación mía en la que anduve hecho pedazos mientras, apartado de ti, el único Bien, me perdía en la multitud de las cosas. Porque en otro tiempo, en mi adolescencia, ardí en deseos de saciarme de las cosas de abajo, y me atreví a volverme salvaje con estos amores varios y sombríos: se consumió mi hermosura y me volví hediondo a tus ojos, complaciéndome a mí mismo y deseoso de agradar a los ojos de los hombres.
Capítulo II
¿Y qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero no guardaba yo la medida del amor, de alma a alma, que es el luminoso límite de la amistad, sino que del cenagoso deseo de la carne y del hervor de la pubertad se levantaban vapores que anublaban y oscurecían mi corazón, hasta no poder distinguir la serena claridad del amor de la niebla de la lujuria. Lo uno y lo otro hervía confusamente en mí, y arrastraba mi juventud sin freno por el despeñadero de los deseos impuros, y me hundía en un abismo de torpezas. Tu ira se había amontonado sobre mí, y yo no lo sabía. Me había vuelto sordo con el estruendo de la cadena de mi mortalidad, castigo de la soberbia de mi alma, y me alejaba cada vez más de ti, y tú me dejabas; y yo era zarandeado, y me derramaba, y me disipaba, y hervía en mis fornicaciones, y tú callabas, ¡oh tú, mi gozo tardío! Tú callabas entonces, y yo me iba lejos, más y más lejos de ti, hacia sementeras de dolores cada vez más estériles, con un abatimiento soberbio y un cansancio inquieto.
¡Oh, si alguien hubiera templado entonces mi desorden y sacado provecho de las fugaces bellezas de estas cosas, las últimas de tu creación! ¡Si hubiera puesto un límite a sus deleites, para que las olas de mi juventud, ya que no pudieran calmarse, fueran a romper en la orilla del matrimonio, contenidas dentro del fin de la familia, como prescribe tu ley, oh Señor, tú que de este modo formas la descendencia de esta nuestra muerte, poderoso para embotar con mano suave las espinas que fueron excluidas de tu paraíso! Porque tu omnipotencia no está lejos de nosotros, aun cuando nosotros estemos lejos de ti. O, si no, debí haber atendido con más vigilancia a la voz que venía de las nubes: «Pero aflicción de carne tendrán los tales; mas yo os perdono». Y: «Bueno es al hombre no tocar mujer». Y: «El soltero tiene cuidado de las cosas que son del Señor, cómo ha de agradar al Señor; pero el que se casó tiene cuidado de las cosas que son del mundo, cómo ha de agradar a su mujer».
A estas palabras debí escuchar con más atención y, apartado por causa del reino de los cielos, habría esperado más dichoso tus abrazos; pero yo, miserable, hervía como un mar agitado, siguiendo el ímpetu de mi propia corriente, abandonándote a ti, y traspasé todos tus límites; mas no escapé a tus azotes. Porque ¿qué mortal escapa? Pues tú estabas siempre conmigo, misericordiosamente riguroso, rociando con amarguísimos sinsabores todos mis placeres ilícitos, para que buscase así placeres sin sinsabor. Pero dónde hallarlos no podía descubrirlo, sino en ti, oh Señor, que enseñas por el dolor, y hieres para sanar, y nos das muerte para que no muramos lejos de ti. ¿Dónde estaba yo, y cuán lejos andaba desterrado de las delicias de tu casa, en aquel año decimosexto de la edad de mi carne, cuando la locura de la lujuria (a la que la desvergüenza humana da libre licencia, aunque tus leyes no se la conceden) tomó el mando sobre mí, y yo me entregué a ella por entero? Mis allegados, entretanto, no se cuidaron de atajar mi caída con el matrimonio; su único cuidado era que aprendiese a hablar con excelencia y llegase a ser un orador persuasivo.
Capítulo III
Aquel año se interrumpieron mis estudios, mientras, de vuelta de Madaura (ciudad vecina adonde había ido a aprender gramática y retórica), se me preparaban los gastos para un viaje más largo a Cartago, y eso más por la determinación que por los recursos de mi padre, que no era sino un pobre ciudadano de Tagaste. ¿A quién cuento yo esto? No a ti, Dios mío, sino delante de ti a los de mi linaje, aunque solo sea a esa pequeña parte del género humano que tropiece con estos escritos míos. ¿Y para qué? Para que quienquiera que lea esto piense desde qué profundidades hemos de clamar a ti. Porque ¿qué hay más cerca de tus oídos que un corazón que confiesa y una vida de fe? ¿Quién no alababa entonces a mi padre porque, por encima de lo que permitían sus haberes, proveía a su hijo de todo lo necesario para un largo viaje por causa de sus estudios? Pues muchos ciudadanos mucho más pudientes no hacían otro tanto por sus hijos. Y, sin embargo, este mismo padre no se preocupaba de cómo crecía yo hacia ti, ni de si era casto, con tal que fuese elocuente, por más baldío que estuviera para tu cultivo, oh Dios, que eres el único verdadero y buen Señor de tu campo, mi corazón.
Pero mientras en aquel año decimosexto viví con mis padres, dejada por un tiempo toda escuela (pues la estrechez de la fortuna de mis padres me impuso una temporada de ocio), los zarzales de los deseos impuros crecieron por encima de mi cabeza, y no había mano que los arrancase. Cuando mi padre me vio en los baños ya camino de la virilidad y revestido de una inquieta mocedad, como si desde entonces anticipase ya a sus nietos, se lo contó gozoso a mi madre, regocijándose en aquel tumulto de los sentidos en el que el mundo te olvida a ti, su Creador, y se enamora de tu criatura en lugar de ti, por los vapores de ese vino invisible de su propia voluntad, que se tuerce y se inclina hacia las cosas más bajas. Pero en el pecho de mi madre ya habías comenzado tu templo y el fundamento de tu santa morada, mientras que mi padre no era aún sino catecúmeno, y eso desde hacía poco. Ella, pues, se sobresaltó con un santo temor y temblor y, aunque yo no estaba todavía bautizado, temió por mí aquellos caminos torcidos por los que andan los que te vuelven la espalda y no el rostro.
¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que tú callabas, Dios mío, mientras yo me alejaba de ti? ¿De veras callabas entonces para mí? ¿Y de quién sino tuyas eran aquellas palabras que, por medio de mi madre, tu fiel, cantabas a mis oídos? Nada de ellas bajó a mi corazón como para ponerlo por obra. Porque ella deseaba, y recuerdo que en privado me amonestó con gran solicitud, «que no fornicara, y sobre todo que jamás deshonrara a la mujer de otro». Me parecían estos consejos mujeriles, que me habría avergonzado obedecer. Pero eran tuyos, y yo no lo sabía; y pensaba que tú callabas y que era ella quien hablaba, ella por quien tú no callabas conmigo, y en ella eras despreciado por mí, su hijo, el hijo de tu sierva, tu siervo. Pero yo no lo sabía, y corría precipitado con tal ceguera que entre mis iguales me avergonzaba de ser menos desvergonzado, cuando les oía jactarse de sus torpezas, y tanto más se jactaban cuanto más envilecidos estaban; y me complacía no solo en el placer del acto, sino también en la alabanza. ¿Qué hay digno de vituperio sino el vicio? Pero yo me hacía peor de lo que era para no ser vituperado, y cuando en algo no había pecado tanto como los perdidos, decía que había hecho lo que no había hecho, para no parecer tanto más despreciable cuanto más inocente, o de menos estima cuanto más casto.
Mira con qué compañeros andaba yo por las plazas de Babilonia, y me revolcaba en su cieno como en lecho de especias y ungüentos preciosos. Y para que me adhiriese más fuertemente a su mismo centro, el enemigo invisible me pisoteaba y me seducía, porque yo era fácil de seducir. Ni tampoco la madre de mi carne (que ya había huido del centro de Babilonia, aunque caminaba aún con lentitud por sus arrabales), así como me aconsejó la castidad, se cuidó de lo que había oído de mí a su marido, hasta el punto de contener dentro de los límites del afecto conyugal (ya que no podía cortarse hasta lo vivo) lo que sentía ser pestilente en el presente y peligroso para el futuro. No se cuidó de esto, porque temía que una esposa fuese un estorbo y un impedimento para mis esperanzas. No aquellas esperanzas del mundo venidero, que mi madre tenía puestas en ti, sino la esperanza de las letras, que ambos padres deseaban con demasiado afán que yo alcanzase: mi padre, porque apenas pensaba en ti, y de mí no tenía sino vanas ilusiones; mi madre, porque juzgaba que aquellos estudios acostumbrados no solo no serían un estorbo, sino incluso una ayuda para alcanzarte. Así lo conjeturo, recordando como puedo el carácter de mis padres. Entretanto, se me aflojaban las riendas, más allá de toda templanza de la debida severidad, para pasar el tiempo en juegos, y aun hasta la disolución en cuanto se me antojaba. Y en todo había una niebla que me ocultaba, Dios mío, la claridad de tu verdad; y mi iniquidad brotaba como de la misma grosura.
Capítulo IV
El hurto lo castiga tu ley, oh Señor, y la ley escrita en los corazones de los hombres, que ni la misma iniquidad borra. Porque ¿qué ladrón soporta a otro ladrón? Ni siquiera el ladrón rico soporta al que roba empujado por la necesidad. Y yo quise robar, y robé, no forzado por el hambre ni por la pobreza, sino por hastío del bien obrar y por hartura de iniquidad. Porque robé lo que tenía en abundancia, y mucho mejor. Ni me importaba gozar de lo que robaba, sino que gozaba en el hurto y en el pecado mismo. Había cerca de nuestra viña un peral cargado de fruto, que no tentaba ni por el color ni por el sabor. Para sacudirlo y despojarlo fuimos unos cuantos mozalbetes perversos, ya entrada la noche (pues, según nuestra pestilente costumbre, habíamos alargado hasta entonces nuestros juegos por las calles), y nos llevamos grandes cargas, no para comerlas nosotros, sino para echarlas a los mismos puercos, después de haberlas solo probado. Y esto, solo por hacer lo que nos placía, precisamente porque estaba vedado. Mira mi corazón, oh Dios, mira mi corazón, del que tuviste compasión en lo profundo del abismo sin fondo. Que ahora, he aquí, te diga mi corazón qué buscaba allí, para ser malo de balde, sin otro incentivo para el mal que el mal mismo. Era feo, y lo amé; amé perecer, amé mi propia falta, no aquello por lo que faltaba, sino mi falta misma. ¡Alma torpe, que se desprendía de tu firmamento hacia la ruina total, no buscando algo por medio de la vergüenza, sino la vergüenza misma!
Capítulo V
Porque hay un atractivo en los cuerpos hermosos, en el oro y en la plata, y en todas las cosas; y en el tacto corporal mucho puede la simpatía, y cada uno de los demás sentidos tiene su objeto propio, templado en correspondencia. También la honra mundana tiene su encanto, y el poder de vencer y de dominar, de donde nace asimismo la sed de venganza. Y, sin embargo, para alcanzar todas estas cosas, no nos es lícito apartarnos de ti, oh Señor, ni desviarnos de tu ley. También la vida que aquí vivimos tiene su propio hechizo, por cierta proporción que le es propia y por su correspondencia con todas las cosas bellas de acá abajo. También la amistad humana se hace amable por un dulce lazo, a causa de la unidad que forma de muchas almas. Con ocasión de todas estas cosas y otras semejantes se comete el pecado, cuando por una inclinación desmedida hacia estos bienes del orden más bajo se abandonan los mejores y más altos: tú, Señor Dios nuestro, tu verdad y tu ley. Porque también estas cosas inferiores tienen sus deleites, pero no como mi Dios, que hizo todas las cosas; porque en él se deleita el justo, y él es el gozo de los rectos de corazón.
Por eso, cuando preguntamos por qué se cometió un crimen, no lo creemos sino cuando aparece que pudo haber algún deseo de alcanzar alguno de aquellos que llamamos bienes inferiores, o temor de perderlos. Porque son hermosos y bellos, aunque, comparados con aquellos bienes superiores y beatíficos, sean viles y bajos. Un hombre ha matado a otro: ¿por qué? Amaba a su mujer o su hacienda; o quería robar para vivir; o temía que el otro le quitase alguna de estas cosas; o, agraviado, ardía en deseos de venganza. ¿Cometería alguien un homicidio sin causa, deleitándose sencillamente en matar? ¿Quién lo creería? Pues aun de aquel hombre furioso y salvaje, de quien se dice que era malo y cruel de balde, se señala sin embargo la causa: «para que» (dice) «no se entorpecieran por el ocio la mano o el ánimo». ¿Y con qué fin? Para que, mediante aquel ejercicio del crimen, tomada la ciudad, alcanzase honores, mando y riquezas, y se librase del temor de las leyes y de los apuros nacidos de la estrechez doméstica y de la conciencia de sus maldades. Así, pues, ni el mismo Catilina amó sus maldades, sino otra cosa por cuya causa las cometía.
Capítulo VI
¿Qué amé, pues, yo, miserable, en ti, hurto mío, obra de tinieblas, en aquel año decimosexto de mi edad? Hermoso no eras, puesto que eras hurto. Pero ¿eres acaso algo, para que así te hable? Hermosas eran las peras que robamos, porque eran criatura tuya, tú, el más hermoso de todos, Creador de todos, Dios bueno; Dios, sumo bien y bien verdadero mío. Hermosas eran aquellas peras, pero no eran ellas lo que deseaba mi alma miserable, pues yo tenía abundancia de otras mejores, y aquellas las cogí solo para robar. Porque, una vez cogidas, las arrojé, sin otro banquete en ellas que mi propio pecado, del que me complacía en gozar. Pues si algo de aquellas peras entró en mi boca, lo que lo endulzó fue el pecado. Y ahora, Señor Dios mío, pregunto qué me deleitó en aquel hurto, y he aquí que no tiene hermosura alguna; no digo una hermosura como la que hay en la justicia y la sabiduría, ni como la que hay en la mente y la memoria, y en los sentidos, y en la vida animal del hombre; ni tampoco como son gloriosas y bellas las estrellas en sus órbitas, o la tierra y el mar, llenos de vida en germen que, naciendo, reemplaza lo que perece; no, ni siquiera aquella falsa y sombría belleza que pertenece a los vicios engañosos.
Porque así la soberbia imita la grandeza, mientras que solo tú eres Dios excelso sobre todas las cosas. La ambición, ¿qué busca sino honores y gloria? Y solo tú has de ser honrado sobre todas las cosas, y glorioso por siempre. La crueldad de los poderosos quiere ser temida; pero ¿quién ha de ser temido sino solo Dios, de cuyo poder qué puede ser arrebatado o sustraído, cuándo, o dónde, o adónde, o por quién? Las ternuras de los lascivos quieren pasar por amor; pero nada hay más tierno que tu caridad, ni se ama nada con más provecho que esa tu verdad, luminosa y hermosa sobre todas las cosas. La curiosidad aparenta deseo de saber, mientras que tú lo sabes todo de manera suprema. Más aún, la misma ignorancia y la necedad se encubren bajo el nombre de sencillez e inocencia, porque nada se halla más simple que tú; ¿y qué cosa menos dañina, si son sus propias obras las que dañan al pecador? Sí, la pereza quiere estar en reposo; pero ¿qué reposo estable hay fuera del Señor? El lujo pretende llamarse hartura y abundancia; pero tú eres la plenitud y la abundancia indefectible de los deleites incorruptibles. La prodigalidad ofrece una sombra de liberalidad; pero tú eres el dador desbordante de todo bien. La avaricia quiere poseer muchas cosas, y tú lo posees todo. La envidia disputa por la excelencia: ¿qué hay más excelente que tú? La ira busca venganza: ¿quién se venga con más justicia que tú? El temor se sobresalta ante lo insólito y repentino que pone en peligro lo que ama, y se previene para su seguridad; pero para ti, ¿qué hay insólito o repentino, o quién separa de ti lo que tú amas? ¿O dónde, sino junto a ti, hay seguridad inquebrantable? La tristeza se consume por las cosas perdidas, deleite de sus deseos, porque no querría que nada se le quitase, como nada se te puede quitar a ti.
Así fornica el alma cuando se aparta de ti, buscando fuera de ti lo que no halla puro y sin mancha sino cuando vuelve a ti. Así te imitan perversamente todos los que se alejan de ti y se alzan contra ti. Pero aun imitándote así, declaran que tú eres el Creador de toda la naturaleza, y que por eso no hay lugar adonde retirarse del todo lejos de ti. ¿Qué amé, pues, en aquel hurto, y en qué imité, aunque viciosa y perversamente, a mi Señor? ¿Quise acaso, siquiera a hurtadillas, obrar contra tu ley, ya que por la fuerza no podía, para que, siendo cautivo, remedase una libertad mutilada haciendo impunemente lo que no me era permitido, oscura semejanza de tu omnipotencia? He aquí a tu siervo, que huye de su Señor y alcanza una sombra. ¡Oh podredumbre, oh monstruosidad de vida y abismo de muerte! ¿Pudo agradarme lo que no era lícito, solo porque no era lícito?
Capítulo VII
¿Qué pagaré al Señor, de que, mientras mi memoria recuerda estas cosas, mi alma no se espante de ellas? Te amaré, oh Señor, y te daré gracias, y confesaré tu nombre, porque me has perdonado tantas y tan abominables obras mías. A tu gracia lo atribuyo y a tu misericordia, que hayas derretido mis pecados como hielo. A tu gracia atribuyo también todo el mal que no hice; porque ¿qué no habría sido capaz de hacer yo, que amé incluso el pecado por sí mismo? Sí, confieso que todo me ha sido perdonado: tanto los males que cometí por mi propia voluntad como los que, guiándome tú, no cometí. ¿Qué hombre hay que, considerando su propia flaqueza, se atreva a atribuir a sus propias fuerzas su pureza y su inocencia, de modo que te ame menos, como si hubiera necesitado menos de tu misericordia, por la cual perdonas los pecados a los que se convierten a ti? Porque quien, llamado por ti, siguió tu voz y evitó aquellas cosas que me lee recordar y confesar de mí mismo, no se burle de mí, que, estando enfermo, fui curado por aquel Médico gracias a cuyo auxilio él no estuvo enfermo, o más bien lo estuvo menos; y por esto ámete otro tanto, y aun más, pues aquel por quien me ve a mí sanado de tan honda consunción de pecado es el mismo por quien se ve a sí mismo preservado de semejante consunción de pecado.
Capítulo VIII
¿Qué fruto tenía yo entonces (¡hombre miserable!) de aquellas cosas de cuyo recuerdo ahora me avergüenzo? Sobre todo de aquel hurto, que amé por el hurto mismo, cuando él tampoco era nada, y por eso más miserable era yo, que lo amé. Y, sin embargo, solo no lo habría hecho; así era yo entonces, lo recuerdo: solo, jamás lo habría hecho. ¿Amé, pues, en él también la compañía de los cómplices con quienes lo hice? Entonces no es que no amase nada más que el hurto; o más bien, no amé nada más, porque aquella circunstancia de la compañía tampoco era nada. ¿Qué es, en verdad? ¿Quién puede enseñármelo sino aquel que ilumina mi corazón y descubre sus rincones oscuros? ¿Qué es esto que me ha venido a la mente investigar, discutir y considerar? Porque si entonces hubiera amado las peras que robé y hubiera deseado gozarlas, habría podido hacerlo solo, si la mera comisión del hurto hubiera bastado para alcanzar mi placer; ni habría necesitado inflamar el prurito de mis deseos con la excitación de los cómplices. Pero como mi placer no estaba en aquellas peras, estaba en el delito mismo, que ocasionaba la compañía de los que pecaban conmigo.
Capítulo IX
¿Qué era, pues, aquel sentimiento? Porque en verdad era demasiado torpe, y ¡ay de mí, que lo tenía! Pero, aun así, ¿qué era aquello? Los errores, ¿quién los entenderá? Era la diversión que, por así decirlo, nos cosquilleaba el corazón al engañar a quienes poco pensaban en lo que hacíamos y mucho lo detestaban. ¿Por qué, entonces, mi deleite era de tal suerte que no lo hacía yo solo? ¿Acaso porque nadie suele reír a solas? Ordinariamente nadie; y sin embargo la risa a veces se apodera de los hombres a solas y uno por uno, cuando nadie en absoluto está con ellos, si algo muy ridículo se presenta a sus sentidos o a su mente. Mas yo no lo habría hecho solo; solo jamás lo habría hecho. He aquí, Dios mío, ante ti, el vivo recuerdo de mi alma: solo, nunca habría cometido aquel hurto en que no me agradaba lo que robaba, sino el robar; ni me habría gustado hacerlo solo, ni lo habría hecho. ¡Oh amistad demasiado enemiga! Tú, seductora incomprensible del alma, tú, avidez de hacer daño por juego y travesura, tú, sed del perjuicio ajeno, sin apetito de ganancia propia ni de venganza: pero, en cuanto se dice «¡Vamos, hagámoslo!», nos avergüenza no ser desvergonzados.
Capítulo X
¿Quién podrá desenredar ese nudo tan retorcido e intrincado? Torpe es: aborrezco pensar en él, mirarlo. Pero a ti te anhelo, oh Justicia e Inocencia, hermosa y bella a todos los ojos puros, y de una saciedad que nunca sacia. Contigo hay descanso entero y vida imperturbable. Quien entra en ti entra en el gozo de su Señor, y no temerá, y se hallará en estado excelentísimo en Aquel que es todo excelencia. Me aparté de ti y anduve errante, Dios mío, demasiado desviado de ti, mi sostén, en estos días de mi juventud, y me convertí para mí mismo en una tierra estéril.
Capítulo 2 completado
Libro II